martes, 20 de mayo de 2014

Puertas selladas, llaves ocultas y un alto precio


La mansión, que alcanzaba dimensiones que rozaban lo vulgar para un solo inquilino, no parecía el tipo de estructura tras la que se encontrara una figura altruista que se preocupase por los demás. El perfil no encajaba, por eso el etnólogo Prichard quiso viajar en persona a esa parte tan alejada de su mundo; para comprobar quién era realmente ese aclamado terrateniente que, al parecer, había invertido una alta suma de dinero en la compra y posterior liberación de esclavos de raza negra. 

Bajó del carruaje que le había llevado hasta allí, sacó unas monedas de un pequeño saco que llevaba en uno de los bolsillos de su chaqueta, los deslizó hacia la mano del cochero estirando levemente el brazo e inclinó la cabeza con elegancia sonriéndole débilmente. El saludo le fue devuelto con una sonrisa más amplia  que la suya, al ver el cochero las monedas que descansaban sobre la palma de su mano. Algunas monedas de más se habían colado como agradecimiento, no como el error que había interpretado el hombre que llevaba el carruaje y que no se dignó en corregir.

Al girarse, mientras el carruaje se alejaba, y dirigirse hacia la enorme puerta de madera, se encontró con un hombre. Se sorprendió absurdamente al comprobar que era un anciano de piel rosada y rostro amable el que le recibía en la entrada. En esas tierras estaba acostumbrado a que le recibiesen hombres de tez negra generalmente con marcas moradas en la cara. Había olvidado que había ido allí precisamente para comprobar qué de cierto tenía aquella progresista morada que parecía querer cambiar la realidad de Norteamérica. Ni siquiera los trabajadores eran esclavos negros. Los que veía en ese momento sudando en el campo eran tan blancos como las escasas nubes que podían verse ese día en el cielo.

Tras intercambiar escasas palabras amables con el mayordomo, éste abrió la puerta principal con unas pequeñas llaves que sacó de uno de sus bolsillos. Prichard entró al edificio siguiendo sus pasos. Mientras el anciano cumplía con su trabajo avisando al señor de la casa, él se quedó contemplando aquel recibidor pulcro y ornamentado con buen gusto. El hall era más grande que cualquier casa de la ciudad más cercana y estaba bañado en tanto lujo como podría estarlo el palacio real londinense. Por la ancha escalera tapizada en rojo descendía un hombre lenta, pero elegantemente. Exagerando sus movimientos para hacerse notar sin llegar a resultar excesivamente extravagante.
-¡Señor James Cowles Prichard! Es todo un honor tenerle por fin en mi casa.-Alzó los brazos teatralmente acercándose sonriente a su huésped.
-El honor es mío, señor Morton.-La reverencia fue profunda y cortés.
-¡Por favor, no se incline! Aquí todos somos iguales.-Hizo un ademán para que se levantase de inmediato-. Y puede llamarme simplemente Ronald, o Ron, si lo prefiere.-Inclinó la cabeza con delicadeza
-Como desee. A mí puede llamarme James, aunque preferiría que no me llamase Jaimie, como acostumbraba mi madre.
El terrateniente rió ante la broma con desenfado.
-Bajo ningún concepto querría ofender al gran James Cowles Prichard, que el dios en quien no creemos me libre.-Ambos rieron, aunque la risa de James fue un tanto más forzada-.Antes de que charlemos con la tranquilidad y el tiempo que merece alguien de su talla, ¿querría instalarse en este momento?
-Lo agradecería, si no es molestia. Un viejo como yo ya no resiste como antes los viajes tan largos.-Se lamentó como hace la gente de su edad, interpretando ese papel de anciano agotado para no incomodar a su anfitrión.
-¡Por su puesto que no es molestia!-Puso los brazos en cruz ladeando la cabeza con brusquedad, arrugando la frente y entrecerrando los ojos-.Está tarde descanse y lea, si desea, algunos de los libros que me inspiraron y un ensayo que estoy escribiendo sobre mi propia teoría de la evolución y la relación entre las diferentes razas y especies. Me gustaría enseñarle también con calma mi mansión. Por la noche discutiremos varios temas; durante la cena será un buen momento.
-Muchas gracias, señor Morton, es usted muy amable.


Fue acompañado a sus habitaciones por el silencioso mayordomo, con el que decidió comenzar una conversación amable con la intención oculta de iniciar su investigación.
-Debe ser reconfortante trabajar para alguien como Ronald Huxley Morton.
-Lo es, sin duda.-Respondió sin mirarle mientras continuaba caminando.
-Tanto por su amabilidad como por su reputación y, sin ánimo de ser grosero, su fortuna. El sueldo debe ser generoso.-Dejó caer la pregunta en forma de simple apreciación.
-Lo es, sin duda.-Parco en palabras, como un leal sirviente debía ser con los desconocidos. A no ser que fuesen palabras corteses, en ese caso no habría suficientes.
-Se quedaría usted sorprendido cuando vio con sus propios ojos cómo compraba y liberaba a aquella remesa de esclavos.-Intentó de nuevo sonsacarle algo más que cuatro palabras.
-Me quedé, sin duda.-Intento fracasado.


Por los pasillos inacabables que llevaban a las habitaciones cedidas por Ronald a su persona, se cruzó con un par de hombres de raza negra. Llevaban ropa casi tan cara como la del señor Morton. Ni que decir tiene que iban aseados y no trabajaban en ninguna labor forzosa. Uno se paseaba con un libro bajo el brazo. Cuando lo vio no pudo fingir un gesto de sorpresa que le sobrevino, un gesto que le molestó a él mismo, a pesar de que era lógico que se sorprendiera ante tal imagen. Hubiese preguntado al mayordomo, pero sabía que no sacaría nada de sus cuatro palabras formales.

Las habitaciones eran tan grandes como podía esperarse de un lugar como aquel. La ventana estaba abierta, refrescando la estancia; la cama limpia, muy bien hecha; el suelo brillante, y las paredes y estanterías adornadas con un gusto tan refinado como el hall. En un escritorio más grande que un ataúd podían encontrarse varios libros amontonados y unas hojas cuidadosamente colocadas junto a ellos. En efecto, era el ensayo del señor Morton. Antes de leerlo detenidamente ojeó los libros que había sobre la mesa; “El origen de las especies”, de Darwin;  “Historia Natural del Hombre” , con el que no pudo evitar sonreír; “Tratado sobre la locura y otros trastornos que afectan a la mente”, también era suyo, pero le extrañó verlo entre libros que hablaban sobre las especies. Lo cual no quería decir que el señor Morton no pudiera interesarse por otros temas, pero teniendo en cuenta el motivo de su visita, al doctor Prichard le extrañó que se colocase allí ese libro. Tal vez era un intento de satisfacerle demostrando que leía sus libros, tratasen de lo que tratasen.


Después de asearse leyó por encima el ensayo. La idea fundamental que se extraía de un primer vistazo era la de la unión entre el ser humano y la propia Naturaleza, pudiendo por tanto controlar todo lo que subyace de ella. De esa igualdad entre los elementos que componen la Naturaleza nace la teoría de que todos somos iguales para ella, ridiculizando por tanto las teorías sobre la superioridad de la raza. En esos párrafos había algo más, un significado oculto, una idea más amplia, una conclusión inacabada, más firme. Para descubrirla tendría que leer el ensayo completo, pero prefería hacerlo con calma en la cama, tras la cena, a las puertas del sueño, cuando más claro lo veía todo. Se disculparía en la cena asegurando que preferiría escuchar sus afirmaciones de su propia boca antes que leerlas en un trozo de papel, para eso ya habría tiempo. Había que aprovechar la estancia con él.
El señor Morton le había dejado un elegante traje en uno de los armarios, pero prefirió ponerse el que había metido en el equipaje. Para él era más cómodo, no solo porque le picaría menos. Se trataba de mostrarse educado, pero orgulloso, sin ceder terreno al afamado terrateniente.

Se reunió de nuevo con el señor Morton en el hall de la mansión, donde le volvió a recibir con entusiasmo. Le paseó por innumerables pasillos y estancias por las que apenas se podía ver gente mientras trataban temas sin importancia. El tiempo, la cosecha, los viajes, los robos, los asesinatos...parecía que su tema central se reservaba para el mejor momento. Las estancias estaban tan recargadas y al mismo tiempo vacías como las conversaciones que mantenían. Artículos heredados y comprados, todos de un valor incalculable. Mujeres y hombres del servicio cruzándose de vez en cuando con ellos, que saludaron cordialmente y su querido mayordomo Gilbert.
-Gilbert...-suspiró Morton-.Me fío más de él que de mí mismo.-El señor Morton lo comentó para que el propio Gilbert pudiese escucharle.
-¿Cuántos años lleva con usted, señor Morton?
-Ya le he dicho que nada de formalismos, para usted soy Ronald.-Agitó una mano mirando al suelo. Después se puso reflexivo acariciándose la barbilla-.Veamos...ya estaba aquí con mi padre, tal vez conoció a mi abuelo, pero nunca me he molestado en preguntarle cómo llegó hasta aquí.
-¿No sabe ni siquiera quién es?
-Un hombre que ha dedicado su vida a servir a esta familia, me temo que no hay mucho más que contar.-Agitó la cabeza y arqueó las cejas con indiferencia.
-¿Y no cree que merece ser libre tanto como aquellos negros a los que liberaste?-Hizo la pregunta temiendo encolerizar a su anfitrión, pero cada vez le cuadraban menos cosas, así que no podía callarse. Al fin y al cabo ¿a qué había ido allí?
Ronald Huxley se detuvo mirando al suelo. Su rostro ensombreció antes de mostrar una sonrisa amplia, divertida, un tanto sádica.
-Buena apreciación, pero le aseguro que nadie ata aquí a mi querido Gilbert. No tiene adónde ir ni qué hacer con su vida, servirme es su vida. Aquí tiene un lugar parecido a un hogar; me tiene a mí, alguien parecido a un hijo, o a un nieto. Creo que solo bajo este techo se siente verdaderamente libre.
-Me alegro, no pretendía ser grosero, era solo pura curiosidad.-Era más que curiosidad.
-¡No tema! Es mi invitado. Puede hacer las preguntas que quiera, ya me encargaré yo de responderlas.-El terrateniente volvió a sonreír guiñándole esta vez un ojo.

Cuando salieron al exterior, Ronald Huxley inspiró el aire del campo cerrando los ojos y estirando los brazos. James se limitaba a observar el paisaje, pensativo. Morton hizo un movimiento que le hizo desviar la mirada a su acompañante para ver cómo sacaba un puro de un bolsillo de la chaqueta y un prendedor de otro. Cuando se lo llevó a la boca volvió a inspirar con los ojos cerrados.
-Lo que la Naturaleza nos ofrece es una bendición: poder respirar el aire fresco, sentir que somos parte de ella como un todo. Es reconfortante y placentero.-Hablaba mientras bajaba las escaleras del porche y daba unas caladas al puro que acababa de encender. James le siguió.
-Completamente de acuerdo. Es una lástima que muchas veces no sepamos apreciar lo que nos ofrece a los sentidos, ni sepamos escuchar lo que nos quiere decir.
-Y ¿qué es eso que nos quiere decir, señor Prichard?
-No lo sé, señor Morton, me temo que por mucho que la escuche no puedo entenderla, solo interpretarla.
-¡Ah! Ese es el problema, amigo James, somos meros traductores de una lengua que ni siquiera escuchamos.-Dijo agitando la mano con la que sujetaba el puro en dirección a Prichard.
-La Naturaleza más que una lengua es un sentimiento. Si no lo experimentamos no podemos interpretarlo, como el miedo o el amor.
-Y aún así no entendemos el amor ni cuando lo sentimos. ¿Qué hacemos una vez lo experimentamos? Lo estudiamos.
-¿Para qué?-Prichard miró con curiosidad a Huxley Morton.
-Para entender. Si entendemos podemos controlar.-Respondió como si fuese algo obvio.
-Nos esforzamos en entender y no en disfrutar, siempre es así.-El doctor volvió a mirar al horizonte.
-Porque si no entendemos no podemos disfrutar. Si no nos hubiésemos esforzado en entender no disfrutaríamos de los avances de la medicina, por ejemplo.
James no supo qué responder.
-Si has leído mi ensayo comprenderás lo que pienso sobre ello. Nosotros no somos amigos ni enemigos de la Naturaleza, somos la Naturaleza. Si queremos volver a ser uno con ella debemos volver a entender, y para entender hay que investigar.
-Tal vez tengas razón, pero ¿a qué precio?
-A uno muy alto, señor Prichard. A uno excesivamente alto.


Volvían a estar dentro. Cada uno se dirigió a sus aposentos para reunirse después en el salón principal, donde los sirvientes estaban preparando ya la mesa. En la habitación, James no dejó de pensar en su conversación con Ronald y en su ensayo. Cada vez tenía más ganas de leerlo. Tampoco podía dejar de pensar en lo que diría en la cena, sobre lo que hablarían, los temas que tratarían y cómo los tratarían. Le fascinaba tanto como le preocupaba.
Salió de la habitación apresuradamente para dirigirse hacia el gran salón que con anterioridad Ronald le había mostrado. Cuando había recorrido varios pasillos, James recordó mentalmente el recorrido que habían hecho por la mansión. Pero al recorrer de nuevo los pasillos reparó en una zona a la que no le había llevado. Hubo un momento en el que pensó que irían al ala oeste al volver a entrar, pero no fue así y Prichard lo había olvidado. Estaba investigando a ese hombre, y eso suponía no solo hablar con él. Se detuvo, miró alrededor y cambió su rumbo; se dirigía al ala oeste de la mansión. Esperaba no perderse.

En el ala oeste había más habitaciones y, curiosamente, otra biblioteca. Tal vez no fuese tan curioso, había espacio y muchos libros que guardar. Morton parecía un hombre culto, hambriento de ensayos filosóficos, psicológicos, antropológicos, etnológicos sociológicos...Esas bibliotecas eran una mina de oro para alguien como él. Suponía que Morton había considerado el ala oeste tan aburrida como el resto para perder el tiempo mostrándosela a Prichard, nada más.
Cuando retomó sus pasos para dirigirse al salón observó un pasillo sin estancias que llevaba a una pared amueblada con discreción. El pasillo parecía demasiado largo para llevar  tan solo a una vulgar estantería, pero al fin y al cabo no era más que eso, una vulgar estantería con adornos de cierto valor y algún libro en ella. Apartó la mirada y volvió a caminar, pero se detuvo. Retrocedió unos pasos y volvió a mirar al pasillo. Tenía algo. Algo extraño que no sabía describir con palabras. Se acercó mirando la estantería y las paredes de los laterales. Después miró al suelo. Limpio, como el de toda la casa. Muy limpio, excesivamente limpio. Reluciente, enfermizamente reluciente. Alguien lo había fregado con esmero hacía no mucho y en más de una ocasión.

Se acercó con una incoherente cautela a la estantería. Olía raro y estaba más oscuro que otros pasillos. Recordó los pasadizos secretos de los castillos medievales que aparecían en las novelas que leía de joven. El corazón le dio un vuelco cuando cogió del lomo alguno de los libros para extraerlo del estante. No ocurría nada. Ni con libros, ni con candelabros ni con ningún otro objeto apoyado en esa estantería. Había ido a investigar a aquella mansión y ya se creía un Carlitos del siglo pasado. Suspiró y agitó la cabeza entre decepcionado y abochornado, girándose para volver con su anfitrión, que ya estaría impaciente. Un leve gemido lejano pero claro, como el aullido de un lobo perdido en un bosque cercano, podía oírse tras aquel armatoste de madera. Volvió a girarse contemplando la estantería. ¿Eran imaginaciones suyas? Ni un ruido más en varios minutos. Era hora de volver. Abandonó el pasillo que quedó en total silencio, sin nadie en la oscuridad, sin más sonidos que lo perturbasen y aquella estantería reinándolo y moviéndose repentinamente. Se tambaleó haciendo caer un libro al suelo, golpeada desde el otro lado de la pared con fuerza, desde el mismo lugar del que fue emitido un nuevo gemido. Prichard ya estaba lejos.


Para James la velada estaba siendo más agradable de lo que hubiese imaginado e incluso deseado. La comida estaba siendo copiosa y exquisita, la compañía agradable, la conversación tranquila y la música relajante. No estaba allí para relajarse, pero tampoco para avasallar a su anfitrión a preguntas.
-Espero que la carne esté siendo de su agrado, señor Prichard.-Comentó Morton educadamente mientras cortaba con delicadeza una porción de su filete.
-Exquisita, debo felicitarle por sus cocineros, señor Morton.-Alabó inclinando la cabeza con cuidado de no meter el poco pelo que le quedaba en el plato. 
-Ronald. Y No todo el mérito han de llevárselo los cocineros, aunque sin ellos no estaríamos comiendo este manjar.-Reconoció sin apartar la mirada del plato.
-No quería ofenderle, señor...Ronald. También es mérito de su posición, sus riquezas y su buen criterio para elegir la mejor carne.
-En efecto, estos animalillos me costaron una fortuna. Pero ni siquiera mi riqueza es mérito mío, pues todo lo he heredado. Tampoco mi buen gusto, lo heredé de mi padre.-Lamentó con cierta melancolía.
-Pues enhorabuena a este pobre animal por estar tan delicioso, entonces.-Bromeó alzando la carne con el tenedor.
Ronald paró de masticar mirando a James sin alzar la cabeza, muy serio. Antes de volver a levantar la barbilla, masticó tragó y sonrió.
-¿Ve como somos uno con la Naturaleza? Nos alimentamos de los animales, nos dan fuerza. Si están ricos hasta nos alegran el día y al fin y al cabo los matamos como animales. Son parte de nosotros, en realidad no estamos haciendo ningún acto cruel, solo manteniendo vivo al conjunto natural de las cosas. Es como si la propia Naturaleza se arrancase un dedo para poder comérselo esperando a que le creciese otro.
-¿Dónde queda entonces la individualidad?-Preguntó con curiosidad Prichard mirando al terrateniente.
-No hay individualidad, lo que importa es la supervivencia del más fuerte para mantener la Naturaleza en funcionamiento -Apretó los cubiertos con fuerza enfatizando sus palabras-.Teoría básica de Charles Darwin. ¡Parece mentira, señor Prichard!
-Entonces, si mañana aparece un lobo y te destroza para comerte, no deberíamos llorar tu muerte. La Naturaleza ha seguido su funcionamiento normal, solo eres un dedo que volverá a formarse.-Su tono le quitó importancia a lo que acababa de decir.
-Más o menos. Aunque el ser humano parece tener un compromiso mayor con la Naturaleza. Se nos ha dotado de razón y con ella debemos alcanzar la verdad. Mientras los animales solo se preocupan de comer, reproducirse y dormir hasta morir, nosotros pensamos.-Señaló su sien con el tenedor.
-Y ¿qué hemos aportado nosotros dos como seres humanos a la Naturaleza?-Había dejado los cubiertos sobre el plato y entrelazado las manos con los codos apoyados en la mesa cuando lanzó la pregunta
-Más de lo que se piensa, señor Prichard. Mucho más.-La sonrisa de Morton ocultaba algo.
-Así que sí que piensa en la distinción de la especie.
-¡Oh, pero por supuesto! Un lobo puede matar por mero placer, un buitre solo come carroña, un caballo hierba y una gaviota prefiere los peces. Decir que no hay diferencia entre las especies es una idiotez.-Puso los ojos en blanco, arqueó las cejas y siguió comiendo.
-Hablo de distinción de trato, entiéndame.-Replicó con su tono más amable y cínico.
-Explíquese, señor Prichard. Si hubiese leído mi ensayo hubiese comprobado lo que pienso.-Morton no se molestó en ocultar cierta ofensa.
-Siento no haberlo hecho todavía, preferí dejarlo para después de la charla. Aunque lo ojeé y leí aquello que me dijo ahí fuera, que todos somos uno con la Naturaleza. Por eso imaginé que pensaría de otra forma.-Encogió los hombros separando las manos para quitarle importancia a la afirmación.
-Tu cuerpo es uno solo, pero tus brazos no son iguales que tus piernas y puede que tu corazón funcione mejor que tus pulmones. No requieren del mismo trato.
-Pero todo mi cuerpo ha de tratarse con respeto si quiero no sufrir dolencias de algún tipo.-Ladeó la cabeza volviendo a entrelazar las manos.
-Para cultivar tu mente tienes que leer y para leer has de sentarte sobre una silla o un sillón, o tumbarte en una cama, da igual. Pero deberás bajar la cabeza hacia el libro, notando, tarde o temprano, un dolor en el cuello. Seguro que lo ha experimentado más de una vez, señor Prichard.
-Inmediatamente después me he molestado en recuperar la normalidad de mi cuello.-Aclaró James.
-Algo que solo se consigue con el paso del tiempo o la ayuda de alguien que te de un masaje. Pero es indudable que para mejorar hay que sufrir, aunque el daño nos lo hagamos a nosotros mismos. Es lo que le pasa al ser humano con la Naturaleza y con sus iguales.-Concluyó al tiempo que terminaba con la carne de su plato.
-Curioso, entonces también defiende la distinción de las razas.
-Sin duda. Para empezar defiendo la distinción de las personas. Somos demasiado complejos como para hablar de igualdad, pero incluso teniendo en cuenta patrones generales que se repiten, no podemos afirmar que todas las razas sean iguales. Es evidente.
-Me asombra oír eso después de comprobar que ha leído mis libros.-Prichard apartó su plato todavía con carne para hablar más cómodamente.
-Me asombra oír eso de quien ha escrito tales libros.-Morton mostró en su voz un pequeño tono de decepción-. Lo que usted no defiende, al igual que muchos de sus colegas, es la superioridad de las razas. No me diga que por defender la igualdad debemos olvidar los rasgos diferenciales.-Alzó levemente los brazos sobre la mesa.
-¡En absoluto!-Afirmó Prichard-. Pero jamás han de infravalorarse o sobrevalorarse esos rasgos diferenciales. Son actitudes que llevan  al racismo tan propio de los ignorantes.-Hizo una mueca y un gesto despreciativo en dirección a la nada.
-El racismo ni siquiera se da teniendo en cuenta los rasgos diferenciales, sino rasgos sociales e históricos. Los negros son inferiores según el hombre blanco por un conjunto de causas que condujeron a esa falsa afirmación.
-Veo que ahí coincidimos.-Dijo en un tono más tranquilo el doctor Prichard.
-Pero fue el hombre negro quien se mantuvo más unido a la Naturaleza durante el  paso de los años. Tanto en este continente como en África, y fue la expansión del hombre blanco y su desvinculación del mundo natural lo que produjo el sometimiento de la raza negra.-Explico como si fuese algo obvio para todo el mundo.
-Eso explica porqué gastó tanto dinero en comprar aquellos esclavos negros para liberarlos después.
-No deben ser nuestros esclavos, no somos superiores a ellos en nada, señor Prichard.-Hizo el comentario como si Prichard no compartiese tal afirmación con él.
-Por eso me sigue extrañando que sea usted un terrateniente tan vinculado a la economía occidental, no casa con sus ideales.-Era el momento idóneo para encontrar respuestas de la forma más simple.
-Ya le he dicho que dentro de las diferentes razas y especies hay diferentes individuos. Y yo, por un cúmulo de circunstancias sociales, históricas e incluso naturales no soy igual que el bueno de Gilbert, nos guste o no. Por lo tanto, aprovecho mi estatus para ayudar a quien pueda mientras disfruto de la vida. Usted dijo que teníamos que disfrutar de ella y no tanto comprenderla. Yo intento compaginar ambas formas de vida. Gilbert, por circunstancias ajenas a mí, es un hombre servicial vinculado a mi familia. ¿Por qué cambiar eso? Él acepta su destino, eso es lo importante.
-Con ese razonamiento, los negros seguirán siendo esclavos eternamente en la historia.
-No mientras haya alguien que luche por ellos. Gilbert es feliz con su condición, los negros no. Se trata de reconfigurar unas cosas y mantener otras para que todo se mantenga en un perfecto equilibrio. Hablando de Gilbert.-Se interrumpió Morton-.Ya va siendo hora de que nos retire los platos y nos traiga el postre.


Mientras comían su porción de pastel se mantuvieron en silencio, pensando en todo lo que habían hablado. Estaba siendo una velada muy interesante y productiva intelectualmente para ambos.
-Un pastel excelente.-Se deleitó Prichard.
-Un pastel que yo no sabría preparar ni aunque me enseñaran. Por eso debe hacerlo uno de mis cocineros, por eso tiene esa función y por eso yo no debo desempañarla. No se trata de desigualdad, todo lo contrario, se trata de equilibrio.
-Parece usted el etnólogo sentando a la mesa.-Bromeó Prichard-.O antropólogo, o sociólogo. No descansa.
-Solo pretendo que entienda mi forma de ver las cosas.-Sonrió Morton con inocencia-.No quiero que me tome por un vulgar terrateniente al que solo le importa vivir bien.
-En absoluto. Ni siquiera con algunos de mis colegas he tenido conversaciones tan interesante, no tema.-Dijo una vez había tragado la porción de pastel que se había metido en la boca-. He de confesar que era lo que esperaba encontrar. Había algo que no me cuadraba, pero me temo que me equivoqué. No coincido al cien por cien con su forma de ver las cosas, pero es una forma de verlas coherente, y eso me tranquiliza.
Morton sonrió complacido.
-Solo una pequeña duda.-Espetó James antes de meterse un nuevo trozo de pastel a la boca.
-Dispare.-Animó con desenfado Ronald.
-¿Qué hizo con los esclavos que liberó? Y ¿cuánto pagó por ellos?
-Eso son dos preguntas. No contestaré a la segunda, no me gusta recordar que personas como nosotros tenían un precio.-Frunció el ceño cerrando los ojos y agitó el tenedor en el aire en tono de desagrado y desaprobación.
-Como quiera, no quería desagradarle.-Dijo en tono de disculpa.
-No lo hace, ya le dije que usted puede preguntar lo que se le antoje. Las respuestas son cosa mía.-Hizo otro gesto similar al anterior, pero esta vez quitándole importancia al asunto-.Tras liberarles les di a elegir.
-¿Entre qué?-Preguntó Prichard entrecerrando los ojos.
-Entre la libertad o la servidumbre.
-Veo que todos eligieron la libertad. ¿Acogió a toda la remesa en su mansión?
-No ha entendido.-El tono que utilizó para pronunciar la frase hizo que James sintiese un escalofrió. No supo explicar porqué.
-Los únicos negros que he visto en la casa pululaban con libertad con libros y buena vestimenta. Teniendo en cuenta que he visto pocos, supongo que el resto decidieron irse lejos de aquí, sin ser muy conscientes de las complicaciones que tiene ser libre, me temo.
-Muchos eligieron la servidumbre, señor Prichard. Estando bajo la protección de alguien que les daba a elegir se sentían más seguros. No se crea, eran más consciente de lo que usted piensa de los peligros del exterior, por eso decidieron quedarse aquí a ayudarme.-Morton parecía satisfecho.
-Pero usted no aceptó.-Prichard fruncía el ceño mientras intentaba entender lo que su anfitrión intentaba explicarle.
-Claro que acepté. De muy buena gana. Eran individuos de una raza maltratada que habían encontrado su función.-Una luz intensa y parpadeante proveniente del exterior iluminó al señor Morton.
Prichard se quedó callado, dudando sobre qué era lo que tenía que decir, sobre qué preguntar. Cuando iba abrir la boca para hacer una pregunta se detuvo en seco olisqueando el ambiente.
-¿Van a traernos más comida? Huele a carne otra vez. Ya nos hemos comido el post...-Unos gritos interrumpieron la reflexión de Prichard.
-¡Ahhh! ¡Ya están otra vez!-Se quejó furioso Morton.
-¿Qué...? ¿Qué está pasando ahí fuera?-Prichard se levantó de la mesa para dirigirse a la ventana.
Morton se mantuvo sentado, con la barbilla sobre los nudillos.
-Cada nuevo grupo es una decepción, un fracaso. Una perdida de tiempo.-Golpeó la mesa con fuerza haciendo tintinear las copas y los platos.
Las luces se habían cebado con Prichard, que observaba atónito tras el cristal.
-No...no puede ser lo que creo que es.-Negaba con la cabeza sin poder cerrar la boca
-Son tus queridos esclavos, los negros que eligieron la libertad.-Explicó el terrateniente sin inmutarse de su asiento.
-¿La libertad? ¡Está quemándolos vivos!-El antropólogo se apartó de la ventana temblando-.Es un racista más, un loco que...
-¡No se atreva a juzgarme en mi propia casa, señor Prichard! ¡No tiene idea de lo que estoy haciendo!-Se levantó de la mesa con tal rabia que tiró la silla al suelo.
-¡Está matando a gente inocente solo por ser negra!-Le reprendió recuperando la compostura tras el shock que había sufrido. Los gritos que traspasaban las paredes y el olor a carne quemada que llegaba al salón hacía difícil no entrar en tal estado
Morton rió escandalosamente.
-¡Uno más que no tiene ni puta idea! Le creía más listo, señor Prichard.
-Y a usted le creía más cuerdo, señor Morton.
El puñetazo tiró a Prichard al suelo, que miraba a su desquiciado anfitrión alzando su temblorosa cabeza y pasándose la mano por el labio ensangrentado, temeroso de lo que fuese a suceder.
-El autor del “Tratado sobre la locura y otros trastornos que afectan a la mente” no debería afirmar tal cosa a la ligera, ¿no cree?
-¿Por qué hace esto?-Preguntó el antropólogo todavía en el suelo.
-Lo hago por ella. Por nosotros.-Los gritos continuaban sin intención de cesar, aderezando de más locura aquella sala-.Ya le dije que el precio a pagar era alto, señor Prichard. Excesivamente alto. Es cierto, no somos superiores a la raza negra, pero sí creo en la superioridad de la raza que ustedes no defienden. De hecho ellos son superiores a nosotros. Son la primera forma de vida, los más cercanos al origen natural de las cosas, usted mismo defendió que los primeros seres humanos se originaron en África. Nosotros somos el error, los que nos desviamos. En ellos está la clave para reconciliarnos con la Naturaleza, para recuperar nuestro poder, para reunificarnos.
-¿Qué está diciendo, Morton?
-Llevo años estudiando el cerebro humano. Buscando la forma de mejorarlo, de aprender a usarlo, de despertarlo. ¡Gilbert!
El mayordomo entró en la sala junto a un hombre de tez negra, bien vestido y perfumado, uno con los que se había cruzado esa misma mañana.
-Mi señor, aquí está.-Las cuatro palabras de rigor.
-Él fue uno de los que eligió también la libertad, señor Prichard. Decidieron la libertad que te otorga el poder, el control natural de las cosas. La conexión que nunca debimos perder. Les enseñé, les instruí en varias artes. Demostré que el cerebro se puede moldear, y una vez moldeado está preparado para abrirse.
Los gritos empezaban a apagarse.
-Pero cada vez que les oigo gritar cuando se queman ¡me ponen enfermo!
Prichard intentaba levantarse con torpeza apoyándose al alfeizar de la ventana.
-En algún momento de la evolución perdimos esa conexión. Estoy seguro de que con nuestro cerebro teníamos total control sobre nuestro entorno. Regular el dolor, aferrarnos a la vida. Cuando creemos algo fervientemente podemos conseguirlo, cuando somos positivos nuestro cerebro se activa. ¿No lo ve, señor Prichard? No comprendemos el cerebro, pero es el eje sobre el que se apoya la vida. A través de él no vemos el mundo, creamos nuestro mundo. Los depresivos y los optimistas viven en la misma realidad, pero ven otra muy distinta e incluso la suerte les cambia. Hasta el ser más miserable puede ser más feliz que un terrateniente como yo si es positivo.
-¿Qué tiene que ver esto con...?-Prichard ya había conseguido levantarse.
-No sea estúpido, por favor. En nuestra cabecita tenemos la clave de sobreponernos a todo, de configurar nuestro entorno.-Señaló su sien clavándose en ella el tenedor que todavía sostenía-.Mis investigaciones han sido necesarias para comprender mejor el cerebro humano. No deseo hacer daño a esta pobre gente, al fin y al cabo son superiores a ti y a mi. Solo busco el bien común. Para saber cómo funcionaba el cuerpo humano muchos doctores tuvieron que abrir el cuerpo de hombres y mujeres vivos. De no ser por ellos seguiríamos muriendo de las enfermedades más absurdas.
-Eso no le da derecho a...
-¡Me da derecho a todo! Porque lucho por el control. El control de nuestras vidas. Cuando aprendamos a configurar cada cosa que nos rodea y nos compone podremos cambiar el mundo, podremos sobreponernos y dominarlo. Volver a formar un todo cuyo conocimiento no tenga límite. Dejará de existir el dolor.
-¿¡En que se basan sus investigaciones?! ¿De qué sirve quemar a gente?
-Ya le he dicho que ellos fueron los que eligieron ser libres. Esperaba que las modificaciones cerebrales les hicieran inhibir el dolor y pudieran quemarse sin gritar.
-¡Eso es imposible! ¡Y despiadado!
-¡No! Si leyeras lo que yo he leído, si vieras lo que yo he visto.-Dirigió la mirada a Gilbert-.Si lo hicieras, Prichard, no afirmaría tal cosa. Solo necesito un poco más de tiempo. La última remesa de esclavos que compré puede ser la definitiva.
-¿Qué hace entonces con los que piden la servidumbre?
-Creo que ya lo sabe, amigo James. Gilbert me dijo que asomaste tu nariz de antropólogo en el pasillo del estante.
-Insinúas que ese gemido...
-Tras aquellas paredes se encuentran años de investigaciones, señor Prichard. Allí tengo a los que decidieron someterse a mí. Al fin y al cabo ellos decidieron servirme, aunque no les dije cómo.
-Eres un...-Prichard no podía terminar la frase.
-¡Eso! Insúltame. Es muy fácil escribir libros sobre el funcionamiento del mundo, pero intentar cambiarlo supone ciertos riesgos que yo he asumido. Y no creas que no he encontrado nada. Su cerebro no es igual que el nuestro. Mi hipótesis de su superioridad era cierta. Su parte dormida es menor que la nuestra. A partir de su cerebro me está costando mucho menos encontrar las conexiones que debemos activar para controlarlo con total libertad.
Se dirigió a la mesa con paso tranquilo dejando el tenedor y cogiendo un cuchillo.
-¿Qué hace, Morton?-Prichard no quitaba ojo al cuchillo.
-De la primera remesa murieron casi todos incluso antes de intervenir. Ahora ya soy capaz de abrir y toquetear sin que mueran o queden subnormales. Los que se están friendo ahora fuera son la prueba, pero las conexiones siguen fallando.-Se acercó al negro que se mantenía impasible frente a él-.Tú eres de una nueva remesa. Veamos qué tal han ido mis avances.
-¡No! Detente.-Prichard corrió hacia él para quitarle el cuchillo, pero llegó tarde.
El arma blanca se incrusto con violencia en la carne negra de aquel hombre que se quedó mirando fijamente a Morton, sin hacer una mueca de dolor, sin apartarse. Todos se quedaron tan inmóviles y callados como él.
-Lo he logrado, lo he logrado...-Morton casi lloraba.
Extrajo el cuchillo de la pierna volviéndolo a incrustar esta vez en su abdomen. Ni un solo gemido, ni una mueca de dolor. Se lo clavó en el pecho, en un hombro e incluso en la entrepierna. No hizo nada mientras la sangre se deslizaba por su ropa, hasta que se desplomó. Había muerto.
-Sí...¡Sí! Ahora solo tengo que perfeccionar las conexiones para poder alterar la materia y eludir la muerte.
-No puede ser...-Prichard no se molestó en intentar quitarle el cuchillo.
-Se lo dije, señor Prichard. Estamos a punto de abrir los ojos a un nuevo mundo gracias a mis investigaciones. El control total estará al alcance de cualquiera. He tenido esperanza en este proyecto. He trabajado duro porque sabía que podía lograrlo, y lo he conseguido. ¿Ve como el cerebro es poderoso? ¿Ve como con él podemos hacer cosas que hasta ahora parecían imposibles? No hay límites, no hay un mundo ahí fuera. El mundo está aquí dentro.-Esta vez se señaló la sien con el cuchillo hiriéndosela de nuevo.
Prichard retrocedió unos pasos alargando los brazos con las palmas de las manos en dirección a Morton.
-Usted, ahora, puede formar parte de esto. Puede dejar que hurgue en su pequeño cerebro de etnólogo y lo convierta en un hombre con poder.-Apuntaba al doctor con el cuchillo mientras hablaba con esa sonrisa sádica que no podía apartar ya de su rostro tras comprobar su triunfo.
-No se acerque, señor Morton. No se acerque o...
-¿O qué?-Está acorralado, pertenece a una raza inferior, si se resiste será peor. No tiene ningún tipo de control sobre su cuerpo, no podrá aguantar el dolor, no podrá pelear conmigo sin hacerse daño. Porque usted, al igual que yo, señor Prichard, es un ser patético desvinculado de la Naturaleza. Cambiemos eso, únase a mí.
Prichard chocó con la pared. Estaba acorralado. Y lo peor era que Morton tenía razón, no podía intentar escapar. Era un hombre de estudio, ávido lector y pensador, pero cuando se trataba de defenderse era poco más que un anciano enclenque del que no podía esperarse nada.
-¿Qué decide, señor Prichard?-Acercaba el cuchillo sin detenerse.
James observó la sala. Había un rifle justo en la pared de enfrente y varias espadas a su derecha. No podía llegar a ningún arma. Tras la pared en la que se encontraba apoyado no había nada más que cuadros. Era inútil, era una presa de aquel loco.
-Puede elegir, la libertad o la servidumbre. ¿Qué elige?
Se oyó un estruendo terrible en un pasillo del ala oeste. Aprovechando la distracción de Morton, Prichard  le apartó de un empujón y corrió a la salida.
-¡Nooo! ¡No permitiré que huyas y estropees mis investigaciones! –Gritó mientras se abalanzaba hacia él cuchillo en mano.
Morton era más joven, no le costo atraparle y tirarle al suelo de nuevo. Sin pensar le clavó el cuchillo en la pierna antes de que pudiera levantarse otra vez. Prichard profirió un grito terrible.
-¡Eso es precisamente lo que quiero evitar! Se puede contener el dolor y, con el tiempo, podremos hasta cerrar la herida. Tenemos las herramientas, solo que no sabemos usarlas. ¿No querría ahora esas conexiones cerebrales, querido James Cowles Prichard?
James le miró desde el suelo combinando en su rostro el dolor con la ira. Se oyeron unos pasos que interrumpieron su encuentro de nuevo. Un grupo de negros harapientos se agolpaba en el salón principal.
-¡¿Qué?! ¿Cómo habéis salido del laboratorio?
-Hemos destruido la pared sin apenas esfuerzo.-Dijo uno de los hombres que encabezaba el grupo.
-Yo...yo no te he enseñado el idioma. Espera...sí lo hecho. Incluso los experimentos de prueba de la cuarta remesa funcionan tan bien como los experimentos definitivos. Y si habéis destruido la pared quiere decir que controláis la energía con total libertad. He dado con las conexiones cerebrales adecuadas, os he abierto al mundo.-La expresión de Morton era de júbilo. Su cerebro no estaba lo suficientemente “abierto” para percibir el peligro-.He creado una raza superior...no. He devuelto la superioridad a vuestra raza.
-Has contribuido al sufrimiento de nuestra raza. Han muerto decenas ahí abajo. Por no mencionar la treintena de aquí arriba. Pagarás.-Sin decir más, los negros harapientos huidos del laboratorio se acercaron al unísono al anonadado Morton.
-¡No! Me debéis la vida. ¡El poder!-Cómo vio que no se detenían extrajo las espadas de la pared clavándoselas al más cercano en el pecho, pero no se detuvo. Las hojas se adentraban más en la carne acortando la distancia entre él y Morton, que soltó las empuñaduras y salió corriendo hacia la pared en la que se encontraba el rifle.
-¡Deteneos! ¡Soy vuestro creador!-Comenzó a disparar con nerviosismo tras cargar el arma. Pero las balas no les detenían. Se movían tranquilamente como si diesen un tranquilo paseo, sabiendo que nada podía salir mal.
Prichard contemplaba la escena desde el suelo, atónito.
-¡Soy el único que he sabido ver vuestra superioridad! ¡Agradecédmelo cómo es debido, cabrones!-Los disparos seguían resonando en los oídos de los allí presentes. La pólvora produjo un molesto humo que inundaba la sala, pero ellos no se detenían-.¡Deteneos! ¡Deteneos!-Más disparos-.¡Abrid vuestra mente! ¡Abridlaaaaaa!-. La habían abierto, pero no para él.


Morton echó a correr hacia el exterior con el arma todavía en la mano y una caja de munición que sacó de un cajón cercano a la puerta principal. Se colocó en el patio principal sin saber hacia dónde ir. Podía huir con un caballo, pero ¿hacia dónde iría? Lo que había ocurrido en sus tierras serviría para que le encarcelaran o le ejecutaran. Según se habían torcido los acontecimientos no le reconocerían por sus descubrimientos. Las cosas no habían salido como había imaginado, no había pensado que ocurriese eso. No había pensando en las repercusiones de otorgar tal poder mediante esos experimentos.
El grupo de negros con las conexiones cerebrales modificadas salieron al exterior. Morton supo que solo había una solución: luchar hasta el final. Matarles a todos aunque aguantasen y ocultar sus experimentos hasta arreglar lo que había sucedido. No podía dejar que sus investigación fracasara de ese modo. Había cambiado el mundo.
Siguió disparando a los negros que había liberado y torturado. Disparó gritando de ira y miedo, ya ni siquiera apuntaba. Tras comprobar que perdiendo los nervios no conseguiría nada, se esforzó en recuperar la compostura y en usar correctamente su cerebro para mantener la calma y apuntar a la cabeza de aquellos “superhombres” sin que le temblasen las manos. Pero sus conexiones no habían sido modificadas, seguía teniendo oculto el potencial de su cerebro. Era irónico, morir por abrir la mente de otros sin poder abrir la de uno mismo.


Prichard había salido arrastrándose con esfuerzo. La pierna le dolía una barbaridad, pero al fin y al cabo Morton tenía razón, el potencial del cerebro es inabarcable y con él podemos hacer cosas que nos parecieron imposibles algún día.
Bajó las escaleras cojeando y contempló cómo aquellos hombres y mujeres de raza negra se acercaban sin detenimiento a Morton. Alguno había caído ya en la casa, otros comenzaban a desplomarse en el exterior. Al fin y al cabo no eran inmortales, solo podían aguantar más tiempo manteniendo vivo su cuerpo sin sentir dolor.
Cada disparo era un grito de desesperación de Morton, una muestra de que sus experimentos habían salido bien, un recuerdo de cada víctima de esa investigación, un reclamo de los difuntos, el pago devuelto a ese excesivo precio que estaba pagando ahora el terrateniente.


Todos sus esclavos liberados fueron alcanzados por las balas, pero solo menos de la mitad abatidos. Ya no había mas disparos, se habían acabado las balas, los gritos, los recuerdos, los reclamos, los pagos. Esa investigación llegaba a su fin. Morton fue alcanzado por el grupo de personas que caminaban hacia él con asombrosa calma y arrastrado a una de las hogueras todavía encendidas sobre las que descansaban los huesos calcinados de algunos de sus hermanos. Ni siquiera se resistió, pues antes de ser arrojado se propuso vencer donde otros antes habían fracasado, se propuso no gritar por las quemaduras sin necesidad de modificar manualmente sus conexiones. Se propuso inhibir el dolor y morir como un ser superior. Juró que no gritaría entre gritos. Camufló los alaridos en una risa diabólica. Perdió el control de su mente antes de morir. Lloró, suplicó y aulló. Un último grito desgarrador cubrió toda la hacienda.
 La vida de Ronald Huxley Morton era fulminada por decenas de hombres perfeccionados por él mismo. Su cerebro se desconectó sin poder ejercer ningún control y su cuerpo volvió a ser uno con la Naturaleza.
Ya no era un terrateniente, ni un científico, y mucho menos un humano con razonamiento. Ahora solo era un trozo de carne quemada retorcida de dolor.

Los esclavos negros, heridos en varias partes de su cuerpo por los impactos de bala, comenzaron a rezar rodeando la hoguera y mirando al cielo. Uno a uno fueron desplomándose sobre la hierba. Esperaban a la muerte, la verdadera liberación, la única salvación, la auténtica unión con la Naturaleza. En menos de diez minutos todos estaban muertos. Y allí estaba Prichard, herido, contemplando, tan obnubilado por la escena y aquella inmensa hoguera que había olvidado el dolor. Claro que había una forma de dominar la mente humana, pero solo podía hacerse desde el propio pensamiento, entrenando y sobrepasando algunos límites, sin olvidar otros. Así era el ser humano, limitado. Despreciable cuando intentaba sobreponerse a sus límites abusando de su entorno, olvidando el auténtico significado de la vida que se le ha dado, olvidando escuchar a la Naturaleza sin intención de dominarla. El único poder, la única unión posible para formar un todo se encontraba en la cooperación, la tolerancia, el respeto y el entendimiento. Solo así podía empoderarse el ser humano, solo así se rozaría la perfección.

Gilbert salió de la mansión contemplando el fuego y colocándose junto a Prichard.
-¿Por qué no hiciste nada?-Le preguntó James sin dejar de mirar la hoguera.
-Ya jugué mi papel.-Respondió con sus cuatro palabras el mayordomo, sin apartar tampoco la mirada de las llamas.
-¿Qué papel?-Esta vez el antropólogo Prichard sí miró al anciano.
Gilbert le devolvió la mirada sin decir nada. Aproximó su mano a la pierna y cerró los ojos. Prichard dejó de sentir dolor y de su pierna dejó de salir sangre. No hizo preguntas.
-He de pagar por mis errores. Solo espero que las conclusiones que saques de esto sean las correctas y que cuentes lo que tengas que contar antes de que tengas que rendir cuentas con la muerte.-Dijo seriamente el mayordomo. Había decidido utilizar más de cuatro palabras para hablar con Prichard. Ya estaba preparado.
-Él sabía quién eras.
-Más bien de dónde venía. Las puertas de la mente solo están abiertas para unos pocos, debí tener en cuenta eso y no mostrárselas a cualquiera. Me equivoqué y, cómo he dicho, he de pagar por ello.
-¿Qué harás ahora, Gilbert?
-Volver al lugar del que vine.-El anciano mayordomo se alejó hacia la hoguera sin volver la mirada a Prichard.
-¿Nos volveremos a ver?-Ese hombre era demasiado interesante como para dejarlo ir sin más.
-¡Claro!-El hombre se metió en la hoguera sin mostrar un ápice de duda-.¡Recuerda que somos uno!
Allí se quedó Prichard. Envuelto en aquella oscuridad estrellada, iluminado por el fuego parpadeante. De pie sobre todos aquellos cadáveres, contemplando a Gilbert consumiéndose. Oyendo únicamente el chisporrotear de las llamas.

James Cowles Prichard


"Si tuviera que elegir por antepasado, entre un pobre mono y un hombre magníficamente dotado por la naturaleza y de gran influencia, que utiliza sus dones para ridiculizar una discusión científica y para desacreditar a quienes buscaran humildemente la verdad, preferiría descender del mono." Thomas Henry Huxley


sábado, 26 de abril de 2014

Error y Lamento de una Mujer Demente



 Unos pies desnudos caminaban con torpeza sobre la hierba, sin aplastarla. Más bien caminaban con la hierba, sabiendo hacia donde ir, pero con miedo a avanzar. Un miedo que no la detenía. Tenía los ojos rojos e hinchados y la mirada perdida en un pueblo tranquilo cuya gente descansaba merecidamente después de un duro día de trabajo. La mujer caminaba hacia ese pueblo con aquella mirada, una mirada inexpresiva que desprendía muchas cosas. Le temblaba el cuerpo, y no porque fuese desnuda o por estar cubierta de incontables heridas, algunas ya cicatrizadas y otras todavía abiertas. Lágrimas y sangre cubrían una piel blanca y maltratada que algún día fue bonita.

 Su pelo comenzó a moverse lentamente con la brisa, una brisa que no tardó en convertirse en viento, para después
transformarse en ventisca. La joven mujer susurró unas palabras tras las que el cielo se iluminó, después alzó los brazos sollozando y comenzó a llover. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y dejo que las gotas de lluvia se mezclaran con sus lágrimas. Tras varios minutos volvió a mirar al frente, con la mirada cambiada. Sus ojos seguían estando fijos en las casas, pero ahora denotaba ira, rabia e incluso animadversión hacia aquel lugar. Bajó los brazos, y apretó los puños sintiendo el agua y la sangre de una de sus heridas recientes deslizarse por sus nudillos. La locura se había desatado una vez más en su mente.
 
Echó a correr hacía una de las casas. Corría con la fiereza de un leopardo que va tras su presa, con la furia de un jabalí que se siente atacado, con la pasión de un caballo sin jinete y con el miedo de un asno con anteojeras.
Cuando llegó ante la puerta de la primera casa, no se detuvo. No tenía intención de llamar, pues nadie la había invitado. Y, desde luego, lo que iba a hacer no instaba a invitar a esa mujer en trance a ningún lugar.

 Derribó la puerta con tal fuerza que todos en la casa se sobresaltaron dejando lo que estaban haciendo cuando la vieron. Una mujer abrazó a sus hijos mientras rezaba, su marido cogía un palo mientras negaba con la cabeza, despreciándola. El palo no sirvió de mucho, pues no tardo en partirse y el hombre en recibir un puñetazo que le dejó sin respiración. La siguiente fue su esposa arrodillada a la que, con su pie desnudo, le dio una patada que la destrozó el tórax, para después estrangular a sus hijos con sus propias manos. Ya había acabado allí.

 Salió de esa casa para ir a la siguiente. A esa ni siquiera entró, desde fuera la prendió fuego tras proferir un profundo grito. El cielo se iluminó de nuevo. Al dirigirse a otra de las viviendas pudo ver como un niño miraba por la ventana señalándola y una mujer lo apartaba de ella. Esos serían los siguientes. Entró a la casa por el tejado destrozando la madera con el pie; lo que destrozó después fue el torso del niño que la había señalado. A su madre no la hizo nada, no tardaría en suicidarse. Salió de la casa llorando de nuevo. La furia que sentía no era comparable con aquella pena que la invadía, pero tenía que seguir.

 Continuó casa tras casa cometiendo atrocidades similares hasta que los habitantes del pueblo alertaron de su llegada. Muchos cerraron las puertas de sus casas con pestillo, aunque sabían que de nada servía. Otros tantos salieron para huir y gran parte de los que salieron se quedaron para enfrentarla.
-¡La demente está suelta!-Gritaban algunos.
-¡Vamos a morir!-Gritaron otros.
-¡Tenemos que aguantar!-Animaron varios.
-¡Hay que acabar con ella!-Decidieron los más osados
-¡Esta loca!-Aclararon la obviedad los menos ocurrentes
-¡Es injusto!¿Qué la hemos hecho?-Lloraron los más débiles.
-¡Es cruel!-Afirmaron los más decididos
-¡Despiadada!-Corearon a la tormenta otros tantos
-¡Histérica!-Acusaron en un grito los más histéricos.
-¡Puta!-Señalaron los groseros.
-¡Maldita!-Dijeron los supersticiosos
-¡Asesina!-Sentenciaron los que habían perdido a algún conocido.
La joven desnuda les miró con esa ira y esa pena combinadas, agitándose su respiración poco a poco y temblando su cuerpo con más intensidad. Cuando sus víctimas se movieron dio un pisotón sobre una roca que sobresalía de entre la hierba produciendo un temblor que resquebrajó el suelo. Por la grieta cayeron muchos hombres y mujeres que intentaban huir. Sus gritos se perdían en la lejanía mientras los de los supervivientes eran ahogados por la tormenta.

 Varios habían quedado todavía con vida para enfrentarla. Cogieron hachas, mazas y hasta rifles. Cuando se hubieron acercado lo suficiente, ella combatió solo con sus extremidades, asestando golpes secos y atravesando diferentes partes del cuerpo de aquellos inocentes que cayeron a sus pies sin poder hacer nada por defenderse. Combatió hasta agotarse, derribando personas y viviendas, destrozando todo lo que se la ponía en su paso sin reparar en nada más que en sus golpes. Era una mujer imparable y peligrosa cubierta de tanta sangre que ya no se distinguía cual era la suya o la de aquellas personas.

  Se detuvo, no podía más. Se quedó erguida, pero jadeando, mirando a los cadáveres y a los que aún quedaban con vida mostrando una mueca de dolor que nada tenía que ver con el dolor físico. La lluvia amainó, la tormenta cesó, el viento se detuvo. La mujer ahora parecía una víctima más sin aquel temporal que la hacía más imponente ante todos. El sol salió iluminando la belleza de aquel paisaje desolado por aquella mujer y su sed de sangre. Parecía inmóvil, ya ni siquiera temblaba, no podía seguir matando, no podía seguir haciendo eso. Hasta a ella le parecía cruel. Pero lo hacía por un buen motivo, tenía que seguir.

 Dio un paso que sobresaltó a los supervivientes. Cuando vieron que a ese paso no le seguía otro actuaron como si despertaran de un sueño nocturno y gritaron mientras se alzaron en armas contra esa extraña mujer a la que conocían muy bien. Se escuchó un disparo que no detuvo a los enfurecidos hombres que arremetieron contra ella. La bala no la movió, pero abrió una nueva herida. Después llegaron hachazos y golpes con mazas y puños. La cogieron por los brazos y la ataron una soga tanto en las muñecas como en los tobillos y la arrastraron entre el barro y la sangre ignorando sus sollozos y sus súplicas, llevándola ante dos postes de hierro sobre una meseta y atándola junto a un cadáver desnudo que había en el suelo y que apartaron enseguida.
  
 Allí estaba ella: colgada como un cerdo, desnuda y herida; frustrada y dolorida; arrepentida. Miró a las personas que la habían hecho eso, no podía articular palabra. Todo había sido un error, un lamentable error. Un hombre blanco, con bigote oscuro, adusta mirada y bruscos andares se acercó a ella.
-La primera vez que te vimos te admiramos.-La observó de arriba a abajo-.Todos queríamos formar parte de ti, nos obnubilaste con tu belleza-pasó una mano por su hombro desnudo-.Te respetamos-siguiendo hasta uno de sus pechos-. Hasta que nos hiciste sentir como esclavos, nos hiciste daño y comenzaste a matarnos.-La pellizco un pezón con rabia. Ella gimió de dolor.
-Yo. Yo...
-Tú...tú nos quitabas la vida de la misma forma que nos la dabas. Tu sangre, tu cuerpo, tu pelo, tus ojos, tus labios...todo nos alimenta, nos da fuerza y nos hace más poderosos. Has escapado más veces de las que puedo recordar y siempre ayudada por algún incauto que no entiende nada. Estás loca, tu existencia fue ideada para darnos placer, para ser uno con nosotros, pero has decidido usar tu poder para matarnos y destruir nuestras vidas.-El hombre metió su mano en una de las heridas abiertas-. Pero nosotros nos aseguraremos de que no vuelva a pasar y de que nos sigas proporcionando lo único bueno que tienes.
Extrajo la mano cubierta de sangre para comenzar a lamérsela.



La mujer no paraba de llorar mientras el resto de hombres y mujeres se acercaban. No esperaron a nada más para comenzar a destrozarla una pierna con un hacha. El hueso podía verse entre los tendones desgarrados. La arrancaban mechones de pelo, la extraían órganos, las costillas que se caían se las llevaban e incluso recogían su sangre en cubos. Varios se desnudaron y la violaron allí mismo durante horas. Hubo un momento que paró de llorar casi repentinamente.
-Algún día volveré a liberarme y os daré lo que os merecéis. Os juro que acabaré con todos y cada uno de vosotros, aunque eso suponga quedarme sola.-No lo decía completamente en serio. Temía quedarse sola.
Hachazos, disparos, latigazos, puñetazos, escupitajos, penetraciones...Hasta los niños participaban en esa tortura diaria. No solo se aprovechaban de la sangre que extraían los adultos, también se divertían orinando sobre su cuerpo, escupiéndola e incluso golpeándola. Aguantó durante varios meses hasta que vio a una joven que la miraba, la única que no la golpeaba y solo se acercaba para beber de su sangre derramada con cuidado de no hacerla daño. Era delgada, tenía la piel oscura y la mirada triste. Su ropa era peor que no llevar nada, la tenía rota y sucia. Contemplaba su cuerpo atado y maltratado sin poder evitar llorar, incluso había gritado furiosa contra algunos a los que veía acercarse para humillarla y destrozarla. Hasta que un día fue ella quien se acercó sin intención solo de beber su sangre.

 Se quedaron mirándose sin decir nada durante un largo rato. La única que lloraba era la muchacha morena.
-No mereces que te hagan esto. Eres tan guapa. Pareces tan dulce, tan joven.-Rompió el inquietante silencio.
-¿Joven? No, tú eres joven. Yo he vivido más de lo que mi cuerpo aparentaría si no fuese por las heridas. Mi sufrimiento se ha alargado demasiado tiempo.-Miraba al horizonte, como recordando cosas que no quería recordar.
-¿Por qué? ¿Por qué te hacen esto?-Preguntó con tono lastimero la muchacha.
-¿Acaso tú no estás enfadada por lo que le he hecho a tu gente? Supongo que soy una asesina demente, solo eso.-La mujer colgada apartó la mirada indignada.
-No, tú nos das la vida. Ellos no saben verlo.
-Pero también se la quito.-Esta vez clavó su mirada en aquella desconocida.
-¡Como venganza por lo que te hicieron! Hasta yo lo entiendo.
La joven mujer destrozada en cuerpo y alma sonrió con cierta ironía.
-No...tú tampoco entiendes nada. Y créeme, es mejor.
-¡No! Quiero entender. ¿Acaso no es esto una venganza por lo que te hicieron?
-No, o por lo menos no era así entonces.-Volvió a mirar al horizonte, a recordar-.Esta locura la empecé yo.
-¿¡Qué?! ¿Así, sin más?-La joven no esperaba esa respuesta.
-Antaño éramos una familia, ellos convivían conmigo. Hasta que comencé a matarles.
La joven no daba crédito a aquellas palabras. Había creído en su inocencia.
-Entonces ellos son las víctimas...
-Sí, son víctimas de un error que cometí en el pasado. Aunque mis intenciones eran buenas. Estaba sola, no tenía absolutamente a nadie, necesitaba a alguien que me admirase, a alguien que me acariciase e incluso me hablase. Así que usé mi esencia para crear a alguien como yo, pero no quedé satisfecha. Comencé a creer variantes de mi ser para mejorar el resultado de mi creación, usando tan solo una parte de mi, por lo tanto inferior a mí. Les hice demasiado dependientes, pero con cierta autonomía.
«Experimenté con mi sangre para crear a mi familia. Pero ni siquiera yo soy perfecta. Cometí errores y algunos murieron en el proceso. Otros murieron después de varios años, estaban enfermos. Muchos no morían, pero sus vidas eran lamentables, y todo por mi culpa. El proceso de creación estaba calculado milimétricamente a mi imagen y semejanza, no podía fallar y no solía fallar, pero las probabilidades estaban ahí. Algunos mataban a sus propios hijos deformes, otros los criaban hasta que no tenían fuerzas para seguir. A algunos les maté yo misma. Pero ¿cómo iba a controlar a seres creados por mí si no podía controlarme a mí misma?
-Entonces tú...
-A veces perdía el control, no quería hacerles daño, pero no podía evitarlo. Mi estado empeoraba cuando iba aumentando mi creación, me presionaban y mis errores no hacían más que destrozarme por dentro. No quería que esa gente sufriera, pero ya había cometido el error y no podía hacer nada para enmendarlo. Comenzaron a reproducirse sin que yo pudiese hacer nada para detenerlos. Tenían mi esencia en su interior, podían usarla a su antojo para procrear.
«Comenzaron descontrolándose queriendo controlar el mundo, a crear de la misma forma que les cree yo. Se creyeron más poderosos que yo. Cuando no luchaban entre ellos luchaba contra mí. Querían más poder, mi esencia, y la extraían sin sentir remordimientos por lo que me hacían. Yo les había creado, era la artífice de su sufrimiento, la mujer que asesinó voluntaria e involuntariamente a muchos de sus familiares, así que decidieron sacar algún provecho de mí. Y cuanto más se aprovechaban más enloquecía, tal vez movida por la venganza. En mi interior había algo más que descontrol, ya no me movía solo la locura y mi poder era más intenso y destructor que nunca.
-Entonces, tú eres víctima de ti misma.-La joven parecía aliviada a pesar del duro relato de aquella mujer.
-Quiero pensar eso...Todo lo que hice no fue un castigo que les impuse por algo que no hicieron, solo un error. Saber que me odian por lo que hago con ellos me destroza por dentro, pero no puedo hacer nada.
-¡Sí se puede! Tú no haces nada de esto para causarles mal y ellos te hacen daño porque te temen y no te entienden. Colaborad. ¡Ayudaos! Todos tenéis algo que ofrecer al otro. Sed parte de una familia que se mantiene unida. Todavía estáis a tiempo, ayúdales a protegerse de tu locura sin hacerte daño y ellos te protegerán a ti de cualquiera que quiera torturarte y abusar de ti. Luchad juntos por sobrevivir, por no consumiros mutuamente.-Su entusiasmo hacia parecer todo tan fácil.
La mujer atada sonrió, esta vez con ternura.
-Entonces, tendrás que desatarme.
-Ni siquiera sé como te llamas-La chiquilla pronuncio aquellas palabras con dulzura, esperando la respuesta.
-Mí nombre me lo habéis dado vosotros. Es lo que menos importa de mí.
 La joven titubeó. Al comprobar que no obtendría más respuesta que esa se apresuró a desatarla. Cuando estuvo desatada se volvieron a mirar, había deseo en aquellas miradas.
-Eres tan bella...-susurró la joven que la había liberado.
-Tú también...al fin y al cabo eres una parte de mí.
Ambas se besaron con delicadeza.
-Esto no está bien, no es natural. Una mujer con otra...
-Somos uno, si creé variantes fue para poder repartir mi poder y mantener la diversidad. Pero si estoy segura de algo es que las relaciones entre iguales no forman parte de mi error, de hecho, al inicio concebí solo la creación de mujeres, pero ellas solas no podían mantener todo mi poder. Si queréis mantener la especie podéis seguir haciéndolo, pero eso no os impide amar a personas del mismo sexo.
Se volvieron a besar. El beso continuó tumbadas sobre la hierba, con la joven harapienta también desnuda y cubierta de la sangre de aquella mujer. Pudieron hacer el amor, a su manera, a pesar de sus heridas. Comenzaron con suavidad hasta que se dejaron llevar por la pasión.
La joven no solo le lamió sus partes intimas, también las heridas antiguas y recientes. A la mujer sin nombre le gustó, lo hacía con respeto. Pero pasó demasiadas horas haciendo el amor solo con ella.
La mujer estaba encima, presionando su cuerpo contra el suyo con intensidad, intentando trasmitirle todo su amor y poder, intentando que se sintiese dichosa por poseerla de aquella manera tan especial.

 Llegó un momento en el que las caricias no le eran devueltas por la joven que la había liberado. Se irguió y contempló el cuerpo desnudo de su salvadora, inerte. Se había dejado llevar por el momento y una vez más había errado. Incluso los que no se aprovechaban de su poder y solo querían disfrutar de su belleza y sus virtudes morían consumidos por ella. La desgracia no desaparecía de su vida, por mucho que intentase amar acababa actuando cruelmente. Su poder era incontrolable incluso para su dueña. Lloró de nuevo como lo había hecho tantas veces. Abrazó el cuerpo sin ropa y sin vida de aquella pura muchacha sin poder evitar poseerla de nuevo una vez muerta. Así era ella, incontrolable e insaciable.

 Se levantó dejando aquel cadáver sobre el manto verde que había manchado con su esencia. Estaba cansada de luchar contra si misma, de no poder amar, de equivocarse, de sufrir...Estaba cansada de vivir. Entre la ropa de la joven a la que había asesinado encontró un puñal que le había confiscado a uno de los niños que la habían herido mientras estaba atada. Se lo acercó a una muñeca, lo insertó en la piel con cuidado y, tras unos segundos, se cortó las venas. Ahí estaba, de pie, viva, desangrándose. Cuando la sangre comenzó a salir de la muñeca comenzó a temblar. Parte de su poder se esfumaba por aquel fluido de color rojo. Y entonces fue cuando sintió que la sangre no le llegaba al cerebro y perdía el control. No podía matarse a si misma, cada vez que lo intentaba enloquecía, consiguiendo únicamente matar a la gente que la rodeaba. Soltó el cuchillo, alzó la mirada y observó el pueblo. Acabar con aquellas personas era lo único que podía hacer para acabar con su locura y su desgracia cíclica, y en ese momento de trance no sentía lastima por ellos, era algo que debía hacer. Su mente confusa recordó por última vez a la muchacha que tan bien la había tratado y a la que había matado dándola tan solo su amor.
-Chiquilla...querías saber mi nombre.-Apretó los puños como siempre hacía-. Soy Gaia. La poderosa e indómita Gaia. Esto no es un castigo, ni una venganza. Esto es un suicidio. Solo pretendo enmendar mi error.

 Gaia comenzó a caminar sobre la hierba, con la hierba. Esa hierba era ella, parte de ella. Se dirigía de nuevo al pueblo tras haber vuelto a llorar. Esa gente era su creación y ese pueblo su mundo. Tenía la mirada otra vez perdida. Iba a hacer algo llevada por la demencia y la cordura. Aquella locura era de todos, una locura que se repetiría hasta que una de las dos partes se destruyese para siempre.
Gaia volvería a ser amada y a amar hasta matar, volvería a enloquecer y a destrozar hasta arrepentirse. El hombre volvería a luchar contra ella considerándola el mal y aprovechándose de su poder. O Gaia o el hombre sucumbirían ante tanto dolor, si Gaia caía entonces también lo haría el ser humano, pues los humanos necesitan su poder para poder subsistir y su belleza para poder amar.
Ella en cambio podría seguir viviendo sola. Una soledad que también la enloquecería hasta autodestruirse. Es cierto que aquel pueblo estaba destrozando el delicado y bello cuerpo de aquella mujer, pero ese cuerpo necesitaba sentir a alguien cerca, si no simplemente era un cascarón vacío. Aquellos actos despiadados eran parte de un suicidio pensado por el bien de todos. Un atisbo de cordura y sensatez entre tantas atrocidades.

 Por eso, algún día, Gaia y el ser humano dejarán de existir. Y, tal vez solo en ese momento, cuando los dos dejen de estar vinculados por la misma fuerza, puedan amarse en otro lugar lejos de aquel poder; de aquella locura. En un lugar eterno en el que permanecer juntos y poder ser iguales, colaborando para crear un mundo perfecto.