En la fría región de Korvatunturi existen unas antiguas ruinas que, durante
todo el año, pasan desapercibidas para todos. Todos los que habitan cerca las
ignoran, pero hay una noche al año en el que los lugareños pasan a temerlas. Se
trata de la noche del 24 de diciembre, en la que la maldad es acogida en aquel
lugar.
Todo empieza con una tormenta de nieve que envuelve la zona y sacude las casas,
donde sus habitantes se encierran temerosos de lo que está a punto de venir. Se
tratan de seres monstruosos y deformes que entran a través de un portal que es
abierto en plena tormenta. Nadie sabe cómo se abre dicho portal o de dónde
vienen esos seres, pero nunca faltan a su cita.
Los habitantes de la zona bloquean puertas y ventanas para sobrevivir a esa
noche. En su interior cubren todo de una planta de frutos rojo que, según
ellos, tiene propiedades protectoras por su conexión con los dioses del frío y
las tormentas de nieve.
Además, para aliviar su miedo, consumen Amanita Muscaria, una seta roja y
blanca que les permite desconectar con el mundo terrenal y conectar con el
universo, del que necesitan su protección.
A Joulupukki no le gusta el sabor de esa seta, así que se las ingenia para no
tomársela a pesar de que sus padres se lo ordenan. Como todos los 24 de
diciembre, cenan con una tenue luz rodeados de la planta de frutos rojos y tras la cena consumen la Amanita justo antes de
que empiece la tormenta.
Joulupikki aprovecha una distracción de su padre, Barnabás, y se deshace de la
Amanita. Una hora después, sus padres se encuentran con los ojos en blanco, su
padre sobre la mesa y su madre tirada en el suelo. Él se acurruca en una
esquina esperando a la tormenta y los monstruos, pero nunca llegan.
Heikkila, su madre, se levanta repentinamente y comienza a gritar, bloqueando
la puerta que nadie está golpeando. Su padre, Barnabás, también se levanta,
todavía con los ojos en blanco, mira a su hijo, coge un hacha y se abalanza
hacia él al grito de “muere, monstruo, ¿qué has hecho con nuestro hijo?”
Joukupukki consigue esquivar el ataque de su padre, correr hacia la mesa y
coger una de las botellas para estampársela a su progenitor en la cabeza.
Por detrás, su madre, sin dejar de gritar, coge un cuchillo y se lo intenta
clavar a su pequeño en el cuello, que se da cuenta a tiempo y se aparta,
teniendo que coger otro cuchillo para defenderse.
Con él, no tiene otro remedio que matar a su madre de una puñalada en el pecho.
Consciente de que su padre le matará al despertar, el pequeño Jou coge el
cuchillo ensangrentado con el que apuñaló a su madre y, apartando la mirada y
sin dejar de temblar, le cercenó el cuello a su padre.
A la mañana siguiente intenta hacer entrar en razón al resto de habitantes
explicándoles que no existen los monstruos, ni tormenta de nieve ni portal
interdimensional, que todo es fruto de las alucinaciones provocadas por la
Amanita. Nadie le cree y le toman por loco y asesino, intentándole matar. Una
vez más, el crío consigue escapar, esta vez de todo un pueblo enfurecido, y huye
a la estepa, escondiéndose para siempre en una lúgubre cueva no muy lejos de
las ruinas. Ese día, Joulupikki comprendió que el único monstruo existente en
el mundo es el ser humano.
Cuando Joulupikki era ya un
joven de 23 años comenzó a visitar su pueblo todos los 24 de diciembre. Al
principio se conformaba con mirar las casas con las ventanas tapiadas,
imaginando la locura que contemplaban todos sus habitantes drogados. Pero,
según fueron pasando los años, Joulupikki se cansó de comer siempre las mismas
plantas y, a veces, con suerte, carne de venado o cabra. Quería más y, sobre
todo, quería venganza.
Con 30 años decidió pasar a la acción. Se había hecho una máscara de madera con
cara de cabra para intimidar más si cabe a los habitantes de la aldea y que,
drogados, vieran en él una deformidad aún mayor. Metió en un viejo saco que
encontró hacía tiempo un pico que había en las ruinas y se dirigió a la aldea.
Una vez allí, el hombre menudo se abrió paso con el pico rompiendo las puertas
bloqueadas y asustando a los que se encontraban en su interior, que veían en él
al monstruo más grande jamás avistado en la zona. Lo único que hacía era
devorar toda la comida en la mesa de los allí presentes, beberse toda su bebida
y meter en el saco lo que le sobraba para próximos días. Cuando las puertas o
ventanas se le resistían, entraba por las chimeneas, lo que le otorgaba una
mayor teatralidad.
Y así año tras año.
Cada año era más corpulento, fuerte e intimidatorio. Nadie se atrevía a hacerle
frente como lo hicieron sus padres cuando no era más que un niño. Hasta que una
noche, un incauto hombre, viudo y padre de una única hija de cinco años,
decidió atacarle. No tenían mucho para comer y tenía una boca que alimentar,
así que no dudo en defender lo que era suyo. Joulupikki se defendió de aquel
hombre drogado y fuera de sí como haría de pequeño con sus padres. El pico le
atravesó desde la frente hasta la nuca, desparramando sangre, sesos y cráneo
sobre la mesa, el suelo y la muchacha, que no dejaba de llorar.
Joulupikki se quedó boquiabierto, sin soltar el pico, temblando, mirando
fijamente el rostro desencajado de su víctima. Esa imagen le recordó a la de
sus padres muertos, asesinados por su propia mano. Comprendió que él también
era un monstruo.
Soltó el pico sin desincrustarlo del cráneo de su víctima y miró a la niña, que
se acurrucaba desconsolada como lo hizo él aquella noche tan lejana.
Sin pensarlo dos veces, metió a la niña, que ni siquiera se revolvía por el
estado de shock, en el saco. Algunos le llamarían, a partir de ese día, el
Monstruo del Saco. Aunque no sería su único nombre en el futuro.
Joulupikki cuidó a la niña, de nombre Päivi. La cría se acostumbró a vivir con
el corpulento hombre, que hacía no tanto había sido un joven menudo, y no tardó
en empezar a llamarle papá.
Durante los años siguientes, Joulupikki no solo no volvió a atemorizar la aldea
con su pico, su hambre voraz y su saco, sino que se propuso hacer olvidar el trauma
a la pequeña Päivi y, de paso, olvidar el suyo propio. Se prometió que la noche
del 24 de diciembre sería la mejor noche para ellos dos, cenando juntos en su
cueva, adornada con la planta del fruto rojo, pero también con luces para dar
algo de vida, alegría y calidez. Además, siempre se hacían un regalo que
tallaban ellos mismos.
Una noche del 24 de diciembre, una tormenta de nieve terrible sacudió el lugar
y una luz iluminó el páramo nevado. Päivi tenía miedo, pero no era la única. ¿Y
si la leyenda era cierta? ¿Y si el error de tomar la droga para sentirse
protegido avivaba una pesadilla que no se repetía todos los años, pero sí había
existido?
Intentaron cenar como si nada mientras el viento azotaba las paredes de la
cueva y un terrible frío se colaba por los huecos.
Pero algo peor que el ruido del viento y el frío infernal había llegado a la
cueva. Hacía un sonido sordo al caminar y gruñía al tiempo que un sonido de
fluidos envolvía la sala.
Joulupikki cogía su pico mientras Päivi se acurrucaba tras él. La criatura
lanzó un gruñido que no era de este mundo y se lanzó contra el hombre armado,
que le asestó un golpe certero en la parte superior.
La criatura, que era como una araña, pero mucho más grande y con los dientes y
las babas de un perro del inframundo, lanzó un alarido desesperado y se encogió
mientras las patas se derretían como nieve fundida al sol.
Tras asegurarse de que Päivi estaba bien, salió sin soltar su pico, esta vez
manchado de sangre morada, hacia el pueblo, que estaba infestado de esas
criaturas. Los monstruos no se vieron frustrados por las tapias, que rompieron
con facilidad, matando a todos los que había en su interior.
Joulupikki no pudo hacer nada más que volver a su cueva junto a Päivi, a la que
tuvo que consolar toda la noche.
No volvió a salir hasta la mañana siguiente, para dirigirse a las ruinas donde
se había abierto el misterioso portal. Ya no había rastros de las criaturas,
pero sí quedaba energía residual que viciaba el ambiente. Además, había un
objeto en el suelo que brillaba y parpadeaba, como si se encontrase entre los
dos mundos. Algún error había provocado que eso, que no debía estar allí, se
quedase atrapado en nuestro mundo.
Durante todo un año, Jou estudió el artefacto, que se estabilizó y dejó de
brillar. Era tan bello, que decidió regalárselo a Päivi el próximo 24 de
diciembre.
Y así hizo. La noche del 24 de diciembre del año siguiente, Päivi recibió su
regalo entusiasmada. No dejó de observarlo y juguetear con el hasta que al día
siguiente se cansó y lo guardó con el resto de regalos.
Varios años después, otro 24 de diciembre, a la misma hora a la que en aquel
año se había abierto el portal y durante una tormenta de nieve, el objeto
comenzó a brillar. Antes siquiera de que Joulupikki y Päivi se dieran cuenta,
la cueva explotó, dejando mal herido al ya anciano Jou, y se abrió un gran portal. Pero esta vez no se
colaron monstruos.
Desesperada y sin saber qué hacer para ayudar a su padre, le arrastró hacia el
portal para pedir ayuda.
Llegaron a otra zona nevada, pero no era Korvatunturi sino, como supieron más
tarde, el Polo Norte. Allí encontraron un templo cuya piedra recordaba al de
las ruinas de Korvatunturi.
Sin dejar de gritar pidiendo ayuda desconsoladamente, Päivi arrastró a su padre
al templo, donde le recibió un hombre alto, de melena rubia y orejas
puntiagudas.
—¿Cómo has llegado aquí, joven? —preguntó el hombre misterioso.
—No lo sé, señor, creo que por este artefacto —respondió mostrando el regalo de
Papá.
—Interesante. Cualquiera que manipule este sagrado objeto y, no solo no muera,
sino que consiga traspasar un portal y hacer que alguien lo traspase es que
tiene, indudablemente, La Esencia —explicó aquel ser que, desde luego, no era
humano.
—¿La Esencia? —preguntó extrañada Päivi.
—Sí, La Esencia Invernal. Un poder ancestral proveniente de los dioses que
ofrece calidez y protección en los lugares y épocas más frías de este mundo,
donde los Kaloides, seres que habitan la Dimensión Oscura, son capaces de abrir portales
durante las tormentas de nieve, accedendo a nuestro mundo. Los dioses conceden
el don a varios elegidos para que, en esos momentos y lugares de máxima
necesidad, el calor divino proteja y ayude a las gentes que lo necesitan y
cuenten con alguien que les defienda de los Kaloides. —El hombre parecía
orgulloso de lo que estaba narrando.
—Pero esa cosa casi mata a Papá y ha traído monstruos horribles. —Päivi
explicaba esto con tono indignado.
—Me temo que el antiguo Esencial de aquel lugar no fue lo suficientemente
poderoso y sucumbió al ataque de los Kaloides. Su artefacto, que sirve para ccrear y cerrar portales, además de para destruir a los Kaloides, quedó olvidado
allí, seguramente entre los dos mundos. Suerte que cuando las tormentas de
nieve terminan vuelven a su frío y oscuro mundo, junto a los Tenebrus, demonios
que les crearon para azotar nuestro mundo mientras ellos urden una forma de
destruir a los dioses y sus otras creaciones
—¿Y nadie pudo hacer nada?
—Lo hicieron —sonrió el misterioso hombre. —Te enviaron a ti. Dispusieron todo
para que el artefacto acabara llegando a ti con los años. Los dioses, me temo,
no siempre pueden actuar de forma simple, rápida y directa. Y un error de uno
de sus emisarios puede tardar años en ser corregido.
—Me da igual —espetó todavía no del todo convencida Päivi—, necesito que curéis
a Papá.
El elfo de túnica verde, pues, si os lo seguíais preguntando, era un elegante y poderoso elfo y
uno de Esenciales más antiguos, asintió y ayudó a Päivi con su magia.
Cuando Joulupikki se hubo recuperado tardó bastante en asimilar la historia. No
se podía creer que el horror vivido durante tantas noches del 24 de diciembre
en esa región incumbía a dioses y demonios antiguos.
Un día, cuando estaba ya casi curado, supo qué debía hacer. Fue una revelación.
Él también había contribuido al terror de esa noche durante varios años, como
si fuese un Kaloide de esos, y la tomó con la gente del pueblo, aunque no
tenían culpa de nada y solo estaban indefensos.
Se aprovechó de su ignorancia y sus alucinaciones para presentarse como un ser
cuya llegada temían. Solo se pudo redimir unos pocos años con Päivi, haciéndola
regalos y ofreciéndole una cena especial. Pensó que era lo que merecían los
supervivientes de Korvatunturi y de todo el mundo.
Päivi era una Esencial y tenía la tarea de proteger las regiones de frío que
los dioses le habían encomendado.
Lësar era el protector del Polo Norte, gracias a él los Kaloides que intentaban
asolar el lugar eran destruidos, pues Lësar era tremendamente poderoso. Y como
tal, Joulupikki le pidió algo que no cualquiera le hubiese podido conceder, por
no tener el poder ni las competencias.
El elfo, divertido por la petición y sintiendo calidez en su corazón por la
bondad del que algún día había sido el terrible Joulupikki, o el Hombre del
Saco, le otorgó un poco de su poder de Esencial. Con ese poder, Jou podía
adentrarse en la mente de los deseos inocentes de todos los niños del mundo,
además de conectarse con los animales que había devorado durante años, los
renos. Así, construyendo un trineo, conectándose a sus renos, que se
convirtieron en sus más fieles amigos, y otorgándoles el poder de volar y
soportar un gran peso, Joulupikki surcó los cielos con su saco para llenarlo de
regalos que pudieran hacer feliz a los niños la noche del 24 de diciembre o la
mañana del 25 como lo fue su pequeña
Päivi, convertida en Esencial, pero también en La Doncella de la Nieve,
conocida así en algunas regiones de Rusia donde, esa noche, Päivi le ayuda, sin
abandonar los lugares que debe proteger de los peligrosos Kaloides.
También decidió vestir de rojo y blanco, el color de la Amanita, para
contrarrestar los malos recuerdos y las pesadillas que había generado ese color
en su infancia. Ahora, el color de la Amanita traería solo esperanza y sueños.
Y así, todas las noches del 24 de diciembre, Joulupikki, conocido con los años
como Papá Noel, surcaría el mundo ofreciendo regalos y una noche mágica para
recordar, alejada de las pesadillas que él tuvo que sufrir. No era un Esencial,
no combatiría a los temibles Kaloides, pero alimentaba los sueños de los niños,
algo que, de alguna manera, debilitaba también a los Tenebrus. Y cuando la
noche llegaba a su fin y comenzaba la Navidad, el 25 de diciembre, él volvía al
Polo Norte junto al elfo Lësar, que le ayudaba a dar con los regalos más
especiales, repartía alguno cerca de su región asignada (convirtiéndose en una
especie de ayudante) y le enseñaba, durante el resto del año, más misterios sobre el Cosmos y la creación,
pues todo conocimiento, preparación y ayuda se antojaba escasa en los tiempos
que corrían, con los Tenebrus siempre acechando y planificando en la Dimensión
Oscura.
Pero mientras unos nos defienden de la fría oscuridad y otros nos ofrecen la calidez que tanto necesitamos, con regalos e ilusión, nosotros solo nos tenemos que preocupar de
seguir la tradición iniciada en Korvatunturi, sentarnos alrededor de una mesa
para cenar con los nuestros y disfrutar de una noche tranquila donde prevalezcan
nuestros vínculos; sin miedos, sin odio y lejos de toda oscuridad.
Feliz Navidad, y cuidado con los Kaloides ;)