lunes, 14 de marzo de 2022

Elden Ring: La devoción del indómito semidiós

 

 


Varios hombres sentados sobre una gran hoguera discutían acaloradamente sobre qué hacer con un miembro de la tribu, el Niño Ahogado, hijo de la repudiada Lenah y del general Loux. Un huérfano cuya madre había intentado asesinar estrangulándole cuando se enteró de la muerte de su esposo en la eterna guerra contra la tribu Ahrka, pues no podía soportar la carga de vivir sin Loux a su lado y no podía dejar a su bebé allí solo.
Un hombre de la tribu fue testigo de tal inhumano acto y decapitó a la mujer sin que esta pudiese finalizar su tarea. El bebé fue acogido por aquel hombre que le salvó, Drunnax.
Los Sherd, que es así como es conocida la tribu de ese muchacho, fueron permisivos con el fuerte carácter del Niño Ahogado, que no dudaba en meterse en problemas ni en rebelarse a los sabios de la tribu o enfrentarse a sus iguales.
Drunnax no era tampoco severo con él, pues sentía lástima por el crío. Todo esto, unido a que por su sangre corría la sangre del general Loux, hacía de Hoarah un joven peligroso, tan duro como impredecible.
Las cosas empeoraron cuando Drunnax fue herido en batalla y murió por la herida infectada días después de recibirla, entre los brazos del entristecido y furioso Hoarah.
Hoarah ya no tenía a nadie, todo se lo habían arrebatado. Ya solo le quedaba una furia incontrolable que no podía dirigir hacia nada, pues todavía se le consideraba joven para ir a la guerra, ya que solo tenía 15 años.
Esa furia incontrolable y sin ningún objetivo sobre el que descargarse estalló la tarde en la que un joven de su edad le despreció por ser un huérfano denostado por su madre y por maldecir a todo aquel que se le acercaba.
Desde luego, ese muchacho hizo mal en acercarse a él, pues Hoarah se abalanzó contra el joven, le agarró por el cuello, le estampó contra el suelo y le propinó una serie de contundentes puñetazos contra el rostro hasta que este era solo una masa sanguinolenta irreconocible.
Hoarah se irguió lentamente sobre el cadáver de aquel que le había molestado. Lo hacía chorreando sangre propia y ajena de sus puños en carne viva y contemplando a todos los que observaban sin intervenir. Su respiración era entrecortada y tenía el ceño profundamente fruncido. Finalmente, rugió como un gran león mientras pisaba el cadáver de su víctima.
En la reunión nocturna estaban decidiendo qué hacer con Hoarah, si desterrarle, ejecutarle, perdonarle, o darle una oportunidad de redención. Y esa última fue la que se decidió; le darían a Hoarah Loux una motivación y un objetivo sobre el que focalizar su ira y su fuerza.
Aunque era joven, se le permitió ir a la guerra y participar en la próxima batalla contra los Ahrka. Hoarah por primera vez sintió plenitud y dejó asomar una sonrisa en su cara. Tendría la oportunidad de vengar a su honorable padre, el general Loux, y al que actuó como tal, Drunnax.
Hoaraha Loux luchó con la valentía de su padre y la fiereza que le caracterizaba. Y esa solo fue la primera de muchas batallas. Cuando se convirtió en un hombre adulto y los años pesaban tanto como su arma, se convirtió en una auténtica bestia que arrasaba en el campo de batalla destrozando con su hacha a todos sus enemigos mientras no dejaba de gritar. Algunos miembros de la tribu supervivientes de aquellas batallas que le vieron en acción aseguraban que en pleno frenesí son varias las veces que ha soltado su arma lanzándola contra varios enemigos a los que atravesaba simultáneamente para luego continuar combatiendo tan solo con sus puños: rompiendo huesos, desgarrando músculos, arrancando extremidades e incluso algunos juran que abriendo las tripas de los Ahrka con sus propias manos para devorarlas después. Hoarah estaba loco, pero era un poderoso aliado.
Y esto no solo lo pensaron los Sherd.


Una mañana en la que Hoarah limpiaba su gran hacha salpicada de sangre por los enemigos pulverizados con ella la noche anterior, una mujer de cabello dorado descendió del cielo azul que cubría el yermo situado al este de las Tierras Intermedias.
Todos la observaron, algunos petrificados con la boca entreabierta, otros poniendo en ristre sus armas e incluso hubo quienes prefirieron ocultarse de ella en sus tiendas para evitar sentir el poder de aquel ser que, desde luego, no era humano.
—Nada de mí debéis de temer, jóvenes guerreros —La mujer aterrizó con sus pies descalzos en la tierra con extrema suavidad—. Ha llegado a mis oídos que en estas tierras de pugnas tribales habita un gran guerrero, temido y admirado a partes iguales.
—¡¿Quién coño, eres!? —gritó uno de los que habían preparado su arma—. ¿Qué es lo que quieres de nuestro campeón?
—Seré vuestra reina, la reina de todo, la respetada reina Márika. Y lo mínimo que espero de vosotros, seres ignorantes, pero bizarros y aguerridos, es el mismo respeto, pues conquistaré estas tierras para gobernaros siguiendo la gracia de la Gran Voluntad. —La reina miró a todos los allí presentes con dureza, pero con calma.
—Si me quieres tendrás que demostrar que eres digna. Reina o no, eso a mí me da igual si puedo arrancarte la cabeza con mis propias manos. —Había intervenido el campeón al que Márika buscaba, el capitán Hoarah Loux.
Márika sonrió levemente y miró fijamente al capitán.
—Eres tan valiente como osado, Hoarah Loux. Adelante, si comprobar mi poder es lo que quieres, te dejaré al menos acariciarlo —dijo tranquila la reina.
—¿Acariciarlo? No me subestimes, mujer, o lo lamentarás.
Hoarah se lanzó contra Márika gritando como una bestia y alzando su hacha a medio limpiar, con una parte brillante ante los rayos de sol y otra recubierta de sangre seca.
Sin apenas inmutarse, Márika detuvo el arma alzando un brazo y generando una especie de lanza de una refulgente luz amarilla contra la que el hacha de Hoarah impactó, deteniéndose en seco como si hubiese topado con el material más duro de todos los reinos.
—Estás desperdiciando tu gran fuerza conmigo, cuando la puedes enfocar contra mis enemigos. —Márika no parecía tener que esforzarse para mantener a raya al capitán de los Sherd.
—Sí tan poderosa eres, ¿por qué no exterminas tú a tus enemigos y me necesitas a mí?  —El esfuerzo inmenso de Loux contrastaba con la tranquilidad regia que desprendía Márika.
—Oh, mi ignorante Hoarah, toda reina necesita un campeón que se ocupe de las tareas más terrenales mientras ella se encarga de menesteres más nobles y elevados. —Márika se quitó de encima a Hoarah y su hacha con otro ligero movimiento de brazo— Y tú eres el más apto para las tareas que tendré que encomendarte.
—¡Todavía no he dicho que sí! —Tras el grito, el capitán Loux no se molestó en recuperar su hacha del suelo, se golpeó el pecho y corrió hacia Márika acribillándola a puñetazos, que ella esquivaba o detenía sin dificultad, hasta que lanzó pequeños proyectiles de energía contra el robusto y sudoroso cuerpo de Hoarah, al que no consiguió aplacar.
—Eres insistente, fuerte, obstinado y resistente. Me gustas, ignorante Hoarah.
—¡Deja de llamarme ignorante! —Exigía mientras no cesaba en su intento de golpear a Márika.
La reina aprisionó con sus manos las grandes muñecas de aquel guerrero tribal y le hizo sentir por todo su cuerpo una pequeña parte de su poder.
Hoarah rugió, nadie pudo decir si de dolor, de frustración o ambas. Lo que sí pueden decir los que estuvieron allí presentes es que, cuando Márika le soltó, Hoarah se arrodilló y, allí mismo, juró lealtad eterna a su reina y la de todos: la reina Márika.
—Bien, ya no tan ignorante Hoarah. Hoy es el primer día de tu nueva vida. Serás mucho más que un guerrero salvaje con sed de sangre, ahora serás mi guerrero. Bravo y temido, pero ya no salvaje, ya no descontrolado. El león gris Sherosh se alimentará de tu rabia y, con ello, sellará una pequeña parte de tu ser. Pero no has de preocuparte por tu poder, pues yo te concederé más del que ya tienes.
Acometerás complicadas misiones, conquistarás y obedecerás mis designios, pero lo harás desde la racionalidad.
—Sí, mi señora —respondió Hoarah agachando la cabeza.
—Desde hoy, atrás queda tu vida como parte de la tribu Sherd, a partir de este mismo momento tu nombre no será más Hoarah Loux, sino Godfrey, Señor de Elden.
—Así será si es lo que deseáis, mi reina.
—Así será pues, Godfrey.
Y tras estas palabras, Márika se llevó al antaño conocido como Hoarah ante los ojos de los Sherd, que aquel día perdieron a su campeón y, con el tiempo, perderían la guerra.

Godfrey contempló junto a Márika lugares que jamás había soñado visitar, como Liurna o la meseta de Altus. Allí descansaba el Gran Árbol Áureo que podían ver desde Caelid. Un árbol que dotaba de un poder incomprensible hasta hacía no tanto para Godfrey, un poder divino que poseía también Márika y que le había sido otorgado a él con lo que llamaban una Gran Runa, conectada a su alma.
Sentía en sus entrañas el poder del Círculo de Elden, vinculado al árbol y a la propia Márika, que ardía en su interior y le hacía sentir inmortal, como un semidiós.
Junto al Gran Árbol Áureo descansaba la ciudad de Leyndell, capital del reino. Desde allí acometerían una campaña bélica sin precedentes en las Tierras Intermedias para conquistar cada reino y arrebatarles sus tierras a los que allí habitaban antes y que La Gran Voluntad quería muertos: los dragones y los gigantes.
Godfrey capitaneó los ejércitos de Márika y se bañó en la sangre de todos aquellos que se oponían al reinado de su señora. Miró cara a cara a los dragones que dominaban los diferentes reinos y exterminó a cientos de ellos. El león Sherosh aterrorizaba a aquellos que lo contemplaban, pero los dragones no se dejaban amedrentar por una criatura así, lo cual no les aseguraba librarse de una muerte despiadada a la que eran arrojados por la afilada hacha de Godfrey, que llegó a combatir sobre los lomos de una de esas bestias aladas escupe fuego, acabando con su vida en el aire y aterrizando sobre su cadáver, que cayó  sobre el pantano de Liurnia.
Los dragones no fueron extintos, pero sí comenzaron a retirarse y a abandonar la batalla. Muchos se exiliaron al norte de Caelid, otros tantos, los más poderosos y, por lo tanto, a los que más hirieron su orgullo draconiano, se refugiaron en el reino celestial de Farum Azula, donde residía el gran dragón de dos cabezas Placidusax, al que Godfrey nunca tuvo posibilidad de enfrentarse.
Placidusax decidió no enfrentarse a la deidad que había encomendado la misión a Márika de hacerse con el control de las Tierras Intermedias, y solo combatiría con su fuego amarillo y sus escarlatas rayos si algún incauto decidiese penetrar su reino flotante y profanar su descanso.
Pero la campaña militar de Márika no había concluido.
A pesar de que los dragones restantes ya no eran una molestia, sí lo eran los gigantes, que contaban con la guía de su propio dios, ajeno a la gran voluntad y el poder del Círculo de Elden y dispuesto a mantener su control sobre esas tierras usando a los gigantes como campeones y marionetas, otorgándoles el poder del fuego que él regentaba.
Pero si los gigantes tenían a ese misterioso dios de fuego cuyo nombre desconocían, Márika tenía a Godfrey, y él el poder de la Gran Voluntad, su Gran Runa y el Círculo de Elden.
El día que Márika se presentó ante Godfrey disgustada y hastiada de la resistencia gigante, Godfrey se conmovió y juró conseguir zanjar esto de una vez por todos para complacer a su amada.
Pues sí, Márika no solo había conseguido el respeto de Godfrey, también había acariciado su impetuoso corazón y había conseguido seducirle, lo que le aseguraba a Márika la fidelidad más absoluta por parte del Señor de Elden y una descendencia. De esa unión nacieron más semidioses que, algún día, gobernarían las diferentes regiones de las Tierras Intermedias. Ellos eran Godwyn, el más querido por Márika, Morgott y Mogh.
—Godfrey, mi querido Godfrey. Necesito tu fuerza, tu valor y tu inestimable fervor más que nunca. —Márika no rogaba, pero sí sabía que sus peticiones estuviesen envueltas de una irresistible dulzura.
—Lo que me pidáis, mi amada Márika, yo os lo concederé, vuestro soy. —A pesar de ser su esposa, no eran pocas las veces que Godfrey se arrodillaba ante la reina, como si fuera un súbdito más.
—Sé que puedo contar contigo una última vez, Godfrey. —Márika hizo que se levantara cogiendo con sus pequeñas manos su gran mano derecha.
—¿Última vez, mi señora? No, esta no será la última, será una más de tantas que vendrán, pues mi hacha siempre cumplirá tus designios, sean cuales sean. —Godfrey pronunció las palabras acariciando el filo de su enorme hacha.
—Oh, Godfrey es un deleite escucharte hablar así. No obstante, será la última, pues después de derrotar a los gigantes podremos descansar y gobernar en paz estas tierras bajo la sombra del Gran Árbol Áureo.
—Dime a dónde tengo que ir, y allí estaré capitaneando el ejército que pongas a mi disposición. —El tono de Godfrey ya no era calmado ni suave, sino brusco y ronco. Un atisbo del guerrero sediento de sangre que fue sellado por el león Sherosh asomaba en el brillo de sus ojos, cubiertos por la luz de Elden.
—Pondrás rumbo a los Picos de los Gigantes, al nordeste de Leyndell y el Gran Árbol Áureo, más allá de la meseta de Altus. —Márika señaló al horizonte, apuntando hacia el nordeste con su fino dedo. —Es una región fría, cubierta de nieve y envuelta en tormentas implacables, pero sé que tú, mi querido Señor de Elden, podrás con eso y más. —La reina pasó sus dedos suavemente por la barba blanca y los labios de su esposo.
—La guerra acabará con la sangre de esos gigantes de fuego salpicando la nieve que les rodea. Y después de eso, volveré triunfante y deseoso de yacer contigo cada noche, y engendrar una gran estirpe de semidioses que dominarán con la misma pasión que nosotros estos reinos cuando yo ya no esté, dentro de muchos siglos. —El rey Godfrey concluyó  su discurso  con un apasionado y un tanto brusco beso en la boca de Márika.
Mientras su rey se entregaba a ese beso como si fuera el último, ella abría los ojos y miraba el rostro de Godfrey sabiendo que, en efecto, ese sería el último beso que aquel que antaño fue un bárbaro le daría jamás.

Godfrey montó en su caballo con orgullo y un porte digno de un semidiós. El león Serosh asomaba de su espalda para observar a la multitud e imponer más respeto si cabe a los allí presentes mientras la puerta este de Leyndell se abría. Y así, con Márika observando la comitiva desde el Balcón de la Avenida, el ejército del Primer Señor de Elden partió. Y sí, el primero era porque Márika planeaba que pronto habría otro más de su gusto, y también de su sangre.
Pasaron junto al Gran Árbol Áureo y llegaron al Gran Elevador de Rold, construido para acceder con mayor facilidad a los Picos de los Gigantes, y ascendieron en grupos hasta llegar a lo alto de las montañas cubiertas de nieve.
Abarcaron todo el norte, tanto la parte oeste, cubierta por una tormenta casi continua, y la este, más tranquila pero habitada por más gigantes. Y Godfrey volvió a demostrar su fiereza temible e imparable. Al poco de llegar comenzó la masacre de gigantes.
Habían llevado grandes máquinas de guerra que usaron contra ellos, pero a pesar de que les superaban en número e iban bien armados, fueron muchos los que cayeron aplastados y devorados por esas bestias enormes de fuego azuzadas por un dios que se negaba a perder lo que, al igual que Márika, consideraba que era suyo.
Godfrey demostraba tanta piedad con los gigantes como con los dragones, ninguna. Se subía a sus cuerpos, se encaramaba a sus barbas y trenzas rojizas, les incrustaba el hacha en sus ojos, se montaba sobre sus cabezas y les conducía a acantilados. En batalla Godfrey estaba loco incluso con Serosh apropiándose de su ira más descarnada. Nadie quería imaginar cómo sería su furia sin la conexión con aquel león en su espalda que se dejaba ver en ocasiones para desconcertar a los enemigos.
Ya apenas quedaban gigantes, pero tampoco demasiados hombres de Márika. Algunos pedían la retirada, pues ya habían causado un gran daño y los gigantes no molestarían durante un tiempo. Pero Godfrey se negó a abandonar mientras quedara alguno vivo y siguió exterminando a los restantes, a pesar de que apenas le quedaban hombres que le siguieran. No le importaba tardar más en realizar tal ardua tarea.
Exhaustos, Godfrey y sus escasos hombres supervivientes se arrastraban por la nieve cubierta de sangre en busca de algún gigante que intentara ocultarse. Al este encontraron un gran caldero en la lejanía custodiado por el gigante más temible en apariencia que habían visto. Estaba allí, sin moverse, como si su tarea fuese custodiar el caldero. Godfrey no se lo pensó, bramó al cielo y se acercó corriendo como podía entre la nieve. Tras escucharle y verle como un punto que se deslizaba por la nívea superficie de aquella montaña, el gigante hizo lo mismo y dio una gran zancada en su dirección para aplastarle con su arma.
Godfrey rodó evitando el golpe y se acercó a sus piernas. Clavó el hacha en su pie izquierdo y se agarró a su vello. El gigante rodó con gran agilidad levantando la nieve de su alrededor.
Los soldados de Godfrey, extenuados y congelados de frío, decidieron quedarse parados contemplando aquel apoteósico combate.
Godfrey no se había soltado a pesar de que el gigante había rodado. Se agarró con fuerza y, cuando el gigante se enderezó, siguió escalando por su cuerpo mientras propinaba golpes contra su carne con el hacha.
El gigante se quejaba e intentó aplastarle contra su propio cuerpo con la palma de la mano, pero Godfrey dirigió su arma contra la mano que se aproximaba y la clavo en la parte inferior, colgándose de ella mientras el hacha quedaba incrustada en sus músculos.
El gigante sacudió su mano intentando desenganchar el hacha y hacer que su enemigo cayese. El rey estaba en una situación comprometida, así que sus hombres al fin decidieron ayudar lanzando flechas al gigante con cuidado de no dar a su líder.
El gigante les vio y creó con su otra mano una bola de fuego que lanzó contra los soldados de Godfrey, abrasándolos vivos al momento. Ahora sí que solo quedaba el Señor de Elden en un uno a uno contra aquel gigante.
Desesperado, el gigante comenzó a crear una bola de fuego en su mano herida, lo que obligó a Godfrey a balancearse todavía sujeto al hacha encaramada en la palma de su enemigo y a soltarse del ella cuando comenzó a sentir el calor muy cerca. Con el impulso pudo dar un gran salto desde el mango de su hacha hasta el cuerpo del gigante, volviendo a sujetarse a su vello corporal, esta vez al del pecho. Tras ello, siguió escalando sabiendo que no le lanzaría la bola de fuego porque se daría a sí mismo con ella.
Tras lanzar la bola de fuego hacia los cadáveres abrasados de los soldados, el gigante volvió a intentar coger a Godfrey, que dio un gran salto y se metió entre los pelos de su barba.
Con gran rapidez llegó a la boca y después a los pelos de su nariz, esquivando los dedos del gigante, que fueron mordidos por el espíritu del león Sherosh desde la retaguardia del rey.
Finalmente, llegó al tabique nasal y se impulsó hacia su ojo, dispuesto a atravesarlo con todo su cuerpo para desestabilizar al gigante y que cayese al suelo herido. Pero justo cuando estaba a punto de penetrar su globo ocular el gigante le atrapó en el aire y le lanzó violentamente contra el manto blanco.
Godfrey gritó furioso en el pequeño cráter que se había formado y no tardó en levantarse para esquivar el pisotón que se aproximaba. El Señor de Elden estaba sangrando, para su vergüenza.
Tras esquivar los ataques del gigante de fuego  se aproximó a un acantilado que había tras él, no sin antes recuperar su hacha del suelo. También evitó con agilidad las bolas de fuego enormes que el gigante le lanzó y dejó que se aproximara corriendo. Solo tenía una oportunidad.
Godfrey esperó, esperó y esperó, mientras la tierra temblaba, la nieve se levantaba y todo su cuerpo vibraba, no solo como causa de los pisotones del gigante, también vibraba de emoción.
Esperó, esperó y esperó hasta que solo tuvo que esquivar el envite de aquel enorme ser mientras, con su hacha, tras un úñtimo esquive, golpeaba con gran fuerza el tobillo del gigante de fuego, que se desestabilizó intentando frenar y sintiendo un gran dolor, lo que provocó que cayera por el acantilado, haciendo temblar la tierra como nunca al aterrizar.
Godfrey no pudo ver cómo una roca afilada había atravesado la pierna del gigante, que quedaría para siempre dañada, igual que no pudo comprobar cómo todavía respiraba. Jamás supo que no sería él quien daría muerte al custodio del caldero que había derrotado.
Aun así volvió a Leyndell triunfante. O eso creyó él por un momento. Retornó solo, agotado, herido y humillado. Y, lo que es peor, no recibió vítores, ni felicitaciones, ni aclamaciones… nada. La capital estaba como siempre, solo le esperaba Márika, que no tuvo para él ni una sola palabra de agradecimiento.
—Lo has hecho bien, Godfrey. Has cumplido tu cometido, has usado de forma excelsa tu fuerza y mi poder. Me has dado hijos sanos y fuertes, has derrotado a los dragones y los gigantes. Tu papel aquí ha concluido. —Márika hizo un movimiento suave con una de sus manos provocando que la luz amarilla de los ojos de Godfrey se apagara para siempre—. Ya nada has de esperar de mí ni de este lugar. Yo te despojo del poder del Círculo de Elden y te destierro de estas tierras. Deja tu corona y márchate o, Primer Señor de Elden y primer Sinluz.
Por alguna razón Godfrey no dijo nada, no entro en cólera, no rehusó y cumplió sus órdenes. Tal vez la amara demasiado como para no hacer lo que le pidiera, tal vez la respetaba a ella y su poder como para no obedecerla o tal vez la temía como nada. Nadie puede saber con exactitud si era la sombra del amor incondicional, el respeto ciego o el miedo lógico a una diosa como Márika, pero lo cierto es que Godfrey se quitó su corona, la depositó lentamente sobre un muro, miró una última vez a su amada y madre de sus hijos sin pronunciar una sola palabra hacia ella y se fue para siempre.
Se dice que con el poco poder del Círculo de Elden que le quedaba, el antiguo rey Godfrey dejó una deslumbrante proyección dorada de su ser para que habitara en Leyndell y se enfrentara a todo aquel que intentara penetrar en la alcoba de su reina con aviesas intenciones.
A pesar de todo lo que le había arrebatado después de haberle dado él todo, Godfrey seguía dispuesto a proteger a su reina y esposa. Y allí descansó la proyección dorada de Godfrey, esperando a enfrentarse en un futuro cercano a un Sinluz con el poder suficiente.
Nadie supo qué fue del primer Sinluz. Se dice que no volvió ni siquiera a su tribu, sino que abandonó las Tierras Intermedias para siempre.
¿Para siempre? Nadie lo sabía en aquel momento, pero algún día, cuando las espinas que protegen el Gran Árbol Áureo prendan y el mundo sienta el calor de la llama que ardió gracias al sacrificio de la yesca en el gran Caldero custodiado por el gigante ígneo de la pierna rota, Godfrey se alzará de nuevo para proteger el cuerpo de su amada y enloquecida Márika, ofreciendo un gran y último combate contra el Sinluz destinado a cambiarlo todo.
Y no solo será su último combate como Godfrey, Primer Señor de Elden, también será su última contienda como Hoarah Loux, pues le romperá el cuello al león Sherosh para desatar su ira de guerrero tribal y luchará con los puños como el salvaje que siempre fue.
Moriría por Márika con el honor que había perdido recuperado y, antes de que su impetuoso corazón se detuviese para siempre, aceptaría a su rival como nuevo señor de Elden, el único capaz de derrotar a Márika y aquel que se la arrebató: Rádagon.
Y así, con el último aliento de Hoarah, concluye la historia del primer mortal convertido en semidiós, el que propició el reinado de Márika, el que cambio las Tierras Intermedias y el último de los suyos que combatió contra el Sinluz que destruiría a la fuerza en conjunción de aquellos que descendían de los cielos como uno, se dividieron en dos y volvieron a unirse para esparcir su progenie por aquellas tierras baldías.
La historia del guerrero más devoto, fiel y enamorado que había conocido ese lugar, y por todo ello, el guerrero más peligroso y útil que podía tener una reina.
Márika nunca lloró su muerte, pues su mente ya se había roto y ni siquiera se enteró de ello. Jamás supo que había muerto protegiéndola a pesar de su desprecio, que había luchado hasta su último aliento por preservar la vida de aquella que le había traicionado y abandonado.
Y aunque lo hubiese sabido mientras conservaba su cordura, jamás lo hubiese apreciado ni valorado, pues no esperaba otra cosa de aquel ignorante al que había seducido con su poder y su presencia. Desde el primer día que se conocieron, Hoarah estaba maldito y predispuesto a servir y amar más allá de la razón a Márika, tal y como dispuso ella con su poder divino. Pero, ¿acaso no es así como aman todos los mortales? ¿Murió Hoarah por amor o lo hizo solo porque estaba manipulado por un poder que escapaba de su comprensión? ¿No es el amor acaso un poder que escapa de nuestra comprensión? ¿Fue puro lo que el guerrero sentía por la diosa o tan solo una burda manipulación de su mente?
Ni el propio Hoarah lo sabría jamás, lo único que supo es que, antes de morir, hubiese dado lo que fuese por tocar o, al menos, contemplar una vez más a Márika. Y así, su último pensamiento fue para ella. Su reina, su diosa, su esposa, su amada. Su todo.