martes, 2 de enero de 2018

Diario Redford






18 de febrero de 1884
Rancho Redford


Hoy he matado. Ha sido una sensación extraña, pero no me he sentido mal, no he vomitado, ni llorado, ni temblado. Eso no quiere decir que sea un psicópata, o eso espero. Vivimos una época convulsa, en un lugar turbio, tal vez ser un psicópata sea lo que te salve la vida. ¿Por qué he matado? No soy ningún agente de la ley, ni ningún matón a sueldo, ni ningún pirado con sed de sangre. Tampoco soy un llanero solitario en busca de la justicia que la ley no parece querer repartir. No. Soy Thomas Redford, Tommy, un hombre de 34 años normal y corriente. Vivo en un rancho, con mis animales, mi familia... Bueno, ya no. Hoy he matado.

Miro por la ventana, ahí están, las tumbas recientes de mi mujer y mi hija. Giro la cabeza y ahí esta, el cadáver de un hombre, un hombre patético, un hombre al que he matado. El primer y único hombre al que he matado. Sé quién ha sido el responsable directo de esto y voy a por él. Quien haya encontrado este diario puede pensar que va a leer una historia de venganza, de esas que sobran en el mundo que nos rodea, en este confín del mundo olvidado por Dios. Más bien condenado por Dios. Pues le diré a quien haya encontrado este diario y lo esté leyendo que se equivoca, y que por su bien deje de leer en este mismo instante. No es una historia de venganza, ni de justicia, ni una heroica historia inventada por un vaquero que se moría del asco en su rancho. Es una historia inverosímil, pero real, cruda. Escribiré sobre el pasado y el presente, lo que en este instante es el futuro. A veces incluso será lenta y aburrida, las divagaciones de un pobre hombre.  Es tan mala que no merece la pena seguir perdiendo el tiempo con ella. ¿A que esperas, gilipollas? Cierra este puto diario. Ciérralo porque he matado. Y lo volveré a hacer.


¿Por qué escribo si no espero ni quiero que nadie lea este diario? Por nada, porque es lo único que puedo hacer, este diario es el único con el que puedo hablar. No deseo nada más. Mi mujer me ha abandonado, mi hija me ha abandonado, Dios me ha abandonado justo antes de haberme castigado. Tal vez la cordura me abandone pronto. Tal vez ya me haya abandonado. Pero por lo menos hay algo que puedo hacer, algo con lo que desahogarme, pues no quiero hundirme entre mis propios delirios. Además busco algo, quiero escribir las últimas palabras de este diario con sangre. Tal vez debería quemarlo. Ya veré. De momento sé lo que tengo que hacer.

Me he quitado la ropa que tenía ensangrentada, me he lavado, me he puesto otra ropa, ropa vieja que hacía tiempo no usaba. Después me he puesto mi viejo sombrero y he escondido el cadáver de ese imbécil. Tras eso me he despedido de mi mujer y mi hija. Las he hablado, las he pedido perdón, ellas no querrían esto. Después he cogido mi revólver heredado por mi padre Walter Redford. En realidad tengo dos. El otro lo robe de un cadáver. Mi padre, Walter Redford, un gran hombre, trabajó durante mucho tiempo en una mina. Contaba grandes historias, la mayoría exageradas, algunas incluso falsas, o eso creíamos todos. Él también escribía un diario, un diario en el que reflejaba todas esas historias. Como un auténtico idiota se me ocurrió que me habría dejado un mensaje secreto en el diario, algo sobre la mina en la que trabajaba. Nada. Las últimas páginas eran los delirios de un anciano. Pero sus delirios eran justificados, tenía una excusa. Era un viejo senil en sus últimos días. Murió ahogado en su propio vómito, sobre una cama llena de su propia mierda. Lo siento, viejo.


Por alguna extraña razón me veo impulsado a escribir sobre esto, sobre el viejo, sobre mi pasado con él. Pero no quiero, es mi diario, es mi historia. No tengo intención de escribir un largo diario que sea una reliquia con el paso de los años, solo quiero un escape. Da igual, tal vez escriba sobre él en otro momento. Ahora no, ahora he de ponerme en marcha con mi caballo. No tiene nombre, tal vez debiera ponerle uno. Tal vez no, esta no es una de las historias de mi padre. Los caballos no tienen nombre. Joder, si ni siquiera he dicho los nombres de mi mujer y mi hija.


18 de febrero de 1884
Common Saloon

Las puertas vaivén me hipnotizan mientras veo entrar y salir a gente de todo tipo de calaña. Gente de la que quise apartarme siempre y con la que no creí que tendría que cruzarme más cuando me fui a vivir a mi rancho, alejado de esta ciudad, Finewood. Lo único bueno que hay es la madera de las casas, y ni siquiera en todas las casas la madera es buena.
Las risas escandalosas de un anormal que quiere ser el centro de atención me despistan. Las amenazas de bravucones mientras juegan al póker me exasperan, el sonido de los dados al caer sobre la madera de las mesas me desagrada, el olor a sudor y a whisky me producen arcadas. Es curioso, matar no me las produjo. Dos tipos me señalan riéndose, una mujer me mira con interés, parece una puta. No me follaré a ninguna mujer hasta acabar con este trabajo, y menos a una puta. Lo juro por el honor de mi esposa.
Dos putas se camelan a un hombre con buenos brazos y un buen torso que bebía solo en la barra. La más inteligente se camela a un viejo que parece que tiene dinero. No lo ostenta, no le conviene, pero algunos detalles le delatan. La puta se lo follará, pero posiblemente sea un viejo agarrado y temeroso de que alguien le robe si se enteran de que paga una buena cantidad de dinero a una puta cualquiera. Lo único que la puta se llevará a mayores de la cuota establecida será una polla arrugada y seca metida en la boca que, con suerte para ella, no se levantará. Tal vez no sea tan inteligente, las otras dos putas se llevan a sus camas a un hombre apetecible, recibirán el mismo dinero y algo mucho mejor que llevarse a la boca. La mujer que me observaba se me acerca, noto un nudo en la garganta. Intento mirar para otro lado.


Hoy he matado y he follado. Acabo de bajar de una de las habitaciones. No daré más detalles, no he debido hacerlo. He perdido dinero y honor. Pero el honor ya no me importa. Le ha gustado, me ha vuelto a guiñar un ojo a pesar de que nos acabamos de separar. Me fijo y veo que tiene algo mío en la comisura del labio. Por un momento me pienso el sugerirla que se limpie con un gesto de la mano, decido seguir escribiendo. Los dos hombres de antes me siguen señalando, ya no se ríen. De hecho parecen enfadados. La puta no sabía nada. Tal vez no debí interrumpir el acto para preguntar, pero se me ocurrió de forma repentina y no pude esperar. Tal vez ni siquiera pensó, no es bueno pensar cuando se tiene un orgasmo. Pero he dicho que no iba a escribir sobre esto. Creo que es buena idea preguntarle ahora sobre ello.


No sabía nada. Me lo temía. El barman, en cambio, me dijo que había estado aquí hacía relativamente poco. Parece que se va a deshacer de ella, pues viajaba hacia Hollow Lake y todos sabemos por qué es famosa Hollow Lake. Le doy las gracias al barman y le pago un extra. Esta vez no he perdido el dinero. La puta me volvió a mirar antes de sentarme de nuevo. Un hombre la ha metido mano, es un nuevo cliente. Mientras se va con él me mira y me sonríe. Yo no hago nada. Sí, escribo. Los dos hombres ahora me ignoran, hablan de cosas que no llego a escuchar ni me llegan a interesar. Si salgo ahora hacia Hollow Lake le alcanzaría. Seguro que él, sin saber que le persiguen, pasó más tiempo aquí. Yo ya he perdido demasiado. El sol se está poniendo, por lo que es buen momento para ponerme en marcha. Además va a empezar una pelea. No entre los hombres de los dados, ni entre los del póker, tampoco entre los dos hombres que me observaban. Es entre dos putas. Algunos ya empiezan a reír, para ellos no hay nada más excitante que dos putas peleando sobre un suelo manchado de alcohol. Tal vez para mí tampoco. Creo que ya no soy mejor que ellos. Sangre, alcohol y sexo es lo que se puede presenciar a tiempo completo en este salón, pero ahora se va a poder presenciar en una sola escena, todo al mismo tiempo. Que la disfruten.





18 de febrero de 1884
Colina Finewood

Veo una diligencia peculiar a lo lejos, bañada por el rojizo sol casi desaparecido. Estoy tumbado sobre la tierra para evitar que se me vea, aunque es imposible que me vea a esa distancia, ni siquiera se preocupa por quién le pueda seguir. Podría forzar a mi caballo, podría alcanzar la diligencia, matarle y robarle. No lo haré, quiero comprobar su voluntad, además de conocer a quien la compre. Le mataré a él también. Esta noche no gastaré dinero en un alojamiento de Hollow Lake, pero tampoco dormiré a la intemperie. Mañana habré matado por segunda vez.


18 de febrero de 1884
Timberlane Company

La oscuridad me reconforta. Está cerca, casi puedo sentirlo. No he querido tumbarme sobre la cuidada madera, he preferido dormir sentado apoyado sobre la pared mientras escribo estas líneas. El plan es no dormir mucho ni moverme mucho. No quiero hacer que la madera cruja en exceso, ni quiero que el señor Timberlane me encuentre aquí dormido y me eche a patadas. Quiero hablar con él, quiero que sepa lo que voy a hacer, intercambiar unas palabras. Y qué voy a hacer. Ya he dicho que no es una historia de venganza, por lo menos no tan solo de venganza. No persigo a ningún forajido peligroso, a un asesino despiadado o al más buscado por la ley. Eso me reconforta, pues no soy ningún pistolero profesional. ¿Te he decepcionado? Mejor así, tal vez de esa forma dejes ya de leer, bastardo. Tengo una última oportunidad de hacer que dejes de leer mi maldito diario privado, una última oportunidad de aburrirte y dormirte. Espero no hacerlo yo antes mientras escribo. Una vez que termines de leer las siguientes palabras quizá no haya marcha atrás. Tú decides.

Miro la funda donde tengo metido el revólver de mi padre. Es un revolver llamativo, bonito y creo que bueno. No los mejores revólveres son los que mejor decorados están, pero este mata, y es lo único que ahora quiero hacer. Evidentemente no pertenecía a mi padre, tampoco él era ningún pistolero. Como he dicho era un minero. Un día se lo encontró en una mina abandonada en la que habían vuelto a trabajar. Me habló de esa mina. Eran historias escalofriantes. Nadie le creía, pero he de confesar que yo sí, a veces. Otras no. Es curioso, cuando más deliraba en su vejez más llegué a creerle. No tenía ninguna razón para mentir y aunque la locura se apoderó de él algunas de las cosas que balbuceaba eran las mismas historias del pasado.

En esa mina no solo había encontrado un revólver. Encontró un diario, el diario en el que él mismo escribió por un tiempo. Pero había arrancado las hojas que pertenecían a su dueño, nunca me las dio. El dueño de ese diario no era un antiguo minero, sino un cazafortunas. Es lo único que sé. Un compañero, otro día, encontró los restos de un cadáver. Un cadáver que llevaba ahí muchos años, solo quedaban los huesos, pero no había ni rastro de la calavera. Poco después hubo una revuelta en la mina, parece ser que fue una disputa entre dos mineros. Hubo muertos, ni siquiera mi padre supo decirme bien qué pasó.
Nos contaba que en esa mina se oían gemidos extraños, gritos escalofriantes y un chirrido espeluznante. A veces en las profundidades a las que ni los trabajadores antiguos habían llegado se podían ver luces que iba y venían. Según mi padre, allí había sonidos que parecían ascender del infierno, a veces olía a muerte e incluso llegó a sentir la muerte. Las cosas que decía en su propio lecho de muerte es mejor no repetirlas, no volver a escribirlas. Pero el día antes de fallecer dijo algo, algo que me hizo pensar que entre tantas locuras decía verdades. Dijo que había enterrado la calavera y dijo dónde. Después lloró y dijo que olvidase las historias, para acabar repitiendo alguna de ellas otra vez. Deliraba. Gritaba palabras que me desconcertaban.
En efecto, mi padre, Walter, había encontrado la calavera de aquel cadáver que tal vez alguien antes que él había robado. Fui a por esa calavera. Si todavía hay algo que te interesa en esta historia siento desilusionarte y te diré que esa calavera era solo una calavera, no tenía nada. Un trozo de hueso y polvo olvidado en el desierto. Mi padre decía la verdad, pero deliraba al fin y al cabo. Llegué a pensar que era la calavera de un trabajador de la mina, un compañero de mi padre, tal vez él produjo su muerte por accidente. Eso le provocaba remordimientos y le atormentó hasta la muerte. No hay nada más, nada más emocionante. Lo que va a ocurrir mañana tampoco es emocionante. Ni agradable. Así qué, por última vez, te sugiero que dejes de leer en este punto. No va a ser algo que quieras leer.


19 de febrero de 1884
Timberlane Company

Con el amanecer el señor Timberlane entró en su casa de subastas. Al principio se asustó al verme, pero enseguida entró en razón. El señor Timberlane es un hombre razonable, solo necesitó dos cosas que brillasen para aceptar mis peticiones. Una brillaba en su pecho, la otra en su mano. Podría permanecer escondido durante la subasta, entre las cortinas colocadas tras el atril, y comenzar mi actuación sin interrupción de sus guardias. Me dijo el asiento adjudicado a mi hombre, Don Beltrán, que para mi fortuna se sentaba en primera fila. Solo tengo que salir y disparar.
No salgo de la casa de subastas hasta que llega la hora de la subasta.
Es la hora.

Estoy entre bastidores, nervioso, sin dejar de escribir. El jaleo de la subasta impide escuchar cómo rasgo el papel al escribir. Mis movimientos no se perciben tras la cortina, tengo el espacio suficiente. Se subasta un jarrón de una cabaretera fallecida hace poco, un rifle de un cazador atacado por un oso en una expedición y asesinado posteriormente por unos indios, un monóculo, dos fundas que causan furor entre los allí presentes por pertenecer a un famoso forajido, el caballo más rápido del continente, o eso dice el que lo ofrecía; una navaja que ha pasado por muchas manos, gargantas y corazones, según parece; un cuadro, cómo no; y también un bastón. Llegó. Se subasta una calavera. Qué tiene de especial esa calavera, se preguntan algunos asistentes. Me estoy poniendo nervioso, muy nervioso. En cuanto Don Beltrán ha explicado lo nada especial de esa polvorienta calavera ha sido adquirida. Es la hora de guardar el diario y sacar el revólver.






19 de febrero de 1884
Rancho Lonely Goat

Hoy he matado. Salí como un fantasma teñido de sangre, entre los cortinajes rojos, disparando una bala por cada dólar que pedía. Pidió poco, muy poco, tan solo diez dólares. Así que al final no pude evitar que fueran más las balas que le disparé. Tras vacía el tambor cargué el revolver con la munición de mi padre. Con cuatro balas más era suficiente, pero cargué el tambor entero, fueron doce. O hubiesen sido doce si no lo hubiese vuelto a cargar. La gente corría sin importarle la vida de Beltrán, solo era un vendedor corpulento, opulento, embaucador, charlatán y agujereado. Sí, le agujereé, algo imaginable tras dieciocho disparos. No pensé que podría agujerearse así a una persona hasta que lo he visto. Después decidí que fueran diecinueve, otorgar algo de poesía a tan deleznable acto, pues hoy es día diecinueve.

El hombre que había adquirido la calavera por diez dólares había salido corriendo tirando la calavera al suelo y rompiendo con ello una parte importante de ésta. Le pregunté a Beltrán si había merecido la pena. No me respondió, estaba muerto. Después me dirigí a Timberlane, que estaba acurrucado en el suelo, tembloroso, protegido por sus hombres que me miraban con desconfianza. Le pregunté por el hombre que había adquirido la calavera para tirarla al suelo tras oír mis disparos. Me dijo que se trataba de un ocultista mexicano conocido como Jiménez.
Cogí la calavera, la miré. La miré a las cuencas vacías, miré su dentadura rota. Se ríe, se ríe de mí. Por primera vez lo detecto. La arrojo al suelo y la aplasto con mi bota, la destrozo hasta que no quedan más que fragmentos dispersos entre polvo. Después me inclino de nuevo para coger la pieza rota, lo que parecía un diente en el que nadie había reparado. Lo miro durante un largo rato. Timberlane se levanta y se pone a mi lado, observando. Alza los brazos hacia esa pieza, le miro de reojo, la toca. No tengo balas en el revólver, los hombres de Timberlane sí, por lo que decido cerrar el puño con fuerza y mirar de forma amenazante a Timberlane. Me voy.

A dónde se dirige un hombre como yo, sin familia, ni amigos y solo un revólver. Para empezar al lugar donde se aloja el señor Jiménez. Sé que las autoridades no tardarán en buscarme. Pregunto por el señor Jiménez y su habitación, a la que entro a la fuerza, sin preguntar. El señor Jiménez, con media maleta hecha, palidece al verme. Se arrodilla y me suplica. Le informo de que voy por la calavera, momento en el que detecto cierta curiosidad en su rostro.  Decide levantarse con cuidado para sentarse en la cama. Me explicó que lo que vio en esa calavera no era un simple diente de oro. Él lo vio antes de que se rompiese. Pero sí, sé que ese diente no es de oro.
Cuando se disponía a contarme sus hipótesis sobre ese diente saqué mi revólver, hecho por el que palideció más de lo que creí posible. Me suplicó, me dijo que no le interesaba el dinero, solo la investigación. Quería saber más cosas sobre el mundo, resolver ciertos misterios en lo referente al Más Allá. Me explicó que el material de ese diente lo había visto en otro lugar, cuando investigó un suceso hacía tiempo. Me resolvió muchas dudas. Por su parte, sus dudas sobre la vida y lo referente al Más Allá concluyeron en ese momento, una bala en la cabeza resuelve fácilmente ese tipo de dudas.

En el hotel la gente se escandalizó y llamó al sheriff, que estaba en la escena del crimen de la casa de subastas. Dejé una nueva escena del crimen en la habitación de Jiménez y huí. Ya no podía volver a mi rancho con mi mujer y mi hija. Tampoco quería. Solo tengo que esperar, no tardarían en venir a por mí. Pedí alojamiento en este rancho situado a las afueras de Hollow Lake. El hombre, con una esposa y un hijo, no era tan diferente a mí. Yo también hubiese dejado a alguien alojarse, sobre todo si no conocía sus antecedentes, Antes era ingenuo, antes me fiaba de cualquiera. Me fallaron, pero nadie volverá a fallarme porque ya solo confió en mí mismo. Viviré solo. Moriré solo, posiblemente en este rancho. Muy apropiado.

Ya oigo los cascos de los caballos, son varios. Recorren el camino con presura e impaciencia, parece como si fuese a llevarse por delante todo el rancho. Es como una tormenta que está apunto de aplacar mi ira. Pero no tengo miedo. Saco el diente de mi bolsillo, la pieza que se desprendió de la calavera al romperse. La miro fijamente. Miro entre los huecos de la madera esperando encontrarme al sheriff. Timberlane no es el sheriff, es él el que quiere verme muerto. Ha venido junto a sus hombres, pero ni siquiera con sus hombres me hubiese perseguido para darme caza un hombre como él. Sin duda es el diente lo que le empuja. Le entiendo. Pero no lo merece. Timberlane ha gritado mi nombre. “Redford”, dice. “Thomas Redford, sal y dame lo que me pertenece. Sal y muere”. Es hora de salir. Podría escribir una despedida oportuna, pero no lo haré. Ayer maté, hoy he matado. Y hoy no voy a morir. Lo sé. De alguna forma lo sé.


23 de febrero de 1884
Mina Hollow

Llevo varios días sin escribir. No. No morí. No deberías sorprenderte. Lo que me sorprende es que sigas leyendo a pesar de las advertencias. Pero ya no hay más advertencias, solo la verdad. Tú has querido llegar hasta aquí, no yo. Tú has querido llegar tan lejos leyendo este diario, y sé que lo sigues leyendo. Ya no puedes parar, todo es demasiado extraño. Ya te avisé, resulta inverosímil. Tal vez, a veces, incluso ininteligible. Aunque ni siquiera yo llegué a pensar que hasta tal punto. Da igual que hayas entendido o no. Pronto entenderás, y no querrás haber entendido. ¿Quieres saber qué pasó con Timberlane y sus hombres? Están muertos. Cómo, si no soy un gran pistolero, han muerto. Cómo un vaquero con una vida aburrida puede seguir vivo y haber cosechado tantas vidas en tan poco tiempo. El destino me ha querido aquí. Matar a merecido la pena. Sus vidas por la mía, por ese diente que ya no vale nada.

Salí del rancho Lonely Goat. El hombre que me acogió intento interponerse entre Timberlane y yo, dijo que no permitiría que nadie asaltase a su invitado. Timbarlane le disparó mientras sus hombres, a caballo, seguían apuntándome con sus rifles. Ese cabrón de Timberlane no era de los que se ensuciaban las manos, pero ese día lo hizo mientras no quitaba la mirada de mi bolsillo. Por ese diente sí merecía la pena ensuciarse. Me dijo que lo sacase sin dejar de mirar mi bolsillo, así hice. Lo mantuve en mi mano, con el puño fuertemente cerrado. Le dije que por encima de mi cadáver. Dispararon. Todos y cada uno de ellos dispararon. Poco después murieron. Todos y cada uno de ellos murieron. ¿Cómo? No hay tiempo de explicaciones, el diente ya no sirve para nada. Vienen a por mí. Ya no es cosa solo de ese sheriff. Sé que llamaron al marshall, sé que el precio de mi cabeza sube con cada víctima que dejo a mi paso. El señor Timberlane subió cuantiosamente el precio de mi cabeza, una cantidad que se suma a la cantidad menor que se ofrecía por las muertes de Beltrán, Jiménez y cada hombre de Timberlane. También pensaron que al hombre del rancho lo asesiné yo. Mejor para su familia, o les hubiesen colgado por esconder a un fugitivo.

Escribo esto frente a la mina de Hollow Lake, no lo he mencionado antes pero esta ciudad es también especial por albergar la mina en la que trabajaba mi padre. La mina Hollow. Me encuentro envuelto en sus profundides, iluminando el lugar con un farol que había en la entrada, mirando al vació, a la oscuridad que no pudieron penetrar los trabajadores, a la que no pudieron llegar con sus estructuras de madera y metal, con sus vagonetas. Un lugar al que seguramente nadie se hubiese atrevido a bajar a pesar de haberse podido. Ni siquiera los más valientes o curiosos que viajaron alguna vez a la mina. De alguna forma Jiménez encontró respuestas, pero nunca entró en contacto con las tinieblas y con lo que ellas albergan. Ya están aquí. Oigo los caballos, no dejo de escribir.

Esta sí puede ser mi última entrada en este diario, me lo juego todo a una carta. Pero merece la pena, no hay otro modo de sobrevivir, y aunque lo hubiese no me importaría. Necesito verlo, tocarlo, sentirlo, aunque signifique mi muerte. Por esto he matado y por esto moriré. El marshall grita mi nombre, también el sheriff. Es hora de guardar el diario. Ya me están apuntando. Me llevarán preso, pero eso no es lo que quiero. Vuelven a gritar mi nombre. Me giraré, les amenazaré con mi revólver, el revólver de mi padre, el revólver de aquel expedicionario que pereció en la mina. Me acribillarán a balazos, mi cuerpo caerá a la mina, a lo más profundo, donde ni los cadáveres de los mineros han llegado. O eso creo. El revólver volverá al lugar donde mi padre lo encontró, más allá incluso. Y después veremos qué pasa.
El marshall grita mi nombre de nuevo y dispara al aire. Les estoy poniendo nerviosos. Ha llegado el momento. Posiblemente mis últimas palabras escritas. Y si no son mis últimas, entonces desearás que lo hubiesen sido.


24 de febrero de 1884
Mina Hollow

Abrí los ojos. Hay una luz tenue que me permite escribir. También me permite ver putrefactos cuerpos mirándome, moviendo débilmente alguna extremidad y gimiendo. Son muchos, pero no son peligrosos. Les ignoro.
 Algo me atraviesa el costado. Me levantó extrayéndolo, después me miro al pecho. Tengo varios agujeros de bala que no me duelen, algunos son recientes, otros no tanto. La luz tenue proviene del mismo material que aquel diente que no era un diente. Jiménez tenía razón, el mito, desconocido por casi todo el mundo era cierto. El dueño de aquella calavera nunca tuvo este material sustituyendo un diente, fue oculto en esa mandíbula como un diente más por alguien.
Mi padre encontró la calavera, la calavera le consumió y le poseyó. A mí también. Mi esposa y mi hija osaron interponerse entre ella y yo y se la dieron a Beltrán, un vendedor que pasaba a menudo por el rancho a vendernos o comprarnos mercancía. Mi esposa me arrebató lo que más quería, mi propia vida, la vida eterna encerrada en aquella calavera. Yo le quité a ella lo que más quería, después la maté a ella. Beltrán me obligó. Un viejo amigo de la familia que estaba allí intento impedírmelo, impedir que luchara por lo que me pertenecía. Pero no me apena haberles matado a todos. Lo he hecho por algo mayor, por perdurar en el tiempo, por trascender, superar los límites de la humanidad. ¿Qué es eso frente a diez vidas? ¿Qué es eso frente a la vida de una mujer, una niña, un pobre hombre, un vendedor, el dueño de una casa de subastas, un ocultista o varios matones? También hubo una vida que no me corresponde a mí directamente, un ranchero que me protegió y que no intentó apoderarse de mi posesión. Él era el único que no merecía morir.

¿Que me diferencia todo esto de mi padre? Puede que los dos acabásemos consumidos, pero él no mató, no trascendió y nunca supo que la calavera no era nada. Nada. Tuvo este mineral bajo sus pies y en esa calavera y nunca lo supo. El de la calavera ya no brilla, lo consumí cuando los hombres de Timberlane me dispararon. Parece que cada fragmento tiene un límite ligado a su tamaño. Y aquí hay muchos fragmentos de gran tamaño, podría caer una y otra vez acribillado a tiros y no moriría. Solo he de esperar a que alguien me encuentre y me saque de aquí. Entonces podré compartir mi inmortalidad... o no. Mi inmortalidad es mía. He trascendido, pero nadie merece conocer el secreto, el poder de este mineral, su ubicación ni procedencia. Nadie que no pase por lo que he pasado yo lo merece. Y si alguien intenta conocerlo sufrirá el mismo destino que ellos: que mi mujer y mi hija, que mi amigo, que aquel vendedor. El mismo que aquel ocultista o el del dueño de la casa de subastas. Pues si quieres conocer la vida eterna, antes has de morir.



8 de julio de 1994
Lugar desconocido

Me han encontrado. Me sacaron de esa mina con tecnología que no conocía. Llevaba en los bolsillos varios fragmentos que escondí por poco tiempo. Me los intentaron quitar, me preguntaron sobre ellos y hasta se llevaron algunos de ahí abajo. Les maté. Les destrocé con mis propias manos. Ellos me dispararon con armas que no conocía, yo solo les miré con mi sangre derramándose sobre la arena. No caí, ellos sí. Me aseguré de que ningún fragmento del mineral entrase en contacto con ellos, es el mero contacto lo que te devuelve de la muerte. En cambio, conmigo ha sido diferente. Al caer en la mina, un fragmento del suelo en forma de estalagmita me había atravesado un costado, fue eso lo que me salvó, tuve suerte, o tal vez algo más que suerte. Dios me quiere vivo. Para siempre, pues al entrar en contacto un fragmento tan grande con mi sangre y mis órganos aquirí el poder de forma eterna, sin límites, como duando sólo toque ese pequeño fragmento.
Mientras divagaba recordé que uno de los investigadores se había ido con mi diario. Se había ido antes de que me subiesen a mí y matase a todos. Solo le esperé. Evidentemente volvió. Evidentemente le maté.

Ya sé por qué escribo este diario. En él se encuentra el secreto de la vida eterna, accesible para todo el mundo. No todos tienen derecho a conocer tal secreto, y tú ya lo conoces. Ahora solo has de morir como hice yo y como hicieron todos antes que tú.



El día de tu posible muerte
Donde podría yacer tu cadáver

He escrito esta página antes de que encontraras el diario. No lo perdí, dejé que lo encontrarás. Lo tienes en tus manos porque yo quise que tú lo tuvieses. En las primeras páginas, antes de conocer el secreto, te insté a que lo dejaras, te amenacé a pesar de que sabía que sería imposible que pudiese hacer nada contra ti nada más que asustarte. Pero aquí estoy, dos siglos después, esperando a que termines. Porque sé que sigues leyendo, porque sé que ya no puedes parar. Es más, temes parar, porque sabes que cuando lo hagas apareceré en algún lugar. Puedes intentar matarme, sabes con qué resultado. Mira a tu espalda si quieres; mira por la ventana, no me verás. Pero tu vida ya está ligada a la mía. Y créeme, la mía es eterna, la tuya nunca lo será.

Hagamos un trato. No hables sobre esto, no menciones lo que has leído, deja el diario en una de las estanterías de tu casa y olvídalo. Algún día volveré a por él y tal vez te perdone la vida. Ten por seguro que estarás vigilado, si dices algo morirás. Desprecia tu deseo de la vida eterna y demuestra el aprecio de tu finita vida. Hazlo y no acabarás como el resto. ¿Podrás? Tal vez al principio, pero algún día, cuando creas que esto no fue nada más que una broma y te olvides de esta sensación que estás teniendo ahora decidas contárselo a alguien, como una anécdota, como una curiosidad. Ese día no solo te habrás condenado a ti. 
  Si por el contrario eres lo suficientemente prudente mantendrás tu bien más preciado. No sé lo que harás, pero sí puedo decirte algo con seguridad: decidas lo que decidas, renuncies o no al secreto de la vida eterna, morirás. Recuérdalo. Tal vez no hoy, pero tal vez sí mañana, tal vez en unos años. Tienes a dos vigilándote, el dueño de la vida eterna y el dueño del descanso eterno. Uno de ellos decidirá tu destino. Pero eso ya lo sabes. Ya sabes bien cómo terminará todo. Cierra este diario, olvídame y sigue tu vida. Síguela. Síguela sabiendo esto. Morirás.

domingo, 6 de agosto de 2017

Un mar infinito


No es el mar, desde luego, pero se le parece tanto que puede llegar a ser reconfortante mientras él lo permita. Nadie es tan afortunado como para encontrar siempre el mar calmado, todo el que se aventura a navegarlo sabe que se la juega, que escapa a su control, pero cuando el mar se mantiene tranquilo, cuando te acoge con amabilidad en su vastedad, puedes llegar a ser feliz. Solo has de no asomarte para intentar mirar lo que oculta en su interior, disfrutar contemplando el horizonte sin preguntarte qué hay más allá.

Pero la tranquilidad del mar no es eterna, como parece serlo el propio mar, por ello es recomendable acercarse a la costa y bajar de tu embarcación para pisar tierra firme. ¿Os imagináis un mar en el que te veas obligado a navegar eternamente? Existe, me temo, o algo que se le parece demasiado, como decía. Algo tan inclemente como éste cuando se le antoja, tan bravo como bello, tan espeluznante como apacible. Es inabarcable, incontrolable e inesperado. Está lleno de vida, pero a su vez recibe gustoso a la muerte. No tolera a los desalmados, pero tampoco tiene piedad con los inocentes. A veces sacude los cimientos de nuestra civilización para segar las vidas que cree oportuno y llevárselas a la inmensidad del oscuro vacío que esconde en sus profundidades, donde yo ahora yazco, arrastrado por sus designios, los designios del caprichoso destino. El mar por el que navegan nuestras vidas, un mar que, de una u otra forma, siempre nos acaba engullendo y llevando al fondo de su ser, donde ya nada tiene sentido, donde espero el fin de algo que es infinito.

sábado, 4 de marzo de 2017

El secreto del Hacedor


Un hombre de gran tamaño gritaba furioso en su oscura morada. Un lugar cálido gracias a las incesantes llamas que bañaban con su luz la fría oscuridad, otorgándole a ese robusto hombre, en ese momento, un aire amenazante. Aire que se esfumó cuando el llanto le sobrevino. Nadie estaba allí para consolarle, solo algunas de sus muchas antiguas creaciones que parecían mirarle queriendo ayudarle.


-Proceda en su defensa el Hacedor -pronunció un hombre de semblante serio y larga barba canosa-, acusado de violar las leyes del buen uso de los poderes divinos y de no preservar la seguridad de sus propias creaciones.
El Hacedor, con su larga melena oscura, se colocó en el centro de la colosal sala situada en lo más alto de aquella montaña.
-Señoría, no se trata de esgrimir una defensa, se trata de pedir una disculpa -el hombre agachó la cabeza-. Mis creaciones debían ser perfectas, debía usar mi poder con responsabilidad. Lo intenté, pues les otorgué a todas por igual poder, sabiduría y bondad, pero tampoco pretendía dárselo todo hecho. Me pareció fascinante que ellos mismos continuasen mi labor como hacedor y prosiguiesen con mi creación. Les di las herramientas para hacer posible el milagro de la vida, para crear algo que en esta sala repleta de grandes señores nadie más que yo puede crear. Que fuesen capaces de crear un mundo como el nuestro, pero no podía hacerles inmortales como lo somos nosotros, así que todo lo que eran solo podía mantenerse si continuaban creando y trasmitiendo. Para ello decidí ir más allá y crear algo nuevo, algo que no está entre nosotros, algo a lo que llamé “mujer”.
En la sala cada vez se respiraba un ambiente más caldeado, los presentes se miraban, algunos extrañados y otros disgustados.
-Algo que se le fue de las manos. Un error por el que pide disculpas, ¿no es así?
-¡En absoluto! Pido perdón por no ser capaz de mantener la virtud en mis creaciones ni la sabiduría suficiente para no hacer distinciones sociales, políticas o éticas ante un semejante que simplemente porta diferentes herramientas para hacer una misma labor -Las palabras del Hacedor mostraban claramente su desacuerdo y desprecio ante lo que el Juez acababa de decir.
-Esas a las que llama “mujeres” son, claramente, el motivo de que usted esté aquí hoy. Son el motivo de disputas por las que sus creaciones, tanto hombres como mujeres, sufren. Todo debido a su irresponsabilidad. No será desterrado y se le seguirá dejando crear, con restricciones eso sí, si destruye su propia creación, o, por lo menos, a parte de ella. Destruya a las mujeres, no vuelva a crearlas y será perdonado.
El Hacedor miró a todos los que permanecían en la sala sin inmutarse tras lo que el Juez acababa de decir.
­-Veo que la virtud tampoco puede encontrarse en lo que algunos llaman dioses -clavó la mirada en el Juez-. No, no acepto las condiciones de destruir total o parcialmente mi creación, por lo que asumo gustoso la condena.
­-Bien, así sea entonces. Hacedor, prescindimos de sus, por otra parte, innecesarios servicios y le desterramos del Monte Divino para que viva en la cloaca que usted ha creado y a la que llama Tierra, mundo que abandonaremos para dejarlo en el olvido, sin prestarle nuestra ayuda en ningún momento.
­-Ayuda que no necesitan, entre otras cosas porque, como bien pueden ustedes ver, son nefastos ayudando. Y, por supuesto, porque mejorarán y, algún día, os superarán. Todos tienen la fuerza, todos el poder e incluso el deseo, solo que algunos todavía no se han dado cuenta.



Bajó a lo que el Juez llamó cloaca. Observó por primera vez a sus creaciones caminando a su lado. Muchos hombres no se respetaban entre ellos, pero peor era la situación de la mujer. No comprendían que debían trabajar juntos para seguir avanzando.
Caminando por el mundo se encontró muchas cosas maravillosas y otras tantas horribles, intentó siempre ayudar como pudo a unos y otros y trasmitió a adultos y niños sus enseñanzas con intención de alcanzar la igualdad entre sus creaciones.
Un día, en uno de sus peregrinajes, vio a una muchacha mirando a un grupo de soldados.
-¿Te gustaría estar ahí como uno más? -preguntó el Hacedor mirando también a aquellos hombres.
-No. La guerra no me interesa. Me interesa acabar con ella, algo imposible y estúpido de pensar.
-No lo es querer corregir un error.
-Lo es desearlo desde mi posición.
-Tú sola no lo conseguirás, desde luego. Y posiblemente solo puedas emprender el principio de un largo camino que lleve siglos recorrer. Pero alguien tiene que empezar.
-Los hombres dominan el mundo, y con ello las guerras. Solo ellos pueden pararlas.
El Hacedor no pudo evitar reírse.
-El mundo os pertenece a cada uno de vosotros. Todos tenéis la capacidad de luchar por él y por la seguridad y los derechos de cada uno de sus habitantes. Algunos hombres creen tener el poder, pero ¿quieres que te cuente un secreto? -la joven afirmó con la cabeza mirando al hombre con cierta extrañeza­-. Me permití crear a las mujeres con algo más de sabiduría, entereza y fuerza, pues, como hombre, conocía bien nuestros límites, por lo que con vosotras decidí acercar mi creación más a la perfección.
La joven no dijo nada, pero, por cómo le miraba, el Hacedor supo que vio en sus ojos la verdad.
-Sé que ese poder a mayores que poseéis no lo utilizaréis en su contra, como algunos de ellos piensan, por eso os lo di, pues sé que lo usaréis para mejorar el mundo y luchar por la igualdad. Empieza a luchar por conseguirla, amiga mía, pues ese es el camino para alcanzar la verdadera paz.

jueves, 16 de febrero de 2017

Diminutas campanas de boda


Caminaban juntos, nerviosos, sin soltarse de la mano. Se dirigían a al altar, donde un hombre canoso les esperaba con el semblante serio. Caminaban por un pasillo que parecía no terminar, siendo observados por gente conocida, gente que querían y con la que habían compartido muchos momentos. Todos llevaban el mismo traje, todos tenían el mismo gesto, todos menos ellos. A pesar de los nervios, a pesar del paso que iban a dar y de lo que iban a cambiar sus vidas, estaban tranquilos, seguros de lo que hacían y, sobre todo, de lo que habían hecho. Llegaron por fin al extremo de la sala, a su altar particular, y miraron al anciano, que era el único que llevaba una vestimenta diferente y el encargado de pronunciar las palabras que proclamarían su amor infinito. Después se dieron la vuelta hacia los testigos, que parecían tristes, tal vez emocionados, por el evento. No todos querían que se casasen, pero tenían que hacerlo. La ceremonia transcurría en silencio, un silencio que el anciano no tardó en romper. Las manos de los dos hombres seguían unidas, a pesar del sudor que las bañaba no se resbalaban. Los cinco testigos se encontraban en fila, con los ojos clavados en los novios, mientras el anciano pronunciaba las palabras que les unirían eternamente.
Las campanas comenzaron a repicar, cinco diminutas campanas que perforaban los tímpanos, perforaban la carne. Estaban acostumbrados a ver la carne perforada, acostumbrados a oír sonidos más terribles que los de esas campanas. Eran soldados.

Cada día que pasaba, cada día que tenían que sobrevivir, se hacían más débiles. Su miedo aumentaba, su visión de la vida se tornaba más oscura de lo que ya era y necesitaban sentirse más fuertes. Se insensibilizaban y se volvían peligrosas máquinas de matar. Pero hasta la máquina más potente era frágil y necesitaba ser cuidada y a menudo engrasada. Todos ellos permanecían unidos, algunos demasiado para lo que allí estaba permitido. Tanto, que debían esconderse. No había porque hacerlo, eran parte del mismo cuerpo, eran compañeros, soldados. Eran hombres, simplemente hombres. Pero se escondieron.

¿Puede una situación generada por el odio desembocar en amor? Muchos soldados se aferraban a ese sentimiento en el campo de batalla para sobrevivir, pero ¿cuántas veces surgía el amor en una guerra? El único que tenía derecho a mostrarse ante todos tal y como era, sin tapujos, sin escrúpulos, era el odio y todo lo que reflejaba, sin importar la gente que sufriese.
El amor en una guerra puede ser un gran aliado, pero un aliado oculto, frágil, que si es descubierto puede ser aniquilado con facilidad, y más si ese amor es considerado anti-natural.

Una noche se las apañaron para descansar juntos, su amor no lo hacía. Para ellos no existía más que esa habitación, esa cama, ese hombre. Pasarían la noche despiertos, pero a la mañana siguiente tendrían la fuerza suficiente para luchar, mientras lo hicieran juntos. Lo que no imaginaban era que no pasarían la noche despiertos para consumar su amor, sino su odio, el odio de una nación. La puerta se abrió de golpe, uno de sus compañeros los vio desnudos sobre la litera que compartían. Entró dispuesto a gritar para alarmar de su llegada, pero se quedó callado. Después de un instante en silencio, los disparos recordaron al inoportuno soldado por qué estaba ahí. “Nos atacan” dijo seco, como si hubiese visto a uno de sus compañeros con el enemigo. Tras la batalla comenzaría la suya propia.

Caminaban juntos, nerviosos, sin soltarse de la mano. Se dirigían a al altar, donde un hombre canoso les esperaba con el semblante serio. Caminaban por un pasillo que parecía no terminar, siendo observados por gente conocida, gente que querían y con la que habían compartido muchos momentos. Todos llevaban el mismo traje, todos tenían el mismo gesto, todos menos ellos. A pesar de los nervios, a pesar del paso que iban a dar y de lo que iban a cambiar sus vidas, estaban tranquilos, seguros de lo que hacían y, sobre todo, de lo que habían hecho. Llegaron por fin al extremo de la sala, a su altar particular, y miraron al anciano, que era el único que llevaba una vestimenta diferente y el encargado de pronunciar las palabras que proclamarían su amor infinito. Después se dieron la vuelta hacia los testigos, que parecían tristes, tal vez emocionados, por el evento. No todos querían que se casasen, pero tenían que hacerlo. La ceremonia transcurría en silencio, un silencio que el anciano no tardó en romper. Las manos de los dos hombres seguían unidas, a pesar del sudor que las bañaba no se resbalaban. Los cinco testigos se encontraban en fila, con los ojos clavados en los novios, mientras el anciano pronunciaba las palabras que les unirían eternamente.

El anciano, con su uniforme lleno de medallas, se había separado de ellos mientras decía lo que debía decir. En esa boda no había alianzas ni enemistades, tampoco traiciones ni venganzas, mucho menos rencores. Solo había miedo, incomprensión, debilidad y cobardía. En esa boda solo había un hombre con algunas partes amputadas y a punto de desintegrarse por completo. Había cinco dedos presionando cinco gatillos y una mano presionando otra mano.

Las campanas comenzaron a repicar, cinco diminutas campanas que perforaban los tímpanos, perforaban la carne. Estaban acostumbrados a ver la carne perforada, acostumbrados a oír sonidos más terribles que los de esas campanas. Eran soldados. Tal vez fue también la debilidad lo que llevó a esos dos soldados ante aquel altar, pero la fortaleza les hizo mantenerse allí parados, juntos, en silencio, esperando el fin de su boda. Un fin que llegó pronto. El sonido de las diminutas campanas cesó, los cinco dedos se levantaron, los dos soldados cayeron, sus manos siguieron unidas. La muerte no les separó.

lunes, 13 de febrero de 2017

El poder de una sonrisa


Poseo un gran poder que lo puede cambiar todo, un poder que nadie entiende, un poder que admiro y temo. Un poder que me revive, que me da esperanzas incluso ante tanta miseria. Un poder que me mueve y que me ata, que me da fuerzas y que me las quita. Un poder que necesito, un poder que alguna vez rechacé, pero que también busqué. Un poder que no me deja dormir ni comer, y a duras penas pensar. Un poder que puede volver loco, pero que a mí me da la vida.
Con este poder puedo hacer el bien y causar mucho dolor. Puedo crear y puedo destruir. Puedo correr sin cansarme y hasta cansarme sin correr. Con él, incluso, soy capaz de ver belleza en el lugar más sórdido.

Recuerdo cómo detestaba que me tocase el sol, cómo detestaba escuchar a la gente hablar, cómo odiaba oírles reír o llorar, cómo me repugnaba verles matar o morir. Recuerdo cómo sentía lastima por todos ellos, por todo lo que les rodeaba. Tenía el poder de destruirlo todo con un simple movimiento de mi muñeca, provocando un chispazo que envolvería el mundo en llamas, así que me planteé acabar con aquello. No pretendía destruirlo, solo salvarlo, acabar con el último organismo y empezar de cero. Sigo sin saber quién me dio ese poder y para qué me lo dio, pero yo tenía muy claro cómo usarlo.

  Me elevé ante todos como un dios sin que pudiesen verme y esperé, no sé muy bien a qué. Les miré por última vez y, antes de volver a elevar la mirada, pude verla sonreír. ¿Por qué? ¿Por qué su sonrisa me detuvo? ¿Por qué sonreía en aquel lugar sin sentido? No lo sé, no sé nada, solo que quería verla sonreír todos los días de mi vida. Seguramente fuese como todos, seguramente lo sea, pero su sonrisa a mí me parecía distinta. A su sonrisa le siguieron su mirada, sus andares, le siguieron sus palabras. Al verla no pude hacer lo que debía. Decidí bajar, renunciar a aquel otro poder que nos salvaría y sucumbir al poder que ella me había otorgado. Bajar a aquel infierno para acercarme al paraíso. Fui un egoísta, un inconsciente, un impulsivo, pero ante todo fui feliz como nunca lo había sido.

Por un momento vi a la gente de otra manera. Me di cuenta de que estaban tan perdidos como yo, que algunos no tenían intención de encontrarse, pero que a otros la angustia les devoraba tanto como a mí. Y aun así luchaban, continuaban, vivían. Era increíble, peligroso, pero admirable. Eran como yo, pero muchos sin ese nuevo poder que ahora me imbuía.

O eso creía. Al observarles más de cerca comprendí que cada uno, a su manera, tiene ese poder, y cada uno decide qué hacer con él. Yo lo sé, o, mejor dicho, sé lo que no puedo hacer con él. Con este nuevo poder no puedo mejorar el mundo, no puedo cambiarlo. Con este poder sigo viendo lo mismo de siempre, pero no de la misma manera. Por eso es tan importante este poder, porque no nos hace poderosos, simplemente felices; porque no nos hace superiores, solo iguales; porque nos permite vivir en un mundo donde la vida a veces parece carecer de sentido. Se trata de un poder que nos conecta a la otra persona y que, manteniendo nuestra mortalidad, nos convierte en imparables hasta el fin, como si de verdad fuésemos inmortales.

¿Qué puedo tener yo? os preguntaréis, ¿qué la puedo ofrecer? Nada que no puedan tener los demás, menos de lo que pueden ofrecerla muchos, os lo aseguro, yo solo puedo ofrecerla ese mismo poder. Es probable que no sea correspondido, es posible que me deba conformar con verla, con oírla y hablar con ella de vez en cuando, pero ya es más de lo que tenía antes.
No será un final triste, simplemente un final sin ella, un final que no llega con estas últimas líneas, pues yo seguiré aquí, continuando la vida que ella me devolvió, dispuesto a mantener ese poder en cualquier rincón del mundo y a ofrecérselo a alguien que lo necesite como yo. Un poder al que algunos llamamos “amor” y que cada uno entiende de una forma. Lo importante es que, de una forma u otra, ese poder siempre esté ahí y sepáis usarlo, que os libere y jamás os encadene y, sobre todo, que no lo perdáis en la oscuridad y en la distancia. Sabed que siempre estará ahí esperando a que lo recibáis y deseoso de que lo compartáis.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Vacío Redentor


Las llamas acorralaban en cada esquina a aquella mujer. Día tras día vivía en aquel infierno que solo ella veía, solo ella sentía. Con aquel abominable ser que parecía disfrutar haciéndola daño. No tenía escapatoria, sabía que un día la consumiría hasta acabar con ella. La destrozaría por completo. Caminaba por la calle queriendo pedir ayuda, pero sin poder hacerlo. Algunos la miraban, pero la mayoría la ignoraban. Cruzó la mirada con otra mujer, cuyo espejo ocular reflejaba un mundo sin fuego, bonito. Pero no tardó en esfumarse, pasando de largo, devolviendo las llamas a su sitio.
Cruzó la carretera sin importarla la caótica circulación y llegó al río. Pudo ver cómo entre las llamas algunos sacaban sus móviles para grabarla, otros solo la miraban, e incluso unos cuantos la gritaban para que tuviera cuidado cuando cruzaba. Apoyó las manos en la barandilla del puente y gritó de dolor al sentir el calor del metal en sus manos. Agachó la cabeza y miró al río en el que podía verse reflejada, podía ver reflejado todo lo que había junto a ella. No pudo decir que era bonito, pero era mejor que ese infierno de fuego. Agarró con fuerza la barandilla, sin importarla ya que quemase, y se dejó caer al espejo acuático que descansaba bajo ella. Se sumergió en ese mundo anodino, pero limpio, para dejar de sentir ese dolor. Cuando lo hizo, por primera vez en mucho tiempo, no se ahogó.

Paseaba por calles grises, con gente sin rostro, sin sonidos y sin olores. Incluso aquello era menos doloroso. Las figuras poco a poco se volvían más borrosas, pero no la importaba. Por fin tenía lo que quería.
-No tienes lo que quieres, mi pequeña. -No sabía a quién pertenecía esa voz- ¿Recuerdas cuando tu madre te leía esos cuentos? Había uno que te gustaba en especial. Sí, eres muy parecida aquella niña adentrándose más allá de espejos. -Seguía sin reconocer la voz o ver la silueta de la persona a la que pertenecía-. Sí, sí. Sé que sigues sin identificarme. Eso es porque no soy nadie. No tengo forma, pero puedo dar formas, muchas formas. Me encanta crear, construir, dibujar, pintar. A través de este espejo puedo dar rienda suelta a mi creatividad, crear yo el reflejo, pues aquí nada hay que se pueda reflejar más que lo que yo cree. ¿Cómo puedes crear sin brazos ni ningún tipo de extremidad? Te preguntarás. Pues no te preguntes, no te preguntes chiquilla. Para crear nada de esto necesitas, solo pensar precisas. -Todas las siluetas habían prácticamente desaparecido, ya casi no quedaban figuras en ese lugar- Pero estás a tiempo, ¡oh, sí! ¿Sabes lo mejor de mis creaciones? Que ellas pueden crear. Más allá del espejo no hay límites. ¿¡Y no te lo crees!? Pues vas a tener que volver a cruzar el espejo para comprobarlo. Deja que me deleite con lo que eres capaz de crear. -La joven comenzó a ver una figura formándose frente a ella, junto al gran espejo- ¡Oh, mira, mira! Estás creando.
Su madre, sentada en la cama, le contaba su cuento preferido. Lo había olvidado. Siempre había querido ser como la protagonista de ese cuento. Entonces las imágenes pasaron muy deprisa, con muchas personas cruzándose en ellas, tornándose todo más oscuro hasta que comenzó a arder.
-Igual que puedes crear, puedes deshacer. Ninguna creación puede imponerse a la tuya tras el reflejo, es lo bonito del reflejo, que hay lugar para cada destello. Ninguna imagen puede imponerse a otra, todas conviven. Hay muchos estilos, muchísimos. Elige el tuyo y comienza a crear. Y si no te gusta lo que creas deshazlo, ¡maldita sea! Tienes el poder, yo te lo di. Hazme caso y cruza de nuevo el espejo antes de que se acabe el tiempo. Tus líneas no se han borrado, no las borres tú. Y mucho menos dejes que te las borren.  No vengas al mundo de la nada, ¡crea, crea, crea, crea! ¡Crea! Nunca destruyas y aléjate del que está dispuesto a hacerlo para existir.

Creyó y creó. Cruzó con dificultad el gran espejo, abrió los ojos y respiró por primera vez en mucho tiempo. No había fuego, solo agua. El agua del río la rodeaba. Tampoco tenía calor, ni frío. Vio a un montón de gente observándola desde el puente mientras alguien intentaba ayudarla. Se oían sirenas, otrora chillidos de aves preparadas para devorar los restos orgánicos de un contenedor vacío, convertidos ahora en cantos de auténticas sirenas que cumplían las promesas que hacían y que iban a salvarla. Y entre esos cánticos de sirena podía contemplarse a una auténtica sirena que, desde tierra firme, observaba a su víctima flotando en el agua, invirtiendo la historia, lo conocido, lo preestablecido. Aquella sirena que la había llevado al abismo de la locura y la salvación. Aquella sirena que la hizo conocedora de la única verdad, de la mentira más absoluta, del vació redentor, del reflejo infinito. Del espejo vacuo que nada contiene y todo refleja.
Los demonios con tridentes no existen, el infierno es tan auténtico como el paraíso, Dios es una mentira tan grande como las sirenas, que no siempre engañan, y los reinos celestiales tan tangibles como los submarinos. Solo existe el reflejo del espejo, y tras el espejo no hay nada. No, nada no. Esta él, o ella, está el vacío. El vacío tiene un nombre, el vacío tiene una voluntad, y esa voluntad es ninguna, porque el vacío no tiene un fin sino un principio, y ese principio es nuestro, nosotros lo comenzamos. Por eso ya no es necesario llenar de letras el vacío de esta hoja, a no ser que queráis saber qué pasó con aquella visitante del vacío, aquel ogro que la destrozaba y su fortuita e inusual sirena terrestre. Os lo podría decir, pero no importa. Vuestro espejo ya está reflejando y, al final, vosotros llenaréis ese vacío convenientemente. Así que ¡vamos! Haced como ella y cread, cread, cread. ¡Cread! Y jamás os dejéis destrozar.

viernes, 6 de mayo de 2016

Los Cuentos Prohibidos(IV)



 ¡Ves! La muerte no significa nada, lo sabía. No sé porque se preocupan tanto los adultos. Pero el cuento de Translúcida y Transida no habla solo sobre la muerte, habla de más cosas, ¿verdad? ¿Cómo decía mamá? El ajo, por ajo o algo así. ¡Eso! Ojo por ojo ja,ja,ja,ja. A veces nos equivocamos, pero no por ello debemos ser siempre castigados. ¿Que el cuento de esta noche tiene también una relación con eso? Me he adelantado ji,ji,ji. ¡Me encantan estos cuentos! Que pena que solo queden dos. Ha venido una mujer como el hombre blanco, la llaman enfermera, y también la llaman 

Lucy. Es muy buena, aunque muy seria. Hoy el hombre blanco la regañó porque no debía llevar el pelo suelto y ponerse la cafia, o lacofia, no sé, una palabra muy rara. Es una pena porque tiene un pelo rubio muy bonito. Esta mañana se me olvidó quitarme el colgante que me dio Henry y ella me lo vio, no me preguntó nada, solo me dijo muy seria que lo guardase. Aunque creo que sonrió, un poco, casi ni se veía. ¿Por qué no sonreirá más a menudo Lucy?

No sé si cinco cuentos serán suficientes para todas las noches que a lo mejor paso aquí. Entré porque tenía heridas, pero el señor blanco me miro mucho y mamá lloró. ¿Por qué tendré que estar aquí? Bueno mejor, si no a lo mejor nunca me hubieses contado esos cuentos. Además, gracias a estar en este sitio he conocido a una niña que Lucy ha subido hoy aquí. Se llama Angela y va vestida como yo. Es muy sonriente, pero no habla nada, solo dibuja y colorea. He visto sus dibujos y son muy bonitos, usa muchos colores diferentes. Hoy dibujó un pueblecito muy bonito, con un castillo muy grande y un niño muy sonriente encima del castillo, no lo tocaba, como si estuviese flotando en el cielo. ¡Ojalá yo dibujase así!

Antes de la hora de dormir fui a ver a Angela a su habitación y la vi hablando con Lucy, cuando me vieron Angela sonrió mucho y Lucy se puso todavía más seria, a lo mejor hice algo mal. Lucy llevaba otra vez el pelo suelto ¡qué guapa es! Cuando salió de la habitación se lo recogió de nuevo y se puso la el sombrerito de enfermera. ¡Eso, la cofia! Tiene los ojos azules, que pena que sea tan poco expresiva. Por un momento no pude dejar de mirarla, que tonto. Vi como sacó un espejito de mano y se colocó bien la cofia para que el hombre de blanco no la regañara. Angela carraspeo ¡ja,ja,ja,ja! Espero que no la haya parecido mal que me despistase por un momento. Me dijo que si quería me podía dibujar, yo la dije que vale. Bueno, no me lo dijo, porque no habla, pero yo la entendí. Es fácil entenderla. Lucy la entendía, pero...yo creo que Angela sí que hablaba con ella. Bueno, a lo mejor le da vergüenza hablar conmigo.

Teníamos dos horas hasta la hora de dormir y ya solo queda una así que no creo que pueda acabarlo. O a lo mejor sí, dibuja con tranquilidad pero es muy rápida. ¿Dónde habrá aprendido? ¡Oye! Vamos a hacer una cosa, ¿porque no me cuentas el cuento mientras Angela me dibuja? Así ella también puede escuchar el cuento. ¿Qué te parece? ¿Sí? ¡Qué guay! ¿Qué cuento toca esta noche? ¿Glaena? ¡Qué nombre tan bonito! ¿A ti te gusta, Angela? Je,je. Lo suponía.



EL CUENTO DE GLAENA


  
A simple vista  era un pueblecito normal y muy corriente, con un castillo como otro cualquiera en lo alto y gentes como las de cualquier rincón del mundo, pero Vinablae era un pueblo especial. De noche era el único pueblo que durante todo el año se iluminaba con luz que no procedía de antorchas ni de la umbralita, pues sus habitantes, amantes de la cultura y el progreso, tenían su propia fuente de energía desconocida en el resto del mundo. En Vinablae la gente no era corriente, en Vinablae todo el mundo tenía una mente brillante. Había quien se dedicaba al estudio de plantas y de los animales, había inventores fantásticos, literatos, actores, malabaristas, pintores...Vinablae era por muchos considerado una ciudad, la capital del mundo, aunque ciertamente no lo era.

Todo esto, sus gentes, lo hacían con respeto, sin dañar el entorno, sin molestar a sus vecinos o incluso a extranjeros que les visitaran. Tenían una mente espléndida para crear y descifrar, pero también para convivir y respetar. Únicos en todo el mundo. La reina de Vinablae llegó a vivir doscientos dos años, algo habitual en ese pueblo, pues lograron crear un elixir que les hacía longevos. Fue una buena reina que quería aprender de todos y cada uno de sus habitantes. Durante muchos años, cada día visitaba a alguien para descubrir en qué estaba trabajando.

Todos allí trabajaban por pura vocación y descansaban cuando querían o lo necesitaban. Era considerado por muchos como un paraíso, un lugar único en todo el mundo. No se conocen bien las causas de porque la gente que nacía allí tenía esa mente y ese buen corazón, pero muchos extranjeros los envidiaban. Evidentemente, los vinablaenintumtrarum, conocidos coloquialmente como vinablaentinos por la dificultad del gentilicio, cuyo origen etimológico solo conocen los propios habitantes de Vinablae, no eran tontos a pesar de ser gente de buen corazón, y tenían muy bien defendido el pueblo, tan bien que nadie se atrevió nunca atacarlo para conseguir sus secretos.

Pero por todos es sabido que para cultivarse no vale con estudiar y leer mucho, también hay que viajar. Y a la reina la gustaba muuuuucho viajar. Pasó ciento dos años de sus doscientos viajando por todo el mundo, en un momento en el que sus habitantes no la necesitaban tanto para proteger el pueblo. Su primer viaje lo hizo a los cinco años, del que asegura haber aprendido mucho, pues viajó durante dos años con su padre sin cesar, hasta los siete. A los siete atendió sus obligaciones de princesa y se cultivó. Podríamos decir que tuvo a los mejores profesores, pero todos en Vinablae eran los mejores profesionales.

La princesa, ya convertida en reina, amaba el pueblo y sus gentes y la gente la amaba a ella, pero anheló seguir su viaje donde lo había dejado, así que cuando cumplió noventa y nueve años decidió emprender el viaje de su vida. Cuando tenía ya ciento noventa y siete años conoció a un hombre de tan solo cincuenta y dos del que se enamoró. Lo más interesante de la reina Lareiva, que así era como se llamaba, era que jamás envejecía, tal y como sucedía con el resto de habitantes de Vinablae. Simplemente un día su vida se apagaba cuando se acercaban a los doscientos años, algunos podían llegar a los doscientos cuatro años e incluso hay una persona que llegó a vivir doscientos nueve años.

El hombre de cincuenta y dos años no supo que era la reina Lareiva hasta que tuvo un hijo con ella. Le confesó que era el príncipe heredero y que debía crecer en Vinablae para conocer y ganarse a sus gentes poco a poco, además de cultivarse y beneficiarse del progreso del lugar. Su amado se negó, se tendría que criar en la ciudad en la que había nacido, lejos de Vinablae, su padre así lo exigía, y en ese rincón del mundo Lareiva no tenía ningún poder. Lareiva volvió a Vinablae sola y decepcionada, había visto grandes cosas en sus viajes, pero ya nada de eso la importaba. Creía que se había enamorado de un gran hombre que al final demostró ser egoísta, mirando solo por su ciudad y descendencia al que solo le importaba la belleza de Lareiva. Incluso le repugnó la idea de pensar que Lareiva tenía casi doscientos años.

Ella, ya en su hogar, pasó un año sumida en la tristeza, en el que ni los mejores inventos, ni los mayores espectáculos ni la mejor voluntad de la gente ayudaron para que mejorará. Pero había algo que la empujaba a seguir viviendo, volver a ver a su hijo algún día, que su padre le dejara viajar de vuelta a Vinablae. Por su mente llegó a pasar algo que nunca había pasado: la posibilidad de atacar la ciudad en la que el hombre que había amado retenía a su hijo. Pero enseguida se le quitó de la cabeza, su hijo correría riesgo, y Vinablae no era una ciudad belicosa.

A los ciento noventa y nueve años dejó instrucciones sobre nombrar rey a su hijo cuando, ya siendo adulto, volviese a la ciudad. Para eso hizo llamar a la gran pintora del pueblo, capaz de crear obras imposibles. Entre sus muchos logros en el campo e la pintura, era capaz de crear retratos del futuro según descripciones del presente. Era algo que no solía hacer, pues mostrar imágenes del futuro podía destruir la armonía de la vida, pero en casos de emergencia podía hacer tal cosa, y más cuando lo pedía la amada reina Lareiva.

Lareiva describió a su bebé, mientras la gran pintora trazaba y trazaba, de vez en cuando cerraba los ojos, otras veces se le ponían en blanco al tiempo que el pincel se movía con presteza y sutileza, con delicadeza. Era un pincel bañado en oro que lanzaba destellos con cada brochazo. Era magnifico ver a esa mujer pintar, utilizar ese pincel que desprendía magia en sus lienzos. Y así lo hizo una vez más. En el lienzo podía verse el rostro del príncipe a los veinte años, un rostro que hizo llorar de emoción a la reina Lareiva. Parecía estar allí.

Todos los días durante los tres años siguientes Lareiva vivió feliz, pues si existía un lienzo de su hijo con veinte años y era obra de aquella pintora, significaba que su hijo viviría hasta los veinte años. Además, el simple hecho de poder ver la imagen de su hijo todos los días la hacía sumamente feliz. Podría haber recompensado con algo a aquella pintora, pero nada necesitaba, pues en Vinablae lo tenía todo y era feliz con su hija de tres años, que había nacido poco después de que madre pintase aquel retrato del príncipe de Vinablae.

Un día, en plena noche, la reina Lareiva se despertó de golpe. Sintió algo. Se levantó de la cama, miró el retrato de su hijo colgado en la pared, lo descolgó, lo acarició y lo besó antes de caer en redondo. La reina había muerto a los doscientos dos años de edad.
Tras el funeral de Lareiva necesitaban a alguien, no para organizar el pueblo, no para que hubiese orden, ni dictar leyes, ni para repartir justicia, pues Vinablae funcionaba muy bien. El papel de Lareiva como reina, el mismo que tuvieron sus antecesores, era el de proporcionar felicidad, confort, seguridad. La realeza de Vinablae era sucesora de un linaje muy especial en aquel lugar, pues sus antepasados fueron los primeros hombres que poblaron aquel lugar, sus fundadores.

El lugar, sin que en aquel momento lo supiesen, emanaba algo, estaba comunicado de alguna forma a la Naturaleza, al Orden de las cosas, otorgaba una superioridad mental y moral a los allí nacidos inexistente en otros rincones del vasto mundo. Pero antes de poblar ese lugar tan especial existía un pequeño manantial del que los antecesores de Lareiva bebieron, manteniendo una conexión inexplicable a las plantas y animales de aquel lugar, por ello consiguieron construir ese pueblo sin dañar de ningún modo la Naturaleza, supieron como hacerlo. Cuando más gente comenzó a vivir allí no tardaron en estar conectado a esos primeros habitantes a los que nombraron reyes. Incluso estando lejos mantenía la armonía que antiguamente mantenía el manantial, que se había secado días después de que bebieran en él, algo que nunca hubiesen imaginado, pues no era su intención provocar cambios en aquel lugar virgen.

En definitiva, era importante que la monarquía tuviese descendencia si querían mantener la armonía, la alegría, la seguridad, la conexión. En esta ocasión sentían el eco de esa armonía, pues había un príncipe, pero se encontraba lejos de allí, y ni siquiera dicho príncipe conocía la existencia de los vinablaenintumtrarum. Sin esa conexión, aunque la gente siguiese siendo inteligente y bondadosa, sentiría tristeza, desprotección y dejarían de trabajar y producir, pues su única motivación para hacerlo habría desaparecido.

Se formó un Gran Consejo en el centro del pueblo. Dicho Gran Consejo fue representado por la persona más anciana del pueblo que hablaría en nombre de todos. Ordenadamente todos aportaron ideas, todas ingeniosas e impresionantes. Pero la más recurrente, lo que la mayoría había pensado fue en recurrir a la pintora. Con su magnífico pincel y su gran mente sería capaz de utilizar el retrato que hizo del joven siguiendo la descripción de la reina para encontrar la localización. Después solo tendría que pintar aquella ciudad y alguien a quien elegirían mediante votación entre varios voluntarios accederían a la ciudad mediante el cuadro de la gran pintora. Sí, hasta ese poder llegaban las artes de aquella pintora. Pero puesto que el joven rey era todavía un bebé y podían nutrirse del eco del poder de su fallecida madre y del eco lejano que desprendía el mismo, esperarían a que fuese mayor de edad, a que tuviese veinte años. Lo que no sabían en Vinablae era que el joven rey, en la ciudad en la que vivía, sería mayor de edad a los catorce años.


Mientras la pintora trabajaba en su nueva obra, una representación de lo más fiel de la ciudad en la que vivía el rey (lo que le llevó mucho más tiempo del que uno se podría imaginar), el mejor escritor del pueblo escribía con su magnífica pluma un texto para ser leído por el mejor orador que convenciese al joven a viajar a Vinablae y reinar como lo hizo su madre. Los quince años que sucedieron (pues Lareiva había muerto cuando su hijo tenía cinco años) fueron conocidos como El Desestabilizador Quindenio Vinablaenintumtrarum, al Borde de la Catástrofe Printaneantina del Falso Rey Venido de Printanea, conocida comúnmente como la Crisis de Vinablae. Sí, los vinablaentinos eran buenos en todo menos en escoger nombres, por algún motivo no buscaban ser prácticos en ese aspecto, sino descriptivos. De hecho no les agrada que en la cultura popular se conozca a este periodo como la Crisis de Vinablae, pues la crisis completa abarcó más de quince años y ha habido más crisis, e incluso puede haber más en el futuro.

Llegó el día. Gracias a las notas de la reina Lareiva y a los cálculos de los matemáticos pudieron calcular no solo el mes de su cumpleaños, sino el día, la hora, el minuto, el segundo e incluso el milisegundo. Un matemático llegó a calcular el nanosegundo y años después, por simple interés histórico, uno fue capaz de determinar el yoctosegundo del nacimiento del quinto rey de Vinablae. Ni siquiera debería hablar de estos términos matemáticos tan precisos en este momento, pero es imposible no empaparse de la cultura vinablaentina cuando hablas de ellos.

Como decía, todos sabían ya que el rey tenía veinte años, por lo que solo hizo falta comenzar el plan. Se colocó el cuadro, que era de un tamaño colosal, en el amplio salón de la reina. La gran pintora se puso frente al cuadro, puso los brazos en cruz, inspiró y dejó pasó a los elegidos que se metieron en el cuadro como si de un portal mágico se tratase para la misión de devolver al rey, cuyo nombre desconocían hasta que los grandes astrólogos, fisiólogos, psicólogos y ensayistas estudiaron el rostro del retrato, las notas de la reina sobre la personalidad del padre del chico y los nombres más comunes de gentes nacidas en ese momento y en ese lugar en otros periodos de la historia para descubrir el nombre con más altas probabilidades. Descubrieron dos, el nombre que debería llevar y el nombre que seguramente llevase. La pintora no pudo sacar tal información mediante el retrato, pues con su pincel podía conectar materia y sentimientos del pasado, presente y futuro, pero nunca algo tan vacío en ocasiones como un nombre.

Todos en el pueblo esperaban ansiosos mirando fijamente el cuadro. Pasaron dos horas, cuatro minutos y veinte segundos, nadie se molestó en calcular los nanosegundos o los yoctosegundos, cuando volvieron. Y menos mal, porque la gran pintora solo podía mantener activo el portal con el cuadro durante cinco horas, para la siguiente conexión había que esperar un día más. Ese día, en ese momento, cuando las figuras atravesaron el lienzo y volvieron a la salón de la reina, comenzó lo que los vinablaentinos llamaron La Catástrofe de Printaneantina del Falso Rey Venido de Printanea, Precedente al Pintoresco Período de Glaena y Werdan, lo que los demás siguieron conociendo como parte de la Crisis de Vinablae.

El primero en pisar el salón de la reina fue su antiguo amado, el zapatero printaneantino, padre del quinto rey de Vinablae, autoproclamado rey de Vinablae y conocido como el falso rey venido de Printanea. A su lado iba Reeogg, su hijo. Tras ellos cuatro soldados que “acompañaban” a los enviados a por el rey de Vinablae.
-¡Hombres de Vinablae!-el printaneantino alzó la voz para asegurarse de que todos le escuchaban-. Vuestra reina, mi amada Lareiva, no estuvo de acuerdo con mi decisión, pero firmó un documento que aseguraba la protección de Printanea por parte de Vinablae, pues os describía como un pueblo no beligerante que respetaba a los otros pueblos y ciudades. Vuestra reina firmó la aceptación de las condiciones, códigos y leyes printaneantinas sobre la estancia de nuestro hijo en Printanea hasta que fuera mayor de edad, le contase la existencia de este lugar y le dejase venir por su cuenta a Vinablae si eso era lo que decidía. Pero en vez de esperar habéis decidido interrumpir el cumpleaños de mi hijo sin dejar que esto suceda, invadiendo nuestra ciudad y rompiendo este pacto. Por ello, el rey de Printanea me nombra embajador de Printanea en Vinablae y rey en funciones hasta mi muerte, cuando pasará a ser rey mi hijo Reeogg, que vivirá aquí bajo la ley y enseñanzas printaneantinas, sin poder entrar en contacto con vosotros, gente de Vinablae. Si mi muerte es causada de forma sospechosa, la Gran Alianza-conocida por los vinablaentinos como la Gran Alianza de los Regentes Cetriraneos y las Mil Ciudades Exogeraneas de las Comunidades Tecnológica-Eruditas por la Protección del Muy Improbable Ataque Vinablaenintumtrarum-, tomará parte y castigará vuestra rebeldía atacando vuestra ciudad. Puede que con vuestra tecnología y vuestros conocimientos aguantéis invasiones menores que no se dan debido al respeto que os tienen, ya sea por miedo o admiración, pero La Gran Alianza os destruirá  aunque tarden algunos meses o incluso algún año. Sabéis que una taque de tal envergadura no se dará a no ser que haya una situación como esta, en la que os habéis mostrado peligrosos por primera vez.
Como castigo por vuestra invasión, durante mi gobierno yo decidiré como invertir vuestros recursos e importaré los que vea necesarios para la ciudad de Printanea.

Fue un parlamento exageradamente largo, interminable, pero los vinablaentinos eran muy respetuosos y, además, reconocían sus errores, nadie se quejó. Solo tendrían que esperar a que el falso rey printaneantino muriese, algo que con suerte sucedería pronto, pues ya tenía setenta y dos años. No fue así.

Once años después el rey seguía vivo, los recursos de Vinablae eran más escasos que nunca, la tristeza de sus habitantes los hacía menos productivos, y al rey cada vez más amargado y enfadado con aquellos habitantes que se debilitaban. Muchos empezaron a morir a los cien años, hubo vinablaentinos que incluso murieron de forma natural a los cincuenta y cuatro. Otros murieron por errores en ciertos trabajos de riesgo, algo que nunca había ocurrido, pues nunca habían cometido errores. El colmo llegó cuando el falso rey de Printanea ordenó matar a gente por no producir la materia prima que deseaba o como la deseaba, desde simple comida a predicciones compleja o minerales antes muy comunes. Las obras de teatro ya no divertían, ni los conciertos emocionaban, pocos libros mantenían buena calidad y los lienzos de la gran pintora no tenían la viveza de antaño.
-¡Estos cuadros ya no me gustan!-Gritaba exasperado el rey en funciones de Vinablae-.¡No trasmiten nada!
-¿Acaso has podido alguna vez captar lo que trasmiten mis cuadros?-La pintora se mostró arrogante y osada, dos cosas que jamás la habían caracterizado.
-¿Me estás llamando imbécil, acaso?
-No, solo me limito a indicar lo que deduzco en base a mis observaciones en todos estos años.
-Unos segundos me bastan a mí para deducir en base a mis observaciones que eres una impertinente, y que tu impertinencia te va a llevar al calabozo. ¡Encerradla!

La joven Glaena, que tenía ya 23 años, observó cómo los guardias del pérfido padre del no menos pérfido rey Reeogg arrastraban a su madre hasta los calabozos. Ella se quedó paralizada, sin poder hacer nada. Observó impotente cómo la persona que más quería en el mundo era encerrada en una lúgubre celda para que la poca energía que le quedaba le fuese absorbida.
Más impotencia sintió cuando fue ella la que fue arrastrada a los oscuros aposentos del rey en funciones, que le obligó a pintar el cuadro más hermoso para él.
Su madre le había enseñado a pintar, pero ante todo le había enseñado a gestionar sus emociones, a controlar sus impulsos y a no emplear nunca la violencia. La clave estaba en su corazón, en su alma. Ni siquiera en las palabras, solo en el arte. Agarró el pincel de su madre, ese pincel tan especial que funcionaba como canalizador del poder de creación que poseía su madre, y comenzó a pintar, a crear. La madre de Glaena, de nombre desconocido para nosotros, le enseñó a no ser impulsiva, no por lo menos en la vida real, con las otras personas. Pero cuando creaba...cuando creaba debía sentir el lienzo, debía traspasarlo y pintar sin pensar con precisión. Debía dejarse llevar por su habilidad innata y pintar justo lo que necesitaba. La inspiración es un bien muy preciado, es el poder por el que todos los artistas, sean o no de Vinablae, se mueven. Sin él, ni con un pincel de condiciones sobrenaturales se puede hacer arte. Y ella ese día lo hizo. Visualizó la luz, sintió la esperanza, buscó la verdad en su lienzo y en sus pinturas y encontró un paisaje tan bonito y bien recreado que el padre de Reeogg se quedó fascinado.
Glaena contempló su creación y sintió que podía atravesarla, sintió el sol sobre ella, escuchó el cántico de los pájaros ya desaparecido en Vinablae, el eco del viento y el olor del verdor de aquel lugar. Sintió un refrescante aliento, un hálito de esperanza. Contempló su reflejo en unos ojos cargados de vida.
-Hola, soy Werdan.


Glaena estaba observando el retrato de su madre pintado muchos años atrás para Lareiva, el rostro de ese joven olvidado ya por la mayoría. Estaba ante el mismísimo rey heredero de Vinablae y Printanea.
-Eres...eres él. Como Reeogg, pero diferente.
-Sí, Reeogg es mi hermano gemelo. Y sí, soy el rey de Vinablae.
Si Glaena se había quedado estupefacta al conocer a Werdan, más lo hizo al saber que él sabía que le pertenecía el título de rey de Vinablae.
-Pero entonces, ¿por qué no has venido a ayudarnos?
-Porque no podía. Ayudaros iniciaría una guerra entre Vinablae y el resto de reinos de La Gran Alianza. Tenías que encontrarme, demostrar que el poder de Vinablae no se había doblegado, recuperar Vinablae utilizando acciones artísticas y no belicosas. Si alguien podía encontrarme sin moverse de Vinablae podriá hacer que el equilibrio volviese a ese pueblo antes de que el mundo comezase a desestabilizarse.
-Ni siquiera mi madre podía hacer esto de esta manera. No sin ayuda de otros artistas y estudiosos de Vinablae. ¿Cómo he llegado a ti sin buscarte?
-Posiblemente porque tu poder sea mayor que el de tu madre. Ella te enseñó bien. No te has dejado apagar por  el abuso al que os somete mi padre, y eso es lo que te ha permitido desplegar tu poder en una situación extrema como este. Tu poder, Glaena, no tiene límites.
-¿Como sabes mí...?
-Estamos conectados, como lo estamos con todos los habitantes de Vinablae. Pero nuestra conexión es más fuerte, ¿no lo sientes? No puedo explicar el motivo, pero tu poder es único en Vinablae, como si descendieses del linaje de mi madre, de los fundadores de Vinablae.
-Pero yo solo soy una pintora como mi madre.
-Sí, y no. Las nuevas generaciones comienzan a mostrar un poder que las anteriores no han mostrado. Tu abuela no conseguía tampoco hacer las cosas que consigue hacer tu madre cuando pinta. Vinablae evoluciona, y tú eres la primera de una gran generación.
-Y ahora, ¿qué hacemos?
-Crear, Glaena. Crear.

Glaena y Werdan contemplaron los paisajes de aquel lugar que la propia Glaena había pintado en el salón del trono de Vinablae. Werdan viajaba por el mundo esperando que alguien de Vinablae le encontrase, y en ese momento pasaba por una de las tierras más hermosas, apartada de los grandes reinos. Subieron a lo más alto de una montaña juntos y Glaena respiró un aire nuevo, diferente. No mejor que el de Vinablae, pero igual de purificador, con sus toques. Era como si comparabas dos magníficos cuadros pintados por dos grandes pintores, pero cada uno con sus estilos. Contempló animales que no conocía, olió nuevos aromas, percibió nuevos sonidos, probó nuevos alimentos y, por encima de todo, sintió cosas que jamás había sentido con tan solo mirar a Werdan.
Werdan, precisamente, le enseñó a sentir. A empaparse de su entorno, a dejarse imbuir por la luz de aquel lugar, a conectarse con la energía que desprendía. Observaba cada árbol, cada rama, cada hoja. Todo eso lo había plasmado en su lienzo, pero no esperaba sentirlo de ese modo, conectarse a ello.
Y después de horas recorriendo aquel paraíso terrenal había llegado el momento de pasar a contemplar otra obra y a crear una nueva.

Glaena se materializó en el oscuro salón del trono frente al hombre que estaba sentado en él. Aquel que, desde luego, no era el rey. Éste sujetaba el pincel de su madre mientras la miraba, como si no le sorprendiese que hubiese desaparecido atravesando un cuadro y hubiese vuelto horas después del mismo.
-En Vinablae sois la pera.-Se burló el rey-.Todavía sois capaces de sorprenderme. Cosa que no consiguió tu madre, por eso está en el calabozo. Lugar en el que también acaban los que intentan escapar de mi mandato. Y tú, joven, me has sorprendido a costa de romper las leyes. Lo primero que has de saber es que no volverás a escapar, ¿o acaso no crees que sé que este es el pincel con el que obras tales milagros artísticos?
Tras su pesado discurso, esos que al falso rey tanto gustaban, rompió el pincel de su madre con una facilidad que nadie hubiese imaginado, pues que estuviese imbuido por el poder de Vinablae hacía pensar a muchos que era indestructible. Glaena se controló sin apartar la mirada.
-Tan osada como tu madre. Bien, te daré una oportunidad. Pinta de nuevo un cuadro, pero ahora sin ese pincel, claro. Ya no sirve para nada. Dudo que sin vuestros asquerosos trucos vinablaentinos podáis hacer nada digno de mención.
Le dieron a Glaena un pincel normal y corriente y comenzó a plasmar una imagen en el lienzo. Lo hacía más lenta y con mucha más tranquilidad que con el cuadro anterior. Tanto, que el falso rey empezaba a perder la paciencia. Y mientras el rey perdía la paciencia algo estaba sucediendo en Vinablae.

Lo primero que sucedió fue que el sol salió entre las nubes. Lo hizo con lentitud, con tanta lentitud como pintaba Glaena. Y después de aquello la gente dejó de trabajar, los enfermos se levantaron como si nada de sus camas, la gente comenzaba a mirar al cielo, a mirarse a ellos mismos. La gente comenzaba a recordar, a recordar lo que era la esperanza, la felicidad. También a olvidar, a olvidar lo que era el miedo y la pena. Comenzaron a caminar juntos hacia el salón del trono mientras los animales salían de sus escondites con seguridad.
Las puertas de la sala del trono se abrieron de un golpe, entrando en ella todos los vinablaenintumtrarum. No lo hicieron a gritos, ni a golpes, no corriendo. Todos, con seguridad y tranquilidad, miraban al rey decididos a intimidarle, a que abandonase Vinablae o, por lo menos, dejase de explotarlos.
-¿Creéis que esto es suficiente para quebrantar la ley? ¡Mi ley! ¡JA! ¡Ejecutadles! ¡A todoooos!
Glaena seguía pintando.


Entonces se oyó un estruendo. El rey salió con presteza y preocupado de la sala del trono, ignorando a la gente y a sus soldados, que no obedecían sus órdenes. Miró al cielo y contempló lo que ensombrecía a Vinablae ocultando el reciente sol aparecido. Se trataba de una flota de cien barcos voladores de la Gran Alianza comandados por el Gran Archiduque-maestre que había viajado a Vinablae solo para detener al padre de Reeogg. Entonces, el falso rey se giró y vio a Glaena pintando sin parar.
-¡No dejéis que siga pintando! ¡Paradla! ¡Matadla!
Los guardias del falso rey cogieron sus armas, se acercaron a Glaena-que no dejaba de pintar- alzaron alabardas, espadas y hachas y las depositaron después a sus pies.
-¿Qué hacéis? ¡Detenedla! ¡Y vosotros!-se dirigió al barco del archiduque-maestre y sus otros 99 barcos-estáis incumpliendo nuestro acuerdo. Pienso recurrir a la Asamblea General de los Reinos Circunscritos y vais a...
Glaena pintaba.

Los barcos voladores se retiraban sin que nadie hubiese hablado o bajado de ellos, la gente-incluidos los guardias-abandonaron la sala del trono y dejaron a Glaena pintando. Todos alzaron la mirada, el falso rey la mantuvo alzada. Nadie observaba a los barcos que se alejaban, sino a algo que se formaba sobre el castillo, algo que flotaba sobre él. Algo que un ciudadano que se quedó en el umbral de la puerta principal del palacio pudo observar que Glaena pintaba en ese lienzo, que representaba a Vinablae en su mejor momento. En la actualidad. Glaena sonreía mirando el último elemento que había pintado y que todos miraban cómo flotaba sobre el castillo.
-Mi hijo....Werdan.
Entonces Glaena desapareció del salón del trono y apareció volando sobre el palacio, junto a Werdan. Todos, menos el falso rey, aplaudieron riendo y silbándoles. Vinablae desde aquella perspectiva, con todo el mundo unido y dichoso, era el cuadro más bonito que se podía pintar. Un cuadro coronado por aquellas dos figuras conectadas como un artista lo está a su obra.

Pocos pueden explicar con exactitud y sin caer en contradicciones lo que ocurrió en Vinablae aquel día, por qué el rey abandonó el pueblo y dejó de explotarlo, por qué la flota de la Gran Alianza se manifestó allí dispuesta a arrestar al rey al que habían apoyado y se habían marchado después, qué pasó con Reeogg, qué hicieron Glaena y Werdan. Algunos intentan explicarlo desde una perspectiva política, otros filosófica, otros psicológica e incluso otros hablan tan solo del destino. Pero la única verdad es que la Crisis de Vinablae se solucionó sin guerras, sin muertos en un conflicto, sin armas. Tampoco sería exacto ni justo decir que el arte salvó a Vinablae de su crisis. Fue mucho más. Tal vez la esperanza, la creencia, el poder de lo imposible, la independencia, el dominio sobre uno mismo, el conocimiento, la evolución, la fe. Pero no la fe en un dios, sino la fe en uno mismo, en la gente. Y la comprensión. Ese día Glaena comprendió que ella podía pintar todo eso, podía crearlo pintando. Y gracias a Werdan comprendió que cualquiera, a su manera, sin necesidad de ser pintor, podía hacer lo mismo. Gracias al poder primigenio de Vinablae se había salvado Vinablae, por eso no era incorrecto decir que Vinablae había salvado a Vinablae. De la misma forma que tú te puedes salvar a ti mismo. Siempre. Solo necesitas ese poder que posees y no siempre sabes usar.

Glaena, la Gran Pintora de Mundos y Sueños Materializados y Salvadora de Vinablae y sus Gentes descansaba ahora sobre las montañas de Vinablae junto a Werdan, el Verdadero Rey de Vinablae, Heredero de Lareiva, Conocedor de los Reinos y su Sabiduría y Flujo de Energía Infinita Materializada y Conectada a Glaena. Sí, ese día los vinablaenintumtrarum aprendieron muchas cosas, pero no a poner nombres cortos.
Ambos, juntos, observaban a la nueva Vinablae, con una energía renovada que permanecería así durante muchos años en lo que fue conocido como el Pintoresco Periodo de Glaena y Werdan. Dos seres repletos de energía vinablaentina que ese día, en lo alto de esa montaña, conectaron sus respectivos flujos de energía formando uno solo que iluminaría eternamente, no solo a Vinablae, sino también a los reinos de la Gran Alianza, y a los más pequeños que no formaban parte de ella, al igual que a los Reinos Olvidados. E incluso a los Reinos Perdidos. Iluminaron los confines más naturales y salvajes, Y, por supuesto, también iluminaron aquel lugar en el que se conocieron en aquel confín del mundo. Iluminaron incluso mundos alejados, que no eran suyos y que no conocían. Lo iluminaron todo. Y en algunos mundos a esa energía se le llamó de una forma muy concreta. Amor.