lunes, 24 de febrero de 2014

Corazón Impenetrable(IX)



ACTO IX

DESHONROSO CABALLERO






 Primero había perdido la razón por ella, después la perdió a ella. Su irracional deseo por poseerla le llevó a actuar movido por la lujuria, haciendo caso omiso a su conciencia, olvidando la moral y cometiendo innumerables errores. Tal vez jamás debió escapar del castillo de su rey. Desde niño había soñado con ser un caballero honorable con la noble misión de proteger a alguien importante luchando por lo que está bien, pero también había soñado con proteger a una mujer que le amase, nunca pensó que esos dos sueños fueran contrarios. Durante años calló los ecos del amor para escuchar solo la voz de la moral y atender a su código de honor. Lo que hizo estuvo mal, jamás debió leer aquel libro que ese traidor le dio.

 Obtuvo respuestas que no le gustaron, tenía que decidir si proteger a la ciudad y su rey o darle un lugar a su princesa. De ambas formas estaría haciendo el bien, la princesa era una víctima que no tenía culpa de lo que había sucedido allí en el pasado. Consumiendo su amor también estaría cumpliendo con su deber como protector, protector de su alteza, no del reino. Estaba muy confuso y lo seguía estando, pero lo que tenía claro es que tras lograr sacar a su princesa de allí no había obrado bien. Tenía a su amada, pero jamás podría poseerla. Ella le había rechazado como tantas veces había hecho en la torre, solo que pensó que al sacarla de ese lugar las cosas cambiarían.

Tendría que haberla sacado él mismo, pero hubiese sido imposible. Los caballeros no solían salir de la ciudad sin un motivo, y aunque la ocultase el rostro ¿cómo explicaría la presencia de un segundo jinete en el caballo? Por eso contrató a un eficaz mercenario. No podía arriesgarse a quedarse allí tras hacer llegar aquel libro a la princesa, por eso el mercenario tenía la misión de ganarse la absoluta confianza del rey, no sería difícil, pues se había vuelto muy confiado durante esos veinte años de tranquilidad y seguridad, solo desconfiaba de los ciudadanos que ya se habían rebelado un par de veces. La anciana criada a la que le había dejado el libro sería descubierta y ejecutada, el propio mercenario tenía que delatarla tras descubrir el libro, libro que finalmente descubrió otro caballero. Tras su ejecución, el mercenario debería animar al rey a que su cadáver fuese llevado ante el caballero que le había dado el libro y que había huido de la ciudad, o sea él, para burlarse de su patético plan fracasado. El mercenario le diría que en el pueblo del que venía se hablaba de un caballero de la ciudad impenetrable alojado en la taberna, por ello el rey le permitiría salir de la ciudad con un cadáver envuelto que cambiaría por su princesa.

 Todos los movimientos del mercenario en la ciudad habían sido planeados por él aprovechando que conocía muy bien a su rey y sabía perfectamente como reaccionaría ante todo. El carisma del mercenario hizo el resto. Hubo un cambio en el papel de la criada que sería ejecutada, ya que la anciana fue lo suficientemente astuta como para pasarle el muerto a una más joven y al parecer amiga de la princesa, pero por lo demás todo salió a la perfección. Lo que no había planeado era como sería el camino de vuelta. Confiaba en que un mercenario tan caro y ducho en su profesión sabría como actuar ante los caballeros que el rey pondría en su búsqueda, lo que jamás sospechó fue que en ese camino el mercenario enamorase a su princesa.

 Al fin y al cabo él le había sacado de allí y pasaron muchos días juntos. ¿Quién sabe de que hablarían? ¿Qué encantos desplegaría ese maleducado mercenario? ¿Qué harían? No podía aguantar la presión en el pecho cada vez que pensaba en ello, la misma presión que le aparecía cada vez que recordaba sus palabras.
“No habrá besos, ni caricias, ni historias de amor, ni mucho menos sexo. Si hace falta firmaré un contrato como el del mercenario. Somos una compañía, nada más.”

 Había puesto tanta ilusión en su rescate que cuando la escuchó decir aquello todo se desmoronó. No era por el sexo, aunque no podía negar que no despreciaría tenerla en su cama o amanecer en su interior, de hecho sintió unas ganas casi irrefrenables de hacerlo la primera y única noche que pasó con ella, pero no era su prioridad. Solo quería estar con ella, besarla, acariciarla, quererla, justamente lo que ella le había prohibido hacer. Se tendría que conformar con seguir protegiéndola, y hasta eso había hecho mal.
  
 Su honor como caballero no fue solo el que desapareció, también el honor como persona. Su vida había caído en un abismo, sin un lugar en el que vivir y una persona a la que amar sin límites todo había perdido sentido, por lo que su primer impulso fue mandarlo todo a la mierda, olvidarse de sus restricciones y beber para olvidar. Había vomitado como un borracho, se cagó en los pantalones como un niño asustadizo y perdió a la princesa sin poder hacer nada. Vio como se la llevaba aquel caballero en brazos delante de sus narices mientras se desmayaba.

 Tampoco contó jamás con que aquel caballero, que había sido uno de sus pocos amigos en aquel lugar, incluso como un hermano pequeño, se la llevase con él. ¿Qué buscaba? ¿Quería que el rey le recompensase? ¿Quería solamente cumplir con su deber? Era joven, podía llegar a entenderle, pero le había traicionado, algo que el jamás habría hecho...aunque al fin y al cabo si estaba así era porque él había traicionado a su rey. ¿Y si quisiese a la princesa solo para él? ¿La violaría? ¿Haría lo que ponía en el libro? Si hacía eso juraba por su honor, el poco que le quedaba, y por su princesa que le cortaría la cabeza. Sería rápido e indoloro, pero tan contundente como la justicia divina.
  
 Era el momento de redimirse, de recuperar su honor y enmendar sus errores. Rescataría de nuevo a la princesa y la haría libre, la dejaría decidir si volver a su torre o vivir en otro lugar, ajena al conflicto, como ella deseara. Tomase la decisión que tomase la esperaría un camino complicado. Si no quería vivir con él, si quería una vida totalmente diferente a la que él había planeado, se la daría. Si le quería solo como protector le tendría, pero si quería perderle de vista no lloraría como un infante, volvería a la ciudad impenetrable y respondería ante el rey. Le mataría, eso seguro, pero moriría con honor. Aunque para conseguir recuperar a la princesa tal vez necesitase volver a traicionar a su rey, pues no era seguro que alcanzasen al caballero antes de que llegase a la ciudad impenetrable, por ello volvía a necesitar al hombre que contrató una vez. Al fin y al cabo la princesa quería verse con él una vez más antes de partir a donde fuese, cumpliría su deseo por mucho que le doliese. Necesitaba su ayuda, aunque le molestase reconocerlo, y la princesa deseaba su presencia, aunque le doliese tan solo pensarlo.

Ya había emprendido el viaje hacia la montaña, un viaje largo, pero tranquilo, sin nadie que le molestase. No podía evitar sentirse intranquilo al viajar en una dirección contraria a la que viajaba la princesa capturada. Lo lógico hubiese sido ir tras él, pero había muchas posibilidades de que no le alcanzase y de que tuviese que adentrarse de nuevo en la ciudad impenetrable para sacar de allí a la princesa, por ello se vio obligado de nuevo a contratar a aquel mercenario. Contaba también con el que parecía haber sido su único amigo en esa endemoniada ciudad, si él le conseguía alcanzar, la princesa estaría entonces a salvo hasta que llegase con el mercenario. Después solo tendrían que hacer lo que saben los dioses hubiesen planeado. ¿Querría matarle por el daño causado? No creía, puede que el mercenario matase a aquella criada, pero él la sacó de allí y sin duda había complicidad entre ellos. Si hubiese querido empezar una nueva vida con él, el mercenario no se hubiese ido de esa forma y la princesa no le habría solicitado llevarla a la montaña para luego volver...no entendía a esa niña que había creído suya. Ni tampoco al caballero que se la llevó, ni al mercenario que contrató, ni a su rey, ni el por qué de un conflicto tan antiguo. No se entendía ni siquiera a si mismo, no entendía nada.

 Tenía frente a él una gran montaña extraña y solitaria, emergiendo de la tierra por dos extremos bien diferenciados que le hacían parecer brazos de una esfinge. Cuando era solo un escudero había estado allí, muy cerca de la capital de reino, situada, según le dijo su padre, sobre un volcán tras la montaña a muchas millas de distancia comunicadas por un eterno puente de piedra con un único soporte en la parte central. Los ojos de aquella montaña vigilaban el reino sin poder ver más allá de la ciudad impenetrable situada en el sur, pocos en esos momentos sabrían lo que había más allá de ese reino. Él ni siquiera había salido del reino por el oeste, el único sitio por el que se podía salir sin necesidad de barcos, tampoco había visto el mar a pesar de que no estaba tan lejos, recorriendo varias millas a caballo hacia el este. Él había crecido en ese reino para protegerlo. Había soñado con ser un caballero de la Guardia Real en la capital del reino, en llevar ese volcán en erupción en su armadura, pero jamás pudo siquiera pisar el volcán apagado.

 La guerra llegó cuando tenía tan solo diecinueve años. El monarca al que soñaba proteger murió en su lecho y el conflicto comenzó cuando su hijo mayor estaba conociendo en persona a las gentes del sur, lo que su hermano pequeño aprovechó para sentarse en el trono y autoproclamarse rey. Las ciudades del sur se unieron a la causa del rey legítimo y traicionado que había pasado un tiempo con ellos. Se asentó en una de las ciudades y comenzó el conflicto. El norte estaba mejor protegido, pero el caballero al que servía, protector de un señor de las ciudades de la montaña cercanas al valle y vasallo del monarca, dijo que jamás ayudaría a un usurpador. Escudero y caballero huyeron juntos a reunirse con el que debía ser el auténtico rey, pero el señor al que servían era fiel a su vasallaje al trono y mandó que les ejecutaran por traición.
  
 Llegaron ilesos al sur y fueron bien recibidos en el asentamiento del verdadero rey al que debían proteger. El caballero que le había enseñado todo lo que sabía viajó de nuevo al norte esta vez junto a las tropas del hermano traicionado. Murió en batalla. Poco después le hubiese tocado a él entrar en combate, ya estaba preparado para la batalla, pero el rey recibió a mucha gente de las ciudades y pueblos colindantes en el asentamiento estableciendo después un escudo perfecto, la lucha había terminado. Les prometió que jamás serían atacados y que solo tendrían que esperar a que su hermano muriese para moverse hacia el norte y recuperar la ciudad de su padre. Veinte largos años en los que se había ganado un lugar entre los caballeros de la Guardia Real, el momento que había esperado toda su vida.

 Había pasado tanto de todo aquello. Había olvidado al caballero al que había servido, el dolor y el miedo de la guerra, el honor hacia su rey y la sensación tranquilizadora que le invadía haciendo lo correcto. Él benevolente rey que tanto prometió a los ciudadanos no tardó en pasarles por la espada usando a sus caballeros al mínimo revuelo que causaron cansados de esperar incomunicados en una ciudad en la que su rey no les hacía caso. Esa ciudad fue nombrada nueva capital del reino haciendo que con los años la gente se olvidase de la verdadera capital, pero él también olvidó como debería haber sido esa capital. Todos esos años cerró los ojos ante la realidad. Su rey se hacía viejo, era normal que las cosas no fuesen como antes, pero él debía ser el rey, su labor era la de esperar junto a él para recuperar el auténtico trono que en realidad nadie ocupaba como debía.

  Estaba a unas horas de viaje de aquel volcán, de acabar con la injusticia, de hacer victorioso al rey por el que su caballero dio la vida, pero de nuevo anteponía a la princesa, al fin y al cabo no podía hacer nada él solo. Era momento de escalar la montaña para llegar a sus ojos y contemplar con claridad el desamparado reino...la verdad que tantos años ignoró.

 Tenía que aprovechar con astucia los recovecos de la roca, pensar bien donde meter los pies y en qué superficies agarrarse, no arriesgarse demasiado y sobretodo no mirar abajo. La escalada era dura, en más de una ocasión pensó en que no podía, peores fueron las ocasiones en las que pensó que se caería. Al inicio subir por uno de los brazos de la montaña había sido pan comido, pero a medida que llegaba al torso y la superficie se empinaba la escalada se convirtió en un reto.
  
Llevaba guantes que le ayudaban a aguantar el dolor de la roca clavándose en sus manos, pero perdía sensibilidad en los dedos y no se agarraba con toda la firmeza que debería. El calzado tampoco era el mejor. Los escarpes no eran los suficientemente flexibles para moldearse a la roca, aún así no se detuvo. El ascenso era duro, pero si el mercenario podía haberlo hecho él también podría. En ocasiones colocaba la rodilla contra la pared como punto de apoyo y poder alcanzar puntos en apariencia inaccesibles, utilizó todos sus recursos para poder seguir ascendiendo sin caer al vacío. 
“Luché por conseguir poseer lo inaccesible, cometí una locura para conseguirla a ella lejos de esa torre, pero no pude siquiera tocarla, ella me rechazó y yo caí. Pero ella no es esta roca. La roca permanece inmóvil permitiendo que la agarre con fuerza, puedo alcanzar cualquier soporte y usarlo para ascender. No puedo permitir que estas rocas me tiren al suelo como hizo ella, soy un caballero de la Guardia Real, soy su protector y voy a buscar mi espada”.
  
 La espada no vale nada si no se sabe usar y él había sido el que había empuñado la espada que era aquel mercenario para ponerla a salvo. Ella se había enamorado de la espada como solo un caballero podía hacerlo. No sabía apreciar lo que había hecho él para que esa espada le rompiera sus cadenas, pero ahora no era eso lo que importaba. Honor, el código de honor que aquel caballero al que sirvió le enseñó era lo que tenía que importarle, de la misma forma que tenía que importarle que aquella mujer fuese feliz. Por eso empuñaría la espada las veces que fuese necesario, aunque sus destellos la hipnotizasen olvidándose de su portador. Él cumpliría su cometido.

 No pensó ni por un momento en fracasar, siguió subiendo haciendo esfuerzos sobrehumanos, sudando como nunca había sudado, sintiendo dolores en las extremidades que no eran normales, con partes de los guantes rotos,  algunos dedos ensangrentados y el peso de la armadura recordándole lo estúpido que era por empeñarse en escalar con acero en su cuerpo. Llevaba más de dos horas escalando, haciendo descansos no muy largos y deseando que ese ascenso a los infiernos terminase algún día.

 Llegó a una superficie horizontal después de casi cuatro horas de escalada en las que creía iba a morirse, no sabía si deshidratado, agotado o golpeado contra el suelo. No podía creer que pudiese tumbarse y descansar. Con las manos libres podía por fin beber un poco de agua que había llevado para su viaje y comerse una manzana podrida. No le gustaba beber esa agua y menos después de lo que le había pasado con la cerveza de aquella taberna. Todavía sentía cierta molestia en el estómago y lo que menos quería era cagarse mientras escalaba. Descansó más de lo que le hubiese gustado, unas dos horas, tiempo que la princesa pasaba con aquel traidor. Al levantarse, antes de reiniciar la escalada decidió seguir caminando por la superficie horizontal hasta llegar a un recoveco, la boca del titán y sus dos lenguas.
  
 Se maldijo a si mismo cuando vio la escalera del valle, había pasado cuatro horas escalando para nada. Si lo hubiese sabido podría haberse adentrado en el desolado valle y subir a la boca sin esfuerzo.  La otra lengua de piedra era larga y se extendía muchas millas al norte, estaba deteriorada y parecía interminable. Solo se podía imaginar su fin porque podía verse el gran volcán a lo lejos. Allí estaba el auténtico trono y un traidor mentiroso sentado en él. Quién sabía si no estaba muerto ya y habían conseguido evitar que la noticia volase a la ciudad impenetrable. Le constaba que tenía un hijo y una hija. ¿Y si gobernaba alguno de los dos por él? No tenía sentido. ¿A que esperarían entonces, a que la defensa cayera por si sola?

 Todo era absurdo, el reino estaba desgobernado por culpa de un hermano que se empeñó en gobernar lo que no le pertenecía. Pero ese no era ahora su camino, su camino estaba más arriba, en el punto más alto del reino, una montaña más pequeña que muchas de las del inexplorado norte. Tal vez, cuando volviese ante su rey para responder por sus delitos y pecados le permitiese realizar una misión suicida para recuperar el honor. Adentrarse en la antigua capital para comprobar la situación e intentar matar al falso rey. Él era un caballero, no un explorador o un espía, moriría en el intento, pero moriría sirviendo a la corona.

 Era el momento de continuar. Se aseguró de que no hubiese escaleras ocultas en la roca y, después de maldecir de nuevo su estupidez, puso rumbo a los ojos de la gigante roca. Se notaba el descanso, pero la subida seguía siendo ardua. Esta vez se había quitado los guantes, pero se mantuvo con la armadura puesta, no podía quedarse ahora sin su única protección por mucho que le dificultase el ascenso. Además, las canilleras le servían para protegerse de la roca y apoyarse sin miedo a hacerse daño con piernas y brazos.
Diez minutos después del ascenso reiniciado el caballero cometió un error, no se agarró con la suficiente firmeza y cuando se soltó con la otra manó para sujetarse a otro recoveco, la única mano que agarraba en ese momento la roca se resbaló cayendo hacia atrás sin poder encaramarse de nuevo. El golpe que se dio en la espada contra la superficie horizontal fue doloroso, por suerte su cabeza no impactó contra roca ya que quedó sobresaliendo de la superficie, lo que le produjo un fuerte dolor de cuello. Tardó casi media hora en recuperarse y en verse con fuerzas para intentarlo de nuevo. “Soy un caballero de la Guardia Real”, se repitió y volvió a encaramarse en la roca.

 Tres horas después podía rozar ya los ojos. Si cometía un error como el de antes sería mortal, no podía permitirse fracasar. Se pensó muy bien donde agarrarse, avanzó con sumo cuidado y finalmente se colgó en la cuenca del gran ojo de la roca. Cuando entró en la pequeña cueva sintió una profunda decepción. Era un espacio angosto que terminaba pocos pasos después de donde empezaba y allí no había nadie, en ninguno de los huecos. El mercenario les había mentido o ellos habían interpretado mal su mensaje. Se sentó en la roca con las manos en la cara pensando en lo estúpido que había sido confiando de nuevo en aquel mercenario, en cómo había fracaso y en lo que le esperaría a partir de ese momento a la princesa.

 Sin poder contener su enfado agarró una piedra y la tiró contra la pared de su derecha. Al caer al suelo la piedra no hizo ningún ruido, su descenso se prolongó varios segundos hasta que se oyó el eco de su impacto. El caballero se levantó y comprobó que no había suelo junto a la pared del fondo, la cueva decencia hacia la más absoluta oscuridad. Allí tenía que estar oculto aquel mercenario, pero ¿cómo bajaría hasta allí?  Entonces lo vio, a sus pies había un enganche metálico incrustado en la roca y atado a él una cuerda por la que no dudó en bajar verticalmente apoyando los pies en la pared y agarrándose con firmeza a la cuerda. La oscuridad le envolvió, se sentía indefenso y más sabiendo que un sucio mercenario acechaba en las sombras. Después de varios minutos bajando sin mucha dificultad llegó al suelo. No veía absolutamente nada, no sentía el aire y el frío le calaba los huesos. Buscó la pared con la mano y se movió muy despacio sin separarse de ella mientras la otra acariciaba el puño de su espada.
  
 No veía nada, solo sentía. Sentía la áspera y fría roca en su mano, el pegajoso y también frío sudor en su frente y el afilado y más que frío acero en su cuello. Tenía que ser él.
-Ni un paso más.-Era una voz ronca que no conocía.
-¿Sois el mercenario?
-Que considerado por tu parte, pero tú eres el intruso y el que pregunta aquí soy yo.-La frase pronunciada con aquella voz le dio un escalofrió.
-Solo soy un caballero de la Guardia Real.-Mientras se presentaba extraía con mucho cuidado el filo de su espada de la vaina.
-Un caballero con ansias de hacer honor a su nombre y también de morir en la más absoluta oscuridad.-El desconocido asaltante pasó su mano libre por el dorso de la mano con la que sujetaba la espada-.Suéltala y no hagas más estupideces.-El caballero le obedeció, la soltó y el desconocido fue quien le extrajo la espada de la vaina.
-No quiero haceros daño.
-Ni puedes, amigo intruso.
-Ni puedo.-Repitió dándole la razón para evitar problemas.
-Así que un caballero de la Guardia Real ¿eh? Creía que os habíais extinguido con la guerra y mira tú por donde va a parar uno aquí. ¿Sabes, llevo mucho sin dar caza a una presa tan apetecible como tú? ¿A que sabrá un caballero real? A mierda, a que va a saber un hombre que sirve al rey.-A mierda sabría después de la diarrea que sufrió en la taberna, sin duda.
-No asustes al pobre hombre, que se va a cagar en los pantalones.-Dijo otra voz desconocida-. ¿Qué hacemos con él?
-Primero vendarle los ojos y encender las antorchas de nuevo.-Volvió a hablar el que sujetaba el puñal sobre su cuello.

 Sintió como una tela se posaba sobre sus ojos anudada con fuerza. Después el negro se fundió en naranja, pero seguía sin ver nada. Le condujeron por una especie de pasadizo mientras hablaban de lo concurrida que estaba últimamente la montaña. ¿Estaría la antigua capital mandando exploradores más allá del valle? Después de tropezar varias veces con rocas salientes por el camino le detuvieron.
-Al final el viajero ha hecho una paradita en nuestra humilde morada, aunque siento decirte que viene solo.-Anunció el hombre que le había cogido desprevenido.
-¿Qué le habéis dicho? Desprende cierto olor a...mierda.-Dijo un tercer desconocido mientras hacía un exagerado ruido olfateando el aire.
-Pues es verdad...empezaba a pensar que era yo. Llevo demasiados días aquí metido y cada vez me da más pereza alejarme para hacer lo que la madre naturaleza me obliga.-Anunció el segundo hombre.
-Se debió de cagar cuando le dije que me lo iba a comer. La risa del segundo hombre resonó por toda la estancia. -Tranquilo hombre, solo te mataremos.
-Venga chicos, creía que no matabais así porque sí.-Una cuarta voz.
-Dilo por vosotros. Esta montaña es mía, a los intrusos los mato.-El dueño de la primera voz volvió a poner el cuchillo en su cuello.
-No hasta que descubra que ha hecho con ella.-Esa cuarta voz sí la conocía-. ¿Ya has perdido la mercancía que me solicitaste?
-¡Ella no es ninguna mercancía!
-Eso decía el contrato...
-¡No podía poner en un documento por escrito que te llevaras a la princesa!-No llevaba ni un minuto hablando con él y ya le había desquiciado.
-Así que este es el amiguito del que hablabas.-La tercera voz se acercó a él-.Mírale...un cobarde como tú no merece ser llamado hombre. Si quieres que el pececillo se coma la almeja tienes que meterte en el mar.
-No tienes idea del lugar del que vengo.
-Ohh, pobre. Un caballero de la Guardia Real ha debido de sufrir muchísimo rodeado de doncellas, banquetes y camas de plumas, mis disculpas, ser.-Se mofó la tercera voz.
-¿Qué va a saber alguien como tú, que te escondes en un oscuro agujero como una apestosa rata?. Con sus oídos no fue suficiente para percibir el puñetazo antes de que se lo diese. Volvía a estar tirado en el suelo, pero esta vez no se lo haría encima.
-Cuidado con lo que sale de tu boca de caballero, las ratas pueden matarte antes de que puedas darte cuenta.
-Pégale todo lo que quieras, pero el que le rajará el cuello seré yo.-El de la voz ronca parecía no pensar en otra cosa.
-Quietos, hombre. ¿Qué va a pensar de nuestra hospitalidad? No le dejéis sin dientes antes de que pueda decirme qué ha pasado con su amada princesa.-Y él pensando que el mercenario era de la peor calaña.
-No te importa...
-¿Entonces a que has venido? ¿A que te matemos?  no seas estúpido y orgulloso, hombre.
Era cierto que había ido allí buscándole, ¿pero qué le esperaba a la princesa con gente de tal bajeza? Además, reconocer ahora que se habían llevado a la princesa delante de sus narices le dolía más estando aquellos tres hombres presentes. Pero en esa situación no podía hacer otra cosa, y podría ser lo único que le sacase de allí con vida
-Vengo a contratar tus servicios...de nuevo.
-Ja,ja,ja,ja.-No identificó de quien era la risa puesto que no dijo nada tras ella, pero parecía ser de nuevo la segunda voz la que soltaba tal carcajada.
-¿Qué tipo de encargo solicitas?
-Rescate.
-¿No es secuestro esta vez?
-Nunca lo fue.
-Ya...Bien, ¿tenéis el dinero para pagarme?
-¿Dinero? Se trata de la princesa, esto ya es personal. ¿Acaso no la quieres rescatar tanto como yo?
-Tú mismo lo dijiste, esto es un contrato. Si hay algo que le dejé claro a la princesa es que mis objetivo se antepone ante todo, sobre todo ante las mujeres, y mi objetivo es conseguir dinero realizando misiones que me encarguen. Por lo tanto la misión está por encima de la princesa.
-Pero la misión es rescatar a la princesa.
-Para lo que quiero una recompensa
-Ella te quiere, incluso quería que la trajera aquí y tú...-El caballero no salía de su asombro.
-Ella quiere matarme, es su misión, cada una tiene la suya. Contaba con que la cumpliese o por lo menos que lo intentase, por eso os di la pista sobre el escondite, suponía que no negarías nada a tu princesa y tampoco traerla aquí. Sino consigue matarme necesitaré dinero después de cumplir mi misión de rescatarla para seguir viviendo. ¿No? Son las condiciones de un contrato, yo realizo un servicio que no me beneficia personalmente y tú me pagas.
-¿Y esperabas que escalase esta montaña ella sola?
-Con tu ayuda. Si algo intenté en el viaje fue que se valorara más y fuese de utilidad, creo que la infravaloras demasiado.
-Hasta yo estuve a punto de matarme.
-Hasta tú...lo dices como si fueras alguien a tener en cuenta.
Seguía empeñado en humillarle, pero no le importaba. Si la princesa quería realmente ir allí para matarle se quedaba más tranquilo.
-Bien, te pagaré, pero la mitad que la otra vez. Esta vez iré contigo.
-¿Tú conmigo? No es habitual en un contrato y tú más bien serías una molestia.
-Me necesitarás en caso de que haya que adentrarse en la ciudad impenetrable, soy el único que puede entrar. Haré salir al caballero que se la llevó al exterior para que tú te encargues de él mientras yo saco a la princesa.
-No sé como funciona el escudo de la ciudad, pero es probable que ya no puedas traspasarlo como si nada, eres un traidor, ¿o se te había olvidado? Aunque antes de que digas nada creo que ir a la ciudad impenetrable es ir al lugar equivocado.
-¿Qué sabes tú?
-Sé que hace tan solo unos días una montura llevaba encima a dos jinetes, no te creas que pasamos todo el día metidos en esta cueva. Creía que serías tú con la princesa, pero resulta que era su secuestrador. Te aseguro que no hay muchas posibilidades, todo esto está desierto.
-¿Por qué querría llevarse él a la princesa a este lugar?
-Cuando dices él ¿te refieres al anciano o al de la coleta?
-¿No podía ser otro secuestrador?
-Aunque seas un inútil sigues siendo un caballero de la Guardia Real, no creo que cualquier te quitase tu mercancía.-“En el estado en el que estaba hasta otro borracho podía haberse llevado a la princesa sin que yo pudiese hacer nada”.
-En efecto...fue el de la coleta.
-Me lo imaginaba...Bien, pues debemos empezar con los planes para entrar en la ciudad volcánica.
-¿En la ciudad volcánica? ¿Estás loco?
-Más loco estás tú pretendiendo entrar en la ciudad impenetrable como sí nada ¿no crees? No creo que nadie cruce esta montaña para contemplar las vistas, ese caballero intenta ganarse el favor del otro rey.
-Pero...no conocemos el terreno, no será tan fácil como meterte en la ciudad impenetrable.
-Nosotros no lo conocemos pero él sí.-Si había señalado a alguien no podía verlo con los ojos vendados.
-Solo fui un par de veces, prefería la montaña, pero creo que podría ofreceros algo de información.-Era el de la voz ronca, eso no le gustaba.
-Yo también pasé varios días allí antes de convertirme en mercenario.-Ahora el que le había pegado el puñetazo, la cosa se ponía fea.
-Bien, trazaremos un plan y actuaremos cuanto antes.
-¡Espera! ¿Van a venir ellos?
-Hace mucho que no realizamos un contrato juntos-dijo el de la tercera voz dirigiéndose a alguien-, y si puedo ayudarte, yo encantado.-Suponía que hablaba con el mercenario.
-Yo hace tiempo que no desgarro la carne de alguien, estoy harto de cazar animales.-No se fiaba del de la voz ronca.
-Pues yo no pienso quedarme aquí, además, será un placer viajar con mis mentores.-También el dueño de la segunda voz y aquella risa escandalosa.
-¡Entonces el dinero de la recompensa será menor!-No necesitaría el dinero cuando muriese ante uno u otro rey, pero era el orgullo hacia esos mercenarios lo que le impedía ser generoso con la cantidad de oro que ofrecía.
-Al contrario, será más, pues somos más. No hace falta ser un ilustre caballero para saber eso.-La tercera voz volvía a acercarse. Esta vez, arrodillado en el suelo apartó la cara por miedo a recibir otro golpe.
-El contrato lo tengo con él, no con vosotros. Si el mercenario recibe ayuda se rebajará el precio.
-Pero como no ha firmado nada y casi todos somos mercenarios aquí, el contrato se modifica y se paga por igual a los cuatro contratados. ¿Te parece bien, caballerito?
-Es una misión de rescate limpia en la que predomina la infiltración, no el combate abierto. Cinco personas seremos un estorbo.
-Tú serás un estorbo, nosotros sabemos lo que hacemos.
-Y de limpia nada, amigo intruso, yo voy a ensuciar con sangre mi cuchillito.-No sabía si soportaba menos su voz ronca o lo que decía. Ese hombre parecía matar a cualquiera con tal de desahogarse.
-¡He dicho que...!-Entonces pensó hacía donde iban y la gente que iba a ir con ellos-.No...sí, podéis matar, de hecho debéis matar. Vamos a entrar a la ciudad volcánica. Si entramos no podemos desaprovechar la oportunidad, no solo rescataremos a la princesa, otros se encargarán de asesinar a un rey.-Nadie dijo nada, por lo que tardó en saber que les pareció sin poder ver sus rostros.
-¿Pretendes que matemos al rey de la ciudad volcánica? Deberías saber que las guerras no nos interesan.-Le informó el de la tercera voz.
-Pero sí el dinero.-Que raro que esas palabras saliesen de la boca del mercenario-. Si además de rescate añadimos un asesinato, el contrato se amplia y con él el dinero. Y si se trata de asesinar a un rey...espero que tengas mucho dinero.
-Lo tengo, os daré todas las bolsas de dinero que llevo encima y me aseguraré de que el rey os pague.
-Pero ¿no es al rey al que vamos a matar?-Preguntó la segunda voz.
-Vamos a matar a un rey, el otro será el que os pague.
-Y ¿cómo pretendes pedírselo? No creo que le apetezca pagar a un traidor por mucho que le haga el trabajo sucio.
-Eso si supiera que soy un traidor. Si el caballero que ha secuestrado a la princesa no ha ido a la ciudad impenetrable mi rey no sabrá la verdad, solo tiene especulaciones. Le diré que huí para dar caza a su hermano y que no podía informarle siquiera a él por lo peligroso de tal misión. Después le pediré dinero de las arcas y os lo daré gustoso, podéis confiar en mi palabra.
-Este tío empieza a gustarme.-Reconoció la segunda voz.
-Por lo menos esta vez se tirará de cabeza al mar aunque sea junto a unas ratas como nosotros. Y si es verdad que nos paga bien dejaré de darle los puñetazos en la cara, no vaya a ser que su rey no le reconozca y nos quedemos sin cobrar.-Era gente extraña, sucia, sin moral ni ningún código, pero en ese momento les empezó a ver de otra forma, aunque no podía ver todavía nada por culpa de la santa venda que no le quitaban. Esos hombres podían ser su salvoconducto.
  
 Cuando le quitaron la venda el panorama no mejoró. La cueva estaba sucia y la luz de las antorchas no era lo que se dice acogedora. Era un lúgubre agujero habitado por personas lúgubres. La voz ronca pertenecía a un hombre con el pelo largo y grisáceo, una cara en la que las arrugas se mezclaban con varias cicatrices y una de ellas le atravesaba un ojo totalmente blanco que le otorgaba un aspecto temerario. Era delgado, casi esquelético, pero a pesar de ello parecía enérgico, incluso con aquella edad parecía poder moverse con agilidad.
  
 El de la risa escandalosa era el más joven de todos, su rostro no denotaba maldad alguna y se estaba intentando dejar barba, que no era más que una pelusilla ridícula, ridiculez que aumentaba con ese tono naranja que tenía su pelo alborotado. El que le había pegado el puñetazo parecía de la misma edad que el mercenario, tenía una barba muy parecida y era más o menos de su misma estatura, pero al contrario que el mercenario él era moreno, tenía el pelo más corto y peor peinado y su rostro no intentaba ser amable. Le miraba con desprecio mientras que a los demás mostraba una sonrisa que parecía contagiosa entre mercenarios y secuestradores, aunque la suya era diferente a la del mercenario y el caballero de la coleta, la suya era una sonrisa que no acompañaba con la mirada, una sonrisa que no mostraba soberbia, confianza o cierta amabilidad oculta en oscuras acciones, la suya era una sonrisa desconfiada, una sonrisa de desprecio.

 El mercenario seguía como siempre, a decir verdad mejor que nunca. Ya no llevaba esas ropas de campesino, se había curado bien las heridas y mostraba un mejor aspecto y vitalidad. Todos llevaban ropas sencillas y cómodas, pero bien preparadas para el combate. Juntos habían planeado los movimientos que realizarían para rescatar a la princesa y asesinar al rey. Le hubiese gustado un plan tan preciso y calculado como el que tenía cuando el mercenario se adentró en la ciudad impenetrable, pero no era tan fácil. Algo que no dejaba de resultar irónico teniendo en cuenta que la ciudad volcánica no tenía el nombre de impenetrable.

 La estrategia parecía efectiva sobre el papel, pero ejecutarla era ya otra cosa. Se dividirían en dos grupos. El primero estaba compuesto por él mismo y el mercenario moreno. Cruzarían el largo puente de piedra hacia la cima del volcán, donde había una mayor seguridad. Él mentiría diciendo que llevaba información de la ciudad impenetrable que podía ser de ayuda y un mercenario como prisionero. Contaba con que el de la coleta estuviera allí, así que tendría que pensar muy bien qué decir sobre el secuestro de la princesa en su ciudad y sobre los falsos planes que tenía.
  
 Mientras, el segundo grupo compuesto por el mercenario, el viejo de la voz ronca y zanahorio, como le llamaban los demás, se adentrarían en la ciudad por los túneles bajo la montaña cerrados después de la guerra. Para ello tendrían que bajar de nuevo la montaña y descender hacia la llanura situada entre volcán y montaña. Posiblemente hubiese poca vigilancia en esa entrada ya que la tenían sellada, pero entre los tres se las apañarían para abrirla y pasar al otro lado eliminando en silencio a los guardias pertinentes. Ellos se encargarían de llegar a las celdas, que según decía el viejo se encontraban bajo la roca volcánica del castillo. Mientras él y su compañero eliminarían al rey. Habían planeado como hacerlo, incluso habían practicado a manejarse con las manos atadas. Había que estar preparado.

 Al día siguiente dejaron todo a punto. Repasaron el plan y siguieron practicando unos con otros tanto acciones sigilosas como combates directos. El viejo de la voz ronca daba saltos por la roca para desoxidarse un poco, desde luego se movía con rapidez y en silencio trepando por superficies tan irregulares. Él se masajeaba piernas y brazos como podía para aliviar el dolor de las agujetas y se limpiaba las heridas de los dedos con algo de agua filtrada en la roca que también se echaba en mejilla derecha sobre el moratón que le había causado el puñetazo. Después se dirigió hacia el mercenario, que le estaba dando unas pautas a zanahorio para ser lo más silencioso posible y esperó a que acabase con él
-¿Seguro que son lo suficientemente buenos?-El caballero sabía que la misión era muy peligrosa.
-Me pregunto lo mismo de ti.-El mercenario sonrió levemente.
-Deja las pullas y habla en serio por una vez.
-Siempre hablo en serio aunque no lo parezca.
-¿También hablas en serio cuando dices que son buenos?
-Completamente. Zanahorio vino aquí hace no tanto, pero entre mi amigo y yo le entrenamos y ya ha trabajado en algún contrato él solo, tiene que pulirse, pero así empecé yo. Mi amigo es un mercenario como yo, de los mejores. Nos conocimos en un contrato coincidente. Diferentes contratos que nos llevaron al mismo lugar y a dos objetivos reunidos.
-¿Y el otro?
-El otro es el único que no es un mercenario, pero es mejor que cualquiera de nosotros, podría habernos matado si no llegamos a superarle en número.
-¿Mataros?
-Cuatro mercenarios fuimos contratados para adentrarnos en esta montaña y explorarla. Eran clientes que simplemente querían estudiar este lugar, pero no se atrevían a adentrarse en él. ¿Sabías que muchos creían que había monstruos de la oscuridad y que eran los mismos que los que se comieron las cordilleras que desaparecieron? Cuentos de brujas, claro. Solo había hombres del valle que sobrevivían como podían.
-Hombres del valle...
-Exploradores que se encargaban de la vigilancia y la caza cuando éste era un lugar habitable. Escalan como nadie y son muy peligrosos, antes de que puedas verlos ya han saltado sobre ti. Al igual que pasó contigo nos consideraron intrusos. Dos de nuestros compañeros mercenarios, a los que hay que decir que no conocía de nada, les mataron. Ellos eran tres. Nosotros matamos a dos de ellos, este sobrevivió cuando solo quedábamos mi amigo y yo.
-Entonces se rindió.
-Je,je. No, mi amigo tiene una cicatriz para demostrarlo. Cuando le arrinconamos e íbamos a matarle se echó a reír y reconoció que éramos buenos, que la montaña era nuestra. Nos hizo tanta gracia que le dejamos vivir y nos quedamos con él.
-¿No tenéis miedo a que una noche os rebane el cuello?
-Si no lo ha hecho ya no creo que lo haga ahora. Se divertía con nosotros y le gustaba nuestra forma de luchar. Nos acogió en su cueva, que nos sirvió de guarida.
-Creía que no tenías hogar.
-Y no lo tengo, como te digo es una guarida, no un hogar. Mi hogar es el mundo y todas las tabernas que hay en él, aunque muchas veces prefiero la intemperie. Por aquí pasamos de vez en cuando para esconder algo, escondernos nosotros si se tercia o simplemente pasar un buen rato. Como buen explorador que es no deja de vigilar la montaña y a pesar de la altura sabe distinguir quien va hacía ella, así que no puede entrar cualquiera y sabe cuando somos nosotros los que nos dirigimos a ella. Aquí oculté mi auténtica espada, por eso no me molesté en pedir al caballero de la coleta que me la devolviese, esa era de la Guardia Real. Lo malo es que ahora tenemos un enemigo con dos espadas.
-Es mejor saber manejar una espada que empuñar dos sin tener ni idea.
-Bien dicho, aunque me parece que nuestro joven amigo sabe muy bien empuñar su espada.
Era la primera vez que mantenían una conversación normal desde que se conocieron, así que tenía que aprovechar.
-Mercenario...
-Tres de los que estamos aquí lo somos, tendrás que atinar más.
-Nunca me has dicho tu nombre.
-Ni tú el tuyo.
-Cierto...
-Ni lo quiero. Los nombres no dicen nada de nosotros, menos incluso que los títulos o nuestra apariencia física. Los nombres no hacen quienes somos y no son más que una carga imborrable, es mejor olvidarlos.
-Entonces como quie...queréis que os llame.
-No hace falta que recuperes los modales de repente, ni tampoco que me llames de ninguna forma, simplemente di lo que quieras decirme.
-No la mates...por favor.-Fue tan repentino como educado.
-Eso no es decisión mía.
-¿Cómo no va a ser decisión tuya si lo primero que haga al liberarla es ir a por ti?
-Es la misión que se ha autoimpuesto, matarme por unirme a la barbarie de la ciudad, tiene que cumplirla con todas sus consecuencias. Es lo que ella quiere, decidir sus propias metas aunque jamás las alcance, luchar por ellas.
-Pero no tienes porque matarla.
-Si fracasa será lo mejor para ella y para mí. No puedo vivir toda la vida amenazado por una mujer y ella no puede vivir sabiendo que es incapaz de conseguir nada.
-Pero no es más que una niña.
-No es una niña, ni una princesa, ni una mujer, ni tiene nombre. Recuérdalo, no somos nada ni nadie hasta que demostramos serlo, y ella ha decidido ser mi asesina o una más de mis víctimas.
-¡No!-El grito fue un susurro ahogado y el agarre fue prudente para que nadie se diese cuenta.-No voy a permitir que la mates, la quiero con todo mi corazón.
-Pero el suyo no importa ¿no? Mira, te puedo asegurar que no he vuelto a amar a una mujer desde hace muchos años y que tanto como amar me cuesta olvidar ciertas cosas y recordar otras, pero ella me hizo ver las cosas de otro modo, consiguió recordarme a una mujer del pasado. No he dicho que vaya a disfrutar matándola, pero así es la vida. Despierta de esa novela de caballería en la que vives, la vida no se simplifica a si vencemos a nuestros enemigos y nos quedamos con nuestra amada, la vida es muy jodida cuando sales ahí fuera. La princesa ya lo ha descubierto, veo que tú todavía no. Si quieres llegado el momento mátame, pero al quitarla su objetivo tú te convertirás en el nuevo.
-Has creado un monstruo...-No sabía si soltarle o acabar la conversación con un puñetazo como harían ellos.
-No...solo he despertado a la bestia que había en ella, la misma bestia que tanto has contenido tú todos estos años.
-Entonces, cuando el contrato sea completado seré yo quien te mate, una nueva etapa está a punto de llegar al reino y quiero que la princesa viva para verla.
-Me parece bien, juguemos. Solo te recuerdo que yo llevo muchos años en el juego y que jamás he perdido.
-Déjate de juegos. Esto es serio, mercenario.
-Tan serio como la propia vida. Espera...fue la vida la que se mofó haciendo que incluso ante la adversidad tuviese la suficiente suerte como para cumplir mi misión mientras tú a la primera de cambio perdías a la princesa que tanto amas. La vida juega con nosotros, somos nosotros los que decidimos si ser sus fichas o jugar con ella.
-Juguemos entonces.-Si jugaba por la princesa confiaba no en su suerte sino en la de ella, por eso estaba tan seguro de lo que decía-. Te juro que aunque sea por primera vez en tu vida, fracasarás una misión. Perderás el juego.

 Cuando estaba anocheciendo subieron por la cuerda hacia los ojos de la montaña de nuevo. Después desataron la cuerda y la ataron a un gancho que ni siquiera había visto al otro lado de los ojos cuando había subido, lo que hizo más sencillo el descenso hacia la boca. Empezaba a ponerse nervioso mientras bajaba por la cuerda, jamás pensó que su propio egoísmo y el amor que sentía hacia la princesa le llevaría a liderar una misión tan importante para el reino como esa. Jamás pensó que se alegrase de contar con la ayuda de cuatro mercenarios, sobretodo porque esta vez él iba a participar también.

 Había desconfiado de ellos, pero el mercenario le aseguró que eran buenos, el que más peligroso parecía era precisamente el único que no era un mercenario. Aquel explorador asalvajado del valle era quien indirectamente le había dado la idea de asesinar al rey aprovechando el rescate, por fin esa gentuza hacía algo productivo por el reino.

 Una vez llegaron al puente de piedra sus caminos se separaron. El mercenario, zanahorio y el explorador bajaron por la escalinata para acceder al túnel de entrada a la llanura y muchas millas más allá bajo el puente, al túnel del volcán. El continuó el viaje junto al amigo del mercenario, que fingía ser un preso con las manos atadas con una cuerda. El puente de piedra era traicionero, lleno de recovecos peligrosos por los que colar la pierna fácilmente. Calcularon que recorrer ese puente caminando con cuidado les llevaría unas seis horas. Habían comentado que si el caballero llevó por ese puente a la princesa y al caballo, puesto que no lo vieron en ninguna parte por la montaña, tardarían por lo menos dos horas más ya que había que reducir mucho más el ritmo y descansar para que el caballo no se alterará en un lugar tan inusual para él como ese.

 Tres horas pasaron en total silencio. Concentrados en el camino, en no dar un mal paso y en llegar cuanto antes. Miraron hacia abajo y vieron tres puntos moverse con rapidez por la llanura desolada, ellos también tardarían bastante en recorrer esa distancia a pie, aunque por lo menos podían correr. Las tres horas siguientes cruzaron más palabras de las esperadas.
-Puedo entender lo que ganas sacando de allí a esa princesita, pero no entiendo que te puede importar lo que le pase al reino.
-No hace falta que lo comprendas, ya sabemos que os encanta vivir al margen de la ley. Os da igual qué pueda pasar con la gente normal.
-Claro, por algo somos unas ratas ¿no?
-No me gusta insultar a la gente, pero eso demostráis ser a menudo.
-Si supieras lo que hay tras estas ratas no nos juzgarías tan a la ligera.
-Cuéntamelo y puede que no lo haga.
-¿Pretendes que te amenice el viaje con una historia de mi cruel pasado para que te apiades de mi miserable vida y comprendas mis motivaciones para convertirme en un mercenario? No, gracias, no te daré ese placer.
-Entonces será mejor que sigamos interpretando nuestros papeles de preso y captor.
-Sin olvidar que no soy tu preso, espero que recuerdes que puedo desatarme con facilidad de este nudo.
-No te preocupes, solo espero que sepas manejar la espada a la hora de la verdad. No es lo mismo un entrenamiento que un combate real.
-Yo solo espero que no me la claves por la espalda.
-Soy un caballero de la Guardia Real, no soy como vosotros.
-Con más motivo, caballerito. No me fío.
-Para mí es muy importante el honor y...
-No me vengas con eso, traicionaste a tu rey, contrataste a un mercenario, ahora contratas a cuatro y pretendes asesinar a otro rey engañándole primero y secuestrando a una princesa después. No sé que tendrás de caballero, pero de honor andas escaso.
Lo peor es que tenía razón.

 A las seis horas de viaje podían ver ya el interior del volcán y a los guardias patrullando apuntándoles con arcos.
-¡¿Quién va?!
-Soy un caballero de la Guardia Real con un preso que os interesa.
-¿Un caballero de la Guardia Real? Están todos en el castillo según mis informes.
-Vengo de la ciudad impenetrable con información que interesará a vuestro rey.
-¿De la ciudad impenetrable? ¿Qué tipo de información? ¿Y quien es el preso?
-Información sobre los movimientos del rey y sus planes para derrotar a su hermano. También traigo la fórmula de su defensa y la forma de destruirla. El preso es un mercenario que me ayudó en un trabajo, pero que ha de responder ante el rey por sus delitos anteriores.
-¡Antes de pasar tendrás que deponer tu espada y nosotros informar a nuestro rey!
-Como queráis.-Solo esperaba que todo saliese bien.

 El rey finalmente les dio audiencia. La sala del trono era mucho más triste y oscura que la de la ciudad impenetrable y el trono mucho menos majestuoso, incluso era feo, hecho de piedra volcánica. En la sala del trono de la ciudad impenetrable la sensación era de satisfacción, estaba allí para proteger al dueño de ese trono, el poder del pueblo, del reino, él era su espada. En la sala del trono volcánico todo era muy diferente. Se sentía sucio, un vil mentiroso, un criminal. Se sentía tan farsante como el rey que se sentaba en el trono, pero sobretodo sentía miedo por lo que iba a suceder, el más mínimo error supondría un fallo total, y no estaban tan preparados como le gustaría. Era una sensación extraña de desprotección que no podía hacer desaparecer, pero tenía que concentrarse. Si todo salía bien nada sería igual en el reino. Sería su salvador.
  
 El viejo rey tosió interrumpiendo sus pensamientos. Se acomodó en el asiento y le miró fijamente con unos ojos que incrementaron ese sentimiento de desprotección.
-Dices que vienes de la ciudad de ese bastardo con información y un preso.
-Así es, alteza. El preso no tiene mucha importancia, pero actuaba con uno de los mercenarios más buscados y creí pertinente traéroslo para que lo juzgaseis.
-Hiciste bien. Ahora dame una razón para que no te juzgue junto a él.
-Información.
-Dámela y pensaré qué hacer.
-Necesito que me aseguréis protección en la ciudad.
-¿Estás desconfiando de mi palabra?-Frunció el ceño tanto que por un momento pensó que le iba a matar tan solo con la mirada.
-No mi señor, pero como comprenderéis...
-¡No! No comprendo nada. De repente aparece un caballero de la guardia de mi hermano de la nada diciendo que me trae información justo unos días después de que llegue mi hijo con mi sobrina. Pues no, no comprendo nada ¡Demasiadas casualidades! Y yo no soy ningún estúpido.
-Es sencillo, padre.-El joven de la coleta entró como si nada en la sala del trono.-Os está engañando aprovechando que le quité su mercancía, solo quiere recuperarla.
-¡No vuelvas a interrumpir una audiencia empezada! O llegas a tiempo o no te molestes si quiera en entrar, maleducado.-El caballero de la coleta se disculpó intentando sin éxito que no se le notase la humillación que sentía. No hubiese dicho nunca que ese joven caballero era el hijo del falso rey, el sobrino de su rey, eso explicaba muchas cosas. Lo tuvo fácil por ser el hijo de quien era, en cambio él era un simple caballero traidor. La cosa no pintaba bien.
-Considero importante, mi rey, que sepáis que él contrató a otro mercenario para sacar de allí a vuestra sobrina y comenzar con ella una idílica historia de amor.
-Cierto es que contraté a otro mercenario, pero no os he mentido. Este me ayudó con cierta información sobre la red de mercaderes en la que el otro mercenario se infiltró. Mi plan era sacar de allí a la princesa para traérosla a vos, pero no me fiaba de nadie, por eso ni siquiera le conté a la princesa lo que planeaba. El mercenario al que contraté se fue sin poder hacer nada para cogerle y traerle ante vos, pero puedo contaros dónde se esconde para que vayáis a por él.
-Le estamos esperando...amigo. De hecho creía que lo traerías tú dispuesto a rescatar a la princesa, y sigo pensando que es lo que pretendes, esto no es normal.
-¡¿Te he dado yo acaso permiso para hablar?!-Gritó el rey-¿Que información es esa que me traes?
-El rey está planeando un ataque a vuestro castillo para...
-¡El no es el rey! Si quieres servirme no te vendría mal recordarlo.
-Perdonad, alteza. El caso es que...vuestro hermano está preparando un ataque y no tardará en mover sus tropas hacia aquí ahora que la princ...vuestra sobrina no está con ellos.
-Es lo que estábamos esperando, pero ya estábamos preparados. Además, en este volcán es imposible pillarnos por sorpresa con un ejército. No me interesa vuestra información. ¡Ya no me sirven, lleváoslos y matadlos a los dos!
-¡Espera!-Cuanto más tiempo ganase, mejor-. Mi señor...también sé como destruir la defensa absoluta de la ciudad impenetrable.
-¿Pero tú con quien crees que estás hablando? ¿Crees que no sé de sobra desde hace años como se destruye esa defensa? Solo estoy esperando el momento adecuado. ¡Apartadlos ya de mi vista! no aguanto tenerles frente a mi más tiempo
-¡Necesitáis espadas! Os vendríamos bien.-Insistió el caballero.
-Necesito espadas, en efecto, pero no las vuestras. ¿Qué tipo de rey sería si no contase con espadas a mi cargo? No creas que me voy a fiar de un caballero traidor y de un mercenario. No me fió ni de mi propio hijo.-Ni siquiera se dignó a mirar a su descendiente, que se había colocado tras el trono junto a un hombre que parecía un caballero de la Guardia Real.-¡Lleváoslos!
-¿No queréis que los ejecutemos aquí mismo, mi señor?-Preguntó uno de los guardias.
-Imbécil impertinente. ¿He dicho yo que quiera verlos morir aquí? ¡Creo que he ordenado alto y claro que os los llevéis y los matéis fuera de aquí! No tengo ninguna gana de verlos suplicar y desangrándose ante mis ojos.
-Perdón señor.
-No, perdón no. Cuando les matéis quiero que te cortes tú mismo las orejas, ya veo que no las quieres para nada.
-Pero mi señor...
-¡Y la lengua!
-¡No! Por favor...
-¡Agh! Matadle y que se calle, y hacedlo aquí mismo ya que estaba tan empeñado.
-Yo...yo no...-Los guaridas no hicieron preguntas y mataron a su compañero.
-Lleváoslo todo: presos, cadáveres. ¡Todo!
Si su rey estaba loco no sabía cómo catalogar a su hermano. Era cruel incluso con sus propios hombres, cosa que jamás fue el rey de la ciudad impenetrable, no con los hombres que le protegían al menos.

 Un guardia le cogió por el hombro mientras otro agarraba al mercenario, les dieron la vuelta y les condujeron hacia la puerta principal situada al fondo de la sala para llevarles a otro lugar donde les ejecutarían. El rey había comenzado a levantarse y los guardias a abandonar la sala. Caballero y mercenario se miraron y sin tener que decir nada actuaron. El caballero, al que no tuvieron la prudencia de atar, dio un codazo al guardia que le llevaba mientras le robaba la espada, su compañero se desataba con facilidad abatiendo a su guardia de un contundente cabezazo y cogiéndole también su arma. Ambos las usaron para atravesar a sus captores aturdidos. El rey se detuvo por un momento con los ojos más abiertos que nunca y el rostro desencajado. Intentó salir corriendo al grito de “matadles”, pero cayó al suelo. Aceptó la ayuda de varios guaridas que le sacaron de la estancia mientras caballero y mercenario hendían las espadas en las armaduras tachonadas de sus enemigos que se desangraban casi sin reaccionar a una respuesta inesperada de dos presos en clara desventaja. Quedaban cinco guardias y dos caballeros todavía vivos, tendrían que andarse con cuidado y no confiarse. El mercenario dio estocadas rápidas y ágiles que no tardaron en partir la lanza de uno de los enemigos al tiempo que la esquivaba y le rajaba el cuello desprotegido. La espada del caballero se movía con más lentitud, pero también más precisión. Bloqueó los espadazos con elegancia y rompió su defensa atravesando el pecho a su enemigo. Otro guardia con lanza no tardó en colocarla en ristre mientras embestía, pero el caballero fue lo suficientemente rápido como para bloquearla y apartarla con la espada dirigiendo después su arma robada al estómago de su enemigo antes de que pudiera volver a colocar la lanza en posición de ataque. Cuando estaba a punto de recibir la espada de otro adversario se agachó y se la introdujo entre las piernas con una estocada lateral. Un ataque sin honor, pero necesario para cumplir su misión.

 Mientras la sangre salía de entre las piernas del enemigo contempló al mercenario luchando contra dos guardias simultáneamente sin muchos problemas. Eran cinco y él ya había matado a tres, teniendo en cuenta que el mercenario había matado a uno comprendió que uno de los dos combatientes no era uno de los guardias sino uno de los dos caballeros. El otro caballero esperaba junto al trono sonriendo, una sonrisa que conocía demasiado bien. Entre los cadáveres de los guardias sus miradas se cruzaron. El mercenario ya había matado al otro guardia y herido al caballero, momento en el que el de la coleta decidió participar también. Desenvainó sus dos espadas con lentitud y comenzó a acercarse a él ya sin adversarios.
-Sabía que no podíamos fiarnos de ti, traidor.
-¿Y me lo dices tú? Tú que traicionaste a un amigo y secuestraste a una niña.
-Esa historia me suena, un caballero de la Guardia Real que traiciona a su amigo, que es el rey, y secuestra a una niña, que es la princesa.
-No es lo mismo...
-Cierto, tú tuviste el descaro de intentar engañarnos a mí y a mi padre también con una burda mentira que no se sostenía. ¿Qué pretendías con esto? Entiendo que si te llevásemos preso podrías tener contacto con la princesa, pero atacarnos abiertamente ha sido cuanto menos imprudente.
-La desesperación me mueve.
-La estupidez te mueve, ya he dado la orden a uno de los guardias de que informe sobre la incursión de uno o más mercenarios y les busque en las mazmorras. ¿No creerías que soy tan imbécil como para no darme cuenta de que contratarías de nuevo al mercenario y lo traerías aquí? Lo que no esperaba era que vinieses con más.
Mientras el otro mercenario y el otro caballero intercambiaban acero ellos solo intercambiaban palabras. Era el momento de combatir, y esta vez lo haría con honor.
-Ganaré el juego.-Susurró el caballero.

 El acero chocó desatando furia contenida en ambos guerreros. Ambos representaban a diferentes reyes, ambos querían a la princesa por diferentes motivos y ambos estaban hartos de contenerse. No pararon ni un segundo, los golpes con el filo fueron continuos. El sobrino del rey era más rápido, pero menos hábil, por lo que el caballero paraba todos sus golpes sin conseguir, en cambio, encajar ninguno de los suyos entre el filo de las dos espadas. Estaba siendo un duelo tan intenso como la propia misión, ninguno se podía permitir fracasar, pero él menos que nadie, el reino dependía de él. Se defendía, retrocedía un paso, arremetía. El sonido del acero chocando entre sí se entremezclaba con el mismo sonido que procedía del duelo que se desarrollaba justo a su lado. Un duelo muy diferente, con un mercenario que parecía estar jugando con el caballero. No dejaba de darle golpes con el puño de la espada como si quisiese espabilarle prolongando el combate hasta que su compañero terminase. No podía desconcentrarse, debía olvidar el combate de al lado, solo existía su adversario, su espada.

 La coleta se movía continuamente dando tantas sacudidas como la propia espada. Jamás pensó que lucharía con su amigo, el joven con el que tanto habló de literatura, de historia, de fantasía, de caballería. El mismo joven al que había entrenado en la ciudad impenetrable, el mismo joven al que le había contado ciertas confidencias y que ahora parecía haberlo olvidado todo dispuesto solo a cumplir la misión que se le había encomendado. El mismo joven que, asustado, le había dado el libro prohibido sobre la defensa de la ciudad. Viéndolo con perspectiva todo parecía haber sido una artimaña para llevar a cabo su plan. Le había engañado desde el principio. Tantos años ocultando ese libro e incluso la identidad de quien se lo dio a su único amigo allí para que el mismo al que protegió le traicionase.

 El caballero arremetió con más furia pero no más certeza. Su contrincante volvía a sonreír enfureciéndolo más. Recordó la sonrisa del mercenario, recordó la sonrisa de su contrincante cuando se llevó a la princesa, los recuerdos le llenaron de una ira que había bloqueado durante años y que no pudo detener. El calor que sentía y el sudor que le empapaba desaparecieron, el sonido del acero chocando que procedía del duelo que se desencadenaba a su lado también, la coleta moviéndose ya no existía. Solo tenía frente a él su sonrisa. Deseó arrancársela de cuajo. Parecía no poder controlar los brazos mientras intentaba inútilmente atravesar con su espada el pecho del traidor al que había querido como un hermano pequeño. Lo único que consiguió arrancar fue una de las dos espadas que portaba de su mano. Alguien que no estaba acostumbrado a luchar con do armas simultáneamente no podía entrar en combate sin haber entrenado antes, demasiado había tardado en perderla.

 Después de un tiempo que no supo calcular, luchando, una sombra se reflejó en suelo, todos se detuvieron mirando con desconfianza a su rival y alzando la mirada con cuidado de no recibir un golpe inesperado de su contrincante. Era él, saltando entre las columnas en silencio y cayendo como una ligera gota de agua sobre el adversario de su compañero mercenario. La sangre empapó el pelo gris de aquel cazador sediento de muerte, ese podía haber sido él al llegar a los ojos de la montaña.
-¡Noo!-El grito por parte del guerrero de la coleta denotaba algún tipo de sentimiento hacia el otro caballero. Por un momento pensó en aprovechar ese tiempo de distracción para atacarle mortalmente, pero consiguió controlarse. Había dicho que lucharía con honor.
El viejo explorador extrajo el cuchillo del cuello de su víctima lanzándoselo instantáneamente al sobrino del rey, que se apartó a tiempo consiguiendo que en vez de en el cuello se clavase en su hombro. El viejo explorador decidió no quedarse a corregir su error y salió de la sala con pasos rápidos y ágiles. Estaba buscando al rey para darle caza cayendo desde las sombras como si fuese un águila, igual que había hecho con ese caballero de la Guardia Real.
-¿Cuántos sois? Preguntó su rival furioso mientras se extraía el cuchillo del hombro.
-Suficientes para cumplir nuestra misión.
-Creía que vuestra misión era rescatar a vuestra princesa.
-Esa es mi prioridad, sin duda. Nosotros solo éramos un cebo que si podía cumpliría el segundo objetivo.
-Así que pretendéis también matar a mi padre.
-Morirá de la misma forma que tu...compañero.
-¡Bastardo!-Las espadas volvieron a cruzarse.
-No has contado con que ahora estás en desventaja, nuestro inquieto y anciano amiguito me ha dejado sin rival.-Le recordó el mercenario sin nadie a quien enfrentarse. El combate volvió a detenerse.
-Me basto y me valgo yo solito contra los dos.
-¡No! Quiero una lucha con honor, lucharé yo solo, tú reúnete con los demás.-El combate se reanudó sin previo aviso. Los movimientos del príncipe eran más lentos debido a la herida del hombro, el resultado del combate estaba ya claro.
El mercenario enfundó la espada y se giró, suponía que pensando hacía donde dirigirse, si a ayudar al explorador con el asesinato del rey o a sus dos amigos a liberar a la princesa. El príncipe, tras detener una estocada con cierta dificultad, se apartó del combate unos pasos para atravesar por la espalda al mercenario aprovechando su distracción, girándose después rápidamente hacia su derecha tras sacar la espada de la espina dorsal del que había sido su fingido preso y, por poco tiempo, compañero de batalla, atacando así de forma continuada y sin poder ocultar un gesto de dolor debido a la herida del hombro. No pudo evitar, mientras bloqueaba ataques realizados con mucho esfuerzo, mirar al amigo del mercenario derrumbarse en el suelo con un agujero en la espalda del que no paraba de salir sangre. Había sido el acto más sucio que había visto jamás en un duelo. Había sido el primer error y había sido por su culpa. Si se hubiese olvidado del honor tal como le dijeron los mercenarios eso no hubiese sucedido. La rabia volvió y esta vez no se contendría, si el que fue su amigo tenía que morir deshonradamente, moriría.

 Cruzaron espadas una vez más. Una de ellas se movía costosamente, con más lentitud, limitándose a bloquear ataques contundentes. Era la del príncipe herido que retrocedía hacia el trono sin poder recuperar terreno, el caballero lo tenía fácil. Llegó el golpe definitivo, la espada del príncipe cayó al suelo sin que este tuviese fuerzas para mantenerla frente a él, que cayó sentado y desarmado al trono de su padre. El caballero le puso la espada en el cuello y le intentó mirar con los ojos con los que antaño le miraba. Su hermano, su alumno, su amigo...su secuestrador.
  
 Todo lo que sabía se lo había enseñado él, no su padre, igual que a él se lo había enseñado aquel caballero, pero el jamás hubiese traicionado a aquel honorable hombre. Jamás pensó que aquel recién desvelado inesperadamente como príncipe usaría su dominio con la espada, el que aprendió gracias a sus enseñanzas, para matarle. Igual que jamás pensó que sería él quien mataría a ese joven perdido en aquella inmensa ciudad y que se convirtió en caballero de la Guarida Real gracias a él. Ahora entendía porque tenía tanta relación con el rey, era su sobrino y por ello le permitía hablar con sus caballeros. El sobrino de su rey, más que un hermano de la guardia para él, un hermano que le había utilizado para aprender lo básico en el combate y mejorar con los años, uniéndose a la guardia y acercándose a la princesa que tenía que secuestrar. ¿Lo hubiese hecho si él no hubiese contratado al mercenario? ¿Se imaginaba el joven príncipe que intentaría secuestrar él mismo a la princesa y solo esperaba el momento? No lo sabía, y no lo sabría nunca. No formularía las preguntas en alto y jamás conocería las respuestas de un cadáver.
-Creí haberte enseñado lo importante que es el honor en un combate.
-Igual que me enseñaste lo importante que era proteger hasta el final a quien te proponías. Aquí estoy, desde el principio sirvo a mi padre.
-Él no te trata como tal, yo en cambio...era el hermano que nunca tuviste.
-Y que jamás necesité, me tenías harto con el honor. Luchar con honor casi te lleva a fracasar, al fin y al cabo lo único que importa es la gloria. La gloria que algún día habría tenido si no llega a ser por este ataque.
-No debiste dejar tanto al azar si sabías que podría ocurrir.
-Buen movimiento, sin duda. Contaba con dos piezas poniendo en jaque al rey, no cuatro.
-Cinco, somos cinco.-Ya no importaba que lo supiese. Permanecería allí sentado e indefenso, como lo estaba todo el que ostentaba ese poder que no hacía más que debilitar y exponer al peligro, sin poder hacer nada antes de recibir la justicia de su espada.
-Sabes que sino podría haberte vencido.
-Puede, pero ya no, ni vencerme ni alcanzar la gloria... Lo siento, tu partida ha terminado.
La pequeña puerta situada junto al trono se abrió para recibir a una mujer con armadura y una cabeza en su mano que tiró contra el caballero. La cabeza tenía una nueva herida en la cara y ya no tenía el ojo blanco, directamente no tenía ojo. El viejo cazador se convirtió en la presa. Cuando elevó la mirada vio a la mujer acercarse espada en mano preparada para cortársela a él también. Apartó la espada del cuello del príncipe sin pensar y la colocó frente a su rostro. Cuando el acero chocó el príncipe se recompuso y recuperó una de sus espadas del suelo. La partida había dado un vuelco y uno más había muerto.

  El honor le hizo hablar con su víctima antes de acabar con ella creando una nueva situación de desventaja. Tanto honor acabaría con él ese día si no empezaba a actuar fríamente como lo hubieran hecho los dos hombres que habían muerto ya. El príncipe miró con resignación a la mujer que le había ayudado.
-El conejito con colmillos ha vuelto a salvarte el culo.-Al oír eso el sobrino del verdadero rey atacó con rabia mientras el caballero volvía a bloquear sus ataques sin dificultad. El problema llegó cuando la mujer se unió al baile de espadas, no sabía cuanto podría aguantar el ritmo.

 Cuando ya no daba abasto una nueva puerta se abrió, esta vez la del fondo de la sala. Tras ella aparecieron el mercenario y zanahorio, su salvación si no hubiesen llegado atados y con dos guardias tras ellos.
-Los encontramos en las mazmorras señor, consiguieron matar al carcelero y coger la llave. Si no llegáis a dar la alarma avisando de más hombres en la zona hubiesen liberado a la princesa, los cogimos por sorpresa cuando creían haber completado su tarea.-Los contendientes se detuvieron. El príncipe no disimuló una risa cargada de desprecio y burla hacia los allí presentes-.¿Qué deseáis que hagamos con ellos? Nos dijisteis que queríais a un mercenario vivo.
-Sí...-El príncipe tenía más motivos para sonreír que nunca-. Al rubito lleváoslo a las mazmorras. ¡Ah! Y metedle en la misma celda que a la princesa. Al del pelo anaranjado... matadle, me da igual.
“Te juro que aunque sea por primera vez en tu vida, fracasarás una misión. Perderás el juego”. Recordó la frase mientras se llevaban al mercenario y degollaban a zanahorio. La vida tuvo el detalle de hacer realidad su deseo, se burló de él tal y como le había dicho el mercenario en aquella montaña. Habían jugado y ambos habían perdido. Cómo hubiese deseado tragarse en ese momento aquellas palabras, de la misma forma que se tragó la espada del príncipe cuando se la introdujo por la garganta.


 La primera imagen pertenece al usuario de deviantart leopardsnow: http://leopardsnow.deviantart.com/art/Img-01-80368849

La segunda imagen pertenece al usuario de deviantart David-Kegg: http://david-kegg.deviantart.com/art/Dragon-Age-RPG-Grey-Warden-Duncan-286091597