lunes, 16 de marzo de 2026

Una melodía para la esperanza

 

 
El mundo está tan lleno de gente, tan abarrotado de estos milagros termodinámicos que se vuelven comunes y nos olvidamos... Yo me olvido. Miramos continuamente el mundo y se vuelve aburrido en nuestras percepciones. Sin embargo, visto desde la perspectiva de otro, como si fuera nuevo, aún puede dejarte sin aliento". 

                                                                                                                                                Alan Moore 

                                                                                                     

Entre las rejas vislumbraba la sombra, más allá de los barrotes podía oler la putrefacción, desde mi celda podía contemplar mi obra y encadenado podía sentir el frío punzante que recorre mi cuerpo, desde las muñecas hasta mi pecho, clavándose sin consideración en mi ya de por sí zaherido corazón. Yo soy el causante. Yo fracasé.
Me fue otorgado el don de la sabiduría, el de la empatía, el de la rectitud y el de la bondad. Dones con los que debía regar el mundo, con los que debía iluminar a cada ser que formaba parte de la creación.
Mi labor era titánica, pero se me dio tiempo y libertad para hacerlo a mi manera. Yo no otorgué la vida, ni siquiera conozco quién me la otorgó a mí, pero fui yo quien ofrecí la razón y el amor a cada ser sintiente del globo.
Recorrí el mundo en un corcel dorado, infatigable y siempre fiel con el que aderecé el mundo de aquello que le daba sentido y por lo que merecía la pena, no solo estar vivo, sino compartir la vida con los demás, en una paz y comprensión internas vivificantes. Pero aquello fue un error, pues la razón puede ser el veneno que destruya el sentido último de nuestra existencia.

Y así comencé a observar cómo con ella los seres llamados humanos comenzaron a autodestruirse. Mi bonhomía había provocado aquello, convencido de que era sencillo, creyendo que mi comprensión del mundo la heredarían todos aquellos a los que acaricié con mi poder y sabrían gestionarla, pero ésta lo único que hizo fue avocar a los humanos a su perdición, usando la razón como arma capaz de enmarañar la senda existencial hasta convertirla en un sendero inextricable y a veces, incluso, intransitable.
Había fracasado. Lo comprendí tras pasar solo cien años, pero ahora que han pasado decenas de miles está claro que no hay remedio para el ponzoñoso destino de los hombres y mujeres cuyos protervos corazones se han impuesto a los nobles.
La amargura, el odio, el desprecio, la discriminación, la soberbia, el rechazo, la guerra y la muerte se habían aposentado y ensombrecido el alma de aquellos que debían beneficiarse de su, creía, privilegiada capacidad reflexiva.

Y aquí estoy yo ahora, encadenado por los procaces seres a los que les ofrecí las herramientas para prosperar sin límites. Podría haberme opuesto, haber entrado en liza con ellos, castigarles por el vituperio con el que me habían avergonzado, e incluso destruirles por tamaña ignominia. Pero debía pagar. Yo soy el causante y yo merezco el castigo de pudrirme mientras veo al mundo sumirse en la oscuridad más absoluta del abismo más profundo.

Yo lo merecía, pero ¿todos ellos?  Mi odio hacia ellos alcanzó tal paroxismo que me había cegado. Lo comprendí el día que una estruendosa tormenta azotó cada esquina de esta región acompañado de un terremoto que destruyó gran parte de la torre en la que esperaba mi destino, sea cual sea.

Yo no podía morir, pero mi ceguera sí se extinguió cuando observé a los desdichados que se ponían a cubierto de la lluvia de cascotes y que ayudaban a otros a hacerlo. Por su puesto, entre la multitud no todos eran dechados de virtudes y muchos ponían al resto en peligro con tal de salvarse ellos. Pero no era lo común.

¿Cuándo me había derrotado el pesimismo? ¿Cuándo había dejado de ser objetivo como para no ver más allá de la oscuridad que asola el mundo? ¿Había esa oscuridad pulverizado a la gente buena o solo la ocultaba más fácilmente?
Entonces lo comprendí. Comprendí que la esperanza fue el único don que no se me otorgó desde mi alumbramiento, el único que he tenido que adquirir con esfuerzo. Me consideré tan por encima de todo que me olvidé de mirar a las creaciones una por una y no en conjunto, me olvidé de que eran piezas de orfebrería celestiales y no ctónicas.
La destrucción de mi prisión casi autoimpuesta me otorgó la comprensión absoluta de que la incomprensión es una parte más de la compleja existencia imperfecta, pero bella.

Tras desencadenarme de mis opresivos pensamientos lo hice también de mis cadenas físicas, elevándome entre los escombros y observando a la multitud asombrada. La tormenta había cesado, la de mi interior también. Descendí entre ellos, arredrados ante la visión de un desdichado hecho añicos físicamente que de repente parecía la representación del dios al que adoran y por el que tantos han asesinado.
Me posé en el suelo porque ningún auténtico dios puede elevarse ante aquellos que le adoran, ninguno puede acercarse a sus feligreses si no lo hace de uno en uno, mirándolos de cerca. Nadie puede ser un dios si odia y castiga a sus creaciones, o al menos a las creaciones de otro que él ha intentado moldear.

Tras el aboroto que se desató durante unos minutos, callaron y esperaron que pronunciara alguna palabra de aliento que les dijese. Podría haberlo hecho, ya que tenía mucho que decir y que enseñar, pero ya lo hice una vez y fracasé. No, no podía pretender que fueran los seres de pura luz que pretendía, porque eran algo más complejo, intrincado e interesante. No estaban hechos a mi imagen y semejanza como intenté, y no lo necesitaban.
El silencio era cortante, pero no como el de un alfanje, sino más bien el corte que produce el vuelo de una libélula. Era tranquilizador tras la impresionante tormenta.
Pero había que romper ese silencio. Y lo hice, mas no pronunciado palabra alguna. Observé entre los escombros de una vivienda que había un piano asombrosamente intacto, lo cual era en sí mismo un milagro termodinámico, como lo es nuestra propia existencia.  Me acerqué a él con paso vivaz sin que nadie me quitara ojo.


Me senté frente al piano, que a su vez estaba frente a mi numeroso público y comencé a presionar las teclas con delicadeza y sin pensar, sin usar la razón. Una melodía que jamás había escuchado nos envolvió a todos donde antes atronaba la tormenta. Una melodía que siempre estuvo en mi interior, que había sonado entre las estrellas y que yacía en el alma de todos ellos esperando a liberarse, a existir como algo más que una sensación.
Y entonces ocurrió lo que ni siquiera había planeado: muchos, de una forma u otra, empezaron a acompañarme. Un grupo apareció con violines, otro con guitarras, los hubo con flautas y trompetas. Todos esos instrumentos eran etéreos y no tangibles como mi piano, habían cogido esas formas a partir de la esencia de sus propias almas y los comenzaron a tocar.
Otros tantos comenzaron a cantar dando forma con palabras a lo que quería trasmitir con mi melodía y el resto bailaban agarrados o en solitario al ritmo de la canción.


El sol se sacudía entre las oscuras nubes, que se debatían por seguir coronando el cielo. Pero la melodía se incrementaba, la luz se imponía y la esperanza se desataba en mi corazón, que sanaba con cada nota, con cada sonido, con cada paso de baile, cada salto y cada risa que escuchaba. El odio no desaparecía, ni el miedo, ni la guerra, ni la muerte, ni la ignorancia, ni el dolor, ni tampoco la duda o el aparente sinsentido de nuestra propia existencia, pero la esperanza plantaba cara a cada uno de estos elementos que parecían gobernarnos, la esperanza nos daba la fuerza necesaria para enfrentarlos, para construir algo que los mantuviese raya en un mundo que parecía acabado . Todos al unísono, con nuestras muchas diferencias aparentemente irreconciliables, tocando y bailando al mismo son, esforzándonos en sembrar algo en esta yerma tierra que recogerán los que nos sucedan y que nos legaron los que nos preceden.
Porque eso es lo único que tiene valor, lo único que tiene sentido, lo único por lo que tenemos que luchar y lo único que perpetuará nuestra existencia, aquello que les dejemos a los que vienen detrás, aquello que nos una, nos haga mejores y nos permita crear y no destruir. Porque la creación es infinita, expansiva y la destrucción limitada y constreñida.

Y así esta canción se eleva más allá de esta región, de este país, de este continente y este mundo. Así los sonidos de nuestras almas recorren el cosmos para llegar a ti y recordarte que no eres el único que no sabe qué hace aquí ni qué es lo que debe hacer, no eres el único que te has caído una y mil veces, que te has perdido y que ha sentido rabia, miedo y desilusión asomándote al mundo de ahí fuera, frío, oscuro y sin sentido. Que todos caminamos a tientas en la oscuridad, pero que no lo hacemos solos, que podemos darnos la mano y dar la espalda a aquellos que odian sin motivo, evitando nutrir más esa oscuridad que jamás dejará de existir del todo. Que podemos proporcionarnos luz mutuamente, unir nuestras almas y hacerlas vibrar hasta que la melodía se transforme en una nueva que siga conectando con futuras almas. Porque la melodía da sentido en sí misma a este costoso camino y si te paras un momento a escuchar la oirás también dentro de ti y a tu alrededor.

Porque te prometo, seas quien seas, que la esperanza te abrigará en los días más fríos y la luz jamás desaparecerá del todo, incluso cuando la oscuridad parezca engullirnos. Cierra los ojos, siente la melodía, baila, solo o agarrado a esa persona a la que amas, y canta, amigo lector o amiga lectora, canta, porque hay motivos para hacerlo, porque tu canción moldeará tu mundo y el de otras personas, resonará en las almas que conecten con la tuya y la luz emergerá con más intensidad que nunca. 
Este texto es mi canción para ti, que dedicas tu tiempo a leerme, para que sientas de nuevo el ritmo si has perdido el compás y alces tu voz por encima de estas letras, junto a la mía, al unísono y con un objetivo: recordar que estás vivo, que estás viva y que tu voz le da la vida a otra u otras personas en este mundo. Así que sigue cantando, sigue bailando, observa las estrellas mientras lo haces y comprenderás que ya no hay nada más que comprender. 


El sol no se ha puesto aún por última vez

                                                                                                                    Tito Livio 

viernes, 6 de febrero de 2026

El fin de la existencia

 


Imaginad que un día abrís los ojos y comenzáis a existir. Así, sin más, como me pasó a mí. La existencia comienza antes de que abráis los ojos, antes incluso de que tengáis los ojos. La existencia empieza antes de que seáis fetos, antes de que vuestros padres comiencen a tener relaciones sexuales, antes de que se planteen vuestra existencia. También antes de que existieran vuestros propios padres o abuelos. La existencia de cada uno comienza con la existencia del mundo. ¿Y la mía? La mía comenzó tras el desvanecimiento de... ¿Puedo llamarlo padre? Más bien mi antecesor, la Fuerza Mayor que rige el mundo; no que lo creó, pero sí el sucesor, del sucesor, del sucesor, del sucesor, del sucesor, del sucesor, del sucesor, del sucesor que lo creó. Tu existencia comienza con el primero de mis antecesores; el mundo fue creado por él. No sé qué había antes de su existencia, ni lo que habrá después de la mía. No sé mucho más de la existencia, sólo conozco el gran trabajo de mi primer antecesor, y yo he de continuarlo. Él creó vuestra existencia.

Configuró durante millones de años vuestro mundo, colocó cada pieza, situó cada suceso, creó La Historia. Diseñó las consecuencias de cada acción, todo tal y cómo debería ocurrir. Dispuso y predispuso moldeando el ADN, la naturaleza, la materia… todo. Tras tal titánica tarea su cuerpo se desvaneció, pero un nuevo recipiente fue moldeado con su conciencia. El Plan ya estaba desarrollado, sólo había que mantenerlo todo activo para que ocurriera como fue diseñado. El trabajo que yo he de continuar.

Y así comencé a existir yo. Abrí los ojos y allí estaba, frente a una pequeña esfera violeta que proyectaba imágenes. Miré más allá de ella y continué moviendo cada pieza para continuar el discurrir de la vida. Yo me aseguraba de que todo funcionase según la programación, de corregir cualquier error. Dicho así podría parecer más un trabajo informático como el que realizáis vosotros que un trabajo místico, como lo llamaríais vosotros. Ni informático, ni científico ni místico es lo que hago, pues me temo que ningún nombre tiene para vosotros, ya que no comprenderíais nada de esto con vuestro entendimiento. No os sintáis mal, el primero de los míos así lo quiso.

Sois creaciones poderosas y, a pesar de vuestro corto entendimiento, a veces vuestro pensamiento os hace peligroso. Más de uno habéis estado a punto de saliros de vuestra programación, pero ahí estábamos nosotros para evitarlo, pues un leve cambio daría al traste con El Plan.
Las dudas son parte de El Plan, pero un pensamiento excesivo, un razonamiento que se sale de lo previsto puede llevar a una decisión equivocada para El Plan. Creéis que tenéis dominio sobre vuestra vida, pero no es así. Claro, que no lo podéis saber, pues eso os sumiría en una gran crisis existencial y de identidad. Os destruiría. Pero si supierais que tomando una decisión para la que no estáis programados podéis saliros de El Plan, destruiríais el mundo que os hemos construido.

Pasa eso a lo que llamáis tiempo creyendo que tomáis decisiones, creyendo que nada tiene sentido, sufriendo por tragedias y desgracias. ¿Por qué esa muchacha ha caído por aquel acantilado? ¿Por qué tanta gente ha muerto en esa masacre? ¿Por qué un árbol ha caído sin previo aviso aplastando a aquel niño? ¿Por qué tanto dolor entre tanta trivialidad? Por El Plan. Y, ¿qué es El Plan? Yo no lo sé. Sé cómo es El Plan, sé a dónde lleva El Plan, pero no sé por qué existe El Plan. Ejecuto, porque para eso fui creado; por ello existo. Y entonces, comprendo. O, mejor dicho, dejo de comprender. O comienzo a comprender que nada comprendo. Os miro, los primeros seres humanos que consiguen ver El Plan y con los que me comunico. Pensadores y científicos que han abierto un portal hacia el mundo de sus creadores, que me miran a la cara y me preguntan por el sentido. ¿He fallado al permitir que conozcan la verdad del destino, de El Plan? No. Pues estaba dentro de la programación del primero de nosotros que esto ocurriese. Yo mantuve El Plan en marcha, me aseguré de que las decisiones de estos hombres y mujeres les llevaran hasta este momento siguiendo el camino marcado por el primer creador. Y aquí nos hallamos, ante una paradoja. Una paradoja planeada por él: la paradoja de la existencia para creadores y creados.

¿Qué he de hacer? ¿Qué dice El Plan? El Plan sería desbaratado si las piezas que son los humanos descubrían El Plan, pero parte de El Plan era que lo descubriesen. Soy yo, el actual sucesor del creador de El Plan, quien debe decir hacia dónde va El Plan. Pues hasta aquí llegaba su plan. ¿Planeaba la destrucción del mundo y, con ello, de El Plan? ¿O es que El Plan era la destrucción del mundo? ¿Con qué fin?
El conocimiento del destino, de la ausencia de libertad, llevaría a los humanos a la locura. Pero, si al descubrir dicha ausencia de libertad se les permite ser realmente libres, podría haber esperanza. Aunque, si los humanos toman decisiones libremente, sin un plan, puede ocurrir un desastre. Las desgracias seguirán ocurriendo, pero ahora sin motivo alguno. Antes, las desgracias parecían injustas y sin motivo, ahora lo serían. La falta de entendimiento producía dolor ante lo inevitable, ahora el dolor se multiplicará, pues se sabrá a ciencia cierta que la desgracia ha ocurrido por nada, fruto del azar.

Claro que, todo lo que ha ocurrido hasta ahora para mantener vivo El Plan ha sido para ofrecernos el libre albedrío a mí y a los seres humanos. ¿No hubiese sido más fácil habérselo dado desde el principio, creándolos sin una programación? ¿Acaso la programación inicial era necesaria para que, en el futuro, pudiesen continuar con lo aprendido? ¿Programar hasta el más minucioso detalle era importante para conseguir que este grupo de personas abriese un portal hasta nosotros, creadores y configuradores?

Tome la decisión que tome, ¿qué será de mí? Conservo en mi mente una milésima parte del primer creador, por eso no entiendo su plan y sólo lo ejecuto. Pero, en cambio, conservo con claridad el recuerdo de mis últimos antecesores. Vivieron mucho menos que los primeros, pues cada vez soportaban menos el dolor humano en pos de El Plan. Al inicio, como yo, ejecutaban sin remordimientos y lamentándose por el frágil corazón y cerebro humanos. Pero, finalmente, empatizaban, se desgastaban y acababan deshaciéndose hasta que se formaba el siguiente. Conocía esa sensación, pero ahora la comprendo, pues la experimento mucho antes de lo que esperaba. Ya no sólo empatizo con el dolor humano, lo siento. Siento esa desazón que produce la duda, la ignorancia, el miedo. ¿Qué soy? ¿Quién soy? He manejado las vidas de la humanidad durante años y tengo sus mismas dudas. Curioso. Sé que vengo del primer creador, pero ¿de dónde vino él? ¿Cómo surgió su idea de El Plan, de esta paradoja? ¿Pretendía entender la existencia creándola y liberándola? ¿Observa desde algún sitio en este instante? ¿Tal vez desde algún rincón de mi mente?

Cada pieza de El Plan está perfectamente engrasada, las decisiones que tomáis tienen que ver con vuestro contexto y ADN, todo manipulado por nosotros. Una parte de vuestros tátara tatarabuelos y sus decisiones está en cada uno de vosotros, ergo una parte del primero de nosotros está en mí. ¿Puedo continuar El Plan? No, pero puedo crear mi propio plan. Podría permitir que crearais vuestro propio plan, humanos. Sólo me diríais y yo ejecutaría. Vuestra mente, claro, no podría trazar un plan tan inmenso y minucioso, y mucho menos sin errores. Vosotros no sabéis nada de la existencia, aunque nos hayáis encontrado. Tampoco sabéis qué pasa al morir, qué sentido tiene todo. Por lo tanto, no tenéis derecho a decidir qué pasa con cada uno de vuestros congéneres.
Lo cierto es que yo tampoco sé nada sobre eso. Ahora estoy como vosotros, así que tampoco tengo ningún derecho sobre vuestras vidas. Sólo tenemos derecho a tomar decisiones por nosotros mismos y para nosotros. Inevitablemente, todas nuestras decisiones repercuten en otros, pero ¿a dónde llevarán ahora que no hay plan? Al mismo sitio, pues nunca ha habido otro plan que el de comprender que no hay plan, que no hay comprensión posible de lo que no tiene explicación. Vidas conectadas que llevan a diferentes desenlaces. Caminos que dificultamos o facilitamos para llegar a un final placentero o doloroso. No hay final feliz para la humanidad ni cataclismo, sólo una dolorosa verdad liberadora.

Comprended, pues, que nada importa más allá que vuestra vida y vuestras decisiones. Decidid adorar a Dios o darle la espalda, decidid sabiendo que nada os guía más allá de vuestras convicciones y deseos. Tenéis la semilla de la creación y la destrucción, de la decisión y la duda. Sembradlas como Él las sembró. No era un dios, no era un ángel ni el universo hablándoos, sólo un ser con vuestras mismas características que os sembró como alguien le sembró a él. Él decidió crearos para entender la existencia y para que nosotros la comprendiéramos. Vivid como creáis que debáis hacerlo. Incluso si queréis seguir viviendo buscando otra explicación a la existencia que la que hoy se os ha dado, porque eso es existir. Y mientras existáis todo irá bien, incluso cuando parece que no es así. Y es que en la existencia convergen múltiples posibilidades más allá del dolor y la desesperanza. La existencia está llena de luces y sombras que se entrelazan y que van más allá de la muerte, pues la muerte no es el fin de la existencia, es una parte más de ella.

Mi cuerpo se deshace, mi misión ha terminado: la del último sucesor del creador de El Plan. Mas no lo lamentéis y recordad que esto sigue siendo parte de la existencia. Aunque mi conciencia heredada de mis predecesores se diluya, ha entrado en contacto con la vuestra. Sois sus nuevos portadores, los que mantienen mi existencia más allá de mi fin, del fin de este relato que calará en más humanos. Recordad que el fin es parte de la historia, consecuencia de su inicio e inicio de un futuro que todavía debéis experimentar. Recordad, de este modo, que el final corrobora la existencia del sentido de la existencia.