miércoles, 21 de marzo de 2018

Prisionera de dos mundos


-¿Crees en el destino, Sophia?
-¿Lo dices en serio?
La joven se echó a reír.
-¡Claro que lo digo en serio! ¿Es tan descabellado pensar que hay una fuerza mayor que lo controla todo?
-¡Ah, que lo dices en serio! -Se volvió a echar a reír-. Que me lo diga un científico me parece de traca.  ¿A qué viene esto? A ver, doctor, ¿es grave?
Ambos volvieron a reírse.
-Pienso cada día en la suerte que tuve en conocerte. En cómo estaría ahora si no hubiésemos cruzado nuestras miradas aquella noche, si no hubiese salido o hubiese ido a ese local. -El silencio les envolvió durante un rato, quedándose los dos con los labios sellados y la mirada fijada en el cielo-. Fue todo demasiado especial, diferente a lo que he experimentado con otras mujeres. Hablar contigo fue tan enriquecedor. El destino, o lo que sea, te puso ahí para mí.
Sophia cambió el gesto y se puso seria.
-Yo podría decir lo mismo. No era nada antes de que tu aparecieras, no significaba nada para nadie.
-El universo tuvo compasión con nosotros dos. ¿Te das cuenta? Nos unió. -La muchacha giró la cabeza, pero no pudo evitar que Amadeo se percatase del rastro de una lágrima-. No... no quería hacerte llorar, Sophia, lo siento.
-No eres tú, tonto -dijo conteniéndose como pudo-, es que es todo tan triste y a la vez tan...
Él le abrazó mientras seguían tumbados.

Ella le abrazó mientras seguían tumbados. Cerró los ojos para sentir la hierba de nuevo y notar la luz del sol sobre su cuerpo. Le era imposible. Lo primero que vio fue su nuca perforada. Lloró como aquel día y se abrazó más fuerte. Cerró los ojos de nuevo para trasladarse meses atrás y olvidar aquello por un rato.

Le vio tomándose el primer café de la mañana mientras ojeaba un libro llamado Más allá de la programación y la capacidad cognitiva de los androides. Le hacía gracia ver cómo, a medida que pasaba páginas, se burlaba de lo que leía con gestos contenidos y algún sonido ininteligible. Ella prefirió dejarle sumergido en su lectura.
Al cabo de un rato decidió exponer su opinión en voz alta.
-Hay que ver las locuras que puede llegar a escribir este hombre.
-¿Dice muchas burradas sobre los androides? -preguntó mientras seguía preparándose para ir a trabajar.
-¿Cómo quiere dotar a una maquina de sentimientos si no sabemos ni controlar nuestras propias emociones? -expuso irritado.
-Bueno, en una inteligencia artificial programada para algo muy concreto tal vez no sea posible, pero supongo que en base a un cerebro humano sea diferente.
-Eso es lo que propone. Lo peor es que hoy día eso está prohibido. En el libro habla precisamente de esa ley y del atentado contra los derechos del colectivo androide y humano en general. ¡Es una locura! Y me temo que estén trabajando en ello clandestinamente.
-Bueno, podría ser una oportunidad para mantener el cerebro con vida, o incluso conseguir la vida eterna.
-No. -Se mostró tajante-. La vida eterna se ha de conseguir sin perder nuestra humanidad, no vendiendo nuestro cuerpo a la tecnología para convertirnos en máquinas fácilmente manipulables. Como si no estuviésemos ya lo bastante conectados y vigilados: las redes sociales, los oculares, las máquinas teletransportadoras, el puto Internet en general. Nos estamos deshumanizando y este doctor quiere deshumanizarnos del todo. -Cerró el libro malhumorado.
-Tal vez el trato que algunos humanos dan a sus androides son más deshumanizados que los propios androides. Pero bueno, que no me quiero entretener más, me voy.
El tema quedó rápidamente zanjado por Sophia con un tierno beso. Abrió la puerta y fue deslumbrada por la luz de la calle, así que moduló sus oculares y... volvió a ver su nuca destrozada.

 Tras un rato allí tumbada trató de levantarse resbalando con la sangre del suelo. Al mover las manos las notaba extrañas, tirantes por la sangre que comenzaba a secarse. Al limpiarse las lágrimas de los ojos y las mejillas con ellas el rojo se mezcló con el líquido que desprendían sus implantes oculares, dando la impresión de que lloraba sangre, lo más terriblemente humano que alguien podía hacer.
Ya levantada miró el cuerpo de Amadeo tendido en el suelo, después sus propias manos de nuevo y después a Amadeo otra vez. Decidió pasar por encima para verle el rostro desencajado, todavía rojo por la presión que ejercieron en él sus manos.
Sophia sintió nauseas y expulsó por la boca todo lo que había digerido. Se quedó un buen rato tendida en el suelo, llorando de nuevo, mezclando lágrimas, sangre y vómito, creando la escena más repulsivamente humana que se podía crear.

No aguantaba más esa presión, así que se levantó y se dirigió a la encimera de la cocina, donde de repente apareció una Mágnum impresa directamente desde sus archivos oculares. Cogió la pistola firmemente, pero cuando trató de levantarla algo se lo impedía. Ella se esforzó, lloró, gritó y pataleó. Era como si un imán atrajese la pistola, pero ella no se rendía. No cedía, no paraba. Gritó más fuerte mientras toda su vida desfilaba ante sus ojos en una secuencia desordenada y rápida, sin muchos detalles. Una última escena, la de sus manos presionando la frente de Amadeo hasta perforarle la parte superior de la cabeza azotó su mente.
Veía la Mágnum sobre la encimera, las venas de ambos brazos reventándose al intentar elevarla, pero también los cables; la sangre saliendo a borbotones, pero también el aceite; la pistola metiéndose en su boca, consiguiendo, así, hacer frente a su propia programación, que le impedía suicidarse. La misma programación que le obligó a asesinarle. El universo no fue el responsable de unir sus vidas. Ella fue creada por sus enemigos en base a sus gustos. Pero, ahora, ella no podría vivir con su muerte en la memoria. Era una androide, pero se había enamorado.
Lloraba por él y porque sabía lo que estaba a punto de venir.
Un disparo.

domingo, 7 de enero de 2018

En el umbral


Ryhen era un niño del Bosque del Umbral, un paraje maravilloso en el que vivían infinidad de niños que jamás crecían y cuya alma siempre les acompañaban para hacerles felices. Un día de cada año, en el bosque nevaba y hacía un frío descomunal. Eran tan bajas las temperaturas que cualquier persona corriente quedaría congelada tras pasar unas horas en el él. Si los niños del bosque del umbral no morían era gracias a su acompañante eterno, que se fusionaba con ellos creando energía muy, muy cálida en su cuerpo. Ese día, el bosque brillaba con una luz verde muy intensa que podía verse desde cualquier rincón del mundo. Ese brillo anunciaba el fin de ciclo y la renovación del alma de cada persona, por eso, durante un mes se iluminaban las calles con luces verdes. Era una fiesta que sacaba lo mejor de las personas. Sí, como la Navidad, solo que aquí la llamaban fiesta de la Umbralita. Con la Umbralita, un mineral muy común en aquel lugar, podían iluminar las calles con la luz verde, muy parecida a la luz que emanaba del bosque. Y, al fin y al cabo, el bosque de donde provenía esa luz se llamaba Bosque del Umbral, como ya he contado, así que el nombre le venía que ni pintado.

El día previo de la Umbralita los espíritus de los niños se introducían en sus cuerpos para comenzar el periodo de hibernación de tan solo un día. La nieve empezaba a caer y el brillo que desprendían los niños echados junto a su árbol iluminaba cada copo. Esa nieve de luz verde indicaba que quedaban pocas horas para que todo el bosque brillase.
Durante el día siguiente a los niños de todas las ciudades del mundo se les regalaban cosas para que les hiciesen compañía durante todo ese año, aunque siempre eran cosas materiales.
Ryhen era el único que estaba verdaderamente en el umbral, el umbral entre la gente corriente y los niños del bosque, pues ni recibía regalos ni el calor del reflejo de su espíritu. ¡Para colmo, era el primer año de Ryhen en el bosque! Cuando los niños se fusionaron con sus espíritus y se tumbaron junto a su árbol empezó a sentir mucho miedo. Tras miedo vino el frío acompañado de la nieve. No tuvo más remedio que partir.
Cuando estaba a punto de perecer congelado sintió una calidez que jamás había sentido y pudo salir del bosque vivo y con energía más que suficiente para pasear por el pueblo cercano.

Sabía que después de la lluvia verde, el Bosque del Umbral se iluminaba tan intensamente que todos podían verlo desde cualquier sitio. Entonces, antes de que terminase el día, todos se reunían en el punto más alto de su ciudad o pueblo para ver la Gran Luz que cruzaba el cielo y absorbía la luz del bosque, devolviéndolo a la normalidad. Se dice que la luz absorbida del bosque por la Gran Luz Celestial se esparcía por todo el mundo repartiendo prosperidad. ¡Es más! Si te has portado bien y eres de corazón puro te puede conceder un deseo.

Ryhen subió al punto más alto del pueblo, y entonces la vio, magnífica, cruzando el cielo con una grandiosidad inexplicable, iluminando el mundo, tan verde como la luz del bosque. La miró fijamente. No cerró los ojos, solo la contempló perdiendo la noción del tiempo. Podía haber pedido ser como los demás, tener un acompañante eterno, un amigo normal, comida o dinero. No pidió nada de eso, de hecho no pidió nada. Se quedo anonadado mirando esa luz, dejándose bañar por ella, asombrándose por su gran calidez. Era magnífica. Entonces, la Gran Luz Celestial se detuvo sobre el bosque y se hizo más grande cuando absorbió la luz del bosque. Se quedó por un momento flotando en el aire y, tras unos segundos, salió disparada hacia el pueblo.

La gente gritó entre maravillada y asustada cuando la Gran Luz pasó por encima de sus cabezas, él en cambio se quedó en silencio cuando le atravesó el pecho, del que salió la silueta de una mujer reluciente ante la que todos se inclinaron. Todos menos Ryhen.
-No he venido a concederte ningún deseo -susurró la mujer.-Al fin y al cabo ningún deseo has pedido. Pero siento tu corazón. Que no puedas proyectar tu alma no quiere decir que no la tengas... de hecho es la más intensa que he conocido. Tan intensa es, que no hace falta que la veas y hables con ella para que te sientas bien. Ella te ilumina y te mantiene con fuerzas y calor, por eso saliste del bosque sin congelarte, Ryhen.
-Sabes mi nombre.-Se maravilló Ryhen.
-Tu alma me lo ha dicho.
-Pero yo no la oigo.
-Yo tampoco... pero la siento con la misma intensidad que tú.
-¿Y qué hago para que la gente me quiera?
-Nada, Ryhen. No has de hacer nada. No aquí, este no es tu lugar. Tu lugar está muy lejos, cruzando otro umbral. Te necesitan más en ese otro lugar, pues otro niño debe llegar donde estás tú y tú has de conducirlo hasta aquí, Ryhen.
-Y, ¿entonces seré feliz?
-No a ojos de los demás, pero los demás no saben mirar. No debes buscar su aceptación, no la necesitas. Tampoco les culpes por ello, necesitan la luz que a nosotros nos sobra. ¿Sabrás dársela, Ryhen?
-No sé cómo, pero sé que lo haré.
La silueta de la mujer creó con su luz un portal, tras él se veía un mundo totalmente diferente.
-Crúzalo sin miedo, pequeño. Serás un regalo para muchas personas de ese lugar.
Ryhen ya no se sentía triste, ni tenía frío. Ahora sentía el calor, siempre había estado ahí aunque no se había dado cuenta. Y, ahora, repartiría esa luz y ese calor en aquel mundo para compartirlo con la gente que estuviese sola como lo había estado él. Antes, incluso, de cruzar el umbral, sintió eso a lo que llaman felicidad.

martes, 2 de enero de 2018

Diario Redford






18 de febrero de 1884
Rancho Redford


Hoy he matado. Ha sido una sensación extraña, pero no me he sentido mal, no he vomitado, ni llorado, ni temblado. Eso no quiere decir que sea un psicópata, o eso espero. Vivimos una época convulsa, en un lugar turbio, tal vez ser un psicópata sea lo que te salve la vida. ¿Por qué he matado? No soy ningún agente de la ley, ni ningún matón a sueldo, ni ningún pirado con sed de sangre. Tampoco soy un llanero solitario en busca de la justicia que la ley no parece querer repartir. No. Soy Thomas Redford, Tommy, un hombre de 34 años normal y corriente. Vivo en un rancho, con mis animales, mi familia... Bueno, ya no. Hoy he matado.

Miro por la ventana, ahí están, las tumbas recientes de mi mujer y mi hija. Giro la cabeza y ahí esta, el cadáver de un hombre, un hombre patético, un hombre al que he matado. El primer y único hombre al que he matado. Sé quién ha sido el responsable directo de esto y voy a por él. Quien haya encontrado este diario puede pensar que va a leer una historia de venganza, de esas que sobran en el mundo que nos rodea, en este confín del mundo olvidado por Dios. Más bien condenado por Dios. Pues le diré a quien haya encontrado este diario y lo esté leyendo que se equivoca, y que por su bien deje de leer en este mismo instante. No es una historia de venganza, ni de justicia, ni una heroica historia inventada por un vaquero que se moría del asco en su rancho. Es una historia inverosímil, pero real, cruda. Escribiré sobre el pasado y el presente, lo que en este instante es el futuro. A veces incluso será lenta y aburrida, las divagaciones de un pobre hombre.  Es tan mala que no merece la pena seguir perdiendo el tiempo con ella. ¿A que esperas, gilipollas? Cierra este puto diario. Ciérralo porque he matado. Y lo volveré a hacer.


¿Por qué escribo si no espero ni quiero que nadie lea este diario? Por nada, porque es lo único que puedo hacer, este diario es el único con el que puedo hablar. No deseo nada más. Mi mujer me ha abandonado, mi hija me ha abandonado, Dios me ha abandonado justo antes de haberme castigado. Tal vez la cordura me abandone pronto. Tal vez ya me haya abandonado. Pero por lo menos hay algo que puedo hacer, algo con lo que desahogarme, pues no quiero hundirme entre mis propios delirios. Además busco algo, quiero escribir las últimas palabras de este diario con sangre. Tal vez debería quemarlo. Ya veré. De momento sé lo que tengo que hacer.

Me he quitado la ropa que tenía ensangrentada, me he lavado, me he puesto otra ropa, ropa vieja que hacía tiempo no usaba. Después me he puesto mi viejo sombrero y he escondido el cadáver de ese imbécil. Tras eso me he despedido de mi mujer y mi hija. Las he hablado, las he pedido perdón, ellas no querrían esto. Después he cogido mi revólver heredado por mi padre Walter Redford. En realidad tengo dos. El otro lo robe de un cadáver. Mi padre, Walter Redford, un gran hombre, trabajó durante mucho tiempo en una mina. Contaba grandes historias, la mayoría exageradas, algunas incluso falsas, o eso creíamos todos. Él también escribía un diario, un diario en el que reflejaba todas esas historias. Como un auténtico idiota se me ocurrió que me habría dejado un mensaje secreto en el diario, algo sobre la mina en la que trabajaba. Nada. Las últimas páginas eran los delirios de un anciano. Pero sus delirios eran justificados, tenía una excusa. Era un viejo senil en sus últimos días. Murió ahogado en su propio vómito, sobre una cama llena de su propia mierda. Lo siento, viejo.


Por alguna extraña razón me veo impulsado a escribir sobre esto, sobre el viejo, sobre mi pasado con él. Pero no quiero, es mi diario, es mi historia. No tengo intención de escribir un largo diario que sea una reliquia con el paso de los años, solo quiero un escape. Da igual, tal vez escriba sobre él en otro momento. Ahora no, ahora he de ponerme en marcha con mi caballo. No tiene nombre, tal vez debiera ponerle uno. Tal vez no, esta no es una de las historias de mi padre. Los caballos no tienen nombre. Joder, si ni siquiera he dicho los nombres de mi mujer y mi hija.


18 de febrero de 1884
Common Saloon

Las puertas vaivén me hipnotizan mientras veo entrar y salir a gente de todo tipo de calaña. Gente de la que quise apartarme siempre y con la que no creí que tendría que cruzarme más cuando me fui a vivir a mi rancho, alejado de esta ciudad, Finewood. Lo único bueno que hay es la madera de las casas, y ni siquiera en todas las casas la madera es buena.
Las risas escandalosas de un anormal que quiere ser el centro de atención me despistan. Las amenazas de bravucones mientras juegan al póker me exasperan, el sonido de los dados al caer sobre la madera de las mesas me desagrada, el olor a sudor y a whisky me producen arcadas. Es curioso, matar no me las produjo. Dos tipos me señalan riéndose, una mujer me mira con interés, parece una puta. No me follaré a ninguna mujer hasta acabar con este trabajo, y menos a una puta. Lo juro por el honor de mi esposa.
Dos putas se camelan a un hombre con buenos brazos y un buen torso que bebía solo en la barra. La más inteligente se camela a un viejo que parece que tiene dinero. No lo ostenta, no le conviene, pero algunos detalles le delatan. La puta se lo follará, pero posiblemente sea un viejo agarrado y temeroso de que alguien le robe si se enteran de que paga una buena cantidad de dinero a una puta cualquiera. Lo único que la puta se llevará a mayores de la cuota establecida será una polla arrugada y seca metida en la boca que, con suerte para ella, no se levantará. Tal vez no sea tan inteligente, las otras dos putas se llevan a sus camas a un hombre apetecible, recibirán el mismo dinero y algo mucho mejor que llevarse a la boca. La mujer que me observaba se me acerca, noto un nudo en la garganta. Intento mirar para otro lado.


Hoy he matado y he follado. Acabo de bajar de una de las habitaciones. No daré más detalles, no he debido hacerlo. He perdido dinero y honor. Pero el honor ya no me importa. Le ha gustado, me ha vuelto a guiñar un ojo a pesar de que nos acabamos de separar. Me fijo y veo que tiene algo mío en la comisura del labio. Por un momento me pienso el sugerirla que se limpie con un gesto de la mano, decido seguir escribiendo. Los dos hombres de antes me siguen señalando, ya no se ríen. De hecho parecen enfadados. La puta no sabía nada. Tal vez no debí interrumpir el acto para preguntar, pero se me ocurrió de forma repentina y no pude esperar. Tal vez ni siquiera pensó, no es bueno pensar cuando se tiene un orgasmo. Pero he dicho que no iba a escribir sobre esto. Creo que es buena idea preguntarle ahora sobre ello.


No sabía nada. Me lo temía. El barman, en cambio, me dijo que había estado aquí hacía relativamente poco. Parece que se va a deshacer de ella, pues viajaba hacia Hollow Lake y todos sabemos por qué es famosa Hollow Lake. Le doy las gracias al barman y le pago un extra. Esta vez no he perdido el dinero. La puta me volvió a mirar antes de sentarme de nuevo. Un hombre la ha metido mano, es un nuevo cliente. Mientras se va con él me mira y me sonríe. Yo no hago nada. Sí, escribo. Los dos hombres ahora me ignoran, hablan de cosas que no llego a escuchar ni me llegan a interesar. Si salgo ahora hacia Hollow Lake le alcanzaría. Seguro que él, sin saber que le persiguen, pasó más tiempo aquí. Yo ya he perdido demasiado. El sol se está poniendo, por lo que es buen momento para ponerme en marcha. Además va a empezar una pelea. No entre los hombres de los dados, ni entre los del póker, tampoco entre los dos hombres que me observaban. Es entre dos putas. Algunos ya empiezan a reír, para ellos no hay nada más excitante que dos putas peleando sobre un suelo manchado de alcohol. Tal vez para mí tampoco. Creo que ya no soy mejor que ellos. Sangre, alcohol y sexo es lo que se puede presenciar a tiempo completo en este salón, pero ahora se va a poder presenciar en una sola escena, todo al mismo tiempo. Que la disfruten.





18 de febrero de 1884
Colina Finewood

Veo una diligencia peculiar a lo lejos, bañada por el rojizo sol casi desaparecido. Estoy tumbado sobre la tierra para evitar que se me vea, aunque es imposible que me vea a esa distancia, ni siquiera se preocupa por quién le pueda seguir. Podría forzar a mi caballo, podría alcanzar la diligencia, matarle y robarle. No lo haré, quiero comprobar su voluntad, además de conocer a quien la compre. Le mataré a él también. Esta noche no gastaré dinero en un alojamiento de Hollow Lake, pero tampoco dormiré a la intemperie. Mañana habré matado por segunda vez.


18 de febrero de 1884
Timberlane Company

La oscuridad me reconforta. Está cerca, casi puedo sentirlo. No he querido tumbarme sobre la cuidada madera, he preferido dormir sentado apoyado sobre la pared mientras escribo estas líneas. El plan es no dormir mucho ni moverme mucho. No quiero hacer que la madera cruja en exceso, ni quiero que el señor Timberlane me encuentre aquí dormido y me eche a patadas. Quiero hablar con él, quiero que sepa lo que voy a hacer, intercambiar unas palabras. Y qué voy a hacer. Ya he dicho que no es una historia de venganza, por lo menos no tan solo de venganza. No persigo a ningún forajido peligroso, a un asesino despiadado o al más buscado por la ley. Eso me reconforta, pues no soy ningún pistolero profesional. ¿Te he decepcionado? Mejor así, tal vez de esa forma dejes ya de leer, bastardo. Tengo una última oportunidad de hacer que dejes de leer mi maldito diario privado, una última oportunidad de aburrirte y dormirte. Espero no hacerlo yo antes mientras escribo. Una vez que termines de leer las siguientes palabras quizá no haya marcha atrás. Tú decides.

Miro la funda donde tengo metido el revólver de mi padre. Es un revolver llamativo, bonito y creo que bueno. No los mejores revólveres son los que mejor decorados están, pero este mata, y es lo único que ahora quiero hacer. Evidentemente no pertenecía a mi padre, tampoco él era ningún pistolero. Como he dicho era un minero. Un día se lo encontró en una mina abandonada en la que habían vuelto a trabajar. Me habló de esa mina. Eran historias escalofriantes. Nadie le creía, pero he de confesar que yo sí, a veces. Otras no. Es curioso, cuando más deliraba en su vejez más llegué a creerle. No tenía ninguna razón para mentir y aunque la locura se apoderó de él algunas de las cosas que balbuceaba eran las mismas historias del pasado.

En esa mina no solo había encontrado un revólver. Encontró un diario, el diario en el que él mismo escribió por un tiempo. Pero había arrancado las hojas que pertenecían a su dueño, nunca me las dio. El dueño de ese diario no era un antiguo minero, sino un cazafortunas. Es lo único que sé. Un compañero, otro día, encontró los restos de un cadáver. Un cadáver que llevaba ahí muchos años, solo quedaban los huesos, pero no había ni rastro de la calavera. Poco después hubo una revuelta en la mina, parece ser que fue una disputa entre dos mineros. Hubo muertos, ni siquiera mi padre supo decirme bien qué pasó.
Nos contaba que en esa mina se oían gemidos extraños, gritos escalofriantes y un chirrido espeluznante. A veces en las profundidades a las que ni los trabajadores antiguos habían llegado se podían ver luces que iba y venían. Según mi padre, allí había sonidos que parecían ascender del infierno, a veces olía a muerte e incluso llegó a sentir la muerte. Las cosas que decía en su propio lecho de muerte es mejor no repetirlas, no volver a escribirlas. Pero el día antes de fallecer dijo algo, algo que me hizo pensar que entre tantas locuras decía verdades. Dijo que había enterrado la calavera y dijo dónde. Después lloró y dijo que olvidase las historias, para acabar repitiendo alguna de ellas otra vez. Deliraba. Gritaba palabras que me desconcertaban.
En efecto, mi padre, Walter, había encontrado la calavera de aquel cadáver que tal vez alguien antes que él había robado. Fui a por esa calavera. Si todavía hay algo que te interesa en esta historia siento desilusionarte y te diré que esa calavera era solo una calavera, no tenía nada. Un trozo de hueso y polvo olvidado en el desierto. Mi padre decía la verdad, pero deliraba al fin y al cabo. Llegué a pensar que era la calavera de un trabajador de la mina, un compañero de mi padre, tal vez él produjo su muerte por accidente. Eso le provocaba remordimientos y le atormentó hasta la muerte. No hay nada más, nada más emocionante. Lo que va a ocurrir mañana tampoco es emocionante. Ni agradable. Así qué, por última vez, te sugiero que dejes de leer en este punto. No va a ser algo que quieras leer.


19 de febrero de 1884
Timberlane Company

Con el amanecer el señor Timberlane entró en su casa de subastas. Al principio se asustó al verme, pero enseguida entró en razón. El señor Timberlane es un hombre razonable, solo necesitó dos cosas que brillasen para aceptar mis peticiones. Una brillaba en su pecho, la otra en su mano. Podría permanecer escondido durante la subasta, entre las cortinas colocadas tras el atril, y comenzar mi actuación sin interrupción de sus guardias. Me dijo el asiento adjudicado a mi hombre, Don Beltrán, que para mi fortuna se sentaba en primera fila. Solo tengo que salir y disparar.
No salgo de la casa de subastas hasta que llega la hora de la subasta.
Es la hora.

Estoy entre bastidores, nervioso, sin dejar de escribir. El jaleo de la subasta impide escuchar cómo rasgo el papel al escribir. Mis movimientos no se perciben tras la cortina, tengo el espacio suficiente. Se subasta un jarrón de una cabaretera fallecida hace poco, un rifle de un cazador atacado por un oso en una expedición y asesinado posteriormente por unos indios, un monóculo, dos fundas que causan furor entre los allí presentes por pertenecer a un famoso forajido, el caballo más rápido del continente, o eso dice el que lo ofrecía; una navaja que ha pasado por muchas manos, gargantas y corazones, según parece; un cuadro, cómo no; y también un bastón. Llegó. Se subasta una calavera. Qué tiene de especial esa calavera, se preguntan algunos asistentes. Me estoy poniendo nervioso, muy nervioso. En cuanto Don Beltrán ha explicado lo nada especial de esa polvorienta calavera ha sido adquirida. Es la hora de guardar el diario y sacar el revólver.






19 de febrero de 1884
Rancho Lonely Goat

Hoy he matado. Salí como un fantasma teñido de sangre, entre los cortinajes rojos, disparando una bala por cada dólar que pedía. Pidió poco, muy poco, tan solo diez dólares. Así que al final no pude evitar que fueran más las balas que le disparé. Tras vacía el tambor cargué el revolver con la munición de mi padre. Con cuatro balas más era suficiente, pero cargué el tambor entero, fueron doce. O hubiesen sido doce si no lo hubiese vuelto a cargar. La gente corría sin importarle la vida de Beltrán, solo era un vendedor corpulento, opulento, embaucador, charlatán y agujereado. Sí, le agujereé, algo imaginable tras dieciocho disparos. No pensé que podría agujerearse así a una persona hasta que lo he visto. Después decidí que fueran diecinueve, otorgar algo de poesía a tan deleznable acto, pues hoy es día diecinueve.

El hombre que había adquirido la calavera por diez dólares había salido corriendo tirando la calavera al suelo y rompiendo con ello una parte importante de ésta. Le pregunté a Beltrán si había merecido la pena. No me respondió, estaba muerto. Después me dirigí a Timberlane, que estaba acurrucado en el suelo, tembloroso, protegido por sus hombres que me miraban con desconfianza. Le pregunté por el hombre que había adquirido la calavera para tirarla al suelo tras oír mis disparos. Me dijo que se trataba de un ocultista mexicano conocido como Jiménez.
Cogí la calavera, la miré. La miré a las cuencas vacías, miré su dentadura rota. Se ríe, se ríe de mí. Por primera vez lo detecto. La arrojo al suelo y la aplasto con mi bota, la destrozo hasta que no quedan más que fragmentos dispersos entre polvo. Después me inclino de nuevo para coger la pieza rota, lo que parecía un diente en el que nadie había reparado. Lo miro durante un largo rato. Timberlane se levanta y se pone a mi lado, observando. Alza los brazos hacia esa pieza, le miro de reojo, la toca. No tengo balas en el revólver, los hombres de Timberlane sí, por lo que decido cerrar el puño con fuerza y mirar de forma amenazante a Timberlane. Me voy.

A dónde se dirige un hombre como yo, sin familia, ni amigos y solo un revólver. Para empezar al lugar donde se aloja el señor Jiménez. Sé que las autoridades no tardarán en buscarme. Pregunto por el señor Jiménez y su habitación, a la que entro a la fuerza, sin preguntar. El señor Jiménez, con media maleta hecha, palidece al verme. Se arrodilla y me suplica. Le informo de que voy por la calavera, momento en el que detecto cierta curiosidad en su rostro.  Decide levantarse con cuidado para sentarse en la cama. Me explicó que lo que vio en esa calavera no era un simple diente de oro. Él lo vio antes de que se rompiese. Pero sí, sé que ese diente no es de oro.
Cuando se disponía a contarme sus hipótesis sobre ese diente saqué mi revólver, hecho por el que palideció más de lo que creí posible. Me suplicó, me dijo que no le interesaba el dinero, solo la investigación. Quería saber más cosas sobre el mundo, resolver ciertos misterios en lo referente al Más Allá. Me explicó que el material de ese diente lo había visto en otro lugar, cuando investigó un suceso hacía tiempo. Me resolvió muchas dudas. Por su parte, sus dudas sobre la vida y lo referente al Más Allá concluyeron en ese momento, una bala en la cabeza resuelve fácilmente ese tipo de dudas.

En el hotel la gente se escandalizó y llamó al sheriff, que estaba en la escena del crimen de la casa de subastas. Dejé una nueva escena del crimen en la habitación de Jiménez y huí. Ya no podía volver a mi rancho con mi mujer y mi hija. Tampoco quería. Solo tengo que esperar, no tardarían en venir a por mí. Pedí alojamiento en este rancho situado a las afueras de Hollow Lake. El hombre, con una esposa y un hijo, no era tan diferente a mí. Yo también hubiese dejado a alguien alojarse, sobre todo si no conocía sus antecedentes, Antes era ingenuo, antes me fiaba de cualquiera. Me fallaron, pero nadie volverá a fallarme porque ya solo confió en mí mismo. Viviré solo. Moriré solo, posiblemente en este rancho. Muy apropiado.

Ya oigo los cascos de los caballos, son varios. Recorren el camino con presura e impaciencia, parece como si fuese a llevarse por delante todo el rancho. Es como una tormenta que está apunto de aplacar mi ira. Pero no tengo miedo. Saco el diente de mi bolsillo, la pieza que se desprendió de la calavera al romperse. La miro fijamente. Miro entre los huecos de la madera esperando encontrarme al sheriff. Timberlane no es el sheriff, es él el que quiere verme muerto. Ha venido junto a sus hombres, pero ni siquiera con sus hombres me hubiese perseguido para darme caza un hombre como él. Sin duda es el diente lo que le empuja. Le entiendo. Pero no lo merece. Timberlane ha gritado mi nombre. “Redford”, dice. “Thomas Redford, sal y dame lo que me pertenece. Sal y muere”. Es hora de salir. Podría escribir una despedida oportuna, pero no lo haré. Ayer maté, hoy he matado. Y hoy no voy a morir. Lo sé. De alguna forma lo sé.


23 de febrero de 1884
Mina Hollow

Llevo varios días sin escribir. No. No morí. No deberías sorprenderte. Lo que me sorprende es que sigas leyendo a pesar de las advertencias. Pero ya no hay más advertencias, solo la verdad. Tú has querido llegar hasta aquí, no yo. Tú has querido llegar tan lejos leyendo este diario, y sé que lo sigues leyendo. Ya no puedes parar, todo es demasiado extraño. Ya te avisé, resulta inverosímil. Tal vez, a veces, incluso ininteligible. Aunque ni siquiera yo llegué a pensar que hasta tal punto. Da igual que hayas entendido o no. Pronto entenderás, y no querrás haber entendido. ¿Quieres saber qué pasó con Timberlane y sus hombres? Están muertos. Cómo, si no soy un gran pistolero, han muerto. Cómo un vaquero con una vida aburrida puede seguir vivo y haber cosechado tantas vidas en tan poco tiempo. El destino me ha querido aquí. Matar a merecido la pena. Sus vidas por la mía, por ese diente que ya no vale nada.

Salí del rancho Lonely Goat. El hombre que me acogió intento interponerse entre Timberlane y yo, dijo que no permitiría que nadie asaltase a su invitado. Timbarlane le disparó mientras sus hombres, a caballo, seguían apuntándome con sus rifles. Ese cabrón de Timberlane no era de los que se ensuciaban las manos, pero ese día lo hizo mientras no quitaba la mirada de mi bolsillo. Por ese diente sí merecía la pena ensuciarse. Me dijo que lo sacase sin dejar de mirar mi bolsillo, así hice. Lo mantuve en mi mano, con el puño fuertemente cerrado. Le dije que por encima de mi cadáver. Dispararon. Todos y cada uno de ellos dispararon. Poco después murieron. Todos y cada uno de ellos murieron. ¿Cómo? No hay tiempo de explicaciones, el diente ya no sirve para nada. Vienen a por mí. Ya no es cosa solo de ese sheriff. Sé que llamaron al marshall, sé que el precio de mi cabeza sube con cada víctima que dejo a mi paso. El señor Timberlane subió cuantiosamente el precio de mi cabeza, una cantidad que se suma a la cantidad menor que se ofrecía por las muertes de Beltrán, Jiménez y cada hombre de Timberlane. También pensaron que al hombre del rancho lo asesiné yo. Mejor para su familia, o les hubiesen colgado por esconder a un fugitivo.

Escribo esto frente a la mina de Hollow Lake, no lo he mencionado antes pero esta ciudad es también especial por albergar la mina en la que trabajaba mi padre. La mina Hollow. Me encuentro envuelto en sus profundides, iluminando el lugar con un farol que había en la entrada, mirando al vació, a la oscuridad que no pudieron penetrar los trabajadores, a la que no pudieron llegar con sus estructuras de madera y metal, con sus vagonetas. Un lugar al que seguramente nadie se hubiese atrevido a bajar a pesar de haberse podido. Ni siquiera los más valientes o curiosos que viajaron alguna vez a la mina. De alguna forma Jiménez encontró respuestas, pero nunca entró en contacto con las tinieblas y con lo que ellas albergan. Ya están aquí. Oigo los caballos, no dejo de escribir.

Esta sí puede ser mi última entrada en este diario, me lo juego todo a una carta. Pero merece la pena, no hay otro modo de sobrevivir, y aunque lo hubiese no me importaría. Necesito verlo, tocarlo, sentirlo, aunque signifique mi muerte. Por esto he matado y por esto moriré. El marshall grita mi nombre, también el sheriff. Es hora de guardar el diario. Ya me están apuntando. Me llevarán preso, pero eso no es lo que quiero. Vuelven a gritar mi nombre. Me giraré, les amenazaré con mi revólver, el revólver de mi padre, el revólver de aquel expedicionario que pereció en la mina. Me acribillarán a balazos, mi cuerpo caerá a la mina, a lo más profundo, donde ni los cadáveres de los mineros han llegado. O eso creo. El revólver volverá al lugar donde mi padre lo encontró, más allá incluso. Y después veremos qué pasa.
El marshall grita mi nombre de nuevo y dispara al aire. Les estoy poniendo nerviosos. Ha llegado el momento. Posiblemente mis últimas palabras escritas. Y si no son mis últimas, entonces desearás que lo hubiesen sido.


24 de febrero de 1884
Mina Hollow

Abrí los ojos. Hay una luz tenue que me permite escribir. También me permite ver putrefactos cuerpos mirándome, moviendo débilmente alguna extremidad y gimiendo. Son muchos, pero no son peligrosos. Les ignoro.
 Algo me atraviesa el costado. Me levantó extrayéndolo, después me miro al pecho. Tengo varios agujeros de bala que no me duelen, algunos son recientes, otros no tanto. La luz tenue proviene del mismo material que aquel diente que no era un diente. Jiménez tenía razón, el mito, desconocido por casi todo el mundo era cierto. El dueño de aquella calavera nunca tuvo este material sustituyendo un diente, fue oculto en esa mandíbula como un diente más por alguien.
Mi padre encontró la calavera, la calavera le consumió y le poseyó. A mí también. Mi esposa y mi hija osaron interponerse entre ella y yo y se la dieron a Beltrán, un vendedor que pasaba a menudo por el rancho a vendernos o comprarnos mercancía. Mi esposa me arrebató lo que más quería, mi propia vida, la vida eterna encerrada en aquella calavera. Yo le quité a ella lo que más quería, después la maté a ella. Beltrán me obligó. Un viejo amigo de la familia que estaba allí intento impedírmelo, impedir que luchara por lo que me pertenecía. Pero no me apena haberles matado a todos. Lo he hecho por algo mayor, por perdurar en el tiempo, por trascender, superar los límites de la humanidad. ¿Qué es eso frente a diez vidas? ¿Qué es eso frente a la vida de una mujer, una niña, un pobre hombre, un vendedor, el dueño de una casa de subastas, un ocultista o varios matones? También hubo una vida que no me corresponde a mí directamente, un ranchero que me protegió y que no intentó apoderarse de mi posesión. Él era el único que no merecía morir.

¿Que me diferencia todo esto de mi padre? Puede que los dos acabásemos consumidos, pero él no mató, no trascendió y nunca supo que la calavera no era nada. Nada. Tuvo este mineral bajo sus pies y en esa calavera y nunca lo supo. El de la calavera ya no brilla, lo consumí cuando los hombres de Timberlane me dispararon. Parece que cada fragmento tiene un límite ligado a su tamaño. Y aquí hay muchos fragmentos de gran tamaño, podría caer una y otra vez acribillado a tiros y no moriría. Solo he de esperar a que alguien me encuentre y me saque de aquí. Entonces podré compartir mi inmortalidad... o no. Mi inmortalidad es mía. He trascendido, pero nadie merece conocer el secreto, el poder de este mineral, su ubicación ni procedencia. Nadie que no pase por lo que he pasado yo lo merece. Y si alguien intenta conocerlo sufrirá el mismo destino que ellos: que mi mujer y mi hija, que mi amigo, que aquel vendedor. El mismo que aquel ocultista o el del dueño de la casa de subastas. Pues si quieres conocer la vida eterna, antes has de morir.



8 de julio de 1994
Lugar desconocido

Me han encontrado. Me sacaron de esa mina con tecnología que no conocía. Llevaba en los bolsillos varios fragmentos que escondí por poco tiempo. Me los intentaron quitar, me preguntaron sobre ellos y hasta se llevaron algunos de ahí abajo. Les maté. Les destrocé con mis propias manos. Ellos me dispararon con armas que no conocía, yo solo les miré con mi sangre derramándose sobre la arena. No caí, ellos sí. Me aseguré de que ningún fragmento del mineral entrase en contacto con ellos, es el mero contacto lo que te devuelve de la muerte. En cambio, conmigo ha sido diferente. Al caer en la mina, un fragmento del suelo en forma de estalagmita me había atravesado un costado, fue eso lo que me salvó, tuve suerte, o tal vez algo más que suerte. Dios me quiere vivo. Para siempre, pues al entrar en contacto un fragmento tan grande con mi sangre y mis órganos aquirí el poder de forma eterna, sin límites, como duando sólo toque ese pequeño fragmento.
Mientras divagaba recordé que uno de los investigadores se había ido con mi diario. Se había ido antes de que me subiesen a mí y matase a todos. Solo le esperé. Evidentemente volvió. Evidentemente le maté.

Ya sé por qué escribo este diario. En él se encuentra el secreto de la vida eterna, accesible para todo el mundo. No todos tienen derecho a conocer tal secreto, y tú ya lo conoces. Ahora solo has de morir como hice yo y como hicieron todos antes que tú.



El día de tu posible muerte
Donde podría yacer tu cadáver

He escrito esta página antes de que encontraras el diario. No lo perdí, dejé que lo encontrarás. Lo tienes en tus manos porque yo quise que tú lo tuvieses. En las primeras páginas, antes de conocer el secreto, te insté a que lo dejaras, te amenacé a pesar de que sabía que sería imposible que pudiese hacer nada contra ti nada más que asustarte. Pero aquí estoy, dos siglos después, esperando a que termines. Porque sé que sigues leyendo, porque sé que ya no puedes parar. Es más, temes parar, porque sabes que cuando lo hagas apareceré en algún lugar. Puedes intentar matarme, sabes con qué resultado. Mira a tu espalda si quieres; mira por la ventana, no me verás. Pero tu vida ya está ligada a la mía. Y créeme, la mía es eterna, la tuya nunca lo será.

Hagamos un trato. No hables sobre esto, no menciones lo que has leído, deja el diario en una de las estanterías de tu casa y olvídalo. Algún día volveré a por él y tal vez te perdone la vida. Ten por seguro que estarás vigilado, si dices algo morirás. Desprecia tu deseo de la vida eterna y demuestra el aprecio de tu finita vida. Hazlo y no acabarás como el resto. ¿Podrás? Tal vez al principio, pero algún día, cuando creas que esto no fue nada más que una broma y te olvides de esta sensación que estás teniendo ahora decidas contárselo a alguien, como una anécdota, como una curiosidad. Ese día no solo te habrás condenado a ti. 
  Si por el contrario eres lo suficientemente prudente mantendrás tu bien más preciado. No sé lo que harás, pero sí puedo decirte algo con seguridad: decidas lo que decidas, renuncies o no al secreto de la vida eterna, morirás. Recuérdalo. Tal vez no hoy, pero tal vez sí mañana, tal vez en unos años. Tienes a dos vigilándote, el dueño de la vida eterna y el dueño del descanso eterno. Uno de ellos decidirá tu destino. Pero eso ya lo sabes. Ya sabes bien cómo terminará todo. Cierra este diario, olvídame y sigue tu vida. Síguela. Síguela sabiendo esto. Morirás.

domingo, 6 de agosto de 2017

Un mar infinito


No es el mar, desde luego, pero se le parece tanto que puede llegar a ser reconfortante mientras él lo permita. Nadie es tan afortunado como para encontrar siempre el mar calmado, todo el que se aventura a navegarlo sabe que se la juega, que escapa a su control, pero cuando el mar se mantiene tranquilo, cuando te acoge con amabilidad en su vastedad, puedes llegar a ser feliz. Solo has de no asomarte para intentar mirar lo que oculta en su interior, disfrutar contemplando el horizonte sin preguntarte qué hay más allá.

Pero la tranquilidad del mar no es eterna, como parece serlo el propio mar, por ello es recomendable acercarse a la costa y bajar de tu embarcación para pisar tierra firme. ¿Os imagináis un mar en el que te veas obligado a navegar eternamente? Existe, me temo, o algo que se le parece demasiado, como decía. Algo tan inclemente como éste cuando se le antoja, tan bravo como bello, tan espeluznante como apacible. Es inabarcable, incontrolable e inesperado. Está lleno de vida, pero a su vez recibe gustoso a la muerte. No tolera a los desalmados, pero tampoco tiene piedad con los inocentes. A veces sacude los cimientos de nuestra civilización para segar las vidas que cree oportuno y llevárselas a la inmensidad del oscuro vacío que esconde en sus profundidades, donde yo ahora yazco, arrastrado por sus designios, los designios del caprichoso destino. El mar por el que navegan nuestras vidas, un mar que, de una u otra forma, siempre nos acaba engullendo y llevando al fondo de su ser, donde ya nada tiene sentido, donde espero el fin de algo que es infinito.

sábado, 4 de marzo de 2017

El secreto del Hacedor


Un hombre de gran tamaño gritaba furioso en su oscura morada. Un lugar cálido gracias a las incesantes llamas que bañaban con su luz la fría oscuridad, otorgándole a ese robusto hombre, en ese momento, un aire amenazante. Aire que se esfumó cuando el llanto le sobrevino. Nadie estaba allí para consolarle, solo algunas de sus muchas antiguas creaciones que parecían mirarle queriendo ayudarle.


-Proceda en su defensa el Hacedor -pronunció un hombre de semblante serio y larga barba canosa-, acusado de violar las leyes del buen uso de los poderes divinos y de no preservar la seguridad de sus propias creaciones.
El Hacedor, con su larga melena oscura, se colocó en el centro de la colosal sala situada en lo más alto de aquella montaña.
-Señoría, no se trata de esgrimir una defensa, se trata de pedir una disculpa -el hombre agachó la cabeza-. Mis creaciones debían ser perfectas, debía usar mi poder con responsabilidad. Lo intenté, pues les otorgué a todas por igual poder, sabiduría y bondad, pero tampoco pretendía dárselo todo hecho. Me pareció fascinante que ellos mismos continuasen mi labor como hacedor y prosiguiesen con mi creación. Les di las herramientas para hacer posible el milagro de la vida, para crear algo que en esta sala repleta de grandes señores nadie más que yo puede crear. Que fuesen capaces de crear un mundo como el nuestro, pero no podía hacerles inmortales como lo somos nosotros, así que todo lo que eran solo podía mantenerse si continuaban creando y trasmitiendo. Para ello decidí ir más allá y crear algo nuevo, algo que no está entre nosotros, algo a lo que llamé “mujer”.
En la sala cada vez se respiraba un ambiente más caldeado, los presentes se miraban, algunos extrañados y otros disgustados.
-Algo que se le fue de las manos. Un error por el que pide disculpas, ¿no es así?
-¡En absoluto! Pido perdón por no ser capaz de mantener la virtud en mis creaciones ni la sabiduría suficiente para no hacer distinciones sociales, políticas o éticas ante un semejante que simplemente porta diferentes herramientas para hacer una misma labor -Las palabras del Hacedor mostraban claramente su desacuerdo y desprecio ante lo que el Juez acababa de decir.
-Esas a las que llama “mujeres” son, claramente, el motivo de que usted esté aquí hoy. Son el motivo de disputas por las que sus creaciones, tanto hombres como mujeres, sufren. Todo debido a su irresponsabilidad. No será desterrado y se le seguirá dejando crear, con restricciones eso sí, si destruye su propia creación, o, por lo menos, a parte de ella. Destruya a las mujeres, no vuelva a crearlas y será perdonado.
El Hacedor miró a todos los que permanecían en la sala sin inmutarse tras lo que el Juez acababa de decir.
­-Veo que la virtud tampoco puede encontrarse en lo que algunos llaman dioses -clavó la mirada en el Juez-. No, no acepto las condiciones de destruir total o parcialmente mi creación, por lo que asumo gustoso la condena.
­-Bien, así sea entonces. Hacedor, prescindimos de sus, por otra parte, innecesarios servicios y le desterramos del Monte Divino para que viva en la cloaca que usted ha creado y a la que llama Tierra, mundo que abandonaremos para dejarlo en el olvido, sin prestarle nuestra ayuda en ningún momento.
­-Ayuda que no necesitan, entre otras cosas porque, como bien pueden ustedes ver, son nefastos ayudando. Y, por supuesto, porque mejorarán y, algún día, os superarán. Todos tienen la fuerza, todos el poder e incluso el deseo, solo que algunos todavía no se han dado cuenta.



Bajó a lo que el Juez llamó cloaca. Observó por primera vez a sus creaciones caminando a su lado. Muchos hombres no se respetaban entre ellos, pero peor era la situación de la mujer. No comprendían que debían trabajar juntos para seguir avanzando.
Caminando por el mundo se encontró muchas cosas maravillosas y otras tantas horribles, intentó siempre ayudar como pudo a unos y otros y trasmitió a adultos y niños sus enseñanzas con intención de alcanzar la igualdad entre sus creaciones.
Un día, en uno de sus peregrinajes, vio a una muchacha mirando a un grupo de soldados.
-¿Te gustaría estar ahí como uno más? -preguntó el Hacedor mirando también a aquellos hombres.
-No. La guerra no me interesa. Me interesa acabar con ella, algo imposible y estúpido de pensar.
-No lo es querer corregir un error.
-Lo es desearlo desde mi posición.
-Tú sola no lo conseguirás, desde luego. Y posiblemente solo puedas emprender el principio de un largo camino que lleve siglos recorrer. Pero alguien tiene que empezar.
-Los hombres dominan el mundo, y con ello las guerras. Solo ellos pueden pararlas.
El Hacedor no pudo evitar reírse.
-El mundo os pertenece a cada uno de vosotros. Todos tenéis la capacidad de luchar por él y por la seguridad y los derechos de cada uno de sus habitantes. Algunos hombres creen tener el poder, pero ¿quieres que te cuente un secreto? -la joven afirmó con la cabeza mirando al hombre con cierta extrañeza­-. Me permití crear a las mujeres con algo más de sabiduría, entereza y fuerza, pues, como hombre, conocía bien nuestros límites, por lo que con vosotras decidí acercar mi creación más a la perfección.
La joven no dijo nada, pero, por cómo le miraba, el Hacedor supo que vio en sus ojos la verdad.
-Sé que ese poder a mayores que poseéis no lo utilizaréis en su contra, como algunos de ellos piensan, por eso os lo di, pues sé que lo usaréis para mejorar el mundo y luchar por la igualdad. Empieza a luchar por conseguirla, amiga mía, pues ese es el camino para alcanzar la verdadera paz.

jueves, 16 de febrero de 2017

Diminutas campanas de boda


Caminaban juntos, nerviosos, sin soltarse de la mano. Se dirigían a al altar, donde un hombre canoso les esperaba con el semblante serio. Caminaban por un pasillo que parecía no terminar, siendo observados por gente conocida, gente que querían y con la que habían compartido muchos momentos. Todos llevaban el mismo traje, todos tenían el mismo gesto, todos menos ellos. A pesar de los nervios, a pesar del paso que iban a dar y de lo que iban a cambiar sus vidas, estaban tranquilos, seguros de lo que hacían y, sobre todo, de lo que habían hecho. Llegaron por fin al extremo de la sala, a su altar particular, y miraron al anciano, que era el único que llevaba una vestimenta diferente y el encargado de pronunciar las palabras que proclamarían su amor infinito. Después se dieron la vuelta hacia los testigos, que parecían tristes, tal vez emocionados, por el evento. No todos querían que se casasen, pero tenían que hacerlo. La ceremonia transcurría en silencio, un silencio que el anciano no tardó en romper. Las manos de los dos hombres seguían unidas, a pesar del sudor que las bañaba no se resbalaban. Los cinco testigos se encontraban en fila, con los ojos clavados en los novios, mientras el anciano pronunciaba las palabras que les unirían eternamente.
Las campanas comenzaron a repicar, cinco diminutas campanas que perforaban los tímpanos, perforaban la carne. Estaban acostumbrados a ver la carne perforada, acostumbrados a oír sonidos más terribles que los de esas campanas. Eran soldados.

Cada día que pasaba, cada día que tenían que sobrevivir, se hacían más débiles. Su miedo aumentaba, su visión de la vida se tornaba más oscura de lo que ya era y necesitaban sentirse más fuertes. Se insensibilizaban y se volvían peligrosas máquinas de matar. Pero hasta la máquina más potente era frágil y necesitaba ser cuidada y a menudo engrasada. Todos ellos permanecían unidos, algunos demasiado para lo que allí estaba permitido. Tanto, que debían esconderse. No había porque hacerlo, eran parte del mismo cuerpo, eran compañeros, soldados. Eran hombres, simplemente hombres. Pero se escondieron.

¿Puede una situación generada por el odio desembocar en amor? Muchos soldados se aferraban a ese sentimiento en el campo de batalla para sobrevivir, pero ¿cuántas veces surgía el amor en una guerra? El único que tenía derecho a mostrarse ante todos tal y como era, sin tapujos, sin escrúpulos, era el odio y todo lo que reflejaba, sin importar la gente que sufriese.
El amor en una guerra puede ser un gran aliado, pero un aliado oculto, frágil, que si es descubierto puede ser aniquilado con facilidad, y más si ese amor es considerado anti-natural.

Una noche se las apañaron para descansar juntos, su amor no lo hacía. Para ellos no existía más que esa habitación, esa cama, ese hombre. Pasarían la noche despiertos, pero a la mañana siguiente tendrían la fuerza suficiente para luchar, mientras lo hicieran juntos. Lo que no imaginaban era que no pasarían la noche despiertos para consumar su amor, sino su odio, el odio de una nación. La puerta se abrió de golpe, uno de sus compañeros los vio desnudos sobre la litera que compartían. Entró dispuesto a gritar para alarmar de su llegada, pero se quedó callado. Después de un instante en silencio, los disparos recordaron al inoportuno soldado por qué estaba ahí. “Nos atacan” dijo seco, como si hubiese visto a uno de sus compañeros con el enemigo. Tras la batalla comenzaría la suya propia.

Caminaban juntos, nerviosos, sin soltarse de la mano. Se dirigían a al altar, donde un hombre canoso les esperaba con el semblante serio. Caminaban por un pasillo que parecía no terminar, siendo observados por gente conocida, gente que querían y con la que habían compartido muchos momentos. Todos llevaban el mismo traje, todos tenían el mismo gesto, todos menos ellos. A pesar de los nervios, a pesar del paso que iban a dar y de lo que iban a cambiar sus vidas, estaban tranquilos, seguros de lo que hacían y, sobre todo, de lo que habían hecho. Llegaron por fin al extremo de la sala, a su altar particular, y miraron al anciano, que era el único que llevaba una vestimenta diferente y el encargado de pronunciar las palabras que proclamarían su amor infinito. Después se dieron la vuelta hacia los testigos, que parecían tristes, tal vez emocionados, por el evento. No todos querían que se casasen, pero tenían que hacerlo. La ceremonia transcurría en silencio, un silencio que el anciano no tardó en romper. Las manos de los dos hombres seguían unidas, a pesar del sudor que las bañaba no se resbalaban. Los cinco testigos se encontraban en fila, con los ojos clavados en los novios, mientras el anciano pronunciaba las palabras que les unirían eternamente.

El anciano, con su uniforme lleno de medallas, se había separado de ellos mientras decía lo que debía decir. En esa boda no había alianzas ni enemistades, tampoco traiciones ni venganzas, mucho menos rencores. Solo había miedo, incomprensión, debilidad y cobardía. En esa boda solo había un hombre con algunas partes amputadas y a punto de desintegrarse por completo. Había cinco dedos presionando cinco gatillos y una mano presionando otra mano.

Las campanas comenzaron a repicar, cinco diminutas campanas que perforaban los tímpanos, perforaban la carne. Estaban acostumbrados a ver la carne perforada, acostumbrados a oír sonidos más terribles que los de esas campanas. Eran soldados. Tal vez fue también la debilidad lo que llevó a esos dos soldados ante aquel altar, pero la fortaleza les hizo mantenerse allí parados, juntos, en silencio, esperando el fin de su boda. Un fin que llegó pronto. El sonido de las diminutas campanas cesó, los cinco dedos se levantaron, los dos soldados cayeron, sus manos siguieron unidas. La muerte no les separó.

lunes, 13 de febrero de 2017

El poder de una sonrisa


Poseo un gran poder que lo puede cambiar todo, un poder que nadie entiende, un poder que admiro y temo. Un poder que me revive, que me da esperanzas incluso ante tanta miseria. Un poder que me mueve y que me ata, que me da fuerzas y que me las quita. Un poder que necesito, un poder que alguna vez rechacé, pero que también busqué. Un poder que no me deja dormir ni comer, y a duras penas pensar. Un poder que puede volver loco, pero que a mí me da la vida.
Con este poder puedo hacer el bien y causar mucho dolor. Puedo crear y puedo destruir. Puedo correr sin cansarme y hasta cansarme sin correr. Con él, incluso, soy capaz de ver belleza en el lugar más sórdido.

Recuerdo cómo detestaba que me tocase el sol, cómo detestaba escuchar a la gente hablar, cómo odiaba oírles reír o llorar, cómo me repugnaba verles matar o morir. Recuerdo cómo sentía lastima por todos ellos, por todo lo que les rodeaba. Tenía el poder de destruirlo todo con un simple movimiento de mi muñeca, provocando un chispazo que envolvería el mundo en llamas, así que me planteé acabar con aquello. No pretendía destruirlo, solo salvarlo, acabar con el último organismo y empezar de cero. Sigo sin saber quién me dio ese poder y para qué me lo dio, pero yo tenía muy claro cómo usarlo.

  Me elevé ante todos como un dios sin que pudiesen verme y esperé, no sé muy bien a qué. Les miré por última vez y, antes de volver a elevar la mirada, pude verla sonreír. ¿Por qué? ¿Por qué su sonrisa me detuvo? ¿Por qué sonreía en aquel lugar sin sentido? No lo sé, no sé nada, solo que quería verla sonreír todos los días de mi vida. Seguramente fuese como todos, seguramente lo sea, pero su sonrisa a mí me parecía distinta. A su sonrisa le siguieron su mirada, sus andares, le siguieron sus palabras. Al verla no pude hacer lo que debía. Decidí bajar, renunciar a aquel otro poder que nos salvaría y sucumbir al poder que ella me había otorgado. Bajar a aquel infierno para acercarme al paraíso. Fui un egoísta, un inconsciente, un impulsivo, pero ante todo fui feliz como nunca lo había sido.

Por un momento vi a la gente de otra manera. Me di cuenta de que estaban tan perdidos como yo, que algunos no tenían intención de encontrarse, pero que a otros la angustia les devoraba tanto como a mí. Y aun así luchaban, continuaban, vivían. Era increíble, peligroso, pero admirable. Eran como yo, pero muchos sin ese nuevo poder que ahora me imbuía.

O eso creía. Al observarles más de cerca comprendí que cada uno, a su manera, tiene ese poder, y cada uno decide qué hacer con él. Yo lo sé, o, mejor dicho, sé lo que no puedo hacer con él. Con este nuevo poder no puedo mejorar el mundo, no puedo cambiarlo. Con este poder sigo viendo lo mismo de siempre, pero no de la misma manera. Por eso es tan importante este poder, porque no nos hace poderosos, simplemente felices; porque no nos hace superiores, solo iguales; porque nos permite vivir en un mundo donde la vida a veces parece carecer de sentido. Se trata de un poder que nos conecta a la otra persona y que, manteniendo nuestra mortalidad, nos convierte en imparables hasta el fin, como si de verdad fuésemos inmortales.

¿Qué puedo tener yo? os preguntaréis, ¿qué la puedo ofrecer? Nada que no puedan tener los demás, menos de lo que pueden ofrecerla muchos, os lo aseguro, yo solo puedo ofrecerla ese mismo poder. Es probable que no sea correspondido, es posible que me deba conformar con verla, con oírla y hablar con ella de vez en cuando, pero ya es más de lo que tenía antes.
No será un final triste, simplemente un final sin ella, un final que no llega con estas últimas líneas, pues yo seguiré aquí, continuando la vida que ella me devolvió, dispuesto a mantener ese poder en cualquier rincón del mundo y a ofrecérselo a alguien que lo necesite como yo. Un poder al que algunos llamamos “amor” y que cada uno entiende de una forma. Lo importante es que, de una forma u otra, ese poder siempre esté ahí y sepáis usarlo, que os libere y jamás os encadene y, sobre todo, que no lo perdáis en la oscuridad y en la distancia. Sabed que siempre estará ahí esperando a que lo recibáis y deseoso de que lo compartáis.