miércoles, 3 de noviembre de 2021

Mucho más que huesos y flores

 

 


 

¿Por qué coleccionamos? ¿Qué nos impulsa a adquirir objetos para amontonarlos? He visto a gente coleccionar libros. En cualquier momento pueden acceder a la información que contienen; coleccionan su sabiduría, y la sabiduría es poder. Y si esos libros te hacen disfrutar estás almacenando una fuente de felicidad. Tiene sentido. Pero no siempre es así.
Los hay que coleccionan minerales. ¿Por qué? Comprendo que te atraiga su belleza, pero estamos hablando de coleccionar, de querer tener todos los minerales existentes posibles. ¿Les da a ellos sensación de poseer las maravillas de la tierra?
¿Y los que coleccionan plantas o insectos? Formas de vida marchitas, apagadas, solo para tenerlas al alcance de tu mano. Qué forma más perversa de sentirse vivo. ¿Y para qué quieres tener trescientos tipos de insectos almacenados? Es de locos.

Cierta gente viaja por el mundo y colecciona monedas. ¡Gastadlas, maldita sea! Mi infancia no fue fácil, el dinero siempre escaseaba, es un artículo necesario para adquirir bienes, no para contemplarlo. ¿Te enorgullece coleccionar los rostros grabados de gobernantes que sometían a su pueblo con sus leyes y sus riquezas?
¿Y qué me decís de los que almacenan precisamente eso, riquezas? Riquezas capaces de obrar milagros ayudando a personas sin recursos. Capaces de inferir vida de nuevo a regiones consumidas por la pobreza.
¿Qué demente es capaz de recibir satisfacción observando el brillo deslumbrante de ese oro acumulado que para nada sirve si no lo gastas?

Los coleccionistas son, sin lugar a dudas, dementes cuyo vacío interior les impulsa a poseer como si eso fuese sinónimo de poder. Pretenden dar sentido a una vida insulsa, sin objetivos, sin metas. Una vida en la que deciden gastar sus energías poseyendo, aunque solo posean la ilusión del poder. Solo disfrutan de la contemplación si va unida a la posesión. No se conforman con contemplar la belleza de aquello que yace libre, necesitan desplegar sus cadenas para conectarse a aquello que tanto anhelan, pues no tienen más vínculos que ese. O tal vez tengan demasiados y no puedan asimilar un mundo en el que ellos no tengan el control.

Yo la tengo a ella. La tengo a ella y dinero suficiente para vivir ambos tranquilos. Sin excentricidades, sin lujos, solo con lo suficiente para vivir. Compramos lo que necesitamos, no solo para sobrevivir, también para disfrutar. Compramos libros, hologramas dramáticos con historias apasionantes. Pero no pretendemos poseer todos.
Con el dinero que adquirimos en nuestros trabajos también ayudamos a otros como podemos, pues ganamos más de lo que necesitamos.
A veces alquilamos un terratransporte para viajar a regiones lo suficientemente lejanas para ir a pie, pero relativamente cerca en un vehículo. Observamos a las gentes de diferentes ciudades, con sus particularidades, aunque no tan diferentes a nosotros en rasgos o costumbres.
En otras ocasiones decidimos emprender cortos viajes naturales por los montes que rodean nuestro pequeño y humilde pueblo. Observamos a las aves: las pequeñas gotilelas, los imponentes y tranquilos zándralos, los revoltosos y coloridos petireses.
Mantenemos la prudencia mientras contemplamos fascinados a los khuls combatiendo con su dura cornamenta, a los jendreles, que se defienden con sus enormes brazos. No los cazamos, no los poseemos, no los destrozamos para hacerlos nuestros. Solo los admiramos y, a nuestra manera, los amamos.

De la misma forma que no necesito poseer a Rhila para amarla. En cierto modo nos tenemos el uno al otro, pero sin atarnos con frías y dolorosas cadenas. Porque eso es amar. Eres feliz mirando todos los días eso que amas, pero sabes que no es tuyo, ni tampoco necesitas un gran número de especímenes similares para tener la felicidad.
Porque sí, soy feliz, muy feliz.
Era feliz. Hasta que la perdí.

Una noche, en una de nuestras excursiones, observábamos las estrellas sobre un campo de flores Nistra de un color púrpura que conjugaba con los tonos del cielo nocturno. Era su flor favorita. Y en ese campo, observando la inmensidad de la galaxia, éramos felices. ¿Quién necesitaba más?
Su cabeza se apoyaba sobre mi pecho, yo le acariciaba una de sus manos sintiendo su suave piel bajo las yemas de mis dedos. ¿Cómo podía esperar más de la vida? Lo tenía todo y todo perdí esa noche.
Su cabeza sobre mi pecho empezó a temblar, su mano me soltó y su boca escupió un coágulo de sangre sobre las flores. Rojo sobre púrpura, ambos bajo el azul oscuro que nos coronaba.
Para mí, todo negro.

 Me miró una última vez, con los ojos muy abiertos, comprendiendo tan poco como yo sobre lo que estaba sucediendo, y su luz se apagó para siempre.
Volví a cogerle la mano, que tardó poco en enfriarse. Volví a acariciarla como hacía unos instantes y le coloqué de nuevo la cabeza sobre mi pecho. Ahora el que temblaba era yo: de ira, de miedo, de frustración. Todo había acabado para mí. Sin ella no era nada.

Después de dos horas allí tendido, junto a su cuerpo tan frío y muerto como las estrellas que contemplamos, sin ya apenas más lágrimas que derramar, arranqué la Nistra con su sangre. Ella regó su planta favorita con su esencia, una planta que me acompañaría por siempre. Y en ese momento lo decidí.  Decidí que si el universo me arrebataba de esta manera a Rhila, a pesar de que ambos no le habíamos arrebatado nada al universo jamás, yo también le arrebataría algo al universo para Rhila.


Nuestra casa se convirtió en el templo de Rhila. Construí un sarcófago adornado con Nistras y allí coloqué su cadáver. Arranqué todas las Nistras de aquel campo y las coloqué por toda la casa. Pero todavía quedaban muchos huecos para más flores. Así que cogí todos nuestros ahorros y vendí el territransporte para comprar un viaje en una nave interestelar de clase E.  Antes de partir compré un hololibro sobre las flores de la galaxia, decidido a viajar a todos los planetas en los que crecían Nistras.
Y eso hice.

 Pasaba periodos trabajando de lo que fuese para comprarme el siguiente viaje e iba acumulando montones de Nistras. Me convertí en un coleccionista compulsivo dispuesto a arrancar de su lugar unas flores, para conservarlas en recipientes de bioconservación y llevarlas algún día de vuelta con mi amada Rhila.
Cada vez que veía una Nistra me sentía cerca de Rhila, cada vez que olía una sentía su aroma, cada vez que la tocaba sentía el roce de su mano. Entendí a los coleccionistas y su obsesión. Entendí el vínculo que el coleccionista crea con la pieza que colecciona, comprendí que daba igual el motivo si eso llenaba algún vacío.
Al igual que no importaba que para llenar tu vacío estuvieses arrancando la vida o la libertad a otros seres, pues el universo mismo hacía eso con cada uno de nosotros sin miramientos. Puede que mi forma de ver el mundo sea limitada, pero para mí solo importaba ella, y ahora lo único que tengo que me une a ella son las Nistras. Las Nistras son mi mundo, mi vida; son ella. Es mi último regalo a alguien que lo merecía todo. Y espero que cada Nistra que robe para colocar en su templo sirva para que sea feliz en la otra vida, para que sienta mi amor como yo sigo sintiendo el suyo. Para que nuestra conexión sea eterna.

Volví a nuestro hogar, a su templo, muchos años después. Años de viajes, trabajos, vivencias vacías, noches en soledad, días oscuros y tristeza infinita. Pero esos años habían merecido la pena. Cada Nistra me había dado un diminuto rayo de luz que me dio fuerza para continuar y poder llegar a este día, el día que vuelvo a casa.
Sentí un golpe en el pecho al entrar en su templo. Un golpe que me insufló energía como hacía una vida que no sentía. Era como si pudiese sentir de nuevo. Me sentía feliz, pleno.
Coloqué todas las Nistras y varias luces visínticas, que nunca se apagarían. Con esa luz, el color de las Nistras inundaba el templo, bañándolo en un precioso color púrpura.
La belleza de aquel lugar y aquel momento me hicieron flotar, me hicieron sentir con una intensidad que jamás pensé que podía experimentarse. Y entonces, de golpe, sentí un vacío.

Ya estaba, mi misión había terminado. El coleccionista de Nistras había concluido su labor. ¿Y ahora qué? De nuevo mi vida había dejado de tener sentido y ella seguía sin estar conmigo.
Había llegado el momento. Saqué la primera Nistra, la que estaba adornada con su sangre seca; la Nistra más bella que ha existido jamás.
Abrí el sarcófago, me introduje en él, besé su calavera y me tumbé junto a sus huesos, colocando su cráneo sobre mi pecho, acariciando su mano huesuda y depositando la Nistra entre los dos.
Después, saqué de uno de mis bolsillos un electro-cuchillo, pero sin encenderlo, pues solo necesitaba su filo de metal, no sus propiedades eléctricas. Lo coloqué sobre mi brazo, que descansaba junto a la Nistra y, sin dejar de mirar el rostro de Rhila me corté lentamente las venas. Mi sangre se derramó sobre la sangre seca de Rhila en la Nistra.
Miré al techo de nuestro hogar, nuestro templo de Nistras. Escuché un sonido extraño que no reconocí, pero que no me importaba lo más mínimo.
Dejé de ver el techo para contemplar el cielo estrellado, dejé de sentir una calavera para sentir su pelo, dejé de acariciar unos huesos para tocar su piel y no dejé en ningún momento de oler a Nistra, a ella.

Habíamos creado nuestro propio rincón en la galaxia, en el universo, en los límites entre la vida y la muerte. Habíamos viajado más lejos que nunca sin movernos del lugar de siempre. Habíamos forjado un vínculo eterno más allá de los límites de la razón y lo explicable.
Y justo antes de cerrar los ojos para siempre pensé en los coleccionistas. Curioso. Pensé en la belleza que se esconde detrás de cualquier objeto, por cotidiano que sea, por extraño que parezca. La belleza se la otorgamos nosotros, se la otorgan nuestros sentimientos, nuestros recuerdos, nuestras experiencias. El universo nos arrebata cosas, pero también nos lo da todo. Nos da la posibilidad de encontrar la belleza en cualquier rincón de la misma forma que experimentamos el dolor en cualquier momento. El universo no nos hace a nosotros, solo nos otorga y nosotros le damos a él. Le damos sentido, significado, sueños, ilusiones y esperanzas. Le damos importancia. Le damos vida. Él nos da a cosas, nos da a animales, a personas. Somos nosotros los que decidimos amar a esas cosas, animales o personas; los que creamos vínculos, historias, microversos que le nutren.
Con mi último hálito de vida comprendo que el universo colecciona esos microversos, nos colecciona a nosotros. No para poseernos, sino para contemplarnos, admirarnos y darnos un lugar. Y da igual cuántos universos existan y lo cambiantes que sean las leyes de la creación de esos otros universos, da igual que haya un sentido mayor e incomprensible para nosotros o un supuesto plan o fin último. En realidad lo único que importa son los microversos. Y mi microverso no muere hoy, perdurará en el tiempo, porque nuestras conexiones, nuestras emociones, lo que une nuestras vidas son más que huesos y flores. Son mucho más.

Y yazco ya muerto, pero todavía vivo, reflexionando, en ninguna parte y en todas a la vez. Siendo consciente de que mi historia puede llegar a muchos: a ti, a ti, o a ti. Puede que la escuchéis, puede la contempléis si viajáis al templo. O puede que la leáis. Sabed todos pues, que cada uno de vosotros: vuestras aparentes insignificancias, vuestros gustos más insulsos, vuestros amores más corrientes, no son tal cosa. Sabed que habéis creado vuestro propio microverso y que con él alimentáis al universo entero con lo único que importa, vengáis del universo que vengáis: historias, ilusiones y la fuerza más imparable y eterna que existe, el amor. Gracias a todos por vuestra aportación. Ojalá el universo os dé tanto como le dais vosotros a él.

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