No es el mar, desde luego, pero se le parece tanto que puede
llegar a ser reconfortante mientras él lo permita. Nadie es tan afortunado como
para encontrar siempre el mar calmado, todo el que se aventura a navegarlo sabe
que se la juega, que escapa a su control, pero cuando el mar se mantiene
tranquilo, cuando te acoge con amabilidad en su vastedad, puedes llegar a ser
feliz. Solo has de no asomarte para intentar mirar lo que oculta en su
interior, disfrutar contemplando el horizonte sin preguntarte qué hay más allá.
domingo, 6 de agosto de 2017
Un mar infinito
sábado, 4 de marzo de 2017
El secreto del Hacedor
Un hombre de gran tamaño gritaba furioso en su oscura
morada. Un lugar cálido gracias a las incesantes llamas que bañaban con su luz
la fría oscuridad, otorgándole a ese robusto hombre, en ese momento, un aire
amenazante. Aire que se esfumó cuando el llanto le sobrevino. Nadie estaba allí
para consolarle, solo algunas de sus muchas antiguas creaciones que parecían
mirarle queriendo ayudarle.
-Proceda en
su defensa el Hacedor -pronunció
un hombre de semblante serio y larga barba canosa-, acusado de violar las leyes del buen uso de los poderes
divinos y de no preservar la seguridad de sus propias creaciones.
El Hacedor, con su larga melena oscura, se colocó en el centro de la colosal sala situada en lo más alto
de aquella montaña.
-Señoría,
no se trata de esgrimir una defensa, se trata de pedir una disculpa -el hombre
agachó la cabeza-. Mis
creaciones debían ser perfectas, debía usar mi poder con responsabilidad. Lo
intenté, pues les otorgué a todas por igual poder, sabiduría y bondad, pero
tampoco pretendía dárselo todo hecho. Me pareció fascinante que ellos mismos
continuasen mi labor como hacedor y prosiguiesen con mi creación. Les di las
herramientas para hacer posible el milagro de la vida, para crear algo que en
esta sala repleta de grandes señores nadie más que yo puede crear. Que fuesen
capaces de crear un mundo como el nuestro, pero no podía hacerles inmortales
como lo somos nosotros, así que todo lo que eran solo podía mantenerse si
continuaban creando y trasmitiendo. Para ello decidí ir más allá y crear algo
nuevo, algo que no está entre nosotros, algo a lo que llamé “mujer”.
En la sala cada vez se respiraba un ambiente más caldeado,
los presentes se miraban, algunos extrañados y otros disgustados.
-Algo que
se le fue de las manos. Un error por el que pide disculpas, ¿no es así?
-¡En
absoluto! Pido perdón por no ser capaz de mantener la virtud en mis creaciones
ni la sabiduría suficiente para no hacer distinciones sociales, políticas o éticas ante un
semejante que simplemente porta diferentes herramientas para hacer una misma
labor -Las
palabras del Hacedor mostraban claramente su desacuerdo y desprecio ante lo que
el Juez acababa de decir.
-Esas a las
que llama “mujeres” son, claramente, el motivo de que usted esté aquí hoy. Son
el motivo de disputas por las que sus creaciones, tanto hombres como mujeres,
sufren. Todo debido a su irresponsabilidad. No será desterrado y se le seguirá
dejando crear, con restricciones eso sí, si destruye su propia creación, o, por
lo menos, a parte de ella. Destruya a las mujeres, no vuelva a crearlas y será
perdonado.
El Hacedor miró a todos los que permanecían en la sala sin
inmutarse tras lo que el Juez acababa de decir.
-Veo que la
virtud tampoco puede encontrarse en lo que algunos llaman dioses -clavó la
mirada en el Juez-. No, no
acepto las condiciones de destruir total o parcialmente mi creación,
por lo que asumo gustoso la condena.
-Bien, así
sea entonces. Hacedor, prescindimos de sus, por otra parte, innecesarios
servicios y le desterramos del Monte Divino para que viva en la cloaca que
usted ha creado y a la que llama Tierra, mundo que abandonaremos para dejarlo
en el olvido, sin prestarle nuestra ayuda en ningún momento.
-Ayuda que
no necesitan, entre otras cosas porque, como bien pueden ustedes ver, son
nefastos ayudando. Y, por supuesto, porque mejorarán y, algún día, os
superarán. Todos tienen la fuerza, todos el poder e incluso el deseo, solo que
algunos todavía no se han dado cuenta.
Bajó a lo que el Juez llamó cloaca. Observó por primera vez
a sus creaciones caminando a su lado. Muchos hombres no se respetaban entre
ellos, pero peor era la situación de la mujer. No comprendían que debían
trabajar juntos para seguir avanzando.
Caminando por el mundo se encontró muchas cosas maravillosas
y otras tantas horribles, intentó siempre ayudar como pudo a unos y otros y
trasmitió a adultos y niños sus enseñanzas con intención de alcanzar la
igualdad entre sus creaciones.
Un día, en uno de sus peregrinajes, vio a una muchacha
mirando a un grupo de soldados.
-¿Te
gustaría estar ahí como uno más? -preguntó el Hacedor mirando también a aquellos hombres.
-No. La
guerra no me interesa. Me interesa acabar con ella, algo imposible y estúpido
de pensar.
-No lo es
querer corregir un error.
-Lo es
desearlo desde mi posición.
-Tú sola no
lo conseguirás, desde luego. Y posiblemente solo puedas emprender el principio
de un largo camino que lleve siglos recorrer. Pero alguien tiene que empezar.
-Los
hombres dominan el mundo, y con ello las guerras. Solo ellos pueden pararlas.
El Hacedor no pudo evitar reírse.
-El mundo
os pertenece a cada uno de vosotros. Todos tenéis la capacidad de luchar por él
y por la seguridad y los derechos de cada uno de sus habitantes. Algunos
hombres creen tener el poder, pero ¿quieres que te cuente un secreto? -la joven
afirmó con la cabeza mirando al hombre con cierta extrañeza-. Me
permití crear a las mujeres con algo más de sabiduría, entereza y fuerza, pues,
como hombre, conocía bien nuestros límites, por lo que con vosotras decidí acercar mi
creación más a la perfección.
La joven no dijo nada, pero, por cómo le miraba, el Hacedor
supo que vio en sus ojos la verdad.
-Sé que ese poder a mayores
que poseéis no lo utilizaréis en su contra, como algunos de ellos
piensan, por eso os lo di, pues sé que lo usaréis para mejorar el mundo y luchar por la igualdad. Empieza a luchar por conseguirla,
amiga mía, pues ese es el camino para alcanzar la verdadera paz.
jueves, 16 de febrero de 2017
Diminutas campanas de boda
Caminaban juntos, nerviosos, sin soltarse de la mano. Se
dirigían a al altar, donde un hombre canoso les esperaba con el semblante
serio. Caminaban por un pasillo que parecía no terminar, siendo observados por
gente conocida, gente que querían y con la que habían compartido muchos
momentos. Todos llevaban el mismo traje, todos tenían el mismo gesto, todos
menos ellos. A pesar de los nervios, a pesar del paso que iban a dar y de lo
que iban a cambiar sus vidas, estaban tranquilos, seguros de lo que hacían y,
sobre todo, de lo que habían hecho. Llegaron por fin al extremo de la sala, a
su altar particular, y miraron al anciano, que era el único que llevaba una
vestimenta diferente y el encargado de pronunciar las palabras que proclamarían
su amor infinito. Después se dieron la vuelta hacia los testigos, que parecían
tristes, tal vez emocionados, por el evento. No todos querían que se casasen,
pero tenían que hacerlo. La ceremonia transcurría en silencio, un silencio que
el anciano no tardó en romper. Las manos de los dos hombres seguían unidas, a
pesar del sudor que las bañaba no se resbalaban. Los cinco testigos se
encontraban en fila, con los ojos clavados en los novios, mientras el anciano
pronunciaba las palabras que les unirían eternamente.
Las campanas comenzaron a repicar, cinco diminutas campanas que perforaban los tímpanos, perforaban la carne. Estaban acostumbrados a ver la carne perforada, acostumbrados a oír sonidos más terribles que los de esas campanas. Eran soldados.
Las campanas comenzaron a repicar, cinco diminutas campanas que perforaban los tímpanos, perforaban la carne. Estaban acostumbrados a ver la carne perforada, acostumbrados a oír sonidos más terribles que los de esas campanas. Eran soldados.
Cada día que pasaba, cada día que tenían que sobrevivir, se
hacían más débiles. Su miedo aumentaba, su visión de la vida se tornaba más
oscura de lo que ya era y necesitaban sentirse más fuertes. Se insensibilizaban
y se volvían peligrosas máquinas de matar. Pero hasta la máquina más potente
era frágil y necesitaba ser cuidada y a menudo engrasada. Todos ellos
permanecían unidos, algunos demasiado para lo que allí estaba permitido. Tanto,
que debían esconderse. No había porque hacerlo, eran parte del mismo cuerpo,
eran compañeros, soldados. Eran hombres, simplemente hombres. Pero se
escondieron.
¿Puede una situación generada por el odio desembocar en
amor? Muchos soldados se aferraban a ese sentimiento en el campo de batalla
para sobrevivir, pero ¿cuántas veces surgía el amor en una guerra? El único que
tenía derecho a mostrarse ante todos tal y como era, sin tapujos, sin
escrúpulos, era el odio y todo lo que reflejaba, sin importar la gente que
sufriese.
El amor en una guerra puede ser un gran aliado, pero un aliado oculto, frágil, que si es descubierto puede ser aniquilado con facilidad, y más si ese amor es considerado anti-natural.
El amor en una guerra puede ser un gran aliado, pero un aliado oculto, frágil, que si es descubierto puede ser aniquilado con facilidad, y más si ese amor es considerado anti-natural.
Una noche se las apañaron para descansar juntos, su amor no
lo hacía. Para ellos no existía más que esa habitación, esa cama, ese hombre.
Pasarían la noche despiertos, pero a la mañana siguiente tendrían la fuerza
suficiente para luchar, mientras lo hicieran juntos. Lo que no imaginaban era
que no pasarían la noche despiertos para consumar su amor, sino su odio, el
odio de una nación. La puerta se abrió de golpe, uno de sus compañeros los vio
desnudos sobre la litera que compartían. Entró dispuesto a gritar para alarmar
de su llegada, pero se quedó callado. Después de un instante en silencio, los
disparos recordaron al inoportuno soldado por qué estaba ahí. “Nos atacan” dijo
seco, como si hubiese visto a uno de sus compañeros con el enemigo. Tras la
batalla comenzaría la suya propia.
Caminaban juntos, nerviosos, sin soltarse de la mano. Se
dirigían a al altar, donde un hombre canoso les esperaba con el semblante
serio. Caminaban por un pasillo que parecía no terminar, siendo observados por
gente conocida, gente que querían y con la que habían compartido muchos
momentos. Todos llevaban el mismo traje, todos tenían el mismo gesto, todos
menos ellos. A pesar de los nervios, a pesar del paso que iban a dar y de lo
que iban a cambiar sus vidas, estaban tranquilos, seguros de lo que hacían y,
sobre todo, de lo que habían hecho. Llegaron por fin al extremo de la sala, a
su altar particular, y miraron al anciano, que era el único que llevaba una
vestimenta diferente y el encargado de pronunciar las palabras que proclamarían
su amor infinito. Después se dieron la vuelta hacia los testigos, que parecían
tristes, tal vez emocionados, por el evento. No todos querían que se casasen,
pero tenían que hacerlo. La ceremonia transcurría en silencio, un silencio que
el anciano no tardó en romper. Las manos de los dos hombres seguían unidas, a
pesar del sudor que las bañaba no se resbalaban. Los cinco testigos se
encontraban en fila, con los ojos clavados en los novios, mientras el anciano
pronunciaba las palabras que les unirían eternamente.
El anciano, con su uniforme lleno de medallas, se había
separado de ellos mientras decía lo que debía decir. En esa boda no había
alianzas ni enemistades, tampoco traiciones ni venganzas, mucho menos rencores.
Solo había miedo, incomprensión, debilidad y cobardía. En esa boda solo había
un hombre con algunas partes amputadas y a punto de desintegrarse por completo.
Había cinco dedos presionando cinco gatillos y una mano presionando otra mano.
Las campanas comenzaron a repicar, cinco diminutas campanas
que perforaban los tímpanos, perforaban la carne. Estaban acostumbrados a ver
la carne perforada, acostumbrados a oír sonidos más terribles que los de esas
campanas. Eran soldados. Tal vez fue también la debilidad lo que llevó a esos
dos soldados ante aquel altar, pero la fortaleza les hizo mantenerse allí
parados, juntos, en silencio, esperando el fin de su boda. Un fin que llegó
pronto. El sonido de las diminutas campanas cesó, los cinco dedos se
levantaron, los dos soldados cayeron, sus manos siguieron unidas. La muerte no
les separó.
lunes, 13 de febrero de 2017
El poder de una sonrisa
Poseo un gran poder que
lo puede cambiar todo, un poder que nadie entiende, un poder que admiro y temo.
Un poder que me revive, que me da esperanzas incluso ante tanta miseria. Un
poder que me mueve y que me ata, que me da fuerzas y que me las quita. Un poder
que necesito, un poder que alguna vez rechacé, pero que también busqué. Un
poder que no me deja dormir ni comer, y a duras penas pensar. Un poder que
puede volver loco, pero que a mí me da la vida.
Con este poder puedo hacer
el bien y causar mucho dolor. Puedo crear y puedo destruir. Puedo correr sin
cansarme y hasta cansarme sin correr. Con él, incluso, soy capaz de ver belleza
en el lugar más sórdido.
Recuerdo cómo detestaba que me tocase el sol, cómo detestaba escuchar a la gente hablar, cómo odiaba oírles reír o llorar, cómo me repugnaba verles matar o morir. Recuerdo cómo sentía lastima por todos ellos, por todo lo que les rodeaba. Tenía el poder de destruirlo todo con un simple movimiento de mi muñeca, provocando un chispazo que envolvería el mundo en llamas, así que me planteé acabar con aquello. No pretendía destruirlo, solo salvarlo, acabar con el último organismo y empezar de cero. Sigo sin saber quién me dio ese poder y para qué me lo dio, pero yo tenía muy claro cómo usarlo.
Me elevé ante todos como un dios sin que pudiesen verme y esperé, no sé muy bien a qué. Les miré por última vez y, antes de volver a elevar la mirada, pude verla sonreír. ¿Por qué? ¿Por qué su sonrisa me detuvo? ¿Por qué sonreía en aquel lugar sin sentido? No lo sé, no sé nada, solo que quería verla sonreír todos los días de mi vida. Seguramente fuese como todos, seguramente lo sea, pero su sonrisa a mí me parecía distinta. A su sonrisa le siguieron su mirada, sus andares, le siguieron sus palabras. Al verla no pude hacer lo que debía. Decidí bajar, renunciar a aquel otro poder que nos salvaría y sucumbir al poder que ella me había otorgado. Bajar a aquel infierno para acercarme al paraíso. Fui un egoísta, un inconsciente, un impulsivo, pero ante todo fui feliz como nunca lo había sido.
Por un momento vi a la gente de otra manera. Me di cuenta de que estaban tan perdidos como yo, que algunos no tenían intención de encontrarse, pero que a otros la angustia les devoraba tanto como a mí. Y aun así luchaban, continuaban, vivían. Era increíble, peligroso, pero admirable. Eran como yo, pero muchos sin ese nuevo poder que ahora me imbuía.
O eso creía. Al
observarles más de cerca comprendí que cada uno, a su manera, tiene ese poder,
y cada uno decide qué hacer con él. Yo lo sé, o, mejor dicho, sé lo que no
puedo hacer con él. Con este nuevo poder no puedo mejorar el mundo, no puedo
cambiarlo. Con este poder sigo viendo lo mismo de siempre, pero no de la misma
manera. Por eso es tan importante este poder, porque no nos hace poderosos,
simplemente felices; porque no nos hace superiores, solo iguales; porque nos
permite vivir en un mundo donde la vida a veces parece carecer de sentido. Se
trata de un poder que nos conecta a la otra persona y que, manteniendo nuestra
mortalidad, nos convierte en imparables hasta el fin, como si de verdad
fuésemos inmortales.
¿Qué puedo tener yo? os
preguntaréis, ¿qué la puedo ofrecer? Nada que no puedan tener los demás, menos
de lo que pueden ofrecerla muchos, os lo aseguro, yo solo puedo ofrecerla ese
mismo poder. Es probable que no sea correspondido, es posible que me deba
conformar con verla, con oírla y hablar con ella de vez en cuando, pero ya es
más de lo que tenía antes.
No será un final triste,
simplemente un final sin ella, un final que no llega con estas últimas líneas,
pues yo seguiré aquí, continuando la vida que ella me devolvió, dispuesto a
mantener ese poder en cualquier rincón del mundo y a ofrecérselo a alguien que
lo necesite como yo. Un poder al que algunos llamamos “amor” y que cada uno entiende
de una forma. Lo importante es que, de una forma u otra, ese poder siempre esté
ahí y sepáis usarlo, que os libere y jamás os encadene y, sobre todo, que no lo
perdáis en la oscuridad y en la distancia. Sabed que siempre estará ahí
esperando a que lo recibáis y deseoso de que lo compartáis.
jueves, 24 de noviembre de 2016
Vacío Redentor
Las
llamas acorralaban en cada esquina a aquella mujer. Día tras día vivía en aquel
infierno que solo ella veía, solo ella sentía. Con aquel abominable ser que
parecía disfrutar haciéndola daño. No tenía escapatoria, sabía que un día la consumiría
hasta acabar con ella. La destrozaría por completo. Caminaba por la calle
queriendo pedir ayuda, pero sin poder hacerlo. Algunos la miraban, pero la
mayoría la ignoraban. Cruzó la mirada con otra mujer, cuyo espejo ocular
reflejaba un mundo sin fuego, bonito. Pero no tardó en esfumarse, pasando de
largo, devolviendo las llamas a su sitio.
Cruzó
la carretera sin importarla la caótica circulación y llegó al río. Pudo ver
cómo entre las llamas algunos sacaban sus móviles para grabarla, otros solo la
miraban, e incluso unos cuantos la gritaban para que tuviera cuidado cuando
cruzaba. Apoyó las manos en la barandilla del puente y gritó de dolor al sentir
el calor del metal en sus manos. Agachó la cabeza y miró al río en el que podía
verse reflejada, podía ver reflejado todo lo que había junto a ella. No pudo
decir que era bonito, pero era mejor que ese infierno de fuego. Agarró con
fuerza la barandilla, sin importarla ya que quemase, y se dejó caer al espejo
acuático que descansaba bajo ella. Se sumergió en ese mundo anodino, pero
limpio, para dejar de sentir ese dolor. Cuando lo hizo, por primera vez en
mucho tiempo, no se ahogó.
Paseaba
por calles grises, con gente sin rostro, sin sonidos y sin olores. Incluso
aquello era menos doloroso. Las figuras poco a poco se volvían más borrosas,
pero no la importaba. Por fin tenía lo que quería.
-No tienes lo que quieres, mi pequeña. -No sabía a quién pertenecía esa voz- ¿Recuerdas cuando tu madre te leía esos cuentos?
Había uno que te gustaba en especial. Sí, eres muy parecida aquella niña
adentrándose más allá de espejos. -Seguía sin reconocer la voz o ver la silueta de la persona a la que
pertenecía-. Sí, sí. Sé que sigues sin identificarme. Eso es
porque no soy nadie. No tengo forma, pero puedo dar formas, muchas formas. Me
encanta crear, construir, dibujar, pintar. A través de este espejo puedo dar
rienda suelta a mi creatividad, crear yo el reflejo, pues aquí nada hay que se
pueda reflejar más que lo que yo cree. ¿Cómo puedes crear sin brazos ni ningún
tipo de extremidad? Te preguntarás. Pues no te preguntes, no te preguntes
chiquilla. Para crear nada de esto necesitas, solo pensar precisas. -Todas las siluetas habían prácticamente desaparecido,
ya casi no quedaban figuras en ese lugar- Pero estás a tiempo, ¡oh, sí! ¿Sabes lo mejor de mis creaciones? Que
ellas pueden crear. Más allá del espejo no hay límites. ¿¡Y no te lo crees!?
Pues vas a tener que volver a cruzar el espejo para comprobarlo. Deja que me
deleite con lo que eres capaz de crear. -La joven comenzó a ver una figura formándose frente a ella, junto al
gran espejo- ¡Oh, mira, mira! Estás creando.
Su
madre, sentada en la cama, le contaba su cuento preferido. Lo había olvidado.
Siempre había querido ser como la protagonista de ese cuento. Entonces las
imágenes pasaron muy deprisa, con muchas personas cruzándose en ellas,
tornándose todo más oscuro hasta que comenzó a arder.
-Igual que puedes crear, puedes deshacer. Ninguna creación puede
imponerse a la tuya tras el reflejo, es lo bonito del reflejo, que hay lugar
para cada destello. Ninguna imagen puede imponerse a otra, todas conviven. Hay
muchos estilos, muchísimos. Elige el tuyo y comienza a crear. Y si no te gusta
lo que creas deshazlo, ¡maldita sea! Tienes el poder, yo te lo di. Hazme caso y
cruza de nuevo el espejo antes de que se acabe el tiempo. Tus líneas no se han
borrado, no las borres tú. Y mucho menos dejes que te las borren. No vengas al mundo de la nada, ¡crea, crea,
crea, crea! ¡Crea! Nunca destruyas y aléjate del que está dispuesto a hacerlo
para existir.
Creyó
y creó. Cruzó con dificultad el gran espejo, abrió los ojos y respiró por
primera vez en mucho tiempo. No había fuego, solo agua. El agua del río la
rodeaba. Tampoco tenía calor, ni frío. Vio a un montón de gente observándola desde
el puente mientras alguien intentaba ayudarla. Se oían sirenas, otrora
chillidos de aves preparadas para devorar los restos orgánicos de un contenedor
vacío, convertidos ahora en cantos de auténticas sirenas que cumplían las
promesas que hacían y que iban a salvarla. Y entre esos cánticos de sirena
podía contemplarse a una auténtica sirena que, desde tierra firme, observaba a
su víctima flotando en el agua, invirtiendo la historia, lo conocido, lo
preestablecido. Aquella sirena que la había llevado al abismo de la locura y la
salvación. Aquella sirena que la hizo conocedora de la única verdad, de la
mentira más absoluta, del vació redentor, del reflejo infinito. Del espejo
vacuo que nada contiene y todo refleja.
Los
demonios con tridentes no existen, el infierno es tan auténtico como el
paraíso, Dios es una mentira tan grande como las sirenas, que no siempre
engañan, y los reinos celestiales tan tangibles como los submarinos. Solo
existe el reflejo del espejo, y tras el espejo no hay nada. No, nada no. Esta
él, o ella, está el vacío. El vacío tiene un nombre, el vacío tiene una
voluntad, y esa voluntad es ninguna, porque el vacío no tiene un fin sino un
principio, y ese principio es nuestro, nosotros lo comenzamos. Por eso ya no es necesario llenar de letras el vacío de esta hoja, a no
ser que queráis saber qué pasó con aquella visitante del vacío, aquel ogro que
la destrozaba y su fortuita e inusual sirena terrestre. Os lo podría decir,
pero no importa. Vuestro espejo ya está reflejando y, al final, vosotros
llenaréis ese vacío convenientemente. Así que ¡vamos! Haced como ella y cread,
cread, cread. ¡Cread! Y jamás os dejéis destrozar.
viernes, 6 de mayo de 2016
Los Cuentos Prohibidos(IV)
¡Ves! La muerte no
significa nada, lo sabía. No sé porque se preocupan tanto los adultos. Pero el
cuento de Translúcida y Transida no habla solo sobre la muerte, habla de más
cosas, ¿verdad? ¿Cómo decía mamá? El ajo, por ajo o algo así. ¡Eso! Ojo por ojo
ja,ja,ja,ja. A veces nos equivocamos, pero no por ello debemos ser siempre
castigados. ¿Que el cuento de esta noche tiene también una relación con eso? Me
he adelantado ji,ji,ji. ¡Me encantan estos cuentos! Que pena que solo queden
dos. Ha venido una mujer como el hombre blanco, la llaman enfermera, y también la llaman
Lucy. Es muy buena, aunque muy seria. Hoy el hombre blanco la regañó porque no debía llevar el pelo suelto y ponerse la cafia, o lacofia, no sé, una palabra muy rara. Es una pena porque tiene un pelo rubio muy bonito. Esta mañana se me olvidó quitarme el colgante que me dio Henry y ella me lo vio, no me preguntó nada, solo me dijo muy seria que lo guardase. Aunque creo que sonrió, un poco, casi ni se veía. ¿Por qué no sonreirá más a menudo Lucy?
No sé si cinco cuentos serán suficientes para todas las
noches que a lo mejor paso aquí. Entré porque tenía heridas, pero el señor
blanco me miro mucho y mamá lloró. ¿Por qué tendré que estar aquí? Bueno mejor,
si no a lo mejor nunca me hubieses contado esos cuentos. Además, gracias a
estar en este sitio he conocido a una niña que Lucy ha subido hoy aquí. Se
llama Angela y va vestida como yo. Es muy sonriente, pero no habla nada, solo
dibuja y colorea. He visto sus dibujos y son muy bonitos, usa muchos colores
diferentes. Hoy dibujó un pueblecito muy bonito, con un castillo muy grande y
un niño muy sonriente encima del castillo, no lo tocaba, como si estuviese
flotando en el cielo. ¡Ojalá yo dibujase así!
Antes de la hora de dormir fui a ver a Angela a su
habitación y la vi hablando con Lucy, cuando me vieron Angela sonrió mucho y
Lucy se puso todavía más seria, a lo mejor hice algo mal. Lucy llevaba otra vez
el pelo suelto ¡qué guapa es! Cuando salió de la habitación se lo recogió de
nuevo y se puso la el sombrerito de enfermera. ¡Eso, la cofia! Tiene los ojos
azules, que pena que sea tan poco expresiva. Por un momento no pude dejar de
mirarla, que tonto. Vi como sacó un espejito de mano y se colocó bien la cofia
para que el hombre de blanco no la regañara. Angela carraspeo ¡ja,ja,ja,ja!
Espero que no la haya parecido mal que me despistase por un momento. Me dijo
que si quería me podía dibujar, yo la dije que vale. Bueno, no me lo dijo,
porque no habla, pero yo la entendí. Es fácil entenderla. Lucy la entendía,
pero...yo creo que Angela sí que hablaba con ella. Bueno, a lo mejor le da
vergüenza hablar conmigo.
Teníamos dos horas hasta la hora de dormir y ya solo queda
una así que no creo que pueda acabarlo. O a lo mejor sí, dibuja con
tranquilidad pero es muy rápida. ¿Dónde habrá aprendido? ¡Oye! Vamos a hacer
una cosa, ¿porque no me cuentas el cuento mientras Angela me dibuja? Así ella
también puede escuchar el cuento. ¿Qué te parece? ¿Sí? ¡Qué guay! ¿Qué cuento
toca esta noche? ¿Glaena? ¡Qué nombre tan bonito! ¿A ti te gusta, Angela?
Je,je. Lo suponía.
EL CUENTO DE GLAENA
A simple vista era un pueblecito normal y muy corriente, con un castillo como otro cualquiera en lo alto y gentes como las de cualquier rincón del mundo, pero Vinablae era un pueblo especial. De noche era el único pueblo que durante todo el año se iluminaba con luz que no procedía de antorchas ni de la umbralita, pues sus habitantes, amantes de la cultura y el progreso, tenían su propia fuente de energía desconocida en el resto del mundo. En Vinablae la gente no era corriente, en Vinablae todo el mundo tenía una mente brillante. Había quien se dedicaba al estudio de plantas y de los animales, había inventores fantásticos, literatos, actores, malabaristas, pintores...Vinablae era por muchos considerado una ciudad, la capital del mundo, aunque ciertamente no lo era.
Todo esto, sus gentes, lo hacían con respeto, sin dañar el
entorno, sin molestar a sus vecinos o incluso a extranjeros que les visitaran.
Tenían una mente espléndida para crear y descifrar, pero también para convivir
y respetar. Únicos en todo el mundo. La reina de Vinablae llegó a vivir
doscientos dos años, algo habitual en ese pueblo, pues lograron crear un elixir
que les hacía longevos. Fue una buena reina que quería aprender de todos y cada
uno de sus habitantes. Durante muchos años, cada día visitaba a alguien para
descubrir en qué estaba trabajando.
Todos allí trabajaban por pura vocación y descansaban cuando
querían o lo necesitaban. Era considerado por muchos como un paraíso, un lugar
único en todo el mundo. No se conocen bien las causas de porque la gente que
nacía allí tenía esa mente y ese buen corazón, pero muchos extranjeros los
envidiaban. Evidentemente, los vinablaenintumtrarum, conocidos coloquialmente
como vinablaentinos por la dificultad del gentilicio, cuyo origen etimológico
solo conocen los propios habitantes de Vinablae, no eran tontos a pesar de ser
gente de buen corazón, y tenían muy bien defendido el pueblo, tan bien que
nadie se atrevió nunca atacarlo para conseguir sus secretos.
Pero por todos es sabido que para cultivarse no vale con
estudiar y leer mucho, también hay que viajar. Y a la reina la gustaba
muuuuucho viajar. Pasó ciento dos años de sus doscientos viajando por todo el
mundo, en un momento en el que sus habitantes no la necesitaban tanto para
proteger el pueblo. Su primer viaje lo hizo a los cinco años, del que asegura
haber aprendido mucho, pues viajó durante dos años con su padre sin cesar,
hasta los siete. A los siete atendió sus obligaciones de princesa y se cultivó.
Podríamos decir que tuvo a los mejores profesores, pero todos en Vinablae eran
los mejores profesionales.
La princesa, ya convertida en reina, amaba el pueblo y sus
gentes y la gente la amaba a ella, pero anheló seguir su viaje donde lo había
dejado, así que cuando cumplió noventa y nueve años decidió emprender el viaje
de su vida. Cuando tenía ya ciento noventa y siete años conoció a un hombre de
tan solo cincuenta y dos del que se enamoró. Lo más interesante de la reina
Lareiva, que así era como se llamaba, era que jamás envejecía, tal y como
sucedía con el resto de habitantes de Vinablae. Simplemente un día su vida se
apagaba cuando se acercaban a los doscientos años, algunos podían llegar a los
doscientos cuatro años e incluso hay una persona que llegó a vivir doscientos
nueve años.
El hombre de cincuenta y dos años no supo que era la reina
Lareiva hasta que tuvo un hijo con ella. Le confesó que era el príncipe
heredero y que debía crecer en Vinablae para conocer y ganarse a sus gentes
poco a poco, además de cultivarse y beneficiarse del progreso del lugar. Su
amado se negó, se tendría que criar en la ciudad en la que había nacido, lejos
de Vinablae, su padre así lo exigía, y en ese rincón del mundo Lareiva no tenía
ningún poder. Lareiva volvió a Vinablae sola y decepcionada, había visto
grandes cosas en sus viajes, pero ya nada de eso la importaba. Creía que se
había enamorado de un gran hombre que al final demostró ser egoísta, mirando
solo por su ciudad y descendencia al que solo le importaba la belleza de
Lareiva. Incluso le repugnó la idea de pensar que Lareiva tenía casi doscientos
años.
Ella, ya en su hogar, pasó un año sumida en la tristeza, en
el que ni los mejores inventos, ni los mayores espectáculos ni la mejor
voluntad de la gente ayudaron para que mejorará. Pero había algo que la
empujaba a seguir viviendo, volver a ver a su hijo algún día, que su padre le
dejara viajar de vuelta a Vinablae. Por su mente llegó a pasar algo que nunca
había pasado: la posibilidad de atacar la ciudad en la que el hombre que había
amado retenía a su hijo. Pero enseguida se le quitó de la cabeza, su hijo
correría riesgo, y Vinablae no era una ciudad belicosa.
A los ciento noventa y nueve años dejó instrucciones sobre
nombrar rey a su hijo cuando, ya siendo adulto, volviese a la ciudad. Para eso
hizo llamar a la gran pintora del pueblo, capaz de crear obras imposibles.
Entre sus muchos logros en el campo e la pintura, era capaz de crear retratos
del futuro según descripciones del presente. Era algo que no solía hacer, pues
mostrar imágenes del futuro podía destruir la armonía de la vida, pero en casos
de emergencia podía hacer tal cosa, y más cuando lo pedía la amada reina
Lareiva.
Lareiva describió a su bebé, mientras la gran pintora
trazaba y trazaba, de vez en cuando cerraba los ojos, otras veces se le ponían
en blanco al tiempo que el pincel se movía con presteza y sutileza, con
delicadeza. Era un pincel bañado en oro que lanzaba destellos con cada
brochazo. Era magnifico ver a esa mujer pintar, utilizar ese pincel que
desprendía magia en sus lienzos. Y así lo hizo una vez más. En el lienzo podía
verse el rostro del príncipe a los veinte años, un rostro que hizo llorar de
emoción a la reina Lareiva. Parecía estar allí.
Todos los días durante los tres años siguientes Lareiva
vivió feliz, pues si existía un lienzo de su hijo con veinte años y era obra de
aquella pintora, significaba que su hijo viviría hasta los veinte años. Además,
el simple hecho de poder ver la imagen de su hijo todos los días la hacía
sumamente feliz. Podría haber recompensado con algo a aquella pintora, pero
nada necesitaba, pues en Vinablae lo tenía todo y era feliz con su hija de tres
años, que había nacido poco después de que madre pintase aquel retrato del
príncipe de Vinablae.
Un día, en plena noche, la reina Lareiva se despertó de
golpe. Sintió algo. Se levantó de la cama, miró el retrato de su hijo colgado
en la pared, lo descolgó, lo acarició y lo besó antes de caer en redondo. La
reina había muerto a los doscientos dos años de edad.
Tras el funeral de Lareiva necesitaban a alguien, no para
organizar el pueblo, no para que hubiese orden, ni dictar leyes, ni para
repartir justicia, pues Vinablae funcionaba muy bien. El papel de Lareiva como
reina, el mismo que tuvieron sus antecesores, era el de proporcionar felicidad,
confort, seguridad. La realeza de Vinablae era sucesora de un linaje muy
especial en aquel lugar, pues sus antepasados fueron los primeros hombres que
poblaron aquel lugar, sus fundadores.
El lugar, sin que en aquel momento lo supiesen, emanaba
algo, estaba comunicado de alguna forma a la Naturaleza, al Orden de las cosas,
otorgaba una superioridad mental y moral a los allí nacidos inexistente en
otros rincones del vasto mundo. Pero antes de poblar ese lugar tan especial
existía un pequeño manantial del que los antecesores de Lareiva bebieron,
manteniendo una conexión inexplicable a las plantas y animales de aquel lugar,
por ello consiguieron construir ese pueblo sin dañar de ningún modo la
Naturaleza, supieron como hacerlo. Cuando más gente comenzó a vivir allí no
tardaron en estar conectado a esos primeros habitantes a los que nombraron
reyes. Incluso estando lejos mantenía la armonía que antiguamente mantenía el
manantial, que se había secado días después de que bebieran en él, algo que
nunca hubiesen imaginado, pues no era su intención provocar cambios en aquel
lugar virgen.
En definitiva, era importante que la monarquía tuviese
descendencia si querían mantener la armonía, la alegría, la seguridad, la
conexión. En esta ocasión sentían el eco de esa armonía, pues había un
príncipe, pero se encontraba lejos de allí, y ni siquiera dicho príncipe
conocía la existencia de los vinablaenintumtrarum. Sin esa conexión, aunque la
gente siguiese siendo inteligente y bondadosa, sentiría tristeza, desprotección
y dejarían de trabajar y producir, pues su única motivación para hacerlo habría
desaparecido.
Se formó un Gran Consejo en el centro del pueblo. Dicho Gran
Consejo fue representado por la persona más anciana del pueblo que hablaría en
nombre de todos. Ordenadamente todos aportaron ideas, todas ingeniosas e
impresionantes. Pero la más recurrente, lo que la mayoría había pensado fue en
recurrir a la pintora. Con su magnífico pincel y su gran mente sería capaz de
utilizar el retrato que hizo del joven siguiendo la descripción de la reina
para encontrar la localización. Después solo tendría que pintar aquella ciudad
y alguien a quien elegirían mediante votación entre varios voluntarios accederían
a la ciudad mediante el cuadro de la gran pintora. Sí, hasta ese poder llegaban
las artes de aquella pintora. Pero puesto que el joven rey era todavía un bebé
y podían nutrirse del eco del poder de su fallecida madre y del eco lejano que
desprendía el mismo, esperarían a que fuese mayor de edad, a que tuviese veinte
años. Lo que no sabían en Vinablae era que el joven rey, en la ciudad en la que
vivía, sería mayor de edad a los catorce años.
Mientras la pintora trabajaba en su nueva obra, una representación
de lo más fiel de la ciudad en la que vivía el rey (lo que le llevó mucho más
tiempo del que uno se podría imaginar), el mejor escritor del pueblo escribía
con su magnífica pluma un texto para ser leído por el mejor orador que
convenciese al joven a viajar a Vinablae y reinar como lo hizo su madre. Los
quince años que sucedieron (pues Lareiva había muerto cuando su hijo tenía
cinco años) fueron conocidos como El Desestabilizador Quindenio
Vinablaenintumtrarum, al Borde de la Catástrofe Printaneantina del Falso Rey
Venido de Printanea, conocida comúnmente como la Crisis de Vinablae. Sí, los
vinablaentinos eran buenos en todo menos en escoger nombres, por algún motivo
no buscaban ser prácticos en ese aspecto, sino descriptivos. De hecho no les
agrada que en la cultura popular se conozca a este periodo como la Crisis de
Vinablae, pues la crisis completa abarcó más de quince años y ha habido más
crisis, e incluso puede haber más en el futuro.
Llegó el día. Gracias a las notas de la reina Lareiva y a los
cálculos de los matemáticos pudieron calcular no solo el mes de su cumpleaños,
sino el día, la hora, el minuto, el segundo e incluso el milisegundo. Un
matemático llegó a calcular el nanosegundo y años después, por simple interés
histórico, uno fue capaz de determinar el yoctosegundo del nacimiento del
quinto rey de Vinablae. Ni siquiera debería hablar de estos términos
matemáticos tan precisos en este momento, pero es imposible no empaparse de la
cultura vinablaentina cuando hablas de ellos.
Como decía, todos sabían ya que el rey tenía veinte años,
por lo que solo hizo falta comenzar el plan. Se colocó el cuadro, que era de un
tamaño colosal, en el amplio salón de la reina. La gran pintora se puso frente
al cuadro, puso los brazos en cruz, inspiró y dejó pasó a los elegidos que se
metieron en el cuadro como si de un portal mágico se tratase para la misión de
devolver al rey, cuyo nombre desconocían hasta que los grandes astrólogos,
fisiólogos, psicólogos y ensayistas estudiaron el rostro del retrato, las notas
de la reina sobre la personalidad del padre del chico y los nombres más comunes
de gentes nacidas en ese momento y en ese lugar en otros periodos de la
historia para descubrir el nombre con más altas probabilidades. Descubrieron
dos, el nombre que debería llevar y el nombre que seguramente llevase. La
pintora no pudo sacar tal información mediante el retrato, pues con su pincel
podía conectar materia y sentimientos del pasado, presente y futuro, pero nunca
algo tan vacío en ocasiones como un nombre.
Todos en el pueblo esperaban ansiosos mirando fijamente el
cuadro. Pasaron dos horas, cuatro minutos y veinte segundos, nadie se molestó
en calcular los nanosegundos o los yoctosegundos, cuando volvieron. Y menos
mal, porque la gran pintora solo podía mantener activo el portal con el cuadro
durante cinco horas, para la siguiente conexión había que esperar un día más.
Ese día, en ese momento, cuando las figuras atravesaron el lienzo y volvieron a
la salón de la reina, comenzó lo que los vinablaentinos llamaron La Catástrofe
de Printaneantina del Falso Rey Venido de Printanea, Precedente al Pintoresco
Período de Glaena y Werdan, lo que los demás siguieron conociendo como parte de
la Crisis de Vinablae.
El primero en pisar el salón de la reina fue su antiguo
amado, el zapatero printaneantino, padre del quinto rey de Vinablae,
autoproclamado rey de Vinablae y conocido como el falso rey venido de
Printanea. A su lado iba Reeogg, su hijo. Tras ellos cuatro soldados que
“acompañaban” a los enviados a por el rey de Vinablae.
-¡Hombres de Vinablae!-el printaneantino alzó la voz para
asegurarse de que todos le escuchaban-. Vuestra reina, mi amada Lareiva, no
estuvo de acuerdo con mi decisión, pero firmó un documento que aseguraba la
protección de Printanea por parte de Vinablae, pues os describía como un pueblo
no beligerante que respetaba a los otros pueblos y ciudades. Vuestra reina
firmó la aceptación de las condiciones, códigos y leyes printaneantinas sobre
la estancia de nuestro hijo en Printanea hasta que fuera mayor de edad, le
contase la existencia de este lugar y le dejase venir por su cuenta a Vinablae
si eso era lo que decidía. Pero en vez de esperar habéis decidido interrumpir
el cumpleaños de mi hijo sin dejar que esto suceda, invadiendo nuestra ciudad y
rompiendo este pacto. Por ello, el rey de Printanea me nombra embajador de
Printanea en Vinablae y rey en funciones hasta mi muerte, cuando pasará a ser
rey mi hijo Reeogg, que vivirá aquí bajo la ley y enseñanzas printaneantinas,
sin poder entrar en contacto con vosotros, gente de Vinablae. Si mi muerte es
causada de forma sospechosa, la Gran Alianza-conocida por los vinablaentinos
como la Gran Alianza de los Regentes Cetriraneos y las Mil Ciudades Exogeraneas
de las Comunidades Tecnológica-Eruditas por la Protección del Muy Improbable
Ataque Vinablaenintumtrarum-, tomará parte y castigará vuestra rebeldía
atacando vuestra ciudad. Puede que con vuestra tecnología y vuestros
conocimientos aguantéis invasiones menores que no se dan debido al respeto que
os tienen, ya sea por miedo o admiración, pero La Gran Alianza os
destruirá aunque tarden algunos meses o
incluso algún año. Sabéis que una taque de tal envergadura no se dará a no ser
que haya una situación como esta, en la que os habéis mostrado peligrosos por
primera vez.
Como castigo por vuestra invasión, durante mi gobierno yo
decidiré como invertir vuestros recursos e importaré los que vea necesarios
para la ciudad de Printanea.
Fue un parlamento exageradamente largo, interminable, pero
los vinablaentinos eran muy respetuosos y, además, reconocían sus errores,
nadie se quejó. Solo tendrían que esperar a que el falso rey printaneantino
muriese, algo que con suerte sucedería pronto, pues ya tenía setenta y dos
años. No fue así.
Once años después el rey seguía vivo, los recursos de
Vinablae eran más escasos que nunca, la tristeza de sus habitantes los hacía
menos productivos, y al rey cada vez más amargado y enfadado con aquellos
habitantes que se debilitaban. Muchos empezaron a morir a los cien años, hubo
vinablaentinos que incluso murieron de forma natural a los cincuenta y cuatro.
Otros murieron por errores en ciertos trabajos de riesgo, algo que nunca había
ocurrido, pues nunca habían cometido errores. El colmo llegó cuando el falso
rey de Printanea ordenó matar a gente por no producir la materia prima que
deseaba o como la deseaba, desde simple comida a predicciones compleja o
minerales antes muy comunes. Las obras de teatro ya no divertían, ni los
conciertos emocionaban, pocos libros mantenían buena calidad y los lienzos de
la gran pintora no tenían la viveza de antaño.
-¡Estos cuadros ya no me gustan!-Gritaba exasperado el rey
en funciones de Vinablae-.¡No trasmiten nada!
-¿Acaso has podido alguna vez captar lo que trasmiten mis
cuadros?-La pintora se mostró arrogante y osada, dos cosas que jamás la habían
caracterizado.
-¿Me estás llamando imbécil, acaso?
-No, solo me limito a indicar lo que deduzco en base a mis
observaciones en todos estos años.
-Unos segundos me bastan a mí para deducir en base a mis
observaciones que eres una impertinente, y que tu impertinencia te va a llevar
al calabozo. ¡Encerradla!
La joven Glaena, que tenía ya 23 años, observó cómo los
guardias del pérfido padre del no menos pérfido rey Reeogg arrastraban a su
madre hasta los calabozos. Ella se quedó paralizada, sin poder hacer nada.
Observó impotente cómo la persona que más quería en el mundo era encerrada en
una lúgubre celda para que la poca energía que le quedaba le fuese absorbida.
Más impotencia sintió cuando fue ella la que fue arrastrada a los oscuros aposentos del rey en funciones, que le obligó a pintar el cuadro más hermoso para él.
Su madre le había enseñado a pintar, pero ante todo le había enseñado a gestionar sus emociones, a controlar sus impulsos y a no emplear nunca la violencia. La clave estaba en su corazón, en su alma. Ni siquiera en las palabras, solo en el arte. Agarró el pincel de su madre, ese pincel tan especial que funcionaba como canalizador del poder de creación que poseía su madre, y comenzó a pintar, a crear. La madre de Glaena, de nombre desconocido para nosotros, le enseñó a no ser impulsiva, no por lo menos en la vida real, con las otras personas. Pero cuando creaba...cuando creaba debía sentir el lienzo, debía traspasarlo y pintar sin pensar con precisión. Debía dejarse llevar por su habilidad innata y pintar justo lo que necesitaba. La inspiración es un bien muy preciado, es el poder por el que todos los artistas, sean o no de Vinablae, se mueven. Sin él, ni con un pincel de condiciones sobrenaturales se puede hacer arte. Y ella ese día lo hizo. Visualizó la luz, sintió la esperanza, buscó la verdad en su lienzo y en sus pinturas y encontró un paisaje tan bonito y bien recreado que el padre de Reeogg se quedó fascinado.
Más impotencia sintió cuando fue ella la que fue arrastrada a los oscuros aposentos del rey en funciones, que le obligó a pintar el cuadro más hermoso para él.
Su madre le había enseñado a pintar, pero ante todo le había enseñado a gestionar sus emociones, a controlar sus impulsos y a no emplear nunca la violencia. La clave estaba en su corazón, en su alma. Ni siquiera en las palabras, solo en el arte. Agarró el pincel de su madre, ese pincel tan especial que funcionaba como canalizador del poder de creación que poseía su madre, y comenzó a pintar, a crear. La madre de Glaena, de nombre desconocido para nosotros, le enseñó a no ser impulsiva, no por lo menos en la vida real, con las otras personas. Pero cuando creaba...cuando creaba debía sentir el lienzo, debía traspasarlo y pintar sin pensar con precisión. Debía dejarse llevar por su habilidad innata y pintar justo lo que necesitaba. La inspiración es un bien muy preciado, es el poder por el que todos los artistas, sean o no de Vinablae, se mueven. Sin él, ni con un pincel de condiciones sobrenaturales se puede hacer arte. Y ella ese día lo hizo. Visualizó la luz, sintió la esperanza, buscó la verdad en su lienzo y en sus pinturas y encontró un paisaje tan bonito y bien recreado que el padre de Reeogg se quedó fascinado.
Glaena contempló su creación y sintió que podía atravesarla,
sintió el sol sobre ella, escuchó el cántico de los pájaros ya desaparecido en
Vinablae, el eco del viento y el olor del verdor de aquel lugar. Sintió un
refrescante aliento, un hálito de esperanza. Contempló su reflejo en unos ojos
cargados de vida.
-Hola, soy Werdan.
Glaena estaba observando el retrato de su madre pintado
muchos años atrás para Lareiva, el rostro de ese joven olvidado ya por la
mayoría. Estaba ante el mismísimo rey heredero de Vinablae y Printanea.
-Eres...eres él. Como Reeogg, pero diferente.
-Sí, Reeogg es mi hermano gemelo. Y sí, soy el rey de
Vinablae.
Si Glaena se había quedado estupefacta al conocer a Werdan,
más lo hizo al saber que él sabía que le pertenecía el título de rey de
Vinablae.
-Pero entonces, ¿por qué no has venido a ayudarnos?
-Porque no podía. Ayudaros iniciaría una guerra entre
Vinablae y el resto de reinos de La Gran Alianza. Tenías que encontrarme,
demostrar que el poder de Vinablae no se había doblegado, recuperar Vinablae
utilizando acciones artísticas y no belicosas. Si alguien podía encontrarme sin
moverse de Vinablae podriá hacer que el equilibrio volviese a ese pueblo antes de
que el mundo comezase a desestabilizarse.
-Ni siquiera mi madre podía hacer esto de esta manera. No
sin ayuda de otros artistas y estudiosos de Vinablae. ¿Cómo he llegado a ti sin
buscarte?
-Posiblemente porque tu poder sea mayor que el de tu madre.
Ella te enseñó bien. No te has dejado apagar por el abuso al que os somete mi padre, y eso es lo que te ha
permitido desplegar tu poder en una situación extrema como este. Tu poder,
Glaena, no tiene límites.
-¿Como sabes mí...?
-Estamos conectados, como lo estamos con todos los
habitantes de Vinablae. Pero nuestra conexión es más fuerte, ¿no lo sientes? No
puedo explicar el motivo, pero tu poder es único en Vinablae, como si
descendieses del linaje de mi madre, de los fundadores de Vinablae.
-Pero yo solo soy una pintora como mi madre.
-Sí, y no. Las nuevas generaciones comienzan a mostrar un
poder que las anteriores no han mostrado. Tu abuela no conseguía tampoco hacer
las cosas que consigue hacer tu madre cuando pinta. Vinablae evoluciona, y tú
eres la primera de una gran generación.
-Y ahora, ¿qué hacemos?
-Crear, Glaena. Crear.
Glaena y Werdan contemplaron los paisajes de aquel lugar
que la propia Glaena había pintado en el salón del trono de Vinablae. Werdan
viajaba por el mundo esperando que alguien de Vinablae le encontrase, y en ese
momento pasaba por una de las tierras más hermosas, apartada de los grandes
reinos. Subieron a lo más alto de una montaña juntos y Glaena respiró un aire
nuevo, diferente. No mejor que el de Vinablae, pero igual de purificador, con
sus toques. Era como si comparabas dos magníficos cuadros pintados por dos
grandes pintores, pero cada uno con sus estilos. Contempló animales que no
conocía, olió nuevos aromas, percibió nuevos sonidos, probó nuevos alimentos y,
por encima de todo, sintió cosas que jamás había sentido con tan solo mirar a
Werdan.
Werdan, precisamente, le enseñó a sentir. A empaparse de su
entorno, a dejarse imbuir por la luz de aquel lugar, a conectarse con la
energía que desprendía. Observaba cada árbol, cada rama, cada hoja. Todo eso lo
había plasmado en su lienzo, pero no esperaba sentirlo de ese modo, conectarse
a ello.
Y después de horas recorriendo aquel paraíso terrenal había
llegado el momento de pasar a contemplar otra obra y a crear una nueva.
Glaena se materializó en el oscuro salón del trono frente al
hombre que estaba sentado en él. Aquel que, desde luego, no era el rey. Éste
sujetaba el pincel de su madre mientras la miraba, como si no le sorprendiese
que hubiese desaparecido atravesando un cuadro y hubiese vuelto horas después del mismo.
-En Vinablae sois la pera.-Se burló el rey-.Todavía sois
capaces de sorprenderme. Cosa que no consiguió tu madre, por eso está en el
calabozo. Lugar en el que también acaban los que intentan escapar de mi
mandato. Y tú, joven, me has sorprendido a costa de romper las leyes. Lo
primero que has de saber es que no volverás a escapar, ¿o acaso no crees que sé que
este es el pincel con el que obras tales milagros artísticos?
Tras su pesado discurso, esos que al falso rey tanto
gustaban, rompió el pincel de su madre con una facilidad que nadie hubiese
imaginado, pues que estuviese imbuido por el poder de Vinablae hacía pensar a
muchos que era indestructible. Glaena se controló sin apartar la mirada.
-Tan osada como tu madre. Bien, te daré una oportunidad.
Pinta de nuevo un cuadro, pero ahora sin ese pincel, claro. Ya no sirve para
nada. Dudo que sin vuestros asquerosos trucos vinablaentinos podáis hacer nada
digno de mención.
Le dieron a Glaena un pincel normal y corriente y comenzó a
plasmar una imagen en el lienzo. Lo hacía más lenta y con mucha más
tranquilidad que con el cuadro anterior. Tanto, que el falso rey empezaba a
perder la paciencia. Y mientras el rey perdía la paciencia algo estaba
sucediendo en Vinablae.
Lo primero que sucedió fue que el sol salió entre las nubes.
Lo hizo con lentitud, con tanta lentitud como pintaba Glaena. Y después de
aquello la gente dejó de trabajar, los enfermos se levantaron como si nada de
sus camas, la gente comenzaba a mirar al cielo, a mirarse a ellos mismos. La
gente comenzaba a recordar, a recordar lo que era la esperanza, la felicidad.
También a olvidar, a olvidar lo que era el miedo y la pena. Comenzaron a
caminar juntos hacia el salón del trono mientras los animales salían de sus
escondites con seguridad.
Las puertas de la sala del trono se abrieron de un golpe,
entrando en ella todos los vinablaenintumtrarum. No lo hicieron a gritos, ni a
golpes, no corriendo. Todos, con seguridad y tranquilidad, miraban al rey
decididos a intimidarle, a que abandonase Vinablae o, por lo menos, dejase de
explotarlos.
-¿Creéis que esto es suficiente para quebrantar la ley? ¡Mi ley! ¡JA! ¡Ejecutadles! ¡A todoooos!
Glaena seguía pintando.
Entonces se oyó un estruendo. El rey salió con presteza y preocupado de la sala del trono, ignorando a la gente y a sus soldados, que no obedecían sus órdenes. Miró al cielo y contempló lo que ensombrecía a Vinablae ocultando el reciente sol aparecido. Se trataba de una flota de cien barcos voladores de la Gran Alianza comandados por el Gran Archiduque-maestre que había viajado a Vinablae solo para detener al padre de Reeogg. Entonces, el falso rey se giró y vio a Glaena pintando sin parar.
-¡No dejéis que siga pintando! ¡Paradla! ¡Matadla!
Los guardias del falso rey cogieron sus armas, se acercaron
a Glaena-que no dejaba de pintar- alzaron alabardas, espadas y hachas y las depositaron después a sus pies.
-¿Qué hacéis? ¡Detenedla! ¡Y vosotros!-se dirigió al barco
del archiduque-maestre y sus otros 99 barcos-estáis incumpliendo nuestro
acuerdo. Pienso recurrir a la Asamblea General de los Reinos Circunscritos y
vais a...
Glaena pintaba.
Los barcos voladores se retiraban sin que nadie hubiese
hablado o bajado de ellos, la gente-incluidos los guardias-abandonaron la sala
del trono y dejaron a Glaena pintando. Todos alzaron la mirada, el falso rey la
mantuvo alzada. Nadie observaba a los barcos que se alejaban, sino a algo que
se formaba sobre el castillo, algo que flotaba sobre él. Algo que un ciudadano
que se quedó en el umbral de la puerta principal del palacio pudo observar que
Glaena pintaba en ese lienzo, que representaba a Vinablae en su mejor momento.
En la actualidad. Glaena sonreía mirando el último elemento que había pintado y
que todos miraban cómo flotaba sobre el castillo.
-Mi hijo....Werdan.
Entonces Glaena desapareció del salón del trono y apareció
volando sobre el palacio, junto a Werdan. Todos, menos el falso rey,
aplaudieron riendo y silbándoles. Vinablae desde aquella perspectiva, con todo
el mundo unido y dichoso, era el cuadro más bonito que se podía pintar. Un
cuadro coronado por aquellas dos figuras conectadas como un artista lo está a
su obra.
Pocos pueden explicar con exactitud y sin caer en
contradicciones lo que ocurrió en Vinablae aquel día, por qué el rey abandonó
el pueblo y dejó de explotarlo, por qué la flota de la Gran Alianza se
manifestó allí dispuesta a arrestar al rey al que habían apoyado y se habían
marchado después, qué pasó con Reeogg, qué hicieron Glaena y Werdan. Algunos intentan explicarlo desde una perspectiva política,
otros filosófica, otros psicológica e incluso otros hablan tan solo del
destino. Pero la única verdad es que la Crisis de Vinablae se solucionó sin
guerras, sin muertos en un conflicto, sin armas. Tampoco sería exacto ni justo
decir que el arte salvó a Vinablae de su crisis. Fue mucho más. Tal vez la
esperanza, la creencia, el poder de lo imposible, la independencia, el dominio
sobre uno mismo, el conocimiento, la evolución, la fe. Pero no la fe en un
dios, sino la fe en uno mismo, en la gente. Y la comprensión. Ese día Glaena
comprendió que ella podía pintar todo eso, podía crearlo pintando. Y gracias a
Werdan comprendió que cualquiera, a su manera, sin necesidad de ser pintor,
podía hacer lo mismo. Gracias al poder primigenio de Vinablae se había salvado
Vinablae, por eso no era incorrecto decir que Vinablae había salvado a
Vinablae. De la misma forma que tú te puedes salvar a ti mismo. Siempre. Solo
necesitas ese poder que posees y no siempre sabes usar.
Glaena, la Gran Pintora de Mundos y Sueños Materializados y
Salvadora de Vinablae y sus Gentes descansaba ahora sobre las montañas de
Vinablae junto a Werdan, el Verdadero Rey de Vinablae, Heredero de Lareiva,
Conocedor de los Reinos y su Sabiduría y Flujo de Energía Infinita
Materializada y Conectada a Glaena. Sí, ese día los vinablaenintumtrarum
aprendieron muchas cosas, pero no a poner nombres cortos.
Ambos, juntos, observaban a la nueva Vinablae, con una energía renovada que permanecería así durante muchos años en lo que fue conocido como el Pintoresco Periodo de Glaena y Werdan. Dos seres repletos de energía vinablaentina que ese día, en lo alto de esa montaña, conectaron sus respectivos flujos de energía formando uno solo que iluminaría eternamente, no solo a Vinablae, sino también a los reinos de la Gran Alianza, y a los más pequeños que no formaban parte de ella, al igual que a los Reinos Olvidados. E incluso a los Reinos Perdidos. Iluminaron los confines más naturales y salvajes, Y, por supuesto, también iluminaron aquel lugar en el que se conocieron en aquel confín del mundo. Iluminaron incluso mundos alejados, que no eran suyos y que no conocían. Lo iluminaron todo. Y en algunos mundos a esa energía se le llamó de una forma muy concreta. Amor.
Ambos, juntos, observaban a la nueva Vinablae, con una energía renovada que permanecería así durante muchos años en lo que fue conocido como el Pintoresco Periodo de Glaena y Werdan. Dos seres repletos de energía vinablaentina que ese día, en lo alto de esa montaña, conectaron sus respectivos flujos de energía formando uno solo que iluminaría eternamente, no solo a Vinablae, sino también a los reinos de la Gran Alianza, y a los más pequeños que no formaban parte de ella, al igual que a los Reinos Olvidados. E incluso a los Reinos Perdidos. Iluminaron los confines más naturales y salvajes, Y, por supuesto, también iluminaron aquel lugar en el que se conocieron en aquel confín del mundo. Iluminaron incluso mundos alejados, que no eran suyos y que no conocían. Lo iluminaron todo. Y en algunos mundos a esa energía se le llamó de una forma muy concreta. Amor.
martes, 1 de diciembre de 2015
Los Cuentos Prohibidos(III)
Y ¿a dónde fue tras cruzar el umbral? ¡Jo! ¿Por qué no me lo
puedes decir? Bueno, lo importante es que fue feliz. Si fue feliz, ¿qué más da
hacia donde le llevase? Ojalá todos fuésemos felices, pero parece muy difícil
para algunos. Otros parece que no quieren serlo nunca y hasta hay gente que
dice que es imposible. ¿Te imaginas que no fuésemos felices? ¿Cómo será no ser
feliz? Mamá me ha dicho que cuando la gente se muere, sus amigos y su familia
se ponen tristes, me lo dijo cuando el abuelito se murió. Pero sigo sin
entenderlo demasiado bien. Ni siquiera entiendo qué es para ellos morirse.
¡Seguro que nunca han estado atentos a las enseñanzas de Choburozo!
Hace unos días pasó algo malo en otro país, no me quisieron
hablar de ello, pero lo vi en la tele. La gente lloraba, rezaba y hasta
discutía, parece que alguien hizo algo muy malo. Una de las cosas que me
enseñaste con el cuento de Choburozo es que hay un lugar para todo el mundo, y
que en algunos lugares hay palabras que no existen o que no tienen significado.
A lo mejor por eso no entiendo muy bien qué significa morir. ¿Tú me lo podrías
explicar? ¿No?¿Que piense en el cuento de Ryhen que me contaste anoche? De
acuerdo, lo haré. ¿Y que recuerde las palabras de Choburozo? ¡Jolín! Es que son
muchas palabras suyas que me has contado y a lo mejor no me acuerdo de todas,
¿cuáles exactamente, las que te he dicho antes? “Hay un sitio para todo y para
todos. Un lugar, por lejano que parezca. Cuando una frontera termina, siempre
comienza otra, incluso aunque parezca que no haya nada, incluso aunque las
palabras allí carezcan de significado”. ¡Vale! No las olvidaré, je,je.
Hoy una gente pintada vino a hacernos cosas bonitas a los
niños que estábamos allí. Les llaman payasos, alguna vez fueron al colegio a
hacernos reír. Son gente buena, pero por dentro no son de colores como por
fuera. Me hicieron feliz porque hicieron reír a otros niños, aunque algunos
payasos me dieron pena, tan grises y arrugados como el señor de la bata blanca.
Lo mejor de la visita de los payasos fue que nos llevaron
abajo y vi como entraba el señor del pelo en la cara y hablaba con la gente. La
gente le decía que no con la cabeza, algunos ni siquiera le miraban. También le
regañaron los señores de bata blanca y le pidieron una cosa, respeto. Pero
antes de eso pude acercarme a él y saludarle. Me dijo que se llamaba Henry y
que tenía una cosa para mí. Mamá dice que no coja cosas de extraños porque
supone que los extraños son malos. Pero Henry era bueno, lo vi. Lo que me dio
era un colgante muy bonito y brillante que nadie vio que me daba. Me dijo que
esta noche me lo pusiese para dormir y me lo quitase cuando amaneciese, antes
de que me viesen con él puesto. La gente se quejó porque Henry les pedía cosas
que ellos no querían darle, pero a mí no me pidió nada, y encima me regaló ese
colgante. Además me guiñó un ojo y me sonrió antes de irse, algo que no hace
mucha gente.
Henry sigue en la calle, lo veo desde mi ventana, y yo sigo
en mi habitación, en mi cama, contigo. Pero Henry tampoco parecía estar solo.
Había algo en él que no veo en otras personas. No era gris, ni arrugado. Bueno,
ya es de noche y ya me he puesto el colgante, ahora cuéntame el tercer cuento.
Dijiste que eran cinco los cuentos que nunca me habías contado y solo me has
contado dos. Parece que hubiese pasado una eternidad desde que me contaste el
de Ryhen. ¿Cuál toca hoy? ¿El cuento de Translúcida y Transida? Que palabras
más raras, ¡Pero qué ganas!
EL CUENTO DE TRANSLÚCIDA Y TRANSIDA
Una dama de vestido blanco y cabellos rubios entró en el salón del trono. Nadie parecía verla, pero todos se apartaban para que pudiese pasar. Había gente llorando y una mujer gritando junto al trono. “¡Mi hijo!” Gritaba desesperada. La dama cogió al pequeño rey tendido en el suelo sin que nadie se opusiera...excepto la madre, que pataleó y gritó más alto mientras sus propios guardias la agarraban. “¡No te puedes llevar a mi hijo!” Nadie había visto a la dama rubia llorar jamás. Quien decía que la había visto llorar era tomado por loco. Incluso había leyendas que contaban que quien viera una lágrima suya sería inmortal. La dama, con el semblante serio, la piel pálida y, según muchos, la sangre helada, continuó caminando hacia el exterior del castillo. Frente a ella se formó un charco de una sustancia plateada y espesa que comenzó cogiendo forma hasta convertirse en un espejo ovalado por el que se introdujo junto al muchacho. Nadie conocía adónde le llevaba el espejo, pero todos sabían que allí no llegarían los gritos y llantos de aquella madre.
En el pueblo al que acababa de viajar para llevarse al joven rey no había día que no se hablara de la dama. Todos la temían, pero todos la debían ver quisieran o no, de forma directa o indirecta. Muchos aseguraban que se la había visto en muchos rincones del mundo al mismo tiempo e incluso algunos afirmaban haber visto cómo se comía a las personas que se llevaba. A los niños se les intentaba asustar con la llegada de la dama, era más usada para estos fines incluso que Gasgoroz, el monstruo del pantano. Pero los niños, misteriosamente, no temían a la dama rubia, conocida por todos como la Dama Translúcida, pues a través de su blanco vestido se podía ver lo que había más allá sin llegar a verla nunca el cuerpo. Otros decían que se llamaba así porque el espejo dejaba ver otro mundo a quien miraba en él, y había quien aseguraba que quien viese una lágrima suya no conocería la eternidad, sino el pasado de la dama. Lo curioso es que su semblante no dejaba ver nada más allá, por ello su apodo no dejaba de ser irónico.
La reina madre, cuyo hijo fue arrebatado por la Dama Translúcida, fue conocida desde ese día como la Dama Transida, pues jamás volvió a ser feliz. Pasó años sin volver a encontrar la felicidad, arrugada por dentro y por fuera, hasta que un día pensó en la venganza. Pensó en acabar con la Dama Translúcida, en hacerla daño y en obligarla a devolverle a su hijo. Todos decían que era una locura y que era peligroso, ella no hizo caso.
No diré cómo hizo que un día volviera al castillo, pues es fácil de imaginar. Aunque esta vez la persona a la que la Dama Translúcida se llevaría sería a un sirviente de la Dama Transida que ésta última ya no necesitaba. Había sido un pequeño sacrificio necesario para poder reencontrarse con su hijo. La Dama Translúcida apareció de nuevo; de nuevo con aquel semblante, de nuevo con aquel vestido, de nuevo con aquel cabello, con aquellos ojos color turquesa. Nadie la miraba, a pesar de que todo el mundo después hablaba de ella. Nadie quería llamar su atención. Un hombre de la corte se atrevió a mirar su vestido, viendo más allá a la reina madre y verificando que era real, no se podía ver el cuerpo de la dama rubia a través de las transparencias de su blanco vestido.
Más allá de las transparencias el hombre vio a la anciana reina sacando una daga al tiempo que se abalanzaba hacia la Dama Translúcida. La anciana reina la atravesó, dándose de bruces contra el mármol del suelo. La Dama Translúcida no hizo caso, la anciana madre lo volvió a intentar sin éxito alguno, comenzando a gritar desquiciada por no poder llevar a cabo su venganza. Pero cuando salió de nuevo del salón del trono, la Dama Transida, con su boca arrugada, volvió a sonreír. Sus soldados esperaban fuera con órdenes claras.
Estos hombres esperaban en las almenas y los muros, junto al portón y la empalizada, a pie y a caballo.
En el pueblo al que acababa de viajar para llevarse al joven rey no había día que no se hablara de la dama. Todos la temían, pero todos la debían ver quisieran o no, de forma directa o indirecta. Muchos aseguraban que se la había visto en muchos rincones del mundo al mismo tiempo e incluso algunos afirmaban haber visto cómo se comía a las personas que se llevaba. A los niños se les intentaba asustar con la llegada de la dama, era más usada para estos fines incluso que Gasgoroz, el monstruo del pantano. Pero los niños, misteriosamente, no temían a la dama rubia, conocida por todos como la Dama Translúcida, pues a través de su blanco vestido se podía ver lo que había más allá sin llegar a verla nunca el cuerpo. Otros decían que se llamaba así porque el espejo dejaba ver otro mundo a quien miraba en él, y había quien aseguraba que quien viese una lágrima suya no conocería la eternidad, sino el pasado de la dama. Lo curioso es que su semblante no dejaba ver nada más allá, por ello su apodo no dejaba de ser irónico.
La reina madre, cuyo hijo fue arrebatado por la Dama Translúcida, fue conocida desde ese día como la Dama Transida, pues jamás volvió a ser feliz. Pasó años sin volver a encontrar la felicidad, arrugada por dentro y por fuera, hasta que un día pensó en la venganza. Pensó en acabar con la Dama Translúcida, en hacerla daño y en obligarla a devolverle a su hijo. Todos decían que era una locura y que era peligroso, ella no hizo caso.
No diré cómo hizo que un día volviera al castillo, pues es fácil de imaginar. Aunque esta vez la persona a la que la Dama Translúcida se llevaría sería a un sirviente de la Dama Transida que ésta última ya no necesitaba. Había sido un pequeño sacrificio necesario para poder reencontrarse con su hijo. La Dama Translúcida apareció de nuevo; de nuevo con aquel semblante, de nuevo con aquel vestido, de nuevo con aquel cabello, con aquellos ojos color turquesa. Nadie la miraba, a pesar de que todo el mundo después hablaba de ella. Nadie quería llamar su atención. Un hombre de la corte se atrevió a mirar su vestido, viendo más allá a la reina madre y verificando que era real, no se podía ver el cuerpo de la dama rubia a través de las transparencias de su blanco vestido.
Más allá de las transparencias el hombre vio a la anciana reina sacando una daga al tiempo que se abalanzaba hacia la Dama Translúcida. La anciana reina la atravesó, dándose de bruces contra el mármol del suelo. La Dama Translúcida no hizo caso, la anciana madre lo volvió a intentar sin éxito alguno, comenzando a gritar desquiciada por no poder llevar a cabo su venganza. Pero cuando salió de nuevo del salón del trono, la Dama Transida, con su boca arrugada, volvió a sonreír. Sus soldados esperaban fuera con órdenes claras.
Estos hombres esperaban en las almenas y los muros, junto al portón y la empalizada, a pie y a caballo.
Un grito resonó en todo el pueblo, un grito que ordenaba el ataque, un grito que heló los corazones de sus habitantes más que la mirada de la Dama Translúcida, pues por todos era sabido que no se debía retar a la dama, y nadie había intentando nunca tal despropósito. El silbido de las flechas sustituyó el canto de los pájaros y el acero le regaló protagonismo al sol con cada destello. No atacaron a la dama, pues ya habían comprobado que su cuerpo etéreo no se podía dañar, sino al espejo. Sin el espejo a nadie más podría llevarse, aunque la anciana reina, loca ya por la tristeza, no pensó que sin espejo tal vez tampoco pudiese devolverle a su hijo.
El espejo no corrió la misma suerte que el cuerpo de la dama rubia, de belleza inconmensurable. El espejo se hizo añicos volviéndose a convertir en una sustancia espesa y plateada. La Dama Translúcida se detuvo, miró a la Dama Transida que reía sin parar lanzando improperios nada propios en boca de una reina, y dejó el cuerpo del mayordomo en el suelo, yéndose sin más, caminando, despacio, muy despacio. No se enfadó, ni lloró, nada. Solo se fue. Allí se quedó el mayordomo, nadie supo qué hacer con él. Más gente empezó a caer como el joven rey o el mayordomo, tanto en el castillo como en el pueblo. Cuando tuvieron la idea de enterrar los cuerpos ya era demasiado tarde, una enfermedad se propagó por el lugar y más gente empezó a caer.
El espejo no corrió la misma suerte que el cuerpo de la dama rubia, de belleza inconmensurable. El espejo se hizo añicos volviéndose a convertir en una sustancia espesa y plateada. La Dama Translúcida se detuvo, miró a la Dama Transida que reía sin parar lanzando improperios nada propios en boca de una reina, y dejó el cuerpo del mayordomo en el suelo, yéndose sin más, caminando, despacio, muy despacio. No se enfadó, ni lloró, nada. Solo se fue. Allí se quedó el mayordomo, nadie supo qué hacer con él. Más gente empezó a caer como el joven rey o el mayordomo, tanto en el castillo como en el pueblo. Cuando tuvieron la idea de enterrar los cuerpos ya era demasiado tarde, una enfermedad se propagó por el lugar y más gente empezó a caer.
La Dama Transida comprendió, había sido ella, y no la Dama Translúcida, quien había condenado al pueblo. Translúcida solo se los llevaba, era lo que había que hacerse, era parte de la vida. Dejándolos allí la enfermedad no tardó en propagarse, muriendo más de los que debían. Un día, a pesar de su vejez y su debilidad, por algún motivo que nadie ha sido capaz de comprender, la anciana reina, la madre, la Dama Transida, fue la única persona viva que quedaba en el pueblo, y ella sola no podía encargarse de enterrar a todos. El pueblo estaba lleno de gente sin vida y ella era la causante de aquello. Rodeada de gente muerta la Dama Transida se arrodillo, lloró y pidió perdón sin saber si mirar al cielo o al horizonte esperando que la Dama Translúcida apareciese. Pero no lo hacía, su vestido blanco no se dejaba ver, su cabellera rubia no hacía acto de presencia, ni deslumbraban sus ojos turquesa, ni su semblante pétreo. Lloró, lloró y lloró, había decidido llorar hasta quedarse sin lagrimas, hasta morirse del cansancio. Pero la muerte nunca llegó, en cambio si lo hizo la Dama Translúcida.
De la misma forma que cuesta creer que la Dama Transida fuese la única que no murió, también cuesta creer que una sola persona llorando pudiese generar un charco de lágrimas. Pero más increíble es que la Dama Translúcida emergiese de ese charco ante la sorprendida reina, cuyos lloros y lamentos se detuvieron en seco.
La deslumbrante y joven dama rubia miró a la apagada y anciana dama canosa antes de mirar a su alrededor, de ver a toda esa gente muerta. No se inmutó, el semblante no cambió, pero una lágrima plateada asomaba del ojo derecho de la Dama Translúcida. La anciana reina pudo ver claramente la lágrima y lo que había más allá de ella. No obtuvo la eternidad, sino la verdad.
Pudo ver a una joven niña rubia con una coleta y un vestidito azul en el jardín de un palacio plateado. Jugaba y reía con otra niña de pelo de ébano y vestido gris alrededor de mucha gente que desprendía una paz desconocida para ella. Una mujer de cabellos plateados apareció a través de un espejo que había en el centro del enorme jardín. La persona que llevaba en sus brazos despertó, se levantó, miró a su alrededor, dio las gracias a la dama que la había transportado y se fue a reunir con algunos conocidos.
Los cabellos plateados y ondulados de esa misteriosa dama la hipnotizaron, tanto que casi no escucha lo que le dijo a las niñas. “Llegó el momento”. Hablaron de un error, un error que cometió la Dama Argentada (pues así era conocida la dama de cabellos de plata) y que tuvo que pagar con la separación de las pequeñas damas. Una sería su heredera, la otra viajaría y viviría más allá del espejo, olvidaría su pasado allí y algún día se reencontraría con su pequeña hermana, momento en el que habrían ya pagado el error de su madre y volverían a estar juntas, eternamente.
La lágrima de la Dama Translúcida ya había llegado a su fina barbilla, oscilando entre el pálido rostro de la dama y el verdor del suelo que pisaban. Antes de que cayese, la dama mostró un colgante que llevaba oculto entre el vestido blanco, abrió el recipiente que llevaba en él y guardó allí la lágrima. La lágrima de la eternidad, con la que nunca podrían volverlas a separar, la que mantendría el recuerdo vivo.
La Dama Transida no solo había aprendido a aceptar la muerte aquel día, sino que había pagado la deuda de su madre. Translúcida y Transida se abrazaron al tiempo que un nuevo espejo emergía de las lágrimas de la última. Se separaron y comenzaron a recoger cuerpos para llevarlos más allá del espejo.
“La muerte has de aceptar, no hace falta comprender. Ni siquiera su significado tienes que conocer, pues ningún significado tiene si más allá del espejo te dejas caer”. Tras esas palabras de la Dama Translúcida ambas damas se cogieron de la mano, atravesaron el espejo y la Dama Transida dejó de serlo para siempre. Más allá del espejo, más allá de la vida y la muerte, volvió a ser conocida como la Dama de Ébano.
De la misma forma que cuesta creer que la Dama Transida fuese la única que no murió, también cuesta creer que una sola persona llorando pudiese generar un charco de lágrimas. Pero más increíble es que la Dama Translúcida emergiese de ese charco ante la sorprendida reina, cuyos lloros y lamentos se detuvieron en seco.
La deslumbrante y joven dama rubia miró a la apagada y anciana dama canosa antes de mirar a su alrededor, de ver a toda esa gente muerta. No se inmutó, el semblante no cambió, pero una lágrima plateada asomaba del ojo derecho de la Dama Translúcida. La anciana reina pudo ver claramente la lágrima y lo que había más allá de ella. No obtuvo la eternidad, sino la verdad.
Pudo ver a una joven niña rubia con una coleta y un vestidito azul en el jardín de un palacio plateado. Jugaba y reía con otra niña de pelo de ébano y vestido gris alrededor de mucha gente que desprendía una paz desconocida para ella. Una mujer de cabellos plateados apareció a través de un espejo que había en el centro del enorme jardín. La persona que llevaba en sus brazos despertó, se levantó, miró a su alrededor, dio las gracias a la dama que la había transportado y se fue a reunir con algunos conocidos.
Los cabellos plateados y ondulados de esa misteriosa dama la hipnotizaron, tanto que casi no escucha lo que le dijo a las niñas. “Llegó el momento”. Hablaron de un error, un error que cometió la Dama Argentada (pues así era conocida la dama de cabellos de plata) y que tuvo que pagar con la separación de las pequeñas damas. Una sería su heredera, la otra viajaría y viviría más allá del espejo, olvidaría su pasado allí y algún día se reencontraría con su pequeña hermana, momento en el que habrían ya pagado el error de su madre y volverían a estar juntas, eternamente.
La lágrima de la Dama Translúcida ya había llegado a su fina barbilla, oscilando entre el pálido rostro de la dama y el verdor del suelo que pisaban. Antes de que cayese, la dama mostró un colgante que llevaba oculto entre el vestido blanco, abrió el recipiente que llevaba en él y guardó allí la lágrima. La lágrima de la eternidad, con la que nunca podrían volverlas a separar, la que mantendría el recuerdo vivo.
La Dama Transida no solo había aprendido a aceptar la muerte aquel día, sino que había pagado la deuda de su madre. Translúcida y Transida se abrazaron al tiempo que un nuevo espejo emergía de las lágrimas de la última. Se separaron y comenzaron a recoger cuerpos para llevarlos más allá del espejo.
“La muerte has de aceptar, no hace falta comprender. Ni siquiera su significado tienes que conocer, pues ningún significado tiene si más allá del espejo te dejas caer”. Tras esas palabras de la Dama Translúcida ambas damas se cogieron de la mano, atravesaron el espejo y la Dama Transida dejó de serlo para siempre. Más allá del espejo, más allá de la vida y la muerte, volvió a ser conocida como la Dama de Ébano.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)