sábado, 23 de mayo de 2026

Belleza, tiempo y soledad

 

–¡Mañana es el baile! –exclamó con una ilusión y una energía casi molestas mi compañera–. Y tú sin pareja. Vas tarde.
 ¿Está bien que abra un relato con un diálogo de un personaje sin nombre para continuarlo con una reflexión sobre la forma del texto nada más empezar el relato? Estas son solo dos dudas cuya respuesta creo que ya conozco.
–Tengo todavía 24 horas para encontrar a una mujer que quiera ser mi pareja y compartir esa noche tan especial conmigo. Tiempo de sobra, no te preocupes –Fingía tan bien mi propia despreocupación que casi era convincente.
–Sí, claro, si te conformas con cualquiera. Aunque ni por esas lo tendrás fácil. –Ahora sí resultaba más que molesta–. Ten en cuenta que la etiqueta y la belleza son importantes en un baile como este.
–Por supuesto que sí. Y la educación también, lo cual podría excluirte.
¿Lo estoy diciendo en alto o lo estoy pensando? No, espera, lo estoy escribiendo.
–Pobre de la mujer que termine siendo tu pareja, qué desagradable puedes llegar a ser. –Sacó la lengua, pero no de forma simpática o cariñosamente burlona. No, la sacó con desprecio, con asco.
–Yo al menos soy real y tengo nombre, tú solo eres un recurso de mi relato, un constructo. Menos que eso, eres un arranque necesario que desaparecerá dentro de unas pocas palabras. Que te jodan, compañera sin nombre.
–¿Eso crees que soy? –arqueó las cejas con sorna–. Soy mucho más que eso. Estoy en tu mente, soy parte de ti, de tu conciencia, de tus demonios, de lo que ves y escuchas ahí fuera. Soy una voz persistente, un pensamiento molesto y recurrente. Soy tan importante que has empezado conmigo este relato de mierda.
–Y aun con todo sigues sin tener nombre. –Le restregué una peineta en la cara como si tuviese quince años.
–¿Acaso has dejado de tenerlos alguna vez, chaval?
–Eh, eso no lo he dicho en alto, no puedes romper las normas.
–Y sigues sin entender algo tan básico –puso los ojos en blanco como si hablase con un auténtico gilipollas que no se entera de nada y al que, para más inri, no soporta. Empates, supongo.
–¿A qué te refieres? –Fruncí el ceño esperando la respuesta de uno de mis personajes sin trasfondo.
–Que no hay reglas. Hala, ya has chafado la moraleja de este relato antes del final.
–Mis relatos no tienen moraleja, en ellos solo intento reflejar una realidad, la mía. Y mi forma de ver el mundo.
–Venga, no me vengas con mierdas. Tienen moraleja, unas que intentas que calen en las pocas personas que lo lean y en ti mismo cuando las escribes. Y, oye, no es algo malo. Pero… –hizo una pausa sin sentido para darle un dramatismo innecesario a la frase– la tienen.
–No sé quién cojones eres, pero me estás empezando a caer bien.
–¿No tenías claro que era un personaje de tu relato sin importancia?
–Y lo sigues siendo, pero, como todo personaje, tienes cierta voluntad propia. Enhorabuena.
–No la merezco. Es mérito tuyo, tú eres el escritor.
–Pero no acostumbro a tirarme flores a mí mismo, llámame raro.
–Pues lo acabas de hacer, eres tú quien me escribe.
–¿Podemos ir al meollo antes de que vuelvas a caerme rematadamente mal?
–El meollo es que estás solo y que te estás quedando sin tiempo para dejar de estarlo.
–¿Eran 24 horas?
–O diez años, veinte o un puto mes. Eso no importa. La cosa es que te-quedas-sin-tiempo.
–¿Y qué propones? –pregunté levantando una ceja, aunque en la vida real soy incapaz de levantar una sola.
–Lo primero que no alargues más este diálogo y te lances ya a tu monólogo interminable. Lo siguiente que recuperes los conceptos iniciales que rondaban en tu cabeza para este relato antes de que interviniese yo: belleza, soledad y tiempo.
–¿Algo más?
–Que sea corto, que sea intenso, aunque tampoco te pases, y que sea sincero.
–Bien, pues gracias, supongo.
–De nada. ¡Ah, y tengo nombre! Me llamo Lara, rondó en tu cabeza, pero recordaste que usaste ese nombre en una historia que escribiste a mano con dieciocho años y no te apeteció reciclarlo. Peeeeero –ya estamos alargando frases– no puedes quitarme lo que inconsciente me diste, compañero. Nadie puede quitarte lo que de alguna forma te pertenece, aunque sea en lo más hondo de ti.
–Ya estamos con las putas moralejas.
Para más inri, cuando corrijas este texto para publicarlo dentro de más de un mes ciertas circunstancias harán que la elección de este nombre que me diste sea todavía mucho más curiosa. Una de esas cosas que te hace creer en gilipolleces como el destino y lo predestinado.
–Eh, ¿qué pasa, que ahora también vienes del futuro y te gusta hablar con misterio?
Sonrió levemente y como vino se fue, entre letras.

En fin, que necesito una pareja. ¿La necesito? ¡NO! ¿La quiero? Supongo. ¿O tampoco? Pero es que no tengo elección, me quedo sin tiempo. La norma del baile es acudir en pareja. ¿Cuánto queda? Miro el reloj y veo que se mueve a toda velocidad al mismo tiempo que con la mayor lentitud. No hay tiempo, pero me quedo sin él.
Toca correr, buscar. Busco a una mujer. Eso es, una mujer guapa, una simpática, divertida, con cosas en común, valores y que tenga mucho sentido del humor. Pero sobre todo guapa. Que sea guapa es lo más importante. La belleza exterior es la presentación, es lo que da distinción, es lo que nos atrae primeramente.
¿Pero qué coño estoy diciendo? Eso es totalmente mentira e incluso diría que ofensivo. ¿O no lo es? ¿Es la belleza importante? Párate a pensarlo. No es lo principal, vale, pero lo es. ¿Lo es para ti cuando buscas pareja?
Claro que lo es, me reafirmo. La belleza es una flecha que nos impacta, un péndulo que nos hipnotiza. La belleza, por momentos, lo es todo, lo mueve todo.
Ahora cabría preguntarse qué es la belleza. ¿Un hombre con abdominales, ojos azules y una sonrisa deslumbrante? ¿Una mujer de piel blanca, pelo largo, rubia, nariz respingona y ojos almendrados? Claro que sí, pero pobre el que limite la belleza a eso.
La belleza abarca tantas cosas, pero tantas. Y no todas consideradas bonitas.
Hay belleza en una puesta de sol, pero lo hay más en una puesta de sol de verano, más aún en una puesta de sol de verano en plenas vacaciones, en la playa y junto a la persona que amas. Puede ser bella de formas diferentes para mucha gente distinta, incluso puede tener una belleza más intensa tras un día en el que perdiste la esperanza.
Hay belleza en una reconciliación e incluso en la propia discusión, en esa que sacamos todo lo que llevamos dentro y mostramos una parte de nosotros que siempre ocultamos. Porque hay belleza en conocernos, en reconocernos, en disgustarnos, en corregirnos, en disculparnos. Hay belleza en el caos, en los arrebatos, en lo que somos. Hay belleza en la risa, más aún en la risa sincera de un niño, más todavía en la risa de un niño que nunca se reía.
Pero también lo hay en la tristeza, en un sollozo o en una persona llorando desconsolada. Porque antes de aquello también hubo belleza en forma de amor, ahora perdido; ilusiones, ya rotas; confianza, para siempre quebrada. Y no hay nada más bello que dejar que tu interior exprese todo aquello que sentías, aunque sea llorando por cómo ha terminado.


Todos esos momentos forman parte de tu vida, de ti, de quien eres, de lo que muestras a los demás, de lo que construyes y a veces destruyes, para después reparar. Hay belleza en un día lluvioso y una tormenta, en una persona que acaba de nacer y en una persona dejando la vida rodeada de sus seres queridos.
Hay gran belleza en unas palabras de despedida o en la propia despedida, incluso cuando sabemos que no volveremos a ver a esa persona y eso nos destruya por dentro. Hay belleza en cada una de esas cosas consideradas feas. Porque la belleza, igual que el amor, igual que la propia vida, es compleja y difícil de catalogar.
Hay belleza en ti. Y sí, también hay un montón de mierda. A algunos esa mierda les ha ahogado y la única belleza que pueden ofrecer es la de su cadáver pudriéndose. Ya dije que pretendía ser sincero, no regalaros el oído con mentiras absurdas. O al menos mentiras que yo no me crea.
La vida puede ser una mierda, está llena de mierda y de personas de mierda, por eso ver la belleza donde parece no haberla es tan importante, porque la mierda puede ocultárnosla fácilmente. Rasca un poco.

Que yo haya podido ver belleza en la vida no tiene mucho mérito, pero sé que existe incluso en los rincones más oscuros que, de forma más o menos superficial, todos hemos hoyado alguna vez. Y en esos momentos en los que resistimos con todo en contra, incluso con nosotros mismos en contra, poniéndonos la zancadilla, insultándonos, reprochándonos o asegurando que no conseguiremos lo que tanto deseamos. Hay belleza en enfrentarnos a nosotros mismos y en salir adelante tras el enfrentamiento contra nuestra sombra.
Ahora mismo podría parecer que mi vida es una mierda porque se acerca el baile y yo sigo sin pareja, pero… –ahora entiendo que esas pausas dramáticas son más cosa mía que de Lara– no lo es. Y eso no quita que tenga que correr.

Y aunque corra llego tarde, como siempre. El baile ha comenzado y yo estoy solo. Todos tienen a su pareja, incluida Lara, que me mira sonriendo, no con pena. Aprieto los puños, caigo de rodillas en medio del escenario, humillado, temblando y consumiéndome. La música ha comenzado a sonar y siento que mi cuerpo arde, que se desintegra, que el corazón me palpita con fuerza, que las lágrimas deciden liberarse de mis ojos, negras y frías como la tinta y que la rabia y la pena me consumen. ¿Es para tanto? Lo reconozco, no lo es. Y aun así aquí estoy, consumiéndome, marchitándome, porque ya no tengo tiempo. Ya no. Lo perdí. Y cuando llega el momento no soy capaz de ver la belleza, aunque me rodee.
Miro al suelo derritiéndome, sin poder controlar mis sollozos, suplicando porque termine rápido. Pero no termina, la música sigue, la vida continua, el baile no se detiene y todos disfrutan. Entonces vuelvo a alzar la cabeza y observo de nuevo a Lara. Me sonríe, me guiña un ojo y me saca la lengua, esta vez sí con cariño.
En ese momento su inexistente voz resuena en mi cabeza: No hay normas.
Eso es, no las hay. No hay normas para el baile, no hay normas para la belleza, no hay normas para vivir, no hay normas para disfrutar de la música. NO HAY NORMAS.

Mi cuerpo sigue ardiendo, mi corazón latiendo, mis lágrimas cayendo, pero ya no estoy de rodillas. Me he levantado, la cabeza mira al frente y una sonrisa estúpida se asoma en mi boca, como una amable devolución a Lara.
La música sigue y yo comienzo a bailar, solo, sin nadie a mi lado, sin nadie que me agarre. Y disfruto como siempre lo había hecho, sin detenerme. Comprendo que fuera del baile nunca he estado solo y que si he llegado a él ha sido gracias al apoyo de ciertas personas. Y descubro que no se está tan mal bailando solo, que tiene su interés, su misterio, su propia belleza. Ya no miro a los demás con rabia, pues su belleza me contagia. Paso entre ellos, les saludo y sigo a mi ritmo, a mi bola, eligiendo mis propios pasos, sin nadie que dicte cómo he de bailar, aunque tampoco nadie que me ayude a hacerlo mejor y a sentirlo más intenso.

Si estuviese en mi mano elegir cómo bailar ¿elegiría bailar solo nuevamente sabiendo lo que sé? Tal vez si, probablemente no. Pero lo importante es ver la belleza en el baile en solitario y en el baile acompañado. Nadie puede decirte cómo hacerlo, ni con quien, ni si encuentras la pareja de baile cuando se supone que el baile comienza para ti, porque aunque todos bailamos en el mismo salón cada uno lo hace con sus propios zapatos y siguiendo un ritmo muy diferente.
Déjate llevar, lector, que no te diga nadie que lo estás haciendo mal, lectora. ¿Tampoco tienes pareja? No te preocupes, paradójicamente no estás sola. ¿Estás harto o harta de la que ya tienes? Suéltala un poquito y baila con nosotros. Oh, espera, ¿escuchas eso? Se ha abierto el suelo. Menudo estruendo. Y a pesar de ello la música no deja de sonar, porque a la música le da igual que sea el jodido final del mundo, que va a seguir sonando, contigo o sin ti. Así que baila sin preocuparte mucho.
–¡Has repetido el recurso del baile como metáfora, capullo! ¡Ya lo usaste en otro relato! –Me grita la siempre simpática Lara mientras no suelta a su pareja ¿le está agarrando el culo?
–Ya lo sé malhablada, ha sido intencional. ¿Y qué si repito? ¿Eh? ¿Me vas a decir tú lo qué hacer? ¿Cómo escribir? ¿Lo vas a hacer tú, lector? ¿Acaso no lees cómo te da la gana y no te digo nada? Que no eres capaz de soltar el puto móvil un momento ni leyendo un relato corto.
Esta vez soy yo el que saco la lengua amistosamente. Lara se ríe porque finalmente lo he entendido. Y con esta hostilidad repentina hacia ti, lector o lectora, espero que tú también lo hayas entendido. Que lo hayan entendido todos los que te juzgan, todos los que dictaminan cómo tienes que bailar esta danza sin sentido que nadie eligió. Poniéndolo en palabras bonitas: no hay normas escritas para que alcances tu felicidad ni para que veas belleza hasta cuando la oscuridad de tus emociones más profundas te engullan, no las hay para que llegues a una meta inexistente. En palabras no tan bonitas: que se vayan a la mierda los que te digan cómo vivir tu vida y pretendan marcarte los pasos.
Písales cuando lo hagan y disfruta de la belleza de su grito y su cabreo porque no los haces caso. Ríete de ti mismo, intenta mejorar, recrimínate cuando lo haces mal, pero no te fustigues por no lograr lo que otros ya lograron hace tiempo. Y sigue riéndote mucho. De ti, como ya te dije, de los que te intentan cambiar, de los que no te quieren tal y como eres, ríete de tu soledad y de ti mismo por llorar cuando te sientes solo o sola. Ríete con la vida y de ella, aunque la risa se convierta en tu única compañera de cama. Y ríete de Lara, sobre todo de Lara.
–Cabronazo pedante.

El abismo sigue avanzando, el suelo desapareciendo y algunas parejas se separan para escapar, otras incluso lanzan a su pareja y muchas otras se mantienen juntos, abrazados. Yo sigo bailando solo, esperando que el abismo me engulla, como a todos. Porque aunque vivan siguiendo los pasos de baile marcados por la sociedad, aunque se enfrenten al abismo con pareja o solos, aunque hayan corrido en dirección contraria, aunque hayan hecho lo que han querido, todos afrontan el abismo. Así que ya sabéis, afrontadlo sin complejo por cómo llegáis a él, mirad la estela que dejáis atrás, las cosas que habéis vivido, lo que habéis sentido y disfrutado, lo que habéis reído, soñado despiertos, luchado y reído. Mirad vuestras propias huellas, aunque se distancien del resto, aunque sean zigzagueantes y confusas, aunque no las mire nadie. Miradlas vosotros y ved cómo se dirigen al abismo.
Cierro los ojos y siento que sigo ardiendo, palpitando, bailando y viviendo. Alzo los brazos y espero el momento. Entonces alguien me agarra por la espalda, me abraza e intenta salvarme. El abismo llega, no puedo girarme a tiempo para verla la cara, pero sé que es una mujer. ¿Es Lara? Creo que sí, pero no puedo asegurarlo. Lo que sí soy capaz de asegurar es que siento algo que nunca había sentido justo en el momento antes de caer, justo antes de que juntos nos precipitamos al vacío.
En la caída la música se aleja, pero sigue sonando, y oigo un susurro, la voz de esa mujer.
–Nunca es tarde.
Siento una belleza nueva, efímera, tal vez por ello más intensa. La mujer desaparece justo antes de impactar, disipándose en preciosos haces de luz, y me hago una pregunta. ¿Existió? ¿Existe? Nunca sabré si era Lara y ni siquiera si era real.
Mi cuerpo impacta en soledad contra el suelo envuelto en sombras. Ya no hay música, ya no hay salón de baile, ya no hay parejas, ya no hay más huellas, ya no hay nada, solo mi cadáver, solo yo, solo la soledad, solo un cascarón vacío. ¿Demasiado oscuro y triste para finalizar?
Yo yazco muerto, pero sigo escribiendo. Solo esto de mí queda, lo que escribo y nada más. Y con ello queda lo más importante; la belleza.
¿Es la soledad una condena, mi condena? ¿La deseo? No lo sé. ¿Es eterna? No lo sé. No puedo ver el futuro, pero puedo ver el presente, mi presente antes de yacer muerto en lo más hondo del abismo. Ahora mismo puedo ver el abismo acercándose, escuchar la música sonando, sintiendo mi corazón palpitando y el calor de mi cuerpo abrasándome. Oigo los murmullos de otros. Veo, escucho, siento y oigo. Y finalmente elijo, bailo y me río. Y espero, aunque nunca llegue, aunque sea un sueño, aunque sea efímero. Y mientras sigo bailando sigo sintiendo, sigo escribiendo. Sigo viviendo. ¿Y tú, lector, estás bailando con quien quieres? ¿Lectora, bailas ya por inercia y sin pasión? ¿Qué pasa, qué tienes miedo de soltarle y quedarte sola? O, peor aún, ¿temes el qué dirán tus conocidos cuando lo hagas? ¿No has aprendido nada? NO HAY NORMAS. Joder, que me he saltado unas cuantas normas estilísticas y de coherencia escribiendo este relato para demostrártelo, que te lo he escrito con mayúsculas dos veces, que he escrito desde el futuro y usando a un personaje que ha cobrado más vida de la que nunca imaginé para que lo entiendas. He sido de todo menos sutil; otra norma que me he saltado, la sutilidad.
Seas quien seas la verdad es que eres quien eres. Y no, no tienes mi respeto simplemente por serlo, porque tal vez seas un gilipollas redomado al que no soporte, pero también es probable que solo seas una persona viviendo sin pretender hacer daño ni que te lo hagan. Y aunque ambas cosas sean imposibles, estás viviendo como sabes, como puedes y como crees. Como lo hago yo. Así que echa un vistazo al abismo que se aproxima antes de darle la espalda, abre bien los ojos, respira, siente y prepárate. No sabemos lo que tendremos que afrontar, pero lo afrontaremos. Y lo haremos a nuestra manera con la intención de exprimir el jugo de esta danza absurda hasta la última gota, hasta que nos duelan los dedos de apretar, los pies de bailar, los ojos de llorar y la boca y los pulmones de reír. Hasta que la inevitabilidad del tiempo que se agota envuelva nuestro cuerpo en compañía o en soledad y nos deje descansar en la belleza del olvido eterno de una vida plena. Nuestra vida.