jueves, 17 de junio de 2021

El túnel silencioso

 


 

Escucho el impacto de sus patas contra las piedras del suelo, machacándolas con la misma facilidad con las que machacó las cabezas de aquellos pobres desgraciados. Me mantengo inmóvil mientras sigo tumbado boca abajo, cerrando los ojos a pesar de la oscuridad que me envuelve.
Con una mano agarro fuertemente un puñado de piedras, aunque soy consciente de que eso me ayuda tanto como las oraciones que pronuncio moviendo solo los labios, sin producir sonido alguno, pues lo último que quiero es llamar la atención de aquella… cosa.

Y, ¿qué era aquella cosa? Saberlo no cambiaría nada. Nada cambiaría el hecho de que estaba allí, tirado, herido, sin poder levantarme, inmovilizado por el dolor y el pánico, a solas con aquella criatura que vagaba por los túneles buscando a su presa. TUC-TAC, el sonido de sus patas era atronador en aquel silencio que nos envolvía. Mostraba cierta impaciencia mientras avanzaba agudizando sus sentidos para encontrar a su nueva víctima.
El festín que se había dado en aquel tren abarrotado de gente no había sido suficiente para él.

Daba igual que cerrara o mantuviera los ojos abiertos, la oscuridad me saludaba maquiavélicamente con imágenes veloces sobre lo que había sucedido.  Por veloces que sean esas imágenes sacudiendo mi cabeza, el recuerdo de aquello se me clava en el pecho tan profundamente como una de las pinzas de ese ser imposible que había arramplado con todo y con todos en el vagón en el que viajaba. En el que viajaba yo y en todos los demás.

Primero recuerdo el impacto, como si hubiésemos chocado con algo. El impacto provocó que muchos pasajeros, a pie o sentados, cayeran al suelo. Otros cuantos salieron disparados contra los cristales, que se rompieron con facilidad, precipitándose a su exterior. Me pregunto si alguno sigue con vida.

El tren comenzaba a perder aceleración al tiempo que aumentaba el pánico de los allí presentes. Eso no era un vulgar accidente ferroviario, ojalá lo hubiese sido. Era mucho peor, algo sin explicación. Lo que en un primer momento me pareció un enorme animal salvaje se había adentrado en el tren. Parece que entró por la cabina del conductor después de que el tren le arrollase, de ahí el brutal impacto. Ojalá ese bicho asqueroso hubiese muerto al ser atropellado, pero de alguna manera resistió el golpe y entró entre saltos y desgarradores rugidos que emitía desde sus diabólicas entrañas.

Avanzaba hábilmente rajando los cuerpos de todos, tanto de los que se quedaban paralizados por el mayor de los horrores como de los que trataban huir sin resultados.
Si el metal y el acero no se resistían a los fieros ataques de sus articulaciones, mucho menos lo hacían los vulnerables huesos y la expuesta carne de aquellos que se habían convertido en sus presas.
La sangre salía despedida a uno y otro lado de los vagones, los aullidos de dolor se entremezclaban con los gritos de terror de los que trataban de escapar a su fatal destino, y todos ellos formaban una sintonía de la desesperación cuando se unían a los chillidos que la criatura lanzaba sin cesar, como si formara parte de su ritual de matanza o se tratasen de exclamaciones de placer al hacer aquello para lo que había nacido, en un lugar que no parecía el suyo, no debía serlo.
La Tierra no puede albergar a una diabólica criatura como aquella, que parecía salida del averno, de un foso de la mayor oscuridad del inframundo, de otra dimensión donde residen los males más retorcidos o del inmenso espacio exterior, lugar que alberga los mayores y más tenebrosos e insondables misterios cósmicos.

Y una vez más recuerdo que conocer su procedencia no me ayudará a salir de aquí. Porque sí, yo escapé de aquel vagón de pesadilla. Tal vez no tuve la mejor idea, pero no se tienen mejores ideas cuando estás a punto de ser devorado por algo que hacía escasos segundos ni siquiera conocías. Cuando ese monstruo de cuatro patas está a un vagón del tuyo dejando un reguero de sangre, miedo y desesperación. Cuando ves de frente cómo se aproxima tu destino, y es un destino mucho peor del que te podrías haber imaginado nunca.
La criatura salta para cazar, tú lo haces para escapar, sin pensar, sin usar la lógica, rezando para que, si mueres, lo hagas sin dolor, sin tener que sentir en tu cuerpo sus pinzas o sus innumerables colmillos perforando tu rostro.
Te lanzas al mal menor sin saber que el mal mayor aún puede atraparte.

Veo una luz parpadeante al final del túnel, más o menos en el lugar en el que escuché aquel gran estruendo al que le sucedió el más absoluto de los silencios. O, bueno, ojalá así hubiese sido, porque el sonido de sus patas sigue martirizándome: TUC-TAC. No veo más que esa tenue luz al fondo, mientras yo sigo envuelto en sombras. Tampoco oigo más que ese “tuc-tac”, mientras yo me mantengo en silencio.
El golpe que me di al tirarme del tren en marcha hace que todo mi cuerpo arda. Ni siquiera sé identificar dónde se origina el dolor, me duele todo y me es imposible ponerme en pie. ¿Me he quedado paralítico? Incluso ese es mejor destino que sentir en mis entrañas los despiadados ataques de aquel intruso desquiciado.

Me intento imponer al miedo, mantengo los ojos abiertos, fijados en la lejana luz, y me arrastro entre las piedras, junto a las vías del tren. La luz alberga esperanza, pero al final de un túnel suele significar la muerte. Me dirijo a ella sin remedio. ¿Qué otra cosa puedo hacer?


Avanzo muy lentamente, intentando no hacer ruido, evitando gemir por el dolor, procurando olvidarlo. Así paso varios minutos hasta que el “tuc-tac” deja de ser solo un sonido. Veo la sombra de su silueta proyectada por una de las luces del fondo. Me detengo, contengo un sollozo y meto la cabeza entre las piedras. No quiero contemplar otra vez esa abominación.
El corazón comienza a golpear mi pecho con tanta fuerza como lo hacen sus patas contra el suelo. PUM-PUM, TUC-TAC, PUM-PUM, TUC-TAC, cada vez las oigo más cerca y, al hacerlo, mi corazón golpea también con más fuerza. PUMPUM-PUM, TUC-TAC, PUMPUM-PUM, TUC-TAC.
Me aferro otra vez a las piedras como un idiota, pronuncio de nuevo oraciones a pesar de ser ateo, esta vez solo mentalmente.
No quiero verlo, no quiero verlo, no quiero verlo. Abro los ojos todavía con la cara metida entre las piedras. No quiero verlo. Alzo levemente la cabeza. No quiero verlo. Le veo. Ya no es solo una sombra. Puedo ver a la bestia, con su piel, sus membranas, su baba colgándole, sus colmillos siempre preparados y, lo peor, sus garras siempre marcando el ritmo, como un tambor que augura la peor de las muertes: TUC-TAC

Estoy a punto de vomitar el corazón por la boca, es imposible que no me haya visto, está frente a mí, avanzando con lentitud, pero con rotundidad. Tal vez la oscuridad y el hecho de estar tumbado me esté protegiendo.
Él ya está mucho más cerca de mí y más lejos de la luz, así que cada vez me cuesta más distinguirlo, hasta que solo me guio por el sonido, lo mismo que parece hacer él.
Pensé que podría olerme: oler mi miedo, la mierda que cubre mis calzoncillos, la sangre de los otros pasajeros que salpicó mi ropa y mi cara o simplemente mi sudor, pero parecía ignorar todo aquello.
Ni me veía ni me olía (ojala yo pudiera decir lo mismo, porque él apestaba), pero tal vez sí me oyera, así que sería mejor mantenerse en silencio, tranquilo. Mi corazón no parecía entender por tranquilo lo mismo que mi cerebro: PUMPUM-PUM, PUMPUM-PUM. Y la criatura, ya invisible para mis ojos, seguía avanzando: TUC-TAC, TUC-TAC.

Entonces no solo pude oírle, también sentirlo. Por fortuna no siento su garra atravesando mi espalda, sino su baba deslizándose hacia mi nuca. Está fría, lo que, unido al susto de recibir esa viscosa sustancia, hace que me estremezca soltando un ligerísimo gemido. La criatura se detiene y el “tuc-tac” se convierte en un silencio mucho más aterrador. Echo de menos el “tuc-tac”.
De vuelta a cerrar los ojos, de vuelta a rezar por mi vida. Está encima de mí, con sus cuatro extremidades paralelas a mi cuerpo, su estómago suspendido sobre mi espalda y su cabeza moviéndose de un lado a otro buscándome, lo sé porque no deja de gruñir mientras lo hace, así que puedo seguir su sonido y, con ello, sus movimientos.

Superado por la situación mi cuerpo comienza a temblar sin posibilidad alguna de controlarlo. Las piedras que hay bajo él hacen un ligero ruido. El ser gruñe con más violencia, sabe que hay algo bajo él. Y entonces escucho cómo extrae una de sus patas de entre las piedras y ¡TAC! La clava con violencia a un palmo de mi cabeza. Me tengo que esforzar lo indecible por no soltar un grito de pánico.
Y otra vez escucho ese sonido, esta vez extrae otra de sus patas. Siento cómo la eleva sobre mí, siento cómo esta vez no va a errar, soy capaz de anticiparme a lo que va a ocurrir, a cómo me va a travesar la espalda y me voy a convertir en una víctima más de este pasaje del terror en que se ha convertido este túnel del metro, que, si todo sigue igual en la superficie, será largamente recordado por albergar el mayor y más espeluznante de los misterios.

Ya no cierro los ojos, no rezo, no me aferro a las piedras, no pienso más. Mi mente se pone blanco y entonces ¡ZAS! Un grito desolador atruena el túnel, lo cual hace que la criatura se detenga justo cuando iba a dejar caer su garra como los verdugos dejaban caer la guillotina, quedando la guadaña de la fría Muerte, mi muerte, suspendida en el asfixiante aire que nos rodeaba.
Uno de los que había salido despedido había despertado después de varios minutos inconsciente por el golpe recibido. Y, lo único que se le ocurrió a ese pobre desdichado es gritar, pedir auxilio, socorro. ¿Quién le puede culpar? Yo hubiese hecho lo mismo de despertar entre las sombras sin saber muy bien de qué había sido testigo.
Lo que aquel insensato no sabía es que sus sonidos de auxilio estaban llamando no a la ayuda, sino a su verdugo, a aquel que todavía no había contemplado, pero no tardaría en conocer.

Quedó claro que esa criatura se movía solo por el sonido, el oído era su único sentido. Y siguiendo su preciso oído dio un gran salto, o así al menos lo sentí, en busca de aquel que no dejaba de gritar entre lamentos y suplicas. Unas súplicas que aquella criatura oía, pero no escuchaba, unas súplicas que le guiaban entre el oscuro túnel, unos gritos de auxilio que se tornaron el gritos de agonía.
Yo, soltando todo el aire contenido con una agitada e incontrolable respiración, me deslicé como un reptil entre las piedras con presteza y un miedo que esta vez no me paralizaba sino todo lo contrario.
Yo reptando hacia la luz y aquel monstruo saltando hacia las sombras no éramos tan diferentes: seres moviéndose de formas grotescas buscando algo, uno alimento, el otro una salida. Dos seres que tal vez no tuvieran que volver a encontrarse, dos seres que posiblemente vagarían entre las sombras de aquel lugar hasta su muerte.

Pero antes de que eso ocurriese yo llegué a la luz. A los restos de aquel tren que se había convertido en el último escenario de decenas de personas. Ver sus cadáveres despedazados me descompuso, haciéndome imposible no vomitar allí mismo. Por fortuna mi corazón se quedó en su sitio.
La criatura había seguido su camino en dirección contraria a la mía, guiado tal vez por el sonido de más supervivientes que despertaban, pues oía a lo lejos más gritos que no procedían de la inhumana garganta de aquel ser que tanta desolación había causado en tan poco tiempo.

Me así al frío metal destrozado del vagón y, con mucha dificultad, me elevé para introducirme en el interior, donde me seguí arrastrando entre cadáveres, sangre y pertenencias ajenas. Cogí un móvil del suelo, pues yo ya no conservaba el mío, e intenté pedir ayuda con él, pero no había cobertura.
Seguí deslizándome entre los restos de los vagones, cortándome con cristales y de vez en cuando conteniendo la respiración para evitar oler la sangre y los despojos humanos.

La luz parpadeante me impide ver con claridad los objetos que se encuentran por el suelo. Intento buscar un arma, algo con lo que defenderme, pero no encuentro nada. Estamos en Estados Unidos, Dios bendito, alguien tiene que tener un arma.
Miro cada móvil buscando señal, algunos ni siquiera funcionan. Y al fin encuentro algo, un revólver en el pantalón de un cadáver. Al fin me encuentro con el cuerpo sin vida de uno de esos hijos de puta que van con un arma cargada por la ciudad.

Cojo el revolver sin haber cogido uno en toda mi miserable vida. No puede ser tan difícil. Me tiro un rato analizando el arma y comprobando como funciona. Está cargada. Aunque espero no tener que necesitarla, y no parece, pues el monstruo ya está muy lejos, no le he oído volver a los restos de su peculiar obra.

Continúo reptando por los diferentes vagones, ahora sin soltar mi nueva adquisición. Gracias a que la luz parpadea no tengo que ser testigo continuamente de los cuerpos mutilados y de los rostros congelados en una expresión que denota la contemplación del peor de los engendros.
De vez en cuando me detengo para coger aire y descansar. Por desgracia no encuentro alcohol para mis heridas o algún analgésico que calme el dolor al que parece me he acostumbrado, pero que no deja de sacudirme.

Aparto extremidades de mi camino, me limpio la sangre que gotea del techo sobre mi cara y mi pelo, rebusco en bolsos rasgados y sigo comprobando móviles hasta que llego a la cabina. Tiene el morro totalmente destrozado, pero todavía hay luces en sus monitores. Y lo veo, una radio, mi tícket de salida.

El silencio me está volviendo loco, y más cuando se fusiona con la dantesca escena que me rodea. Pero en breves esto se acabará, al fin escucharé una voz humana que no gritará suplicando por su vida, una voz humana que me ayudará.
Activo la radio apoyándome en los paneles mientras intento levantarme torpemente. Cojo el micrófono y comienzo a pedir ayuda desesperadamente rompiendo aquel silencio. La criatura está lo suficientemente lejos como para no escucharme, pero aun así hablo bajo instintivamente. Una voz me responde al otro lado formando un gran estruendo, pero no tanto como para llegar a lo más profundo del túnel, donde se ha adentrado ese ser.
Se acabó, van a rescatarme, van a sacarme de aquí. Mi respiración se calma, también mi corazón: PUMPUM-PUM, PUM-PUM, PUM-PUM, PUM, PUM, PUM.

Me pongo de espaldas mirando al techo, cierro los ojos y me concentro en mi pausado latido mientras, como un imbécil, sonrío sin poder evitarlo, aliviado, expectante, silencioso. PUM, PUM, TUC, TAC, TUC, TAC, TUC-TAC, TUC-TAC PUM-PUM, PUM-PUM  TUCTUC-TAC, TUCTUC—TAC, PUMPUM-PUM, PUMPUM-PUM, TUCTUCTACTAC, TUCTUCTACTAC, TUCTUCTUCTAC, PUMPUMPUM, PUMPUMPUM, TUCTUCTUCTAC.

Abro los ojos, alzo la cabeza y le veo surgir entre las luces parpadeantes, corriendo a una velocidad impresionante, saltando y moviéndose con la misma fiereza que hacía unos minutos. Pero esta vez no hay nadie más que yo, esta vez los cuerpos que embiste con sus garras están inertes y solo tiene un objetivo.
No pienso, solo actúo mientras sigo con la espalda apoyada en el suelo. Elevo el arma, apunto como puedo a esa cosa que no deja de moverse. Disparo, fallo; disparo, vuelvo a fallar; disparo, acierto; disparo, vuelvo a acertar.
El resultado es el mismo.

Me dejo caer hacia atrás con el impacto del último disparo. Contemplo el techo destrozado, escucho de nuevo la voz en la radio diciéndome que aguante un poco más y que en unas horas volveré a ver la luz del sol. No la veo, nunca más.
Le escucho saltar y chillar. Escucho una vez más el sonido de mi salvación convertida en mi perdición, el tío de la radio pidiéndome respuesta. No hay respuesta, no hay palabras ni oraciones, solo un último estúpido pensamiento: “Vaya, pues sí que tiene buen oído este hijo de pe…”.


 


miércoles, 24 de junio de 2020

La escalera del sótano




(SPOILERS THE LAST OF US PARTE II)

Se apaga la luz y comienzo a sentir el frío. El frío de aquel día. Por más que lo intento y me arrimo a ella no puedo sentir el calor de Dina. Hace mucho frío, pero me asfixio. Me aferro con fuerza a las sábanas, me centro en mi Patata y en ella, en lo que da sentido a mi nuevo mundo, pero con la oscuridad sólo una imagen viene a mi mente.
La oscuridad me devuelve a aquella escalera, a aquel descenso a los infiernos. No quiero bajarlas, pero lo hago una y otra vez, cada noche, esperando cambiar el resultado, esperando poder hacer algo. Cada noche fracaso, cada noche se vuelve más oscura que la anterior, más fría, más asfixiante. Y lo veo una y otra vez. Lo veo a él, pero no es él. No, no es Joel él, al menos no lo parece. No es el hombre que conocí, no es el rostro que me daba paz en los peores momentos. Siempre temí que su rostro acabase devorado por el hongo, que la infección del cordyceps le convirtiera en otra cosa, pero esto era incluso peor.
Debajo de esas heridas, más allá de los bultos de su cara y la sangre, se le podía reconocer. Con dificultad y mucho esfuerzo podía ver un atisbo de quien era. Era más doloroso que ver a alguien infectado. Allí estaba, tirado, derrotado, dolorido, rendido, agotado, perdido, vulnerable. No era él. Y yo no podía hacer nada, no podía salvarle, ni abrazarle, ni consolarle. No pude pedirle perdón ni decirle que le perdonaba. Esa zorra Lobo me arrebató algo más que a un ser querido, me arrebató al hombre que lo dio todo por mí, que vendió su alma por mi vida. Me arrebato la oportunidad de compensarle por todo aquello, incluso por lo que le reproché.

Por un momento todo se funde en negro, escucho sólo el CRACK. No lo puedo sacar de mi cabeza. Otras veces veo solo la imagen, en absoluto silencio. Solo puedo ver ese palo de golf impactando en su cráneo, su sangre saliendo a borbotones. No puedo, no puedo. Quiero gritar como hice en aquel sótano. Quiero llorar mientras golpeo cualquier cosa. Quiero destrozar a Abby allí mismo, con ese palo de golf. Quiero despertar y que sea de día.
Pero de día no siempre mejora. Están Dina y mi Patata, pero también están los sonidos, la ansiedad, el miedo, los temblores, la culpa… Si una puerta se cierra de golpe sólo escucho el CRACK, si un chorro de agua se derrama en el suelo de madera sólo veo esa imagen. Incluso me he llegado a sobresaltar cuando se ha caído un cubierto al suelo.
Dina intenta tranquilizarme, me ofrece todo su amor, pero, y que me perdone, no es suficiente. Su amor no puede acallar la culpa, no puede silenciar esa voz que me dice que todo es por mi maldita culpa. Lo de aquel sótano, que el mundo siga siendo una mierda en el que no existe cura, la muerte de Jesse… Incluso me siento culpable por no poder ser feliz ni devolverle todo ese amor a Dina. No puedo sonreír como debiera, no puedo darle a Dina y nuestro hijo todo lo que merecen. Una vez más no puedo estar a la altura de las personas que me aman y me lo dan todo. Por eso sé que tengo que cerrar este capítulo, tengo que acabar con esto para poder pagar mis deudas afectivas con todos ellos, con los que siguen aquí y con los que no están. Tengo que recorrer el sendero que nunca debí abandonar, afrontar mi destino y mirar a los ojos a Abby. Tenerla frente a mí, luchar por lo que le debo, vender mi alma como lo hizo él para poder continuar. Debo alejarme de lo que amo y afrontar el odio para poder avanzar, para saldar las deudas, para poder mirar a los ojos a Dina y volver a ver el rostro del que fue como un padre sin heridas ni golpes. 

Tommy vino a vernos ayer. Mi voz interior se materializó en él. ¿Fue injusto? Eso piensa Dina, pero yo creo que hablaba un hombre dolido y esperanzado por hacer justicia, si es que queda algo de eso en este mundo. Tenía razón: juré acabar con ella y no detenerme hasta conseguirlo. No puedo vivir esta vida de ensueño apartada de todo, pues sin el sacrificio de Joel de Joel, sí de Joel, no tendría todo esto. No es justo que viva mi vida ignorándole a él y su perdida. Y mucho menos ignorando a la mujer que lo destruyó todo.
Tuve un enfrentamiento con ella y, una vez más, me dejó con vida. No me importa su piedad, no lo hubiera hecho de no ser por ese crío. Hubiese matado a Dina, estuvo a punto. Su odio destructivo no tiene límite, y el mío tampoco. Es hora de que esa oleada de odio y muerte que dejamos a nuestro paso impacte. Ha llegado la hora de la tormenta. En nuestro primer impacto yo fui derrotada. No puedo dejar todo así, sin más. No puedo rendirme, dejar que su vida no sirviese para nada y su asesina campe a sus anchas. No puedo dejar que mi último recuerdo sobre él sea en aquel frío sótano. La única forma de subir las escaleras, salir a la luz exterior y volver a sentir calor será arrojándome al abismo junto a Abby.
Si en ese choque resulto, una vez más, derrotada y todo acaba con mi muerte, al menos habré luchado hasta el final y habré pagado mi deuda con mi vida. Si soy yo la que venzo el combate a muerte podré pronunciar el nombre de Joel sin sentir ira ni vergüenza. Sólo sé que, acabe como acabe todo, tengo que irme, irme para volver como vencedora o no volver.

Me tiembla la mano mientras escribo, se me seca la boca, se me humedecen las manos y se me corta la respiración. No aguanto más esto, mañana es el día. Lo siento, Dina, sé que no lo vas a entender, no te culpo. Este es un camino que he de recorrer sola, sólo deseo que me esperes y que, si vuelvo, puedas perdonarme. Joel se manchó las manos por mí, para darme esta vida, ahora ha llegado el momento de que sea yo quien me manche las manos por él, para agradecerle esta vida, para vivir en paz y honrar su muerte.
Sé que lo que voy a hacer no está bien, pero para ver la luz antes hay que transitar las sombras, para ser feliz antes hay que enfrentarse a lo que te desgarra, para seguir viviendo es necesario afrontar la pérdida, para disfrutar del placer antes hay que conocer el dolor.
Este es mi mundo, Dina. No el mundo en el que quiero que viva nuestro hijo, pero uno que seré capaz de recorrer y soportar para protegerle como Joel hizo antes conmigo. Por eso mismo debo hacerlo. Sé que te veré llorar, pero eres fuerte. Sé que me esperarás y rezarás como a veces haces para que vuelva como una mujer nueva, como una mujer liberada de lo que me ata y me destroza día a día. 

Mañana atravesaré la puerta de casa y, mientras lo hago, volveré a bajar las escaleras de ese sótano, peldaño a peldaño, poco a poco, aceptando el miedo, aceptando el frío y escuchando aquel sonido. Lo haré sabiendo que esta vez me enfrentaré a ella y le salvaré a él, salvaré su recuerdo, conseguiré verlo de nuevo como hace tiempo no consigo verle. Y en ese momento podré desprenderme del peso del odio y del miedo. Podré tocar una última canción con su guitarra, lo último que me une a él más allá de ese sótano. Podré sacar el dolor con la música e incluso desprenderme de aquello a lo que me aferro por ser lo único bonito que me queda de él. Pues él volverá a estar allí de nuevo, frente a mí, sonriendo, mirándome, sin juzgarme, cuidándome. Como siempre lo hizo. Él me regaló esta vida y sólo él puede devolverme la paz.

lunes, 11 de mayo de 2020

La última lágrima del Elegido




Intento mantener la calma, convencerme una y otra vez de que esto es lo correcto, el único camino, consecuencia directa de los errores de los jedi. He obrado bien, todos ellos merecían la muerte. O tal vez no, ¿y si me he equivocado? La duda me golpea el corazón y me desequilibra, obligándome a aferrarme con firmeza a la barandilla.
Ya no hay marcha atrás, y eso me aterra por momentos. Para mantener el tesón cierro los ojos e intento sentir la Fuerza Viva de la que tanto hablaba mi primer y efímero maestro, Qui-Gon Jin. Estoy aquí y ahora, en esta situación, por ella. No por la galaxia, por la paz o la justicia; estoy aquí por Padmé. Fue en ella la primera vez que vi la Luz más allá de mi madre. No la vi en las palabras de Qui-Gon, no en la figura de Yoda ni en los ojos de los miembros del Consejo Jedi, tampoco en las enseñanzas de Obi-Wan, sino en aquella muchacha de 14 años. 

Y no sólo fue la primera vez que vi la Luz en otra persona que no fuera mi madre, me atrevería a asegurar que fue una de las pocas veces que la vi y la sentí; en el mismo lugar triste, apartado y oscuro en el que nací y me crie. Pues, a pesar de ser un planeta con dos soles, Tatooine es el lugar más oscuro que conozco, más incluso que el planeta Dathomir. Un lugar abandonado por la República a la suerte de sus habitantes, donde el civismo escasea más que el agua, mientras el salvajismo, el contrabando y el esclavismo prosperan sin nadie que lo impida, donde la vida de un niño y su madre valen menos que una vaina de carreras. Un lugar en el que una madre se ve obligada a decir adiós a su hijo de nueve años, dejando que un desconocido lo lleve a una vida de conflictos y militarizada sólo porque, incluso esa, sería una vida mejor y más digna. Un planeta remoto en el que sobrevive el que dispara primero y demuestra ser tan vil como el resto. Allí no hay lugar para seres puros como mi madre, Shmi: una mujer fuerte y resiliente que me crio ella sola en las peores condiciones, encontrando su fatal desenlace en las manos de esas bestias a las que exterminé.

Aquella vez no fue la primera que tuve esa sensación en mi interior, en absoluto. Ya con la muerte de Qui-Gon sentí algo similar. Una sensación de ahogo provocada por la frustración y la ira. No hay que dejarse llevar por ella, repite una y otra vez Yoda. ¿Qué he de hacer, entonces? ¿Contemplar con pasividad cómo asesinan a mi madre sin merecerlo? ¿Perdonar a criaturas sin sentimientos que mañana volverán a hacer lo mismo con otro ser inocente, si es que queda alguien inocente en aquel desierto infinito? ¿Podemos abandonar la esencia de un jedi para luchar en pos de la República y no en defensa de nuestros seres queridos? ¿Acaso no merecen nuestra venganza? 
 Es propia de los sith, dicen. Tampoco es propio de un jedi enamorarse ni tener hijos, sólo es propio de un jedi luchar, pero no por quien realmente lo necesita cuando lo necesita. ¡No es justo! Ese día debía empuñar mi sable láser más de lo que nunca había debido hacerlo, mi madre así lo merecía. No negaré que los lamentos de los niños de esos moradores de las arenas me perturbaron durante un tiempo, pero sé que algún día habrían cometido una barbaridad similar a la de sus padres. Si los jedi no pueden eliminar el problema de raíz, ¿para qué nos necesita la galaxia?
Nunca había dejado fluir mis sentimientos más profundos como ese día, nunca había desatado ese nudo que me atenazaba desde que abandoné Tatooine, jamás había demostrado mi odio hacia ese lugar más allá de las palabras como lo hice aquella noche. Tuve miedo, pues mi conducta fue la de un sith. Incluso había escuchado el eco de la voz de Qui-Gon gritándome que no lo hiciera en algún rincón de mi mente que ignoré.
También sentí rabia hacia mí mismo por no actuar antes cuando tuve esas visiones y hacia la Fuerza por darme ese poder clarividente sin dejarme libertad de acción, ya que por aquel entonces pensaba que los jedi y la Fuerza eran uno sólo, y, teniendo en cuenta que los jedi y sus reglas me ataban en corto, de alguna manera era como si la propia Fuerza y las “normas” que la rodeaban también lo hiciese. Al tiempo que me daba alas me las cortaba. Pero cuando tuve esas visiones sobre Padmé juré que no pasaría lo mismo.
Fue Padmé la que ese día estaba allí, la que me escuchó y me consoló. No sólo no se asustó por mis palabras o por mi furia y mi odio patente, sino que me supo tranquilizar. Sentí su mirada penetrándome, intentando ver mi propia luz entre tanta oscuridad; a veces parece que sólo ella es capaz de encontrarla y comprenderme, la única que confía en mí. Ese día, cuando me derrumbé, sentí su luz como el primer día, pude notar su calor mientras me arropaba y dejaba que llorara desolado por la pérdida.

Ese fatídico día tuve a mi lado al ángel que me fascinó cuando era un infante, al ángel que se prendó de una ternura que no tardé en perder, al ángel que me dio un motivo por el que vivir más allá de la esclavitud, la servidumbre, los combates y la guerra. Un ángel que me apaciguaba con su sola presencia y con el sonido de sus palabras -incluso cuando manifestaba sus ideas políticas contrarias a las mías-, que me hacía sentir dichoso en el día más desgraciado de mi vida, que me hacía sentir en Tatooine como si estuviera rodando por las praderas de Naboo, en aquellos momentos en los que el mal y la muerte sólo se fingían tras jugar montados en un shaak. Ella estuvo allí el día que enterré a mi madre y, con ella, una parte de mí, a aquel niño esclavo y dulce del que, diez años después, e incluso en aquel momento, sólo quedaba su fascinación por aquel ángel. Bajo la ardiente arena de Tatooine yacen mi madre y parte de mi luz, sepultada en las sombras de esa tumba solitaria. Al fin y al cabo esa era una luz que sólo le pertenecía a ella y allí debe descansar durante toda la eternidad.
¿Y qué me queda ahora? Sombra, la sombra proyectada por la República, los jedi y las palabras de mi nuevo maestro, Palpatine; Darth Sidious, más bien. Sólo la luz de Padmé mantiene una pizca de mi cordura a flote. Poco me importan ya la política y el Imperio que Sidious quiere forjar tras el derrocamiento de sus enemigos, tan sólo me importa salvarla a ella. Estaría dispuesto a matar a Palpatine tras enseñarme el poder de traer de vuelta a los muertos, para, así, autoproclamarme Emperador junto a mi Emperatriz, y juntos regir la galaxia con sabiduría y firmeza.
Desaparecerían la esclavitud y los sindicatos del crimen, el hambre y la guerra, la monopolización de la Fuerza por parte de jedis y sith. ¿No querían los jedi equilibrio? Pues lo tendrán. Mi oscuridad y la luz de Padmé guiarán a cada ser vivo de esta inmensa galaxia, la Luz y la Oscuridad, el verdadero Lado Luminoso y el auténtico Lado Oscuro. Seremos justos, pero contundentes y nadie se atreverá a cuestionarnos.
 
¿Y sí Padmé no lo aprueba? Dudas, otra vez. Si ella me traicionara, si desaprobara lo que he hecho… no quiero ni pensarlo, no sé cómo actuaría. Pero no podría matarla, no podría hacer lo que hice con los tusken, los separatistas o esos niños jedi. Todos eran peligrosos, todos habían aportado su granito de arena para destruir la galaxia, incluso los niños estaban siendo instruidos para ello.
Pero Padmé, ¿cómo hacerla daño cuando sólo está equivocada? No sé vivir sin ella; si lo he destruido todo ha sido por ella, y si ella me abandona yo acabaría destruido. Nunca más volvería a ser un ser humano, hasta el día de mi muerte sería lo más parecido a una máquina que existe, caminando hacia delante con el fin de volver a ver la Luz, su luz, algún día. Con el fin de encontrar respuestas a preguntas que no dejan de acosarme, con el único fin de volver a ver al ángel mientras camino entre demonios. Dispuesto a servir a un bien mayor que mantenga estable la galaxia al mismo tiempo que espero una señal de que su luz existe todavía más allá de las estrellas.
Una luz que es intensa en mis recuerdos: recuerdos de nuestro primer beso en Varykino, nuestra boda envuelta en tantas sombras como luces frente al Lago de Retiro, nuestro apasionado beso en la arena Petranaki de Geonosis -un beso que nos liberó mucho antes de que se soltarán los grilletes-, la primera vez que demostramos nuestro amor más allá de los besos entre las sábanas de la cama de Padmé en su apartamento, el día que me anunció su embarazo… Todos esos recuerdos estarán por encima de la oscuridad y el dolor pase lo que pase, todos ellos me guiarán entre los escombros de aquello que algún día amamos.

Pero nada malo va a pasar, porque sé que su amor por mí está por encima de su amor por la democracia y la República, y porque no permitiré que nada malo le pase cuando dé a luz a nuestro hijo. Luke será su nombre, y ni en un jedi ni en un sith se convertirá, pues trascenderá como lo he hecho yo. No se verá arrastrado al abismo por unas absurdas normas de un Consejo que ha olvidado el significado de la Fuerza y que no conoce el significado del amor. No conocerá la desconfianza ni le temerán por su poder incomprendido: le respetarán y continuará el legado de su padre para que la galaxia no vuelva a ser la que era. 
Y si con su nacimiento la muerte recibe a Padmé, me encargaré de resucitarla con el poder que me otorgue Sidious. Un poder antinatural, afirman todos, pero ¿cómo puede ser antinatural traer de vuelta a la vida a un ser que amamos? Si los jedis tienen prohibido contraer matrimonio y vincularse emocionalmente de  ninguna forma con nadie, es lógico que no comprendan la necesidad de usar ese poder que está por encima del bien y del mal. Usarlo no es algo que me convierta en un sith, de la misma forma que ese nombre que me ha otorgado Sidious: Darth Vader, tampoco lo hace.
Haré lo que desee mientras me ofrezca lo que necesito. Seré partícipe, una vez más, de los juegos de aquellos que son cortos de miras con tal de que su corazón vuelva a latir en caso de que se pare. ¿Acaso no usamos la Fuerza para alterar las funciones cognitivas de los más débiles de mente? ¿No es eso antinatural para los jedi? Solo son unos traidores ignorantes, pretenciosos y sectarios que se cierran a utilizar todo el potencial y las maravillas infinitas que nos ofrece la Fuerza y que, seguro que en algún momento, los primeros jedis de hace miles de años utilizaron sin etiquetar con esa facilidad despreciable a quienes lo hacían. 

Los jedi se equivocan, siempre han estado equivocados, tan equivocados como cuando acusaron injustamente a mi padawan Ahsoka de un crimen que no cometió. Ella se fue por voluntad propia, e incluso cuando tuvo oportunidad de volver no lo hizo. Nos ayudó hasta el último momento luchando por lo que creía, pero sin dejarse engatusar de nuevo por el Consejo Jedi y sus mentiras. Fuiste lista, Chulita, como siempre lo has sido. Otra de las pocas luces que han iluminado mi vida. Una togruta indómita, más testaruda que yo, pero con un corazón puro que lucha por lo que cree que es justo, que se cuestiona cosas y que ha sido tan pisoteada como lo he sido yo por los que una vez luchó. ¿Habrá sido exterminada como una jedi más tras ejecutarse la Orden 66?
Lo último que supe de ella fue que se trasladó a Mandalore junto a Rex para dar caza de una vez por todas a Darth Maul, otra marioneta que ya ni siquiera es un sith, como muchos le denominan erróneamente. Fue utilizado como un juguete más por los poderes superiores que pugnan por controlar la galaxia, desechado como un despojo tal y como fuimos desechados por los nuestros Ahsoka y yo. 


Ojalá mi joven padawan haya sobrevivido, y, si lo ha conseguido, espero que los caminos de la Fuerza nos unan de nuevo y apruebe todo lo que he hecho con los jedi que tanto daño le hicieron. Espero que comprenda en qué me he convertido y decida trascender ella también, pues combatir contra la mejor jedi que he conocido y una de las personas que más he querido sería demasiado doloroso, una carga más que no sería fácil soportar.
 Las últimas palabras que me dirigió fueron: “buena suerte”.  No pude devolverle las palabras, no pude decir nada. La miré y, antes de apartar mi rostro de ella, percibí en su interior lo que yo mismo sentía. Ambos sabíamos que era una despedida y que necesitaríamos esa suerte, pues nuestros destinos están envueltos en una sombra creciente, tan oscura que nos es imposible siquiera imaginar qué nos espera más allá. Ojalá tu suerte me acompañe, Ahsoka. Ojalá. 


También Obi-Wan en nuestro último encuentro deseó que me acompañara la Fuerza. Una consigna que utilizamos con inercia, sin pensar, sin sentir. ¿Lo sentía Obi-Wan realmente cuando me lo dijo por última vez? ¿Era consciente de lo que era realmente el Consejo Jedi? Pues claro que lo era, formaba parte del Consejo. Son muchas las veces que pensaba que estaba contra mí, a pesar de ser como un hermano. Ni siquiera me defendió cuando me aceptaron en el Consejo presionados por Palpatine sin concederme el título de Maestro. Era uno más de una Orden Jedi corrupta cuyos jedis tenían ya el juicio nublado. Para mí era la otra luz que me ayudaba a mantenerme en pie, pero a veces sentía que se apagaba y me abandonaba. Ahora sé que lo ha hecho. Algo me dice que ha sobrevivido a la Orden 66 y que, en algún momento, irá a por mí. Un odio creciente se apodera de mis sentimientos hacia él, siento que ha traicionado mi confianza y el amor que le he ofrecido. Siento que todavía se siente superior a mí, que subestima mi poder y que le repugna lo que he hecho. Él si tendrá que morir, es mi enemigo y pagará todos sus errores cometidos con aquel al que debía anteponer a los intereses políticos de su querida Orden. 
Abro los ojos y enciendo mi sable láser azul pensando en un combate inevitable que tarde o temprano decidirá el destino de ambos. Su zumbido aviva los gritos de los niños que aniquilé. Es azul, pero en realidad ya está teñido de rojo, un color que tarde o temprano empuñaré hasta mi último aliento. Intento centrarme en el combate que se avecina, pero los llantos de los niños jedi me acosan como me acosaron los de los críos Tusken, y su chillido es más agudo y doloroso, solo Padmé puede acallarlos. Necesito sentirla cerca, necesito abandonar este planeta ardiente para siempre y abrazar a la mujer que mantiene los pilares de mi existencia, necesito que haga callar a esos niños, que silencie el sonido de su carne siendo perforada y el de sus suplicas desesperadas, que borre de mi mente las imágenes de aquellos que se escondían temerosos de mi sable tras los sillones del Consejo que no pudieron protegerles de mis ataques. La necesito más que nunca.
 Apago el sable y lo guardo en mi oscura túnica esperando que vuelva el silencio en mi mente. 



Siento una lágrima recorriendo mi mejilla, no soporto este ardor en mi corazón, en mi mente y en mis ojos. Percibo que algo cambia, no sólo en mi interior; es como si con esta lágrima me abandonara la última mota de luz que me quedaba y comenzara una transformación ya imparable. Auguro que el final se acerca. 
 Me quedo mirando fijamente la lava que me rodea, una lava que otorga algo de luz a la oscuridad de este planeta, pero que destroza todo lo que toca. Siento la necesidad de sentir esa luz ardiente, ese fuego purificador que podría destruir todo el dolor que me invade, para poder seguir así hacia delante. Recuerdo la pira funeraria de Qui-Gon, al que ahora considero afortunado, y espero correr algún día su misma suerte. ¿Quedará alguien para llorarme mientras mi cuerpo se incinera bajo las estrellas?

Mis pensamientos son interrumpidos con la llegada de una nave. Es la nave de Padmé, ¿qué hace aquí? Me quito la capucha, me seco mi última lágrima y me dirijo con paso firme hacia ella. Siento que son mis últimos pasos como Anakin, siento que me dirijo a mi destino, al juicio moral de Padmé, al combate definitivo entre mi antiguo maestro y yo. Camino junto a esta lava y, de algún modo, comprendo que es el camino que seguiré hasta mi muerte, rodeado de este infierno en vida, en busca de algo que creo que ya he perdido.
Pero no me detengo, continúo, continúo, continúo mientras escucho en mi cabeza voces, voces que siempre han estado ahí y otras que nunca he escuchado, llantos de bebés recién nacidos, gritos de dolor combinados con un sonido electrizante que me recuerdan a los de Windu, palabras compasivas y de reproche que nunca he recibido de Padmé y Ahsoka, sonidos de sables láser entrecruzándose, de nuevo la carne perforada, gritos de dolor y pánico, sonidos ahogados de gente que suplica por su vida sin éxito y, al fin, escucho una profunda respiración mecánica que ya he escuchado en una ocasión, en Mortis.

 No me detengo, avanzo sin pausa, jamás me detendré mientras ella esté al otro lado, esperándome. La miro mientras baja de la nave con esa cara de preocupación que tanta ternura y desazón me produce, acelero el ritmo y no pienso en nada más. Todos los sonidos e imágenes desaparecen, ya solo quedamos nosotros. Solo nosotros dos, no importa nada más. Nunca ha importado. Así ha sido siempre y así seguirá siendo, pase lo que pase.