El mundo está tan lleno de gente, tan abarrotado de estos milagros termodinámicos que
se vuelven comunes y nos olvidamos... Yo me olvido. Miramos
continuamente el mundo y se vuelve aburrido en nuestras percepciones.
Sin embargo, visto desde la perspectiva de otro, como si fuera nuevo,
aún puede dejarte sin aliento".
Alan Moore
Entre las rejas vislumbraba la
sombra, más allá de los barrotes podía oler la putrefacción, desde mi celda
podía contemplar mi obra y encadenado podía sentir el frío punzante que recorre
mi cuerpo, desde las muñecas hasta mi pecho, clavándose sin consideración en mi ya de por sí zaherido corazón. Yo soy el causante. Yo fracasé.
Me fue otorgado el don de la sabiduría, el de la empatía, el de la rectitud y
el de la bondad. Dones con los que debía regar el mundo, con los que debía
iluminar a cada ser que formaba parte de la creación.
Mi labor era titánica, pero se me dio tiempo y libertad para hacerlo a mi
manera. Yo no otorgué la vida, ni siquiera conozco quién me la otorgó a mí,
pero fui yo quien ofrecí la razón y el amor a cada ser sintiente del globo.
Recorrí el mundo en un corcel dorado, infatigable y siempre fiel con el que
aderecé el mundo de aquello que le daba sentido y por lo que merecía la pena,
no solo estar vivo, sino compartir la vida con los demás, en una paz y
comprensión internas vivificantes. Pero aquello fue un error, pues la razón
puede ser el veneno que destruya el sentido último de nuestra existencia.
Y así comencé a observar cómo con ella los seres llamados humanos comenzaron
a autodestruirse. Mi bonhomía había provocado aquello, convencido de que era
sencillo, creyendo que mi comprensión del mundo la heredarían todos aquellos a
los que acaricié con mi poder y sabrían gestionarla, pero ésta lo único que
hizo fue avocar a los humanos a su perdición, usando la razón como arma capaz
de enmarañar la senda existencial hasta convertirla en un sendero inextricable
y a veces, incluso, intransitable.
Había fracasado. Lo comprendí tras pasar solo cien años, pero ahora que han
pasado decenas de miles está claro que no hay remedio para el ponzoñoso destino
de los hombres y mujeres cuyos protervos corazones se han impuesto a los
nobles.
La amargura, el odio, el desprecio, la discriminación, la soberbia, el rechazo,
la guerra y la muerte se habían aposentado y ensombrecido el alma de aquellos
que debían beneficiarse de su, creía, privilegiada capacidad reflexiva.
Y aquí estoy yo ahora,
encadenado por los procaces seres a los que les ofrecí las herramientas para
prosperar sin límites. Podría haberme opuesto, haber entrado en liza con ellos,
castigarles por el vituperio con el que me habían avergonzado, e incluso
destruirles por tamaña ignominia. Pero debía pagar. Yo soy el causante y yo
merezco el castigo de pudrirme mientras veo al mundo sumirse en la oscuridad
más absoluta del abismo más profundo.
Yo lo merecía, pero ¿todos ellos?
Mi odio hacia ellos alcanzó tal paroxismo que me había cegado.
Lo comprendí el día que una estruendosa tormenta azotó cada esquina de esta
región acompañado de un terremoto que destruyó gran parte de la torre en la que
esperaba mi destino, sea cual sea.
Yo no podía morir, pero mi ceguera sí se extinguió cuando observé a los desdichados que se ponían a cubierto de la lluvia de cascotes y que ayudaban a otros a hacerlo. Por su puesto, entre la multitud no todos eran dechados de virtudes y muchos ponían al resto en peligro con tal de salvarse ellos. Pero no era lo común.
¿Cuándo me había derrotado
el pesimismo? ¿Cuándo había dejado de ser objetivo como para no ver más allá de
la oscuridad que asola el mundo? ¿Había esa oscuridad pulverizado a la gente
buena o solo la ocultaba más fácilmente?
Entonces lo comprendí. Comprendí que la esperanza fue el único don que no se me
otorgó desde mi alumbramiento, el único que he tenido que adquirir con
esfuerzo. Me consideré tan por encima de todo que me olvidé de mirar a las
creaciones una por una y no en conjunto, me olvidé de que eran piezas de orfebrería celestiales y no ctónicas.
La destrucción de mi prisión casi autoimpuesta me otorgó la comprensión
absoluta de que la incomprensión es una parte más de la compleja existencia
imperfecta, pero bella.
Tras desencadenarme de mis
opresivos pensamientos lo hice también de mis cadenas físicas, elevándome entre
los escombros y observando a la multitud asombrada. La tormenta había cesado,
la de mi interior también. Descendí entre ellos, arredrados ante la visión de un
desdichado hecho añicos físicamente que de repente parecía la representación del
dios al que adoran y por el que tantos han asesinado.
Me posé en el suelo porque ningún auténtico dios puede elevarse ante aquellos
que le adoran, ninguno puede acercarse a sus feligreses si no lo hace de uno en
uno, mirándolos de cerca. Nadie puede ser un dios si odia y castiga a sus
creaciones, o al menos a las creaciones de otro que él ha intentado moldear.
Tras el aboroto que se desató
durante unos minutos, callaron y esperaron que pronunciara alguna palabra de
aliento que les dijese. Podría haberlo hecho, ya que tenía mucho que decir y
que enseñar, pero ya lo hice una vez y fracasé. No, no podía pretender que
fueran los seres de pura luz que pretendía, porque eran algo más complejo,
intrincado e interesante. No estaban hechos a mi imagen y semejanza como
intenté, y no lo necesitaban.
El silencio era cortante, pero no como el de un alfanje, sino más bien el corte
que produce el vuelo de una libélula. Era tranquilizador tras la impresionante
tormenta.
Pero había que romper ese silencio. Y lo hice, mas no pronunciado palabra
alguna. Observé entre los escombros de una vivienda que había un piano
asombrosamente intacto, lo cual era en sí mismo un milagro termodinámico, como lo es nuestra propia existencia. Me acerqué a él con paso vivaz sin que nadie me quitara
ojo.
Me senté frente al piano, que a su vez estaba frente a mi numeroso público y
comencé a presionar las teclas con delicadeza y sin pensar, sin usar la razón.
Una melodía que jamás había escuchado nos envolvió a todos donde antes atronaba
la tormenta. Una melodía que siempre estuvo en mi interior, que había sonado
entre las estrellas y que yacía en el alma de todos ellos esperando a
liberarse, a existir como algo más que una sensación.
Y entonces ocurrió lo que ni siquiera había planeado: muchos, de una forma u
otra, empezaron a acompañarme. Un grupo apareció con violines, otro con
guitarras, los hubo con flautas y trompetas. Todos esos instrumentos eran
etéreos y no tangibles como mi piano, habían cogido esas formas a partir de la
esencia de sus propias almas y los comenzaron a tocar.
Otros tantos comenzaron a cantar dando forma con palabras a lo que quería
trasmitir con mi melodía y el resto bailaban agarrados o en solitario al ritmo
de la canción.
El sol se sacudía entre las oscuras nubes, que se debatían por seguir coronando
el cielo. Pero la melodía se incrementaba, la luz se imponía y la esperanza se
desataba en mi corazón, que sanaba con cada nota, con cada sonido, con cada
paso de baile, cada salto y cada risa que escuchaba. El odio no desaparecía, ni
el miedo, ni la guerra, ni la muerte, ni la ignorancia, ni el dolor, ni tampoco
la duda o el aparente sinsentido de nuestra propia existencia, pero la
esperanza plantaba cara a cada uno de estos elementos que parecían gobernarnos,
la esperanza nos daba la fuerza necesaria para enfrentarlos, para construir
algo que los mantuviese raya en un mundo que parecía acabado . Todos al
unísono, con nuestras muchas diferencias aparentemente irreconciliables,
tocando y bailando al mismo son, esforzándonos en sembrar algo en esta yerma
tierra que recogerán los que nos sucedan y que nos legaron los que nos
preceden.
Porque eso es lo único que tiene valor, lo único que tiene sentido, lo único
por lo que tenemos que luchar y lo único que perpetuará nuestra existencia,
aquello que les dejemos a los que vienen detrás, aquello que nos una, nos haga
mejores y nos permita crear y no destruir. Porque la creación es infinita,
expansiva y la destrucción limitada y constreñida.
Y así esta canción se eleva
más allá de esta región, de este país, de este continente y este mundo. Así los
sonidos de nuestras almas recorren el cosmos para llegar a ti y recordarte que
no eres el único que no sabe qué hace aquí ni qué es lo que debe hacer, no eres
el único que te has caído una y mil veces, que te has perdido y que ha sentido
rabia, miedo y desilusión asomándote al mundo de ahí fuera, frío, oscuro y sin
sentido. Que todos caminamos a tientas en la oscuridad, pero que no lo hacemos
solos, que podemos darnos la mano y dar la espalda a aquellos que odian sin
motivo, evitando nutrir más esa oscuridad que jamás dejará de existir del todo.
Que podemos proporcionarnos luz mutuamente, unir nuestras almas y hacerlas vibrar hasta que la melodía se transforme en una nueva
que siga conectando con futuras almas. Porque la melodía da sentido en sí misma a este costoso camino y si te paras un momento a escuchar la oirás también
dentro de ti y a tu alrededor.
Porque te prometo, seas quien seas, que la esperanza te abrigará en los días
más fríos y la luz jamás desaparecerá del todo, incluso cuando la oscuridad
parezca engullirnos. Cierra los ojos, siente la melodía, baila, solo o agarrado a esa persona a la que amas, y canta, amigo lector o amiga lectora,
canta, porque hay motivos para hacerlo, porque tu canción moldeará tu mundo y el de otras personas, resonará en las almas que conecten con la tuya y la luz emergerá con más intensidad que nunca.
Este texto es mi canción para ti, que dedicas tu tiempo a leerme, para que sientas de nuevo el ritmo si has perdido el compás y alces tu voz por encima de estas letras, junto a la mía, al unísono y con un objetivo: recordar que estás vivo, que estás viva y que tu voz le da la vida a otra u otras personas en este mundo. Así que sigue cantando, sigue bailando, observa las estrellas mientras lo haces y comprenderás que ya no hay nada más que comprender.
El sol no se ha puesto aún por última vez
Tito Livio


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