lunes, 11 de mayo de 2020

La última lágrima del Elegido




Intento mantener la calma, convencerme una y otra vez de que esto es lo correcto, el único camino, consecuencia directa de los errores de los jedi. He obrado bien, todos ellos merecían la muerte. O tal vez no, ¿y si me he equivocado? La duda me golpea el corazón y me desequilibra, obligándome a aferrarme con firmeza a la barandilla.
Ya no hay marcha atrás, y eso me aterra por momentos. Para mantener el tesón cierro los ojos e intento sentir la Fuerza Viva de la que tanto hablaba mi primer y efímero maestro, Qui-Gon Jin. Estoy aquí y ahora, en esta situación, por ella. No por la galaxia, por la paz o la justicia; estoy aquí por Padmé. Fue en ella la primera vez que vi la Luz más allá de mi madre. No la vi en las palabras de Qui-Gon, no en la figura de Yoda ni en los ojos de los miembros del Consejo Jedi, tampoco en las enseñanzas de Obi-Wan, sino en aquella muchacha de 14 años. 

Y no sólo fue la primera vez que vi la Luz en otra persona que no fuera mi madre, me atrevería a asegurar que fue una de las pocas veces que la vi y la sentí; en el mismo lugar triste, apartado y oscuro en el que nací y me crie. Pues, a pesar de ser un planeta con dos soles, Tatooine es el lugar más oscuro que conozco, más incluso que el planeta Dathomir. Un lugar abandonado por la República a la suerte de sus habitantes, donde el civismo escasea más que el agua, mientras el salvajismo, el contrabando y el esclavismo prosperan sin nadie que lo impida, donde la vida de un niño y su madre valen menos que una vaina de carreras. Un lugar en el que una madre se ve obligada a decir adiós a su hijo de nueve años, dejando que un desconocido lo lleve a una vida de conflictos y militarizada sólo porque, incluso esa, sería una vida mejor y más digna. Un planeta remoto en el que sobrevive el que dispara primero y demuestra ser tan vil como el resto. Allí no hay lugar para seres puros como mi madre, Shmi: una mujer fuerte y resiliente que me crio ella sola en las peores condiciones, encontrando su fatal desenlace en las manos de esas bestias a las que exterminé.

Aquella vez no fue la primera que tuve esa sensación en mi interior, en absoluto. Ya con la muerte de Qui-Gon sentí algo similar. Una sensación de ahogo provocada por la frustración y la ira. No hay que dejarse llevar por ella, repite una y otra vez Yoda. ¿Qué he de hacer, entonces? ¿Contemplar con pasividad cómo asesinan a mi madre sin merecerlo? ¿Perdonar a criaturas sin sentimientos que mañana volverán a hacer lo mismo con otro ser inocente, si es que queda alguien inocente en aquel desierto infinito? ¿Podemos abandonar la esencia de un jedi para luchar en pos de la República y no en defensa de nuestros seres queridos? ¿Acaso no merecen nuestra venganza? 
 Es propia de los sith, dicen. Tampoco es propio de un jedi enamorarse ni tener hijos, sólo es propio de un jedi luchar, pero no por quien realmente lo necesita cuando lo necesita. ¡No es justo! Ese día debía empuñar mi sable láser más de lo que nunca había debido hacerlo, mi madre así lo merecía. No negaré que los lamentos de los niños de esos moradores de las arenas me perturbaron durante un tiempo, pero sé que algún día habrían cometido una barbaridad similar a la de sus padres. Si los jedi no pueden eliminar el problema de raíz, ¿para qué nos necesita la galaxia?
Nunca había dejado fluir mis sentimientos más profundos como ese día, nunca había desatado ese nudo que me atenazaba desde que abandoné Tatooine, jamás había demostrado mi odio hacia ese lugar más allá de las palabras como lo hice aquella noche. Tuve miedo, pues mi conducta fue la de un sith. Incluso había escuchado el eco de la voz de Qui-Gon gritándome que no lo hiciera en algún rincón de mi mente que ignoré.
También sentí rabia hacia mí mismo por no actuar antes cuando tuve esas visiones y hacia la Fuerza por darme ese poder clarividente sin dejarme libertad de acción, ya que por aquel entonces pensaba que los jedi y la Fuerza eran uno sólo, y, teniendo en cuenta que los jedi y sus reglas me ataban en corto, de alguna manera era como si la propia Fuerza y las “normas” que la rodeaban también lo hiciese. Al tiempo que me daba alas me las cortaba. Pero cuando tuve esas visiones sobre Padmé juré que no pasaría lo mismo.
Fue Padmé la que ese día estaba allí, la que me escuchó y me consoló. No sólo no se asustó por mis palabras o por mi furia y mi odio patente, sino que me supo tranquilizar. Sentí su mirada penetrándome, intentando ver mi propia luz entre tanta oscuridad; a veces parece que sólo ella es capaz de encontrarla y comprenderme, la única que confía en mí. Ese día, cuando me derrumbé, sentí su luz como el primer día, pude notar su calor mientras me arropaba y dejaba que llorara desolado por la pérdida.

Ese fatídico día tuve a mi lado al ángel que me fascinó cuando era un infante, al ángel que se prendó de una ternura que no tardé en perder, al ángel que me dio un motivo por el que vivir más allá de la esclavitud, la servidumbre, los combates y la guerra. Un ángel que me apaciguaba con su sola presencia y con el sonido de sus palabras -incluso cuando manifestaba sus ideas políticas contrarias a las mías-, que me hacía sentir dichoso en el día más desgraciado de mi vida, que me hacía sentir en Tatooine como si estuviera rodando por las praderas de Naboo, en aquellos momentos en los que el mal y la muerte sólo se fingían tras jugar montados en un shaak. Ella estuvo allí el día que enterré a mi madre y, con ella, una parte de mí, a aquel niño esclavo y dulce del que, diez años después, e incluso en aquel momento, sólo quedaba su fascinación por aquel ángel. Bajo la ardiente arena de Tatooine yacen mi madre y parte de mi luz, sepultada en las sombras de esa tumba solitaria. Al fin y al cabo esa era una luz que sólo le pertenecía a ella y allí debe descansar durante toda la eternidad.
¿Y qué me queda ahora? Sombra, la sombra proyectada por la República, los jedi y las palabras de mi nuevo maestro, Palpatine; Darth Sidious, más bien. Sólo la luz de Padmé mantiene una pizca de mi cordura a flote. Poco me importan ya la política y el Imperio que Sidious quiere forjar tras el derrocamiento de sus enemigos, tan sólo me importa salvarla a ella. Estaría dispuesto a matar a Palpatine tras enseñarme el poder de traer de vuelta a los muertos, para, así, autoproclamarme Emperador junto a mi Emperatriz, y juntos regir la galaxia con sabiduría y firmeza.
Desaparecerían la esclavitud y los sindicatos del crimen, el hambre y la guerra, la monopolización de la Fuerza por parte de jedis y sith. ¿No querían los jedi equilibrio? Pues lo tendrán. Mi oscuridad y la luz de Padmé guiarán a cada ser vivo de esta inmensa galaxia, la Luz y la Oscuridad, el verdadero Lado Luminoso y el auténtico Lado Oscuro. Seremos justos, pero contundentes y nadie se atreverá a cuestionarnos.
 
¿Y sí Padmé no lo aprueba? Dudas, otra vez. Si ella me traicionara, si desaprobara lo que he hecho… no quiero ni pensarlo, no sé cómo actuaría. Pero no podría matarla, no podría hacer lo que hice con los tusken, los separatistas o esos niños jedi. Todos eran peligrosos, todos habían aportado su granito de arena para destruir la galaxia, incluso los niños estaban siendo instruidos para ello.
Pero Padmé, ¿cómo hacerla daño cuando sólo está equivocada? No sé vivir sin ella; si lo he destruido todo ha sido por ella, y si ella me abandona yo acabaría destruido. Nunca más volvería a ser un ser humano, hasta el día de mi muerte sería lo más parecido a una máquina que existe, caminando hacia delante con el fin de volver a ver la Luz, su luz, algún día. Con el fin de encontrar respuestas a preguntas que no dejan de acosarme, con el único fin de volver a ver al ángel mientras camino entre demonios. Dispuesto a servir a un bien mayor que mantenga estable la galaxia al mismo tiempo que espero una señal de que su luz existe todavía más allá de las estrellas.
Una luz que es intensa en mis recuerdos: recuerdos de nuestro primer beso en Varykino, nuestra boda envuelta en tantas sombras como luces frente al Lago de Retiro, nuestro apasionado beso en la arena Petranaki de Geonosis -un beso que nos liberó mucho antes de que se soltarán los grilletes-, la primera vez que demostramos nuestro amor más allá de los besos entre las sábanas de la cama de Padmé en su apartamento, el día que me anunció su embarazo… Todos esos recuerdos estarán por encima de la oscuridad y el dolor pase lo que pase, todos ellos me guiarán entre los escombros de aquello que algún día amamos.

Pero nada malo va a pasar, porque sé que su amor por mí está por encima de su amor por la democracia y la República, y porque no permitiré que nada malo le pase cuando dé a luz a nuestro hijo. Luke será su nombre, y ni en un jedi ni en un sith se convertirá, pues trascenderá como lo he hecho yo. No se verá arrastrado al abismo por unas absurdas normas de un Consejo que ha olvidado el significado de la Fuerza y que no conoce el significado del amor. No conocerá la desconfianza ni le temerán por su poder incomprendido: le respetarán y continuará el legado de su padre para que la galaxia no vuelva a ser la que era. 
Y si con su nacimiento la muerte recibe a Padmé, me encargaré de resucitarla con el poder que me otorgue Sidious. Un poder antinatural, afirman todos, pero ¿cómo puede ser antinatural traer de vuelta a la vida a un ser que amamos? Si los jedis tienen prohibido contraer matrimonio y vincularse emocionalmente de  ninguna forma con nadie, es lógico que no comprendan la necesidad de usar ese poder que está por encima del bien y del mal. Usarlo no es algo que me convierta en un sith, de la misma forma que ese nombre que me ha otorgado Sidious: Darth Vader, tampoco lo hace.
Haré lo que desee mientras me ofrezca lo que necesito. Seré partícipe, una vez más, de los juegos de aquellos que son cortos de miras con tal de que su corazón vuelva a latir en caso de que se pare. ¿Acaso no usamos la Fuerza para alterar las funciones cognitivas de los más débiles de mente? ¿No es eso antinatural para los jedi? Solo son unos traidores ignorantes, pretenciosos y sectarios que se cierran a utilizar todo el potencial y las maravillas infinitas que nos ofrece la Fuerza y que, seguro que en algún momento, los primeros jedis de hace miles de años utilizaron sin etiquetar con esa facilidad despreciable a quienes lo hacían. 

Los jedi se equivocan, siempre han estado equivocados, tan equivocados como cuando acusaron injustamente a mi padawan Ahsoka de un crimen que no cometió. Ella se fue por voluntad propia, e incluso cuando tuvo oportunidad de volver no lo hizo. Nos ayudó hasta el último momento luchando por lo que creía, pero sin dejarse engatusar de nuevo por el Consejo Jedi y sus mentiras. Fuiste lista, Chulita, como siempre lo has sido. Otra de las pocas luces que han iluminado mi vida. Una togruta indómita, más testaruda que yo, pero con un corazón puro que lucha por lo que cree que es justo, que se cuestiona cosas y que ha sido tan pisoteada como lo he sido yo por los que una vez luchó. ¿Habrá sido exterminada como una jedi más tras ejecutarse la Orden 66?
Lo último que supe de ella fue que se trasladó a Mandalore junto a Rex para dar caza de una vez por todas a Darth Maul, otra marioneta que ya ni siquiera es un sith, como muchos le denominan erróneamente. Fue utilizado como un juguete más por los poderes superiores que pugnan por controlar la galaxia, desechado como un despojo tal y como fuimos desechados por los nuestros Ahsoka y yo. 


Ojalá mi joven padawan haya sobrevivido, y, si lo ha conseguido, espero que los caminos de la Fuerza nos unan de nuevo y apruebe todo lo que he hecho con los jedi que tanto daño le hicieron. Espero que comprenda en qué me he convertido y decida trascender ella también, pues combatir contra la mejor jedi que he conocido y una de las personas que más he querido sería demasiado doloroso, una carga más que no sería fácil soportar.
 Las últimas palabras que me dirigió fueron: “buena suerte”.  No pude devolverle las palabras, no pude decir nada. La miré y, antes de apartar mi rostro de ella, percibí en su interior lo que yo mismo sentía. Ambos sabíamos que era una despedida y que necesitaríamos esa suerte, pues nuestros destinos están envueltos en una sombra creciente, tan oscura que nos es imposible siquiera imaginar qué nos espera más allá. Ojalá tu suerte me acompañe, Ahsoka. Ojalá. 


También Obi-Wan en nuestro último encuentro deseó que me acompañara la Fuerza. Una consigna que utilizamos con inercia, sin pensar, sin sentir. ¿Lo sentía Obi-Wan realmente cuando me lo dijo por última vez? ¿Era consciente de lo que era realmente el Consejo Jedi? Pues claro que lo era, formaba parte del Consejo. Son muchas las veces que pensaba que estaba contra mí, a pesar de ser como un hermano. Ni siquiera me defendió cuando me aceptaron en el Consejo presionados por Palpatine sin concederme el título de Maestro. Era uno más de una Orden Jedi corrupta cuyos jedis tenían ya el juicio nublado. Para mí era la otra luz que me ayudaba a mantenerme en pie, pero a veces sentía que se apagaba y me abandonaba. Ahora sé que lo ha hecho. Algo me dice que ha sobrevivido a la Orden 66 y que, en algún momento, irá a por mí. Un odio creciente se apodera de mis sentimientos hacia él, siento que ha traicionado mi confianza y el amor que le he ofrecido. Siento que todavía se siente superior a mí, que subestima mi poder y que le repugna lo que he hecho. Él si tendrá que morir, es mi enemigo y pagará todos sus errores cometidos con aquel al que debía anteponer a los intereses políticos de su querida Orden. 
Abro los ojos y enciendo mi sable láser azul pensando en un combate inevitable que tarde o temprano decidirá el destino de ambos. Su zumbido aviva los gritos de los niños que aniquilé. Es azul, pero en realidad ya está teñido de rojo, un color que tarde o temprano empuñaré hasta mi último aliento. Intento centrarme en el combate que se avecina, pero los llantos de los niños jedi me acosan como me acosaron los de los críos Tusken, y su chillido es más agudo y doloroso, solo Padmé puede acallarlos. Necesito sentirla cerca, necesito abandonar este planeta ardiente para siempre y abrazar a la mujer que mantiene los pilares de mi existencia, necesito que haga callar a esos niños, que silencie el sonido de su carne siendo perforada y el de sus suplicas desesperadas, que borre de mi mente las imágenes de aquellos que se escondían temerosos de mi sable tras los sillones del Consejo que no pudieron protegerles de mis ataques. La necesito más que nunca.
 Apago el sable y lo guardo en mi oscura túnica esperando que vuelva el silencio en mi mente. 



Siento una lágrima recorriendo mi mejilla, no soporto este ardor en mi corazón, en mi mente y en mis ojos. Percibo que algo cambia, no sólo en mi interior; es como si con esta lágrima me abandonara la última mota de luz que me quedaba y comenzara una transformación ya imparable. Auguro que el final se acerca. 
 Me quedo mirando fijamente la lava que me rodea, una lava que otorga algo de luz a la oscuridad de este planeta, pero que destroza todo lo que toca. Siento la necesidad de sentir esa luz ardiente, ese fuego purificador que podría destruir todo el dolor que me invade, para poder seguir así hacia delante. Recuerdo la pira funeraria de Qui-Gon, al que ahora considero afortunado, y espero correr algún día su misma suerte. ¿Quedará alguien para llorarme mientras mi cuerpo se incinera bajo las estrellas?

Mis pensamientos son interrumpidos con la llegada de una nave. Es la nave de Padmé, ¿qué hace aquí? Me quito la capucha, me seco mi última lágrima y me dirijo con paso firme hacia ella. Siento que son mis últimos pasos como Anakin, siento que me dirijo a mi destino, al juicio moral de Padmé, al combate definitivo entre mi antiguo maestro y yo. Camino junto a esta lava y, de algún modo, comprendo que es el camino que seguiré hasta mi muerte, rodeado de este infierno en vida, en busca de algo que creo que ya he perdido.
Pero no me detengo, continúo, continúo, continúo mientras escucho en mi cabeza voces, voces que siempre han estado ahí y otras que nunca he escuchado, llantos de bebés recién nacidos, gritos de dolor combinados con un sonido electrizante que me recuerdan a los de Windu, palabras compasivas y de reproche que nunca he recibido de Padmé y Ahsoka, sonidos de sables láser entrecruzándose, de nuevo la carne perforada, gritos de dolor y pánico, sonidos ahogados de gente que suplica por su vida sin éxito y, al fin, escucho una profunda respiración mecánica que ya he escuchado en una ocasión, en Mortis.

 No me detengo, avanzo sin pausa, jamás me detendré mientras ella esté al otro lado, esperándome. La miro mientras baja de la nave con esa cara de preocupación que tanta ternura y desazón me produce, acelero el ritmo y no pienso en nada más. Todos los sonidos e imágenes desaparecen, ya solo quedamos nosotros. Solo nosotros dos, no importa nada más. Nunca ha importado. Así ha sido siempre y así seguirá siendo, pase lo que pase. 



jueves, 23 de abril de 2020

Más allá de las puertas del vacío



Abres los ojos una mañana como cualquier otra. Una mañana idéntica a la anterior y a la anterior y a las de hace dos semanas. Y apuestas lo poco que te queda de libertad a que será exactamente igual a la mañana siguiente. Lo primero que ves es el techo, blanco, liso, vacío. Te incorporas, te quedas en silencio, no piensas, no esperas nada, sólo miras a la pared, también blanca, tan vacía como el techo. Te levantas y te vistes con la misma ropa que hace dos días. Vas al baño, miccionas, te lavas las manos y te miras al espejo. No te reconoces, Miras el blanco de tus ojos, vacío, tan vacíos como el techo y la pared. Vas a la cocina para prepararte el desayuno. Te alimentas, pero realmente ya no importa mucho qué desayunas ni merece la pena perder el tiempo en elegir qué vas a ingerir esa mañana. Rutinariamente coges lo de siempre, no te sabe a nada. Cuando has tomado lo suficiente para mantenerte con energía te diriges a tu puesto de trabajo, frente a la pantalla negra del ordenador. En breve se encenderá y se llenará de documentos de trabajo, pero, aun con todo, estará tan vacía como tus ojos, el techo y la pared. Tecleas, clicas, tecleas, clicas, ejecutas, no piensas. Cada vez más rápido, cada vez con menos sentido. Tecleas sin parar, apenas paras durante toda la mañana.

Te detienes, abres el chat de trabajo, comienzas a escribir a un compañero y ZUM. Se va la luz. No pasa nada, trabajas en un portátil y este se mantendrá encendido con la batería suficiente. Pero no, fue un “zum” definitivo. La oscuridad de la pantalla muestra tu reflejo. Ves el blanco de tus ojos, vacíos, mirando la pantalla en negro, más vacía de lo que estaba hacía un momento. Respiras hondo, intentas encenderlo, subes el diferenciador en el cuadro de luz. Nada. Coges el móvil, al menos podrás hablar a tu compañero haciendo uso de los datos. Pero la pantalla del móvil es idéntica a la del portátil, vacía, negra, un espejo al que mirarte.
Intentas relajarte, así que te tumbas en el sofá boca arriba. Respiras entrecortadamente intentando mantener el control, sin éxito. Te vas a lavar la cara para refrescarte y pensar con claridad. Ni una gota. Nada. Tus manos empiezan a temblar, te miras al espejo otra vez y empiezas a ver algo más que el blanco de tus ojos, algo en tu mirada, más allá de ella. Pero los cierras, pues no te atreves a ver más allá de ellos. Te sientas en el sofá, enciendes la tele como un auténtico gilipollas, sin recordar que no hay luz, no hay tele, no hay consuelo en esa programación vacía –tan vacía como la pantalla del móvil, de tu portátil, tus ojos, la pared o el techo-, no hay nada. Tiras el mando contra el sofá perdiendo por un momento el control. Respiras.

Decides relajarte hasta que todo se solucione. Eliges un libro de tu modesta biblioteca, te tumbas de nuevo y lo abres dispuesto a leer durante un rato. Tu vista se nubla, tus manos tiemblan y tu boca se seca. No puede ser verdad lo que estás viendo, mejor dicho, no es posible que sea verdad lo que no estás viendo, lo que el libro debería contener en su interior. La blancura de un libro antaño repleto de frases, palabras, letras te ahoga. Un libro en blanco, vacío, un vacío tan absoluto como el del techo, la pared, tus ojos, el portátil, el móvil o el televisor. Pasas sus páginas con una fiereza incrédula y nerviosa. Tiras el libro el suelo y coges otro sin mirar cuál es su título. Tan vacío como el anterior. Y así uno tras otro, que pasan de tus manos al suelo a gran velocidad. Muchos de los libros se rompen con el impacto, como lo hace tu cordura con cada uno que compruebas. Blanco, blanco, blanco. Estás rodeado de blanco y negro. Te sientas en el suelo con respiración agitada y rodeado de libros maltratados, algunos abiertos boca abajo.
Te arrastras al sofá y te sientas en él dándole vueltas a todo. Te mareas, así que pasas la mano por tu cabeza y dejas de pensar. Abres un vino blanco y te lo sirves en una copa, aunque sabes que no te va a saber a nada. No puedes poner música que te acompañe, así que comienzas a cantar. Primero tarareas y, después, comienzas a articular las primeras palabras de la canción, la primera que te viene a la mente.
Here's to you Nicholas and Bart
Rest… fo… rever… here…he
La canción se apaga poco a poco en tus cuerdas vocales, te atragantas con el vino, toses y el silencio que emana tu garganta te recuerda el vacío del techo, de la pared, de tus ojos, del portátil, de tu móvil, de tus libros. Te niegas a no poder siquiera cantar y comienzas a tararear, pero no puedes dejar de toser. Toses y escupes sangre que le da algo de vida a tu, también blanca y vacía, alfombra. Esa sangre proveniente de tus entrañas es un retazo de tu alma, de tu ser, de tu esencia, que pretende dar vida al vacío. Una chispa de vida que proviene de la desesperación que provoca el vacío, que te consume y te destruye por dentro. Destrucción que incendia tus intestinos y tus pulmones, no tu corazón. Un incendio que le da brillo a tu mirada vacua.

Te levantas tambaleante, dispuesto a hacer algo que no pensaste hacer nunca: saltarte las normas, saltar al vacío para salir de él. Te apoyas en la pared dejando un rastro de sangre en ella y te diriges a la puerta. El mundo está en cuarentena, no puedes salir de casa, la casa ahora es tu mundo si no quieres encontrarte con la muerte y presentársela a gente que no merece conocerla todavía. Pero tu casa está vacía, o lo que es peor, está repleta de destrucción. Te destruye la ausencia de lo único que te mantiene firme mientras estás aislado soportando la presión de la maquinaría. Lo único que nutre tu alma ha desaparecido sin motivo, sin ningún sentido. Así que abres la puerta para sentir el aire y gritar al cielo, para caminar sin parar hasta que te detengan. Ni siquiera sabes si acatarás las órdenes de la autoridad, pero no importa, porque algunos de ellos están deseando que no lo hagas para destruirte por fuera tanto como lo estás por dentro. Porque ellos están vacíos como tú, tan desesperados y asustados, y sólo les queda lo único que saben hacer, la forma que tienen de llenar ese vacío con la excusa de que están haciendo lo correcto. Y no les culpas, porque ni ellos ni tú estáis haciendo lo que no debáis, sólo intentáis afrontar el vacío que os acosa. Una huida hacia delante. La presión os ha vencido, así que estáis dispuestos a todo para no ahogaros, aunque sea saltaros la autoridad, dar la espalda a la ética profesional, ignorar la razón u olvidar la cordura. Sólo queréis llenar el vacío, darle color, aunque sea con el rojo de la sangre, propia o ajena.
Respiras hondo y bajas el manillar de la puerta blanca de tu casa. Una puerta tan vacía como tu alfombra, tu voz, tus libros, la televisión, tu móvil, el portátil, tus ojos, la pared o el techo. Pero no sólo está vacía, también cerrada. Hiperventilas mientras vuelves a intentar abrirla. Sigue cerrada, así que la golpeas e intentas gritar con el mismo resultado que cuando comenzaste a cantar.

Te tiras horas dando golpes a la puerta con tu cuerpo y con lo que encuentras. Horas en las que la sangre ya no sólo sale de tu boca al intentar gritar. La pared se cubre de esa sangre hasta que, rota, se abre. Pones un pie más allá, pero no es el exterior lo que te encuentras, sino una sala que no reconoces. Es totalmente blanca, con una luz alógena también muy blanca. Te ciega y te obliga a cerrar los ojos. Otra puerta blanca, casi camuflada, está frente a ti; decides cruzarla. La siguiente sala parece idéntica, pero esta es negra y está oscura. Apenas ves, pero consigues llegar a una puerta que te lleva a otra sala similar, pero en la que las paredes son espejos. Te miras, miras la imagen de un loco o una loca, ya no sabes quién eres o lo que eres. Eres un lienzo vacío, pero no uno que vayan a comenzar a pintar, sino uno al que han desechado por algún desperfecto y va acabar tirado, sin una pizca de color, sin vida en él, sin nada. Ya no sólo tus ojos están vacíos, todo tu ser lo está. Te acurrucas en el suelo llorando unas lágrimas que no saben a nada, que no reflejan nada mientras metes la cabeza entre las piernas con miedo a volver a ver el retrato que te devuelven los espejos.

Pasan las horas sin cruzar a la siguiente puerta, lo único que haces es temblar, ni siquiera te quedan ya lágrimas. Los cimientos de tu estructura como individuo se tambalean. Hasta que te derrumbas. Te levantas poco a poco, como un edificio al derrumbarse: lento, impredecible, imponente e imparable, a punto de hacer un estruendo y un daño que sobrepasan lo soportable para cualquier persona. El estruendo viene con cada puñetazo al cristal de los espejos, el daño lo sientes, pero no en tus nudillos. La sangre cubre ya la sala, distorsionando tu imagen reflejada. Coges un cristal, lo acercas a las venas de uno de tus brazos, que te tiembla como nunca. Te tiembla, te tiembla, te tiembla mucho. Te tiembla hasta que deja de hacerlo. Te detienes. Miras al frente, a la puerta. Tiras el cristal y das un paso hacia ella. La abres sin dejar de mirar tu reflejo. Es el exterior, al fin.

El sol te ciega y, por un momento, no ves nada. Fundido en negro, o más bien en naranja acompañado de una motita de luz que no te abandona ni cuando los abres. No estás en tu calle, sino en el centro de una ciudad cualquiera. Oyes los pájaros, pero nada más. No te sorprende, la gente está en sus casas, pasando la cuarentena, pero un silencio se impone al piar de los pájaros. Entonces reparas en ello: no oyes nada más. Nada. Estás ahí plantado, en medio del vacío de aquella calle, de aquella ciudad, de aquel país, de aquel continente, de aquel planeta. No hay coches aparcados, ni supermercados abiertos, tampoco hospitales. No hay sanitarios trabajando ni gente aplaudiendo en balcones, asomada a la ventana o yendo a pasear al perro. Estás tú solo, como individuo. Un individuo vacío que se ha levantado tras tocar con sus propias manos ese vacío. Un individuo que ha comprendido que no es nada, que significa lo mismo que ese techo, esa pared, que esos ojos, esas pantallas oscuras, esos libros sin palabras, esos sonidos perdidos, esa alfombra manchada, esa puerta cerrada. Sólo estás tú y tu dolor. Tu miedo convertido en ira y tu ira vertiendo sangre. El virus nos había fulminado, pero no el virus que todos temíamos, no. Se trataba de un virus mucho más nocivo, silencioso y lento. Un virus diferente que nos robó el arte y la cultura, un virus que nos quitó la energía, que nos consumió la psique para mantener en funcionamiento la sociedad, eliminando así al individuo. Ningún individuo puede sobrevivir mucho tiempo así. Cuando todo lo que verdaderamente importa desaparece, las personas comprenden
lo vital de su existencia. Pero ya es tarde. Ningún ser humano estaba preparado para quedarse solo frente al espejo, con sus pensamientos, mirando al vacío que había provocado una vida de producción y consumismo.
No nos mató el virus que nos obligó a quedarnos en cuarentena ni no nos volvió locos la cuarentena, la cuarentena nos puso el espejo y nosotros, poco a poco, desaparecimos sin dejar rastro. Nos tiramos al vacío sin luchar, sin pintar de sangre esa blancura lobotomizadora. Tampoco nos mataron ellos, los de arriba, nos matamos nosotros solos.

Y aquí estás tú ahora, el único ser vivo del planeta que ha abierto la puerta hacia la luz y la oscuridad, afrontando, finalmente, tu propio reflejo. El único que se ha enfrentado a ellos, al vacío y al dolor. El único que ha mantenido un hilo de cordura ante la pérdida de aquello que nos da la vida. ¿Para qué? Para caminar bajo el cielo azul una vez más, repleto de luz y color; para escuchar el sonido de los pájaros que cantan con aparente alegría, para ver el verde que rodea el gris. Para disfrutar de lo único valioso que quedaba en el planeta, tan efímero como la supervivencia de un individuo en tus circunstancias. Pero no temas, ¿oyes el sonido de la maquinaria a lo lejos? No se apaga tan fácilmente, como un autómata al que han programado y engrasado durante años, sigue funcionando. Y, aun siendo el único individuo que queda con vida en el planeta, todavía quedan humanos vivos. Sí, allí los tienes, frente a ti. Pero qué importan, no son nada, no son nadie y están más jodidos que tú. Aunque ellos tengan las armas, aunque sean la ley, aunque te estén apuntando. Mira sus rostros protegidos por cascos, no puedes ver nada, porque nada hay. ¿Lo oyes? No hay altavoces, pero no hace falta, escucha cómo la música atraviesa el cielo y cubre el planeta. Canta, amigo, amiga. Cantad. Habéis luchado para recuperar vuestra voz, aprovechadlo. Cantad aunque sea escupiendo sangre en el intento. Ya que vais a derramar sangre que sea cantando, que sea sintiendo por última vez eso que os arrebataron, eso cuya ausencia os destruyó. Cantad al son de la música que camufla los disparos, cantad para llenar los agujeros de vuestra piel, cantad con vuestro último aliento, cantad mientras ellos aprietan los gatillos. Cantad, cantad, cantad ¡Cantad!

Here's to you Nichola and Bart
Rest forever here in our hearts
The last and final moment is yours
That agony is your triumph!

Que no os silencien los disparos ¡CANTAAAD!

Here's to you Nichola and Bart
Rest forever here in our hearts
The last and final moment is yours
That agony is your triumph!

Canción: https://youtu.be/7oday_Fc-Gc


lunes, 16 de marzo de 2020

El rostro del fantasma


¿Habéis oído las historias del cazador de samuráis? Un hombre al que nadie le ha visto la cara –algunos incluso afirman que no tiene cara–, que camina tranquilamente en busca constante de samuráis. Cada vez hay menos, parece que en consecuencia de esta cacería. Una cacería ejecutada por un solo hombre cuyos movimientos son rápidos, precisos y calmados. No tiene una única forma de cometer sus asesinatos: a algunos les elimina con su katana, a otros con sus manos y a muchos les mata clavándole un tantô. Sí, a todo el que mata con el tantô se lo clava en el abdomen y deja su cadáver de rodillas. Tiene una firma, el único patrón que se repite siempre: embadurna de sake los cadáveres.
Algunos cuentan que se trata del familiar de alguna víctima de los samuráis, otros dicen que sólo es un mercenario, varios señalan que es un rônin. Imaginaos, un samurái sin amo cazando samuráis. ¡Qué vergüenza! Pero hay más. Los más supersticiosos creen que se trata del fantasma de un hombre asesinado por un samurái e incluso que es el fantasma de un antiguo samurái. Un samurái que renunció a hacerse el seppuku y murió con deshonor. Su castigo es el de vagar por el mundo sin hallar el descanso eterno, sin rumbo, sin motivación, con el peso de la deshonra.
Pero se ha buscado una motivación: aniquilar a todos los samuráis para que sientan el dolor y el terror que él siente desde el día de su muerte y que seguirá sintiendo hasta la eternidad.
—¡Venga, vieja! ¿Crees que las historias así nos van a asustar? Ya somos mayorcitos. Y somos auténticos samuráis, nosotros cuatro podemos hacer frente a un loco que quiera darnos caza. Porque, si existe, te aseguro que es de carne y hueso como nosotros. Y mortal. ­—Hablaba con seguridad, apoyado con un codo en el mostrador del local.
­—¿Nos cuentas esto para que nos portemos bien? —pronunció otro de los hombres del grupo, con risa juguetona y los brazos apoyados en la barra.
—Pero si nosotros nos portamos genial. Somos honorables samuráis, pero los samuráis también tienen derecho a beber y… a pasarlo bien con tu nieta. ­—El tercero arqueó las cejas con mirada lasciva.
—Venga, sí. Dile a tu nieta que se acerque. Vive aquí al lado. Se lo pasará bien. —El primero de los tres volvió a intervenir mientras daba un trago al sake que le habían servido.
La anciana, que fingía estar más ocupada de lo que estaba realmente, se esforzó en desviar la atención del tema que habían sacado esos tres tipejos.
—¿Queréis que esa leyenda os pille con los calzones bajados? Eso sí que no sería honroso. —La anciana fingió una risita inofensiva, para quitarle hierro a lo que acababa de decirle a esos tres samuráis.
Los tres rieron a carcajadas. Reían y bebían, y así durante un rato. Daban golpes al mostrador y tosían al atragantarse con el sake. Pero, aun entre toses, seguían riendo. La anciana, de vez en cuando, forzaba una sonrisa cuando la miraban, pero detestaba esas carcajadas. Al menos sabía cómo mantener a raya a esos abusones.
Las risas se cortaron con el manotazo que recibieron los tres vasos vacíos de sake. Por supuesto, unos borrachos como esos no despreciarían ni una gota de alcohol por montar un espectáculo. El sonido de los vasos al romperse contra el suelo fue lo último que se oyó en el local. Ni una risa, ni un murmullo sucedieron a aquella escena. Todos miraban helados a ese enfadado –y borracho- samurái.
La anciana no se acobardó como cabría esperar. Miró sus vasos de barro rotos y, después, alzó la mirada al “caballero” que había provocado tal estropicio.
—¡Osas hablar así a unos samuráis! ­—El mismo que había tirado los vasos fue el mismo que gritó. Curiosamente, el primero que rio a carcajadas. —¡Haz venir a tu maldita nieta! Así lo ha pedido Kurishu.
—Sí, señor. —La anciana salió de la parte trasera del mostrador todo lo calmada que pudo—. Denme unos minutos.
La puerta se abrió abruptamente. Fuera, una tormenta acompañaba a la noche. La lluvia se colaba en el local mojando la madera del suelo mientras una figura sombría se mantenía estática en el umbral. Un relámpago iluminó la sala repentinamente, como si fuera parte del plan de alguien para otorgar más dramatización a la entrada de aquel misterioso hombre encapuchado, envuelto en una túnica sucia, mojada y rasgada.
La anciana se quedó unos segundos parada, observando a aquella figura. Le miraba esperando algo de él, tal vez una ayuda en el último momento para evitar que su nieta tuviese que pasar por ese trago otra vez.
El hombre dio unos pasos y entró al local cerrando la puerta tras de sí. La anciana no era la única absorta con esa figura, también el resto de clientes, incluso los tres samuráis.
—Vas a tener que esperar a que la vieja vuelva de su casa, viajero  —dijo el samurái que había gritado, llamado Tariko­—. Nos va a traer un pastelito para acompañar el sake.
La anciana seguía parada, mirando al hombre de la capucha. Esperaba algo: una reacción, un movimiento, una salvación, cualquier cosa que salvara a su nieta.
—¡Vieja! ¡¿Qué haces!? ¿Acaso crees que es el cazador de samuráis? Pues si es él se puede decir que tiene cara, se la estoy viendo, ja, ja, ja, ja. —Tariko volvió a dar golpes mientras reía.
—Disculpen, señores. —La anciana pasó junto al viajero -que seguía ahí plantado- intentando disimular el tono de decepción.
Tras salir la anciana del local, el recién llegado se dirigió a uno de los sitios libres, en un rincón, sin pronunciar palabra alguna.
Los tres samuráis le miraban entre risotadas tontas y murmullos. En otro momento le hubiesen increpado y preguntado de dónde venía, muy seguramente, pero tenían todas las botellas de alcohol libres para ellos, además de no pocos aperitivos; o, al menos, más libres de lo habitual para un samurái, pues muchos acostumbraban a no pagar y a pasar por encima de la ley.
Mientras esperaban bebían, comían y reían entre gritos y carcajadas absurdamente desproporcionadas. Rompieron algún vaso más, pero esta vez no a causa de un enfado; y también mancharon el suelo con algún alimento. Varias personas habían abandonado ya el local: algunos por miedo, otros por vergüenza.
La anciana volvió. Y, tal y como los tres samuráis deseaban, no lo hizo sola. Allí estaba su hermosa y joven nieta, una mujer de tez morena por los trabajos en el campo, de pelo también moreno y mirada tímida. Tenía marcas de lágrimas en la cara, pero no lloraba. Al menos se esforzaba en no hacerlo.
—¡Pasa, pasa! No seas tímida, mujer. Pero si ya nos conoces bien ¡Ja, ja, ja ja! Acércate y deja que…
—Venga, Tariko, la pedí yo primero —protestó Kurishu.
—Que decida ella, ¿no? —propuso el samurái que había estado sentado en el medio, Rinneko­—. ¿O es que tenéis miedo de que me elija a mí primero?
—¡Serás imbécil! Soy Tariko, el samurái Tariko. Conocido por sus dos grandes katanas ¡Ja, ja, ja! ¡Claro que me prefiere a mí!
—Echémoslo a suertes ­—decidió Kurishu.
—La suerte está conmigo siempre, así que seguro que soy el primero al que le toca.
—Pues si tan seguro de tu suerte estás, Tariko, vamos allá. Cara empiezas tú, ¿te parece?
—Eeeeh… Kurishu, creo que te estás olvidando de alguien —se quejó Rinneko.
—No, todo lo contrario. Recuerdo que la vez anterior empezaste tú sin echarlo a suertes, solo porque lo decidiste. Tú puedes preparar a la cría mientras tanto. Vamos, disfruta, pero no sobes demasiado, la queremos lo más pulcra posible. O, al menos, lo más pulcra posible para una campesina.
—Como quieras… —Rinneko resopló, tras lo que se frotó las manos acercándose a la muchacha, que estaba temblando.
—Vamos allá: cara para ti, cruz para mí —repitió Kurishu.
—Que sí, vamos. —Tariko se mostraba impaciente.
—Kurishu echó la moneda al aire, que dio varias vueltas antes de ser agarrada en pleno vuelo por la mano de alguien. Ese alguien era el encapuchado, que se levantó y se aproximó a ellos sin que ninguno de los tres se diera cuenta y, con el puño cerrado y la moneda en su interior, propinó un fuerte golpe en la cara a Kurishu, que cayó al suelo.
Tariko intentó sacar su katana, pero ni los nervios ni la borrachera le permitieron hacerlo, momento que el viajero aprovechó para darle una fuerte patada en la rodilla que le hizo doblarse e hincar la otra rodilla en el duro suelo. El viajero, en apenas un pestañeo, había sacado un shuriken y lo había lanzado a la nuca de Rinneko, provocando que cayera inerte sobre la muchacha y que la joven lanzara un grito camuflado por un trueno.
Kurishu, con la cara llena de su propia sangre, se levantó, trastabilló y dio un torpe puñetazo a aquel rápido luchador. O al menos lo intentó, pues el viajero lo esquivó fácilmente agachándose al tiempo que sacaba su katana de debajo de la túnica para cortar horizontalmente el estómago de aquel lamentable samurái, acabando con su vida.
Tariko, finalmente, había conseguido sacar su katana para lanzar un ataque al mismo tiempo que un grito, algo que caracterizaba a ese escandaloso miserable: los gritos y el poco seso de anunciar a su víctima su próximo ataque. Sin dificultad, su víctima lo detuvo y se convirtió en atacante. Agarró con más firmeza el brazo de Tariko y con la otra mano su puño para que no soltara la katana, después le dobló el brazo e hizo que se apuntase el pecho con su propia arma.
—A veces ser el primero no es ser afortunado, pero tenías razón, eres un hombre afortunado, pues esta vez no lo has sido. —Su voz ronca aterrorizó más aún –si eso era posible- a Tariko.
—¿El cuento d-de la vieja… era real? —preguntó Tariko mientras se orinaba encima, perdiendo el poco honor que le quedaba.
—No lo sé. Pero yo sí soy real. ­—Las palabras fueron rematadas con el sonido de su propia katana rasgando su cuerpo, que también quedó disimulado con el sonido de otro trueno.
Tariko no lanzó ninguna de sus desagradables respuestas; nunca más lo haría.
Curiosamente, ningún cliente huyó despavorido. Todos miraban con cierto placer lo que aquel extraño le había hecho a esos tres samuráis. La anciana tampoco apartaba la mirada, mostrando una combinación de asombro y satisfacción en su rostro. La única que no quería mirar era su nieta, que seguía llorando. El extranjero miró a ambas mujeres sin quitarse la capucha.
—Tomad esto. —Le había quitado todo el dinero a los cadáveres y le dio varias monedas a la anciana—. Llama ya a las autoridades y diles que fui yo quien dejó esta escena.
—Pero… ¿quién es usted, buen hombre? Si no es demasiado descaro.
—Ryôshi Wasumichi*, el cazador de samuráis.
Esta vez no sonó ningún trueno ni la sala fue iluminada por un oportuno relámpago. El silencio se aposentó en el lugar mientras el cazador lo abandonaba sin hacer ruido alguno con sus pies.
*Ryôshi es cazador en japonés, mientras que Wasumichi viene de las palabras “wasureru” cuyo significado es “olvidar”, y “michi”, que es senda. Las he decidido unir para que quede algo así como: cazador de samuráis que han olvidado su senda y, al mismo tiempo, que ha olvidado su senda.

Cuatro meses habían pasado desde el ajusticiamiento en aquella taberna, tres samuráis habían sido asesinados brutalmente, dos víctimas fueron salvadas y una leyenda se propagó como nunca hasta ese momento. Durante los últimos meses fueron muchos los samuráis que habían aparecido asesinados, pero nadie había visto al asesino. La leyenda nació, pero no corrió con tanta fuerza hasta que los asesinatos ocurrieron a la vista de varios testigos.
El asesino, bautizado como Ryôshi Wasumichi por él mismo, no pudo ser identificado por nadie, pues pocos habían visto su rostro con claridad y menos habían oído ese nombre antes. Sólo le habían visto actuar a partir de esa noche.
Su siguiente objetivo no lo ejecutaría en una sencilla taberna, sino en el castillo de un daimyô. Se había preparado bien para sortear y noquear a todos los guardias. Se movía con ligereza y en silencio por los tejados y los jardines de aquel inmenso castillo que tan bien conocía, pues un día formó parte de él.
El daimyô que allí vivía fue un día su señor. Un señor en el que confiar y que confiaba en él y sus aptitudes. No fueron pocas las veces que alabó su código de honor, su integridad y su entereza. El propio daimyô, Shintara, reconocía que cada vez quedaban menos samuráis como él. Se había olvidado el bushido y todo lo que representaba. Un día se convirtió en su yojimbô y tuvo el honor de ser también el guardaespaldas de su único hijo en un viaje que debía realizar.
Un viaje secreto en el que el hijo de Shintara viajaría como un crío normal, protegido sólo por el yojmbô de su padre, para evitar así llamar la atención.
A pesar de las precauciones, un grupo de rônin les atacaron. El ahora conocido como Ryôshi hizo lo que pudo para proteger al joven señor. Mató a los cinco rônin él solo y sufrió heridas de cierta gravedad en uno de sus hombros y en la espalda de las que tardaría meses en recuperarse. Pero nada de eso impidió la muerte del joven señor que debía proteger.
Antes de que muriera, obligó a uno de los rônin a confesar quién les había contratado. Con su último aliento, ese hombre delató a Tsukuyô, uno de los samuráis de su daimyô, el único que le odiaba por haber conseguido el título de yojimbô.
Cuando volvió al castillo con el cadáver del joven señor y la misión fracasada, Shintara le sentenció a muerte. No escuchó su acusación a Tsukuyô y empeoró las cosas cuando intentó atacarle. Ryôshi se había convertido en una vergüenza del clan Tatsu y debía realizar el ritual del seppuku. Esa misma noche el seppuku limpiaría su deshonor y descansaría en paz eternamente. Pero cuando llegó la noche y tenía el tantô apuntando su abdomen pensó en esos rônin, sin honor; en la traición de Tsukuyô, también carente de honor; en cómo los samuráis se comportaban con soberbia y, sobre todo, sin honor. Todos ellos eran los que debían realizarse el seppuku y no él. Él era inocente, el único que mantenía el bushido, el único que se mantenía fiel a la esencia de los samuráis y su lealtad hacia su daimyô. Ryôshi se levantó ante el asombro de los allí presentes, dejó caer el tantô al suelo y huyo con la destreza que le caracterizaba de todos los que intentaron atraparle.

Desde ese día no fueron pocas las veces que pensó en volver al castillo del que fuera su señor para vengarse. La venganza no era el camino, pero ya no era un samurái. Seguir sus reglas le convertía en uno, algo que le avergonzaba. Hacerse el seppuku no hubiese supuesto limpiar su deshonor, sino manchar más aun el honor que le quedaba. Lo único que debía limpiar era a los samuráis que habían dejado muy atrás su camino de samuráis. Observaba, espiaba, esperaba y atacaba a todo aquel que abusaba de su poder, como era habitual desde hacía un tiempo. Al principio lo hacía sin que hubiese testigos, pero el día que se hizo verdaderamente famoso, en la taberna, había decidido que siempre tendría testigos, que dejaría a los samuráis llegar lejos en sus fechorías para que la gente comprobara que no era un asesino, sino un justiciero. Ese fue el día que se dio a conocer como Ryôshi, aunque no era ese su verdadero nombre.
La leyenda creció en esos cuatro meses, los samuráis temblaban de miedo al oír su nombre y los daimyô se enfurecían al observar cómo disminuían sus hombres. Pero, ante todo, el odio que Ryôshi sentía por Tsukuyô no desaparecía. Quería entrar en el castillo y matarle, pero no tenía pruebas de que hubiese contratado a los rônin y, desde hacía tiempo, sólo mataba a samuráis cuyos crímenes conocía con certeza.
De esta forma, Ryôshi decidió quitar definitivamente la máscara a Tsukuyô. Volvió a su ciudad y estuvo muy atento a sus pasos. Pasó por alto delitos de otros samuráis para no dejar su rastro y se corriera la voz de su estancia allí.
No hubo que esperar mucho para ver a Tsukuyô, el nuevo yojimbô, abusar de su posición: golpeó a gente que consideraba que se entrometían en el camino de Shintara –sin que éste, por cierto, reprendiera a su guardaespaldas-, humilló a samuráis de rangos inferiores y amenazó con su katana a un niño.
Pero lo que sentenció a Tuskuyô fueron los golpes que le propinó a otro niño como castigo por pisar, por accidente, a uno de los samuráis que le acompañaban. En ese instante, Ryôshi hubiera caído con toda su furia sobre Tsukuyô, pero no era inteligente hacerlo con tantos hombres a su lado y el propio Shintara. Lo sabio era esperar e infiltrarse en el castillo, pues para alguien como él resultaría sencillo deslizarse por un lugar que conocía muy bien sin ser visto.
Finalmente llegó al patio, donde se encontraba en ese momento su objetivo. Había dejado a guardias de la zona inconscientes para asaltar con tranquilidad a Tsukuyô. Dio un salto desde el tejado y cayó en silencio frente a él antes de que entrara al interior del edificio principal. No se quitó la capucha, no hizo falta.
—¡No! Tú eres… ­—Tsukuyô pegó un respingo y se quedó blanco en un instante.
—Ryôshi Wasamichi ­—terminó la frase con su característica voz ronca el cazador de samuráis.
—N-no. Tú eres… la verdadera leyenda.
-Sí, soy yo, Tsukuyô. El hombre al que traicionaste, al que le arrebataste el título. Soy Ke…
Antes de que Ryôshi acabara de pronunciar su verdadero nombre, una figura se abalanzó contra él. A duras penas pudo girarse y parar la katana del enemigo con su propia katana. Tsukuyô sólo contemplaba la escena temblando, sin siquiera poder dar la voz de la alarma.
Ryôshi, por su parte, no podía creer lo que estaba viendo. Estaba cruzando su katana con la de alguien que jamás creería que vería: el samurái sin cabeza.
Ambos aceros se separaron, tras lo que el misterioso sujeto ejecutó otro rápido y fascinante ataque que Ryôshi esquivó con maestría hacia un lado. Esta vez, el decapitado viviente y Tsukuyô habían quedado frente a frente. Este último comenzó a llorar y a gritar de forma desquiciada, mientras se hacía todas sus necesidades encima. El sujeto parecía susurrarle unas palabras, algo cuestionable para un ser sin cabeza, pero menos cuestionable que el hecho de que un hombre sin cabeza pudiera seguir vivo y luchar.
El fantasma depositó la espada en el suelo con total tranquilidad y envolvió con sus propias manos el cuello de Tsukuyô.
“Así mueren los traidores”. Esa frase, pronunciada con una voz de ultratumba, resonó por todo el patio. Una voz que confirió a la noche un aspecto lúgubre, tenebroso, siniestro e inquietante. Una voz que se metió en la cabeza de Ryôshi.
Podía haber decidido atacar por la espalda a aquel fantasma mientras se encontraba de espaldas y desarmado echando mano al sake, pero hizo lo que cualquiera al que le quedase algo de cordura hubiera hecho. Huir.
Varios samuráis acudieron corriendo a la escena del crimen al oír los gritos de Tuskuyô, pero Ryôshi jamás conocería el destino de aquellos desgraciados.
Llegó al bosque Ninkara, nebuloso, oscuro, misterioso, silencioso. Las ramas de los árboles parecían señalar dónde se encontraba el fantasma que le acechaba. Su respiración era agitada, su olor a sudor y miedo más que perceptible y sus palpitaciones tan rápidas como habían sido sus pies huyendo de aquella figura fantasmal.
Esas leyendas antiguas que todavía algunos ancianos contaban resultaron ser ciertas: aquel fantasma que busca mantener el honor de los samuráis matando a los que los habían deshonrado existía y, ahora, le perseguía él. Estaba claro, al no realizarse el seppuku por fracasar aquella misión de protección había roto el código samurái y debía pagarlo. Pero no estaba dispuesto a entregarse a ese mensajero de la muerte samurái. Él ya no era un samurái, no merecían que entregase la vida a una causa que se había desvirtuado. Pero se enfrentaba a un fantasma: incansable, persistente, inmortal. ¿Qué podía hacer él?
Intentó hacer memoria: recordaba que antiguamente muy pocos vieron el fantasma cuando era joven, si es que se puede hablar en esos términos de un fantasma. Actuaba con menos cuidado, acabando con sus víctimas a la vista de otros, pero es algo que no se producía desde hacía muchos años, por eso sólo los ancianos cuentan historias sobre él. Era más cuidadoso, sólo debía ser testigo de su labor su víctima, nadie más. Así que tenía que salir del bosque y entrar en la aldea. Era tarde, por lo que tendría que aguantar unas horas escondido -hasta que los primeros rayos de sol asomasen-, para que la gente se dejase ver y el fantasma le diera una tregua.
Un “crac” interrumpió sus pensamientos. El crujir de una rama podía indicar que el fantasma estaba cerca, pero también que cualquier animalillo correteaba por allí. Cerró los ojos y respiró hondo. Incluso con los ojos estaba atento, con los sentidos agudizados, esperando que el fantasma apareciese a su lado en cualquier momento.
No había guardado la katana, la aferraba con fuerza y determinación, pero no podía evitar que le sudara la mano. Hacía muchos años que no sentía un terror similar, de hecho nunca lo había sentido con tal intensidad, ni antes de su primer duelo.
No tenía miedo a la muerte, pero sí a aquel ser, sí a lo que le esperara tras ser asesinado por la hoja de ese fantasma, sí a lo que se convertiría si muriera bajo las normas y castigos de aquellos a los que repudiaba y, de alguna forma, había traicionado. Tenía miedo al sinsentido que había contemplado en ese patio y al sinsentido en el que se convertiría su vida si aquel individuo sin cabeza conseguía atravesarle el abdomen como debería haber hecho él tiempo atrás con aquel tantô.
Se permitió apoyarse en el tronco de uno de los árboles. Necesitaba reposar antes de un más que posible envite repentino. Tras unos segundos de descanso separó la espalda del tronco y se volvió a preparar. Se estremeció al sentir algo indescriptible en el pecho; el estómago se le encogió y la cabeza le empezó a doler. No se le podía ver, tampoco se oían sus pasos, pero ahí estaba, lo podía percibir. Se acercaba al tronco tras el que estaba. Se acercaba más y más. Con tranquilidad y decisión. “Tap, tap, tap”. No era el sonido de sus pasos, sino el de la mente de Ryôshi proyectando esos pasos acorde a lo que percibía. No imaginó que tantos años entrenando en la más absoluta oscuridad le ayudarían a percibir los sordos pasos de un samurái fantasma.
Más cerca, más cerca, más cerca. Ojos cerrados, respiración tranquila, pero profunda; katana preparada, mente limpia, miedo eliminado, pureza: sólo existe el enemigo, no existe la muerte. Mejor aún, existe la muerte, incluso para aquel ser. Un intento, todo o nada. Lo oye, lo oye; cerca, muy cerca. Lo siente, lo toca. “Flush”. No lo oye, lo siente. Se adelanta. No ataca al lugar del que venía, ataca delante de él. El fantasma, efectivamente, aparece repentinamente frente a él al teletransportarse y su estómago es atravesado por la katana de Ryôshi. El bosque parece hablar: “Eres el primero que me toca, pero no el último al que me llevaré”.
El fantasma decapitado lanza un estoque contra el abdomen de Ryôshi que éste esquiva al tiempo que saca su katana limpia del estómago del fantasma, que dirige un nuevo estoque hacía él. Éste se ve obligado a bloquearlo. Y así comienza un baile de katanas, un baile entre la vida y la muerte, entre dos antiguos samuráis, entre dos cazadores de samuráis. Un baile sin luces, sin espectadores, sin música –más allá de la que producen los aceros impactando–, sin aplausos, sin alegría; pero sí un baile con pasión, con seguridad, con estilo, con intensidad, con ritmo, con arte, con sacrificio, con muchas horas de aprendizaje en la espalda. Un baile que determinará la carrera de esos dos bailarines.
Sólo existe el escenario. ¿El bosque? No, para ellos el bosque no existe en ese momento. ¿Aquella región? Menos importante era ese lugar para aquellos combatientes. El único escenario que soportaba sus pasos era la oscuridad que les envolvía, literal y metafóricamente. La oscuridad que envuelve a un hombre que no es capaz de ver la luz en su futuro ni sobreviviendo ni muriendo, la oscuridad que abraza a un fantasma que ya no siente la luz ni su calor.
La sangre de Ryôshi comienza a impregnar el bosque junto a su sudor y los primeros rayos de sol. Ataca, bloquea y esquiva. Ya no puede llegar a la aldea, el sol no le salvará de una muerte segura, pero el sigue luchando. No lo hace por el código de  los samuráis, ni por él, ni por contrariar al fantasma: lo hace porque la lucha es lo único que le queda, lo único que sabe hacer.
El cansancio es palpable en los ataques de Ryôshi, que recibe estocadas no letales con el fin de desgastarle y poder realizar el ataque definitivo en su abdomen. Una estocada definitiva hiere su pierna izquierda y termina hincando la rodilla, pero desde el suelo desvía otro ataque y se pone en pie.
—No… voy a…morir como un… ¡samurái!
La luz del amanecer ilumina a los dos combatientes como dos bailarines de su talla se merecen.
—Ya lo has hecho —responde una voz sepulcral –o varias– provenientes de ningún lugar y de todos al mismo tiempo­—. Mírate, luchando hasta el último aliento con una destreza inusitada incluso en el mejor de los samuráis que han pisado el mundo. Has cumplido a rajatabla el bushidô: El Gi, pues has ajusticiado a los samuráis que se han desviado; el Yu, pues has tenido valor para seguir tu camino e incluso enfrentarte a mí; el Jin, tu fortaleza, velocidad, rapidez y capacidad para desviarte del camino y encontrar el tuyo lo demuestra; El Rei, así lo has demostrado al matar con rapidez a tus enemigos, sin excederte en el dolor causado; el Makoto, cumpliendo tu palabra de acabar con la lacra de los nuestros; y el Chugi, ya que fuiste responsable de aquel al que debías proteger, y su muerte te pesa todavía en el alma. Todo esto lo has hecho en consecuencia de esa traición que se tradujo en su muerte y en tu fracaso.
—Pero… no dices nada del… Meiyo, ¿eh? ­—Hacía tiempo que Ryôshi no sonreía, aunque esa no fuera su mejor sonrisa, cubierta de sangre y con cierta ironía.
—Es lo único que te falta para convertirte en el samurái perfecto. Has de restaurar tu honor perdido realizando el seppuku. Si no lo haces yo tendré que matarte, ese es tu destino.
—El bushidô ya… no tiene… sentido.
—Entendemos por qué lo hiciste, pero eso no te exime de tu responsabilidad.
—¿Entendéis?
—Somos todas las almas de aquellos samuráis que cumplieron su deber. Nosotros hemos compuesto este cuerpo para asegurarnos de que los descarriados sigan nuestro camino, el único camino, el camino del bushidô. Pero no estamos completos. Y tú, su máximo exponente, debes seguirnos en la muerte y honrar a aquellos que sí fueron samuráis dignos de recordar. Tú mejor que nadie debes entendernos. Esto no es un castigo, es un regalo para que puedas continuar con tu labor.
—¿Y si no… lo hago? Si me… suicido sin seguir el… ritual del… seppuku.
—Nos destruirás, habremos fracasado. No quedará nadie para proteger el honor de los samuráis.
—Si me lo… cuentas, es que no lo… lograré. Cuando intente cortarme las venas, te t-teletransportarás y… mi vientre…
—Así es.
—En ese… caso. —A pesar del esfuerzo por mantenerse en pie, finalmente se dejó caer con las dos rodillas tocando el suelo.
El fantasma se dirigió lentamente hacia Ryôshi, que parecía haber aceptado su destino. Parecía, porque sacó algo de su bolsa de utensilios y miró fijamente a los fantasmas que habitaban aquel cuerpo.
—No dejaré que sea… otro el que ponga fin a mi… camino.
El fantasma se detuvo. Podía detenerlo fácilmente teletransportándose.
—¡Abrazo mi último camino del bushidô y completo mi camino samurái! —El tantô perforó su abdomen y realizo el recorrido pertinente.
El fantasma se acercó para detener su dolor decapitándole, como solía hacerse en dicho ritual. Él le paró.
Sin retorcerse ni gritar por el dolor, manteniendo su cuerpo de rodillas, cerró los ojos.
Y los abrió, contemplando su cuerpo inerte desde la nueva cabeza de aquel fantasma.
—Y comienzo mi camino como el auténtico cazador de samuráis.
El fantasma -compuesto de los más nobles espíritus de samuráis- estaba ya completo con el rostro de aquel al que ciertos samuráis temían. El rostro de aquel gran guerrero que podría concluir su trabajo cazando a los desgraciados y honrando el bushidô.
 Sin guardar la espada en la vaina cogió la suya del suelo, junto a su cadáver. Con ambas katanas empuñadas alzó la cabeza al tiempo que el sol le iluminaba con más intensidad. Respiró hondo y se concentró en su próximo objetivo. Ya no era sólo un fantasma envuelto en las sombras del miedo, la muerte y el recuerdo de un ya muy antiguo código de honor. Era el honor y la justicia personificados, encargado de llevar la luz a los oprimidos.
—Somos Ryôshi Oboetemichi*.
*Cazador de samuráis que ha recordado su senda, pues “oboeteru” es “recordar” en japonés.