domingo, 18 de noviembre de 2018

Fragmentos de un reflejo



 Fragmento primero
Distorsión reveladora


Imagina abrir los ojos y encontrarte sumergido en un mar de dudas que te engulle y te asfixia en imágenes irreconocibles que te llevan a las más absoluta de las locuras. Imagina que un desconocido comienza a llorar cuando le apartas violentamente, sintiendo un miedo descontrolado ante una amenaza que, posiblemente, no sea tal.
Imagina tu corazón latiendo a mil por hora mientras tu cerebro intenta procesar información que no entiende. Imagínate sentado en el suelo, sollozando, con la esperanza de que todo cobre sentido o de que todo se desvanezca a tu alrededor para que deje de hacerte daño.

El aire parecía abandonar mis pulmones como lo hacía la razón, mientras esa mujer que decía ser mi pareja intentaba acercarse temblorosa y llorando, entendiendo tan poco como yo lo que me ocurría, pero, al menos, reconociendo a la persona que se escondía tras esa mirada temblorosa y perdida que dominaba mi rostro.
Ni nombres, ni imágenes; no recordaba nada. Me dejé abrazar por esa desconocida mientras un nudo me ahogaba en el interior. No le devolví el abrazo, sólo cerré los ojos lo más fuerte que pude para, cuando los abriera, despertar. Pero cuando los abrí ella seguía ahí, agarrada a mí, llorando sin parar.


Durante varios minutos no hicimos nada. El nudo me encogió el alma y me dejó sin palabras, casi sin aliento. Imagina que te dan la noticia de que un ser muy querido a muerto, imagínate la sensación, la combinación de sensaciones que nunca habías sentido. Imagina, ahora, que la que has muerto eres tú, que todo tu mundo ha muerto, que todos tus seres queridos han muerto, y que, tras tu muerte, no hay nada. Esa era yo, una mujer que lo había perdido todo en vida, que no veía nada en el reflejo de los ojos de la mujer que debía amar, ni más allá de ellos. Un cascarón vacío cuya vida carecía de todo significado.
Cuánto lamenté no haber olvidado el miedo, el dolor, la tristeza o la ira que me siguieron a lo largo del resto del día de forma intermitente y hasta simultánea. Cuánto lamenté no haber olvidado lo que era amar y sí olvidar a quien amaba. Cuánto lo lamento todavía ahora.
Sólo ahora sé lo que es tener recuerdos, y me recuerdo a mí misma levantándome del suelo, despacio, mientras mi pareja llamaba al médico sin quitarme ojo.
Mientras me levantaba me apoyaba en la pared y no quitaba la mirada del suelo, con miedo a mirar decenas de elementos nuevos que no reconocía. Finalmente me atreví, alcé la mirada y miré la casa. Nuestra casa. Amplia, refinada, cálida, moderna. Me gustaba, pero también me aterraba.
Notaba tanto el nudo que parecía el nuevo corazón de mi pecho, que se agitaba y se contraía cuando veía fotografías en las paredes o sobre alguna estantería de nuestra habitación o de las que se encontraban cerca.
Vi a dos mujeres felices -o así lo parecían-, posando juntas y sonrientes en lugares que sí recordaba, como Berín, París o Londres. Vi fotos de personas mayores que nosotros que tampoco conocía, y a un grupo de gente con la que nos encontrábamos en un lugar que no era capaz de reconocer. Parecía frío por las ropas que llevábamos.
Había un diploma de una universidad. Una de las dos tenía la carrera de Astronomía y Astrofísica. Intenté pensar en las estrellas de forma absurda, simplemente su imagen, pero no recordé nada. El nudo empezaba a dolerme.

Entonces se desató. Se desató de forma terrible al verme en el espejo, con el camisón de seda azul, el pelo castaño y rizado, ojeras reinando bajo unos ojos verdes y llorosos, el cuerpo tembloroso y una cicatriz en el hombro que me llegaba a la axila. Temblé más, lloré más, me apoyé en la mesita del pasillo y me miré más fijamente intentando penetrar mi propia mirada, intentando ver algo que le diese a todo un significado, algo a lo que aferrarme, un oasis de recuerdos, una isla de memoria.
Pero nada. Sólo la vi a ella en el reflejo del espejo, con el teléfono inalámbrico en la mano, mirándome en silencio, controlando como podía el sollozo.
Una parte de mí quiso darse la vuelta y echarme a sus brazos a llorar, pero no pude. El nudo se había desatado y tuve que gritar mientras me miraba a mi misma con más intensidad, como recriminándome por no recordar, odiándome y temiéndome por lo que podía ser sin saberlo.
No recuerdo cómo me hice aquella cicatriz del hombro, pero al menos puedo recordar cómo me hice esa herida en la mano, por qué tengo los nudillos destrozados y en carne viva bajo una venda, por qué, todavía, cuando pasamos por el pasillo, se puede pisar algún cristalito, y por qué el espejo está roto.
Ella lo iba a quitar de la pared cuando volvimos, pero le dije que no. Ahora ese espejo me recordaba quién era, lo que había en mi interior y lo que había desatado para manifestarse e imponerse, diciéndome quién era o quién podía llegar a ser en según qué circunstancias.
Me recordaba, al mirarme, que era un ser borroso, fragmentado, roto; pues así se proyectaba ahora mi imagen cuando me miraba en él. Me gustaba. Al menos ahora hay algo en lo que puedo reconocerme.

Me miro el puño mientras escribo, pues quién sabe si algún día miraré la marca de mis nudillos sin recordar cómo me la hice. Por un momento he tenido que dejar de escribir, pues la sola idea de sentir lo mismo me aterra.
Al menos sé que Evelyn estará conmigo, ayudándome, dándome calor y... Dios, me siento culpable, no puedo evitar pensar que es débil; más débil que yo, ¿Por qué? ¿Por qué tengo que ser así de gilipollas? No, ¿cómo puedo ser tan cabrona, más bien, de pensar eso? Está a mi lado, y es lo que importa, aunque parezca que la que tiene ahora el nudo sea ella.
Yo estoy más tranquila, pero ella, ¡joder! ¿Por qué no deja de llorar? No me ayuda, no me ayuda. La oigo llorar mientras ve la tele y me pone nerviosa. ¿Por qué? No quiero ser así. ¿Era así antes? ¿Acaso he sido así siempre o soy alguien nuevo? Dios, si sigo así me volveré loca de verdad. ¿Acaso creía en Dios? ¿Creo ahora? Quiero tener todas las respuestas y, al mismo tiempo, tengo tanto miedo de encontrarlas que no me atrevo a hacérselas a ella.

En el hospital no encontraron ninguna lesión, lo cual fue tranquilizador. O no, no sé. No sé que pensar, ya no sé nada. Igual que nada sabían los médicos. Fue extraño sentir cómo el alivio se mezclaba con el terror y la confusión.
El hospital parecía venírseme encima, hasta el cielo parecía venírseme encima. Evelyn y yo éramos dos puntos negros en un papel en blanco y arrugado. Podía pensar en seguir con mi vida mientras Evelyn me recordaba todo, con la esperanza de no volver a perder la memoria, pero ¿qué sentido tendría hacer eso? Ella piensa que es lo mejor hasta que un día me levante como antes, hasta que los recuerdos vuelvan tal y como se fueron. Pero yo no.
La otra opción era la de buscarme a mi misma, empezar de cero y forjar una nueva vida. Si mi esencia es la misma volvería a ser yo misma, aunque tomando otro camino. Pero ¿y si he cambiado?

Mañana me iré. Le diré a Evelyn que lo siento, que seguro que la he querido mucho, pero que he de encontrarme a mí misma. Desayunaré con ella, haré las maletas y con mi dinero ahorrado (gracias a Dios, Evelyn tiene los datos necesarios para hacer los trámites de turno) buscaré un trabajo de lo mío. Afortunadamente la carrera era mía. Y, afortunadamente, también, el médico dijo que, al igual que no había olvidado cómo caminar, comer, hablar, reconocer ciudades o recordar elementos culturales que había aprendido, tampoco había olvidado mi profesión, aunque sí mis noches de estudio, mis compañeros de clase e, incluso, el lugar donde había sacado mi carrera.

Oigo cómo Evelyn, con la voz desgarrada, me llama Eli. No sé si me gusta. Sí, sí lo sé; y no, no me gusta. Me recuerda que alguien sabe más de mí que yo misma. Me incomoda la certeza de la confianza que existía entre las dos sin ser capaz de recordarla ni tenerla en estos momentos.
Me molesta que me llame Eli y me molesta ella. Soy egoísta y desconsiderada, sí, pero soy yo. No me reconozco, pero, por estúpido que suene, me siento. Siento que esta soy yo, aunque no lo recuerde. No sé por qué me enamoré de ella, no sé qué es lo que me gusta de ella y qué es lo que no, pero sé que eso ya no existe para mí y que lo que veo ahora, que tal vez antes disculpaba quitándole importancia, no me gusta.

Vuelvo a oír cómo me llama con suavidad, dándome tiempo para responder, sin querer aturullarme, siendo condescendiente y temiendo una reacción como la que tuve ante el espejo. Puede estar tranquila, pues ahora el nudo está en ella, oprimiéndola, haciendo más grande su miedo de perderme. Un miedo que mañana será real, momento en el que el nudo se desatará como hizo el mío. Puede que eso la ayude, puede que la descoloque más, pero no es problema mío. Mi nudo ya no existe, y es lo único que me importa.

Deja de llamarme, resignada y dolida, y se va dormir. Yo haré lo mismo. No tengo el nudo, pero reconozco tener miedo a lo que pase mañana. ¿Recordaré lo que ha pasado hoy? Sé que si sigo siendo yo -es decir, la “yo” de hoy-, lo primero que haré al despertar es mirarme la mano. Si no soy yo y soy una nueva “yo” tal vez vuelva a gritar y a llorar, tal vez destroce lo que queda de espejo. O tal vez no y vuelva a recordarme mirando mi reflejo hecho pedazos. Tal vez aprenda a amar las virtudes de Evelyn que hoy no veo o tal vez la odie con toda mi alma.
Lo que sí tengo claro es lo que haré cuando la imagen de mi puño intentado destrozar la imagen vacía de mi reflejo azote mi memoria. Me iré.
 Lo siento, Evelyn, y gracias. Bueno, no, no lo siento. No siento nada, porque nada es culpa mía. Creo. Tal vez Dios no me proteja, tal vez debo pagar por algo que hice, pues ahora sé que creo en Dios. Tal vez no lo hice en su día, pero hoy sí creo en él. Y sólo Dios dirá si mañana creeré en él.
Sí mantengo las gracias, Evelyn. Espero que puedas dejar de llorar. Espero que tu llanto no se intensifique cuando veas que no me meto junto a ti en la cama y que me quedo en el sofá. Espero que el dolor te deje dormir y que el nudo no te ahogue para siempre.

Adiós.

Escribo estas últimas palabras ya en el sofá. No puedo dormir, me aterra el olvido, tal vez por eso no puedo dejar de escribir en este cuaderno como si fuera un diario.
No sé si alguna vez he escrito un diario, no sé ni hacia quién dirijo estas palabras, pues no son para Evelyn.
Sé a ciencia cierta que te escribo a ti, lector. No sé quién eres, pero qué puedes esperar de alguien que no sabe ni quién es ella misma.
No sé si tú, futuro lector, serás yo, pero tal vez seas un “yo” diferente al que escribe estas líneas. Espero que no me odies por las cosas que he dicho y he pensado de Evelyn, aunque, por otra parte, tampoco me importa demasiado.
Soy Elizabeth y, seas quien seas tú, espero que tengas en cuenta que ni tú sabes quién eres, a pesar de mantener tus recuerdos. Hoy lo he aprendido. He aprendido que no somos nadie y, a la vez, somos muchas cosas: cosas que están en la superficie, cosas que escondemos, cosas que no sabemos que están ahí, cosas que nos gustan y cosas que detestamos. Somos todas ellas, y yo espero conocerlas todas con la esperanza de enfrentarlas, comprenderlas y dominarlas. En definitiva, con la esperanza de conocer a mi mejor aliada y hacer frente a mí más temible enemiga: yo.

Encantada de conoceros a todos: a vosotros, desconocidos lectores; y también a vosotras, futuras posibles “yoes”. Comienza nuestra nueva vida, plagada de incertidumbres y de misterios, como la de todos, supongo.
Pase lo que pase mañana al despertar, saldrás por esa puerta y buscarás tus propias respuestas. Seas quien seas no dejes que el nudo se convierta en el puño que te destroce a ti. Grita, si es necesario, para liberarte del “yo” que te aprisiona; mírate y busca el “yo” que necesites. Renuncia a lo que te ate a ese “yo” y aférrate a lo que te conecte al “yo” que quieres en ese momento.
Es lo único que jamás debes olvidar.

Nos vemos más allá de los recuerdos.

Elizabeth



jueves, 1 de noviembre de 2018

El Hacha Sumergida


 El hacha de aquel guerrero vikingo siempre tenía sed, sed de sangre, de vida, de almas, de muerte. La fiereza de aquel indómito ser empuñaba el hacha con un frenesí desmedido. Por guerreros como él los vikingos alcanzaron la, según para muchos, inmerecida fama de bárbaros. El enemigo que recibía el metal de su hacha, que se sumergía con asombrosa facilidad y escalofriante frialdad en el pecho o en el cráneo, percibía esa llama que ardía en su corazón y que usaba para quemar al enemigo.

 Esa rabia combativa era transmitida a sus aliados, que le seguían y le imitaban. Por su parte, los guerreros menos avezados y acostumbrados a ver tal locura despiadada, le observaban con temor, a pesar de ser de los suyos. Cuando el caos de la batalla arreciaba se mostraba tan agresivo como cuando cesaba y ya sólo quedaban guerreros temblorosos y amputados; hombres desafortunados que observaban cómo se cebaba con el resto de los supervivientes, los heridos en combate y hasta con los muertos. Todos contemplaban, con terror o placer, un espectáculo digno de Tyr. Algunos sonreían, otros -incluso los de su propio bando-, apartaban la mirada; y muchos esperaban rezando o entre gritos a que el horror les destrozase las entrañas.


Todo en su vida se limitaba a eso. La lucha, la infinita lucha. No le importaba la conquista de Europa, ni la supremacía de su pueblo, ni el orgullo, ni el desprecio a sus enemigos. Solo necesitaba mirar de frente a la muerte y destrozarla con su hacha mientras le daba órdenes de que se llevara a los demás. Sólo necesitaba ver sangre y cuerpos destrozándose. Solo necesitaba no pensar, luchar, desahogarse. Avanzaba sin miedo, como un ser venido del infierno, inmune a la muerte. Algunos huían sólo con verle, otros tan sólo al escucharle, pues gritaba mucho en el campo de batalla. Gritaba mientras corría hacia el enemigo, gritaba cuando mataba o cuando se arrancaba una flecha que le había alcanzado el brazo. Gritaba tanto que parecía azotar con su voz el campo de batalla e invocar la mayor de las tormentas de Thor.


La nieve enrojecida descansaba bajo su fatigada figura, apoyada en el hacha, una figura herida en la espalda, sudando. Las colinas aullaban arrastrando el eco de las voces de los muertos, los lamentos de los asesinados por aquel ser inhumano que ya no gritaba y que no tardaría en sanarse.
El vacío tras la batalla era insoportable.
Caminaba lentamente ignorando a los novatos guerreros asombrados, alejándose sin mediar palabra con los que eran sus aliados y compañeros de armas. Un día tuvo amigos y mujer que le amaba. Ojalá pudiese decir que murieron en combate, tras caer enfermos o atacados por una bestia; ojalá. Ojalá hubiesen sido torturados violentamente por el enemigo y hubiesen aniquilado a sus familias; ojalá. Ojalá los dioses se los hubiesen llevado sin hacer ruido y sin exigencias. Pero Odín reclamaba un sacrificio si no querían ser abandonados en aquella batalla del puente. El dios de dioses se ofrecía a pisar aquella fría tierra sobre su caballo con el fin de prestar su espada como apoyo si a cambio mandaban a una de las mujeres más bellas del poblado a sus honrosos aposentos. O eso decía el seidr.
Ojalá no hubiese sido su esposa la más bella del que consideraba su hogar, ojalá no hubiese tenido que destrozar a los que fueron sus amigos él mismo tras sacrificarla sin su conocimiento. Ojalá no los oyese gritar en sueños, rogarle, darle explicaciones o intentar hacerle frente. Ojalá no viese todas las noches a su esposa viajar junto a Odín sobre su caballo. Ojalá le diesen muerte en batalla para poder viajar al Valhalla y encontrarse frente a frente con Odín, pues no dudaría en aniquilarle, destrozarle y hacer frente, si hacía falta, a sus hijos.

Durante años se pasó desafiando a la muerte matando, como un desahogo, como un fin para alcanzar el reino de los dioses y consumar su venganza, guiado por Vidarr. En su corazón solo había muerte, hasta que un día la muerte estuvo apunto de ser lo único que le quedaba de verdad cuando una espada enemiga le atravesó el abdomen.
Durante años parecía que, como burla, Odín le protegía en sus batallas luchando junto a él, nutriéndole con la furia de Modi, su nieto, para que hasta los berserkers le temiesen. Pero ese día los dioses le abandonaron, ese día le abandonaron todos.
Abrió los ojos, sintió el calor, sintió el frío y no vio nada. Odín se había desvanecido sin poder enfrentarse a él, las puertas del Valhalla no se le negaron porque nunca aparecieron, y ni siquiera se pudo consolar con el rostro de su amada. Despertó en la cama de un barco, pero no por la gracia de Eir, que no había hecho acto de presencia, sino por su pura resistencia a la muerte, lo único que parecía existir en el oscuro mundo en el que vivían.
No recordaba el tiempo que estuvo inconsciente, pero su fuego había desaparecido, fuego que sus aliados usaban como amuleto, pues le llevaban en el barco tan sólo como protección cuasidivina  mientras se recuperaba antes de asaltar una ciudad costera. Pensaban que con él cerca, aunque estuviese inconsciente sobre una cama, tendrían el favor de los dioses y ganarían.

El seidr tenía razón: al sacrificar a su amada, no por ser la más bella, sino, precisamente, por ser la única persona a la que realmente amaba y le calmaba, más posibilidades de ganar tendrían, pues su ira se intensificaría; pero no por la gracia de Odín ni ningún otro dios, sino por su propia furia, alimentada por el odio a su propia existencia.
Ahora que había visto el vacío oscuro, que iluminaba únicamente la cruenta verdad, todo había dejado de tener sentido. Su corazón, por primera vez, se había helado realmente contagiado por ese vacío. Y, así, también desapareció la falsa bendición.

 Salió de la cama mientras todos le dejaban paso, como si fuese un semi-dios. Algunos pensaban que en el Valhalla había derrotado a todos sus rivales- incluso a los guerreros más ancestrales y legendarios-, y le había sido regalado el don de la vida nuevamente. Otros pensaron que era un regalo de Eir, o incluso de Frigg, por la fidelidad que había demostrado al amor que sentía por su difunta esposa. Pero no tardarían en ver la verdad en sus ojos.
 Caminó en silenció y con lentitud, cogió su hacha y subió las escaleras hasta el exterior. Desde el resto de barcos se agolpaban para poder verle, pero sin perder la calma que él transportaba, sin montar jaleo. La flota de barcos era un único ser monstruoso y silencioso que aguardaba ansioso a que la tormenta azotara las aguas calmas que reinaba.
El semi-dios se quitó las vendas enrojecidas, se metió la mano en la herida del abdomen, que comenzó a sangrar y, no sin cierta dificultad, se subió a un lateral del  barco. Observó la costa a lo lejos, donde descansaba un pueblo, alzó la vista a la montaña y contempló a un hombre con una túnica y un cuervo en la cabeza.
Sin decir nada comenzó a introducir la mano en la herida con más violencia, pues sólo quería arrancarse las entrañas hasta llegar al corazón para arrancárselo.
Entonces se detuvo. Sacó la mano de la herida sangrante y penetró con su mirada el mar, comenzando  a ver lo único que puede verse más allá. La incertidumbre. No apartó la mirada de las aguas enrojecidas por la sangre de su herida y molestada por la madera los barcos; en ningún momento miró al cielo. Miró otra vez al hombre de la montaña, me miró a mí. Vi cómo tiró el hacha al mar. Me retó. Después volvió a mirar al mar.
No esperaba ver a Njöror en las profundidades. No esperaba ver nada, sólo esperaba no verme a mí. Hubiera deseado que yo fuese Hela, pues no estaría sola más allá. Tal vez en tiempos pretéritos hubiese intentado matar a mi cuervo pensando que se trataba del propio Odín. Pero él ya lo había comprendido: yo era sólo yo, ni un hombre ni una mujer, solo alguien que le esperaba para llevarle a la sinrazón de la inexistencia y al que nunca había dado órdenes o manipulado como muchos pensaban.
Para él sólo había una salida, lejos de la garra de mi cuervo, de mi mirada.
El silencio hablaba, se movía y me susurraba muchas cosas, pero una destacaba sobre todas. Miedo. El silencio comenzaba a envolverme segundos antes de romperse tras la acción de aquel hombre.

Pude oír cómo se hacía añicos cuando aquel ser maldito por la verdad se dejaba caer al agua. Esta vez el sonido también me transmitía miedo, no sólo el suyo, sino también el del resto de navegantes que, de alguna manera, habían comprendido la verdad: estaban solos y sólo me tenían a mí, esperando en lo alto de aquella montaña
El sonido del terror se convirtió en imágenes que reflejaban el pavor de los incautos cuya única confianza residía en aquel hombre que se había arrojado por la borda. Algunos barcos se daban la vuelta, temerosos de lo que les aguardaba sin él en la batalla, otros se tiraban al agua siguiéndole a él y algunos de ellos, llevados por la más absoluta locura, encontraron el resultado que buscaban: me encontraron a mí aun sin mirar hacia las montañas, pues pronto empezaron a gritarse unos a otros, los gritos sucedieron al sonido del metal desenvainándose y a su vez el del metal al de la carne perforada y los gritos de dolor. El caos resonó durante horas en esa costa, pero nunca llegó a la ciudad ignorante de tal barbarie sin sentido. El sonido del miedo nunca provino de aquellos ciudadanos que descansaban cerca de mí constantemente, pero lejos de la verdad enloquecedora.
Sobre el mar se desató el infierno, bajo las profundidades de aquel mar teñido de sangre y coronado con fuego residía el paraíso.

Yo no puedo deciros qué encontró aquel torturado vikingo, solo vosotros podéis buscarlo si queréis conocerlo. Pero he de recordaros que yo nunca fui retado realmente por aquel hombre hasta aquel día, y que yo no le esperaba bajo el mar sino sobre la montaña. Mi cuervo puede sobrevolar el mundo entero, ha sobrevolado cada campo de batalla sembrado con los cadáveres fruto de su ira, pero solo se estremeció cuando sobrevoló los restos de madera, carne, vísceras y huesos que flotaban sobre aquel mar. Aquel vikingo no era un semi-dios, ni un dios, ni un demonio. Aquel vikingo no era nadie, solo un hombre que pudo ver mi cara de cerca, que vio lo que había tras mi mirada y que vio lo que no alcanzaba a ella. Nunca más emergerá de las profundidades marítimas, pero jamás volverá a caer en las oscuras y olvidadas profundidades montañosas. 


miércoles, 21 de marzo de 2018

Prisionera de dos mundos


-¿Crees en el destino, Sophia?
-¿Lo dices en serio?
La joven se echó a reír.
-¡Claro que lo digo en serio! ¿Es tan descabellado pensar que hay una fuerza mayor que lo controla todo?
-¡Ah, que lo dices en serio! -Se volvió a echar a reír-. Que me lo diga un científico me parece de traca.  ¿A qué viene esto? A ver, doctor, ¿es grave?
Ambos volvieron a reírse.
-Pienso cada día en la suerte que tuve en conocerte. En cómo estaría ahora si no hubiésemos cruzado nuestras miradas aquella noche, si no hubiese salido o hubiese ido a ese local. -El silencio les envolvió durante un rato, quedándose los dos con los labios sellados y la mirada fijada en el cielo-. Fue todo demasiado especial, diferente a lo que he experimentado con otras mujeres. Hablar contigo fue tan enriquecedor. El destino, o lo que sea, te puso ahí para mí.
Sophia cambió el gesto y se puso seria.
-Yo podría decir lo mismo. No era nada antes de que tu aparecieras, no significaba nada para nadie.
-El universo tuvo compasión con nosotros dos. ¿Te das cuenta? Nos unió. -La muchacha giró la cabeza, pero no pudo evitar que Amadeo se percatase del rastro de una lágrima-. No... no quería hacerte llorar, Sophia, lo siento.
-No eres tú, tonto -dijo conteniéndose como pudo-, es que es todo tan triste y a la vez tan...
Él le abrazó mientras seguían tumbados.

Ella le abrazó mientras seguían tumbados. Cerró los ojos para sentir la hierba de nuevo y notar la luz del sol sobre su cuerpo. Le era imposible. Lo primero que vio fue su nuca perforada. Lloró como aquel día y se abrazó más fuerte. Cerró los ojos de nuevo para trasladarse meses atrás y olvidar aquello por un rato.

Le vio tomándose el primer café de la mañana mientras ojeaba un libro llamado Más allá de la programación y la capacidad cognitiva de los androides. Le hacía gracia ver cómo, a medida que pasaba páginas, se burlaba de lo que leía con gestos contenidos y algún sonido ininteligible. Ella prefirió dejarle sumergido en su lectura.
Al cabo de un rato decidió exponer su opinión en voz alta.
-Hay que ver las locuras que puede llegar a escribir este hombre.
-¿Dice muchas burradas sobre los androides? -preguntó mientras seguía preparándose para ir a trabajar.
-¿Cómo quiere dotar a una maquina de sentimientos si no sabemos ni controlar nuestras propias emociones? -expuso irritado.
-Bueno, en una inteligencia artificial programada para algo muy concreto tal vez no sea posible, pero supongo que en base a un cerebro humano sea diferente.
-Eso es lo que propone. Lo peor es que hoy día eso está prohibido. En el libro habla precisamente de esa ley y del atentado contra los derechos del colectivo androide y humano en general. ¡Es una locura! Y me temo que estén trabajando en ello clandestinamente.
-Bueno, podría ser una oportunidad para mantener el cerebro con vida, o incluso conseguir la vida eterna.
-No. -Se mostró tajante-. La vida eterna se ha de conseguir sin perder nuestra humanidad, no vendiendo nuestro cuerpo a la tecnología para convertirnos en máquinas fácilmente manipulables. Como si no estuviésemos ya lo bastante conectados y vigilados: las redes sociales, los oculares, las máquinas teletransportadoras, el puto Internet en general. Nos estamos deshumanizando y este doctor quiere deshumanizarnos del todo. -Cerró el libro malhumorado.
-Tal vez el trato que algunos humanos dan a sus androides son más deshumanizados que los propios androides. Pero bueno, que no me quiero entretener más, me voy.
El tema quedó rápidamente zanjado por Sophia con un tierno beso. Abrió la puerta y fue deslumbrada por la luz de la calle, así que moduló sus oculares y... volvió a ver su nuca destrozada.

 Tras un rato allí tumbada trató de levantarse resbalando con la sangre del suelo. Al mover las manos las notaba extrañas, tirantes por la sangre que comenzaba a secarse. Al limpiarse las lágrimas de los ojos y las mejillas con ellas el rojo se mezcló con el líquido que desprendían sus implantes oculares, dando la impresión de que lloraba sangre, lo más terriblemente humano que alguien podía hacer.
Ya levantada miró el cuerpo de Amadeo tendido en el suelo, después sus propias manos de nuevo y después a Amadeo otra vez. Decidió pasar por encima para verle el rostro desencajado, todavía rojo por la presión que ejercieron en él sus manos.
Sophia sintió nauseas y expulsó por la boca todo lo que había digerido. Se quedó un buen rato tendida en el suelo, llorando de nuevo, mezclando lágrimas, sangre y vómito, creando la escena más repulsivamente humana que se podía crear.

No aguantaba más esa presión, así que se levantó y se dirigió a la encimera de la cocina, donde de repente apareció una Mágnum impresa directamente desde sus archivos oculares. Cogió la pistola firmemente, pero cuando trató de levantarla algo se lo impedía. Ella se esforzó, lloró, gritó y pataleó. Era como si un imán atrajese la pistola, pero ella no se rendía. No cedía, no paraba. Gritó más fuerte mientras toda su vida desfilaba ante sus ojos en una secuencia desordenada y rápida, sin muchos detalles. Una última escena, la de sus manos presionando la frente de Amadeo hasta perforarle la parte superior de la cabeza azotó su mente.
Veía la Mágnum sobre la encimera, las venas de ambos brazos reventándose al intentar elevarla, pero también los cables; la sangre saliendo a borbotones, pero también el aceite; la pistola metiéndose en su boca, consiguiendo, así, hacer frente a su propia programación, que le impedía suicidarse. La misma programación que le obligó a asesinarle. El universo no fue el responsable de unir sus vidas. Ella fue creada por sus enemigos en base a sus gustos. Pero, ahora, ella no podría vivir con su muerte en la memoria. Era una androide, pero se había enamorado.
Lloraba por él y porque sabía lo que estaba a punto de venir.
Un disparo.

domingo, 7 de enero de 2018

En el umbral


Ryhen era un niño del Bosque del Umbral, un paraje maravilloso en el que vivían infinidad de niños que jamás crecían y cuya alma siempre les acompañaban para hacerles felices. Un día de cada año, en el bosque nevaba y hacía un frío descomunal. Eran tan bajas las temperaturas que cualquier persona corriente quedaría congelada tras pasar unas horas en el él. Si los niños del bosque del umbral no morían era gracias a su acompañante eterno, que se fusionaba con ellos creando energía muy, muy cálida en su cuerpo. Ese día, el bosque brillaba con una luz verde muy intensa que podía verse desde cualquier rincón del mundo. Ese brillo anunciaba el fin de ciclo y la renovación del alma de cada persona, por eso, durante un mes se iluminaban las calles con luces verdes. Era una fiesta que sacaba lo mejor de las personas. Sí, como la Navidad, solo que aquí la llamaban fiesta de la Umbralita. Con la Umbralita, un mineral muy común en aquel lugar, podían iluminar las calles con la luz verde, muy parecida a la luz que emanaba del bosque. Y, al fin y al cabo, el bosque de donde provenía esa luz se llamaba Bosque del Umbral, como ya he contado, así que el nombre le venía que ni pintado.

El día previo de la Umbralita los espíritus de los niños se introducían en sus cuerpos para comenzar el periodo de hibernación de tan solo un día. La nieve empezaba a caer y el brillo que desprendían los niños echados junto a su árbol iluminaba cada copo. Esa nieve de luz verde indicaba que quedaban pocas horas para que todo el bosque brillase.
Durante el día siguiente a los niños de todas las ciudades del mundo se les regalaban cosas para que les hiciesen compañía durante todo ese año, aunque siempre eran cosas materiales.
Ryhen era el único que estaba verdaderamente en el umbral, el umbral entre la gente corriente y los niños del bosque, pues ni recibía regalos ni el calor del reflejo de su espíritu. ¡Para colmo, era el primer año de Ryhen en el bosque! Cuando los niños se fusionaron con sus espíritus y se tumbaron junto a su árbol empezó a sentir mucho miedo. Tras miedo vino el frío acompañado de la nieve. No tuvo más remedio que partir.
Cuando estaba a punto de perecer congelado sintió una calidez que jamás había sentido y pudo salir del bosque vivo y con energía más que suficiente para pasear por el pueblo cercano.

Sabía que después de la lluvia verde, el Bosque del Umbral se iluminaba tan intensamente que todos podían verlo desde cualquier sitio. Entonces, antes de que terminase el día, todos se reunían en el punto más alto de su ciudad o pueblo para ver la Gran Luz que cruzaba el cielo y absorbía la luz del bosque, devolviéndolo a la normalidad. Se dice que la luz absorbida del bosque por la Gran Luz Celestial se esparcía por todo el mundo repartiendo prosperidad. ¡Es más! Si te has portado bien y eres de corazón puro te puede conceder un deseo.

Ryhen subió al punto más alto del pueblo, y entonces la vio, magnífica, cruzando el cielo con una grandiosidad inexplicable, iluminando el mundo, tan verde como la luz del bosque. La miró fijamente. No cerró los ojos, solo la contempló perdiendo la noción del tiempo. Podía haber pedido ser como los demás, tener un acompañante eterno, un amigo normal, comida o dinero. No pidió nada de eso, de hecho no pidió nada. Se quedo anonadado mirando esa luz, dejándose bañar por ella, asombrándose por su gran calidez. Era magnífica. Entonces, la Gran Luz Celestial se detuvo sobre el bosque y se hizo más grande cuando absorbió la luz del bosque. Se quedó por un momento flotando en el aire y, tras unos segundos, salió disparada hacia el pueblo.

La gente gritó entre maravillada y asustada cuando la Gran Luz pasó por encima de sus cabezas, él en cambio se quedó en silencio cuando le atravesó el pecho, del que salió la silueta de una mujer reluciente ante la que todos se inclinaron. Todos menos Ryhen.
-No he venido a concederte ningún deseo -susurró la mujer.-Al fin y al cabo ningún deseo has pedido. Pero siento tu corazón. Que no puedas proyectar tu alma no quiere decir que no la tengas... de hecho es la más intensa que he conocido. Tan intensa es, que no hace falta que la veas y hables con ella para que te sientas bien. Ella te ilumina y te mantiene con fuerzas y calor, por eso saliste del bosque sin congelarte, Ryhen.
-Sabes mi nombre.-Se maravilló Ryhen.
-Tu alma me lo ha dicho.
-Pero yo no la oigo.
-Yo tampoco... pero la siento con la misma intensidad que tú.
-¿Y qué hago para que la gente me quiera?
-Nada, Ryhen. No has de hacer nada. No aquí, este no es tu lugar. Tu lugar está muy lejos, cruzando otro umbral. Te necesitan más en ese otro lugar, pues otro niño debe llegar donde estás tú y tú has de conducirlo hasta aquí, Ryhen.
-Y, ¿entonces seré feliz?
-No a ojos de los demás, pero los demás no saben mirar. No debes buscar su aceptación, no la necesitas. Tampoco les culpes por ello, necesitan la luz que a nosotros nos sobra. ¿Sabrás dársela, Ryhen?
-No sé cómo, pero sé que lo haré.
La silueta de la mujer creó con su luz un portal, tras él se veía un mundo totalmente diferente.
-Crúzalo sin miedo, pequeño. Serás un regalo para muchas personas de ese lugar.
Ryhen ya no se sentía triste, ni tenía frío. Ahora sentía el calor, siempre había estado ahí aunque no se había dado cuenta. Y, ahora, repartiría esa luz y ese calor en aquel mundo para compartirlo con la gente que estuviese sola como lo había estado él. Antes, incluso, de cruzar el umbral, sintió eso a lo que llaman felicidad.

martes, 2 de enero de 2018

Diario Redford






18 de febrero de 1884
Rancho Redford


Hoy he matado. Ha sido una sensación extraña, pero no me he sentido mal, no he vomitado, ni llorado, ni temblado. Eso no quiere decir que sea un psicópata, o eso espero. Vivimos una época convulsa, en un lugar turbio, tal vez ser un psicópata sea lo que te salve la vida. ¿Por qué he matado? No soy ningún agente de la ley, ni ningún matón a sueldo, ni ningún pirado con sed de sangre. Tampoco soy un llanero solitario en busca de la justicia que la ley no parece querer repartir. No. Soy Thomas Redford, Tommy, un hombre de 34 años normal y corriente. Vivo en un rancho, con mis animales, mi familia... Bueno, ya no. Hoy he matado.

Miro por la ventana, ahí están, las tumbas recientes de mi mujer y mi hija. Giro la cabeza y ahí esta, el cadáver de un hombre, un hombre patético, un hombre al que he matado. El primer y único hombre al que he matado. Sé quién ha sido el responsable directo de esto y voy a por él. Quien haya encontrado este diario puede pensar que va a leer una historia de venganza, de esas que sobran en el mundo que nos rodea, en este confín del mundo olvidado por Dios. Más bien condenado por Dios. Pues le diré a quien haya encontrado este diario y lo esté leyendo que se equivoca, y que por su bien deje de leer en este mismo instante. No es una historia de venganza, ni de justicia, ni una heroica historia inventada por un vaquero que se moría del asco en su rancho. Es una historia inverosímil, pero real, cruda. Escribiré sobre el pasado y el presente, lo que en este instante es el futuro. A veces incluso será lenta y aburrida, las divagaciones de un pobre hombre.  Es tan mala que no merece la pena seguir perdiendo el tiempo con ella. ¿A que esperas, gilipollas? Cierra este puto diario. Ciérralo porque he matado. Y lo volveré a hacer.


¿Por qué escribo si no espero ni quiero que nadie lea este diario? Por nada, porque es lo único que puedo hacer, este diario es el único con el que puedo hablar. No deseo nada más. Mi mujer me ha abandonado, mi hija me ha abandonado, Dios me ha abandonado justo antes de haberme castigado. Tal vez la cordura me abandone pronto. Tal vez ya me haya abandonado. Pero por lo menos hay algo que puedo hacer, algo con lo que desahogarme, pues no quiero hundirme entre mis propios delirios. Además busco algo, quiero escribir las últimas palabras de este diario con sangre. Tal vez debería quemarlo. Ya veré. De momento sé lo que tengo que hacer.

Me he quitado la ropa que tenía ensangrentada, me he lavado, me he puesto otra ropa, ropa vieja que hacía tiempo no usaba. Después me he puesto mi viejo sombrero y he escondido el cadáver de ese imbécil. Tras eso me he despedido de mi mujer y mi hija. Las he hablado, las he pedido perdón, ellas no querrían esto. Después he cogido mi revólver heredado por mi padre Walter Redford. En realidad tengo dos. El otro lo robe de un cadáver. Mi padre, Walter Redford, un gran hombre, trabajó durante mucho tiempo en una mina. Contaba grandes historias, la mayoría exageradas, algunas incluso falsas, o eso creíamos todos. Él también escribía un diario, un diario en el que reflejaba todas esas historias. Como un auténtico idiota se me ocurrió que me habría dejado un mensaje secreto en el diario, algo sobre la mina en la que trabajaba. Nada. Las últimas páginas eran los delirios de un anciano. Pero sus delirios eran justificados, tenía una excusa. Era un viejo senil en sus últimos días. Murió ahogado en su propio vómito, sobre una cama llena de su propia mierda. Lo siento, viejo.


Por alguna extraña razón me veo impulsado a escribir sobre esto, sobre el viejo, sobre mi pasado con él. Pero no quiero, es mi diario, es mi historia. No tengo intención de escribir un largo diario que sea una reliquia con el paso de los años, solo quiero un escape. Da igual, tal vez escriba sobre él en otro momento. Ahora no, ahora he de ponerme en marcha con mi caballo. No tiene nombre, tal vez debiera ponerle uno. Tal vez no, esta no es una de las historias de mi padre. Los caballos no tienen nombre. Joder, si ni siquiera he dicho los nombres de mi mujer y mi hija.


18 de febrero de 1884
Common Saloon

Las puertas vaivén me hipnotizan mientras veo entrar y salir a gente de todo tipo de calaña. Gente de la que quise apartarme siempre y con la que no creí que tendría que cruzarme más cuando me fui a vivir a mi rancho, alejado de esta ciudad, Finewood. Lo único bueno que hay es la madera de las casas, y ni siquiera en todas las casas la madera es buena.
Las risas escandalosas de un anormal que quiere ser el centro de atención me despistan. Las amenazas de bravucones mientras juegan al póker me exasperan, el sonido de los dados al caer sobre la madera de las mesas me desagrada, el olor a sudor y a whisky me producen arcadas. Es curioso, matar no me las produjo. Dos tipos me señalan riéndose, una mujer me mira con interés, parece una puta. No me follaré a ninguna mujer hasta acabar con este trabajo, y menos a una puta. Lo juro por el honor de mi esposa.
Dos putas se camelan a un hombre con buenos brazos y un buen torso que bebía solo en la barra. La más inteligente se camela a un viejo que parece que tiene dinero. No lo ostenta, no le conviene, pero algunos detalles le delatan. La puta se lo follará, pero posiblemente sea un viejo agarrado y temeroso de que alguien le robe si se enteran de que paga una buena cantidad de dinero a una puta cualquiera. Lo único que la puta se llevará a mayores de la cuota establecida será una polla arrugada y seca metida en la boca que, con suerte para ella, no se levantará. Tal vez no sea tan inteligente, las otras dos putas se llevan a sus camas a un hombre apetecible, recibirán el mismo dinero y algo mucho mejor que llevarse a la boca. La mujer que me observaba se me acerca, noto un nudo en la garganta. Intento mirar para otro lado.


Hoy he matado y he follado. Acabo de bajar de una de las habitaciones. No daré más detalles, no he debido hacerlo. He perdido dinero y honor. Pero el honor ya no me importa. Le ha gustado, me ha vuelto a guiñar un ojo a pesar de que nos acabamos de separar. Me fijo y veo que tiene algo mío en la comisura del labio. Por un momento me pienso el sugerirla que se limpie con un gesto de la mano, decido seguir escribiendo. Los dos hombres de antes me siguen señalando, ya no se ríen. De hecho parecen enfadados. La puta no sabía nada. Tal vez no debí interrumpir el acto para preguntar, pero se me ocurrió de forma repentina y no pude esperar. Tal vez ni siquiera pensó, no es bueno pensar cuando se tiene un orgasmo. Pero he dicho que no iba a escribir sobre esto. Creo que es buena idea preguntarle ahora sobre ello.


No sabía nada. Me lo temía. El barman, en cambio, me dijo que había estado aquí hacía relativamente poco. Parece que se va a deshacer de ella, pues viajaba hacia Hollow Lake y todos sabemos por qué es famosa Hollow Lake. Le doy las gracias al barman y le pago un extra. Esta vez no he perdido el dinero. La puta me volvió a mirar antes de sentarme de nuevo. Un hombre la ha metido mano, es un nuevo cliente. Mientras se va con él me mira y me sonríe. Yo no hago nada. Sí, escribo. Los dos hombres ahora me ignoran, hablan de cosas que no llego a escuchar ni me llegan a interesar. Si salgo ahora hacia Hollow Lake le alcanzaría. Seguro que él, sin saber que le persiguen, pasó más tiempo aquí. Yo ya he perdido demasiado. El sol se está poniendo, por lo que es buen momento para ponerme en marcha. Además va a empezar una pelea. No entre los hombres de los dados, ni entre los del póker, tampoco entre los dos hombres que me observaban. Es entre dos putas. Algunos ya empiezan a reír, para ellos no hay nada más excitante que dos putas peleando sobre un suelo manchado de alcohol. Tal vez para mí tampoco. Creo que ya no soy mejor que ellos. Sangre, alcohol y sexo es lo que se puede presenciar a tiempo completo en este salón, pero ahora se va a poder presenciar en una sola escena, todo al mismo tiempo. Que la disfruten.





18 de febrero de 1884
Colina Finewood

Veo una diligencia peculiar a lo lejos, bañada por el rojizo sol casi desaparecido. Estoy tumbado sobre la tierra para evitar que se me vea, aunque es imposible que me vea a esa distancia, ni siquiera se preocupa por quién le pueda seguir. Podría forzar a mi caballo, podría alcanzar la diligencia, matarle y robarle. No lo haré, quiero comprobar su voluntad, además de conocer a quien la compre. Le mataré a él también. Esta noche no gastaré dinero en un alojamiento de Hollow Lake, pero tampoco dormiré a la intemperie. Mañana habré matado por segunda vez.


18 de febrero de 1884
Timberlane Company

La oscuridad me reconforta. Está cerca, casi puedo sentirlo. No he querido tumbarme sobre la cuidada madera, he preferido dormir sentado apoyado sobre la pared mientras escribo estas líneas. El plan es no dormir mucho ni moverme mucho. No quiero hacer que la madera cruja en exceso, ni quiero que el señor Timberlane me encuentre aquí dormido y me eche a patadas. Quiero hablar con él, quiero que sepa lo que voy a hacer, intercambiar unas palabras. Y qué voy a hacer. Ya he dicho que no es una historia de venganza, por lo menos no tan solo de venganza. No persigo a ningún forajido peligroso, a un asesino despiadado o al más buscado por la ley. Eso me reconforta, pues no soy ningún pistolero profesional. ¿Te he decepcionado? Mejor así, tal vez de esa forma dejes ya de leer, bastardo. Tengo una última oportunidad de hacer que dejes de leer mi maldito diario privado, una última oportunidad de aburrirte y dormirte. Espero no hacerlo yo antes mientras escribo. Una vez que termines de leer las siguientes palabras quizá no haya marcha atrás. Tú decides.

Miro la funda donde tengo metido el revólver de mi padre. Es un revolver llamativo, bonito y creo que bueno. No los mejores revólveres son los que mejor decorados están, pero este mata, y es lo único que ahora quiero hacer. Evidentemente no pertenecía a mi padre, tampoco él era ningún pistolero. Como he dicho era un minero. Un día se lo encontró en una mina abandonada en la que habían vuelto a trabajar. Me habló de esa mina. Eran historias escalofriantes. Nadie le creía, pero he de confesar que yo sí, a veces. Otras no. Es curioso, cuando más deliraba en su vejez más llegué a creerle. No tenía ninguna razón para mentir y aunque la locura se apoderó de él algunas de las cosas que balbuceaba eran las mismas historias del pasado.

En esa mina no solo había encontrado un revólver. Encontró un diario, el diario en el que él mismo escribió por un tiempo. Pero había arrancado las hojas que pertenecían a su dueño, nunca me las dio. El dueño de ese diario no era un antiguo minero, sino un cazafortunas. Es lo único que sé. Un compañero, otro día, encontró los restos de un cadáver. Un cadáver que llevaba ahí muchos años, solo quedaban los huesos, pero no había ni rastro de la calavera. Poco después hubo una revuelta en la mina, parece ser que fue una disputa entre dos mineros. Hubo muertos, ni siquiera mi padre supo decirme bien qué pasó.
Nos contaba que en esa mina se oían gemidos extraños, gritos escalofriantes y un chirrido espeluznante. A veces en las profundidades a las que ni los trabajadores antiguos habían llegado se podían ver luces que iba y venían. Según mi padre, allí había sonidos que parecían ascender del infierno, a veces olía a muerte e incluso llegó a sentir la muerte. Las cosas que decía en su propio lecho de muerte es mejor no repetirlas, no volver a escribirlas. Pero el día antes de fallecer dijo algo, algo que me hizo pensar que entre tantas locuras decía verdades. Dijo que había enterrado la calavera y dijo dónde. Después lloró y dijo que olvidase las historias, para acabar repitiendo alguna de ellas otra vez. Deliraba. Gritaba palabras que me desconcertaban.
En efecto, mi padre, Walter, había encontrado la calavera de aquel cadáver que tal vez alguien antes que él había robado. Fui a por esa calavera. Si todavía hay algo que te interesa en esta historia siento desilusionarte y te diré que esa calavera era solo una calavera, no tenía nada. Un trozo de hueso y polvo olvidado en el desierto. Mi padre decía la verdad, pero deliraba al fin y al cabo. Llegué a pensar que era la calavera de un trabajador de la mina, un compañero de mi padre, tal vez él produjo su muerte por accidente. Eso le provocaba remordimientos y le atormentó hasta la muerte. No hay nada más, nada más emocionante. Lo que va a ocurrir mañana tampoco es emocionante. Ni agradable. Así qué, por última vez, te sugiero que dejes de leer en este punto. No va a ser algo que quieras leer.


19 de febrero de 1884
Timberlane Company

Con el amanecer el señor Timberlane entró en su casa de subastas. Al principio se asustó al verme, pero enseguida entró en razón. El señor Timberlane es un hombre razonable, solo necesitó dos cosas que brillasen para aceptar mis peticiones. Una brillaba en su pecho, la otra en su mano. Podría permanecer escondido durante la subasta, entre las cortinas colocadas tras el atril, y comenzar mi actuación sin interrupción de sus guardias. Me dijo el asiento adjudicado a mi hombre, Don Beltrán, que para mi fortuna se sentaba en primera fila. Solo tengo que salir y disparar.
No salgo de la casa de subastas hasta que llega la hora de la subasta.
Es la hora.

Estoy entre bastidores, nervioso, sin dejar de escribir. El jaleo de la subasta impide escuchar cómo rasgo el papel al escribir. Mis movimientos no se perciben tras la cortina, tengo el espacio suficiente. Se subasta un jarrón de una cabaretera fallecida hace poco, un rifle de un cazador atacado por un oso en una expedición y asesinado posteriormente por unos indios, un monóculo, dos fundas que causan furor entre los allí presentes por pertenecer a un famoso forajido, el caballo más rápido del continente, o eso dice el que lo ofrecía; una navaja que ha pasado por muchas manos, gargantas y corazones, según parece; un cuadro, cómo no; y también un bastón. Llegó. Se subasta una calavera. Qué tiene de especial esa calavera, se preguntan algunos asistentes. Me estoy poniendo nervioso, muy nervioso. En cuanto Don Beltrán ha explicado lo nada especial de esa polvorienta calavera ha sido adquirida. Es la hora de guardar el diario y sacar el revólver.






19 de febrero de 1884
Rancho Lonely Goat

Hoy he matado. Salí como un fantasma teñido de sangre, entre los cortinajes rojos, disparando una bala por cada dólar que pedía. Pidió poco, muy poco, tan solo diez dólares. Así que al final no pude evitar que fueran más las balas que le disparé. Tras vacía el tambor cargué el revolver con la munición de mi padre. Con cuatro balas más era suficiente, pero cargué el tambor entero, fueron doce. O hubiesen sido doce si no lo hubiese vuelto a cargar. La gente corría sin importarle la vida de Beltrán, solo era un vendedor corpulento, opulento, embaucador, charlatán y agujereado. Sí, le agujereé, algo imaginable tras dieciocho disparos. No pensé que podría agujerearse así a una persona hasta que lo he visto. Después decidí que fueran diecinueve, otorgar algo de poesía a tan deleznable acto, pues hoy es día diecinueve.

El hombre que había adquirido la calavera por diez dólares había salido corriendo tirando la calavera al suelo y rompiendo con ello una parte importante de ésta. Le pregunté a Beltrán si había merecido la pena. No me respondió, estaba muerto. Después me dirigí a Timberlane, que estaba acurrucado en el suelo, tembloroso, protegido por sus hombres que me miraban con desconfianza. Le pregunté por el hombre que había adquirido la calavera para tirarla al suelo tras oír mis disparos. Me dijo que se trataba de un ocultista mexicano conocido como Jiménez.
Cogí la calavera, la miré. La miré a las cuencas vacías, miré su dentadura rota. Se ríe, se ríe de mí. Por primera vez lo detecto. La arrojo al suelo y la aplasto con mi bota, la destrozo hasta que no quedan más que fragmentos dispersos entre polvo. Después me inclino de nuevo para coger la pieza rota, lo que parecía un diente en el que nadie había reparado. Lo miro durante un largo rato. Timberlane se levanta y se pone a mi lado, observando. Alza los brazos hacia esa pieza, le miro de reojo, la toca. No tengo balas en el revólver, los hombres de Timberlane sí, por lo que decido cerrar el puño con fuerza y mirar de forma amenazante a Timberlane. Me voy.

A dónde se dirige un hombre como yo, sin familia, ni amigos y solo un revólver. Para empezar al lugar donde se aloja el señor Jiménez. Sé que las autoridades no tardarán en buscarme. Pregunto por el señor Jiménez y su habitación, a la que entro a la fuerza, sin preguntar. El señor Jiménez, con media maleta hecha, palidece al verme. Se arrodilla y me suplica. Le informo de que voy por la calavera, momento en el que detecto cierta curiosidad en su rostro.  Decide levantarse con cuidado para sentarse en la cama. Me explicó que lo que vio en esa calavera no era un simple diente de oro. Él lo vio antes de que se rompiese. Pero sí, sé que ese diente no es de oro.
Cuando se disponía a contarme sus hipótesis sobre ese diente saqué mi revólver, hecho por el que palideció más de lo que creí posible. Me suplicó, me dijo que no le interesaba el dinero, solo la investigación. Quería saber más cosas sobre el mundo, resolver ciertos misterios en lo referente al Más Allá. Me explicó que el material de ese diente lo había visto en otro lugar, cuando investigó un suceso hacía tiempo. Me resolvió muchas dudas. Por su parte, sus dudas sobre la vida y lo referente al Más Allá concluyeron en ese momento, una bala en la cabeza resuelve fácilmente ese tipo de dudas.

En el hotel la gente se escandalizó y llamó al sheriff, que estaba en la escena del crimen de la casa de subastas. Dejé una nueva escena del crimen en la habitación de Jiménez y huí. Ya no podía volver a mi rancho con mi mujer y mi hija. Tampoco quería. Solo tengo que esperar, no tardarían en venir a por mí. Pedí alojamiento en este rancho situado a las afueras de Hollow Lake. El hombre, con una esposa y un hijo, no era tan diferente a mí. Yo también hubiese dejado a alguien alojarse, sobre todo si no conocía sus antecedentes, Antes era ingenuo, antes me fiaba de cualquiera. Me fallaron, pero nadie volverá a fallarme porque ya solo confió en mí mismo. Viviré solo. Moriré solo, posiblemente en este rancho. Muy apropiado.

Ya oigo los cascos de los caballos, son varios. Recorren el camino con presura e impaciencia, parece como si fuese a llevarse por delante todo el rancho. Es como una tormenta que está apunto de aplacar mi ira. Pero no tengo miedo. Saco el diente de mi bolsillo, la pieza que se desprendió de la calavera al romperse. La miro fijamente. Miro entre los huecos de la madera esperando encontrarme al sheriff. Timberlane no es el sheriff, es él el que quiere verme muerto. Ha venido junto a sus hombres, pero ni siquiera con sus hombres me hubiese perseguido para darme caza un hombre como él. Sin duda es el diente lo que le empuja. Le entiendo. Pero no lo merece. Timberlane ha gritado mi nombre. “Redford”, dice. “Thomas Redford, sal y dame lo que me pertenece. Sal y muere”. Es hora de salir. Podría escribir una despedida oportuna, pero no lo haré. Ayer maté, hoy he matado. Y hoy no voy a morir. Lo sé. De alguna forma lo sé.


23 de febrero de 1884
Mina Hollow

Llevo varios días sin escribir. No. No morí. No deberías sorprenderte. Lo que me sorprende es que sigas leyendo a pesar de las advertencias. Pero ya no hay más advertencias, solo la verdad. Tú has querido llegar hasta aquí, no yo. Tú has querido llegar tan lejos leyendo este diario, y sé que lo sigues leyendo. Ya no puedes parar, todo es demasiado extraño. Ya te avisé, resulta inverosímil. Tal vez, a veces, incluso ininteligible. Aunque ni siquiera yo llegué a pensar que hasta tal punto. Da igual que hayas entendido o no. Pronto entenderás, y no querrás haber entendido. ¿Quieres saber qué pasó con Timberlane y sus hombres? Están muertos. Cómo, si no soy un gran pistolero, han muerto. Cómo un vaquero con una vida aburrida puede seguir vivo y haber cosechado tantas vidas en tan poco tiempo. El destino me ha querido aquí. Matar a merecido la pena. Sus vidas por la mía, por ese diente que ya no vale nada.

Salí del rancho Lonely Goat. El hombre que me acogió intento interponerse entre Timberlane y yo, dijo que no permitiría que nadie asaltase a su invitado. Timbarlane le disparó mientras sus hombres, a caballo, seguían apuntándome con sus rifles. Ese cabrón de Timberlane no era de los que se ensuciaban las manos, pero ese día lo hizo mientras no quitaba la mirada de mi bolsillo. Por ese diente sí merecía la pena ensuciarse. Me dijo que lo sacase sin dejar de mirar mi bolsillo, así hice. Lo mantuve en mi mano, con el puño fuertemente cerrado. Le dije que por encima de mi cadáver. Dispararon. Todos y cada uno de ellos dispararon. Poco después murieron. Todos y cada uno de ellos murieron. ¿Cómo? No hay tiempo de explicaciones, el diente ya no sirve para nada. Vienen a por mí. Ya no es cosa solo de ese sheriff. Sé que llamaron al marshall, sé que el precio de mi cabeza sube con cada víctima que dejo a mi paso. El señor Timberlane subió cuantiosamente el precio de mi cabeza, una cantidad que se suma a la cantidad menor que se ofrecía por las muertes de Beltrán, Jiménez y cada hombre de Timberlane. También pensaron que al hombre del rancho lo asesiné yo. Mejor para su familia, o les hubiesen colgado por esconder a un fugitivo.

Escribo esto frente a la mina de Hollow Lake, no lo he mencionado antes pero esta ciudad es también especial por albergar la mina en la que trabajaba mi padre. La mina Hollow. Me encuentro envuelto en sus profundides, iluminando el lugar con un farol que había en la entrada, mirando al vació, a la oscuridad que no pudieron penetrar los trabajadores, a la que no pudieron llegar con sus estructuras de madera y metal, con sus vagonetas. Un lugar al que seguramente nadie se hubiese atrevido a bajar a pesar de haberse podido. Ni siquiera los más valientes o curiosos que viajaron alguna vez a la mina. De alguna forma Jiménez encontró respuestas, pero nunca entró en contacto con las tinieblas y con lo que ellas albergan. Ya están aquí. Oigo los caballos, no dejo de escribir.

Esta sí puede ser mi última entrada en este diario, me lo juego todo a una carta. Pero merece la pena, no hay otro modo de sobrevivir, y aunque lo hubiese no me importaría. Necesito verlo, tocarlo, sentirlo, aunque signifique mi muerte. Por esto he matado y por esto moriré. El marshall grita mi nombre, también el sheriff. Es hora de guardar el diario. Ya me están apuntando. Me llevarán preso, pero eso no es lo que quiero. Vuelven a gritar mi nombre. Me giraré, les amenazaré con mi revólver, el revólver de mi padre, el revólver de aquel expedicionario que pereció en la mina. Me acribillarán a balazos, mi cuerpo caerá a la mina, a lo más profundo, donde ni los cadáveres de los mineros han llegado. O eso creo. El revólver volverá al lugar donde mi padre lo encontró, más allá incluso. Y después veremos qué pasa.
El marshall grita mi nombre de nuevo y dispara al aire. Les estoy poniendo nerviosos. Ha llegado el momento. Posiblemente mis últimas palabras escritas. Y si no son mis últimas, entonces desearás que lo hubiesen sido.


24 de febrero de 1884
Mina Hollow

Abrí los ojos. Hay una luz tenue que me permite escribir. También me permite ver putrefactos cuerpos mirándome, moviendo débilmente alguna extremidad y gimiendo. Son muchos, pero no son peligrosos. Les ignoro.
 Algo me atraviesa el costado. Me levantó extrayéndolo, después me miro al pecho. Tengo varios agujeros de bala que no me duelen, algunos son recientes, otros no tanto. La luz tenue proviene del mismo material que aquel diente que no era un diente. Jiménez tenía razón, el mito, desconocido por casi todo el mundo era cierto. El dueño de aquella calavera nunca tuvo este material sustituyendo un diente, fue oculto en esa mandíbula como un diente más por alguien.
Mi padre encontró la calavera, la calavera le consumió y le poseyó. A mí también. Mi esposa y mi hija osaron interponerse entre ella y yo y se la dieron a Beltrán, un vendedor que pasaba a menudo por el rancho a vendernos o comprarnos mercancía. Mi esposa me arrebató lo que más quería, mi propia vida, la vida eterna encerrada en aquella calavera. Yo le quité a ella lo que más quería, después la maté a ella. Beltrán me obligó. Un viejo amigo de la familia que estaba allí intento impedírmelo, impedir que luchara por lo que me pertenecía. Pero no me apena haberles matado a todos. Lo he hecho por algo mayor, por perdurar en el tiempo, por trascender, superar los límites de la humanidad. ¿Qué es eso frente a diez vidas? ¿Qué es eso frente a la vida de una mujer, una niña, un pobre hombre, un vendedor, el dueño de una casa de subastas, un ocultista o varios matones? También hubo una vida que no me corresponde a mí directamente, un ranchero que me protegió y que no intentó apoderarse de mi posesión. Él era el único que no merecía morir.

¿Que me diferencia todo esto de mi padre? Puede que los dos acabásemos consumidos, pero él no mató, no trascendió y nunca supo que la calavera no era nada. Nada. Tuvo este mineral bajo sus pies y en esa calavera y nunca lo supo. El de la calavera ya no brilla, lo consumí cuando los hombres de Timberlane me dispararon. Parece que cada fragmento tiene un límite ligado a su tamaño. Y aquí hay muchos fragmentos de gran tamaño, podría caer una y otra vez acribillado a tiros y no moriría. Solo he de esperar a que alguien me encuentre y me saque de aquí. Entonces podré compartir mi inmortalidad... o no. Mi inmortalidad es mía. He trascendido, pero nadie merece conocer el secreto, el poder de este mineral, su ubicación ni procedencia. Nadie que no pase por lo que he pasado yo lo merece. Y si alguien intenta conocerlo sufrirá el mismo destino que ellos: que mi mujer y mi hija, que mi amigo, que aquel vendedor. El mismo que aquel ocultista o el del dueño de la casa de subastas. Pues si quieres conocer la vida eterna, antes has de morir.



8 de julio de 1994
Lugar desconocido

Me han encontrado. Me sacaron de esa mina con tecnología que no conocía. Llevaba en los bolsillos varios fragmentos que escondí por poco tiempo. Me los intentaron quitar, me preguntaron sobre ellos y hasta se llevaron algunos de ahí abajo. Les maté. Les destrocé con mis propias manos. Ellos me dispararon con armas que no conocía, yo solo les miré con mi sangre derramándose sobre la arena. No caí, ellos sí. Me aseguré de que ningún fragmento del mineral entrase en contacto con ellos, es el mero contacto lo que te devuelve de la muerte. En cambio, conmigo ha sido diferente. Al caer en la mina, un fragmento del suelo en forma de estalagmita me había atravesado un costado, fue eso lo que me salvó, tuve suerte, o tal vez algo más que suerte. Dios me quiere vivo. Para siempre, pues al entrar en contacto un fragmento tan grande con mi sangre y mis órganos aquirí el poder de forma eterna, sin límites, como duando sólo toque ese pequeño fragmento.
Mientras divagaba recordé que uno de los investigadores se había ido con mi diario. Se había ido antes de que me subiesen a mí y matase a todos. Solo le esperé. Evidentemente volvió. Evidentemente le maté.

Ya sé por qué escribo este diario. En él se encuentra el secreto de la vida eterna, accesible para todo el mundo. No todos tienen derecho a conocer tal secreto, y tú ya lo conoces. Ahora solo has de morir como hice yo y como hicieron todos antes que tú.



El día de tu posible muerte
Donde podría yacer tu cadáver

He escrito esta página antes de que encontraras el diario. No lo perdí, dejé que lo encontrarás. Lo tienes en tus manos porque yo quise que tú lo tuvieses. En las primeras páginas, antes de conocer el secreto, te insté a que lo dejaras, te amenacé a pesar de que sabía que sería imposible que pudiese hacer nada contra ti nada más que asustarte. Pero aquí estoy, dos siglos después, esperando a que termines. Porque sé que sigues leyendo, porque sé que ya no puedes parar. Es más, temes parar, porque sabes que cuando lo hagas apareceré en algún lugar. Puedes intentar matarme, sabes con qué resultado. Mira a tu espalda si quieres; mira por la ventana, no me verás. Pero tu vida ya está ligada a la mía. Y créeme, la mía es eterna, la tuya nunca lo será.

Hagamos un trato. No hables sobre esto, no menciones lo que has leído, deja el diario en una de las estanterías de tu casa y olvídalo. Algún día volveré a por él y tal vez te perdone la vida. Ten por seguro que estarás vigilado, si dices algo morirás. Desprecia tu deseo de la vida eterna y demuestra el aprecio de tu finita vida. Hazlo y no acabarás como el resto. ¿Podrás? Tal vez al principio, pero algún día, cuando creas que esto no fue nada más que una broma y te olvides de esta sensación que estás teniendo ahora decidas contárselo a alguien, como una anécdota, como una curiosidad. Ese día no solo te habrás condenado a ti. 
  Si por el contrario eres lo suficientemente prudente mantendrás tu bien más preciado. No sé lo que harás, pero sí puedo decirte algo con seguridad: decidas lo que decidas, renuncies o no al secreto de la vida eterna, morirás. Recuérdalo. Tal vez no hoy, pero tal vez sí mañana, tal vez en unos años. Tienes a dos vigilándote, el dueño de la vida eterna y el dueño del descanso eterno. Uno de ellos decidirá tu destino. Pero eso ya lo sabes. Ya sabes bien cómo terminará todo. Cierra este diario, olvídame y sigue tu vida. Síguela. Síguela sabiendo esto. Morirás.