miércoles, 3 de noviembre de 2021

Mucho más que huesos y flores

 

 


 

¿Por qué coleccionamos? ¿Qué nos impulsa a adquirir objetos para amontonarlos? He visto a gente coleccionar libros. En cualquier momento pueden acceder a la información que contienen; coleccionan su sabiduría, y la sabiduría es poder. Y si esos libros te hacen disfrutar estás almacenando una fuente de felicidad. Tiene sentido. Pero no siempre es así.
Los hay que coleccionan minerales. ¿Por qué? Comprendo que te atraiga su belleza, pero estamos hablando de coleccionar, de querer tener todos los minerales existentes posibles. ¿Les da a ellos sensación de poseer las maravillas de la tierra?
¿Y los que coleccionan plantas o insectos? Formas de vida marchitas, apagadas, solo para tenerlas al alcance de tu mano. Qué forma más perversa de sentirse vivo. ¿Y para qué quieres tener trescientos tipos de insectos almacenados? Es de locos.

Cierta gente viaja por el mundo y colecciona monedas. ¡Gastadlas, maldita sea! Mi infancia no fue fácil, el dinero siempre escaseaba, es un artículo necesario para adquirir bienes, no para contemplarlo. ¿Te enorgullece coleccionar los rostros grabados de gobernantes que sometían a su pueblo con sus leyes y sus riquezas?
¿Y qué me decís de los que almacenan precisamente eso, riquezas? Riquezas capaces de obrar milagros ayudando a personas sin recursos. Capaces de inferir vida de nuevo a regiones consumidas por la pobreza.
¿Qué demente es capaz de recibir satisfacción observando el brillo deslumbrante de ese oro acumulado que para nada sirve si no lo gastas?

Los coleccionistas son, sin lugar a dudas, dementes cuyo vacío interior les impulsa a poseer como si eso fuese sinónimo de poder. Pretenden dar sentido a una vida insulsa, sin objetivos, sin metas. Una vida en la que deciden gastar sus energías poseyendo, aunque solo posean la ilusión del poder. Solo disfrutan de la contemplación si va unida a la posesión. No se conforman con contemplar la belleza de aquello que yace libre, necesitan desplegar sus cadenas para conectarse a aquello que tanto anhelan, pues no tienen más vínculos que ese. O tal vez tengan demasiados y no puedan asimilar un mundo en el que ellos no tengan el control.

Yo la tengo a ella. La tengo a ella y dinero suficiente para vivir ambos tranquilos. Sin excentricidades, sin lujos, solo con lo suficiente para vivir. Compramos lo que necesitamos, no solo para sobrevivir, también para disfrutar. Compramos libros, hologramas dramáticos con historias apasionantes. Pero no pretendemos poseer todos.
Con el dinero que adquirimos en nuestros trabajos también ayudamos a otros como podemos, pues ganamos más de lo que necesitamos.
A veces alquilamos un terratransporte para viajar a regiones lo suficientemente lejanas para ir a pie, pero relativamente cerca en un vehículo. Observamos a las gentes de diferentes ciudades, con sus particularidades, aunque no tan diferentes a nosotros en rasgos o costumbres.
En otras ocasiones decidimos emprender cortos viajes naturales por los montes que rodean nuestro pequeño y humilde pueblo. Observamos a las aves: las pequeñas gotilelas, los imponentes y tranquilos zándralos, los revoltosos y coloridos petireses.
Mantenemos la prudencia mientras contemplamos fascinados a los khuls combatiendo con su dura cornamenta, a los jendreles, que se defienden con sus enormes brazos. No los cazamos, no los poseemos, no los destrozamos para hacerlos nuestros. Solo los admiramos y, a nuestra manera, los amamos.

De la misma forma que no necesito poseer a Rhila para amarla. En cierto modo nos tenemos el uno al otro, pero sin atarnos con frías y dolorosas cadenas. Porque eso es amar. Eres feliz mirando todos los días eso que amas, pero sabes que no es tuyo, ni tampoco necesitas un gran número de especímenes similares para tener la felicidad.
Porque sí, soy feliz, muy feliz.
Era feliz. Hasta que la perdí.

Una noche, en una de nuestras excursiones, observábamos las estrellas sobre un campo de flores Nistra de un color púrpura que conjugaba con los tonos del cielo nocturno. Era su flor favorita. Y en ese campo, observando la inmensidad de la galaxia, éramos felices. ¿Quién necesitaba más?
Su cabeza se apoyaba sobre mi pecho, yo le acariciaba una de sus manos sintiendo su suave piel bajo las yemas de mis dedos. ¿Cómo podía esperar más de la vida? Lo tenía todo y todo perdí esa noche.
Su cabeza sobre mi pecho empezó a temblar, su mano me soltó y su boca escupió un coágulo de sangre sobre las flores. Rojo sobre púrpura, ambos bajo el azul oscuro que nos coronaba.
Para mí, todo negro.

 Me miró una última vez, con los ojos muy abiertos, comprendiendo tan poco como yo sobre lo que estaba sucediendo, y su luz se apagó para siempre.
Volví a cogerle la mano, que tardó poco en enfriarse. Volví a acariciarla como hacía unos instantes y le coloqué de nuevo la cabeza sobre mi pecho. Ahora el que temblaba era yo: de ira, de miedo, de frustración. Todo había acabado para mí. Sin ella no era nada.

Después de dos horas allí tendido, junto a su cuerpo tan frío y muerto como las estrellas que contemplamos, sin ya apenas más lágrimas que derramar, arranqué la Nistra con su sangre. Ella regó su planta favorita con su esencia, una planta que me acompañaría por siempre. Y en ese momento lo decidí.  Decidí que si el universo me arrebataba de esta manera a Rhila, a pesar de que ambos no le habíamos arrebatado nada al universo jamás, yo también le arrebataría algo al universo para Rhila.


Nuestra casa se convirtió en el templo de Rhila. Construí un sarcófago adornado con Nistras y allí coloqué su cadáver. Arranqué todas las Nistras de aquel campo y las coloqué por toda la casa. Pero todavía quedaban muchos huecos para más flores. Así que cogí todos nuestros ahorros y vendí el territransporte para comprar un viaje en una nave interestelar de clase E.  Antes de partir compré un hololibro sobre las flores de la galaxia, decidido a viajar a todos los planetas en los que crecían Nistras.
Y eso hice.

 Pasaba periodos trabajando de lo que fuese para comprarme el siguiente viaje e iba acumulando montones de Nistras. Me convertí en un coleccionista compulsivo dispuesto a arrancar de su lugar unas flores, para conservarlas en recipientes de bioconservación y llevarlas algún día de vuelta con mi amada Rhila.
Cada vez que veía una Nistra me sentía cerca de Rhila, cada vez que olía una sentía su aroma, cada vez que la tocaba sentía el roce de su mano. Entendí a los coleccionistas y su obsesión. Entendí el vínculo que el coleccionista crea con la pieza que colecciona, comprendí que daba igual el motivo si eso llenaba algún vacío.
Al igual que no importaba que para llenar tu vacío estuvieses arrancando la vida o la libertad a otros seres, pues el universo mismo hacía eso con cada uno de nosotros sin miramientos. Puede que mi forma de ver el mundo sea limitada, pero para mí solo importaba ella, y ahora lo único que tengo que me une a ella son las Nistras. Las Nistras son mi mundo, mi vida; son ella. Es mi último regalo a alguien que lo merecía todo. Y espero que cada Nistra que robe para colocar en su templo sirva para que sea feliz en la otra vida, para que sienta mi amor como yo sigo sintiendo el suyo. Para que nuestra conexión sea eterna.

Volví a nuestro hogar, a su templo, muchos años después. Años de viajes, trabajos, vivencias vacías, noches en soledad, días oscuros y tristeza infinita. Pero esos años habían merecido la pena. Cada Nistra me había dado un diminuto rayo de luz que me dio fuerza para continuar y poder llegar a este día, el día que vuelvo a casa.
Sentí un golpe en el pecho al entrar en su templo. Un golpe que me insufló energía como hacía una vida que no sentía. Era como si pudiese sentir de nuevo. Me sentía feliz, pleno.
Coloqué todas las Nistras y varias luces visínticas, que nunca se apagarían. Con esa luz, el color de las Nistras inundaba el templo, bañándolo en un precioso color púrpura.
La belleza de aquel lugar y aquel momento me hicieron flotar, me hicieron sentir con una intensidad que jamás pensé que podía experimentarse. Y entonces, de golpe, sentí un vacío.

Ya estaba, mi misión había terminado. El coleccionista de Nistras había concluido su labor. ¿Y ahora qué? De nuevo mi vida había dejado de tener sentido y ella seguía sin estar conmigo.
Había llegado el momento. Saqué la primera Nistra, la que estaba adornada con su sangre seca; la Nistra más bella que ha existido jamás.
Abrí el sarcófago, me introduje en él, besé su calavera y me tumbé junto a sus huesos, colocando su cráneo sobre mi pecho, acariciando su mano huesuda y depositando la Nistra entre los dos.
Después, saqué de uno de mis bolsillos un electro-cuchillo, pero sin encenderlo, pues solo necesitaba su filo de metal, no sus propiedades eléctricas. Lo coloqué sobre mi brazo, que descansaba junto a la Nistra y, sin dejar de mirar el rostro de Rhila me corté lentamente las venas. Mi sangre se derramó sobre la sangre seca de Rhila en la Nistra.
Miré al techo de nuestro hogar, nuestro templo de Nistras. Escuché un sonido extraño que no reconocí, pero que no me importaba lo más mínimo.
Dejé de ver el techo para contemplar el cielo estrellado, dejé de sentir una calavera para sentir su pelo, dejé de acariciar unos huesos para tocar su piel y no dejé en ningún momento de oler a Nistra, a ella.

Habíamos creado nuestro propio rincón en la galaxia, en el universo, en los límites entre la vida y la muerte. Habíamos viajado más lejos que nunca sin movernos del lugar de siempre. Habíamos forjado un vínculo eterno más allá de los límites de la razón y lo explicable.
Y justo antes de cerrar los ojos para siempre pensé en los coleccionistas. Curioso. Pensé en la belleza que se esconde detrás de cualquier objeto, por cotidiano que sea, por extraño que parezca. La belleza se la otorgamos nosotros, se la otorgan nuestros sentimientos, nuestros recuerdos, nuestras experiencias. El universo nos arrebata cosas, pero también nos lo da todo. Nos da la posibilidad de encontrar la belleza en cualquier rincón de la misma forma que experimentamos el dolor en cualquier momento. El universo no nos hace a nosotros, solo nos otorga y nosotros le damos a él. Le damos sentido, significado, sueños, ilusiones y esperanzas. Le damos importancia. Le damos vida. Él nos da a cosas, nos da a animales, a personas. Somos nosotros los que decidimos amar a esas cosas, animales o personas; los que creamos vínculos, historias, microversos que le nutren.
Con mi último hálito de vida comprendo que el universo colecciona esos microversos, nos colecciona a nosotros. No para poseernos, sino para contemplarnos, admirarnos y darnos un lugar. Y da igual cuántos universos existan y lo cambiantes que sean las leyes de la creación de esos otros universos, da igual que haya un sentido mayor e incomprensible para nosotros o un supuesto plan o fin último. En realidad lo único que importa son los microversos. Y mi microverso no muere hoy, perdurará en el tiempo, porque nuestras conexiones, nuestras emociones, lo que une nuestras vidas son más que huesos y flores. Son mucho más.

Y yazco ya muerto, pero todavía vivo, reflexionando, en ninguna parte y en todas a la vez. Siendo consciente de que mi historia puede llegar a muchos: a ti, a ti, o a ti. Puede que la escuchéis, puede la contempléis si viajáis al templo. O puede que la leáis. Sabed todos pues, que cada uno de vosotros: vuestras aparentes insignificancias, vuestros gustos más insulsos, vuestros amores más corrientes, no son tal cosa. Sabed que habéis creado vuestro propio microverso y que con él alimentáis al universo entero con lo único que importa, vengáis del universo que vengáis: historias, ilusiones y la fuerza más imparable y eterna que existe, el amor. Gracias a todos por vuestra aportación. Ojalá el universo os dé tanto como le dais vosotros a él.

jueves, 21 de octubre de 2021

El saiyan redentor

 


Contemplo la cegadora luz que está a unos segundos de arrasar mi planeta y a mi gente: mis amigos, mi esposa, mis soldados, mi hogar. Sé que este es el fin. Por fortuna, mis dos únicos hijos se encuentran lejos de aquí, de este ataque sin piedad, de esta matanza que está a punto de perpetrar nuestro señor, Freezer.
Hemos luchado con fiereza, nos hemos defendido haciendo gala de nuestro orgullo y nuestro espíritu combatiente. Hemos derramado hasta nuestra última gota de sangre para proteger lo que es nuestro. Curioso, pues los saiyans siempre atacamos, nunca protegemos nada ni defendemos a nadie. O eso creía hasta que conocí a ese muchacho, su madre y aquel namekiano. Aún recuerdo sus nombres: Granola, Muesli y Monite. Todavía hoy no sé explicar qué me sucedió, qué fue lo que sentí, por qué actué como lo hice. Fue un sentimiento que nunca había experimentado con esa intensidad en el campo de batalla. Lo llaman piedad, empatía

 Algo cambió en mí cuando vi por primera vez a mi segundo hijo, algo se removió en mí. Cuando nació Raditz apenas le presté atención. Gine se enfadaba por ello, pues las mujeres saiyans no son como nosotros, los hombres: son más sensibles, más blandas; o eso pensaba.

Ella se encargó de su crianza cuando era un bebé hasta que tuvo la suficiente edad para empezar a luchar e invadir otros planetas. Le enseñé lo básico, pero los saiyans somos lo suficientemente fuertes como para tener que entrenar.
El mayor acercamiento que tuve con Raditz fue una noche que pasamos juntos, hablándole de la galaxia, de otras razas a las que había aniquilado, de nuestro deber hacia el emperador Freezer y sobre el poder de nuestra raza.
Le hablé sobre los ozaru y la luna llena, y se la mostré.
Sentí orgullo cuando vi a mi hijo transformado en Ozaru por primera vez, rugiendo al manto oscuro que cubría el planeta y destruyendo con frenesí y desenfreno las montañas que se encontraba a su paso.
Orgullo, pero nada más. ¿Se puede decir que quiero a Raditz? Sí, pero no es lo que otros llamarían amor paternal. Soy un saiyan, un guerrero, un asesino, un ser que se mueve solo por la lucha o la destrucción. Pero, a pesar de ello amaba a Gine, ¿no?

Gine, una saiyan que sacrificó todo para estar conmigo. Estaba prometida a un saiyan de clase alta: Whitloof, con el que hubiese tenido más comodidades en el ejército de Freezer e hijos más poderosos que los nuestros. Renunció a todo eso cuando me conoció, algo que me sorprendió, pues decidió estar conmigo mucho antes de que matase a Whitloof.
Le daba igual que fuese un saiyan de clase baja, me dijo que veía en mí un fuego más brillante que el de cualquier saiyan de clase alta y que nuestro destino no lo escribían unos datos obsoletos tomados para unas estúpidas pruebas de poder. Me creía capaz de cualquier cosa con mi pasión desmedida y mi incapacidad para rendirme.
Pero también vio algo más en mí: compasión. En aquel momento me reí y no hice mucho caso, pero ahora he de reconocer que tenía razón.
Por ejemplo, otro hubiese querido matar a Whitloof desde un inicio, pero no fue mi caso. Intenté dialogar con él, que comprendiese la decisión de Gine, estallando solo cuando fui testigo de cómo la golpeaba jurando que el castigo en casa sería más severo.

Sentí una fuerza incontrolable en mi pecho que ardía con mayor bravura que cuando estoy en combate, un zumbido en la cabeza que nublaba mi mente más intenso que cuando miro a la luna llena y me transformo en Ozaru, y una punzada en mi espalda que jamás había sentido. Al sentir aquello tan extraño en la espalda noté también algo más en mi interior, como si algo quisiese romper o explotar. Mi energía se revolvió con más intensidad que nunca y, por un breve instante, me pareció ver un fugaz destello, algo que me erizó ligeramente el pelo. Pero, en apariencia, ningún cambio se había provocado en mí, lo único que ocurrió fue que me abalancé con ira desmedida contra aquel que había dañado a la saiyan que amaba.
Le destrocé, sin esa piedad que Gine veía en mí. Ni ella misma podía reconocer a Whitloof en esa pulpa de sangre que se había convertido su cabeza.
A Freezer le pareció gracioso todo eso y no fui condenado. Por su parte, al rey Vegeta no le importaban las disputas entre los suyos, pero no le parecía bien que un soldado de clase alta fuese asesinado por uno de clase baja, y menos si era porque el segundo se había enamorado de la prometida del primero.
Desde ese día sentí que el resto de saiyans me respetaban más, pues a pesar de tener mucho menos poder de combate que Whitloof, le había destrozado sin que este pudiese hacer nada.

Se puede decir que los días posteriores a asesinar a Whitloof fui feliz. Era algo más respetado por mis hombres, me seguían asignando planetas interesantes que conquistar, Freezer estaba contento con nosotros, Gine me daba toda la fuerza que necesitaba con su cariño y confianza y estaba rodeado por buenos compañeros de armas. Encima, Gine me iba a dar un segundo hijo, ¿se podía pedir más? Mi vida era perfecta.
Pero todo tiene un ciclo en este universo, todo ha de terminar algún día, en algún momento la luz precederá a la oscuridad y el silencio. El tiempo es algo que pasa para todos y no se puede cambiar, no se puede viajar al pasado, no se puede lograr que un momento sea eterno ni que otro no suceda nunca. Debemos vivir sabiendo que todo algún día acabará, pero sin resignarnos a perderlo todo o que nos lo quiten sin más. Hay que luchar, ajustarse la bandana en la cabeza y dejarse la vida en el combate hasta que la bandana sangre y estemos tan exhaustos que apenas podamos respirar.
Y eso es lo que he hecho hoy y lo que estoy haciendo ahora mismo.
La luz se hace cada vez más grande, más ardiente. Quema en la distancia, mucho antes de que nos desgarre la piel y nos pulverice. Pero no tengo miedo, no me detengo ante la luz inevitable que impondrá la oscuridad y el silencio. Contengo mis lágrimas, pues nadie me verá llorar hasta que todo esté perdido. Aprieto los puños, rechino los dientes y concentro lo último que queda de mi energía, buscando esa ira que sentí el día que golpearon a Gine. Una chispa de ese poder volvió a pellizcarme al imaginarme a Gine muerta junto al resto de nosotros, pero ahí se quedó.
Supe que ya nada más podía hacer, pues el destino del que hablaba Gine ya estaba escrito y, en efecto, no estaba escrito por unos datos obsoletos, sino por algo mucho mayor.
A las puertas del final comprendo lo que sentí el día que vi a mi segundo hijo, lo que me hizo actuar en favor de esos cerealianos y ese namekiano en el planeta Cereal. Ese día, al mirar el rostro del hermano de Raditz vi algo que no vi en el propio Raditz. Vi lo que Gine vio en mí: no vi el rostro de un guerrero sino el de algo mayor. Puede parecer que no tenga sentido, era solo un bebé, pero uno idéntico a mí por fuera y también por dentro, lo percibí. ¿Cómo no iba a percibir algo así si yo soy su padre? Y lo más importante, por dentro tenía más de Gine que de mí. Una mujer que me enseñó que existe más que la lucha, la guerra, la destrucción o la muerte. Gracias a ella sé lo que es una familia, sé lo que es la felicidad y comprendo mejor la compasión que siempre he sentido y, por mi educación, he intentado bloquear. En ese momento fue cuando, sins er consciente, entendí todo, cuando supe qué es lo que deseaba y cómo deberían ser las cosas. Fue cuando, sin saberlo, decidí que haría algo por mantener eso en el mundo: la compasión, la felicidad, aunque fuese ajena; la familia y lo que ello conlleva. Lo que me llevaría a salvar a esa madre y su hijo, que bien podrían haber sido Gine y nuestro hijo.

No me avergüenza decir mientras acaricio con mis dedos la amarga muerte que me espera, que gracias a ella también sé lo que es el amor. Y eso es algo que también sentí cuando miré a aquel bebé. Mi pecho se hinchó con más fuerza que todas las veces que había sentido orgullo por Raditz, mientras mi estómago se encogía. Vi en ese muchacho la capacidad de llevar a los saiyans mucho más lejos de lo que yo hubiese logrado. Veo ahora su capacidad de hacer cosas más grandes de lo que yo hice el día que maté a un soldado de clase alta como Whitloof.
Su destino como saiyan era otro, pero gracias a lo que Gine me enseñó ambos le dimos una oportunidad para que se impusiese a su destino y fuese mucho más de lo que yo he sido.
Forma una familia, hijo; y hazlo mejor que yo. No desatiendas a tu esposa y a tus hijos tanto como tu padre, no olvides el amor por la lucha, pero tampoco  la compasión, la justicia, a los buenos amigos y el amor en su esencia más pura. No dejes que corrompan tu espíritu como hicieran con el mío. Golpea tu cabeza si hace falta para olvidar lo poco que pudimos enseñarte sobre las costumbres de nuestra raza y mantén en tu corazón las enseñanzas sobre la importancia de la amistad, la colaboración y la protección de los tuyos.

Gracias a ti, ya antes incluso de que pudieras hablar, aquel pequeño, Granola, salvó su vida. Antes de conocerte yo le hubiese matado a él y a su madre, además de a ese viejo namekiano. Su madre, Muesli, fue asesinada por gente que hace negocios con el infame Freezer, que está a punto de aniliquilarnos, pero ellos dos sobrevivieron y a día de hoy siguen estando vivos. Ojalá algún día les conozcas y puedan ver lo que yo nunca veré. Al guerrero en que te convertirás, al gran hombre, esposo y buen padre. Y, ojalá, al asesino de emperador del universo, al liberador de la galaxia y al redentor de la raza saiyan.

Confío en ti, hijo. Y ojalá Raditz te siga en tu camino y no se deje llevar por sus instintos saiyans. La luz se acerca, pero no me importa. No me rendiré, tal y como a ella le gustaba. Intento repeler el ataque con la poca fuerza que me queda. Fracaso.
La luz me envuelve, el ardor en todo mi ser es tan intenso que, a pocos instantes de morir, dejo de sentir. La luz permanece, el estruendo es insoportable para los oídos, pero para mí todo se vuelve mudo, y aunque la luz me ciega puedo ver una última imagen. Nos veo juntos, a los cuatro. Felices, lejos de Freezer, lejos del planeta Vegeta, tal vez en el planeta Cereal, junto a Granola y Monite, tal vez en la Tierra, donde te hemos enviado, junto a tu familia y amigos.
Sé que jamás se hará realidad, pero esta imagen me da paz y, con ella, las lágrimas se liberan al fin. Sonrío como un imbécil con mi último aliento y, por último, te veo. Veo tu rostro adulto idéntico al mío, un rostro limpio, sin cicatriz, con semblante serio, pero calmado. Se asoma en ti una ligera sonrisa y contemplo en tus ojos una pureza inimaginable en alguien de nuestra estirpe. Incluso observo una ropa naranja y azul, no sé muy bien por qué. Pero eres tú, lo sé, en un futuro mejor que se me ha negado, pero por el que tú lucharás con la intención de protegerlo hasta el final de tus días.
Llegarás lejos, estoy seguro. Y espero que algún día, por remoto que sea, aunque pasen cuarenta años, me conozcas y puedas quererme como yo te quiero a ti o, al menos, te sientas orgulloso de tu padre.

Gracias por todo lo que ya has hecho sin ser consciente y por todas las grandes cosas que vas a hacer, Kakarot. 


 

jueves, 24 de junio de 2021

El peor enemigo del Imperio

 

 


Soy Arden Dural, el fabricante de las armaduras imperiales que el gran Emperador me encargó un día después de la formación del glorioso imperio. Me dio unas instrucciones básicas, como que tenía que mantener el estilo de las armaduras de los clones, pero más sobrio. Y, lo importante, claro, es que resistieran cualquier tipo de ataque.

No tardó en dar el visto bueno al diseño, lo que fue todo un alivio para mí, luego recordé que también aprobó el diseño del traje del imponente Darth Vader, pero acabaría mandando ejecutar al que fabricó su respirador por hacer mucho ruido. Y vaya si lo hace, algunos se pasan todo el puñetero día escuchando esa incesante respiración mecánica que aterra tanto como saca de quicio. ¿No aprendimos nada del General Grievous?

Yo mismo me encargué de elegir los materiales que compondrían la armadura, así que esperaba que la prueba saliera perfecta.
Lo que más me sorprendió es que decidieron no usar un maniquí, sino a un soldado de verdad que estaba dispuesto a dar su vida.
Se puso al final del pasillo y esperó a que un láser le impactase. Y esperó bastante porque ninguno lo hizo. Uno de sus compañeros se puso frente a él, apretó el gatillo y, vaya, falló.
Otro le quitó del medio, encañonó su E-11 y, zas, otro fallo. Hartos y nerviosos por hacer tal ridículo delante del sorprendentemente paciente Emperador, los cuatro soldados allí presentes comenzaron a disparar sin cesar a ese pobre desgraciado que portaba mi armadura imperial.

 

Le acribillaron a tiros, o eso diría si alguno hubiese impactado. Los láseres rebotaron al impactar contra las paredes y uno se dirigió directamente a Palpatine, que lo congeló a un palmo de su oculto rostro con un ligero movimiento de mano, realizado con desdén, casi con desgana.
Se oyeron toses de disimulo por parte de los soldados. Yo tragué saliva y el Emperador sonrió.
“Buen trabajo”, dijo con una voz espeluznante. Y el tío se fue tan pancho. No castigó a sus incompetentes soldados ni acabó por comprobar la efectividad de mis armaduras. Entonces lo comprendí: el poderoso Emperador, el inconmensurable Palpatine, el mayor y más astuto y sagaz gobernante que ha tenido la galaxia… ¡no veía tres en un bantha por culpa de la capucha! Vio el láser llegando a él de milagro, cuando ya estaba casi tocándole la cara.
Se creía que ese láser que había rebotado hacía él lo había devuelto mi resistente armadura, pero nada más lejos de la realidad.

Cuando El Emperador se marchó todos los allí presentes miraron sus fusiles y se rascaban las cabezas, abandonando el lugar con incredulidad por haber salido ilesos de una situación tan bochornosa ante Palpatine.
Y allí seguía el soldado imperial con mi armadura sin ver muy bien por el casco y preguntando si se podía ir.
“¡Espera!” le pedí.
Cogí el fusil E-11 que él mismo había dejado apoyado en la pared cuando se presentó como maniquí viviente. Probé a apuntar y pensé lo estúpido que estaba siendo al hacer eso. Nunca había empuñado un arma y no tenía ni idea de apuntar o disparar, ¿cómo iba yo a…? Antes de acabar de pensar aquello estaba apretando el gatillo, dando de lleno en el pecho a aquel soldado.
Juro que aquellos fusiles no tenían ninguna desviación ni usé ningún truco para apuntar, maldición sí casi ni apunte. Pero, a pesar de ello, hice lo que ningún soldado imperial parecía capaz de hacer: acertar.

Lo mejor es que la armadura no recibió ni un solo impacto, ni un solo agujero. Lo peor es que el soldado imperial que la llevaba murió ipso facto. Sudores fríos invadieron mi cuerpo por lo que podía pasarme por esto, así que solté el arma mientras silbaba para disimular y arrastré el cadáver hasta el compactador de basura.
Por el camino me encontré a algún oficial, pero sabían que estábamos haciendo pruebas con las armaduras así que nadie me dijo nada.
Si no fuera por el humillo que todavía salía de su aparentemente ileso pecho alguno pensaría que sería otra víctima de las habituales estrangulaciones a distancia de Darth Vader. A veces pienso que es el único truco que conoce ese ruidoso sith de pacotilla.

 Mi error fabricando las armaduras de momento no suponía un problema, pues los imperiales arrasan allá donde van porque apenas han encontrado oposición. Rezo porque no comience ninguna rebelión y una hipotética guerra civil galáctica ponga en evidencia la bochornosa calidad de mis armaduras. Es más, rezo porque ningún niño despistado les alcance mientras juega con algún palo o una piedra, pues me da la sensación que hasta eso lo sentirían.

 Ahora están trabajando en una poderosa arma conocida como Estrella de la Muerte que podrá arrasar planetas enteros. Mejor, menos tendrán que combatir y depender de la protección de mis armaduras.

Eso sí, espero que no pongan a cargo de su diseño al arquitecto Galen Erso, es más chapucero que yo y capaz de dejar un hueco de ventilación sin protección que conecte con toda la estructura de la base siendo posible destrozarla con un solo misil de un monoplaza. Y encima el tío es tan orgulloso que le imagino diciendo que lo ha hecho a propósito porque se opone a la existencia de un arma tan vil antes que reconocer su error.

He recibido un nuevo encargo: la fabricación de una máquina de guerra llamada AT-ST que sea capaz de resistir incluso un sable láser de los traidores jedis. Demos gracias a Sith’ari si son capaces de resistir el impacto de un par de troncos de los ewoks. En qué lío me he metido y cómo envidio en momentos así al sastre de la fallecida reina Amidala.
Ya lo dijo mi madre: “haz tu carrera en Naboo o Alderaan, las cunas del arte y el glamour”, pero no, el niño se tuvo que ir a Coruscant.
Solo pido que Darth Vader no me pida fabricar una nueva armadura para él, porque entonces Palpatine se va a quedar sin lugarteniente en menos de lo que canta un boga.

jueves, 17 de junio de 2021

El túnel silencioso

 


 

Escucho el impacto de sus patas contra las piedras del suelo, machacándolas con la misma facilidad con las que machacó las cabezas de aquellos pobres desgraciados. Me mantengo inmóvil mientras sigo tumbado boca abajo, cerrando los ojos a pesar de la oscuridad que me envuelve.
Con una mano agarro fuertemente un puñado de piedras, aunque soy consciente de que eso me ayuda tanto como las oraciones que pronuncio moviendo solo los labios, sin producir sonido alguno, pues lo último que quiero es llamar la atención de aquella… cosa.

Y, ¿qué era aquella cosa? Saberlo no cambiaría nada. Nada cambiaría el hecho de que estaba allí, tirado, herido, sin poder levantarme, inmovilizado por el dolor y el pánico, a solas con aquella criatura que vagaba por los túneles buscando a su presa. TUC-TAC, el sonido de sus patas era atronador en aquel silencio que nos envolvía. Mostraba cierta impaciencia mientras avanzaba agudizando sus sentidos para encontrar a su nueva víctima.
El festín que se había dado en aquel tren abarrotado de gente no había sido suficiente para él.

Daba igual que cerrara o mantuviera los ojos abiertos, la oscuridad me saludaba maquiavélicamente con imágenes veloces sobre lo que había sucedido.  Por veloces que sean esas imágenes sacudiendo mi cabeza, el recuerdo de aquello se me clava en el pecho tan profundamente como una de las pinzas de ese ser imposible que había arramplado con todo y con todos en el vagón en el que viajaba. En el que viajaba yo y en todos los demás.

Primero recuerdo el impacto, como si hubiésemos chocado con algo. El impacto provocó que muchos pasajeros, a pie o sentados, cayeran al suelo. Otros cuantos salieron disparados contra los cristales, que se rompieron con facilidad, precipitándose a su exterior. Me pregunto si alguno sigue con vida.

El tren comenzaba a perder aceleración al tiempo que aumentaba el pánico de los allí presentes. Eso no era un vulgar accidente ferroviario, ojalá lo hubiese sido. Era mucho peor, algo sin explicación. Lo que en un primer momento me pareció un enorme animal salvaje se había adentrado en el tren. Parece que entró por la cabina del conductor después de que el tren le arrollase, de ahí el brutal impacto. Ojalá ese bicho asqueroso hubiese muerto al ser atropellado, pero de alguna manera resistió el golpe y entró entre saltos y desgarradores rugidos que emitía desde sus diabólicas entrañas.

Avanzaba hábilmente rajando los cuerpos de todos, tanto de los que se quedaban paralizados por el mayor de los horrores como de los que trataban huir sin resultados.
Si el metal y el acero no se resistían a los fieros ataques de sus articulaciones, mucho menos lo hacían los vulnerables huesos y la expuesta carne de aquellos que se habían convertido en sus presas.
La sangre salía despedida a uno y otro lado de los vagones, los aullidos de dolor se entremezclaban con los gritos de terror de los que trataban de escapar a su fatal destino, y todos ellos formaban una sintonía de la desesperación cuando se unían a los chillidos que la criatura lanzaba sin cesar, como si formara parte de su ritual de matanza o se tratasen de exclamaciones de placer al hacer aquello para lo que había nacido, en un lugar que no parecía el suyo, no debía serlo.
La Tierra no puede albergar a una diabólica criatura como aquella, que parecía salida del averno, de un foso de la mayor oscuridad del inframundo, de otra dimensión donde residen los males más retorcidos o del inmenso espacio exterior, lugar que alberga los mayores y más tenebrosos e insondables misterios cósmicos.

Y una vez más recuerdo que conocer su procedencia no me ayudará a salir de aquí. Porque sí, yo escapé de aquel vagón de pesadilla. Tal vez no tuve la mejor idea, pero no se tienen mejores ideas cuando estás a punto de ser devorado por algo que hacía escasos segundos ni siquiera conocías. Cuando ese monstruo de cuatro patas está a un vagón del tuyo dejando un reguero de sangre, miedo y desesperación. Cuando ves de frente cómo se aproxima tu destino, y es un destino mucho peor del que te podrías haber imaginado nunca.
La criatura salta para cazar, tú lo haces para escapar, sin pensar, sin usar la lógica, rezando para que, si mueres, lo hagas sin dolor, sin tener que sentir en tu cuerpo sus pinzas o sus innumerables colmillos perforando tu rostro.
Te lanzas al mal menor sin saber que el mal mayor aún puede atraparte.

Veo una luz parpadeante al final del túnel, más o menos en el lugar en el que escuché aquel gran estruendo al que le sucedió el más absoluto de los silencios. O, bueno, ojalá así hubiese sido, porque el sonido de sus patas sigue martirizándome: TUC-TAC. No veo más que esa tenue luz al fondo, mientras yo sigo envuelto en sombras. Tampoco oigo más que ese “tuc-tac”, mientras yo me mantengo en silencio.
El golpe que me di al tirarme del tren en marcha hace que todo mi cuerpo arda. Ni siquiera sé identificar dónde se origina el dolor, me duele todo y me es imposible ponerme en pie. ¿Me he quedado paralítico? Incluso ese es mejor destino que sentir en mis entrañas los despiadados ataques de aquel intruso desquiciado.

Me intento imponer al miedo, mantengo los ojos abiertos, fijados en la lejana luz, y me arrastro entre las piedras, junto a las vías del tren. La luz alberga esperanza, pero al final de un túnel suele significar la muerte. Me dirijo a ella sin remedio. ¿Qué otra cosa puedo hacer?


Avanzo muy lentamente, intentando no hacer ruido, evitando gemir por el dolor, procurando olvidarlo. Así paso varios minutos hasta que el “tuc-tac” deja de ser solo un sonido. Veo la sombra de su silueta proyectada por una de las luces del fondo. Me detengo, contengo un sollozo y meto la cabeza entre las piedras. No quiero contemplar otra vez esa abominación.
El corazón comienza a golpear mi pecho con tanta fuerza como lo hacen sus patas contra el suelo. PUM-PUM, TUC-TAC, PUM-PUM, TUC-TAC, cada vez las oigo más cerca y, al hacerlo, mi corazón golpea también con más fuerza. PUMPUM-PUM, TUC-TAC, PUMPUM-PUM, TUC-TAC.
Me aferro otra vez a las piedras como un idiota, pronuncio de nuevo oraciones a pesar de ser ateo, esta vez solo mentalmente.
No quiero verlo, no quiero verlo, no quiero verlo. Abro los ojos todavía con la cara metida entre las piedras. No quiero verlo. Alzo levemente la cabeza. No quiero verlo. Le veo. Ya no es solo una sombra. Puedo ver a la bestia, con su piel, sus membranas, su baba colgándole, sus colmillos siempre preparados y, lo peor, sus garras siempre marcando el ritmo, como un tambor que augura la peor de las muertes: TUC-TAC

Estoy a punto de vomitar el corazón por la boca, es imposible que no me haya visto, está frente a mí, avanzando con lentitud, pero con rotundidad. Tal vez la oscuridad y el hecho de estar tumbado me esté protegiendo.
Él ya está mucho más cerca de mí y más lejos de la luz, así que cada vez me cuesta más distinguirlo, hasta que solo me guio por el sonido, lo mismo que parece hacer él.
Pensé que podría olerme: oler mi miedo, la mierda que cubre mis calzoncillos, la sangre de los otros pasajeros que salpicó mi ropa y mi cara o simplemente mi sudor, pero parecía ignorar todo aquello.
Ni me veía ni me olía (ojala yo pudiera decir lo mismo, porque él apestaba), pero tal vez sí me oyera, así que sería mejor mantenerse en silencio, tranquilo. Mi corazón no parecía entender por tranquilo lo mismo que mi cerebro: PUMPUM-PUM, PUMPUM-PUM. Y la criatura, ya invisible para mis ojos, seguía avanzando: TUC-TAC, TUC-TAC.

Entonces no solo pude oírle, también sentirlo. Por fortuna no siento su garra atravesando mi espalda, sino su baba deslizándose hacia mi nuca. Está fría, lo que, unido al susto de recibir esa viscosa sustancia, hace que me estremezca soltando un ligerísimo gemido. La criatura se detiene y el “tuc-tac” se convierte en un silencio mucho más aterrador. Echo de menos el “tuc-tac”.
De vuelta a cerrar los ojos, de vuelta a rezar por mi vida. Está encima de mí, con sus cuatro extremidades paralelas a mi cuerpo, su estómago suspendido sobre mi espalda y su cabeza moviéndose de un lado a otro buscándome, lo sé porque no deja de gruñir mientras lo hace, así que puedo seguir su sonido y, con ello, sus movimientos.

Superado por la situación mi cuerpo comienza a temblar sin posibilidad alguna de controlarlo. Las piedras que hay bajo él hacen un ligero ruido. El ser gruñe con más violencia, sabe que hay algo bajo él. Y entonces escucho cómo extrae una de sus patas de entre las piedras y ¡TAC! La clava con violencia a un palmo de mi cabeza. Me tengo que esforzar lo indecible por no soltar un grito de pánico.
Y otra vez escucho ese sonido, esta vez extrae otra de sus patas. Siento cómo la eleva sobre mí, siento cómo esta vez no va a errar, soy capaz de anticiparme a lo que va a ocurrir, a cómo me va a travesar la espalda y me voy a convertir en una víctima más de este pasaje del terror en que se ha convertido este túnel del metro, que, si todo sigue igual en la superficie, será largamente recordado por albergar el mayor y más espeluznante de los misterios.

Ya no cierro los ojos, no rezo, no me aferro a las piedras, no pienso más. Mi mente se pone blanco y entonces ¡ZAS! Un grito desolador atruena el túnel, lo cual hace que la criatura se detenga justo cuando iba a dejar caer su garra como los verdugos dejaban caer la guillotina, quedando la guadaña de la fría Muerte, mi muerte, suspendida en el asfixiante aire que nos rodeaba.
Uno de los que había salido despedido había despertado después de varios minutos inconsciente por el golpe recibido. Y, lo único que se le ocurrió a ese pobre desdichado es gritar, pedir auxilio, socorro. ¿Quién le puede culpar? Yo hubiese hecho lo mismo de despertar entre las sombras sin saber muy bien de qué había sido testigo.
Lo que aquel insensato no sabía es que sus sonidos de auxilio estaban llamando no a la ayuda, sino a su verdugo, a aquel que todavía no había contemplado, pero no tardaría en conocer.

Quedó claro que esa criatura se movía solo por el sonido, el oído era su único sentido. Y siguiendo su preciso oído dio un gran salto, o así al menos lo sentí, en busca de aquel que no dejaba de gritar entre lamentos y suplicas. Unas súplicas que aquella criatura oía, pero no escuchaba, unas súplicas que le guiaban entre el oscuro túnel, unos gritos de auxilio que se tornaron el gritos de agonía.
Yo, soltando todo el aire contenido con una agitada e incontrolable respiración, me deslicé como un reptil entre las piedras con presteza y un miedo que esta vez no me paralizaba sino todo lo contrario.
Yo reptando hacia la luz y aquel monstruo saltando hacia las sombras no éramos tan diferentes: seres moviéndose de formas grotescas buscando algo, uno alimento, el otro una salida. Dos seres que tal vez no tuvieran que volver a encontrarse, dos seres que posiblemente vagarían entre las sombras de aquel lugar hasta su muerte.

Pero antes de que eso ocurriese yo llegué a la luz. A los restos de aquel tren que se había convertido en el último escenario de decenas de personas. Ver sus cadáveres despedazados me descompuso, haciéndome imposible no vomitar allí mismo. Por fortuna mi corazón se quedó en su sitio.
La criatura había seguido su camino en dirección contraria a la mía, guiado tal vez por el sonido de más supervivientes que despertaban, pues oía a lo lejos más gritos que no procedían de la inhumana garganta de aquel ser que tanta desolación había causado en tan poco tiempo.

Me así al frío metal destrozado del vagón y, con mucha dificultad, me elevé para introducirme en el interior, donde me seguí arrastrando entre cadáveres, sangre y pertenencias ajenas. Cogí un móvil del suelo, pues yo ya no conservaba el mío, e intenté pedir ayuda con él, pero no había cobertura.
Seguí deslizándome entre los restos de los vagones, cortándome con cristales y de vez en cuando conteniendo la respiración para evitar oler la sangre y los despojos humanos.

La luz parpadeante me impide ver con claridad los objetos que se encuentran por el suelo. Intento buscar un arma, algo con lo que defenderme, pero no encuentro nada. Estamos en Estados Unidos, Dios bendito, alguien tiene que tener un arma.
Miro cada móvil buscando señal, algunos ni siquiera funcionan. Y al fin encuentro algo, un revólver en el pantalón de un cadáver. Al fin me encuentro con el cuerpo sin vida de uno de esos hijos de puta que van con un arma cargada por la ciudad.

Cojo el revolver sin haber cogido uno en toda mi miserable vida. No puede ser tan difícil. Me tiro un rato analizando el arma y comprobando como funciona. Está cargada. Aunque espero no tener que necesitarla, y no parece, pues el monstruo ya está muy lejos, no le he oído volver a los restos de su peculiar obra.

Continúo reptando por los diferentes vagones, ahora sin soltar mi nueva adquisición. Gracias a que la luz parpadea no tengo que ser testigo continuamente de los cuerpos mutilados y de los rostros congelados en una expresión que denota la contemplación del peor de los engendros.
De vez en cuando me detengo para coger aire y descansar. Por desgracia no encuentro alcohol para mis heridas o algún analgésico que calme el dolor al que parece me he acostumbrado, pero que no deja de sacudirme.

Aparto extremidades de mi camino, me limpio la sangre que gotea del techo sobre mi cara y mi pelo, rebusco en bolsos rasgados y sigo comprobando móviles hasta que llego a la cabina. Tiene el morro totalmente destrozado, pero todavía hay luces en sus monitores. Y lo veo, una radio, mi tícket de salida.

El silencio me está volviendo loco, y más cuando se fusiona con la dantesca escena que me rodea. Pero en breves esto se acabará, al fin escucharé una voz humana que no gritará suplicando por su vida, una voz humana que me ayudará.
Activo la radio apoyándome en los paneles mientras intento levantarme torpemente. Cojo el micrófono y comienzo a pedir ayuda desesperadamente rompiendo aquel silencio. La criatura está lo suficientemente lejos como para no escucharme, pero aun así hablo bajo instintivamente. Una voz me responde al otro lado formando un gran estruendo, pero no tanto como para llegar a lo más profundo del túnel, donde se ha adentrado ese ser.
Se acabó, van a rescatarme, van a sacarme de aquí. Mi respiración se calma, también mi corazón: PUMPUM-PUM, PUM-PUM, PUM-PUM, PUM, PUM, PUM.

Me pongo de espaldas mirando al techo, cierro los ojos y me concentro en mi pausado latido mientras, como un imbécil, sonrío sin poder evitarlo, aliviado, expectante, silencioso. PUM, PUM, TUC, TAC, TUC, TAC, TUC-TAC, TUC-TAC PUM-PUM, PUM-PUM  TUCTUC-TAC, TUCTUC—TAC, PUMPUM-PUM, PUMPUM-PUM, TUCTUCTACTAC, TUCTUCTACTAC, TUCTUCTUCTAC, PUMPUMPUM, PUMPUMPUM, TUCTUCTUCTAC.

Abro los ojos, alzo la cabeza y le veo surgir entre las luces parpadeantes, corriendo a una velocidad impresionante, saltando y moviéndose con la misma fiereza que hacía unos minutos. Pero esta vez no hay nadie más que yo, esta vez los cuerpos que embiste con sus garras están inertes y solo tiene un objetivo.
No pienso, solo actúo mientras sigo con la espalda apoyada en el suelo. Elevo el arma, apunto como puedo a esa cosa que no deja de moverse. Disparo, fallo; disparo, vuelvo a fallar; disparo, acierto; disparo, vuelvo a acertar.
El resultado es el mismo.

Me dejo caer hacia atrás con el impacto del último disparo. Contemplo el techo destrozado, escucho de nuevo la voz en la radio diciéndome que aguante un poco más y que en unas horas volveré a ver la luz del sol. No la veo, nunca más.
Le escucho saltar y chillar. Escucho una vez más el sonido de mi salvación convertida en mi perdición, el tío de la radio pidiéndome respuesta. No hay respuesta, no hay palabras ni oraciones, solo un último estúpido pensamiento: “Vaya, pues sí que tiene buen oído este hijo de pe…”.