sábado, 23 de mayo de 2026

Belleza, tiempo y soledad

 

–¡Mañana es el baile! –exclamó con una ilusión y una energía casi molestas mi compañera–. Y tú sin pareja. Vas tarde.
 ¿Está bien que abra un relato con un diálogo de un personaje sin nombre para continuarlo con una reflexión sobre la forma del texto nada más empezar el relato? Estas son solo dos dudas cuya respuesta creo que ya conozco.
–Tengo todavía 24 horas para encontrar a una mujer que quiera ser mi pareja y compartir esa noche tan especial conmigo. Tiempo de sobra, no te preocupes –Fingía tan bien mi propia despreocupación que casi era convincente.
–Sí, claro, si te conformas con cualquiera. Aunque ni por esas lo tendrás fácil. –Ahora sí resultaba más que molesta–. Ten en cuenta que la etiqueta y la belleza son importantes en un baile como este.
–Por supuesto que sí. Y la educación también, lo cual podría excluirte.
¿Lo estoy diciendo en alto o lo estoy pensando? No, espera, lo estoy escribiendo.
–Pobre de la mujer que termine siendo tu pareja, qué desagradable puedes llegar a ser. –Sacó la lengua, pero no de forma simpática o cariñosamente burlona. No, la sacó con desprecio, con asco.
–Yo al menos soy real y tengo nombre, tú solo eres un recurso de mi relato, un constructo. Menos que eso, eres un arranque necesario que desaparecerá dentro de unas pocas palabras. Que te jodan, compañera sin nombre.
–¿Eso crees que soy? –arqueó las cejas con sorna–. Soy mucho más que eso. Estoy en tu mente, soy parte de ti, de tu conciencia, de tus demonios, de lo que ves y escuchas ahí fuera. Soy una voz persistente, un pensamiento molesto y recurrente. Soy tan importante que has empezado conmigo este relato de mierda.
–Y aun con todo sigues sin tener nombre. –Le restregué una peineta en la cara como si tuviese quince años.
–¿Acaso has dejado de tenerlos alguna vez, chaval?
–Eh, eso no lo he dicho en alto, no puedes romper las normas.
–Y sigues sin entender algo tan básico –puso los ojos en blanco como si hablase con un auténtico gilipollas que no se entera de nada y al que, para más inri, no soporta. Empates, supongo.
–¿A qué te refieres? –Fruncí el ceño esperando la respuesta de uno de mis personajes sin trasfondo.
–Que no hay reglas. Hala, ya has chafado la moraleja de este relato antes del final.
–Mis relatos no tienen moraleja, en ellos solo intento reflejar una realidad, la mía. Y mi forma de ver el mundo.
–Venga, no me vengas con mierdas. Tienen moraleja, unas que intentas que calen en las pocas personas que lo lean y en ti mismo cuando las escribes. Y, oye, no es algo malo. Pero… –hizo una pausa sin sentido para darle un dramatismo innecesario a la frase– la tienen.
–No sé quién cojones eres, pero me estás empezando a caer bien.
–¿No tenías claro que era un personaje de tu relato sin importancia?
–Y lo sigues siendo, pero, como todo personaje, tienes cierta voluntad propia. Enhorabuena.
–No la merezco. Es mérito tuyo, tú eres el escritor.
–Pero no acostumbro a tirarme flores a mí mismo, llámame raro.
–Pues lo acabas de hacer, eres tú quien me escribe.
–¿Podemos ir al meollo antes de que vuelvas a caerme rematadamente mal?
–El meollo es que estás solo y que te estás quedando sin tiempo para dejar de estarlo.
–¿Eran 24 horas?
–O diez años, veinte o un puto mes. Eso no importa. La cosa es que te-quedas-sin-tiempo.
–¿Y qué propones? –pregunté levantando una ceja, aunque en la vida real soy incapaz de levantar una sola.
–Lo primero que no alargues más este diálogo y te lances ya a tu monólogo interminable. Lo siguiente que recuperes los conceptos iniciales que rondaban en tu cabeza para este relato antes de que interviniese yo: belleza, soledad y tiempo.
–¿Algo más?
–Que sea corto, que sea intenso, aunque tampoco te pases, y que sea sincero.
–Bien, pues gracias, supongo.
–De nada. ¡Ah, y tengo nombre! Me llamo Lara, rondó en tu cabeza, pero recordaste que usaste ese nombre en una historia que escribiste a mano con dieciocho años y no te apeteció reciclarlo. Peeeeero –ya estamos alargando frases– no puedes quitarme lo que inconsciente me diste, compañero. Nadie puede quitarte lo que de alguna forma te pertenece, aunque sea en lo más hondo de ti.
–Ya estamos con las putas moralejas.
Para más inri, cuando corrijas este texto para publicarlo dentro de más de un mes ciertas circunstancias harán que la elección de este nombre que me diste sea todavía mucho más curiosa. Una de esas cosas que te hace creer en gilipolleces como el destino y lo predestinado.
–Eh, ¿qué pasa, que ahora también vienes del futuro y te gusta hablar con misterio?
Sonrió levemente y como vino se fue, entre letras.

En fin, que necesito una pareja. ¿La necesito? ¡NO! ¿La quiero? Supongo. ¿O tampoco? Pero es que no tengo elección, me quedo sin tiempo. La norma del baile es acudir en pareja. ¿Cuánto queda? Miro el reloj y veo que se mueve a toda velocidad al mismo tiempo que con la mayor lentitud. No hay tiempo, pero me quedo sin él.
Toca correr, buscar. Busco a una mujer. Eso es, una mujer guapa, una simpática, divertida, con cosas en común, valores y que tenga mucho sentido del humor. Pero sobre todo guapa. Que sea guapa es lo más importante. La belleza exterior es la presentación, es lo que da distinción, es lo que nos atrae primeramente.
¿Pero qué coño estoy diciendo? Eso es totalmente mentira e incluso diría que ofensivo. ¿O no lo es? ¿Es la belleza importante? Párate a pensarlo. No es lo principal, vale, pero lo es. ¿Lo es para ti cuando buscas pareja?
Claro que lo es, me reafirmo. La belleza es una flecha que nos impacta, un péndulo que nos hipnotiza. La belleza, por momentos, lo es todo, lo mueve todo.
Ahora cabría preguntarse qué es la belleza. ¿Un hombre con abdominales, ojos azules y una sonrisa deslumbrante? ¿Una mujer de piel blanca, pelo largo, rubia, nariz respingona y ojos almendrados? Claro que sí, pero pobre el que limite la belleza a eso.
La belleza abarca tantas cosas, pero tantas. Y no todas consideradas bonitas.
Hay belleza en una puesta de sol, pero lo hay más en una puesta de sol de verano, más aún en una puesta de sol de verano en plenas vacaciones, en la playa y junto a la persona que amas. Puede ser bella de formas diferentes para mucha gente distinta, incluso puede tener una belleza más intensa tras un día en el que perdiste la esperanza.
Hay belleza en una reconciliación e incluso en la propia discusión, en esa que sacamos todo lo que llevamos dentro y mostramos una parte de nosotros que siempre ocultamos. Porque hay belleza en conocernos, en reconocernos, en disgustarnos, en corregirnos, en disculparnos. Hay belleza en el caos, en los arrebatos, en lo que somos. Hay belleza en la risa, más aún en la risa sincera de un niño, más todavía en la risa de un niño que nunca se reía.
Pero también lo hay en la tristeza, en un sollozo o en una persona llorando desconsolada. Porque antes de aquello también hubo belleza en forma de amor, ahora perdido; ilusiones, ya rotas; confianza, para siempre quebrada. Y no hay nada más bello que dejar que tu interior exprese todo aquello que sentías, aunque sea llorando por cómo ha terminado.


Todos esos momentos forman parte de tu vida, de ti, de quien eres, de lo que muestras a los demás, de lo que construyes y a veces destruyes, para después reparar. Hay belleza en un día lluvioso y una tormenta, en una persona que acaba de nacer y en una persona dejando la vida rodeada de sus seres queridos.
Hay gran belleza en unas palabras de despedida o en la propia despedida, incluso cuando sabemos que no volveremos a ver a esa persona y eso nos destruya por dentro. Hay belleza en cada una de esas cosas consideradas feas. Porque la belleza, igual que el amor, igual que la propia vida, es compleja y difícil de catalogar.
Hay belleza en ti. Y sí, también hay un montón de mierda. A algunos esa mierda les ha ahogado y la única belleza que pueden ofrecer es la de su cadáver pudriéndose. Ya dije que pretendía ser sincero, no regalaros el oído con mentiras absurdas. O al menos mentiras que yo no me crea.
La vida puede ser una mierda, está llena de mierda y de personas de mierda, por eso ver la belleza donde parece no haberla es tan importante, porque la mierda puede ocultárnosla fácilmente. Rasca un poco.

Que yo haya podido ver belleza en la vida no tiene mucho mérito, pero sé que existe incluso en los rincones más oscuros que, de forma más o menos superficial, todos hemos hoyado alguna vez. Y en esos momentos en los que resistimos con todo en contra, incluso con nosotros mismos en contra, poniéndonos la zancadilla, insultándonos, reprochándonos o asegurando que no conseguiremos lo que tanto deseamos. Hay belleza en enfrentarnos a nosotros mismos y en salir adelante tras el enfrentamiento contra nuestra sombra.
Ahora mismo podría parecer que mi vida es una mierda porque se acerca el baile y yo sigo sin pareja, pero… –ahora entiendo que esas pausas dramáticas son más cosa mía que de Lara– no lo es. Y eso no quita que tenga que correr.

Y aunque corra llego tarde, como siempre. El baile ha comenzado y yo estoy solo. Todos tienen a su pareja, incluida Lara, que me mira sonriendo, no con pena. Aprieto los puños, caigo de rodillas en medio del escenario, humillado, temblando y consumiéndome. La música ha comenzado a sonar y siento que mi cuerpo arde, que se desintegra, que el corazón me palpita con fuerza, que las lágrimas deciden liberarse de mis ojos, negras y frías como la tinta y que la rabia y la pena me consumen. ¿Es para tanto? Lo reconozco, no lo es. Y aun así aquí estoy, consumiéndome, marchitándome, porque ya no tengo tiempo. Ya no. Lo perdí. Y cuando llega el momento no soy capaz de ver la belleza, aunque me rodee.
Miro al suelo derritiéndome, sin poder controlar mis sollozos, suplicando porque termine rápido. Pero no termina, la música sigue, la vida continua, el baile no se detiene y todos disfrutan. Entonces vuelvo a alzar la cabeza y observo de nuevo a Lara. Me sonríe, me guiña un ojo y me saca la lengua, esta vez sí con cariño.
En ese momento su inexistente voz resuena en mi cabeza: No hay normas.
Eso es, no las hay. No hay normas para el baile, no hay normas para la belleza, no hay normas para vivir, no hay normas para disfrutar de la música. NO HAY NORMAS.

Mi cuerpo sigue ardiendo, mi corazón latiendo, mis lágrimas cayendo, pero ya no estoy de rodillas. Me he levantado, la cabeza mira al frente y una sonrisa estúpida se asoma en mi boca, como una amable devolución a Lara.
La música sigue y yo comienzo a bailar, solo, sin nadie a mi lado, sin nadie que me agarre. Y disfruto como siempre lo había hecho, sin detenerme. Comprendo que fuera del baile nunca he estado solo y que si he llegado a él ha sido gracias al apoyo de ciertas personas. Y descubro que no se está tan mal bailando solo, que tiene su interés, su misterio, su propia belleza. Ya no miro a los demás con rabia, pues su belleza me contagia. Paso entre ellos, les saludo y sigo a mi ritmo, a mi bola, eligiendo mis propios pasos, sin nadie que dicte cómo he de bailar, aunque tampoco nadie que me ayude a hacerlo mejor y a sentirlo más intenso.

Si estuviese en mi mano elegir cómo bailar ¿elegiría bailar solo nuevamente sabiendo lo que sé? Tal vez si, probablemente no. Pero lo importante es ver la belleza en el baile en solitario y en el baile acompañado. Nadie puede decirte cómo hacerlo, ni con quien, ni si encuentras la pareja de baile cuando se supone que el baile comienza para ti, porque aunque todos bailamos en el mismo salón cada uno lo hace con sus propios zapatos y siguiendo un ritmo muy diferente.
Déjate llevar, lector, que no te diga nadie que lo estás haciendo mal, lectora. ¿Tampoco tienes pareja? No te preocupes, paradójicamente no estás sola. ¿Estás harto o harta de la que ya tienes? Suéltala un poquito y baila con nosotros. Oh, espera, ¿escuchas eso? Se ha abierto el suelo. Menudo estruendo. Y a pesar de ello la música no deja de sonar, porque a la música le da igual que sea el jodido final del mundo, que va a seguir sonando, contigo o sin ti. Así que baila sin preocuparte mucho.
–¡Has repetido el recurso del baile como metáfora, capullo! ¡Ya lo usaste en otro relato! –Me grita la siempre simpática Lara mientras no suelta a su pareja ¿le está agarrando el culo?
–Ya lo sé malhablada, ha sido intencional. ¿Y qué si repito? ¿Eh? ¿Me vas a decir tú lo qué hacer? ¿Cómo escribir? ¿Lo vas a hacer tú, lector? ¿Acaso no lees cómo te da la gana y no te digo nada? Que no eres capaz de soltar el puto móvil un momento ni leyendo un relato corto.
Esta vez soy yo el que saco la lengua amistosamente. Lara se ríe porque finalmente lo he entendido. Y con esta hostilidad repentina hacia ti, lector o lectora, espero que tú también lo hayas entendido. Que lo hayan entendido todos los que te juzgan, todos los que dictaminan cómo tienes que bailar esta danza sin sentido que nadie eligió. Poniéndolo en palabras bonitas: no hay normas escritas para que alcances tu felicidad ni para que veas belleza hasta cuando la oscuridad de tus emociones más profundas te engullan, no las hay para que llegues a una meta inexistente. En palabras no tan bonitas: que se vayan a la mierda los que te digan cómo vivir tu vida y pretendan marcarte los pasos.
Písales cuando lo hagan y disfruta de la belleza de su grito y su cabreo porque no los haces caso. Ríete de ti mismo, intenta mejorar, recrimínate cuando lo haces mal, pero no te fustigues por no lograr lo que otros ya lograron hace tiempo. Y sigue riéndote mucho. De ti, como ya te dije, de los que te intentan cambiar, de los que no te quieren tal y como eres, ríete de tu soledad y de ti mismo por llorar cuando te sientes solo o sola. Ríete con la vida y de ella, aunque la risa se convierta en tu única compañera de cama. Y ríete de Lara, sobre todo de Lara.
–Cabronazo pedante.

El abismo sigue avanzando, el suelo desapareciendo y algunas parejas se separan para escapar, otras incluso lanzan a su pareja y muchas otras se mantienen juntos, abrazados. Yo sigo bailando solo, esperando que el abismo me engulla, como a todos. Porque aunque vivan siguiendo los pasos de baile marcados por la sociedad, aunque se enfrenten al abismo con pareja o solos, aunque hayan corrido en dirección contraria, aunque hayan hecho lo que han querido, todos afrontan el abismo. Así que ya sabéis, afrontadlo sin complejo por cómo llegáis a él, mirad la estela que dejáis atrás, las cosas que habéis vivido, lo que habéis sentido y disfrutado, lo que habéis reído, soñado despiertos, luchado y reído. Mirad vuestras propias huellas, aunque se distancien del resto, aunque sean zigzagueantes y confusas, aunque no las mire nadie. Miradlas vosotros y ved cómo se dirigen al abismo.
Cierro los ojos y siento que sigo ardiendo, palpitando, bailando y viviendo. Alzo los brazos y espero el momento. Entonces alguien me agarra por la espalda, me abraza e intenta salvarme. El abismo llega, no puedo girarme a tiempo para verla la cara, pero sé que es una mujer. ¿Es Lara? Creo que sí, pero no puedo asegurarlo. Lo que sí soy capaz de asegurar es que siento algo que nunca había sentido justo en el momento antes de caer, justo antes de que juntos nos precipitamos al vacío.
En la caída la música se aleja, pero sigue sonando, y oigo un susurro, la voz de esa mujer.
–Nunca es tarde.
Siento una belleza nueva, efímera, tal vez por ello más intensa. La mujer desaparece justo antes de impactar, disipándose en preciosos haces de luz, y me hago una pregunta. ¿Existió? ¿Existe? Nunca sabré si era Lara y ni siquiera si era real.
Mi cuerpo impacta en soledad contra el suelo envuelto en sombras. Ya no hay música, ya no hay salón de baile, ya no hay parejas, ya no hay más huellas, ya no hay nada, solo mi cadáver, solo yo, solo la soledad, solo un cascarón vacío. ¿Demasiado oscuro y triste para finalizar?
Yo yazco muerto, pero sigo escribiendo. Solo esto de mí queda, lo que escribo y nada más. Y con ello queda lo más importante; la belleza.
¿Es la soledad una condena, mi condena? ¿La deseo? No lo sé. ¿Es eterna? No lo sé. No puedo ver el futuro, pero puedo ver el presente, mi presente antes de yacer muerto en lo más hondo del abismo. Ahora mismo puedo ver el abismo acercándose, escuchar la música sonando, sintiendo mi corazón palpitando y el calor de mi cuerpo abrasándome. Oigo los murmullos de otros. Veo, escucho, siento y oigo. Y finalmente elijo, bailo y me río. Y espero, aunque nunca llegue, aunque sea un sueño, aunque sea efímero. Y mientras sigo bailando sigo sintiendo, sigo escribiendo. Sigo viviendo. ¿Y tú, lector, estás bailando con quien quieres? ¿Lectora, bailas ya por inercia y sin pasión? ¿Qué pasa, qué tienes miedo de soltarle y quedarte sola? O, peor aún, ¿temes el qué dirán tus conocidos cuando lo hagas? ¿No has aprendido nada? NO HAY NORMAS. Joder, que me he saltado unas cuantas normas estilísticas y de coherencia escribiendo este relato para demostrártelo, que te lo he escrito con mayúsculas dos veces, que he escrito desde el futuro y usando a un personaje que ha cobrado más vida de la que nunca imaginé para que lo entiendas. He sido de todo menos sutil; otra norma que me he saltado, la sutilidad.
Seas quien seas la verdad es que eres quien eres. Y no, no tienes mi respeto simplemente por serlo, porque tal vez seas un gilipollas redomado al que no soporte, pero también es probable que solo seas una persona viviendo sin pretender hacer daño ni que te lo hagan. Y aunque ambas cosas sean imposibles, estás viviendo como sabes, como puedes y como crees. Como lo hago yo. Así que echa un vistazo al abismo que se aproxima antes de darle la espalda, abre bien los ojos, respira, siente y prepárate. No sabemos lo que tendremos que afrontar, pero lo afrontaremos. Y lo haremos a nuestra manera con la intención de exprimir el jugo de esta danza absurda hasta la última gota, hasta que nos duelan los dedos de apretar, los pies de bailar, los ojos de llorar y la boca y los pulmones de reír. Hasta que la inevitabilidad del tiempo que se agota envuelva nuestro cuerpo en compañía o en soledad y nos deje descansar en la belleza del olvido eterno de una vida plena. Nuestra vida.

 

lunes, 16 de marzo de 2026

Una melodía para la esperanza

 

 
El mundo está tan lleno de gente, tan abarrotado de estos milagros termodinámicos que se vuelven comunes y nos olvidamos... Yo me olvido. Miramos continuamente el mundo y se vuelve aburrido en nuestras percepciones. Sin embargo, visto desde la perspectiva de otro, como si fuera nuevo, aún puede dejarte sin aliento". 

                                                                                                                                                Alan Moore 

                                                                                                     

Entre las rejas vislumbraba la sombra, más allá de los barrotes podía oler la putrefacción, desde mi celda podía contemplar mi obra y encadenado podía sentir el frío punzante que recorre mi cuerpo, desde las muñecas hasta mi pecho, clavándose sin consideración en mi ya de por sí zaherido corazón. Yo soy el causante. Yo fracasé.
Me fue otorgado el don de la sabiduría, el de la empatía, el de la rectitud y el de la bondad. Dones con los que debía regar el mundo, con los que debía iluminar a cada ser que formaba parte de la creación.
Mi labor era titánica, pero se me dio tiempo y libertad para hacerlo a mi manera. Yo no otorgué la vida, ni siquiera conozco quién me la otorgó a mí, pero fui yo quien ofrecí la razón y el amor a cada ser sintiente del globo.
Recorrí el mundo en un corcel dorado, infatigable y siempre fiel con el que aderecé el mundo de aquello que le daba sentido y por lo que merecía la pena, no solo estar vivo, sino compartir la vida con los demás, en una paz y comprensión internas vivificantes. Pero aquello fue un error, pues la razón puede ser el veneno que destruya el sentido último de nuestra existencia.

Y así comencé a observar cómo con ella los seres llamados humanos comenzaron a autodestruirse. Mi bonhomía había provocado aquello, convencido de que era sencillo, creyendo que mi comprensión del mundo la heredarían todos aquellos a los que acaricié con mi poder y sabrían gestionarla, pero ésta lo único que hizo fue avocar a los humanos a su perdición, usando la razón como arma capaz de enmarañar la senda existencial hasta convertirla en un sendero inextricable y a veces, incluso, intransitable.
Había fracasado. Lo comprendí tras pasar solo cien años, pero ahora que han pasado decenas de miles está claro que no hay remedio para el ponzoñoso destino de los hombres y mujeres cuyos protervos corazones se han impuesto a los nobles.
La amargura, el odio, el desprecio, la discriminación, la soberbia, el rechazo, la guerra y la muerte se habían aposentado y ensombrecido el alma de aquellos que debían beneficiarse de su, creía, privilegiada capacidad reflexiva.

Y aquí estoy yo ahora, encadenado por los procaces seres a los que les ofrecí las herramientas para prosperar sin límites. Podría haberme opuesto, haber entrado en liza con ellos, castigarles por el vituperio con el que me habían avergonzado, e incluso destruirles por tamaña ignominia. Pero debía pagar. Yo soy el causante y yo merezco el castigo de pudrirme mientras veo al mundo sumirse en la oscuridad más absoluta del abismo más profundo.

Yo lo merecía, pero ¿todos ellos?  Mi odio hacia ellos alcanzó tal paroxismo que me había cegado. Lo comprendí el día que una estruendosa tormenta azotó cada esquina de esta región acompañado de un terremoto que destruyó gran parte de la torre en la que esperaba mi destino, sea cual sea.

Yo no podía morir, pero mi ceguera sí se extinguió cuando observé a los desdichados que se ponían a cubierto de la lluvia de cascotes y que ayudaban a otros a hacerlo. Por su puesto, entre la multitud no todos eran dechados de virtudes y muchos ponían al resto en peligro con tal de salvarse ellos. Pero no era lo común.

¿Cuándo me había derrotado el pesimismo? ¿Cuándo había dejado de ser objetivo como para no ver más allá de la oscuridad que asola el mundo? ¿Había esa oscuridad pulverizado a la gente buena o solo la ocultaba más fácilmente?
Entonces lo comprendí. Comprendí que la esperanza fue el único don que no se me otorgó desde mi alumbramiento, el único que he tenido que adquirir con esfuerzo. Me consideré tan por encima de todo que me olvidé de mirar a las creaciones una por una y no en conjunto, me olvidé de que eran piezas de orfebrería celestiales y no ctónicas.
La destrucción de mi prisión casi autoimpuesta me otorgó la comprensión absoluta de que la incomprensión es una parte más de la compleja existencia imperfecta, pero bella.

Tras desencadenarme de mis opresivos pensamientos lo hice también de mis cadenas físicas, elevándome entre los escombros y observando a la multitud asombrada. La tormenta había cesado, la de mi interior también. Descendí entre ellos, arredrados ante la visión de un desdichado hecho añicos físicamente que de repente parecía la representación del dios al que adoran y por el que tantos han asesinado.
Me posé en el suelo porque ningún auténtico dios puede elevarse ante aquellos que le adoran, ninguno puede acercarse a sus feligreses si no lo hace de uno en uno, mirándolos de cerca. Nadie puede ser un dios si odia y castiga a sus creaciones, o al menos a las creaciones de otro que él ha intentado moldear.

Tras el aboroto que se desató durante unos minutos, callaron y esperaron que pronunciara alguna palabra de aliento que les dijese. Podría haberlo hecho, ya que tenía mucho que decir y que enseñar, pero ya lo hice una vez y fracasé. No, no podía pretender que fueran los seres de pura luz que pretendía, porque eran algo más complejo, intrincado e interesante. No estaban hechos a mi imagen y semejanza como intenté, y no lo necesitaban.
El silencio era cortante, pero no como el de un alfanje, sino más bien el corte que produce el vuelo de una libélula. Era tranquilizador tras la impresionante tormenta.
Pero había que romper ese silencio. Y lo hice, mas no pronunciado palabra alguna. Observé entre los escombros de una vivienda que había un piano asombrosamente intacto, lo cual era en sí mismo un milagro termodinámico, como lo es nuestra propia existencia.  Me acerqué a él con paso vivaz sin que nadie me quitara ojo.


Me senté frente al piano, que a su vez estaba frente a mi numeroso público y comencé a presionar las teclas con delicadeza y sin pensar, sin usar la razón. Una melodía que jamás había escuchado nos envolvió a todos donde antes atronaba la tormenta. Una melodía que siempre estuvo en mi interior, que había sonado entre las estrellas y que yacía en el alma de todos ellos esperando a liberarse, a existir como algo más que una sensación.
Y entonces ocurrió lo que ni siquiera había planeado: muchos, de una forma u otra, empezaron a acompañarme. Un grupo apareció con violines, otro con guitarras, los hubo con flautas y trompetas. Todos esos instrumentos eran etéreos y no tangibles como mi piano, habían cogido esas formas a partir de la esencia de sus propias almas y los comenzaron a tocar.
Otros tantos comenzaron a cantar dando forma con palabras a lo que quería trasmitir con mi melodía y el resto bailaban agarrados o en solitario al ritmo de la canción.


El sol se sacudía entre las oscuras nubes, que se debatían por seguir coronando el cielo. Pero la melodía se incrementaba, la luz se imponía y la esperanza se desataba en mi corazón, que sanaba con cada nota, con cada sonido, con cada paso de baile, cada salto y cada risa que escuchaba. El odio no desaparecía, ni el miedo, ni la guerra, ni la muerte, ni la ignorancia, ni el dolor, ni tampoco la duda o el aparente sinsentido de nuestra propia existencia, pero la esperanza plantaba cara a cada uno de estos elementos que parecían gobernarnos, la esperanza nos daba la fuerza necesaria para enfrentarlos, para construir algo que los mantuviese raya en un mundo que parecía acabado . Todos al unísono, con nuestras muchas diferencias aparentemente irreconciliables, tocando y bailando al mismo son, esforzándonos en sembrar algo en esta yerma tierra que recogerán los que nos sucedan y que nos legaron los que nos preceden.
Porque eso es lo único que tiene valor, lo único que tiene sentido, lo único por lo que tenemos que luchar y lo único que perpetuará nuestra existencia, aquello que les dejemos a los que vienen detrás, aquello que nos una, nos haga mejores y nos permita crear y no destruir. Porque la creación es infinita, expansiva y la destrucción limitada y constreñida.

Y así esta canción se eleva más allá de esta región, de este país, de este continente y este mundo. Así los sonidos de nuestras almas recorren el cosmos para llegar a ti y recordarte que no eres el único que no sabe qué hace aquí ni qué es lo que debe hacer, no eres el único que te has caído una y mil veces, que te has perdido y que ha sentido rabia, miedo y desilusión asomándote al mundo de ahí fuera, frío, oscuro y sin sentido. Que todos caminamos a tientas en la oscuridad, pero que no lo hacemos solos, que podemos darnos la mano y dar la espalda a aquellos que odian sin motivo, evitando nutrir más esa oscuridad que jamás dejará de existir del todo. Que podemos proporcionarnos luz mutuamente, unir nuestras almas y hacerlas vibrar hasta que la melodía se transforme en una nueva que siga conectando con futuras almas. Porque la melodía da sentido en sí misma a este costoso camino y si te paras un momento a escuchar la oirás también dentro de ti y a tu alrededor.

Porque te prometo, seas quien seas, que la esperanza te abrigará en los días más fríos y la luz jamás desaparecerá del todo, incluso cuando la oscuridad parezca engullirnos. Cierra los ojos, siente la melodía, baila, solo o agarrado a esa persona a la que amas, y canta, amigo lector o amiga lectora, canta, porque hay motivos para hacerlo, porque tu canción moldeará tu mundo y el de otras personas, resonará en las almas que conecten con la tuya y la luz emergerá con más intensidad que nunca. 
Este texto es mi canción para ti, que dedicas tu tiempo a leerme, para que sientas de nuevo el ritmo si has perdido el compás y alces tu voz por encima de estas letras, junto a la mía, al unísono y con un objetivo: recordar que estás vivo, que estás viva y que tu voz le da la vida a otra u otras personas en este mundo. Así que sigue cantando, sigue bailando, observa las estrellas mientras lo haces y comprenderás que ya no hay nada más que comprender. 


El sol no se ha puesto aún por última vez

                                                                                                                    Tito Livio 

viernes, 6 de febrero de 2026

El fin de la existencia

 


Imaginad que un día abrís los ojos y comenzáis a existir. Así, sin más, como me pasó a mí. La existencia comienza antes de que abráis los ojos, antes incluso de que tengáis los ojos. La existencia empieza antes de que seáis fetos, antes de que vuestros padres comiencen a tener relaciones sexuales, antes de que se planteen vuestra existencia. También antes de que existieran vuestros propios padres o abuelos. La existencia de cada uno comienza con la existencia del mundo. ¿Y la mía? La mía comenzó tras el desvanecimiento de... ¿Puedo llamarlo padre? Más bien mi antecesor, la Fuerza Mayor que rige el mundo; no que lo creó, pero sí el sucesor, del sucesor, del sucesor, del sucesor, del sucesor, del sucesor, del sucesor, del sucesor que lo creó. Tu existencia comienza con el primero de mis antecesores; el mundo fue creado por él. No sé qué había antes de su existencia, ni lo que habrá después de la mía. No sé mucho más de la existencia, sólo conozco el gran trabajo de mi primer antecesor, y yo he de continuarlo. Él creó vuestra existencia.

Configuró durante millones de años vuestro mundo, colocó cada pieza, situó cada suceso, creó La Historia. Diseñó las consecuencias de cada acción, todo tal y cómo debería ocurrir. Dispuso y predispuso moldeando el ADN, la naturaleza, la materia… todo. Tras tal titánica tarea su cuerpo se desvaneció, pero un nuevo recipiente fue moldeado con su conciencia. El Plan ya estaba desarrollado, sólo había que mantenerlo todo activo para que ocurriera como fue diseñado. El trabajo que yo he de continuar.

Y así comencé a existir yo. Abrí los ojos y allí estaba, frente a una pequeña esfera violeta que proyectaba imágenes. Miré más allá de ella y continué moviendo cada pieza para continuar el discurrir de la vida. Yo me aseguraba de que todo funcionase según la programación, de corregir cualquier error. Dicho así podría parecer más un trabajo informático como el que realizáis vosotros que un trabajo místico, como lo llamaríais vosotros. Ni informático, ni científico ni místico es lo que hago, pues me temo que ningún nombre tiene para vosotros, ya que no comprenderíais nada de esto con vuestro entendimiento. No os sintáis mal, el primero de los míos así lo quiso.

Sois creaciones poderosas y, a pesar de vuestro corto entendimiento, a veces vuestro pensamiento os hace peligroso. Más de uno habéis estado a punto de saliros de vuestra programación, pero ahí estábamos nosotros para evitarlo, pues un leve cambio daría al traste con El Plan.
Las dudas son parte de El Plan, pero un pensamiento excesivo, un razonamiento que se sale de lo previsto puede llevar a una decisión equivocada para El Plan. Creéis que tenéis dominio sobre vuestra vida, pero no es así. Claro, que no lo podéis saber, pues eso os sumiría en una gran crisis existencial y de identidad. Os destruiría. Pero si supierais que tomando una decisión para la que no estáis programados podéis saliros de El Plan, destruiríais el mundo que os hemos construido.

Pasa eso a lo que llamáis tiempo creyendo que tomáis decisiones, creyendo que nada tiene sentido, sufriendo por tragedias y desgracias. ¿Por qué esa muchacha ha caído por aquel acantilado? ¿Por qué tanta gente ha muerto en esa masacre? ¿Por qué un árbol ha caído sin previo aviso aplastando a aquel niño? ¿Por qué tanto dolor entre tanta trivialidad? Por El Plan. Y, ¿qué es El Plan? Yo no lo sé. Sé cómo es El Plan, sé a dónde lleva El Plan, pero no sé por qué existe El Plan. Ejecuto, porque para eso fui creado; por ello existo. Y entonces, comprendo. O, mejor dicho, dejo de comprender. O comienzo a comprender que nada comprendo. Os miro, los primeros seres humanos que consiguen ver El Plan y con los que me comunico. Pensadores y científicos que han abierto un portal hacia el mundo de sus creadores, que me miran a la cara y me preguntan por el sentido. ¿He fallado al permitir que conozcan la verdad del destino, de El Plan? No. Pues estaba dentro de la programación del primero de nosotros que esto ocurriese. Yo mantuve El Plan en marcha, me aseguré de que las decisiones de estos hombres y mujeres les llevaran hasta este momento siguiendo el camino marcado por el primer creador. Y aquí nos hallamos, ante una paradoja. Una paradoja planeada por él: la paradoja de la existencia para creadores y creados.

¿Qué he de hacer? ¿Qué dice El Plan? El Plan sería desbaratado si las piezas que son los humanos descubrían El Plan, pero parte de El Plan era que lo descubriesen. Soy yo, el actual sucesor del creador de El Plan, quien debe decir hacia dónde va El Plan. Pues hasta aquí llegaba su plan. ¿Planeaba la destrucción del mundo y, con ello, de El Plan? ¿O es que El Plan era la destrucción del mundo? ¿Con qué fin?
El conocimiento del destino, de la ausencia de libertad, llevaría a los humanos a la locura. Pero, si al descubrir dicha ausencia de libertad se les permite ser realmente libres, podría haber esperanza. Aunque, si los humanos toman decisiones libremente, sin un plan, puede ocurrir un desastre. Las desgracias seguirán ocurriendo, pero ahora sin motivo alguno. Antes, las desgracias parecían injustas y sin motivo, ahora lo serían. La falta de entendimiento producía dolor ante lo inevitable, ahora el dolor se multiplicará, pues se sabrá a ciencia cierta que la desgracia ha ocurrido por nada, fruto del azar.

Claro que, todo lo que ha ocurrido hasta ahora para mantener vivo El Plan ha sido para ofrecernos el libre albedrío a mí y a los seres humanos. ¿No hubiese sido más fácil habérselo dado desde el principio, creándolos sin una programación? ¿Acaso la programación inicial era necesaria para que, en el futuro, pudiesen continuar con lo aprendido? ¿Programar hasta el más minucioso detalle era importante para conseguir que este grupo de personas abriese un portal hasta nosotros, creadores y configuradores?

Tome la decisión que tome, ¿qué será de mí? Conservo en mi mente una milésima parte del primer creador, por eso no entiendo su plan y sólo lo ejecuto. Pero, en cambio, conservo con claridad el recuerdo de mis últimos antecesores. Vivieron mucho menos que los primeros, pues cada vez soportaban menos el dolor humano en pos de El Plan. Al inicio, como yo, ejecutaban sin remordimientos y lamentándose por el frágil corazón y cerebro humanos. Pero, finalmente, empatizaban, se desgastaban y acababan deshaciéndose hasta que se formaba el siguiente. Conocía esa sensación, pero ahora la comprendo, pues la experimento mucho antes de lo que esperaba. Ya no sólo empatizo con el dolor humano, lo siento. Siento esa desazón que produce la duda, la ignorancia, el miedo. ¿Qué soy? ¿Quién soy? He manejado las vidas de la humanidad durante años y tengo sus mismas dudas. Curioso. Sé que vengo del primer creador, pero ¿de dónde vino él? ¿Cómo surgió su idea de El Plan, de esta paradoja? ¿Pretendía entender la existencia creándola y liberándola? ¿Observa desde algún sitio en este instante? ¿Tal vez desde algún rincón de mi mente?

Cada pieza de El Plan está perfectamente engrasada, las decisiones que tomáis tienen que ver con vuestro contexto y ADN, todo manipulado por nosotros. Una parte de vuestros tátara tatarabuelos y sus decisiones está en cada uno de vosotros, ergo una parte del primero de nosotros está en mí. ¿Puedo continuar El Plan? No, pero puedo crear mi propio plan. Podría permitir que crearais vuestro propio plan, humanos. Sólo me diríais y yo ejecutaría. Vuestra mente, claro, no podría trazar un plan tan inmenso y minucioso, y mucho menos sin errores. Vosotros no sabéis nada de la existencia, aunque nos hayáis encontrado. Tampoco sabéis qué pasa al morir, qué sentido tiene todo. Por lo tanto, no tenéis derecho a decidir qué pasa con cada uno de vuestros congéneres.
Lo cierto es que yo tampoco sé nada sobre eso. Ahora estoy como vosotros, así que tampoco tengo ningún derecho sobre vuestras vidas. Sólo tenemos derecho a tomar decisiones por nosotros mismos y para nosotros. Inevitablemente, todas nuestras decisiones repercuten en otros, pero ¿a dónde llevarán ahora que no hay plan? Al mismo sitio, pues nunca ha habido otro plan que el de comprender que no hay plan, que no hay comprensión posible de lo que no tiene explicación. Vidas conectadas que llevan a diferentes desenlaces. Caminos que dificultamos o facilitamos para llegar a un final placentero o doloroso. No hay final feliz para la humanidad ni cataclismo, sólo una dolorosa verdad liberadora.

Comprended, pues, que nada importa más allá que vuestra vida y vuestras decisiones. Decidid adorar a Dios o darle la espalda, decidid sabiendo que nada os guía más allá de vuestras convicciones y deseos. Tenéis la semilla de la creación y la destrucción, de la decisión y la duda. Sembradlas como Él las sembró. No era un dios, no era un ángel ni el universo hablándoos, sólo un ser con vuestras mismas características que os sembró como alguien le sembró a él. Él decidió crearos para entender la existencia y para que nosotros la comprendiéramos. Vivid como creáis que debáis hacerlo. Incluso si queréis seguir viviendo buscando otra explicación a la existencia que la que hoy se os ha dado, porque eso es existir. Y mientras existáis todo irá bien, incluso cuando parece que no es así. Y es que en la existencia convergen múltiples posibilidades más allá del dolor y la desesperanza. La existencia está llena de luces y sombras que se entrelazan y que van más allá de la muerte, pues la muerte no es el fin de la existencia, es una parte más de ella.

Mi cuerpo se deshace, mi misión ha terminado: la del último sucesor del creador de El Plan. Mas no lo lamentéis y recordad que esto sigue siendo parte de la existencia. Aunque mi conciencia heredada de mis predecesores se diluya, ha entrado en contacto con la vuestra. Sois sus nuevos portadores, los que mantienen mi existencia más allá de mi fin, del fin de este relato que calará en más humanos. Recordad que el fin es parte de la historia, consecuencia de su inicio e inicio de un futuro que todavía debéis experimentar. Recordad, de este modo, que el final corrobora la existencia del sentido de la existencia.