domingo, 16 de junio de 2019

Tras el fin de lo eterno



Todavía resuenan en mis oídos las trompetas y los tambores. Todavía escucho las promesas y las palabras motivadoras seguidas por ovaciones y gritos inundados por el entusiasmo y la convicción. Escucho el acero desenvainarse, las órdenes, los cascos de los caballos contra el suelo. Los tambores, las trompetas, el acero, los caballos, los gritos; todos los sonidos se convirtieron en uno solo, unidos como se unía cada soldado para formar un ejército. Quiero olvidar ese sonido, pues me lleva a visualizar imágenes que convirtieron a ese sonido en la antesala del infierno. Los tambores: POM-POM, las trompetas: TURU-TURU, los cascos de los caballos: CATAPLOC-CATAPLOC, los gritos: gritos de furia, de miedo, de dolor. Gritos convertidos en llantos, cascos de caballos que desvelaban el arribo del apocalipsis y sus jinetes, trompetas que abrían las puertas del infierno, tambores que anunciaban la llegada de la muerte. POM-POM, TURU-TURU, CATAPLOC-CATAPLOC. No quiero recordarlos, no quiero oírlos de nuevo, no quiero sentirlos. Pero ahí están, martilleándome la cabeza. ¡Largaos! Me tapo los oídos y cierro los ojos. Lo que se proyecta ante mis ojos es todavía peor.

Veo las armaduras brillantes, las barbas adustas, el sudor. Veo las caras de preocupación y el éxtasis en el rostro de muchos tras la arenga. Veo a cada hombre convertido en un pequeño engranaje para la gran arma del Estado. Veo cuerpos vacíos y sin alma dispuestos a defender la patria, a defender lo que otros han puesto en peligro, dispuestos a dar su vida por algo que no ha dado nada por ellos. Y aquí estoy yo, con ellos, sin otra posibilidad que la de enfrentarme a quien no odio, a matar a quien no conozco y ser asesinado por alguien a quien no he hecho nada. Veo el horror antes de que comience, el sinsentido. Veo la injusticia y el dolor previo. Veo a un padre que no volverá a ver a su hijo, veo a hombres amados y amantes que no volverán a amar ni a ser amados, pues sus esposas y familias sólo podrán amar el recuerdo y el deseo de un futuro mejor.

Cada uno de los soldados se refugian en las palabras de ánimo. Poco a poco, uno a uno, se despojan de su humanidad, de su raciocinio, de su pasado y de su futuro. Puedo ver cómo se esfuman sus almas, cómo se convierten en armaduras vacías, cómo, henchidos de valor y de sueños por un futuro mejor – e inexistente para ellos-, pierden todo lo que tenían antes de morir. Puedo ver cómo venden su alma al diablo con la firme creencia de que se la encomiendan a Dios. Puedo ver una chispa de eso que han perdido. Puedo ver el miedo, puedo ver la realidad.

Dicen que el ser humano vive para la guerra. Dicen que la historia está y siempre estará manchada de sangre. Dicen que somos peores que animales. Dicen que la guerra está en la naturaleza humana. Dicen que somos despiadados. Dicen que si quieres la paz has de preparar la guerra. Todos dicen, pero ninguno piensa, ninguno siente, ninguno conoce. Poco podemos ver más allá de nosotros mismos, incluso los que tanto creen que saben sobre el ser humano. Poco sabemos de nosotros mismos. Pero yo he visto, he visto lo que hay antes, durante y después del horror. Lo he visto ¡y no! ¡No hay sólo guerra en nosotros! ¡No hay sólo destrucción! ¡También hay piedad, anhelos, miedos y amor! Lo he visto, lo he visto en esos hombres antes de convertirse en armas, lo he visto en esos hombres antes de morir. He visto lágrimas antes de la sangre, he visto ojos vidriosos antes de verlos inyectados en sangre por la euforia, antes de verlos en blanco tras recibir una estocada. He visto el deseo de un futuro mejor sin tener que sacrificar un presente pacífico. He visto la resignación y el hartazgo. He visto cómo esos hombres intentaban ir más allá de lo que tenían, de lo que se nos da. He visto cómo fracasaban ante su intento de sobrevivir sin matar, de verlo antes de tener que morir, de ser más que animales, de entender, de evitar transformarse en seres sedientos de sangre y cubiertos por ella. ¡Lo he visto! Pero también vi lo que esos hombres fueron capaces de hacer. Vi cómo se transformaron, cómo mataron y recibieron a la muerte. Vi cómo decapitaban y fueron decapitados, cómo mutilaban y fueron mutilados. No pestañeaban, no titubeaban, parecían haber nacido para ello.
Y ya no oía tambores, ni trompetas, ni cascos de caballos, ni acero, ni silbidos de flechas. No oía nada más que carne desgarrada, un sonido sucedido por gritos y súplicas. Daba igual el bando, no se distinguía. Éramos hombres perdidos, ahogados por el caos, por el nudo de la sinrazón, por las decisiones de los que no luchaban, por el miedo al que no era como nosotros, pero en realidad era idéntico. Vi gargantas desgarradas, pechos perforados, cabezas pisoteadas, cuerpos mutilados arrastrándose, sangre, mierda, vómitos. Lo vi todo y no veía nada. Sólo una marabunta de espadas que ya no brillaban, de sangre que no sabía a quién pertenecía, de tripas y corazones que ya nada podían sentir. Vi la locura.

Ahora siento la locura. La siento. Una locura incipiente con cada sonido que recuerdo, con cada imagen que vuelve a mis ojos. Y no he hablado de los olores. Dios mío los olores. Pasé de oler el miedo a oler la muerte. ¿Cómo huele la muerte? Cada olor desagradable proveniente de cada elemento del campo de batalla tomaron forma en uno solo que se alzaba entre los soldados. En ese momento no te importa, en ese momento, ese olor materializado como un ser viviente más putrefacto que un muerto -que bien podría haber nacido en las calderas del peor azufre del infierno- es uno más en el campo de batalla. Pero ahora, cuando ese olor vuelve a mis fosas nasales, entiendo que es tan terrible como el dolor de cada herida. Un elemento más que me sacude y propicia mi locura. Tan nauseabundo como lo que ha acontecido en este lugar, como las acciones de cada hombre en este campo de batalla.

¡No existen los héroes, maldita sea! No existen los caballeros andantes ni los hombres honorables que luchen en la guerra, ¡pero tampoco somos demonios! ¡No somos monstruos ni herramientas! O al menos no deberíamos serlo. Echo un vistazo a los muertos y veo a posibles pensadores y a gente trabajadora. Veo a seres que merecían más y a los que nunca se les debió llevar al límite. Dicen que el hombre es capaz de todo, no lo dudo. He visto de todo, pero también creo que ese todo engloba el bien, sólo se nos ha de dar la oportunidad.
Pero este mundo no nos la da. ¡No nos la da! Este mundo nos empuja a la locura, ¿por qué? ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué he tenido yo que luchar? ¿Por qué he de contemplar esta llanura plagada de muerte? ¿Por qué he matado? ¿Por qué estoy hablando sólo? ¡¿Por qué, por qué, por qué?! ¿Por qué he sobrevivido lo suficiente para pensar y llorar por lo que ha pasado? ¿Qué sentido tiene todo? ¿Por qué sólo se nos lleva al límite del mal? ¿Por qué no se nos deja amar? ¿Por qué nunca tuve el valor de decirle lo que sentía? ¿Por qué he esquivado su amor y he tendido una mano a la guerra? ¿Por qué me he enfrentado a la muerte y no a la vida que quería? ¿Por qué he dejado que el miedo al rechazo me venciera y no el miedo a tal atrocidad? ¿Por qué hemos hecho esto? ¿Por qué nos han hecho esto? ¿Por qué hemos muerto y matado? ¿Por qué hemos acabado así? ¿Para qué? Mañana esto volverá a repetirse. Volverá el miedo, serán otros los que se conviertan en recipientes sin alma capaz de arrebatar la vida, como si sólo hubieran nacido para esto.

Hemos teñido el mundo de sangre sin ver más que una milésima parte de él. No hemos conocido otros lugares donde la sangre, la espada, el miedo y la muerte también imperan. Pero sé que en cada corazón, en cada rincón de este vasto e incomprensible mundo, hay un hueco para el amor y para muchas cosas más que no comprendemos. Sé que muchos no quieren ver el mundo reducido a cenizas, sé que alguien alguna vez se plantará. Y sé que ese alguien morirá, pero habrá dado un paso. Un paso contra la locura, el sinsentido y la guerra. Por un momento me impongo a mi dolor, a la visión de la muerte, a las montañas de cadáveres, al olor tangible y al miedo. Miro al horizonte, más allá de los muertos y la sangre. Miro al cielo -lejos de esta locura terrenal- y miro al futuro.

Veo esperanza, veo humanidad, veo amor, introspección, esfuerzo y progreso. Pero, por el camino, también veo lo que tengo a mi lado: más muertos, más sangre, más guerras, más hombres -y también mujeres- deshumanizados. Veo dolor por conseguir lo que nos hará libres, veo dolor por ir más allá de los límites de la comprensión y conseguir llegar a los límites del bien. Tal vez a lo único que no me he impuesto estos segundos es a la locura, pues tal vez ese futuro sólo sea parte de mi inconsciencia, de mis propios anhelos; una utopía. Puede ser, pero me da paz antes de abrazar a la muerte para siempre. Ojalá algún día sólo vengas a visitarnos en nuestros lechos, sin dolor y no de forma prematura. Ojalá algún día te pongas de lado de la justicia, mi despiadada dama.

Caigo de espaldas, miro al cielo, cierro los ojos. Vislumbro por última vez ese futuro. Los tambores y las trompetas cesan. Mi cabeza deja de oír los gritos, los cascos de caballos y la carne rasgada. Dejo de oír las suplicas y los llantos. Mis ojos dejan de ver el horror normalizado, las mutilaciones del cuerpo y el alma, los cascarones vacíos despojados de toda vida. Mi nariz deja de oler a ese ser del hades compuesto de las mayores miserias del cuerpo humano. Tampoco veo a la muerte, pues no tiene forma alguna y todavía mi mente conserva algo de cordura. Dejo de oír, ver y oler para pasar a sentir. Ni siquiera me paro a pensar. Y en este instante comprendo, lo comprendo todo. Comprendo el error del ser humano. Un error fatal que nos lleva a nuestra perdición como individuos y sociedad. En esos últimos segundos de vida siento como jamás he sentido, siento lo que nunca había podido sentir. Ni siquiera tengo que esforzarme, viene solo. Y con ese sentimiento viene el conocimiento. Entiendo que al morir no descubrimos qué hay más allá, pues nada hay. Tampoco se nos desvela el origen de la vida ni mucho menos el sentido, pues no lo tiene. Simplemente sentimos. Sentimos como nunca, sentimos lo que se nos había arrebatado en vida. Lo único que comprendo es que la muerte nos da lucidez y conocimiento sobre nosotros mismos. Podríamos pensar que ya es tarde, pero si sintierais lo que yo siento comprenderíais que nunca lo es para sentir como en este instante. Un instante intenso y breve. Breve, pero eterno.

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