lunes, 17 de febrero de 2014

Corazón Impenetrable(VIII)




ACTO VIII
GLORIOSO GUERRERO






 Era tan patético como le había parecido siempre. Se había preparado para la que creía la parte más complicada de su misión, pero no había resultado más que un juego de niños. Se había levantado de la cama despacio, esperando que la quietud de la noche llevase a todos al sobrevalorado mundo de los sueños. Se puso las botas, no sabía si más sucias de barro o mierda. Se colocó la capa, cogió sus dos espadas y se introdujo con sumo cuidado en su habitación no sin antes poner la oreja sobre la mugrienta madera. Nada, ni palabras, ni suspiros, ni ronquidos.

 Esa quietud podía significar cualquier cosa, por ello entró como si nada, se habría equivocado, simplemente eso. Pero no hizo falta mentir. El guardián no estaba con ella, se había cansado ya de su tan caro juguetito. ¿Estaría sin estrenar? Parecía dormir tranquilamente. Un juguete roto y usado no podía dormir con tranquilidad, algo de lo que no parecía poder fiarse con ese juguete que parecía hecho de una tela especial. No le extrañaba que tantos niños se pelearan por poder probarlo. Muchos habían querido hacer cabalgar a aquel muñeco de trapo sobre un caballito carnoso y duro sin ningún éxito.

 A él no le gustaba dejar que cualquier ramera montara sobre su caballito, el prefería dejarlo en libertad, guarecerlo de la lluvia lechosa en una cueva calentita y oscura con otros caballos, lejos de los alegres y peludos conejitos de los bosques, inocentes en apariencia, pero que no dudaban en morder al caballo que se encariñaba con ellos si tenían ocasión. Su caballo llevaba demasiado tiempo encabritado sin poder entrar dónde él quería, no era fácil en cualquier lugar, pero menos en donde él había vivido. La visión de aquella muñeca semidesnuda con su conejo listo para atraparle en sus fauces no le excitaba lo más mínimo. Tenía que cazar cuidadosamente al animalillo, si lo despertaba podía ser más peligroso que un dragón...”no mentía cuando decía aquello”.

 Mientras se acercaba cautelosamente sonreía como el imbécil que reconocía haber sido. Un imbécil con una importante misión que había jurado cumplir y que necesitaba de aquella muñequita endiablada para completarse, una misión que estaría complacida de cumplir. Había llegado el momento de amar, de conocer y si era necesario de follar. Parecía que la encantaban los gilipollas como él que sonreían por cada gilipollez que pasaba frente a sus narices, así que estaría complacida de que se la llevase. Desde luego iba a darle una mejor vida que el hombre que la había comprado y ni siquiera necesitaría su dinero para hacerlo

 Cuando estaba lo suficientemente cerca para golpearla tropezó con una de las botas que la mujer había dejado junto a la cama. Ésta abrió los ojos repentinamente y miró a su izquierda, tras lo que se levantó con rapidez. No creía que le hubiese reconocido en la oscuridad, pues la luz de la luna que entraba por la ventana rota le iluminaba solo el pecho. La princesa intentó abofetearle, ya que no tenía arma alguna con la que defenderse. Él fue lo suficientemente rápido como para pararle la muñeca sin conseguir que ella se detuviese, comenzando a forcejear. Unos segundos forcejeando fueron suficientes para que la mujer se diese cuenta de que no podía hacer nada más que gritar. El hombre la tapó la boca a tiempo mientras la joven se limitaba a gemir. No sabía que decirla para que se tranquilizase, tal vez nada la tranquilizara. Le hubiese gustado hacer menos ruido y ser más eficaz, pero ya daba igual, tenía que zanjar eso. La ausencia del caballero había facilitado la misión como para complicarla en algo tan estúpido con una niña que tenía mucho que aprender. La empujó contra la pared mientras mantenía la mano sobre su boca, dándola un golpe en la nuca que tuvo que oírse en la habitación de al lado, la sala común.

 Cogió a la princesa con la delicadeza propia de un caballero y la sacó de su habitación como si fuera una dama en apuros. Volvió a la sala común y allí se lo encontró, tan patético como le había parecido siempre. Tenía lo que parecía restos de vómito en el pelo, la boca y la cara en general; un poco por la nariz, otro poco por la frente e incluso junto a los ojos. Intentó decir algo mientras movía de forma absurda las piernas sin ningún resultado, consiguiendo solo manchar más aún el suelo de mierda líquida que se filtraba por su pantalón. Al ver ese lamentable espectáculo digno de todo un caballero de la Guardia Real no pudo menos que sonreír.

 Le pasó por encima con despreocupación, con su sonrisa y con su princesa en brazos y se dirigió a la salida dejando al tabernero con un ojo abierto tras él y otro hombre despierto que prefirió hacer oídos sordos. Pasó por encima de otro vergonzoso ser que dormía en el umbral y montó a la princesa sobre su caballo, montando él tras ella. Dormidita estaba mucho mejor y el viaje se le haría más corto, había pensado en todo solo para que su alteza estuviese cómoda.

 Echó un vistazo a la ciudad que irremediablemente despreciaba y a las pobres gentes que despertaban ante los sonidos del caballo, tirados en la calle con apenas ropa ni ganas de vivir. Si su misión salía bien tal vez tuvieran una oportunidad...oportunidad de morir tranquilos dejando su inmundicia para los gusanos. Golpeó con el pie a su montura comenzando así su viaje de regreso a casa. Ya era hora de volver, y no de cualquier manera. Volvía con ella, la princesa de la ciudad impenetrable, la mujer que había dado sentido a su vida. La mugre, la enfermedad, el miedo, el horror...todo quedó atrás. Una amplia llanura se abría frente a ellos, un manto de oscuridad se cernía sobre sus cabezas y una montaña lejana le marcaba el camino. No tardaría en salir el sol por su derecha, iluminando un camino despejado de peligros en el que solo se podía esperar la gloria, su tan merecida gloria.

 Cabalgaba pensando en lo que pasaría a partir de ese momento, cuando cruzase al otro lado, cuando se volviese a encontrar con ellos. Todas las noches pensaba en él, en ella, en su misión. Solo había que ser paciente, no le habían puesto tiempo límite en aquel contrato tan especial, era un contrato que no se firmaba con tinta sino con sangre; la sangre de un hijo, la sangre de un hermano, la sangre de un amante, la sangre de un auténtico guerrero, de una copia de mercenario, de un falso caballero. La princesa ya había dado mucha guerra durante todo ese tiempo, esperaba que en este viaje estuviese tranquilita como en los últimos días del anterior.

 Por desgracia, cuando el sol solo llevaba unas horas sobre su cabeza la princesa despertó. Al principio lo hizo de forma tranquila, pero cuando se dio cuenta de que estaba cabalgando dio un salto sobre el sillín e intento darse la vuelta para descubrir la identidad de su jinete, él se lo impidió mientras se inclinaba hacia ella con cuidado.
-Adivinad.-Las palabras fueron tan solo un susurro para evitar que reconociese su tono de voz.
-¡Déjate de juegos imbécil! ¿No serás...no serás...él?
-Lo soy.-Afirmó en otro susurro.
-¿Él?-Repitió sorprendida la princesa.
-Yo.-El juego le parecía tan estúpido como gracioso.
-Tú...-La princesa parecía estar más tranquila.-Solo a ti te gusta hacerte tanto el misterioso y el gilipollas.
El jinete le llevó una mano sobre los pequeños pechos que tantas desgracias habían causado y a tantos caballos encabritado. Se sentiría complacida de sentir las manos de su mercenario otra vez entre sus senos y él quería comprobar como reaccionaba.

 La princesa no hizo nada durante varios segundos, incluso le pareció que había cerrado los ojos y soltado un gemidito, aunque detrás de ella y con el ruido de los cascos del caballo no estaba seguro. Al final reaccionó e intentó apartar furiosa la mano de sus tetas.
-¡¿Se te ha pegado algo de esos hijos de puta?! A la princesa pareció no hacerle gracia su actitud aunque hacía escasos segundos había parecido todo lo contrario.
La hizo caso y dejó de manosearla los pechos para bajar la mano hacia el conejo cubierto de telas, le encantaba jugar a ese juego. Más de una vez había jugado a algo parecido, se metía en la prohibida madriguera del conejo solo por probar, aunque al igual que en ese momento el caballo se mantenía cabizbajo y arrugado. Disfrutaba del juego engañando a su presa de cuatro patas. Sabía como hacerlo, sabía donde meter el dedo, aunque en esa ocasión era más que un juego. Dudaba que siguiera siendo virgen, pero si lo era, solo con un dedo y con el roce del sillín mientras cabalgaban podría romperle fácilmente el himen, por lo que tuvo cuidado. Al poco de introducir el dedo notó como comenzó a humedecerse. La estaba gustando, pero solo porque era su querido mercenario, estaba claro que la excitaba...tal vez incluso le amase.

 Antes de que la mujer volviese en sí y dijese nada apartó el dedo y volvió a agarrar las riendas.
-¿Por qué lo has hecho?-Intentaba recuperar la compostura sin elegancia, respirando entrecortadamente y fingiendo enfado.
-Pura curiosidad-respondió en un tono de voz normal, sin ocultarlo entre susurros-,tengo que comprobar la mercancía antes de entregarla.-Al fin se había dado cuenta de quién era.
-Eres...
-Un mercenario, o lo más parecido a él. Soy un mercenario con honor que no actúa por dinero, si es que existe ese tipo de mercenarios, claro.
-Tú no eres un mercenario...no el que yo conocí.
-Me estaba divirtiendo un montón fingiendo que lo era, me lo pusisteis en bandeja, mujer.
-¿Cómo te has atrevido a tocarme, bastardo?-La princesa esta vez se pudo girar sin impedimentos.
-Venga...no seáis así, os ha gustado aunque fuese creyendo que eran las manos de aquel mercenario la que os excitaban. Entiendo que esas curtidas manos os exciten-sonrió-.Además, no creáis que he disfrutado haciéndolo, ya os dije que solo comprobaba la mercancía, es cierto que soy algo parecido a un mercenario.
-Solo eres uno de esos repugnantes caballeros de mi padre.-El despreció se reflejaba en sus ojos y su voz.
-Os equivocáis con el veredicto, pero ya lo comprobaréis.
¡Suéltame!-La princesa forcejeó sin éxito, el caballero la mantenía presa entre la crin y su pecho.
-No molestéis hombre, mostrad un poco de educación. Al final esa criada a la que matasteis iba a tener razón.
-¡¿Dónde me llevas?!-Gritó desesperada la princesa.
-A cumplir vuestro objetivo. ¿No queríais hacer lo correcto para ayudar a las pobres víctimas de la posible guerra? Pues eso haréis. Os llevó donde debéis estar.
-Mi torre...
-Será un viaje largo, así que poneos cómoda e intentad disfrutar. Me muero por, llegado el día, ver la cara de vuestro padre.

 Al final tuvo que atar con el cinto a la princesa, colocando una de sus espadas en el caballo y otra en la espalda, por lo que tuvo que quitarse la capa verde dejándola tirada en el camino. Manteniéndola atada a una roca aprovechó para cazar algo que pudiesen llevarse a la boca, al fin y al cabo necesitaban comer algo después de haber pasado un día entero en aquel asqueroso lugar sin un alimento decente que llevarse a la boca. La princesa se negó a comer nada, él decidió no forzarla a hacerlo...por el momento. Tenía sueño, pero prefirió no dormir mucho, no se quedaba a gusto dejando sin vigilancia a la princesa por muy atada que estuviese.
-No os enfadéis por lo de antes, mujer. De verdad que no pretendía abusar de vos.-La princesa se mantuvo callada mirando a la roca a la que le había atado-.Solo era un juego-era más que eso-. Es vuestro orgullo la que no os deja disfrutar, gemisteis de placer, os humedecisteis y, aunque me cuesta creerlo, parecía la primera vez que lo hicieseis con la ayuda de otro.-Silencio fue la única respuesta que obtuvo el nuevo secuestrador-.No me creo que seáis virgen, seguro que aquel mercenario os hizo una mujer en aquella granja, seguro que ardió por la pasión con la que follasteis en la cama de aquellos campesinos. Vamos, chica, follar es algo normal aunque en vuestra torre pareciese un pecado. Es lo único que nos da la máxima felicidad, cuando lo hacemos con quien queremos, claro. Incluso practicarlo para utilizar a otra persona te hace sentir poderoso, sin forzarla quiero decir. No me toméis por un violador como los otros, ni muchos menos un necrófilo, solo disfruto dando placer. Tenéis mi palabra de que no os volveré a tocar si no queréis...¡¿Qué digo?! aunque queráis no lo haré. A pesar de que os cueste creerlo no suspiro por vuestro coñito inmaculado ¿o no tan inmaculado? Vamos, decidme solo eso por favor. Con el pantalón puesto no he podido comprobarlo como es debido.
 La princesa se giró con mirada sería y tranquila a pesar de haber sido secuestrada por segunda vez en menos de un mes.
-Él jamás me tocó cuando salimos de allí, me mantuvo tan virgen como en los veinte años que pasé en esa torre. Era un hombre de verdad, no como tú.
-Sí que es un hombre de verdad, eso es innegable, aunque un poco aburrido si no os llevó a la cama, no digo a la fuerza, pero sí conquistándoos. Me extraña que él no lo hiciese, a lo mejor el problema está en vos.
-A lo mejor el problema está en todos vosotros, degenerados y obsesionados por el sexo.
-Todos lo estamos, mujer. Dime que jamás te has metido el dedo como hice yo antes, dímelo.
La princesa le escupió.
-Me das asco.
-No me excito pensando en cómo vos, aburrida, os inspeccionabais los bajos en busca del único placer que podíais experimentar allí encerrada, ni os juzgo, claro.-Se limpió el escupitajo sin dar importancia a aquella impertinencia-. Solo digo que es algo natural, los dioses nos han hecho así...o la naturaleza, lo que sea. Parece que la sangre se acumula en el miembro y necesita urgentemente sentir...el qué ya es otra cuestión, pues sobre sexo no hay nada escrito.-La princesa volvió a apartar la mirada-. El sexo da la felicidad, con el nos reproducimos, es la máxima de la vida, no debería practicarse a escondidas y nadie debe decidir con quien ha de hacerlo otra persona. El placer es libre mientras no dañes a otros ¿no?
-La próxima vez caza a un conejo y antes de comértelo fóllatelo para desahogarte, pero a mí déjame en paz.
-El único conejo que he cazado me lo comí antes de follármelo, ya me entendéis.-La informó con una sonrisa y la esperanza de conquistarla de la misma forma que aquel apañado mercenario.- Y en cuanto a vos... Hasta los dragones follan, dejad de escupir fuego, así no conseguiréis aplacar vuestros deseos y miedos. Os entiendo mejor de lo que pensáis, llevo sin follar el mismo tiempo que vos ¿qué os parece?
La princesa le miró de reojo sin poder ocultar cierta curiosidad, pero enseguida volvió a apartar la mirada con desdén.
-Empecé pronto a sentir ciertas inquietudes e incluso experimenté más de una vez. Si llego a saber que iba a pasar veinte años sin que mi caballito volviese a la acción me hubiese estado quietecito y lo hubiese dejado en la cuadra, ahora ansía volver a aquel lugar oscuro.

 La charla sobre sexo no estrechó su relación. Tampoco le importaba, no sentía ningún tipo de simpatía hacia la princesa, simplemente le molestaba que fuese tan arisca y orgullosa. Por lo menos se divertía ruborizándola y jugando con ella, eso sí, sin meterla mano, era cierto que no tenía ningún interés por lo que tenía entre las piernas más allá de la importancia que tenía para su misión. El silencio era el tercer viajero que iba sobre ese caballo, un silencio que el secuestrador rompía de vez en cuando para hacer alguna broma molesta que la princesa ignoraba. Parecía asumir su destino, no importarle lo que pasara con ella, había madurado en aquel viaje, posiblemente gracias al mercenario que la sacó de la torre. Tal vez fuese más mujer que su valiente hermana, que se habría tirado ya a medio castillo. Hacía tanto que no la veía...

 Las lágrimas de la llanura se habían secado con el paso de los días, el sol brillaba como lo había hecho hacía muchos días atrás, sin apenas nubes en el cielo, sin  la amenaza de tormentas que entorpecieran su viaje y con el calor que hacía años no sentía en su interior. Los cascos del caballo golpeaban con fuerza la tierra que recibía las herraduras con dignidad, revolviéndose lo normal con un golpe como ese, pero volviendo a su sitio, manteniéndose dónde debía estar, firme, formando la enorme llanura iluminada por la luz de cada nuevo día.

Esa llanura era ella; variable, pero estática; infinita para la vista, pero con un límite peligroso. Las herraduras eran ellos, piezas de hierro que sostenían el peso de la montura compuesta por la carne de los habitantes del reino que viajaban con diferentes rumbos según el jinete que las dirigiese. Cuatro herraduras, cada una con su particularidad, todas dispuestas a cumplir su labor, viajando al mismo destino cada una a su manera. Se había acostumbrado a su sonido; primero rey, luego mercenario, después...el falso caballero. La última era muy parecida a la herradura del rey, del mismo material y el mismo herrero. Golpeaba de la misma forma, con la misma intensidad, pero más tarde, pues se mantenía en la pata trasera junto a la suya, que a su vez se parecía a la del mercenario, para algunos esa cuarta herradura era erróneamente el usurpador. Rey, mercenario, falso caballero, usurpador; rey, mercenario, falso caballero, usurpador...y así durante todo el viaje. El caballo relinchaba cansado, pero no se detenía: Rey, mercenario, falso caballero, usurpador: rey, mercenario, falso caballero...La tierra seguía firme, mirando al infinito sin una lágrima, revolviéndose lo justo y aguantando el peso de las cuatro herraduras.

 La primera se había mantenido hundida demasiado tiempo en la tierra, tanto que había conseguido sacar agua subterránea; después llegó la segunda herradura, que golpeó con delicadeza y firmeza a la vez, revolviendo la tierra más que ninguna y provocando que la propia tierra, todavía húmeda por el agua subterránea extraída por la herradura anterior, se pegase a ella con desesperación; la tercera acababa de entrar en contacto con ella, pero prometía moverla tanto como la segunda aunque sin conseguir que se pegase, todo lo contrario, pues la tierra ya estaba seca y dispuesta a desprenderse del hierro; la cuarta no tardaría en golpear, su golpe sería definitivo para la llanura que, en algún momento tendría que sufrir la repetición del proceso, pues el caballo seguiría al galope. Hasta que el caballo no muriese y su jinete cayese las herraduras jamás dejarían de pisotear la llanura, quedando entonces esas herraduras enterradas en la tierra que dejaría de extenderse para siempre. El caballo que poseía esas herraduras le llevaba a ella, pero ella no le importaba al caballo ni a sus herraduras, ni siquiera al jinete; importaba el destino, el lugar al que la princesa era llevado.

Una montaña era lo único que se veía, una imponente montaña que extendía sus gigantescos brazos por este y oeste, dispuesta a engullirles cuanto más se adentrasen. Tan impredecible como el destino, tan agobiante, tan imponente, tan oscura, tan desafiante. Podrían haberla rodeado, pero la tierra descendía bajo su peso encontrándose solamente el único camino al que llevaba el destino, la muerte. Decenas de pequeños pueblos sin reconstruir, huesos todavía sin reconocer, cientos de casas olvidadas...los rastros de la guerra todavía eran visibles en aquel oscuro e inmenso lugar entre las dos montañas. Los túneles escarpados en la roca tal vez ni siquiera siguieran abiertos, aunque era la forma más habitual de viajar hacia las ciudades en apariencia protegidas bajo aquel imponente y espacioso cañón. Rodeando la montaña también se podía subir, se podía ser tan osado como para intentar escalar las rocas que la componían, pasar por encima del destino, pero entonces el final que te esperaba era el mismo: la muerte. Aquel lugar era el más alto y peligroso del reino, seguro para esconderte si sabías desafiar al propio destino. Formaba una improvisada separación, una frontera creada por la naturaleza que había servido durante cientos, incluso miles de años, en batallas y guerras sin sentido como aquella.

 Antaño, pequeñas guerras habían enfrentado a los habitantes de aquel lugar, pueblos y ciudades situados bajo el cañón, sobre él y más allá de él, de donde ellos venían. A medida que el reino se extendió, en ese lugar se tuvieron que entablar forzosas relaciones de paz para que, a pesar de su enormidad todos fueran uno contra el enemigo exterior miles de millas más allá. Era un lugar extraño, como si alguien hubiese plantado esa montaña en forma de “v” invertida de la nada, o como si las cordilleras adyacentes hubiesen sido derrumbadas con el paso del tiempo y la guerra. Tras la “v” invertida, cien millas más allá, se encontraba un volcán apagado, espectacular para la vista, tan grande que abarcaba tanto como aquella montaña paralela. Se habían construido murallas en torno a los brazos de la montaña y túneles bajo ella para acceder al otro lado. Lo mismo habían hecho en el volcán, pues en su interior yacía una ciudad, la antigua capital del glorioso reino. Tras el volcán se encontraba una inabarcable cordillera que defendía fácilmente de todo lo que hubiese en el desconocido norte, pues nadie había podido viajar por esas montañas sin perderse.

 Viendo ese paisaje era fácil pensar cómo había sido millones de años atrás. Un lugar montañoso con un gran volcán custodiando la parte central cuya lava había formado un inmenso río que separó con el tiempo las cordilleras. Las situadas más al sur, de alguna forma habían desaparecido quedando extrañamente esa montaña en forma de “v” invertida aislada. El volcán había dejado de exhalar fuego y su río se había secado. Era un lugar maravilloso, cautivador, acongojante y misterioso...tenía ganas de volverlo a ver. Si no se rodeaba bajando hacía dónde el río de lava, más similar a un lago, había erosionado la montaña en el pasado, ni subiendo por la montaña hasta la primera obertura situada en el meridiano de la gran roca, la única forma de llegar al otro lado era por el valle. Con suerte la escalera de piedra llevaría todavía directamente hacia esa primera obertura, pudiendo pasar por el extenso y estrecho puente de piedra que comunicaba con el muro natural del volcán y que esperaba hubiesen mantenido seguro durante los veinte años que había pasado fuera.

 Espoleó al caballo para adentrarse más rápidamente al valle. Deseaba ver de nuevo las grandes cascadas, los altos y verdes árboles, las pequeñas casas junto a la roca, la fuente sobre la laguna que reinaba aquella paz, pero sabía que ya nada sería igual. A medida que se dejaban abrazar por los brazos del destino recordaba que lo único que quedaba en aquel lugar era la muerte y el olvido.
-Pasé muchas horas dormida, pero no tantos días.-La princesa miraba asombrada y confusa la montaña que les acogía-.No recuerdo pasar por aquí en nuestro viaje.
-Eso es porque jamás habéis estado aquí.-A pesar de la muerte y el olvido el falso caballero sonreía.
-No vamos a la ciudad impenetrable...no vamos a mi torre.-Era sorprendente que la princesa pareciese decepcionada al descubrirlo.
-Vamos a la capital del reino.
-No es cierto, la capital...
-No siempre fue vuestra ciudad, querida. Estáis a punto de conocer el auténtico esplendor del reino que con tantas ansias pretendéis proteger. Mi hogar...

 La princesa no se quejó ni preguntó. No era donde debía estar, pero sí donde quería. Quería salir de esa deprimente torre y conocer mundo, ahí lo tenía. Además, aunque no lo sabía era ese precisamente el lugar en el que debía estar si quería salvar al reino. El torso de aquel inmenso ser rocoso hundido en la tierra les recibía sobre sus cabezas. La princesa no habría visto jamás un lugar tan alto. Alzaron sus cabezas para observar la del titán que parecía tener una pequeña boca e incluso unos ojos cerca de la frente, casi imperceptibles a esa distancia. El falso caballero hizo que su caballo, el de verdad, el que montaban, se encabritase desde el saliente elevado en el que observaban tal espectáculo. El valle debía recibirle, aunque fuese en silencio. Debía sentir su presencia.

 En efecto, nada quedaba de las grandes cascadas. Los surcos en la tierra se mantenían secos como un rastro marcado por las lágrimas, ya no existía la vida, por lo que tampoco el dolor. Bajo la montaña el valle vestía de luto, su hierba estaba ennegrecida todavía por los fuegos de la guerra y las casas derruidas, algunas parecían haber sido aplastadas por la propia montaña. La laguna central era como un pequeño cráter provocado por la pisada de un gigante, con más hierba reseca en ella y la esplendorosa fuente despedaza y enterrada. De niño adoraba ese lugar, había jugado subido a los árboles ahora sin hojas, había rodado por la hierba ahora tan oscura como la roca, se había bañado bajo las cascadas por las que ahora solo caían polvo y arenilla, se había enamorado desde el primer día que llegó bajando por la escalera de piedra tan concurrida entonces por viajeros que hacían cola por llegar a la capital. En una de esas casas, con tan solo ocho años, había perdido la virginidad y había sido la persona más feliz del reino, seguramente del continente. Había pasado mucho desde aquello, ya no era el de antes, ahora era un caballero, un farsante, un traidor, un secuestrador, un hombre glorioso que había cumplido su misión, el hombre que devolvería el esplendor a aquellas tierras.

 Descendieron con lentitud todavía montados en el palafrén. La princesa contemplaba el desolado lugar con respeto y solemnidad. Agradecía que una niñata como ella mostrará respeto por un lugar como aquel. Todos los días durante esos veinte años el valle de las lágrimas y lo que había tras él se había mantenido en su mente. Si aguantaba en aquella otra ciudad era por volverlo a ver. Era curioso, en el pasado las lágrimas que daban nombre al valle eran de alegría, de prosperidad; las lágrimas que liberaban el corazón y purificaban el alma. Ahora que no había lágrimas era el lugar más triste que había visto nunca, más triste incluso que las inmundas ciudades que habían pasado. Tenía auténticas ganas de llorar, de derramar las lágrimas de dicha que hubo en el pasado por cumplir su misión y las lágrimas de tristeza que debería derramar la montaña ahora, con un lugar tan bello destruido. Pero se mantuvo como el propio valle, tranquilo, desolado, pero sin derramar ni una lagrima, sin mostrar la belleza que guardaba en su interior.


 Entraron en una de las casas menos afectadas por los derrumbes. Todavía se veían las marcas de los filos de las armas en la piedra, los huesos sobre la madera. Huesos destrozados, huesos desperdigados, huesos de niños, huesecillos perdidos entre el polvo. Estaba oscureciendo, y a pesar del calor de los días y de estar envueltos por la montaña el frío les abrazaba, el frío de la soledad, el frío de la muerte. Ató a la princesa con una vieja cuerda que encontró en la casa al cabecero carcomido de una cama llena de arenisca, pero en la que se podía echar si quería sin demasiados problemas, y se volvió a colocar el cinto que había utilizado como grilletes. Él salió de la casa, si quería intentar escapar que lo hiciese, no podría salir del valle sin que la cogiese. Incluso el aire viciado del lugar le sentaba bien, conseguía hacerle recordar días pasados y mejores aunque el aroma de antaño no tenía nada que ver con ese. Miró la casa en la que tanto tiempo había pasado en su infancia. Era una de las más afectadas, tenía el techo desplomado y las paredes agujereadas, aún así se acercó para contemplarla más de cerca. Gracias a la diosa del valle él no había estado allí aquella mañana. Comenzó a escalar sobre los escombros para meterse en la estancia más próxima a la roca de la montaña. La roca estaba tan fría como la recordaba, la había sentido en la espalda desnuda mientras introducía el pequeño miembro tembloroso. Se sintió tan bien, estaba tan enamorado...Habían pasado veinte años que no le habían hecho olvidar, pero sí habían trasformado sus sentimientos. El amor se había convertido en melancolía para transformarse después en miedo. ¿Le estaría esperando? ¿Seguiría con vida? Una lágrima quiso asomar, pero a pesar de no estar en presencia de la princesa la contuvo. Nunca le había gustado llorar...cuando lo hacía le llamaban mujer y lo detestaba tanto como su hermana. Habría dicho que no tenía miedo a nada más que a su perdida, por eso había aceptado aquella misión. Quería recuperar aquel lugar, su pasado, quería asegurar su futuro, quería demostrar su valía, su honor. Quería que la gloria de su ciudad y de aquel valle se forjase de nuevo, pero esta vez con sus propias manos, las del guerrero glorioso que había nacido para ser. Pero ahora no era más que un caballero farsante, un vulgar secuestrador.

 Incluso en ruinas, la luz de la luna impregnaba de belleza el lugar. Las tonalidades oscuras se fusionaban con maestría, un azul tan oscuro como el negro de la montaña y la hierba se colaba en las casas derruidas, la laguna seca y los surcos de la montaña. La diosa del valle bendecía su camino, incluso hundido en las sombras del destino había esperanza. A unos pasos estaba su ficha de cambio, su pase a la gloria, su bendición hecha carne. Rechazaba a aquella chiquilla y el lugar del que procedía, pero deseaba lo que escondía bajo su sombrío corazón. Un secreto que pocos conocían y que cuando fuese revelado sacudiría los cimientos del reino destruyendo lo corrupto y bañando en oro lo que jamás debió de oxidarse. Un baño de oro fundido que muy seguramente a más de uno quemaría, pero había que arriesgar.

 A la mañana siguiente iniciaron el largo ascenso por la escalera de piedra a pie. La princesa iba atada a las riendas del caballo mientras el falso caballero caminaba tras su grupa guiándolo. Gran parte de la subida la hicieron en silencio. Las escaleras no eran demasiado empinadas, pero no estaban en buenas condiciones, la batalla y el tiempo las había estropeado dejando escalones destrozados y piedras por todos lados. Pisar sin mirar podía llevar a bajar sin remedio. El caballo tenía serios problemas para ascender y en más de una ocasión estuvo a punto de torcerse una pata. Tal vez hubiese sido mejor dejarlo abajo, pero le había cogido cariño al animal y quería entrar a la ciudad cabalgando su palafrén. Se imaginaba el retorno con trompetas y alaridos de júbilo, aunque bien sabía que era imposible que eso sucediese más allá de su mente. Con todo, no tenía nada mejor que hacer en ese ascenso a tan pausado ritmo. A cada escalón que pisaba se imaginaba que estaba subiendo a la cima de la gloria donde le esperaba su padre sonriente y orgulloso, su aguerrida hermana, su único amor, todos ansiosos por abrazarle y agradecerle todo lo que había hecho. El sol salía de nuevo por la derecha acariciándoles el rostro e iluminando la empedrada escalera. Así era más fácil imaginarse el esplendor dorado que se abría ante su llegada y que dejaría tras sus pasos. Su corazón palpitaba con más fuerza cuanto más alto se encontraba. No tenía como objetivo llegar a la cima de la montaña, pues la auténtica cima se encontraba al otro lado, pasando por el larguísimo puente de piedra, sobre los restos de los pueblos que le apoyarían en el futuro. El amor le había empujado a salir de aquel lugar que tanto admiraba para adentrarse en un foso de lodo y podredumbre, y volvía a ser el amor el que lo devolvía allí, el que le había hecho cumplir su misión en el momento menos esperado. Las primeras herraduras habían marcado bien el camino, pero eran ahora las que más se tambaleaban sobre las rocas del camino que el había decidido recorrer, esas dos herraduras delanteras que todavía tenían que seguir recorriendo el camino a pesar de haber cumplido ya parte de su función.



 Cada vez quedaba menos, más de la mitad de la escalera quedaba tras sus espaldas. Se giró para contemplar el valle que dejaban atrás jurándose a sí mismo que no muchas lunas después su luz se reflejaría en las aguas y acogería a los nuevos habitantes que lo poblaran, el esplendor atravesaría de nuevo la montaña. No hacía falta escalar la gran roca para desafiar al destino, se podía subir por la, ya no tan cómoda, escalera para llegar al mismo lugar. Cada vez quedaba menos- “trompetas, júbilo, agradecimientos, cumplidos”-, tenía que ser paciente. Se pensó seriamente en hacer todo el trabajo restante él solo, en ponerse frente a la oculta mirada del destino, frente a los ojos de esa montaña y acabar lo que había empezado, pero sería demasiado arriesgado y al final todo llegaría, solo tenía que esperar un poco más, esta vez en su hogar. Cuando la princesa creía que iban a la ciudad impenetrable le pidió ir al lugar más alto para cumplir una última misión antes de volver a la torre, le había retado y provocado asegurando que el contratista le había prometido llevarla allí antes de ir a ningún sitio. No dudaba que aquel patético caballero hubiese aceptado y averiguado, como lo había hecho él, por qué la princesa quería ir al lugar más alto, igual que no tardaría ella en averiguar en que lugar se encontraban.
-El lugar más alto...-La princesa se detuvo cuando apenas quedaban cincuenta escalones para llegar a la llamada boca de la montaña.
-Así es, princesita, esta montaña es el lugar más alto del reino. No dudo en que más allá de las cordilleras norteñas habrá picos más altos, pero no pertenecen a las tierras del monarca.
-Aquí...-La princesa alzó el cuello para contemplar los más cercanos ojos de la montaña, un lugar al que las escaleras empedradas no llegaban.
-Os espera vuestro mercenario. Habéis tardado en daros cuenta, milady. Pero no os hagáis ilusiones, no os llevo con él.
-¡Por favor! Tienes que llevarme, después juro ir a donde quieras.
-Ya estáis yendo a donde quiero, no necesito complaceros para que lo hagáis.
-No lo entiendes, necesito verle.
-Claro, claro, para que os libere.-El falso caballero sabía muy bien lo que tenía que hacer.
-No lo hará...o tal vez sí, pero te juró que no te matará.
-Eso no hace falta que me lo digáis vos, pero no, no iremos allí. La única forma de llegar a los ojos de la montaña es escalándola desde los laterales. Demasiado peligroso para vos, me temo, incluso para mí.
-Estoy dispuesta a correr el riesgo.
-Ya...pero yo no.
-Si no me llevas ante él tarde o temprano tendrás que enfrentarte a él. Se enterará de que me has secuestrado, el contratista lo sabe, igual que sabe, como ya te dije, que el mercenario está aquí. No dudará en contratar de nuevo sus servicios para sacarme del lugar al que me lleváis.
-Sin duda, no espero menos de vuestro caballero y vuestro mercenario. Ese buen día llegará, pero por el momento tenemos que ser pacientes y continuar nuestro camino.-Su sonrisa mostraba satisfacción por como se estaba configurando todo.-Espero que cuando el caballero decida buscar a vuestro mercenario no esté tan borracho como la última vez que le vimos, pues de lo contrario no durará mucho en esta montaña. Tal vez su amor hacia vos le impulse a escalar hasta la cima sin descanso, es joven y aguerrido y ya sabemos que por amor hace lo imposible, confiemos en él. Y si no, confiemos en que el mercenario se acabe enterando de vuestro secuestro y ubicación. Tiene recursos, tarde o temprano encontrará la forma, no desesperéis.-La princesa no se fiaba de sus frases consoladoras, y hacía bien, no pretendía consolarla a ella.

El alimento se adentró en su boca con sumo cuidado. Los dientes acechaban, parecían esperar el momento preciso para hincarse en caballo, princesa y secuestrador. Tenía dos lenguas, una llena de estrías que descendía con cuidado al valle y otra que le salía por la nuca y se extendía millas más allá de su cabeza, reseca y con mordeduras peligrosas por las que el alimento podía colarse fácilmente. Era el momento de cruzar esa lengua. Hacerlo con el caballo era sumamente peligroso, pero tenía que bajar de las murallas subido en aquel palafrén, un hombre glorioso en una ciudad gloriosa merecía una entrada gloriosa.
-Camina despacio, manteniendo los pies en línea recta a cada paso, al mismo ritmo que el caballo.-La montura caminaba con las patas muy juntas por el estrecho puente-.“La gloría supone grandes sacrificios”-,eso lo había aprendido bien.

Caminaban a una lentitud extrema, por el puente podían pasar dos personas en paralelo, pero las partes derruidas en los laterales lo estrechaban en varias partes del recorrido y los pequeños cráteres a lo largo de él dificultaban la seguridad de la caminata. Era importante no confiarse por la anchura que mostraba a simple vista, pues un descuido y se podía perder el equilibrio cayendo al vacío, o peor, al infierno reseco en el que miles de años atrás circulaba lava.
-No mires abajo.-Le ordenó el falso caballero.
-No tenía intención.-La princesa se esforzó en ocultar su miedo entre las palabras.
No habían recorrido ni un cuarto del puente y ya llevaban media hora sobre él. El silencio era el más tenso que les había dominado desde que salieron de aquella ciudad. Solo se oían los relinchos del caballo asustado, las piedrecillas desprenderse para caer a la falda de la montaña y las herraduras impactar contra la piedra.
“Impactad, vamos. Una y otra, con cuidado, pero impactad, tenéis que llegar al final, tenemos que llegar al final”.-Jamás ese puente había sido tan inseguro-.”Un paso y otro, con cuidado. Pasos cautelosos como los que daba cuando me colaba en su casa, pasos controlados, silenciosos”.-Avanzaban, con lentitud, pero avanzaban-.” Pasos cautelosos como los que he dado durante estos veinte años. Pasos cautelosos pero decididos”.-Seguían avanzando sin pausa-.”Un paso, otro...un paso lento y controlado como fue ese primer año en la ciudad impenetrable. Dos pasos, tres, cuatro, como los tres años siguientes, siempre sabiendo hacia donde me dirigía, hacía donde quería ir, pero sin saber cuando recorrería todo el camino...y aquí estoy ahora, después de: cinco, seis, siete...se hacía cada vez más duro, pero yo seguía; ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce...ya estaba acostumbrado a aquel lugar, igual que estoy acostumbrado a este derruido puente, será lo primero que habrá que reparar. Quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho...puedo hacerlo, se hizo largo, pero llegó cuando menos lo esperaba, cuando más tranquilo estaba, igual pasará aquí. Diecinueve, veinte...”,-alzó la mirada para mirar a la princesa-. “Ahí la tengo, tan cerca de mí, de mi ciudad, de mi padre, de mi final en esta misión...he de seguir sin perder el equilibrio como hasta ahora, he de avanzar como lo hace ella. No lo hace por mí, ni siquiera por ella misma...avanza por este puente jugándose la vida por él...y por el reino, esperando que llegue el día”

 Ni medio puente en una hora, era tan largo, llevaba tan lejos. Caminaban sobre los lejanos restos de la guerra, inseguros, pero preparados para limpiar los escombros algún día. Era una tortura, una última prueba en su ardua misión. Recordaba como los soldados formaban extensas filas de dos en dos pasando por ese mismo puente, más firme que en ese momento, desfilando con extrema seguridad y vista al frente para morir en el campo de batalla y luchar por mantener una gloria que murió con ellos. Intentó caminar como lo hubiesen hecho, con la mirada al frente, pero no tardó en colar una pierna por un borde derruido. Cayó apoyando la rodilla de la otra pierna y las manos sobre las piedras que se clavaban en sus palmas. Dolía, pero no tanto como el fracaso o la humillación. La princesa se giró, no supo si con miedo o esperanza, pero enseguida continuaron sin hacer ningún comentario.

 A pesar de encontrarse a tanta altura no tenían frío, el sol se burlaba de ellos flotando sobre el puente, avanzando sin necesidad de caminar por la piedra destrozada, calentándola tanto como sus cabezas, haciendo más difícil la caminata. Tres horas pasaron hasta que se detuvieron. La princesa se sentó apoyándose con cuidado en el pecho del caballo, mientras el falso caballero se tumbaba sobre la ardiente piedra.
-¿Para que me quieres?-Preguntó la fatigada princesa.
-Para lo mismo que os quieren todos-respondió su secuestrador contemplando el soleado cielo-,para ganar una guerra olvidada y un reino que nada tiene ya de glorioso.
-Tú también sabes más de lo que yo sé.-Algo a lo que ya estaba acostumbrada.
-Sé más de lo que muchos piensan, princesa. Sé que cuando este capitulo de la historia que ha vuelto a abrirse se cierre, vos no tendréis cabida en lo que venga. Os creéis el eje del reino, pero no sois más que un peón.
-Un peón que no puedes permitirte perder. Un peón que si cayese por este puente terminaría con la partida.
-Un peón muy valioso sin duda, pues hasta un peón puede ser determinante para ganar una partida, pero al final es muy probable que en el tablero solo queden algunas piezas importantes y por supuesto, tan solo un rey.

 La caminata continuó tras descansar poco menos de media hora. Cuatro horas, cinco...el final todavía quedaba lejos. Seis, siete...el volcán se aproximaba a ellos. Ocho, nueve...el sol empezaba a ocultarse tiñendo el cielo de rojo, cada vez quedaba menos. Diez. Ya casi se podían ver algunos edificios desde el puente y varios soldados patrullando el muro volcánico que rodeaba la ciudad.
-¡¿Quién va?! Se oyó gritar a un soldado a lo lejos.
-¡Un mercenario y su mercancía!-Bromeó el falso caballero. Una broma equivocada como respuesta que desencadenaría en otra respuesta más equívoca y agresiva que la anterior.
La flecha precedió al aviso.
-¡No queremos mercenarios aquí!
La punta de la flecha impactó contra el puente de piedra, a los pies de la princesa que no pudo evitar apartarse sobresaltada. Una broma en un mal momento puede desencadenar sucesos que nadie desea, pues el caballo se encabritó, sus patas traseras cedieron en un boquete y se precipitó al vació. El falso caballero intentó agarrar a su palafrén consiguiendo solo coger la empuñadura de la espada que había colgado en el sillín, desenvainándola sin esfuerzo al caer el caballo hacía atrás y quedándose con el arma en la mano y el rostros desencajado ante tal inesperada pérdida.

 La princesa, atada a las riendas, fue arrastrada por el animal al vacío. Antes de caer fue lo suficientemente rápida y hábil como para encaramarse a la piedra con los antebrazos. El peso del animal era tal que apenas podría aguantar. Intentaba arrastrase hacia el interior del puente sin éxito, la cuerda le ataba las muñecas, los brazos se mantenían demasiado juntos y tiraba con mucha fuerza hacia el vació. El caballo parecía intentar escalar un muro invisible, relinchando como loco mientras la cuerda se tensaba. El falso caballero se acercó corriendo a la princesa para agarrarla antes de que cayera, si aguantaban lo suficiente y la cuerda se rompía ella quedaría libre de la caída, pero el viaje había sido demasiado tranquilo y afortunado para él como para que eso sucediese. Lo único que pareció romperse allí fueron las muñecas de la princesa mientras resbala hacia atrás arrastrada por la fuerza del caballo. Estaba ya en el borde cuando su secuestrador estiró el brazo izquierdo sin éxito. La princesa se deslizó por la piedra sin poder hacer nada, soltándose de ella llegado el momento. Momento en el que el filo de la espada que el mercenario bromista había sacado de la funda del caballo y que empuñaba se dirigió hacia ella, que todavía con los brazos en alto pudo cerrar las manos en torno al filo del arma.

 Sus palmas se deslizaron por el filo dejando un surco de sangre en ella mientras resbalaba sin poder parar. En ese momento su acompañante sacó la otra espada que llevaba en la espalda para precipitarla hacia el vacío mientras se arrodillaba facilitando que llegase más lejos que la primera y dirigiéndola hacia las muñecas de la princesa, haciendo que desgarrase la cuerda que la ataba y consiguiendo que se agarrase también a su filo con la otra mano que ya casi había llegado a la punta de la otra espada suspendida en el vacío. Hizo toda la fuerza que pudo agarrada a las dos espadas que el falso caballero mantenía en el aire. Las espadas se mantenían cruzada formando una “X”, pues la segunda había tenido que cruzarse entre sus muñecas para cortar la cuerda. El caballo había caído, posiblemente ya muerto por tal tensión. La princesa se mantenía suspendida en el aire, con la sangre de sus manos cayendo sobre su cara.
-La situación se repite, pero esta vez a la inversa.-La princesa, extrañamente, sonrió-.También por culpa de una flecha y un caballo.
-¡No se os ocurra soltaros!
-Ya lo hice una vez...y sobreviví.
-¡No lo haréis esta vez!-O sí, pero no quería perderla ahora que habían llegado tan lejos.
-Sin peón no hay partida...
-¡Y si no hay partida el pueblo muere!
-Sucio truco...pero tienes razón. La otra vez me solté por amor, ahora lucharé por mi pueblo.
-¡Enternecedor, pero no es momento de hablar! ¡Aguantad!

 El falso caballero intentaba subir a la princesa con todas sus fuerzas, los brazos de ambos temblaban. Gotas de sangre caían de las manos a la frente de la princesa, desde ella se deslizaban por la cara hasta la barbilla desde donde, lentamente, se precipitaban al vacío. Rojas lágrimas perdidas que bombeaban su corazón impenetrable y que se desvanecían sobre aquella tierra yerma, como ella estaba a punto de hacer. Escapar del destino no era fácil, lo había hecho muchas veces ya, pero esta vez podría ser la definitiva. Precisamente todo acabaría en la lengua del destino, el puente de aquella montaña que se burlaba de ella, pero si el mercenario no la había perdido en aquel río apesar de lo que el pelirrojo y su compañero les habían contado, él no podía perderla en aquel puente, a las puertas de su ciudad, de su verdadero destino, de su hogar, de su gloria.

 La fuerza con la que tiró fue demencial, podría haberse desencajado perfectamente los brazos. Ella se elevó como un ángel con alas de acero manchado por su propia sangre incorruptible. El sol contemplaba el espectáculo paralelo a ese puente, los destellos escarlata que desprendían las espadas centellearon en el cielo camuflados entre los rayos del sol del atarcedecer y los surcos de sangre que la princesa había perdido aferrada a la vida. La princesa se había levantado una vez más, había volado sobre ese puente, sobre sus cabezas y sobre su capital aterrizando de nuevo sobre la lengua de piedra que recorrían juntos. Bromeó al presentarse como un mercenario, pero ahora él había demostrado ser mejor que aquel mercenario al que habían contratado, había demostrado que con él la princesa estaba igual de protegida y que juntos podían enfrentarse a la montaña y sus trampas, a la propia muerte. Con las muñecas rotas y las palmas de las manos abiertas por una profunda raja, la princesa se levantó. El falso caballero la contempló desde el suelo, confuso. La princesa, sin gritar por el dolor, se giró y continuó caminando por el puente de piedra ella sola. Su secuestrador y ahora también salvador sonrió, se levantó, enfundó sus espadas y la siguió.
-¡Deteneos!-Otra flecha les rozó.
La princesa no se detuvo. Parecía una diosa caminando sobre el mundo, herida, pero sin mostrar un ápice de sufrimiento. Más flechas adornaron el desfile celestial. Era extraño, pero el falso caballero no sentía miedo alguno, no temía ni por su vida ni, por supuesto, por la de la princesa.

 Siguieron caminando como si nada sucediese. Cada vez estaban más cerca y los arqueros decidieron disparar a dar. Una flecha alcanzó el hombro de la princesa que continuó sin tambalearse. El falso caballero se hartó,
-¡La próxima flecha os la haré tragar! ¡Soy yo!-La princesa caminaba, la sangre goteaba, la brisa les acariciaba, el sol les observaba, las flechas les rozaban, los guardias preguntaban.-¡Soy vuestro príncipe!
-¡¿Dices ser...?!
-¡Vuestro futuro rey!-La negra coleta fue sacudida por el viento. El príncipe había llegado con el escudo y el arma, con la gloria asegurada.

 La sala del trono no era el lugar que más recordaba, cuando era un crío prefería corretear por los pasillos, juguetear en las habitaciones o guerrear en el patio de armas. El trono era un lugar inaccesible para él, por lo menos hasta pasados unos años, y esos años ya habían pasado. El recuerdo era vago, pero tampoco había que recordar gran cosa, se trataba de una sala del trono con su larga alfombra, sus escaleras y su trono rodeado de columnas y banderas, no había mucho más que recordar. En una sala de trono no importa lo que veas o lo que recuerdes de ella, lo que importa es lo que sientes. Esa sala irremediablemente trasmite algo, algo que desprende el trono, el rey, el poder. Es como si en ese lugar el extenso reino se comprimiera, como si todo se viera sometido a la voluntad del que estaba allí sentado, como si incluso el hombre más libre perdiese el control sobre su vida. Hasta el propio rey perdía su voluntad, se veía sometido al poder que le daba el trono, un poder que debía utilizar con cautela y sabiduría. Debía escuchar consejos, aguantar peticiones y tomar decisiones que afectarían a todo ser viviente que se mantenía tras las fronteras. Tenía el poder de decidir y actuar como le viniese en gana, sí, pero esas decisiones le arrastrarían a uno u otro lugar, un poder maldito que podía usarse de mil maneras y que más de uno quería poseer, por eso el trono era tan peligroso incluso para el que se sentaba en él y por eso había comenzado esa guerra, porque ni siquiera de tu propia sangre te puedes fiar cuando se trata de tener poder, de hecho es de los que menos te puedes fiar, tu familia. El hermano pequeño quiere ser el mayor y la hermana mayor quiere la misma justicia del hombre, algo que ese trono permitía. Era lo único que le quedaba a su padre y ni con él había conseguido mantener controlado el reino, solo tenía parte de él al que se aferraba con fuerza por miedo a perderlo llegado el momento, como un perro que tiraba de un trozo de carne. Un trozo de carne que el pueblo ya no recordaba a quien pertenecía legítimamente y que no tardarían en robar matando a ambos perros si se demoraban más en devorarlo.

 Las pocas veces que contemplaba el trono de piedra volcánica sentía admiración, ilusión y el regustillo del poder que algún día saborearía sin límites. Entonces era solo un niño, ahora las sensaciones eran muy diferentes. Se alegraba de volver a casa, pero no le gustaba lo que veía. No hacía falta tener mucha memoria para recordar que el salón del trono no era tan oscuro, no estaba tan descuidado y sus banderas tenían más color, ya ni siquiera se veía el dibujo del volcán en erupción que había en ellas. Antaño ellos habían sido el poder que se erigía sobre el pueblo y que escupía un ardiente fuego que lo iluminaba consumiendo a quienes se rebelaban. Ahora ese volcán que les representaba estaba tan muerto como el volcán sobre el que vivían. Y eso le producía una profunda pena, una tristeza que no sabía definir y sobretodo decepción.

 Había esperado que le recibiesen con orgullo mientras bajaba en su palafrén. Esperaba que le felicitasen y le diesen las gracias, esperaba que llorasen de alegría y que recitaran poemas sobre su regreso y que le cantasen a la luz de un nuevo día que se avecinaba gracias a él. Esperaba que la lava comenzase a extenderse por los ríos secos hacia sus enemigos, esperaba la gloria que tanto ansiaba y que poco a poco el reino recuperaría, pero no fue con eso con lo que le recibieron. Bajó a pie escoltado por guardias del puente, vigilado con desconfianza mientras descendía a una ciudad tétrica siguiendo a una princesa herida a la que todos observaban con extrañeza. Era su presa, su triunfo y en vez de llevarla junto a él la estaba siguiendo como si fuese su guía. Bajó ella sola, como en trance, tranquila. No hacía falta que la guiasen, se dirigió hacia el edificio más grande situado al otro extremo del interior del volcán, junto a la roca. La princesa solo se detuvo cuando los guardias informaron de quienes eran. Las puertas se abrieron para que les recibiera la oscuridad del castillo.

 La princesa se detuvo frente al trono vacío, le hubiese gustado saber qué era lo que ella sentía. ¿Miedo? ¿Incertidumbre? No lo parecía, se mostraba muy tranquila, demasiado segura de lo que hacía. No era su torre, no estaba con su mercenario, pero aceptaba lo que la sucedía. ¿Se habría vuelto definitivamente loca? Desde que la había salvado en el puente su actitud fue otra, como si se sintiese inmortal, como si nadie la pudiese hacer daño. De hecho seguía teniendo la flecha clavada en el hombro, nadie se preocupó por quitársela. Ella no quería que la guerra volviese, pero era como si hubiese comprendido que lo que hacían era por terminar con la guerra. En el momento en el que un rey quedase sobre el tablero la partida sería ganada, y si la partida se ganaba se podría limpiar la mierda que se había acumulado en el tablero colocando nuevas piezas que se mantendrían intactas, preparadas para el próximo conflicto que podía tardar cientos de años en llegar. A ella la tendría que dar igual quien venciese, el caso es que alguien lo hiciese para poner fin a la situación actual.

 La puerta situada a un lado del trono se abrió para recibir a un anciano débil, con largos mechones blancos cayendo alrededor de su cabeza calva y un rostro arrugado por la vejez y la furia contenida. Le recordaba serio, pero ahora parecía amargado y muy enfadado. A pesar de su innegable debilidad no aceptaba ayuda para moverse, quería aparentar fortaleza andando tan erguido como la espalda le dejaba. Una mueca de dolor asomaba a cada paso que daba, y ni cuando se sentó relajó el rostro. Él no dudó en arrodillarse.
-Padre, he vuelto con la misión que me encomendasteis cumplida.-El anciano apenas alzó la mirada para contemplar a su hijo.
-No...esta no fue la misión que te encomendé. Has fallado, como era de esperar.
-Pero padre, la he traído a ella, a la princesa...
-¡No...! No...vuelvas a llamarla princesa en mi presencia, es la cría de uno que se hace llamar rey.
Tenía razón, pero para todo el reino ahora era él el usurpador.
-Perdón, padre...os traigo a vuestra sobrina.
-Bien podría ser una puta que hayáis comprado desesperado por hacer algo bien. Ni siquiera habrás tenido cojones para tirártela.
-Padre, os juro que es la prin...vuestra sobrina.
-No vuelvas a llamarme padre. Ni siquiera sé si tú eres mi hijo, ni si quiera sé si he tenido hijos.
-Dos, mi señor.-¿Su mente estaría deteriorada?
-¡No! Tengo una hija y un niño que jamás se hizo un hombre.
-Padre...
-¡Soy vuestro rey!
El falso caballero, y parecía que también falso príncipe, apretó los puños y contuvo la rabia que sentía ante tal deshonra.
-Mi rey, perdonadme. Os traigo la herramienta que os volverá a convertir en rey legítimo.
-¡Siempre fui el rey legítimo! Que el pueblo sea demasiado ignorante para saber que yo soy el mayor y que ese traidor no es el verdadero rey no quiere decir que haya dejado de ser rey. Él gobierna el reino tanto como yo...
“Nada”-Decirlo en voz alta podía encolerizar a aquel anciano que no reconocía.
-Y ella hará que lo sigas siendo durante mucho tiempo.
-¿Esta puta? Lo único que conseguirá es mantener mi cama caliente durante mucho tiempo.-Eso sería si podía todavía encabritar al caballo cansado ya de tantas travesías por madrigueras sucias y desconocidas.
-Es ella, mi señor, la saqué de esa torre.
-No fue eso lo que te pedí...-El rey lo miró con desprecio.
-No...mi señor, pero tengo un plan para conseguir cumplir mi misión y ese plan requería tenerla fuera.
-Ese plan se os debió de ocurrir hace veinte años, inepto.
-Dijisteis que no cometiese errores y que me ganase la confianza del rey para poder...
-¡Yo soy el rey! Juro que te cortaré la cabeza a ti y a esa puta mientras me la chupa si sigues mancillando mi nombre y el de mi familia.
-No es una puta, mi señor, es ella.-La voz se le entrecortó, no sabía si era miedo o frustración, pero sería su sentencia si ese viejo que poco tenía ya de su padre lo notaba.
-Ya me estoy cansando de esta conversación...sea ella o no todas las mujeres son unas putas que solo sirven para follar. ¡Algunas ni eso! Y esta puta, sobrina mía o no, lo es como todas. Seguro que se ha tirado a todos sus caballeros custodios menos a ti ¡¿eh?! ¡Eres mi vergüenza!
-Esta...puta acabará con tu hermano y su ciudad. Salvará el reino.
-¿Salvar el reino? Tu eres gilipollas, definitivamente. El reino está consumido, ya nada puede salvarlo. Cuando gane la guerra habré ganado a ese cabrón, honrado a mi padre y demostrado mi poder. Al reino le pueden dar por culo. Cuando yo pueda morir tranquilo que mi hija haga lo que quiera con el reino.-Esas palabras habían sido desafortunadas. No le había gustado lo que había oído, y tampoco creía que le hubiesen gustado a la princesa.
-¿Vuestra hija? Yo soy vuestro heredero...
-¡Tú no eres nada! Mientras tu jugabas a las princesitas y los castillos tu hermana estaba aquí conmigo preparando el frente para el futuro, reabasteciendo nuestras ciudades y entrenando a los hombres para cuando tú cumplieses tu mierda de misión. Pero en vez de eso, cuando estoy ya a las puertas de la muerte traes a esta puta ante mí sin pruebas si quiera de que es mi sobrina.
-Pero tú me ordenaste jugar a las princesitas y a los castillos, tú...
-¡A mí me hablas con respeto!
-Vos...vos me ordenasteis jugar a...
-¡Mi misión era clara! No hacía falta alargar el juego, pero claro,  te mandé a ti a cumplirla...mi hija estaba más cualificada para cumplir una misión como esa y hubiese tardado menos.
“¿Lo sabrá?”
-Mi señor, no era tan fácil...la princesa.-El rey se levantó.
-Demostrad que esa puta es mi sobrina u os mato aquí mismo, delante de mis guaridas.-No era una amenaza llevado por la ira. Lo haría.
El falso caballero no supo qué decir, la situación le estaba desbordando.
-Ella podría describiros a su padre con todo detalle ¿No es así?-Más le valía a la princesa colaborar.
-No me vale. Podrías habérselo descrito tú ¡Guardias!
-No, padre...por favor. Os juro que...
-Soy esa puta...-La princesa comenzó a caminar hacia el trono mientras los guardias agarraban a su príncipe.
-No te acerques...puta u os rebano el cuello.
-Probad a hacerlo...así no ganaréis la guerra.
-¿Cómo la voy a ganar? ¿Penetrándote?
-No...soy tan impenetrable como mi cuidad.-El falso caballero contempló cómo la princesa alzó las manos hacia su padre con las muñecas todavía rotas y por las que todavía se deslizaba sangre de las heridas abiertas en ambas palmas.
Pasaron unos segundos silenciosos. El falso caballero notó algo extraño.
-Es...es ella, tal como decían en aquel libro.-Algo había convencido a su padre repentinamente.
-Mientras yo no sufra mi reino tampoco lo hará. No permitiré que seas tú quien gane la guerra mientras ellos sigan condenados.
-No es tu reino, mocosa. Y ya está sufriendo.-Parecía respetar más a aquella puta que a su propio hijo.
-Pero lo será si es otro rey el que vence. No puedes hacer nada contra esa defensa, te conviene que colabore.
-Que equivocada estás, putita. Yo puedo hacer tan poco como tú, no tenemos control sobre tu...poder, pero si sobre tu padre teniéndote a ti aquí. Da igual que no colabores y no podamos destruir su defensa, serás nuestra prisionera hasta que el rey reaccione.
-Os equivocáis mi señor. Si vengo con ella es porque tengo un plan, destruiremos su defensa y ganaremos esta guerra.

 Se dirigía con paso ágil a los aposentos de su hermana, tenía ganas de informarla de que había completado la misión que al parecer todos dudaban que podría completar. Su padre había quedado complacido tras contarle el plan que tenía y comprobar que aquella era su sobrina. Él mismo tenía que haber destruido el escudo hace años, pero si el libro no mentía, ahora no estarían lejos de hacerlo. Había movido las piezas del tablero para que todo se dispusiera a su favor, pero el último movimiento que desestabilizaría al enemigo y lo pondría en jaque no dependía enteramente de él si no del peón y de una pieza con la que nadie había contado. En un principio el alfil había sido su mejor baza, pero cuando los había conseguido juntar, el peón se comió al alfil de su mismo color y él tuvo que actuar. Ahora solo podían esperar, una buena partida de ajedrez era larga y a veces pesada. Si no se ponía atención a las posibles futuras jugadas del adversario podía dejarte en jaque sin que siquiera te dieras cuenta, justo lo que él había hecho.

 Llegó a la habitación vigilada de su hermana. El guardia no parecía reconocer a su príncipe, pero su padre ya había dado la orden de que le dejaran caminar con libertad por el castillo. Seguía mostrándose arisco, pero tras ver con sus propios ojos el poder de la princesa que hasta ese momento ella misma desconocía, se relajó y le dio un respiro. Hasta este momento todos dudaban de la veracidad de ese libro, empezaban a pensar que esa defensa era absoluta y que no tenía nada que ver con los escritos de aquel monje. Lo que era seguro era que ese escudo existía, él había fingido dudar de la veracidad de la historia para sembrar la duda entre los propios caballeros del falso rey, había que ser estúpido para no comprender que lo que pasaba ahí se escapaba de toda lógica.

 El guardia le dijo que no era el mejor momento para acceder a las habitaciones de su hermana, el príncipe no dudó en apartarle de un empujón recordándole que él tenía los derechos de la corona y no su hermana y que algún día se arrepentiría de haberle contrariado en pos de la hija del rey. Abrió la puerta sonriente, ansioso de ver la cara que ponía su hermana...le hubiese gustado ver la cara que puso él cuando vio aquella escena. La sonrisa se borró. Allí estaba, abierta de piernas para el, gimiendo como la puta que era. Su padre tenía razón, todas las mujeres son unas putas que solo valen para follar, y su hermana no era una excepción. Para colmo le había traicionado, esa familia llevaba la traición en la sangre. Hacia años que no le veía pero sabía que el hombre que la montaba era él, que siguió follandose a su hermana aunque le había visto en el umbral. No supo qué hacer ni qué decir. Su impulso fue coger sus dos espadas y clavarle una a cada uno de ellos, pero antes de que pudiese reaccionar su hermana abrió los ojos, le vio y apartó a su jinete desnudo.

 El hombre no pudo evitar irse sobre la cama sin importarle no estar ya entre las piernas de su princesa. Había visto esos cuerpos desnudos más de una vez, jamás se imagino verlos juntos, engañándole en su ausencia.
-Hermano, ¿eres tú?-Su hermana no se molestó en taparse las vergüenzas humedecidas.
-¿Hermano? ¿Es tu hermano?-No supo decir si el rostro del que se acaba de tirar a su hermana era de terror o de alegría.
El hermano no respondía, no podía. Cuando tenía solo nueve años su hermana le acusó de no ser un hombre y le instó a probar el cuerpo de una mujer. Se desnudó sin importarle que fuese su hermano pequeño. Él sintió curiosidad pero su miembro no respondió en ningún momento. Ella le había quitado la ropa también y le había intentado estimular el pequeño miembro chupándoselo, pero no recibió respuesta alguna. Al final se abrió de piernas sobre la cama y le animó a meterle los dedos. Le dijo que su conejito estaba prohibido para él, pero que ahí estaba la gracia, le excitaba el riesgo, lo prohibido. Así fue como lo llamó ella, la madriguera prohibida en la que su triste caballito no podía meterse. Recordó como se humedeció cuando le metió los dedos y como gemía contenidamente para no alertar a los guardias de su padre. El caballo dio alguna coz, pero no llegó a encabritarse para poder abrirse hueco entre el pelaje oscuro del conejo. No se había excitado pero se había divertido, por lo que los hermanos repitieron sus juegos sexuales a escondidas, una vez incluso el juego le excitó a él y se la metió, pero jamás le excitó ella.

 Con ocho años se había enamorado de una persona más inaccesible que su hermana...un chico del valle de las lágrimas un poco más mayor que él con el que se había estrenado. Ese día sí se le endureció y disfrutó más en esa cueva que en cualquier madriguera. Lo hicieron a escondidas en aquel valle incontables veces mientras, para juguetear, otras veces se dedicaba a meterle los dedos a su hermana. Algunas veces ella le había preguntado qué sentía cuando un chico se follaba a otro chico, qué juegos practicaban en la cama aprovechando los dos miembros y cómo era posible que no sintiese nada por ninguna mujer. Otras veces hablaban sobre qué pasaría si su padre se enteraba de aquello o si cuando fuese rey permitiría las relaciones con personas del mismo sexo.

 En ese momento todo aquello daba igual. Le habían abofeteado como parte de una venganza por jugar a dos bandas en el pasado. El hombre con el que tantas veces se había metido en la cama follándose a la hermana con la que había jugado incontables veces antes de su marcha. Aprovecharon su ausencia para hacerse todo lo que habían aprendido con él. Durante veinte años el amor hacia ese joven le había impulsado a seguir para volver algún día a su hogar con la gloria y un futuro asegurado junto a él, lo que menos esperaba era encontrárselo sustituyendo su caballo por el conejo de su hermana.
-Lo siento...de haber sabido que volvías.-Él sí se molestó en taparse con las sábanas.
-Vamos hombre, no te enfades, no íbamos a estar veinte años sin follar, seguro que tú también te has dado algún capricho en estos veinte años.-Su hermana tan descarada como siempre.
-Además...a mí me gustan las mujeres, para mí fue una etapa, solo eso, ahora quiero a tu hermana...lo siento.
-Bueno, follamos sin más. Tampoco hay amor, que no te engañe.-Su hermana tuvo el descaro de sonreír.

 Tras las explicaciones vacuas el príncipe se giró y abandonó la sala. No quería llorar, su hermana volvería a llamarle mujer...tampoco podía mostrar su ira, pues se desvelaría su condición sexual y el guardia, que esperaba no hubiese escuchado nada, no tardaría en informar a su padre. Aunque podía matarle a él por tirarse a su hermana, la verdadera princesa del reino. ¿A quién quería engañar? No podía matar a la única persona a la que había amado de verdad...ahora era todo un hombre, mucho más atractivo de lo que era antes, sería un delito destrozarle el cuerpo, pero la rabia que sentía...Para colmo su hermana podía hacer lo que le viniese en gana en el castillo y meter a cualquiera en sus habitaciones, algo que él jamás podría haber hecho y menos con una persona de su mismo sexo. Golpeó la pared sin hacer caso al guardia que le observaba confundido y se fue con paso aún más ágil que el que traía.


 Traicionado por su sangre, engañado por su amor, humillado por su rey...no iba a permitir más golpes a su orgullo. Él había recolocado las piezas en el tablero, podía volver a hacerlo fácilmente. Solo tenía que seguir con su plan, utilizar a su peón para destruir la defensa absoluta y después realizar un doble jaque mate. La pieza del rey era la que más lentamente se movía, junto a él sería fácil realizar un movimiento inesperado rompiendo las reglas de la partida. Tendría su gloria, pero no la compartiría, empezaría de cero. Su peón, ya sin heridas, se mantenía aislado en una celda fría y oscura bajo el volcán. A pesar de estar presa no tenía miedo alguno, parecía esperar pacientemente allí acuclillada, tan pacientemente como esperaría él acomodado en sus aposentos.
-¿Era sincero tu amor hacia ese mercenario?-Fue lo primero que dijo cuando la vio.
-No era simple amor, nunca lo entenderías.
-Ya no...-El falso caballero tuvo que apretar otra vez los puños para no gritar maldiciendo a su familia-.Sabes que vendrá.
-No deja ninguna misión por cumplir y como tú dijiste, tarde o temprano sabrá cual es mi situación.
-¿Le matarás?
-Sí.-No dudó en su respuesta.
-¿Incluso si te salva?
-No le traicionaré, no lo haré por la espalda, será un duelo justo.
-Y cuando vuestro duelo termine la balanza se inclinará hacia un lado.
-¿Crees que si me mata él la defensa caerá?
-Solo sé que me estoy jugando mucho y que todo depende de ti...prima. Tendré que asegurar mis movimientos para que todo salga según mis nuevos planes.
-¿Nuevos planes?
-Nuevos planes que me convertirán automáticamente en el rey.-El príncipe sonrió.
-Aunque sonrías igual que él no te pareces en nada.
-Una pena, todo hubiese sido más fácil, pero no intento parecerme a él, siempre he sido así. Tu mercenario y yo nos parecemos más de lo que piensas, ambos luchamos por nuestro beneficio impulsados por amor.
-Tú solo buscas la gloria.
-Y tu mercenario el dinero, pero tras toda búsqueda hay algo que la ha impulsado y algo que la mueve a continuar, no juzguéis a la ligera, pues mi gloria será la de vuestro pueblo.
-Así que lo de convertirte tú en el rey va en serio ¿No os cansáis? Traiciones y barbaridades solo por un trono que ninguno sabéis utilizar.
-Yo he sido traicionado, querida. Solo impartiré justicia, usaré el trono como nuestros padres no supieron y traeré de vuelta la vida y la prosperidad a esa gente por la que te lamentabas.
-¿He de confiar en un hombre que le mete mano a su propia prima?
-Solo inspeccionaba a mi peón, ya te lo dije.
-Curiosa forma de inspeccionar a un peón de guerra.
-En las guerras se han de tener en cuenta más cosas. Esta guerra no la iniciaron las espadas al fin y al cabo.
-¿Qué si no?-La princesa parecía interesada por saber más sobre esa partida de ajedrez eterna.
-Lo mismo que va a terminar con ella. El amor.


 La primera imagen pertenece al usuario de deviantart venlian:  http://venlian.deviantart.com/art/Icy-Blood-425752894

La segunda imagen pertenece al usuario de deviantart noahbradley: http://noahbradley.deviantart.com/art/Blind-Faith-171425233

sábado, 18 de enero de 2014

Corazón Impenetrable(VII)





 ACTO VII
     MISTERIOSO CONTRATISTA






Nunca prestaba demasiada atención a la comida en mal estado que le servían, nunca desde aquel primer día que comenzó su espera hacía ya algunas semanas. Se limitaba a juguetear con ella sin quitarle ojo a la entrada del lugar, no lo hacía por el hedor que desprendía la escasa porción que le correspondía o por los insectos que caminaban por el plato con más entusiasmo que lo hacían por las heces, simplemente no tenía apetito. Tampoco bebía alcohol, nunca lo hacía en exceso, pero en todo el tiempo que llevaba en ese sucio lugar solo había probado la justa agua para sobrevivir día a día. Debía mantenerse atento, por lo que aplacar los nervios con vino o cerveza no era una buena idea, peor era la idea de probar vino o cerveza de aquel lugar, incluso a veces dudaba si beber agua. En más de una ocasión terminó vomitando lo poco que podía vomitar un estomago vacío como el suyo. Las escasas veces que se llevaba a la boca la asquerosidad que tenía sobre la mesa y que solo un muerto de hambre podría llamar comida, lo hacía para mantenerse con fuerzas.

Todos los días nada más levantarse se ponía la misma ropa de siempre, se sentaba donde siempre, pedía lo de siempre, miraba donde siempre y esperaba como siempre. Era un hombre muy paciente, tanto que había aguantado en aquel lugar durante muchos años; unas semanas en esa cuadra humana no le serían demasiadas. Había gastado más monedas de las que le hubiese gustado, pocas de bronce y ninguna de plata, pero muchas de oro, había sido necesario... o eso esperaba. No le importaría volver a esperar años mientras el momento llegase y su dinero invertido se materializase en lo que había solicitado. En aquel lugar, rodeado de inmundicia escandalosa que solo tenían ojos para su mugriento ombligo, pasaba desapercibido. Su rostro bajo la capucha parecía estar en tan mal estado como aquella comida, lo poco que se le veía de él entre las sombras era pálido, cubierto por pelo sin afeitar desde hacía más días de lo que estaba acostumbrado, que rodeaba unos labios secos y agrietados junto a los que se encontraban unos pómulos marcados por la mandíbula que se dejaba ver cada vez con más prominencia debido la falta de alimento.

Daba igual que no se moviese de ese sitio y apenas cambiase de postura, no era un tipo importante. Nadie lo era allí. Nadie lo fue hasta ese mismo día. Si bien es cierto que nunca prestaba atención a la comida, en ese momento con más motivo que nunca ni siquiera jugueteó con ella. De hecho no prestó atención a nada. No escuchó el jaleo del exterior, más allá de los gritos de aquella taberna, no contempló las armaduras de dos hombres que atravesaban el umbral sin puerta, no observó al hombre que tenía parte de su oro, solo tenía ojos para ella, la mujer que...no, no era una mujer, era una niña. Lo pudo ver en sus ojos, en su triste y atemorizada mirada, aunque también vio algo diferente que no reconoció, tal vez en sus andares, tal vez era por la ropa. Fuese como fuese era una niña, siempre lo había sido y en ese momento más que nunca, arrancada de su hogar, expuesta a la crueldad exterior, y él había sido el causante. Tal vez hubiese cometido un error llevado por el egoísmo.

Se mantuvo inmóvil, le hubiese gustado decir que pensando con frialdad lo que debía hacer, pero su mente se había bloqueado, su estomago cerrado y su esfínter aflojado. Su estomago rugía como el león que creía haber sido toda su vida. Un noble león cubierto de una cuidada melena que imponía respeto y de la que cada vez quedaba menos. Esa melena ahora estaba sucia y rala, y apenas se dejaba ver bajo la tela de la capucha. Y su valentía...bueno, nunca había sido valiente, solo un hombre que se escondía cobardemente entre cortesía y un honor que cada vez costaba más mantener. La niña miraba perdida hacia todos lados, pero para sus ojos, al igual que para los de toda esa gente, pasaba desapercibido. Igual de desapercibido que había pasado todos esos años. No sabía si simplemente observaba algo a lo que no estaba acostumbrada o le estaba buscando. No avanzaba, por lo que miró a la persona que había entrado junto a ella, era aquel hombre que se ganaba la vida deshonrosamente con el dinero como único fin en la vida. Cuando quiso darse cuenta le estaba señalando con las manos atadas mientras hablaba con su niña. Entonces los vio.

Un hombre de avanzada edad más corpulento de lo que se podría esperar junto a un joven de pelo largo recogido en una coleta, ambos con la misma armadura, avanzando hacia él y solo uno de ellos acercando su mano a la empuñadura de la espada que colgaba de su cinto. Se olvidó de los nervios, de la niña, del contrato y de su plan; su hombre había fracasado. No se movió como no se había movido en semanas, en años. Se mantuvo a la espera, fijando la mirada en los dos hombres, calculando los movimientos con cuidado. Cuando se abrían paso entre los borrachos blasfemantes comenzó a acercar su mano derecha al puño de la espada que siempre apoyaba en su regazo guardada en su funda, mientras con la izquierda comenzaba a sujetar la vaina para poder extraer de ella el arma. Sabía qué iba a pasar, sabía quien sería el primero en atacar, se tenía que centrar en él. Se fijó en sus impacientes y despreocupados andares y en el brillo entre tanta oscuridad del filo de la espada que comenzaba a mostrar.

Se preguntaba si le habían reconocido, si sabían a quien se iban a enfrentar, si eran conscientes de lo que iban a hacer. Estaba desentrenado, sin demasiada energía y con ninguna gana de luchar contra ellos dos, pero no podía permitirse morir allí, no ahora. Tenía lo que tanto había ansiado para él solo, por fin tendría una vida que él manejaría construida únicamente por su esfuerzo en la que él recogería los frutos. Aunque habían sido otras manos las que le habían llevado las semillas, él solo puso el dinero. Los tenía ya encima, solo esperaba el momento, un movimiento. Las gotas de sudor comenzaron a caerle por la frente y a mojar la capucha, movió los dedos entre la empuñadura y deseo deslizar la lengua por la boca para humedecérsela, pero cara a sus rivales quería mostrarse inmóvil.

Lo primero que cruzaron no fue el acero sino las palabras, palabras que como esperaba pronunciaron los labios del más anciano. Le escuchó sin apartar la mirada de su compañero, ni su mano del arma que apoyaba en sus temblorosas rodillas. No tenía miedo, o eso quería creer; no se sentía débil, o eso le gustaría poder decir; pero sus piernas comenzaban a descontrolarse en el momento más inoportuno. El león parecía un cachorro frente a dos verdaderos leones hambrientos de su misma manada, una manada que había abandonado y que servía a un rey al que había robado su bien más preciado.

-¿Sois vos la persona que contrató a aquel hombre?-El anciano intentaba descubrir el rostro bajo el manto de oscuridad que envolvía parte de su cara mientras señalaba al hombre de las manos atadas.

No deseaba contestar, pues no sabía qué decir. Mentir no llevaría a ningún lado y alargar el inevitable combate no ayudaría en nada, debía actuar.
-Al igual que vosotros sois las personas que envía el rey.-Es lo único que supo contestar. 

-Quitaros la capucha.-No fue una petición.
-Sabéis quien soy.
-Queremos comprobarlo.
-Entonces guardad vuestra arma.-Pidió al caballero más joven.

-Haced lo mismo con la vuestra.-Respondió el joven de la coleta señalando con la mirada su regazo.
El encapuchado hizo casó y dejó caer el arma envainada al suelo. El ruido no llamó a nadie la atención. Si alguno de sus interlocutores atacaban con su espada ya estaba preparado para agacharse y empuñarla de nuevo. Para su sorpresa, el de pelo oscuro también la guardó.
-Ahora queremos ver vuestro rostro.-Insistió el anciano pacientemente.

El encapuchado miró a la niña que había comprado y a su acompañante, no sabía si ella conocía su identidad, desde luego en el contrato ponía que su identidad se mantendría en secreto, quería evitar problemas antes de que ella llegase. Las piernas dejaron de temblar, sus brazos se alzaron y sus manos agarraron la capucha que se deslizó hacía atrás dejando ver el rostro por completo. Tras la capucha apareció una mirada seria, cercana a la tristeza, mechones de pelo antaño limpio, más oscuro y cuidado deslizándose por su frente y un rostro macilento que parecían recordar con asombro. Ambos caballeros se miraron.
-Así que finalmente era él.-El moreno de la coleta no pudo contener una sonrisa picarona.
-Tal vez debiera dejar que me arrestéis, he fallado mi misión. Pero no puedo fallarle a ella, no después de llegar hasta aquí.-El hombre ya sin capucha parecía arrepentido, ni siquiera cuando hablaba sobre ella se mostraba con fuerzas.
-¿Dónde quedó vuestro honor?-Era de esperar que el anciano le juzgase.
-¿Dónde quedó el vuestro aquella noche?-Siguió sin moverse cuando pronunció la pregunta.
El anciano apretó los labios mientras su compañero le observaba con más seriedad de la que había mostrado hasta ahora.
-Yo no os juzgo por lo que habéis hecho, sino por cómo lo habéis hecho.-Le respondió el ofendido caballero.
-Lo hice de la forma menos arriesgada para ella.-En ese momento el arrepentimiento desapareció.
-Dejándola a merced de un mercenario sin escrúpulos.-Intervino de nuevo el más joven de los tres.
-Un reconocido y habilidoso mercenario ligado a un contrato. No había porque temer. Lo planeamos todo antes de que partiese a la ciudad impenetrable. Yo no arriesgo mi honor y su vida si no juego sobre seguro.
-Nosotros tampoco, por eso hemos venido hasta aquí.-El anciano se sentó en la mesa mientras su compañero, que no quitaba ojo a sus otros dos acompañantes, les hizo una seña para que se acercaran.
El corazón comenzó a latirle con fuerza. El sudor volvió con más intensidad, las rodillas volvían a temblar ligeramente, la boca parecía un pozo de esa ciudad empobrecida y sus ojos no sabían hacía donde mirar.
-Aquí está vuestra mercancía solicitada.-Dijo el hombre al que había contratado señalando con las manos todavía atadas a la niña que no se atrevía a mirar, como si no hubiese sucedido nada-.Me hubiese gustado poder entregárosla sin percances y sin que os convirtieseis en un preso más. Al igual que me hubiese gustado que me informaseis de que no iba a salvar a la princesa sino al dragón que la custodiaba, tiene carácter.-Se permitió sonreír en un momento como ese

El mercenario al que había contratado no había perdido su molesto humor, pero sí parecía haber perdido la vista, pues todavía no tenía las manos atadas al contrario que él. Prefirió no decirle nada y mantenerse prudente. Estaba demasiado nervioso como para hablar con su niña delante, que le miraba mostrando cierta sorpresa. Esperaba que hubiese hablado, se hubiese quejado e incluso gritado, pero esa niña ya no parecía la misma.

-No hemos venido aquí para hacerle nuestro preso.-Nadie se esperaba esa frase excepto el compañero del caballero canoso.
-Matarle, entonces...supongo.-Apostó despreocupadamente el mercenario.
-Nada de eso. Solo queremos hablar...y ayudar.-El anciano le miraba fijamente, a veces le gustaba bromear y era muy perspicaz, pero nunca jugaba con el engaño.
-¿En qué exactamente?-No sabía si mostrarse exaltado o preocupado.

-Os vendría bien saber que vuestra apuesta no era tan segura. Si no hubiese sido por nosotros vuestro mercenario hubiese fracasado dejando la mercancía a medio camino ¿No es así amigo?-El joven caballero se divertía mucho con todo eso.
-Siempre tan puntilloso y dispuesto a humillarme, pero tan acertado que no puedo llevaros la contraria. Matar caballeros de la Guardia Real es agotador, lo reconozco, a partir del cuarto me fallaron las fuerzas.-Caballero y mercenario sonrieron como si jugasen al mismo juego, al anciano y al contratista no les hacía tanta gracia y la niña ni siquiera escuchaba, le estaba mirando, y eso le ponía muy nervioso.
-En efecto nos envía el rey, pero no para arrestaros o mataros, nos envía a por el mercenario y la princesa que secuestró y que nosotros debíamos proteger.-Prosiguió el anciano
-¿Renunciaréis también a arrestarme o matarme si me niego a que os la llevéis de nuevo a esa torre?-El contratista no quería mirarla, después de tanto tiempo esperando no tenía valor.
-Eso es lo que deberíamos hacer, pero os dejaremos...a ambos.-Cada vez que el anciano hablaba era para sorprender a sus presos.
-¿Con que fin?-El contratista quería fiarse, pero ya no se fiaba ni siquiera de si mismo y menos desde aquella noche en la que se marchó sin escuchar su voz interior.
-Con ninguno más que el que vosotros queráis buscar. Sois un buen amigo.-Inclinó ligeramente su cabeza cubierta de pelo grisáceo mientras su compañero afirmaba sonriendo como nunca le había visto sonreír.

-Soy un traidor que ha deshonrado a la Guardia Real, al rey...y a mi princesa.-Esta vez sí la miró, pero no obtuvo ninguna respuesta de sus labios, no se mostraba ni enfadada ni asustada, ni siquiera sorprendida o confundida como le había parecido hacía tan solo un momento..
-Sois más que un caballero de la Guardia Real, valéis más que cualquiera de nosotros, cabrones que se han dejado llevar por la locura del rey.
-¿Lo de cabrones no será por mí?-Bromeó su compañero de la coleta.
-Pero vosotros...-El contratista no tenía palabras ni de agradecimiento ni de reproche.
-...vosotros me engañasteis.-Intervino el mercenario.
-Teníamos que asegurarnos de que el contratista era él, de lo contrario la información en tu poder podría jugar en nuestra contra.
-¿Creíais que iría a contarle a vuestro rey, el mismo rey que me quiere muerto, el plan que teníais? -Todo eso le parecía absurdo.
-Se trataba simplemente de tener precaución, nada más. Ahora que sabemos que él es el contratista, tal y como pensábamos, podemos dejar que la princesa se vaya con él.
-Grac...

-¡No!-Gritó la niña secuestrada levantándose antes de que el contratista pudiese agradecer la compasión de su antiguo compañero. Esa era su niña-.¿Quién me pregunta a mí lo que quiero? ¿Por qué todos os empeñáis en decidir por mí?-Había muchas posibilidades de que la princesa reaccionase así.
-Alteza-el contratista pronunció la palabra en un susurro-,solo busco lo mejor para vos.
-Soy una puta mercancía. Lo tenía asumido, pero que seas tú quien me haya convertido en eso...el caballero todo cortesía y amor.
-Lo siento milady, no quería ofenderos.
-¿Pensabas que nada más verte gritaría de felicidad mientras me abría de piernas? Tal vez pensaste en meterme entre ellas algunas de las monedas que usaste para comprarme y que no rechistase mientras te deleitabas con lo que llevas años pudiendo solo contemplar.
-Sabéis que para mí eso no es importante, solo quería...
-Princesa.-El mercenario pronunció la palabra más alto de lo que debería, pero solo un par de hombres, que no tardarían en estar borrachos, se giraron sin dar mucha importancia a lo que veían, ni siquiera prestaron atención cuando la princesa se había levantado de su sitio elevando la voz-.Recordad lo que habíamos hablado-.La princesa miró a su secuestrador, se calló y se sentó, parecían tener más complicidad de lo que al contratista le hubiese gustado.
-¿Qué habéis hablado?-El contratista sabía que no debía preguntarlo, pero al fin y al cabo el mercenario estaba siendo pagado con su dinero.
-Que yo recuerde en el contrato no ponía nada de desvelar los secretos que tenga con la mercancía solicitada.-Odiaba esa sonrisa que tanto mostraba al terminar sus frases.
-Ni yo recuerdo que pusiese que tendría que pagarte la otra mitad si eran otras personas quienes me la traían sana y salva.-El maleducado mercenario le obligaba a ser descortés, al fin y al cabo sí tenía pensado pagarte.

-Os advierto que me pagaréis con oro o sangre, vos decidís.
-Os he permitido muchas insolencias, pero ni una amenaza más al que es mucho más que un compañero de la guardia.-Amenazó al mercenario su antiguo compañero de pelo corto y gris.
-No son insolencias, son matizaciones de contrato, ya sabéis que en estos casos cualquier detallito crea conflictos. Ya os habéis metido demasiado en medio...Por cierto, un resumen de lo que ha pasado por vuestra cabeza para montar este teatrillo sin espectáculo final dejaría todo mucho más claro a los espectadores que considero somos-bajó la voz-, la princesa y yo.
-¿Espectadores? Sois actores que habéis interpretado muy bien vuestro papel.-Continuó con el símil teatral el de la coleta-.Cuando secuestrasteis a la princesa, tras comprobar que el diario de nuestro compañero prófugo había desaparecido-dijo señalando al contratista,-y que curiosamente llegasteis en el momento justo para sustituirle, el rey, y la verdad es que todos nosotros, intuimos que había sido él quien os había contratado. El rey nos mandó en grupos de dos para daros caza, se ve que no confiaba plenamente en nuestras capacidades.
-Muy sabio vuestro rey.-Interrumpió el relato el mercenario.
-Mi fiel compañero y yo éramos buenos amigos del traidor, estábamos hastiados en esa ciudad y ciertamente indignados con la forma de gobernar de su rey. Hizo falta que él diese el primer y arriesgado paso para que nosotros nos desvinculásemos de ese lugar. Decidimos que si os cogíamos os obligaríamos a llevarnos ante el contratista con el fin de arrestarle. Como ya te dijo mi compañero, si os decíamos la verdad sin asegurarnos de que él era el contratista corríamos el riesgo de que nuestra traición fuese en vano y estuviese en labios de un mercenario sin honor alguno.
-No me habléis de honor, leí el diario de vuestro querido compañero.
-Cierto. ¿Dónde está mi diario? Os dije que os pagaría un dinero extra si me lo traíais de vuelta y que en él encontraríais información sobre vuestros futuros enemigos, además de sobre mí.
-Y me vino mejor de lo que os podéis imaginar, pero me temo que ardió.-Le anunció sin tacto alguno.
-Junto a un montón de cadáveres entre los que él podía haber estado perfectamente.-Puntualizó el caballero joven.

Todas sus vivencias, sus grandes recuerdos, sus sentimientos reflejados en aquel papel se habían esfumado. La miró de nuevo sintiendo arrepentimiento ¿tan mal había hecho las cosas?
-Así que escribíais sobre nosotros.-El anciano sonrió levemente.
-Me temo que sí, ese diario era mi gran confidente, en él reposaba parte de mi alma.-De nuevo dirigió una mirada a la princesa que permanecía todo lo tranquila que podía.
-Esa otra mitad de alma vuestra tiene más de bardo que de caballero, desperdiciasteis vuestra vida en aquella torre. Hubiese sido más productivo dedicaros la vida tocando el laúd mientras componíais canciones de amor persiguiendo a la primera bella dama que pasase por delante para cautivaros el corazón, tal vez así hubieseis follado más y no seríais tan agrio.-Se burló el mercenario. El contratista prefirió no responder a tal tontería de infante.
-Jamás escribí nada malo sobre vosotros dos...sois los únicos amigos con los que se podía contar, pero demasiado leales al rey como para cumplir vuestra misión de matar al hombre que pidió secuestrar a nuestra princesa, por ello me preparé para combatir con ambos y por ello me habéis sorprendido.

-Vos también nos habéis sorprendido, erais el más leal y honorable de todos nosotros.
-Y el que más amaba a la princesa, no cuento a los que se la querían tirar.-El caballero de la coleta hablaba como si la princesa no estuviese allí con ellos.

El contratista se puso nervioso, no supo que decir...de nuevo. Toda su vida había luchado contra si mismo para no dejarse arrastrar por el amor que sentía por la princesa, pero al final se había dejado llevar, había incumplido su misión solo por amor y había arrastrado con él a sus compañeros. Se produjo un silencio incomodo, incomodidad que los que más sufrieron fueron la princesa y el contratista.
-Vistos de esta manera hasta parecéis caballeros como los de las leyendas y los cuentos...honor, lealtad, amistad, amor. Por un momento hasta me conmuevo, entonces he recordado que por un lado vos mentís, pues en el diario sí pusisteis cosas comprometidas de, por lo menos, uno de los aquí presentes, y por el otro, vos-señaló al anciano,-huís de una ciudad de la que habéis formado parte en toda su locura y barbarie, y es que una de las cosas que tu...amiguito reflejaba en el diario, era la violación de una mujer ¡Uy! Estos caballeros nos han salido tan rana como a los que nos hemos tenido que cargar viniendo hacia aquí.
-¡Jamás hablé mal! Conté lo que me contó y me mostré preocupado por lo que esta ciudad nos hacía. Todos tenemos necesidades y fantasías irrefrenables y él se responsabilizó después de lo que hizo. Soltadle ya y que se vaya, no pensé que por ser mercenario había que mostrarse tan rastrero.-El contratista le miró con desprecio.
-¿¡Yo!? ¿Yo rastrero? Ja,ja,ja,ja. Sí por supuesto, pero tanto como vosotros, que ocultáis vuestras miserias en un manto de...-sin siquiera mirarle, el caballero canoso le agarró de la solapa manteniéndose sentado.
-No tenéis ni puta idea de lo que hemos pasado. No os atreváis a juzgarme cuando yo no lo he hecho con vos.
-No os juzgo, os retrato. Vamos, que estamos entre amigos, no estropeemos esta bonita reunión. Yo ahora cobro, me soltáis, me largo y aquí no ha pasado nada.-El anciano le soltó la andrajosa y agujereada ropa de campesino.
-¿Por qué contratasteis a este payaso?-Quiso saber el caballero del pelo recogido sin dejar de sonreir de la misma forma estúpida que el mercenario.
-Algunos hablaban bien de él por aquí, fue un mercenario muy reconocido antaño, sabe pasar desapercibido, me demostró que era bueno con la espada y hábil con la mente. Trazamos un plan que había comenzado antes de irme de la ciudad con un par de niños que actuarían en el momento preciso, pues calculé también que día debía alojarse allí para que coincidiese con el rey el único día que saliese del castillo para rezar y conseguí interceptar al mercader que debía ir con el pescado solicitado por el rey de la red de contratistas. Le di lo que le hacía falta para pasarse por uno de ellos, incluso un documento falsificado que justificaba el cambio de mercader aprobado por el rey.
-Documento que perdí cazando, pero improvisé para que los competentes guardias de la puerta me dejasen pasar sin necesidad de molestar a su rey. Por eso gobernar bajo la sombra del temor no siempre es buena idea.
-Le consideraba más eficaz, de hecho tardó más de lo que esperaba, pero bien es verdad que no le puse plazo alguno de entrega, era una misión delicada que requería tiempo.
-El rey cometió imprudencias propias de un rey que lleva tantos años sin sobresaltos, pero tampoco era tan fácil ganarse su total confianza. Tuve que asesinar a una criada y creedme, no me hizo ninguna gracia.

-Conté con ello, lo había planeado, de hecho por algo lo puse en el diario.
-No a esa, esa le pasó el muerto a una compañera más joven. Aunque si os complace saberlo, la vieja fue asesinada por la princesa, que también mato a uno de vuestros compañeros, el pelirrojo. El resto, por si os interesa, también están muertos.

¿La princesa? Era impulsiva, pero jamás la vio capaz de matar a alguien. No se equivocaba cuando escribía sobre la locura que envolvía la ciudad impenetrable. Su pequeña no debía tener las manos manchadas de sangre...lo peor es que había sido por su culpa. ¿Habría leído los libros que la había dejado? En especial le interesaba el que quería que leyese y que ella misma algún día buscaría. Prefería tratar ese tema en privado, si no lo sacaba el charlatán mercenario.

-¿Sabéis? Os admiro.-No tuvo reparo en reconocer el caballero de la coleta-.Sois nuestro preso, estáis a punto de conseguir la libertad y vuestro dinero y aún así os permitís decir lo que os da la gana. No sé si sois estúpido o simplemente os aburrís.

-Unos estúpidos me aburren, simplemente eso-sonrió-. Bueno, ya podemos dejarlo, ha quedado todo bastante claro: un caballero enamorado de una princesa contrata a un mercenario hábil en su trabajo para sacar a la princesa de su cautiverio matando a los malvados caballeros que la custodian y devolviéndola a su caballero andante para que vivan felices, mientras dos de los temibles caballeros que les perseguían se redimen, les ayudan y se marchan lejos de aquel horrible lugar para vivir una nueva vida. Fijaos, dicho así sí que parece un cuento.-Le dijo a la princesa-.Ahora yo cobro el resto de mis servicios y vosotros seguís con vuestro cuento de hadas, si no es molestia.

El contratista se fijo en como la princesa no le quitaba ojo al mercenario mientras hablaba, parecía preocupada. Miró al mercenario frunciendo el ceño más de lo acostumbrado y buscó el saco de monedas que siempre llevaba encima.
-Aquí tenéis la otra parte como os prometí, a pesar de que habéis necesitado ayuda y casi fracasáis.
-Una misión sin contratiempos es como un caballero sin lealtad ¡Uy! mal ejemplo.
-Desatadle ya y dejad que se vaya.-El contratista no le aguantaba más.
-¿A dónde marcharéis?-Preguntó de repente la princesa. Pregunta que extrañó a los allí presentes, a todos menos al mercenario que, por supuesto, sonrió.
-A ningún sitió al que no me lleve mi corazón, que apunta a lo más alto, en lo más profundo, aguardando para cumplir una última misión.-Todos se quedaron callados, la princesa parecía pensativa, el mercenario no solo sonrió, también la guiñó un ojo y, ya con las manos desatadas y el dinero en ellas, se marchó.

¿No era él quién tenía alma de bardo? ¿Qué le había dado para ponerse tan poético antes de marcharse? ¿Sería una despedida burlona o era más que una mofa irónica? Con ese hombre nunca se sabía, pero al menos ya lo había perdido de vista. Se alegraba de volver a estar con sus dos amigos...y su princesa, tan seria como en aquella torre, pero más tranquila.
-Espero que ese bufón no os haya dado demasiados problemas.

-No tantos como en un principio esperamos.-Explicó el anciano-.De hecho fue bastante dócil y coherente.
-Es un gilipollas, pero un gilipollas de los buenos, no os creáis.-El joven de la coleta sonreía mientras miraba al mercenario alejarse de la concurrida taberna.
Tras un silencio que no duró demasiado, en el que nadie sabía muy bien hacia donde mirar o qué decir, el contratista les pidió disculpas.
-No pensé en vosotros, diría que ni siquiera pensé en mí, no sé muy bien lo que pensé. Ese mercenario podría haberos matado igual que mató a los otros.
-Ya lo habíamos hablado muchas veces, no éramos caballeros para eso. Si no me fui antes fue porque no sabía a donde ir, lo único que me quedaba era la lealtad al rey, lealtad que no estaba orgulloso de mantener. Yo también sufría por el estado de la princesa, y ni siquiera yo, el más veterano de los caballeros, podía razonar con él sobre ese tema. Estaba obsesionado con mantenerla en aquella torre.-El anciano miró de reojo a la callada niña.

-Si os soy sincero-intervino el joven caballero-, yo también pensé en más de una ocasión en salir de allí. Me hubiese gustado matar con mis propias manos al desorejado o al caballero de los destellos, pero supongo que me conformé con seguir entrenando en el patio con el pelirrojo. Me caía bien, pero estaba más degenerado de lo que jamás pensé.
-Todos sufrimos una degeneración allí. Recuerdo que cuando comenzó a servir al rey el rojo de su pelo no era tan intenso. Tal vez sea un recuerdo difuso, pero es como si cuanto más se ensuciase con sangre las manos más rojo se volviese. Ese chico era normal cuando llegó, tenía sus perversiones sexuales, como muchos, pero penetrar un cadáver...-El anciano desaprobaba la actitud negando con la cabeza mientras miraba a las moscas del plato.
-Nos debilitamos allí metidos, encerrados en nosotros mismos, sin nada que hacer, con un rey que en realidad no nos necesitaba, con una ciudad que él mismo despreciaba desde aquel día en el que intentaron salir al exterior cansados de que el rey solo pensase en sus comodidades tras las puertas del palacio. Fue el único día que nos necesito ¿recordáis? Matamos a más gente de la que nos hubiese gustado. Nos ordenó matar a niños que intentaban huir hacia las murallas mientras sus madres se dejaban ensartar por nuestras espadas. Fue inhumano e innecesario. ¿Por qué no dejar salir al mundo exterior a la gente de la ciudad?
-Estaba loco, un loco muy bien defendido por una defensa absoluta que ni siquiera nosotros comprendemos.


Al decir esto, el contratista se quedó callado mirando a los insectos, más moscas que otra cosa. Nervioso de nuevo, las contó. Eran siete moscas, como siete caballeros fueron. El plato de comida era la princesa entorno a los que todos revoloteaban. Algunas eran tan osadas de posarse en ella y juguetear con un trocito, otras simplemente observaban mientras volaban en pequeños círculos y otras incluso defecaban en el mismo sitio que la probaban. Cuatro de esas moscas eran más grandes que las otras tres, por lo que seguramente morirían en poco tiempo, aunque las demás tampoco dispondrían de muchos más días de vida. Cuando pereciesen, la comida tal vez diese de comer a otras moscas en otro lugar...no permitiría que le pasase eso a su niña.
El caballero de la coleta decidió interrumpir el extraño silencio.
-Ese día el desorejado fue en el que perdió media oreja, lo peor es que se la arrancó de un mordisco un borracho. Solo por eso la matanza mereció la pena.-No había sido un comentario afortunado, pero suficiente para mantener la fluidez de la conversación.
-Hubo otra revuelta, aunque de menores dimensiones, un año después. Ni siquiera hicimos falta nosotros, los guardias de la ciudad se bastaron solos, pero a partir de ese año jamás pasó nada parecido. Hubo intentos de huida muy concretos, y todos los prófugos acabaron calcinados. Como si algo les hubiese quemado al cruzar la puerta. ¿Vos no...?
-Sentí un extraño calor al huir, cierto, pero evidentemente no me quemé. Al fin y al cabo éramos los únicos con cierto privilegios...
-Era como si la ciudad estuviese viva...-El anciano no dejaba de mirar al contratista-.Vos sabéis algo que nosotros no sabemos ¿verdad? Poco después de que el mercenario llegase ocurrió el incidente de los libros, y está lo de la criada.
-Cierto. Yo tenía varios libros sin el permiso de nuestro rey.-El contratista miraba al joven de la coleta mientras hablaba-.Libros de geografía, literatura o historia. Ya sabéis que el rey no quería que...ella leyese ciertos libros, cierta información sobre la guerra del pasado, sobre su tío, no quería que supiese que la ciudad estaba protegida no por tratados de paz, sino por...por...por algo desconocido, algo que necesitábamos para evitar mantenernos en jaque, algo que podría hacer a la princesa preguntarse cosas y salir de allí.
-Algo que vos conocéis. Hay muchos libros de historia, el rey no quería ninguno, cierto, pero había uno especial que ya de por si era difícil de encontrar, solo algunas bibliotecas lo tenían, solo algunos eruditos lo poseyeron y solo algunos viejos como yo lo recordamos con claridad, aunque nunca lo tuve en mis manos. Lo escribió un monje alquimista que se dedicó media vida en desentrañar muchos de los misterios que envuelven nuestro mundo. Algo descubrió sobre nuestra...aquella ciudad. La bautizada ciudad impenetrable. Algo que vos leísteis. Era ese libro el que le disteis a la princesa ¿Me equivoco?
-No...-El caballero era incapaz de mentir al amigo al que estuvo a punto de matar hace escasos minutos.
-Puedo suponer que lo leísteis.
-No...no en mucho tiempo. No sé si por temor o respeto, pero ni siquiera lo abrí. Pero al final la ignorancia siempre lucha por morir, aún sabiendo que puede ser una muerte dolorosa para recibir al tortuoso conocimiento, dispuesto a abrirte los caminos de la verdad plagados de trampas desagradables...la verdad dolió, pero fue ella quien me impulsó a salir de allí y sacar a la princesa.
-¿Qué leísteis?-El caballero, como siempre, se mostraba tranquilo, aunque sus ojos mostraban el ansia de conocer la verdad. La ignorancia del anciano empuñaba un cuchillo que acercaba a su cuello mientras miraba fijamente a los ojos del conocimiento.
-La necesita.-No quería mentir, pero tampoco decir toda la verdad. Era su verdad, su secreto, su princesa, su niña.
-¿Con ella fuera está indefenso cara al enemigo?-La sangre de la ignorancia brotaba por su cuello, ansiosa por expandirse hacia gente que estaba todavía viva. La lucha por la verdad siempre había arrastrado muchas víctimas por el camino, la prueba había sido el viaje que habían hecho a la taberna.
-...No.-Una respuesta que fue como una puñalada para los allí presentes. Pues la princesa también le miraba con más atención que nunca. Sabía que en su mente la ignorancia se estaba convirtiendo en locura, algo que desgraciada o afortunadamente no le pasaba a todo el mundo, siendo la ignorancia una cama de plumas en la que descansar placidamente entre las sombras. Descubrir la verdad no la estaba ayudando.
-No entiendo nada...la quería dentro, ¿para que la necesitaba entonces?.-El anciano mostraba su frustración ante sus propias limitaciones o la falta de datos.
-Para mantener la farsa-interrumpió sonriendo el joven caballero del pelo recogido-. La magia no existe, es por todos sabido, pero si desviaba la atención a su hija como punto débil pasarían años intentando secuestrarla, sin buscar su auténtica debilidad.

-Eso no tiene sentido. La información se extrae de un alquimista...
-Que bien podía haber servido al rey-interrumpió su compañero.
-Por eso se molesta tanto en quemar los libros que encuentra y en condenar a una pobre criada. Por eso saca a todos sus caballeros reales.
-Porque tiene que mantener el paripé y hacer de su hija algo importante. Es una distracción. ¿Qué le importan ahora sus caballeros si está protegido? ¿Qué le importa que los ciudadanos intenten huir si son calcinados al traspasar sus puertas?
-Está protegido del exterior, pero no de sus propios ciudadanos. Si la gente intenta traspasar las puertas del palacio para matarle, tal vez los guardias de la ciudad no sean suficientes.

Nadie dijo nada más, aunque el anciano seguía mirando al contratista con extrañeza. Suponía que se preguntaba por qué no les contaba sin tapujos y sin tener que responder a preguntas lo que había leído. Por eso, antes de que contraatacase con otra cuestión, el caballero habló.
-El alquimista dio respuestas a esas preguntas, pero todavía habían quedado incógnitas en su investigación, supongo que nunca conoceremos toda la verdad.-Mentía...a medias.
La princesa apretaba los puños con mucha fuerza, mirándole con rabia contenida y con unos ojos brillantes que intentaban mantener en ellos las lágrimas de la verdad que no llegaron a deslizarse por su cara. Y ni siquiera era toda la verdad. Cuando la conociese los lloros tal vez se convirtiesen en gritos de desesperación, tal vez en esperanza o más miedo. El conocimiento apenas había incrustado en su mente el cuchillo de la verdad y ya estaba sufriendo.
-El caso es que estamos en las mismas. La guerra jamás terminará, no hasta que su hermano muera ya anciano. Pueden pasar años. La capital seguirá aislada eternamente y sus ciudadanos morirán con amargura.-El anciano parecía decepcionado.
-Sí...pero eso ya no importa. El rey jamás nos atrapará. Viviremos como queramos lejos de sus tierras. Ajenos a la guerra.
-Matizo, en sus tierras, pero lejos de su ciudad. No tenemos a donde ir, ni tenemos nada más que espadas, caballos y algo de dinero.-Aclaró el viejo.
-Bueno, él tiene algo más-.Sonrió el maleducado joven mirando a la callada niña.
-Podemos ganarnos la vida de muchas maneras, no será fácil, pero podemos aprovechar nuestra habilidad como caballeros para defender a gente, para defender nuestro propio hogar...
-¿Defender nuestro hogar? ¿Acaso tenemos de eso?-Preguntó entre la broma y el asombro el de siempre.
-Tenemos algo de oro, creedme, el oro fuera de la ciudad está más valorado de lo que creéis. Los tenderos están más acostumbrados a ver el bronce, ni siquiera la plata. Aunque para vivir minimamente bien tendremos por lo menos que salir de este lugar.
-Un pozo de enfermedades en el que hemos permanecido demasiado tiempo. Miraos la cara, estáis hecho mierda.
-Es por la falta de comida y los nervios. Reconozco que existían posibilidades de que algo saliese mal, de hecho no salió exactamente como esperaba.
-Mejor incluso, deberías pensar. Vuestro mercenario os falló, pero no así vuestros amigos.-La sonrisa del caballero moreno esta vez le gustó más.
-Antes de irnos y a sabiendas de que no es el mejor lugar para hablar este tipo de cosas, me gustaría saber que pensáis hacer ahora-. El canoso caballero parecía estar demasiado preocupado por qué hacer a partir de ese momento.
-Por el momento me quedaré una noche en las habitaciones de esta taberna. Quiero que su alteza pueda descansar.
-Valiente decisión, o estúpida si miráis a vuestro alrededor.-El caballero joven miró a su alrededor con rostro despectivo.
-Ya son varias noches las que he dormido-“o intentado dormir”- aquí. Y a la princesa no la sucederá nada por pasar una noche en este nauseabundo lugar, como os digo la vendrá bien descansar, tendremos tiempo para dormir en lugares mejores. Podéis quedaros en la habitación de al lado, está libre y puedo pagarla, al fin y al cabo ya he pagado esta semana, si me voy mañana por la mañana no creo que le importe que os alojéis de mi parte en otra habitación esta noche.

Pasear por aquella ciudad no era agradable. No le gustaba ver las miradas que le dirigían a las armaduras de sus amigos las gentes de aquel lugar tan abarrotado y abandonado a la vez. Menos le gustaba ver la triste mirada de la princesa cada vez que veía a un niño llorando, sucio, esquelético o con pústulas sangrantes por todo el cuerpo. Peleas, súplicas, vómitos en los que había más bilis y sangre que alimentos devueltos. Era indignante contemplar lo que durante años había ignorado incluso él mismo. La defensa de la ciudad impenetrable debía caer, debían luchar por derrocar al rey y que alguien más justo gobernase para llevar la prosperidad a lugares como ese. No sería fácil. La princesa no pudo evitar agacharse para coger con sus brazos a un niño que le tiraba de la ropa pidiéndole ayuda. Por suerte lo impidió a tiempo cogiendo por la capa a la princesa y echándola hacia atrás.
-No le toquéis. Mirad su boca destrozada y llena de moscas, su encía limpia de dientes y sucia de sangre. Es una de las enfermedades más contagiosas, ni siquiera es seguro mantenerse tan cerca de su aliento. Vamos.-La advirtió con toda la delicadeza que pudo.

Al caer la tarde sus nuevos acompañantes tampoco comieron demasiado. La princesa ni siquiera se esforzó. El contratista no dijo nada para que se esforzase en hacerlo, pues comprendía su rechazo a la comida en esa taberna y más después de tantas emociones. Ya tendrían tiempo de comer. Cuando anochecía la taberna seguía igual de abarrotada que siempre. La mayoría de la gente estaba de pie, no buscaban sentarse, solo beber, hablar y olvidar la inmundicia que les rodeaba. Al no tener puerta podía entrar cualquiera con facilidad, pero el tabernero se las apañaba para echar a los niños y a los enfermos. Más de una vez había protagonizado una pelea, pero casi nadie de los que pasaban por allí tenían mucho más que un cuchillo o un garrote. Él tenía un machete siempre a su lado, se apañaba bien con él, aunque el día de su llegada notó como el tabernero se puso tenso al ver la espada. Cuando comprobó que no tenía intención de usarla, que se sentaba tranquilo todos los días, además de que pagaba por un poco de comida que luego podía servir a otros clientes ya que el apenas la tocaba y de que se alojaba en una de las mugrientas habitaciones, no solo se relajó sino que hasta decidió llevarse bien con él. Si algún día tenía un problema con algún cliente incluso podría echarle una mano, o eso creía él, pues no tenía intención de ayudarle a no ser que fuese estrictamente necesario.

Lo bueno de ese lugar, a pesar de la suciedad y el hedor, era que los precios eran bajísimos, tanto que el contratista apenas había gastado monedas a pesar de que ya había perdido, en tiempo, más de lo que le hubiese gustado y eso sin tener en cuenta la gran cantidad de oro que había perdido con aquel mercenario. No cualquiera, ni el mejor mercenario, aceptaba una misión tan peligrosa, suicida y con cierto halo de misterio como aquella si no era por una cuantiosa cantidad de dinero.

El caso es que al final todo había salido bien, su dinero había sido bien invertido, su princesa había sido sacada ilesa de aquel lugar y había llegado a su destino. Lo que le preocupaba era que ella misma se considerase una mercancía, o que considerase que él la tomaba como tal. Era su niñita, a la que debía proteger y a la que puso en peligro...por protegerla lo mejor posible fuera de ese horrible lugar, se intentaba convencer. Tenía ganas de hablar con ella, de que le explicase como se había sentido allí, como se sentía ahora. Si había sido tan duro como se imaginaba, qué le gustaría hacer, a dónde le gustaría a ir. Aunque teniendo en cuenta que apenas conocía nada del mundo exterior, veía difícil que le dijese un lugar concreto. “Lejos” le contestaría tal vez. Pero él, al fin y al cabo, tampoco conocía tantos lugares más allá del lugar en el que se encontraban.

Si había conocido a ese mercenario fue gracias a que se encontraba en esa misma taberna y escuchó los cuchicheos que aparecían tras su presencia. Nada más. Había tenido suerte, pues aunque su idea desde el principio había sido contratar a un mercenario, por algo había dejado todo preparado, no esperó encontrar a uno tan pronto, tan cerca y tan bueno, al fin y al cabo cuanto más cerca estuviese el punto de encuentro mejor era para el mercenario y su mercancía ya que tendrían que recorrer menos camino. “No es una mercancía, no es una mercancía, es mi niña”. Se recordaba todo el rato el contratista, su caballero.

La taberna se estaba vaciando a medida que la luna asomaba. Algunos se quedaban a dormir en el suelo sin que el tabernero les dijese nada, pero a la mayoría les echaba llegada la madrugada. Esa noche no importaba dormir dentro o en la intemperie, ambos lugares eran igual de insanos y con las lluvias desaparecidas nadie se paraba a suplicar o amenazar al tabernero. Ellos tenían aseguradas dos habitaciones, pero prefirieron quedarse un rato sentados en la mesa. Ninguno bebió nada y casi no comieron, pero hablaron mucho. Recordaron cosas que hacía no mucho querían olvidar y se callaban al unísono cuando querían evitar asustar a la princesa, algo que a esas alturas parecía ya difícil.

-Nunca fue agraciada físicamente, pero cumplía bien con sus labores y era fiel a su rey. Y no siempre estuvo tan amargada.-El anciano era quien mejor había conocido a aquella criada a la que, según dijo el mercenario, la propia princesa había asesinado.
-Nunca me gustó esa anciana. Odiaba a nuestra princesa y la insultaba constantemente. Incluso alguna vez amenazó con matarla con sus propias manos como se volviese a quejar. Insolencias de una vieja que todos ignorábamos.-El contratista no disimuló la animadversión que sentía por esa mujer, por algo la había usado como una herramienta que el mercenario debía utilizar para sacar a la princesa de allí.
-Al final sucedió al revés.-El joven caballero sonrió malévolamente mirando con descaro a la princesa. La princesa apartó la mirada disgustada.
-No sé que pasaría en la torre aquel día, pero tras el asesinato de la joven criada de manos del mercenario, comprendo que cualquier mofa de aquella grosera anciana fuese llevado al extremo.-Excuso el anciano-.Pero ese no era vuestro plan, por lo que comentó antes vuestro hombre.
-No...tampoco me interesaba en exceso que muriese, simplemente formaba parte del plan inicial. Le di los libros a la anciana con la excusa de que a ella le podrían interesar más que a mí leerlos, no conté con que estuviese al tanto de que esos libros eran los prohibidos, la consideraba una criada ignorante. Supongo que si le dio los libros a una criada más joven fue porque quería evitar ser ejecutada. Lo que no entiendo es por qué no avisó a su rey.
-La quería muerta.-Fueron las primeras palabras que pronunciaba la princesa en muchas horas.
-¿A aquella criada?-El contratista no quería incomodar a su princesa, pero tenía curiosidad.
-Y a mí...sabía que esa criada era mi única amiga. Supongo que planeó avisar al rey de la traición de la criada por poseer esos libros, pero tenía que planear como hacerlo sin levantar sospechas y evitando que también se abriese una investigación contra ella. No contó con que yo pidiese los libros de historia. O tal vez sí y por eso esperó, pues conocía mi desesperación y era cuestión de tiempo que buscase respuestas.-La princesa se frotó las sienes confusa-. Si los solicitaba y mi criada me los daba, ambas seríamos castigadas. Y así ocurrió. Mi amiga...la engañaron y la condenaron injustamente.

Era una niña que quería no aparentarlo guardándose las lágrimas o una mujer que no sentía nada después de contemplar la mayor crueldad en el exterior. No lo tenía claro, pero hablando de esa mujer asesinada a la que quería no mostró ni un atisbo de pena o de dolor. A cada momento que pasaba le confundía ¿Quién era esa chiquilla que había comprado? “No la he comprado, no la he comprado. La he rescatado”.
-Y por eso el mercenario tuvo que matarla tras conquistarla. Fue cruel, pero necesario para sacarte de allí...Era más profesional de lo que pensaba.-Reconoció el viejo caballero.
-¿Profesional o despiadado?-Preguntó molesto el contratista.
-No veo que diferencia hay en un mercenario.-Respondió incrédulo el más joven de ellos-.Deberíais alegraros de que matase a esa criada, si llega a tener escrúpulos nosotros no estaríamos aquí, libres de aquella ciudad y tu princesa seguiría amargada en aquella torre.

Amargada seguía pareciendo. Lo peor es que parecía no odiar al mercenario que solo actuaba por dinero. El mismo que, por trabajo o no, había matado a una inocente, el mismo que había fracasado dejándose capturar por dos caballeros. En cambio, ese odio parecía sentirlo hacía él. Él que la quería, que la amaba, que la deseaba, que juró protegerla; él que había reunido valor para luchar contra sus principios y poder sacarla de ese lugar, él que había pagado al hombre que parecía haber hecho todo. Se había mantenido en la sombra, sí, pero era la misma sombra que durante años había rechazado y que había abrazado solo por ella. Parecía que para su princesa eso no tenía valor alguno.
-Sabemos como llegaron los libros a la princesa, pero ¿cómo llegaron a vos?-El caballero de más edad no se cansaba de preguntar, parecía no estar convencido por completo de lo que estaba haciendo por ayudarle, pues había algunos cabos sueltos que el contratista se forzaba en no atar.

Un nuevo e incómodo silencio se apoderó de ellos. Ocultar la verdad era cansado. Esta verdad no le perjudicaría a él, tal vez a nadie, pero había jurado no desvelarlo, pues su auténtico dueño temía que alguien supiese que los había poseído.
-Siempre estuvieron conmigo. Yo ya servía al rey cuando nos convertimos en una ciudad impenetrable y esos libros ya los poseía. Jamás inspeccionó mis habitaciones cuando se estableció la defensa, pues se fiaba de mí.-El anciano pareció no quedar convencido con la respuesta.
-Hasta las mías fueron inspeccionadas, y llevaba más tiempo que vos junto a él.
-Parece que dudáis de mi palabra, viejo amigo. Está claro que cometió un error al no inspeccionarlas cuando ingresé en la guardia.-No le gustaba mentir.

Había sido una jornada extraña para todos. Ya desde por la mañana las cosas cambiaron para cada uno de ellos, y a pesar de no haber continuado viajando unos y esperando inmóviles otros, todos se sentían igual de cansados. El contratista pagó al tabernero después de intercambiar algunas palabras, cordiales por parte del tabernero y monosílabas por parte del contratista. El jaleo de la taberna se había trasladado al exterior. Pocos se habían quedado durmiendo en su interior, uno en el umbral donde debería haber puerta y el propio tabernero e una de las mesas situada frente al hueco de la puerta, con un ojo abierto vigilante de que nadie entrase a robar. Al contratista no le costaría creer que ese hombre no durmiese nunca.

No tuvieron que subir escaleras, pues para llegar a las habitaciones solo había que ir a la estancia del otro lado, que quería ser un pasillo, aunque no era más que otra estancia más angosta que la anterior, con tres puertas que conducían a habitaciones no muy amplias que daban al otro lado de la taberna, con cristales rotos y excrementos en el suelo. La princesa se colocó las manos sobre nariz y boca conteniendo una arcada. También se podían oír las quejas de los dos caballeros que la habían llevado hasta allí desde el otro lado de la pared. Maldiciendo la taberna, la habitación, a la gente e incluso al contratista y a la princesa en una ocasión.

-Siento que tengáis que dormir aquí. Mañana partiremos lo más pronto posible. Buscaremos una ciudad decente en la que vivir, si conocéis alguna...podemos ir allí.-La princesa no parecía dispuesta a responder-Vos podéis dormir en la cama, yo dormiré en el suelo-.Pero no se dirigió a la cama deshecha y mohosa, se limitó a mirar por la ventana. Podía verse a gente todavía pululando. Muchos durmiendo, algunos incluso abrazados. Otros todavía llorando. Había algún cadáver a las puertas de casas que habían sido asaltadas. Eran casas sin dueño fijo, el más fuerte se quedaba con ellas. No había ley allí, ni orden, ni ganas de instaurarlo, no mientras no tuviesen nada por lo que vivir. 

-¿Y si digo que quiero volver?-La joven ni siquiera le miró.
-¿A la sala común? Si eso es lo que queréis, milady...
-A mi ciudad...a mi torre.-Corrigió la princesa
-No os entiendo, alteza. Creía que queríais ser libre.
-¿Soy libre?-La princesa fue brusca al realizar la pregunta.
-Claro que lo sois, estáis aquí, conmigo. No os obligaré a permanecer encerrada en una estancia, podréis dedicar el tiempo a lo que queráis, hablar con quien deseéis...
-¿Irme a donde me plazca?
-Claro, yo os protegeré.
-Sin tu presencia.-Seguía sin mirarle.
-Pero...¿por qué princesa? ¿Por qué no os dejáis ayudar? Siempre os traté bien en aquella torre, y así seguirá siendo hasta el fin de mis días.
-Si la defensa de mi padre cae, la guerra se reanudará, está gente morirá, gente inocente que de nuevo se verá enfrascada en un conflicto que nada tiene que ver con ella. Y después de, quién sabe cuantos años de guerra, volverá una época de penurias posterior al conflicto que sufrirán las ciudades menores. Veremos a más personas como las de esta ciudad, y todo por no cumplir mi único objetivo.
-Pero, princesa, si la defensa de vuestro padre cae la guerra podría acabar, el rey morir y la justicia hacer por fin acto de presencia...
-Es mejor no causar más daño del que ya hemos provocado. Quiero volver.-La princesa se giró para mirarle con unos ojos que mostraban toda la seguridad que no tenía en aquella torre-.Pero antes tengo una misión que no puedo abandonar...ni fracasar.
-Princesa, princesa...por favor escuchad. Creedme cuando os digo que la ciudad de vuestro padre seguirá intacta aunque estéis fuera de ella. Os juro que esa defensa absoluta de la que habla aquel libro se mantiene mientras vos os mantenéis en el exterior...y muy posiblemente jamás caiga.
-Muy posiblemente...-No apartaba su mirada, parecía querer creerle.
-Eso depende de vos. Si vosotros no deseáis más que amar y proteger a esa gente, no habrá daño alguno.-Estaba jugando con las palabras, su princesa no podía decidir dejándose guiar por su cabeza sino por su corazón, solo así tomaría la decisión correcta, una decisión que les afectaría a todos.
-Ahora soy yo la que no entiendo.

-Solo debéis entender que las cosas ocurrirán cuando tengan que ocurrir y que esa defensa no caerá aunque paséis toda vuestra vida viviendo lejos de ella. –Tal vez ese era el momento.

Reunió todo el valor que no había necesitado para formar parte de la Guardía Real, para desafiar a los que amenazaban con violar a su niña, para destrozar la vida de ciudadanos que solo buscaban la libertad, para escapar de aquella ciudad, para dejar la vida de su princesa a manos de un mercenario. Todo ese valor lo reunió solo para acariciarla la mejilla suavemente, para sujetarle delicadamente la cabeza, para aproximarse lo que jamás se hubiese aproximado en aquella torre, para cerrar los ojos y sentir su aliento cerca...y el calor de su mano impactando contra su cara.

-No te atrevas.-Le advirtió. 
-Perdonadme, por favor.-El caballero se arrodilló, se había dejado llevar después de años conteniéndose-.Pensé que...solo quiero vuestra felicidad junto a mí. Yo os protegeré para que no os pase nada. Mientras estéis a salvo, nada le pasará a la ciudad. Hacedlo por ellos -señaló a los moribundos del exterior-, por vos, no volváis allí, permaneced a mi lado.-Algún día, con el paso del tiempo, aprendería a amarle y ambos serían tan felices como se merecían.
-Si es verdad lo que dices me mantendré a tú lado, pero solo si demuestras que me concedes la libertad, aunque sea junto a ti, de viajar a un lugar.
-Por supuesto, milady, viajaremos hacía donde vos queráis.-No contaba con que conociese ningún lugar fuera de la ciudad impenetrable.
-Entonces, mañana quiero que me lleves a...a...al lugar más alto del reino, en lo más profundo.-La princesa le miraba fijamente, como si en sus ojos pudiese encontrar la respuesta de ese acertijo, como si encontrarle a él fuese lo más importante para la princesa, incluso más que esa gente.

-Esas palabras fue las que dijo...
 -...el mercenario. Sí. No conozco ese lugar, pero seguro que tú sabes algo.

-¿Por qué querríais volver a ver a ese bribón? 
-No te atañe, asuntos privados de una mujer libre con el hombre que la raptó. 
-Fue un rescate, milady. 
-Fue una compra, más bien. Si os arrepentís de haberme tratado como una mercancía, dame la posibilidad de actuar como una persona y viajar conmigo a aquel lugar. Juraste protegerme para que cumpliese mi objetivo. 
-No ese...sea lo que sea lo que os hayáis propuesto.
-Si no puedo cumplir ese objetivo no podré vivir en paz y cumplir el que en un principio se me dio. Una vez que esté limpia podré vivir tranquila...contigo...y por ellos.

El contratista era un caballero, un hombre de honor, fiel a su palabra. -“Soy un caballero, soy un caballero, lo fui y lo sigo siendo. La ayudaré si lo que quiere es venganza, mataremos juntos a ese mercenario y juntos viviremos para proteger a la gente de la guerra, de la forma que sea, fundiremos nuestro amor algún día y entonces solo importará nuestra felicidad”. 

-Os ayudaré. 
-Bien. Pero ya te lo advierto. No habrá besos, ni caricias, ni historias de amor, ni mucho menos sexo. Si hace falta firmaré un contrato como el del mercenario. Somos una compañía, nada más.
El contratista no podía evitar sentir cierto dolor al pronunciar esas palabras la princesa ¿por qué no le amaba como él a ella? ¿Había hecho algo en el pasado? -“Formé parte de la Guardia Real, solo es eso, nada más. Cuando se haya olvidado de que pertenecí a la Guardia Real, cuando se haya olvidado de que fui el contratista, todo seguirá su curso natural”.

Habían parado las lluvias y cuando parecía que la época de calor estaba a punto de concluir, el bochorno volvía a aparecer por la noche. Ni entre los cristales rotos corría algo de brisa y para colmo, entre los excrementos y el olor que desprendían, no había quien respirase allí. La princesa estaba ya dormida en la poco apetecible cama. Estaba exhausta. Él dormía en el suelo, o lo intentaba. Las cosas habían salido bien, pero nada era como se había imaginado en sus sueños. Amar sin tapujos estaba doliendo más que haciéndolo en secreto. Alzó un poco la mirada para observar a su niñita, ya tan madura y tan segura de lo que hacía, con los hombros desnudos y tapada hasta los pechos a pesar del calor.

La deseaba tanto. Deseaba con tanta intensidad meterse en su cama, deseaba tanto acariciarla la espalda, masajearla...Quería abrazarla, rozarle los pequeños pechos con delicadeza. Pasar la lengua con suavidad por los pezones, sentir sus piernas en torno a su cuerpo, meterse en su interior, como si fuesen solo uno. Jamás había ansiado de esa manera su cuerpo, antaño solo le preocupaba ser correspondido. El miembro se puso erecto preparándose para algo que jamás llegaría, no con ella. Cuando más pensaba en la imposibilidad de hacer el amor todos los días de su vida con aquella niña adulta, más dura se le ponía. Y cuanto más dura se le ponía más se incorporaba en el suelo, más le empujaba a tumbarse junto a ella. Se levantó.

Caminó como pudo hacia la cama, se puso de rodillas y la observo durante un tiempo que no calculó. Alargó el brazo hacia su pelo, tentado a acariciárselo, a acercar su boca para susurrarle palabras bonitas al oído diciéndola cuanto la amaba y deseaba, para suplicarla que la dejara formar parte de su vida como algo más que un socio de una compañía. Pero esta vez escuchó a su voz interior, la voz de la cordura, la voz del caballero, la voz del honor. Se levantó frustrado, con el corazón palpitando de amor y de rabia. El pene palpitaba también sin control, no podía responder a su llamada, sería tan fácil...ahora entendía a los otros caballeros. Pero él no era ningún violador, no podía hacerlo y menos a ella, la mujer de su vida. Se apartó de la cama, asustado de si mismo y de un futuro sin ella. Se acercó a la puerta y maldiciendo entre susurros se fue de la habitación. Volvió a la sala común. Dejó una moneda de bronce en la mesa del tabernero que parecía sí dormir por las noches. Cogió una jarra y se sirvió una cerveza muy poco apetecible. Estaba turbia, olía a podrido y estaba avinagrada, pero era la única forma de tranquilizarse, de olvidar lo que le pasaba por la cabeza, de bajar la erección. Bebió todo lo que no había bebido en esas semanas, sentado en la misma mesa de siempre, sollozando como un joven campesino al que hubiese dejado su pareja. Él ni siquiera tenía eso.

Al principio le costó tragar la cerveza, después fue como si bebiese agua. Se sirvió varías jarras, hasta que se hartó de levantarse y arrastró con cuidado el barril a su mesa. Siguió bebiendo mientras debía estar descansando. Comenzó a sentirse mareado, pero ya no sentía ganas de violar a la princesa, ni de masturbarse pensando en ella. Prefería perder el honor bebiendo alcohol y embotando sus sentidos que pensando en esas cosas. Lloraba, maldecía, rezaba...suplicaba a los dioses, les pedía perdón e incluso les maldecía. Ya no sabía ni lo que decía.

-Prin...cesa...¡os quiero! Soy un imbécil sin honor...era lo único que tenía y ¡hic! Ya no tengo nada, ni a ti. Soy un degen...erado más.-Le costaba hablar y pensar con claridad. Había sido mala idea mover tantos hilos para nada. Por mucho que acabase viviendo junto a ella sería tan tortuoso como en aquella torre, sin poder tocarla y tal vez ni siquiera mirarla o hablarla, no podía controlarse ahora que la justicia del rey no le ataba. Era un desgraciado, un borracho más de esa taberna que no tenía a donde ir ni un amor correspondido por el que vivir. ¿Qué había hecho? ¿Qué estaba haciendo?

Había sido un gran caballero, soñaba con ser respetado, justo con la gente, valeroso...soñaba con ser amado. No podía pensar en otra cosa, ya ni borracho. Escuchó los rugidos de su corazón. ¡Era un león! Un león hambriento que no podía dejarse derrotar por el hambre que sentía hacia ella, debía luchar contra si mismo. Pero cuando quiso darse cuenta de que los rugidos de su corazón eran en realidad de un estomago revuelto por culpa de la cerveza, ya estaba vomitando sobre la mesa. La mala alimentación, los nervios...todo fue a peor cuando ingirió esa cerveza. El esfínter se aflojó, pero esta vez sin control. Sintió la calidez en sus partes. No había conseguido que ella le provocara esa calidez, solo era mierda reblandecida, tan liquida como la bilis que empapaba la mesa y que sentía gotear hasta en los genitales.

-Llevo conteniendo mierda durante años, no soy más que eso-lloraba mientras se olía a si mismo, casi tan mal como aquella taberna-. Me he dejado llevar...otra vez.-Dejo caer la cabeza contra el vómito, empapando el pelo ya de por si sudado. Vomitó más veces despertando a un hombre que dormía en el suelo y al que pareció no importarle ver como la mierda goteaba por su pantalón-.Princesa...perdonadme...

Entre sus propios sollozos oyó un pequeño gemido de mujer al otro lado de la pared, parecía su niña. Cerró los ojos para imaginarse que era la princesa gimiendo mientras follaban. Sonrió con las comisuras manchadas de más bilis. Después oyó un golpe seco que le devolvió a la realidad. Tenía los ojos entrecerrados y apenas podía tenerse en pie, pero intentó ir a ver que pasaba. Se levantó de golpe sintiendo el peso de sus excrementos bajo su ropa, teniendo que apoyarse en la pared para vomitar otra vez y cayendo finalmente contra el suelo cuando intentó correr. Se desmayó sin remedio mientras veía a su amada con otro hombre. -“Es mía...no os vayáis con otro, yo os quiero. Sois mía...”-El hombre que se la llevaba sonrió. Incluso borracho, detestaba esa sonrisa.


-La primera imagen pertenece al usuario de deviantart Satibalzane: http://www.deviantart.com/art/Congiura-142600709
-La segunda imagen pertenece al usuario de devianart ValkAngie: http://valkangie.deviantart.com/art/The-King-Bedchamber-162677106