martes, 9 de noviembre de 2021

Tormento eterno

 


 Me paso todo el día leyendo, todo el día escribiendo. Anoto datos en un libro en el que las páginas llenas de tinta donde no hay hueco para ninguna anotación más contrastan con las páginas en blanco todavía por rellenar.
Una fórmula tras otra danzan por el lienzo de sabiduría que es ese libro. Muevo mi pluma a la velocidad de los rayos que caen sobre mi antigua mansión victoriana. Paso los ojos de un libro a otro y me levanto raudo tirando mi alta silla al suelo.
Salgo del estudio para bajar a mi laboratorio, donde llevo a cabo las fórmulas con todo tipo de artilugios, sustancias y seres vivos de cuya existencia no queréis saber.
¿Qué pretendo conseguir? Os preguntaréis. ¿Qué pret…? Sí, ¿qué pretendo? No lo sé. Me detengo en seco, repasando todas las fórmulas que hay en mi cabeza sin conseguir entender ninguna. Mi respiración se agita y mi corazón bien podría ser uno más de mis artículos para los experimentos, pues está a punto de salírseme por la boca.
No consigo recordar.

En un arrebato de ira tiro todo contra el suelo, esparciendo cristales, ácidos y gases tóxicos por la sala que no tardan en asfixiarme
Salgo disparado del laboratorio con la mano sobre mi pecho, respirando como puedo y escupiendo sangre. Me acurruco en un rincón oscuro y comienzo a sollozar como un crío.
Lo he perdido todo. No solo los recuerdos. Todo. No, todo no. Algo pasa fugazmente por mi mente: un rostro y un lugar.
Me levanto y voy por mi túnica, me pongo mis botas de cuero, los guantes del mismo material y me coloco mi alto sombrero de copa para salir al exterior.
Camino sobre la tierra húmeda que recibe el incesante golpe de la lluvia. Me empapo antes de llegar a mi carruaje, pero no me importa. Pongo rumbo a la ciudad con los truenos como una maquiavélica orquesta que me acompaña durante todo el viaje. Un viaje a los límites de lo desconocido. Un viaje que lamentaré haber iniciado para toda la eternidad.

Durante todo el recorrido ignoro los posibles peligros que me pueden asaltar en los caminos rodeados de bosques y abrazados por una oscuridad inquietante. Solo tengo en mente un rostro, un lugar. Sé dónde tengo que ir, no por qué ni qué me encontraré. Pero mi mente me dirige allí.
El peligro me asalta de la forma que menos esperaba y la más improbable a pesar de la climatología; un rayo asesta un latigazo contra mi carruaje, destrozándolo y dejándome aturdido sobre un charco de barro. ¿Cuántas son las probabilidades de que algo así suceda?
No sé cuánto tiempo pasa, pero acabo levantándome como puedo de tan humillante situación sin reparar en el estado de mi ropa. Como un acto reflejo, recupero mi sombrero y sacudo mi capa, pero continúo mi camino andando.

No consigo caminar en línea recta, veo borroso, escucho un pitido y me duele la cabeza, pero continúo. El sonido del pitido y de los truenos es acompañado por el de un vertrícalo aullando. Al aullido del primer vertrícalo se le unen varios más. Y la oscuridad es rasgada por el brillo de diamantes de color amarillo con una perla negra en su interior enfocada en mí. Decenas de ojos me observan.
Ya no se escuchan aullidos, solo gruñidos. Así que corro. Corro sabiendo que es imposible escapar de esos seres bípedos peludos de colores tan variados como el rojo, el marrón o el azul oscuro.  Son bípedos, pero utilizan sus brazos para impulsarse al correr, adquiriendo velocidades tan elevadas como las de otros animales de cuatro patas. En sus ojos amarillos anida el mal, pues siempre que ponen su mirada en ti sabes que lo único que están pensando es en devorarte o, simplemente, en descuartizarte, para dejar tu cadáver a los carroñeros.
No siempre tienen hambre, ni sed de sangre, a veces solo ganas de matar.
En las ciudades están bien protegidos para que no entren y mi mansión tiene suficiente trampas por las que ni osan acercarse. Pero no estoy en la ciudad ni tampoco en mi mansión. Me hallo solo, en un camino de tierra, en medio de la nada; o lo que es peor, en medio de la oscuridad, en plena tormenta.
Huyo.

Oigo sus aullidos y rugidos tras de mi mientras corro sin pensar más que en esa cara, en ese lugar. No sollozo, no grito, no maldigo, no suplico, solo corro. Corro más y más, como nunca pensé que un ser humano podría correr. Mis piernas van a estallar, mis pulmones van a reventar y mi corazón a explotar. A cada nuevo paso que doy en esta carrera infernal siento que me estoy precipitando a un acantilado mientras una andanada de alfileres se clavan por todas partes en mi organismo.
¿Y todo para qué? Los vertrícalos me alcanzan, siendo ese el momento en el que conozco de verdad el dolor, pues hincan sus dientes en mi cuello y mis extremidades, me desgarran el pecho y la tripa y me arrancan un brazo.
Mi charco de sangre es más abundante y denso que los charcos de barro que me rodean. Y pronto ese barro se mezcla con mi sangre, fusionados en un color que se asemejaba al del pelaje de uno de los vertrícalos.

Los animales enviados desde las entrañas del infierno por el mismísimo Berthuluk, según cuenta las leyendas antiguas, me abandonan a mi suerte. Aun respiro, anegado en lodo, sangre y dolor. Un dolor que no cesa, indescriptible. Me desgañité gritando mientras me destrozaban y ahora apenas me quedan voz ni fuerzas. Lo juro, no me quedan fuerzas y aun así puedo levantarme, no sin cierta dificultad.
Llevo mi mano izquierda al hombro donde debería encajarse mi brazo desaparecido, intentando aplacar un dolor que se me clava en las entrañas. Continuo mi camino moribundo, dejando un rastro de sangre visible en la tierra, dejando una pista a cualquiera –humano o no- que quisiese una presa fácil.
Pero continuo con esas dos imágenes, acompañadas ahora con un dolor que sé que nunca desaparecerá.

El camino se hace eterno bajo la pesada lluvia y con este dolor que nadie normal tendría capacidad de aguantar. Debería estar muerto, o al menos sin poder moverme, desangrándome poco a poco. Pero aquí me hallo, acercándome paso a paso a una ciudad que no sé cómo recibirá a un moribundo que rechace todo tipo de cuidado médico con tal de llegar al lugar que le dará respuestas.

—¡Eh, amigo! ¿Tienes problemas? —grita un hombre a mis espaldas.
Pero yo no me giro.
—¿¡Eres sordo o qué!? —exclama otra voz.
El sonido de un disparo se cuela entre el estruendo de los truenos y me detengo. Al hacerlo noto más el cansancio de las últimas horas caminando mutilado y perdiendo sangre.
—Pero bueno, ¿quién te ha hecho eso? —Un tercer hombre se acercó junto a un cuarto. Me estaban rodeando.
—No… quiero problemas. No llevo… nada de valor encima.
—¿Cómo que no? ¿Qué me dices de ese sombrero de copa, esos guantes y esas botas de cuero? —El cuarto hombre enumeraba los artículos mientras los señalaba­—.  Por no hablar de esa túnica. Quítatelo todo, vamos.
—No­. — No sé por qué me negué aun sabiendo que no tenía sentido—. Podéis quitarme la ropa, pero no el poco orgullo que me queda.
—Ja, ja, ja. El manco se ha puesto gallito. Pues nada, lo haremos por las malas.
Los cuatro se acercaron con puñales y trabucos encañonándome. No me preguntéis de dónde saqué las fuerzas, pero algo ardió en mí, algo doloroso, pero que me impulsó a golpear a uno de ellos con el único brazo que me quedaba. El de su lado me apuñaló un costado, uno de los de atrás me dio un golpe con la culata del trabuco en la nuca y el otro me encañonó tocando mi espalda.
Cuando el primero sacó el puñal de mi costado me enderecé como pude y asesté un codazo al que me había golpeado con la culata, momento en el que el apretó el gatillo. El disparo me tumbó con un tremendo agujero en la espalda que no veía pero sentía tan dolorosamente como las dentelladas y desgarros de los vertrícalos.

Me roban todo lo que dijeron, pero también el libro de fórmulas que llevaba conmigo. Jamás podré enseñárselo a la persona que veo en mi mente. Intento seguir recordando las fórmulas que pasaban por mi cabeza, pero se empiezan a difuminar como el mundo a mi alrededor. He sido destrozado por dentro y por fuera; humillado, despojado de todo tipo de humanidad. Soy un trozo de carne tirado en un camino embarrado. Gimoteo golpeado por el dolor, la tristeza y el miedo. No quiero seguir, no puedo. Este sufrimiento ha de acabar en algún momento. Lo pido por favor, lo suplico. Pero no termina. Nunca.
No me muero, no me desmayo, sigo consciente y me levanto. Sin brazo, destrozado por colmillos, con una cuchillada en un costado y un agujero en mi espalda, pero también con esa imagen, ese impulso que me hace avanzar a pesar de estar más muerto que vivo.

Al fin, tras otras tantas horas caminando llego a la ciudad. Todavía es de noche, aunque ya debería estar amaneciendo. Tal vez haya perdido la noción del tiempo y de la realidad. Sigue lloviendo y tronando, lo que confiere a mi llegada cierto misterio. Aparto a la gente que trata de ayudarme alarmada por mi estado. Pretenden detenerme, informarse sobre el motivo de mis heridas, bloquearme el paso, pero algo vuelve a arder en mí, esta vez con más fervor. Contemplo una claridad cegadora que lo envuelve todo, como si un relámpago permaneciese estático de una forma completamente incomprensible y siento que el dolor, la rabia, el miedo y la ira explotan, literalmente. Oigo un estruendo mayor que el de cualquier trueno y veo a decenas de personas salir disparadas, muertas. Las he matado.

La culpa me azota, pero no puedo detenerme. Las autoridades vienen sobre sus monturas equinas a por mí mientras yo comienzo a correr usando como impulso mis dos brazos ¿Mis dos brazos? Mi brazo derecho ha vuelto a salir y no me había dado ni cuenta, pero es más grande, musculoso y peludo que antes. También el izquierdo. Comprendo entonces que mi forma se asemeja a la de un vertrícalo. Lanzo por los aires con mi brazo a todo el que se cruza en mi camino, mato a dentelladas a un caballo tirando a su jinete, al que aplasto con una de mis piernas… o patas. Y continúo rugiendo, salpicando sangre de mis garras y colmillos al moverme.
Soy consciente de que esto no es natural, pues un mordisco o desgarro de los vertrícalos no provoca ningún tipo de mutación. No hay un solo caso registrado en el mundo conocido. Tampoco estoy seguro de haberme convertido en un vertrícalo, bien podría ser una bestia del imaginario berthulukiense. ¿Soy un demonio? ¿Estoy maldito? ¿Era eso lo que intentaba curar con mis fórmulas?

He llegado al lugar. Se trata de la entrada de una casa normal y corriente. Quiero entrar, pero no quiero hacer daño a esa persona que me puede ayudar. Nadie sale a mi encuentro y entonces miro a la luna llena que corona el tormentoso cielo y aúllo como ninguno de mis vertrícalos atacantes hizo. Intento con ello liberarme de mi pesar por haber matado a esos inocentes y por la bestia en la que me he convertido, y entonces desfallezco y caigo al suelo empapado, desnudo y lleno de sangre. Siento que mi cuerpo es el de siempre, mi piel ya no está envuelta en tan grueso pelaje y siento el mismo frío y dolor físico que sentía antes de la conversión.
Tirito desamparado y me acurruco sin ser capaz de reducir el frío, el miedo o el dolor constante. La única diferencia es que mi brazo derecho sigue estando ahí, a pesar de no ser ya aquella bestia. Pero también sigue ahí la herida del costado y el agujero en mi espalda. ¿Qué está pasando? ¿Quién soy?

Cuando comienzo a cerrar los ojos pensando en mi merecido descanso eterno, en el fin de la agonía, escucho el chirrido de una puerta abrirse y se acerca alguien. Solo veo unas botas que se acercan a mí. Alguien me agarra y me introduce al interior del edificio que hacía escasos segundos contemplaba convertido en monstruo.
No me duermo, soy consciente de todo, pero no puedo hablar. Me están curando, tratando mis heridas con delicadeza, pero sin poder evitar que cada una de ellas arda haciéndome gritar con más fuerza de que la que usé para aullar. Pero sigo sin poder hablar.

Contemplo el rostro de la mujer que me ha salvado e intenta aliviar mi dolor. Es el mismo que aparecía en mi cabeza, ella es la que me librará de la maldición.
Además de tratar mis heridas me alimenta, me cuenta historias de la ciudad, me lee y, bueno, me oculta a las autoridades. Es preciosa, inteligente y valiente por hacer lo que hace. Vive sola y trabaja como sanadora en un hospital de la ciudad, de ahí su conocimiento sobre todo tipo de tratamientos, hierbas y brebajes. ¿Pero cómo sabía yo que tenía que venir aquí?

Mi dolor persiste, pero se ha reducido. Tengo pesadillas con la gente a la que asesiné y con la monstruosidad en la que me convertí, pero poco a poco puedo convivir con ello. Ella me ayuda. Es como si entre tanta locura y sinsentido mi mente se hubiese aferrado a una mota de luz, a la esperanza y la cordura que ella representa. Tal vez la conocí en el pasado y mi mente ha rescatado el recuerdo. Pero sigue sin tener sentido. Nada lo tiene.
Tengo que ser capaz de pronunciar alguna palabra la próxima vez que la vea. Necesito darle las gracias por lo que ha hecho, valorar su esfuerzo y contarle la verdad. Tal vez tenga conocimientos sobre trasmutaciones y regeneraciones de extremidades. Además, me gustaría que intercambiáramos conocimientos y charlar con ella por el puro placer de charlar.

Entonces oigo la puerta. Me aclaro la garganta y, a pesar del dolor, hago un esfuerzo y me levanto de la cama para recibirla.
—¡Hola, mi amor! He llegado dos días antes de lo previsto porque… ¿Tú quién diablos eres?
El nudo vuelve a mi garganta y me bloqueo. Santhia, como se llama la mujer, tiene que estar a punto de llegar y podrá explicarle quién soy, pero su presencia me hace añicos el corazón. Santhia es una mujer desposada, o al menos convive con un hombre que a todas luces es su pareja.
Levanto las manos en su dirección al ver que saca un revólver de la chaqueta y me encañona con él. ¿Por qué estaba tan dispuesto a hablar y de nuevo no puedo articular palabra alguna?
—¿Qué haces en mi casa? ¿Qué has hecho con mi mujer y por qué estás semidesnudo? —El amante de Santhia giró el tambor del revólver— ¿La has hecho algo? O peor, ¿te la estás tirando? Es eso, ¿verdad? Te la follabas mientras yo estaba en la expedición. Contesta, joder. ¡CONTESTA!
Siento el disparo casi antes de escucharlo. La bala me atraviesa el pecho. Al instante oigo el grito de una mujer. No de una mujer, de Santhia, que atraviesa la puerta tras volver del trabajo alarmada, zarandeando a su pareja y corriendo después hacia mí.
—Tranquilo, Desc, te he curado heridas peores. —Me llamaba Desc como abreviación de “desconocido”, pues no le había podido decir mi nombre.
—Así que le conoces. No es un ladrón ni algo peor, es tu amante. —Esta vez encañonó a Santhia con su pistola.
—¿Qué demonios dices, Arthren? —Santhia se giró y vio a ese tal Arthren apuntándole a ella—. No, mejor dicho, ¿qué coño estás haciendo?
—Te lo di todo, Santhia. ¡TODO! —Arthren comenzó a temblar sin poder apuntar bien a la que se suponía que era su amada.
—Estás montando un puto espectáculo por nada, Arthren. Baja el arma. —Por el contrario, a Santhia no le temblaba la voz.
—Dime si te lo has follado en mi ausencia, Santhia. ¡Dímelo! —comenzó a llorar.
—No. Pero después de esto juro que tampoco volveré a hacerlo contigo, puto desquiciado. —No sé si eran las palabras más acertadas para dirigir a alguien furioso que te apunta con una pistola, pero Santhia era una mujer con redaños.
—¡Puta desagradecida! —No disparó, pues le faltaba valor para ello, pero si le golpeó en la cara con la culata tirándola al suelo—. ¡Te lo mereces, por zorra!
Entonces me levanté. El agujero de bala seguía ahí, las heridas todavía sin curar del todo permanecían en mi cuerpo, pero sentí de nuevo ese fuego infernal en mi interior y mi ira estalló. Esta vez no causé una explosión, tal vez por no ser mi primera transformación, pero desde luego esta vez mi víctima no me iba a perseguir en mis pesadillas.
Me lancé contra Arthren mientras gritaba y disparaba inútilmente entre gritos y lamentos. Le destrocé sin miramientos. Cada parte de su cuerpo fue desgarrada o devorada por mí. Ese cabrón había hecho daño a lo más bonito que había conocido en la vida, a la persona que mejor me había tratado sin conocerme y sin necesidad, a lo que en ese momento más quería. Merecía pudrirse en las entrañas del infierno.

En mi violenta descarga de furia sentí que alguien trataba de apartarme de mi presa, así que la aparte con rabia desmedida para acabar mi faena. Y cuando terminé vi lo que había hecho. Santhia yacía inerte con un agujero en el estómago y las tripas asomando. El cuello, para más inri, estaba roto, la cabeza tenía un golpe y los ojos estaban en blanco. Yo mismo, con mis propias garras, había matado a Santhia sin poderle si quiera agradecerle todo, sin poder hablar con ella. La había asesinado por defenderla de su agresor, había destrozado a lo único bonito que me había dado la vida.
Volví a mi forma humana sin ser consciente y abracé su cadáver pensando que tenía que enterrarla. Pero, ¿cómo iba a hacer tal cosa sin que me vieran? Mientras pensaba cómo llevar acabo el entierro aparecieron los vecinos alarmados por los gritos y los ruidos, por lo que me vi obligado a escapar convirtiéndome de nuevo en vertrícalo, o lo que fuese eso. Aparté a los vecinos curiosos hiriendo a alguno al hacerlo y me lancé hacia la noche, lejos de la ciudad, lejos de la mujer que tanto me había dado y a la que la vida le había arrebatado.

En lo más profundo de esa noche despejada y silenciosa, apartado de los caminos y más expuesto a las amenazas, me dejé caer en la hierba y volví a mi forma humana. El dolor de las heridas curadas volvían con la misma intensidad, el de la nueva herida era todavía más insoportable y el dolor de mi corazón, si es que quedaba uno ahí dentro, era inhumano. Cerré los ojos deseando con fuerza desaparecer para siempre del mundo, que la tierra me tragase o que el destino me diese muerte, pero nada de esto llegó.
En cambio sí lo hizo un desconocido envuelto en túnicas oscuras y con el rostro oculto por una capucha. Se acercaba en un carromato sencillo y cubierto por una lona. Avanzó lo suficiente para poder ver el interior desde la parte de atrás, que estaba repleto de recipientes, plantas, artilugios desconocidos, medallones y algún que otro libro.
El carromato giró y se detuvo lentamente a mi lado.
—Un alma en pena aulló a las ausentes estrellas varios ciclos en el pasado. —El hombre encapuchado tenía la voz rasposa y grave y hablaba sin dirigir la cabeza a su interlocutor—.  Hoy esa alma en pena no aúlla, pero se lamenta en soledad, como nunca, sin exteriorizar su pena, dejándola para sí, pues algo en su interior se ha quebrado tras quebrar él la hebra de una vida que había reconstruido la suya, ya ajada por el paso del tiempo y la vida aislada que llevaba.
No pronuncié palabra alguna, ni si quiera me levanté mientras miraba a aquel encapuchado que tanta quietud transmitía. Era una figura lúgubre, pero no me inspiraba miedo. Tampoco paz, pues algo maligno la rodeaba, no sabría decir qué era. Por alguna razón sentía una especie de vínculo hacia ese ser.
—Un extraño emerge de las sombras para darle lo que ansía. Pero, oh, qué ansía este lastimero individuo, pues ni él lo sabe. Tal vez sí sea conocedor de lo que sus entrañas le piden, pero no se crea capaz de alcanzar tal objetivo, pues resulta osado desafiar a la tan respetable y necesaria Muerte.
En ese momento mi interés por ese extraño aumentó. ¿Estaba diciendo lo que estaba entendiendo?
—Sí, Fausto. —Esta vez sí giró su cabeza para mirarme, aunque seguía sin verle el rostro—.  Es justamente lo que tus oídos están escuchando.
—¿Puedes leerme la mente? —No sé siquiera por qué me sorprendía después de todo lo que me estaba sucediendo.
—Y tú puedes escucharme en ella. —Parece que ni siquiera movía los labios para pronunciar sus palabras. ¿Qué clase de individuo es este?
—Entonces, ¿estás dispuesto a traer de vuelta al alma que enviaste a los recónditos caminos que llevan hacia la desconocida existencia que hay tras la cosecha de la Vieja Dama?
—¿Qué he de hacer, viajero? —Me levanté del suelo solo para inclinarme al instante y suplicar a aquel desconocido que me ofrecía lo imposible. Su aura emanaba maldad, pero también poder. Así que confié.
—Bien, joven Fausto. Levántate y sitúate sobre la marca.
—¿Qué marca? —Según lo pregunté el hombre formó un gran círculo en la hierba con un extraño símbolo en su interior. Había quemado el manto verde del suelo con un simple movimiento de dedo.
—Ahora, escucha con atención, siervo de Berthuluk. En otras circunstancias elegirías tu destino, pero me temo que ya decidiste en otro ciclo, en otra dimensión.
—¿Cómo? Yo solo quiero traer de vuelta a Santhia.
—Lo sé ignorante y sufridor Fausto. La dama que trató tus heridas con diligencia y eso que los mortales llamáis cariño, palabra que arde en mi garganta si la pronuncio. Para lograr tal gesta has de desafiar a la implacable Dama Imperecedera y solo yo, el emisario de Berthuluk, puede hacer tal cosa. Berthuluk no es una leyenda como algunos creen, él consiguió colar en este plano dimensional criaturas como los vertrícalos, cuyo único objetivo es la destrucción que tanto ansía mi señor.
»Y mi señor es dueño de todo lo que tanto horror causa a los mortales: del caos, del sinsentido, de la desesperanza, de la muerte. De hecho, es el amante de la Dama Impertérrita. Si Berthuluk se lo pide puede traer a quien quiera de vuelta entre los vivos, aunque eso suponga dar al mundo la esperanza y vida que tanto repugnan a Berthuluk. Por lo tanto, Berthuluk no le pediría tal cosa a la Dama si eso no le otorgase un triunfo.
»Y su triunfo es traer dolor al mundo. Por mi parte, mi trabajo es buscar almas destrozadas y desorientadas que cosechar para el señor. Una cosa por otra. Tu alma, Fausto, por la de Santhia.
—Sí, acepto. Renuncio a mi alma por la de Santhia. —El autodenominado Emisario se río profundamente.
—Ya te he dicho, pobre Fausto, que ya tomaste una decisión. Ya aceptaste. Ya pasaste por este doloroso ritual. Pero has de pasar otra vez por él.
—¿Cuál es el motivo?
—Porque eso forma parte del trato. Ingiere la poción que te voy a dar, lee el extracto que te voy a facilitar y sufre como llevas haciendo ya durante mucho tiempo.

Otra vez la risa.

Ingerí la poción que me dio tal como me ordenó, pronuncié las palabras del texto que me mostró y, seguidamente, él pronunció otras en un idioma incomprensible para mí. El círculo se iluminó y comenzó a arder, mis heridas se abrieron hasta reventar y un dolor que jamás en la vida había sentido me sacudió. Era como si el fuego del exterior se extendiera también por mi interior, como si cada órgano reventase, como si la mente se quebrase y la realidad se distorsionase no para hacer desaparecer el dolor, sino para generar más. Para superar el umbral de lo posible.
Era el infierno en vida. Llegué a dudar de si esto merecía la pena por traer de vuelta a aquella mujer cuyo nombre comienzo a olvidar.
—Intentarás traerla de vuelta tú mismo, Fausto. Lo harás bien de hecho. Eres un hombre inteligente y con lo que has aprendido hoy, con el simple hecho de saber que es posible, desafiaras a la Dama del Infinito, a su amante, el que es mi señor, y a mí, su emisario. Pero llevas intentándolo ya 234 años Fausto, olvidando en cada ocasión tu maldición, tu dolor infinito, la tormenta que nunca termina para ti. El tormento eterno al que has sido sometido. Olvidando que la única forma, al final, es hacer trampa, es hacer este trato, es alimentar la paradoja.
Ella ya no está viva, claro, partió de nuevo hace 196 años. Pero le diste años extra, una vida feliz junto a un hombre que la amó y el recuerdo borroso de un suceso protagonizado por una persona que olvidó para siempre.
—No puede ser. Por favor, acaba con ese tormento. Ahora lo recuerdo todo, cada año, cada repetición, cada herida, cada punzada en el corazón. Mátame, por favor. ¡MÁTAME! —grité con el dolor más extremo azuzando mi voz, con la agonía continua vistiendo mi alma desesperada que sabía que estaba condenada al sufrimiento infinito por un alma que ya no estaba y para la que nunca llegué a existir.
Grité más fuerte que el aullido una jauría de vertrícalos furiosos y hambrientos mientras toda la lucidez desaparecía de golpe y mis recuerdos se borraban junto al nombre de aquel rostro y aquel lugar, lo único que se me quedó clavado en mi triturada mente.

¿Lo único? No. Cuando desperté en el escritorio de mi mansión recordaba que había sufrido y sufriría lo indecible. No sabía el qué, pero sí que tenía que ver con una mujer a la que conocería y debería resucitar. ¿Era posible resucitar a una persona? Sí, lo es. Por algún motivo lo sé y tengo la capacidad de conseguirlo. Soy Fausto, un genio. He visto brebajes y conozco fórmulas que he sentido en libros viejos conectados a un gran poder. Necesito resucitar a esa mujer, no tanto por ella sino por mí. Esto no es por amor, ni siquiera por supervivencia, no. Tengo un momento fugaz de angustioso recuerdo. Esto es solo una huida: del dolor, de la voz del Emisario, del favor de la Dama Segadora, de las garras de aquel que es su amante, Berthuluk. He de lograrlo.

Me paso todo el día leyendo, todo el día escribiendo. Anoto datos en un libro en el que las páginas llenas de tinta donde no hay hueco para ninguna anotación más contrastan con las páginas en blanco todavía por rellenar.
Una fórmula tras otra danzan por el lienzo de sabiduría que es ese libro. Muevo mi pluma a la velocidad de los rayos que caen sobre mi antigua mansión victoriana. Paso los ojos de un libro a otro y me levanto raudo tirando mi alta silla al suelo.
Salgo del estudio para bajar a mi laboratorio, donde llevo a cabo las fórmulas con todo tipo de artilugios, sustancias y seres vivos de cuya existencia no queréis saber.
¿Qué pretendo conseguir? Os preguntaréis. ¿Qué pret…? Sí, ¿qué pretendo? No lo sé. Me detengo en seco, repasando todas las fórmulas que hay en mi cabeza sin conseguir entender ninguna. Mi respiración se agita y mi corazón bien podría ser uno más de mis artículos para los experimentos, pues está a punto de salírseme por la boca.
No consigo recordar.

En un arrebato de ira tiro todo contra el suelo, esparciendo cristales, ácidos y gases tóxicos por la sala que no tardan en asfixiarme
Salgo disparado del laboratorio con la mano sobre mi pecho, respirando como puedo y escupiendo sangre. Me acurruco en un rincón oscuro y comienzo a sollozar como un crío.
Lo he perdido todo. No solo los recuerdos. Todo. No, todo no. Algo pasa fugazmente por mi mente: un rostro y un lugar.
Me levanto y voy por mi túnica, me pongo mis botas de cuero, los guantes del mismo material y me coloco mi alto sombrero de copa para salir al exterior.
Camino sobre la tierra húmeda que recibe el incesante golpe de la lluvia. Me empapo antes de llegar a mi carruaje, pero no me importa. Pongo rumbo a la ciudad con los truenos como una maquiavélica orquesta que me acompaña durante todo el viaje. Un viaje a los límites de lo desconocido. Un viaje que lamentaré haber iniciado durante toda la eternidad.



miércoles, 3 de noviembre de 2021

Mucho más que huesos y flores

 

 


 

¿Por qué coleccionamos? ¿Qué nos impulsa a adquirir objetos para amontonarlos? He visto a gente coleccionar libros. En cualquier momento pueden acceder a la información que contienen; coleccionan su sabiduría, y la sabiduría es poder. Y si esos libros te hacen disfrutar estás almacenando una fuente de felicidad. Tiene sentido. Pero no siempre es así.
Los hay que coleccionan minerales. ¿Por qué? Comprendo que te atraiga su belleza, pero estamos hablando de coleccionar, de querer tener todos los minerales existentes posibles. ¿Les da a ellos sensación de poseer las maravillas de la tierra?
¿Y los que coleccionan plantas o insectos? Formas de vida marchitas, apagadas, solo para tenerlas al alcance de tu mano. Qué forma más perversa de sentirse vivo. ¿Y para qué quieres tener trescientos tipos de insectos almacenados? Es de locos.

Cierta gente viaja por el mundo y colecciona monedas. ¡Gastadlas, maldita sea! Mi infancia no fue fácil, el dinero siempre escaseaba, es un artículo necesario para adquirir bienes, no para contemplarlo. ¿Te enorgullece coleccionar los rostros grabados de gobernantes que sometían a su pueblo con sus leyes y sus riquezas?
¿Y qué me decís de los que almacenan precisamente eso, riquezas? Riquezas capaces de obrar milagros ayudando a personas sin recursos. Capaces de inferir vida de nuevo a regiones consumidas por la pobreza.
¿Qué demente es capaz de recibir satisfacción observando el brillo deslumbrante de ese oro acumulado que para nada sirve si no lo gastas?

Los coleccionistas son, sin lugar a dudas, dementes cuyo vacío interior les impulsa a poseer como si eso fuese sinónimo de poder. Pretenden dar sentido a una vida insulsa, sin objetivos, sin metas. Una vida en la que deciden gastar sus energías poseyendo, aunque solo posean la ilusión del poder. Solo disfrutan de la contemplación si va unida a la posesión. No se conforman con contemplar la belleza de aquello que yace libre, necesitan desplegar sus cadenas para conectarse a aquello que tanto anhelan, pues no tienen más vínculos que ese. O tal vez tengan demasiados y no puedan asimilar un mundo en el que ellos no tengan el control.

Yo la tengo a ella. La tengo a ella y dinero suficiente para vivir ambos tranquilos. Sin excentricidades, sin lujos, solo con lo suficiente para vivir. Compramos lo que necesitamos, no solo para sobrevivir, también para disfrutar. Compramos libros, hologramas dramáticos con historias apasionantes. Pero no pretendemos poseer todos.
Con el dinero que adquirimos en nuestros trabajos también ayudamos a otros como podemos, pues ganamos más de lo que necesitamos.
A veces alquilamos un terratransporte para viajar a regiones lo suficientemente lejanas para ir a pie, pero relativamente cerca en un vehículo. Observamos a las gentes de diferentes ciudades, con sus particularidades, aunque no tan diferentes a nosotros en rasgos o costumbres.
En otras ocasiones decidimos emprender cortos viajes naturales por los montes que rodean nuestro pequeño y humilde pueblo. Observamos a las aves: las pequeñas gotilelas, los imponentes y tranquilos zándralos, los revoltosos y coloridos petireses.
Mantenemos la prudencia mientras contemplamos fascinados a los khuls combatiendo con su dura cornamenta, a los jendreles, que se defienden con sus enormes brazos. No los cazamos, no los poseemos, no los destrozamos para hacerlos nuestros. Solo los admiramos y, a nuestra manera, los amamos.

De la misma forma que no necesito poseer a Rhila para amarla. En cierto modo nos tenemos el uno al otro, pero sin atarnos con frías y dolorosas cadenas. Porque eso es amar. Eres feliz mirando todos los días eso que amas, pero sabes que no es tuyo, ni tampoco necesitas un gran número de especímenes similares para tener la felicidad.
Porque sí, soy feliz, muy feliz.
Era feliz. Hasta que la perdí.

Una noche, en una de nuestras excursiones, observábamos las estrellas sobre un campo de flores Nistra de un color púrpura que conjugaba con los tonos del cielo nocturno. Era su flor favorita. Y en ese campo, observando la inmensidad de la galaxia, éramos felices. ¿Quién necesitaba más?
Su cabeza se apoyaba sobre mi pecho, yo le acariciaba una de sus manos sintiendo su suave piel bajo las yemas de mis dedos. ¿Cómo podía esperar más de la vida? Lo tenía todo y todo perdí esa noche.
Su cabeza sobre mi pecho empezó a temblar, su mano me soltó y su boca escupió un coágulo de sangre sobre las flores. Rojo sobre púrpura, ambos bajo el azul oscuro que nos coronaba.
Para mí, todo negro.

 Me miró una última vez, con los ojos muy abiertos, comprendiendo tan poco como yo sobre lo que estaba sucediendo, y su luz se apagó para siempre.
Volví a cogerle la mano, que tardó poco en enfriarse. Volví a acariciarla como hacía unos instantes y le coloqué de nuevo la cabeza sobre mi pecho. Ahora el que temblaba era yo: de ira, de miedo, de frustración. Todo había acabado para mí. Sin ella no era nada.

Después de dos horas allí tendido, junto a su cuerpo tan frío y muerto como las estrellas que contemplamos, sin ya apenas más lágrimas que derramar, arranqué la Nistra con su sangre. Ella regó su planta favorita con su esencia, una planta que me acompañaría por siempre. Y en ese momento lo decidí.  Decidí que si el universo me arrebataba de esta manera a Rhila, a pesar de que ambos no le habíamos arrebatado nada al universo jamás, yo también le arrebataría algo al universo para Rhila.


Nuestra casa se convirtió en el templo de Rhila. Construí un sarcófago adornado con Nistras y allí coloqué su cadáver. Arranqué todas las Nistras de aquel campo y las coloqué por toda la casa. Pero todavía quedaban muchos huecos para más flores. Así que cogí todos nuestros ahorros y vendí el territransporte para comprar un viaje en una nave interestelar de clase E.  Antes de partir compré un hololibro sobre las flores de la galaxia, decidido a viajar a todos los planetas en los que crecían Nistras.
Y eso hice.

 Pasaba periodos trabajando de lo que fuese para comprarme el siguiente viaje e iba acumulando montones de Nistras. Me convertí en un coleccionista compulsivo dispuesto a arrancar de su lugar unas flores, para conservarlas en recipientes de bioconservación y llevarlas algún día de vuelta con mi amada Rhila.
Cada vez que veía una Nistra me sentía cerca de Rhila, cada vez que olía una sentía su aroma, cada vez que la tocaba sentía el roce de su mano. Entendí a los coleccionistas y su obsesión. Entendí el vínculo que el coleccionista crea con la pieza que colecciona, comprendí que daba igual el motivo si eso llenaba algún vacío.
Al igual que no importaba que para llenar tu vacío estuvieses arrancando la vida o la libertad a otros seres, pues el universo mismo hacía eso con cada uno de nosotros sin miramientos. Puede que mi forma de ver el mundo sea limitada, pero para mí solo importaba ella, y ahora lo único que tengo que me une a ella son las Nistras. Las Nistras son mi mundo, mi vida; son ella. Es mi último regalo a alguien que lo merecía todo. Y espero que cada Nistra que robe para colocar en su templo sirva para que sea feliz en la otra vida, para que sienta mi amor como yo sigo sintiendo el suyo. Para que nuestra conexión sea eterna.

Volví a nuestro hogar, a su templo, muchos años después. Años de viajes, trabajos, vivencias vacías, noches en soledad, días oscuros y tristeza infinita. Pero esos años habían merecido la pena. Cada Nistra me había dado un diminuto rayo de luz que me dio fuerza para continuar y poder llegar a este día, el día que vuelvo a casa.
Sentí un golpe en el pecho al entrar en su templo. Un golpe que me insufló energía como hacía una vida que no sentía. Era como si pudiese sentir de nuevo. Me sentía feliz, pleno.
Coloqué todas las Nistras y varias luces visínticas, que nunca se apagarían. Con esa luz, el color de las Nistras inundaba el templo, bañándolo en un precioso color púrpura.
La belleza de aquel lugar y aquel momento me hicieron flotar, me hicieron sentir con una intensidad que jamás pensé que podía experimentarse. Y entonces, de golpe, sentí un vacío.

Ya estaba, mi misión había terminado. El coleccionista de Nistras había concluido su labor. ¿Y ahora qué? De nuevo mi vida había dejado de tener sentido y ella seguía sin estar conmigo.
Había llegado el momento. Saqué la primera Nistra, la que estaba adornada con su sangre seca; la Nistra más bella que ha existido jamás.
Abrí el sarcófago, me introduje en él, besé su calavera y me tumbé junto a sus huesos, colocando su cráneo sobre mi pecho, acariciando su mano huesuda y depositando la Nistra entre los dos.
Después, saqué de uno de mis bolsillos un electro-cuchillo, pero sin encenderlo, pues solo necesitaba su filo de metal, no sus propiedades eléctricas. Lo coloqué sobre mi brazo, que descansaba junto a la Nistra y, sin dejar de mirar el rostro de Rhila me corté lentamente las venas. Mi sangre se derramó sobre la sangre seca de Rhila en la Nistra.
Miré al techo de nuestro hogar, nuestro templo de Nistras. Escuché un sonido extraño que no reconocí, pero que no me importaba lo más mínimo.
Dejé de ver el techo para contemplar el cielo estrellado, dejé de sentir una calavera para sentir su pelo, dejé de acariciar unos huesos para tocar su piel y no dejé en ningún momento de oler a Nistra, a ella.

Habíamos creado nuestro propio rincón en la galaxia, en el universo, en los límites entre la vida y la muerte. Habíamos viajado más lejos que nunca sin movernos del lugar de siempre. Habíamos forjado un vínculo eterno más allá de los límites de la razón y lo explicable.
Y justo antes de cerrar los ojos para siempre pensé en los coleccionistas. Curioso. Pensé en la belleza que se esconde detrás de cualquier objeto, por cotidiano que sea, por extraño que parezca. La belleza se la otorgamos nosotros, se la otorgan nuestros sentimientos, nuestros recuerdos, nuestras experiencias. El universo nos arrebata cosas, pero también nos lo da todo. Nos da la posibilidad de encontrar la belleza en cualquier rincón de la misma forma que experimentamos el dolor en cualquier momento. El universo no nos hace a nosotros, solo nos otorga y nosotros le damos a él. Le damos sentido, significado, sueños, ilusiones y esperanzas. Le damos importancia. Le damos vida. Él nos da a cosas, nos da a animales, a personas. Somos nosotros los que decidimos amar a esas cosas, animales o personas; los que creamos vínculos, historias, microversos que le nutren.
Con mi último hálito de vida comprendo que el universo colecciona esos microversos, nos colecciona a nosotros. No para poseernos, sino para contemplarnos, admirarnos y darnos un lugar. Y da igual cuántos universos existan y lo cambiantes que sean las leyes de la creación de esos otros universos, da igual que haya un sentido mayor e incomprensible para nosotros o un supuesto plan o fin último. En realidad lo único que importa son los microversos. Y mi microverso no muere hoy, perdurará en el tiempo, porque nuestras conexiones, nuestras emociones, lo que une nuestras vidas son más que huesos y flores. Son mucho más.

Y yazco ya muerto, pero todavía vivo, reflexionando, en ninguna parte y en todas a la vez. Siendo consciente de que mi historia puede llegar a muchos: a ti, a ti, o a ti. Puede que la escuchéis, puede la contempléis si viajáis al templo. O puede que la leáis. Sabed todos pues, que cada uno de vosotros: vuestras aparentes insignificancias, vuestros gustos más insulsos, vuestros amores más corrientes, no son tal cosa. Sabed que habéis creado vuestro propio microverso y que con él alimentáis al universo entero con lo único que importa, vengáis del universo que vengáis: historias, ilusiones y la fuerza más imparable y eterna que existe, el amor. Gracias a todos por vuestra aportación. Ojalá el universo os dé tanto como le dais vosotros a él.

jueves, 21 de octubre de 2021

El saiyan redentor

 


Contemplo la cegadora luz que está a unos segundos de arrasar mi planeta y a mi gente: mis amigos, mi esposa, mis soldados, mi hogar. Sé que este es el fin. Por fortuna, mis dos únicos hijos se encuentran lejos de aquí, de este ataque sin piedad, de esta matanza que está a punto de perpetrar nuestro señor, Freezer.
Hemos luchado con fiereza, nos hemos defendido haciendo gala de nuestro orgullo y nuestro espíritu combatiente. Hemos derramado hasta nuestra última gota de sangre para proteger lo que es nuestro. Curioso, pues los saiyans siempre atacamos, nunca protegemos nada ni defendemos a nadie. O eso creía hasta que conocí a ese muchacho, su madre y aquel namekiano. Aún recuerdo sus nombres: Granola, Muesli y Monite. Todavía hoy no sé explicar qué me sucedió, qué fue lo que sentí, por qué actué como lo hice. Fue un sentimiento que nunca había experimentado con esa intensidad en el campo de batalla. Lo llaman piedad, empatía

 Algo cambió en mí cuando vi por primera vez a mi segundo hijo, algo se removió en mí. Cuando nació Raditz apenas le presté atención. Gine se enfadaba por ello, pues las mujeres saiyans no son como nosotros, los hombres: son más sensibles, más blandas; o eso pensaba.

Ella se encargó de su crianza cuando era un bebé hasta que tuvo la suficiente edad para empezar a luchar e invadir otros planetas. Le enseñé lo básico, pero los saiyans somos lo suficientemente fuertes como para tener que entrenar.
El mayor acercamiento que tuve con Raditz fue una noche que pasamos juntos, hablándole de la galaxia, de otras razas a las que había aniquilado, de nuestro deber hacia el emperador Freezer y sobre el poder de nuestra raza.
Le hablé sobre los ozaru y la luna llena, y se la mostré.
Sentí orgullo cuando vi a mi hijo transformado en Ozaru por primera vez, rugiendo al manto oscuro que cubría el planeta y destruyendo con frenesí y desenfreno las montañas que se encontraba a su paso.
Orgullo, pero nada más. ¿Se puede decir que quiero a Raditz? Sí, pero no es lo que otros llamarían amor paternal. Soy un saiyan, un guerrero, un asesino, un ser que se mueve solo por la lucha o la destrucción. Pero, a pesar de ello amaba a Gine, ¿no?

Gine, una saiyan que sacrificó todo para estar conmigo. Estaba prometida a un saiyan de clase alta: Whitloof, con el que hubiese tenido más comodidades en el ejército de Freezer e hijos más poderosos que los nuestros. Renunció a todo eso cuando me conoció, algo que me sorprendió, pues decidió estar conmigo mucho antes de que matase a Whitloof.
Le daba igual que fuese un saiyan de clase baja, me dijo que veía en mí un fuego más brillante que el de cualquier saiyan de clase alta y que nuestro destino no lo escribían unos datos obsoletos tomados para unas estúpidas pruebas de poder. Me creía capaz de cualquier cosa con mi pasión desmedida y mi incapacidad para rendirme.
Pero también vio algo más en mí: compasión. En aquel momento me reí y no hice mucho caso, pero ahora he de reconocer que tenía razón.
Por ejemplo, otro hubiese querido matar a Whitloof desde un inicio, pero no fue mi caso. Intenté dialogar con él, que comprendiese la decisión de Gine, estallando solo cuando fui testigo de cómo la golpeaba jurando que el castigo en casa sería más severo.

Sentí una fuerza incontrolable en mi pecho que ardía con mayor bravura que cuando estoy en combate, un zumbido en la cabeza que nublaba mi mente más intenso que cuando miro a la luna llena y me transformo en Ozaru, y una punzada en mi espalda que jamás había sentido. Al sentir aquello tan extraño en la espalda noté también algo más en mi interior, como si algo quisiese romper o explotar. Mi energía se revolvió con más intensidad que nunca y, por un breve instante, me pareció ver un fugaz destello, algo que me erizó ligeramente el pelo. Pero, en apariencia, ningún cambio se había provocado en mí, lo único que ocurrió fue que me abalancé con ira desmedida contra aquel que había dañado a la saiyan que amaba.
Le destrocé, sin esa piedad que Gine veía en mí. Ni ella misma podía reconocer a Whitloof en esa pulpa de sangre que se había convertido su cabeza.
A Freezer le pareció gracioso todo eso y no fui condenado. Por su parte, al rey Vegeta no le importaban las disputas entre los suyos, pero no le parecía bien que un soldado de clase alta fuese asesinado por uno de clase baja, y menos si era porque el segundo se había enamorado de la prometida del primero.
Desde ese día sentí que el resto de saiyans me respetaban más, pues a pesar de tener mucho menos poder de combate que Whitloof, le había destrozado sin que este pudiese hacer nada.

Se puede decir que los días posteriores a asesinar a Whitloof fui feliz. Era algo más respetado por mis hombres, me seguían asignando planetas interesantes que conquistar, Freezer estaba contento con nosotros, Gine me daba toda la fuerza que necesitaba con su cariño y confianza y estaba rodeado por buenos compañeros de armas. Encima, Gine me iba a dar un segundo hijo, ¿se podía pedir más? Mi vida era perfecta.
Pero todo tiene un ciclo en este universo, todo ha de terminar algún día, en algún momento la luz precederá a la oscuridad y el silencio. El tiempo es algo que pasa para todos y no se puede cambiar, no se puede viajar al pasado, no se puede lograr que un momento sea eterno ni que otro no suceda nunca. Debemos vivir sabiendo que todo algún día acabará, pero sin resignarnos a perderlo todo o que nos lo quiten sin más. Hay que luchar, ajustarse la bandana en la cabeza y dejarse la vida en el combate hasta que la bandana sangre y estemos tan exhaustos que apenas podamos respirar.
Y eso es lo que he hecho hoy y lo que estoy haciendo ahora mismo.
La luz se hace cada vez más grande, más ardiente. Quema en la distancia, mucho antes de que nos desgarre la piel y nos pulverice. Pero no tengo miedo, no me detengo ante la luz inevitable que impondrá la oscuridad y el silencio. Contengo mis lágrimas, pues nadie me verá llorar hasta que todo esté perdido. Aprieto los puños, rechino los dientes y concentro lo último que queda de mi energía, buscando esa ira que sentí el día que golpearon a Gine. Una chispa de ese poder volvió a pellizcarme al imaginarme a Gine muerta junto al resto de nosotros, pero ahí se quedó.
Supe que ya nada más podía hacer, pues el destino del que hablaba Gine ya estaba escrito y, en efecto, no estaba escrito por unos datos obsoletos, sino por algo mucho mayor.
A las puertas del final comprendo lo que sentí el día que vi a mi segundo hijo, lo que me hizo actuar en favor de esos cerealianos y ese namekiano en el planeta Cereal. Ese día, al mirar el rostro del hermano de Raditz vi algo que no vi en el propio Raditz. Vi lo que Gine vio en mí: no vi el rostro de un guerrero sino el de algo mayor. Puede parecer que no tenga sentido, era solo un bebé, pero uno idéntico a mí por fuera y también por dentro, lo percibí. ¿Cómo no iba a percibir algo así si yo soy su padre? Y lo más importante, por dentro tenía más de Gine que de mí. Una mujer que me enseñó que existe más que la lucha, la guerra, la destrucción o la muerte. Gracias a ella sé lo que es una familia, sé lo que es la felicidad y comprendo mejor la compasión que siempre he sentido y, por mi educación, he intentado bloquear. En ese momento fue cuando, sins er consciente, entendí todo, cuando supe qué es lo que deseaba y cómo deberían ser las cosas. Fue cuando, sin saberlo, decidí que haría algo por mantener eso en el mundo: la compasión, la felicidad, aunque fuese ajena; la familia y lo que ello conlleva. Lo que me llevaría a salvar a esa madre y su hijo, que bien podrían haber sido Gine y nuestro hijo.

No me avergüenza decir mientras acaricio con mis dedos la amarga muerte que me espera, que gracias a ella también sé lo que es el amor. Y eso es algo que también sentí cuando miré a aquel bebé. Mi pecho se hinchó con más fuerza que todas las veces que había sentido orgullo por Raditz, mientras mi estómago se encogía. Vi en ese muchacho la capacidad de llevar a los saiyans mucho más lejos de lo que yo hubiese logrado. Veo ahora su capacidad de hacer cosas más grandes de lo que yo hice el día que maté a un soldado de clase alta como Whitloof.
Su destino como saiyan era otro, pero gracias a lo que Gine me enseñó ambos le dimos una oportunidad para que se impusiese a su destino y fuese mucho más de lo que yo he sido.
Forma una familia, hijo; y hazlo mejor que yo. No desatiendas a tu esposa y a tus hijos tanto como tu padre, no olvides el amor por la lucha, pero tampoco  la compasión, la justicia, a los buenos amigos y el amor en su esencia más pura. No dejes que corrompan tu espíritu como hicieran con el mío. Golpea tu cabeza si hace falta para olvidar lo poco que pudimos enseñarte sobre las costumbres de nuestra raza y mantén en tu corazón las enseñanzas sobre la importancia de la amistad, la colaboración y la protección de los tuyos.

Gracias a ti, ya antes incluso de que pudieras hablar, aquel pequeño, Granola, salvó su vida. Antes de conocerte yo le hubiese matado a él y a su madre, además de a ese viejo namekiano. Su madre, Muesli, fue asesinada por gente que hace negocios con el infame Freezer, que está a punto de aniliquilarnos, pero ellos dos sobrevivieron y a día de hoy siguen estando vivos. Ojalá algún día les conozcas y puedan ver lo que yo nunca veré. Al guerrero en que te convertirás, al gran hombre, esposo y buen padre. Y, ojalá, al asesino de emperador del universo, al liberador de la galaxia y al redentor de la raza saiyan.

Confío en ti, hijo. Y ojalá Raditz te siga en tu camino y no se deje llevar por sus instintos saiyans. La luz se acerca, pero no me importa. No me rendiré, tal y como a ella le gustaba. Intento repeler el ataque con la poca fuerza que me queda. Fracaso.
La luz me envuelve, el ardor en todo mi ser es tan intenso que, a pocos instantes de morir, dejo de sentir. La luz permanece, el estruendo es insoportable para los oídos, pero para mí todo se vuelve mudo, y aunque la luz me ciega puedo ver una última imagen. Nos veo juntos, a los cuatro. Felices, lejos de Freezer, lejos del planeta Vegeta, tal vez en el planeta Cereal, junto a Granola y Monite, tal vez en la Tierra, donde te hemos enviado, junto a tu familia y amigos.
Sé que jamás se hará realidad, pero esta imagen me da paz y, con ella, las lágrimas se liberan al fin. Sonrío como un imbécil con mi último aliento y, por último, te veo. Veo tu rostro adulto idéntico al mío, un rostro limpio, sin cicatriz, con semblante serio, pero calmado. Se asoma en ti una ligera sonrisa y contemplo en tus ojos una pureza inimaginable en alguien de nuestra estirpe. Incluso observo una ropa naranja y azul, no sé muy bien por qué. Pero eres tú, lo sé, en un futuro mejor que se me ha negado, pero por el que tú lucharás con la intención de protegerlo hasta el final de tus días.
Llegarás lejos, estoy seguro. Y espero que algún día, por remoto que sea, aunque pasen cuarenta años, me conozcas y puedas quererme como yo te quiero a ti o, al menos, te sientas orgulloso de tu padre.

Gracias por todo lo que ya has hecho sin ser consciente y por todas las grandes cosas que vas a hacer, Kakarot.