miércoles, 21 de marzo de 2018

Prisionera de dos mundos


-¿Crees en el destino, Sophia?
-¿Lo dices en serio?
La joven se echó a reír.
-¡Claro que lo digo en serio! ¿Es tan descabellado pensar que hay una fuerza mayor que lo controla todo?
-¡Ah, que lo dices en serio! -Se volvió a echar a reír-. Que me lo diga un científico me parece de traca.  ¿A qué viene esto? A ver, doctor, ¿es grave?
Ambos volvieron a reírse.
-Pienso cada día en la suerte que tuve en conocerte. En cómo estaría ahora si no hubiésemos cruzado nuestras miradas aquella noche, si no hubiese salido o hubiese ido a ese local. -El silencio les envolvió durante un rato, quedándose los dos con los labios sellados y la mirada fijada en el cielo-. Fue todo demasiado especial, diferente a lo que he experimentado con otras mujeres. Hablar contigo fue tan enriquecedor. El destino, o lo que sea, te puso ahí para mí.
Sophia cambió el gesto y se puso seria.
-Yo podría decir lo mismo. No era nada antes de que tu aparecieras, no significaba nada para nadie.
-El universo tuvo compasión con nosotros dos. ¿Te das cuenta? Nos unió. -La muchacha giró la cabeza, pero no pudo evitar que Amadeo se percatase del rastro de una lágrima-. No... no quería hacerte llorar, Sophia, lo siento.
-No eres tú, tonto -dijo conteniéndose como pudo-, es que es todo tan triste y a la vez tan...
Él le abrazó mientras seguían tumbados.

Ella le abrazó mientras seguían tumbados. Cerró los ojos para sentir la hierba de nuevo y notar la luz del sol sobre su cuerpo. Le era imposible. Lo primero que vio fue su nuca perforada. Lloró como aquel día y se abrazó más fuerte. Cerró los ojos de nuevo para trasladarse meses atrás y olvidar aquello por un rato.

Le vio tomándose el primer café de la mañana mientras ojeaba un libro llamado Más allá de la programación y la capacidad cognitiva de los androides. Le hacía gracia ver cómo, a medida que pasaba páginas, se burlaba de lo que leía con gestos contenidos y algún sonido ininteligible. Ella prefirió dejarle sumergido en su lectura.
Al cabo de un rato decidió exponer su opinión en voz alta.
-Hay que ver las locuras que puede llegar a escribir este hombre.
-¿Dice muchas burradas sobre los androides? -preguntó mientras seguía preparándose para ir a trabajar.
-¿Cómo quiere dotar a una maquina de sentimientos si no sabemos ni controlar nuestras propias emociones? -expuso irritado.
-Bueno, en una inteligencia artificial programada para algo muy concreto tal vez no sea posible, pero supongo que en base a un cerebro humano sea diferente.
-Eso es lo que propone. Lo peor es que hoy día eso está prohibido. En el libro habla precisamente de esa ley y del atentado contra los derechos del colectivo androide y humano en general. ¡Es una locura! Y me temo que estén trabajando en ello clandestinamente.
-Bueno, podría ser una oportunidad para mantener el cerebro con vida, o incluso conseguir la vida eterna.
-No. -Se mostró tajante-. La vida eterna se ha de conseguir sin perder nuestra humanidad, no vendiendo nuestro cuerpo a la tecnología para convertirnos en máquinas fácilmente manipulables. Como si no estuviésemos ya lo bastante conectados y vigilados: las redes sociales, los oculares, las máquinas teletransportadoras, el puto Internet en general. Nos estamos deshumanizando y este doctor quiere deshumanizarnos del todo. -Cerró el libro malhumorado.
-Tal vez el trato que algunos humanos dan a sus androides son más deshumanizados que los propios androides. Pero bueno, que no me quiero entretener más, me voy.
El tema quedó rápidamente zanjado por Sophia con un tierno beso. Abrió la puerta y fue deslumbrada por la luz de la calle, así que moduló sus oculares y... volvió a ver su nuca destrozada.

 Tras un rato allí tumbada trató de levantarse resbalando con la sangre del suelo. Al mover las manos las notaba extrañas, tirantes por la sangre que comenzaba a secarse. Al limpiarse las lágrimas de los ojos y las mejillas con ellas el rojo se mezcló con el líquido que desprendían sus implantes oculares, dando la impresión de que lloraba sangre, lo más terriblemente humano que alguien podía hacer.
Ya levantada miró el cuerpo de Amadeo tendido en el suelo, después sus propias manos de nuevo y después a Amadeo otra vez. Decidió pasar por encima para verle el rostro desencajado, todavía rojo por la presión que ejercieron en él sus manos.
Sophia sintió nauseas y expulsó por la boca todo lo que había digerido. Se quedó un buen rato tendida en el suelo, llorando de nuevo, mezclando lágrimas, sangre y vómito, creando la escena más repulsivamente humana que se podía crear.

No aguantaba más esa presión, así que se levantó y se dirigió a la encimera de la cocina, donde de repente apareció una Mágnum impresa directamente desde sus archivos oculares. Cogió la pistola firmemente, pero cuando trató de levantarla algo se lo impedía. Ella se esforzó, lloró, gritó y pataleó. Era como si un imán atrajese la pistola, pero ella no se rendía. No cedía, no paraba. Gritó más fuerte mientras toda su vida desfilaba ante sus ojos en una secuencia desordenada y rápida, sin muchos detalles. Una última escena, la de sus manos presionando la frente de Amadeo hasta perforarle la parte superior de la cabeza azotó su mente.
Veía la Mágnum sobre la encimera, las venas de ambos brazos reventándose al intentar elevarla, pero también los cables; la sangre saliendo a borbotones, pero también el aceite; la pistola metiéndose en su boca, consiguiendo, así, hacer frente a su propia programación, que le impedía suicidarse. La misma programación que le obligó a asesinarle. El universo no fue el responsable de unir sus vidas. Ella fue creada por sus enemigos en base a sus gustos. Pero, ahora, ella no podría vivir con su muerte en la memoria. Era una androide, pero se había enamorado.
Lloraba por él y porque sabía lo que estaba a punto de venir.
Un disparo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario